Análisis
El recién elegido candidato socialista al Elíseo busca
convertirse en el freno a Le Pen, pero lo tiene muy difícil
Durante mucho tiempo, el apellido Glucksmann estuvo asociado
en Francia a André Glucksmann (1937-2015), uno de los nuevos filósofos que,
procedentes de la extrema izquierda, protagonizaron a mediados de los años
setenta un movimiento contra el totalitarismo comunista. Hoy es su hijo,
Raphaël Glucksmann (Boulogne-Billancourt, 1979), quien ocupa titulares y
programas de televisión. A punto de cumplir 47 años, el recién elegido
candidato del Partido Socialista (PS) a la presidencia de la República en las
elecciones del año que viene se ha convertido en la gran esperanza blanca
de la socialdemocracia francesa y en su último cartucho para tratar de evitar,
desde la izquierda, la victoria de la ultraderechista Marine Le Pen, líder del
Reagrupamiento Nacional (RN)
El envite es de talla. El socialismo francés, que ha dado
dos presidentes en la V República -François Miterrand, por dos veces, y
François Hollande-, lleva en la UCI desde que en las elecciones del 2017
decidiera presentar como candidato al Elíseo a un outsider del ala
izquierda del partido, Benoît Hamon, fruto de unas primarias muy escoradas.
Como resultado, una parte sustancial de los dirigentes del PS huyó del barco
para enrolarse en el nuevo partido de centro de Emmanuel Macron (un aparente
centroizquierda que no tardó en revelarse centroderecha), arrastrando consigo a
una parte del electorado socialista. El batacazo histórico de 2017 -Hamon
obtuvo un 6,4% de los votos- condujo al PS a una crisis existencial que a punto
estuvo de borrarlo del mapa: en las siguientes elecciones presidenciales, del
2022, la hasta entonces alcaldesa de París y candidata al Elíseo Anne Hidalgo
se estrelló con un desastroso 1,7% de los votos.
La receta ideada por el primer secretario del PS, Olivier
Faure (elegido en 2018), para salir del agujero fue apostar la supervivencia
del partido a una asociación estratégica, en tanto que socio menor, con La
Francia Insumisa (LFI) de Jean-Luc Mélénchon, de izquierda radical, convertido
en el partido hegemónico. La solución permitió al PS mantener una mínima representación
parlamentaria en las legislativas del 2022, pero a costa de desdibujar
completamente su identidad. Contestado internamente, Faure fue reelegido por
los pelos en 2023.
El camino de la posible resurrección socialista vino de
fuera. Eurodiputado asociado al PS desde 2019 y líder de un pequeño partido
llamado Plaza Pública, Raphaël Glucksmann volvió a presentarse a las elecciones
europeas del 2024 encabezando una candidatura conjunta con el PS y logró un 14%
de los votos. Lo que devolvió una cierta esperanza a los votantes socialistas. Desde
entonces, su figura no ha parado de crecer, hasta ganar este domingo con una
contundencia inesperada -un 66% de los votos, en la primera vuelta- la primaria
socialista para elegir a su candidato al Elíseo en 2027 (aplastando, entre
otros al propio Olivier Faure y a una antigua presidenciable socialista,
Ségolène Royal, que no le escatimó ataques personales en la campaña, llamándole
“becario”)
Glucksmann se ha impuesto defendiendo un espacio propio y
diferenciado para la izquierda socialdemócrata -rechazando todo pacto con los
radicales de LFI- y mostrándose decididamente ecologista y europeísta. Frente a
la amenaza rusa, es favorable al rearme de Europa y muy crítico con la falta de
una reacción común europea: “Tengo la impresión de que, hasta que los bombarderos
rusos no hayan arrasado Varsovia, no comprenderemos que hay una amenaza existencial”,
declaró en una entrevista con La Vanguardia hace un año. Frente al auge
de la extrema derecha, aboga por que la izquierda se reapropie del debate
identitario y responda a la crisis social que afecta a las clases medias. “Limitarse
a subir a una barricada y decir ‘¡No pasarán, fascistas!’ no es suficiente”,
sostiene.
Si Glucksmann parece estar consiguiendo revitalizar el
espacio socialista, habrá que ver hasta qué punto es capaz de trasladar este
éxito a las presidenciales. Su reto es enorme: lograr el sorpasso sobre
La Francia Insumisa de Mélénchon y superar al candidato mejor situado del centroderecha,
condiciones necesarias e imprescindibles ambas para poder afrontar a Le Pen en
la segunda vuelta.
De partida, no lo tiene fácil. El último sondeo, de ayer
mismo, elaborado por Toluna Harris Interactive para las cadenas M6 y RTL da una
amplia ventaja a Marine Le Pen en la primera vuelta (35-37%), seguida de
Mélénchon (18-19%) -que pasaría también a la segunda vuelta- y los ex primeros
ministros macronistas Édouard Philippe y Gabriel Attal (que de haber
candidatura única obtendrían entre el 12% y el 17%). La encuesta -elaborada
antes de conocerse el resultado de las primarias socialistas- otorga a
Gluksmann entre el 10% y el 11% de los votos.
De confirmarse este escenario, la victoria de Marine le Pen
sería imparable. El perfil político radical de Mélénchon es imposible de
digerir para el electorado de derecha, incluido el más moderado, mientras que
Le Pen, en parte debido a su propia apuesta política por moderar los excesos y
“desdiabolizar” a su partido, en parte por la asunción por parte de la derecha gaullista
de algunos planteamientos de la extrema derecha, se ha convertido en
perfectamente metabolizable.
¿Puede ser Glucksmann el antídoto? De entrada, su
candidatura va a tensionar fuertemente la campaña en el seno de la izquierda,
con los melenchonistas al acecho. Anoche, a la salida del bar La Cantine de
Belleville, de París, donde había celebrado su victoria, un presunto insumiso
le vació encima un paquete de harina. No va a ser un camino de rosas.

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