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La violencia asociada al actual movimiento de protesta estudiantil alimenta, como sucedió en Mayo del 68, el voto de la ley y el orden
En mayo de
1968, Francia tembló. La revuelta de los estudiantes universitarios, secundada
por los obreros -que paralizaron las fábricas de todo el país-, puso en jaque al
Gobierno y, más allá, al propio régimen edificado por el general De Gaulle con
la fundación de la V República en 1958. Hay un cierto aroma a Mayo del 68 en la
actual movilización de los estudiantes franceses de secundaria, que ha
confluido con un malestar social más general en un momento de profunda crisis
política y económica en el país. Los propios estudiantes evocan hoy la
mitificada revolución protagonizada por sus abuelos hace casi seis
décadas como si un hilo conductor uniera ambos acontecimientos. Los tiempos,
sin embargo, no son los mismos.
La
protesta actual, iniciada en un punto de la banlieue de París por
asuntos muy concretos -en este caso, la falta de profesores en el liceo Antoine
de Saint-Exupéry en Créteil-, extendida como una mancha de aceite a otros
centros con reivindicaciones ya mucho más amplias y generales, y exacerbada por
la contundente represión policial (con más de 8.000 detenciones y el uso de armas
no letales pero que han causado heridos graves), guarda en efecto marcados
paralelismos con la forma en que se gestó Mayo del 68. Otra cosa es que las
ansias de cambio y de liberación de entonces han sido sustituidas hoy por la preocupación
y la angustia que suscitan un presente y un futuro marcados por la precariedad.
La esperanza ha sido reemplazada por el pesimismo.
También
hoy como hace sesenta años hay un espeso sentimiento de crisis en el ambiente.
Si en 1968 los rebeldes impugnaban un régimen anquilosado y conservador, hoy es
el propio modelo presidencialista de la V República, llevado al extremo por
Emmanuel Macron -a quien algunos críticos acusan de creerse el dios Júpiter-,
el que está en causa. La forma imperiosa y vertical de ejercer el poder suscita
hoy un rechazo generalizado en la sociedad francesa, que se lo ha hecho pagar
caro en las urnas: el resultado es un presidente enormemente debilitado, después
de que su azarosa decisión de disolver la Asamblea Nacional y convocar
elecciones en 2024 dejara a su gobierno en minoría y convirtiera estos últimos
años de su mandato en un periodo marcado por la parálisis.
La
situación económica es asimismo preocupante. Con un crecimiento económico plano
(un 0,4% previsto para este año y un 0,5% en 2027), un paro enquistado
alrededor del 8% y una inflación del 3,1%, el aumento de los precios,
particularmente de los carburantes, ha disparado el descontento social por la
pérdida de poder adquisitivo. Los sindicatos se reunieron esta semana con el
jefe del Gobierno, Sébastien Lecornu, para reclamar medidas y salieron con las manos
vacías, con lo que reafirmaron la convocatoria de una jornada de huelga y
movilización general el 5 de noviembre.
El
problema es que el Ejecutivo tiene muy poco margen de maniobra para contentar
las demandas de trabajadores y estudiantes: con un déficit público del 5,1% y
un endeudamiento que alcanza el 119% del PIB, sus planes no pasan precisamente por
ofrecer nuevas ayudas, sino por aplicar un ajuste de 54.000 millones de euros en
el presupuesto del año que viene, que tiene muy difícil -por falta de mayoría- llegar
a ver la luz. Mientras tanto, los mercados financieros han castigado a Francia
elevando el coste de su deuda al 5%, una barrera que no se alcanzaba desde el
2002.
Frente al
idealismo ilusionado del 68, el nihilismo más descarnado ha ganado hoy a amplios
sectores de la juventud y de la sociedad francesa. Y quizá eso explique el
elevado grado de violencia, destrucción y pillaje en que degeneraron las
masivas manifestaciones del pasado sábado, 17 de octubre, perpetrados por una
amalgama integrada por elementes anarquistas y de ultraizquierda, bandas
procedentes de la banlieue, estudiantes airados sin adscripción
partidista excitados por la adrenalina y curtidos en los últimos
enfrentamientos con la policía y algunos oportunistas que aprovecharon la ocasión
de arramblar con lo que pudieron. En Mayo del 68 también hubo fuertes
enfrentamientos en las calles de París, pero la violencia del sábado pasado
recuerda mucho más a la que se ha visto en los periódicos levantamientos de los
suburbios -en 2005 y 2023- y en las protestas de los chalecos amarillos de
2018-2019.
La
sensación de que la agresividad y la violencia han subido varios grados en los
últimos años en Francia es bastante compartida, y periódicamente evocada por
los responsables políticos. Un sondeo de Ipsos del 2022 confirmó que el 87% de
los ciudadanos consideraba que la sociedad francesa se había vuelto más
violenta. Lo más significativo -y preocupante- es que un 26% juzgaba “normal”
recurrir a la violencia en defensa de los propios intereses. ¿Una herencia de
1789?
Hace
sesenta años, el todavía poderoso Partido Comunista (PCF) se opuso en principio
al movimiento estudiantil, que consideraba burgués, pero tuvo que ceder ante la
presión de sus bases y movilizar a los trabajadores hasta paralizar el país.
