domingo, 12 de abril de 2026

Cuidado con Narva, la ciudad rusa de la UE

Newsletter Europa

La frontera oriental de Estonia podría ser escenario de una acción provocadora de Moscú aprovechando la crisis de la OTAN


Retengan este nombre: Narva. Es uno de los puntos débiles de la extensa zona de fricción entre la Unión Europea y Rusia. Si algún día se produce un incidente militar, una provocación rusa para testar la respuesta de la OTAN, podría ser aquí, en esta ciudad del extremo nororiental de Estonia, a orillas del Báltico, poblada fundamentalmente por rusos. Mientras el mundo entero mira hacia el Golfo Pérsico, en este punto fronterizo entre Europa y Rusia -al otro lado del río Narva se encuentra la ciudad rusa de Ivángorod- empieza a percibirse una inquietante agitación.

Como todas las ciudades fronterizas, Narva -centro industrial venido a menos donde, pese a todo, se genera la mayor parte de la energía que consume el país- ha pasado históricamente de mano en mano. Fue dominio danés y sueco antes de pasar al Imperio Ruso y, después, a la Unión Soviética, donde permaneció hasta la independencia de Estonia en 1991. Los movimientos demográficos tras la Segunda Guerra Mundial hicieron que hoy Narva sea una ciudad mayoritariamente rusa -el 85% de la población- y que un tercio de sus habitantes conserven la nacionalidad rusa.

La relación entre la nueva Estonia europea y su importante minoría rusa -una cuarta parte de la población total del país- no es fácil y está envenenada por la desconfianza mutua. La política llevada a cabo por el Gobierno estonio, temeroso de las injerencias de Moscú, tampoco ha ayudado a lo contrario: prohibición del voto a los rusos y a los apátridas -ciudadanos mayoritariamente de origen ruso pero sin nacionalidad reconocida, a quienes se identifica con un pasaporte gris-, implantación progresiva del estonio como única lengua en la enseñanza… La población rusa en Estonia vive todas estas medidas como agravios, lo que otorga al Kremlin un caldo de cultivo ideal para la agitación.

La aparición, el pasado mes de febrero, de una campaña en las redes sociales anunciando la creación de una supuesta República Popular de Narva -que englobaría a la ciudad y todo el condado de Ida-Viru- ha creado cierta inquietud, por más que el gobierno de Tallin le haya querido restar importancia presentándolo como una muestra más de la guerra híbrida de Moscú contra los países de la Unión Europea. No es menos cierto, sin embargo, que movimientos preliminares parecidos se produjeron en su día en las regiones rusófonas del este de Ucrania, Donetsk y Luhansk, antes de que -con el apoyo militar externo de Moscú- se proclamaran repúblicas independientes en 2014 y de que, a partir de la invasión de Ucrania en 2022 por las tropas rusas, Rusia se las anexionara formalmente. Un acto no reconocido internacionalmente y que, por sí mismo, no les ha entregado el control efectivo de la totalidad del territorio (por el que siguen combatiendo desde hace cuatro años)

La campaña, de la que se han hecho eco los medios de comunicación estonios, fue detectada y denunciada públicamente por un blog independiente, Propastop, que rastrea internet en busca de maniobras de intoxicación y desinformación. Las publicaciones recopiladas por Propastop, vehiculadas a través de una cuenta de Telegram y redifundidas por TikTok y VKontakte (una especie de Facebook ruso), promueven un discurso separatista y despliegan nuevos símbolos identitarios: bandera propia, con los colores verde, negro y blanco; un escudo de armas con un águila negra, e incluso distintivos militares de unas supuestas fuerzas armadas de la República Popular de Narva.

La tensión alrededor de esta zona se ha incrementado con la ofensiva ucraniana, mediante bombardeos de drones, lanzada contra los puertos rusos en el Báltico –Primorsk y Ust-Luga– con el objetivo de obstaculizar las exportaciones de petróleo ruso, principal fuente de financiación de Moscú. Un dron extraviado se estrelló accidentalmente el pasado 25 de marzo en la central eléctrica estonia de Auvere, en las cercanías de Narva, sin causar heridos. Y este lunes, la portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, amenazó a los estados bálticos con “represalias” si seguían permitiendo el paso de los drones ucranianos por su espacio aéreo, lo que obligó a Tallin a pedir a Kyiv que busque rutas alternativas para sus ataques sin sobrevolar Estonia.