Hoy es La Francia Insumisa (LFI) de Jean-Luc Mélénchon, de izquierda radical,
la que alienta las manifestaciones, en un intento de capitalizar la revuelta de
cara a las elecciones presidenciales del año que viene. Que la protesta de los
jóvenes coincida con la de los sindicatos y otros colectivos descontentos -como
los aparentemente resucitados chalecos amarillos, un movimiento surgido
de la Franca vaciada- puede crear una tormenta perfecta similar a la de 1968.
Pero si entonces el gobierno de Georges Pompidou pudo desactivar el vector
sociolaboral del conflicto llegando a un acuerdo con los sindicatos -con el
secretario de Empleo y futuro presidente de la República, Jacques Chirac,
acudiendo a una reunión clandestina con una pistola por si acaso-, el Ejecutivo
de Sébastien Lecornu puede tratar de hacer hoy lo mismo.
Mayo del
68 cambió la sociedad francesa en muchos aspectos -introdujo una mayor libertad
en las costumbres, sobre todo-, pero no en el político. Cuando se habla de mayo
se tiende a olvidar lo que pasó en junio. Y lo que pasó es que la derecha
movilizó a cientos de miles de personas en una colosal manifestación de
adhesión al general De Gaulle en los Campos Elíseos y que en las elecciones
legislativas convocadas inmediatamente por el presidente de la República y
celebradas el 30 de junio los gaullistas consiguieron una mayoría aplastante en
la Asamblea Nacional.
Algo
similar podría pasar esta vez. La inquietud y el descontento por la violencia
irracional de estos días alimenta de nuevo el voto conservador y,
particularmente, el de la extrema derecha, que se ha convertido hoy en Francia
en la corriente principal de la derecha. La primera encuesta realizada tras los
graves disturbios del día 17, por el instituto Ifop, constata un aumento de la
intención de voto en favor de la líder del Reagrupamiento Nacional (RN), Marine
Le Pen, que ha enarbolado ya la bandera de la ley y el orden: de cumplirse el
pronóstico, ganaría claramente la primera vuelta con entre el 34% y el 38% de
los votos -una horquilla variable en función de a qué rivales se enfrente
finalmente- y en la segunda vuelta se impondría también en todos los casos.
A falta de
siete meses para las elecciones presidenciales, la posibilidad de cambiar este
guion dependerá en última instancia de que alguno de los candidatos en liza sea
capaz de emerger de la actual melée con fuerza suficiente… y con
suficiente capacidad aglutinadora. Hoy por hoy, no es esto lo que se perfila. Y
la dinámica actual tampoco lo favorece. Las protestas pueden ayudar a Jean-Luc
Melénchon a afianzar su posición como favorito para pasar a la segunda vuelta y
consolidar a LFI como la fuerza hegemónica de la izquierda -abortando el
intento de sorpasso del socialdemócrata independiente Raphaël Glucksmann,
presidenciable oficial del Partido Socialista-, pero eso solo servirá para facilitar
la llegada de la ultraderecha al Elíseo.
Jean-Luc
Mélenchon, radical en el fondo y áspero y agresivo en las formas, no es
precisamente el candidato más indicado para atraerse el voto moderado, al
contrario, lo ahuyenta. Su personalidad genera hoy más rechazo en la sociedad
francesa que la de Marine Le Pen, que se ha beneficiado de un proceso de
blanqueamiento de su partido y de su ideario (en parte adoptado por la derecha
tradicional). Si finalmente fuera Mélenchón su oponente, la líder del RN ganaría
de calle, con un aplastante 68% a 32% de los votos. La izquierda ocupa hoy las
calles de Francia, pero al final puede ser la extrema derecha la que llene las
urnas.
Pon tus
barbas a remojar…
El movimiento estudiantil francés tiene paralelismos en varios países de Europa.
Los jóvenes ocupan las calles y plazas en Albania, Bélgica, España, Grecia,
Portugal… Pero es en Italia donde la confluencia de protestas puede configurar
un panorama más próximo al francés. La movilización de los estudiantes se ha
extendido y generado fuertes disturbios, principalmente en Milán, lo que ha
llevado esta semana a la primera ministra, Giorgia Meloni, a enviar 500
militares más a las zonas más conflictivas y aprobar nuevas normas para
facilitar la detención de menores implicados en disturbios, como la retención
preventiva y la detención diferida. Los estudiantes han convocado también
para hoy nuevas manifestaciones en las principales ciudades de todo el país. Paralelamente,
las protestas de los transportistas por el elevado precio de los carburantes,
con bloqueos de carreteras y centros logísticos, ha provocado graves problemas
de abastecimiento en algunas regiones italianas. En medio de esta agitación, el
conflicto diplomático con España por la invasión de 72.000 migrantes en Ceuta a
finales de julio ha quedado discretamente finiquitado. Los gobiernos de ambos
países decidieron no prorrogar los controles fronterizos que mantenían
suspendida parcialmente la libre circulación en el espacio Schengen desde
principios de agosto.

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