Rusia tiene suficientes dificultades en Ucrania -tras más de cuatro años de guerra y un terrible número de bajas, no ha logrado alcanzar sus objetivos y sus avances son muy limitados- como para pensar que pudiera lanzar un ataque en toda regla contra la UE, que es lo mismo que decir contra la OTAN. Pero no ceja en su guerra soterrada contra Europa, como demuestra la reciente operación de sabotaje intentada por tres submarinos rusos en el Atlántico Norte desbaratada por británicos y noruegos.

Los analistas occidentales llevan tiempo alertando de la posibilidad de que Moscú, aprovechando la crisis interna de la Alianza Atlántica precipitada por el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, pudiera realizar alguna acción ofensiva limitada para testar la respuesta de la OTAN. Podría ser una incursión en Narva. O en el llamado corredor de Suwalki, la franja fronteriza entre Lituania y Polonia que constituye el único acceso terrestre de Rusia -desde Bielorrusia, país aliado suyo, y atravesando territorio europeo- al enclave de Kaliningrado, donde está la base de la flota rusa del mar Báltico.

El rechazo europeo a intervenir en la guerra ha crispado al presidente de EE.UU., que ha amenazado varias veces -la última, esta misma semana- con abandonar la Alianza. “Nunca me convenció la OTAN. Siempre supe que era un tigre de papel, y [Vladímir] Putin también lo sabe, por cierto”, escribió en uno de sus múltiples y airados mensajes. Quizá el presidente ruso pueda estar tentado de probar hasta qué punto es así, con el objetivo de forzar la ruptura definitiva -por disolución- de la alianza occidental.

El amigo de Moscú. “En cualquier asunto en el que pueda ser de ayuda, estoy a su servicio”. Con estas palabras se habría expresado el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, en una conversación con el presidente ruso, Vladímir Putin, en octubre de 2025 a propósito de la posible organización en Budapest de una cumbre sobre Ucrania. La transcripción de la conversación, difundida por la agencia Bloomberg, viene a añadirse a otras informaciones inquietantes sobre la complicidad entre Budapest y Moscú, como el hecho de que el ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, le pasara a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, información sobre los debates en el Consejo Europeo. Todo ello, junto a la obstaculización sistemática de las medidas europeas de apoyo a Kyiv, ha afianzado la idea de que Orbán es un auténtico caballo de Troya dentro de la UE.

Todo esto podría cambiar -o no- en las cruciales elecciones legislativas que se celebran mañana domingo en Hungría, en las que por primera vez en 16 años Orbán podría perder el poder. Todos los sondeos, efectivamente, otorgan una amplia ventaja a su rival, el opositor Péter Magyar, pero algunos analistas advierten que el resultado final puede ser más ajustado de lo previsto. La UE sueña con la derrota de Orbán, mientras Vladímir Putin y Donald Trump -que envió al vicepresidente J.D.Vance en su apoyo-, tienen todas sus esperanzas puestas en su reelección. ¡Curiosa confluencia! La derrota del premier húngaro no sólo sería una mala noticia para Rusia. También representaría un golpe para la revolución ultraconservadora y autoritaria que hoy, contra toda lógica histórica, auspicia EE.UU. en el continente.

Cisjordania, la guerra sin nombre

'Visión periférica'

Ocultada por las bombas que caen hoy sobre Irán y Líbano, Israel libra otra guerra –soterrada, silenciosa– contra los palestinos de la Cisjordania ocupada, hostigados, expulsados y asesinados por los militares y los colonos.

El 15 de marzo pasado la familia Bani Odeh, residente en la población palestina de Tammun, en Cisjordania, tuvo la infortunada ocurrencia de celebrar el fin del ayuno del Ramadán llevando a los niños a comer dulces a un pueblo cercano. Cuando regresaban, su coche fue acribillado por una patrulla de la policía israelí, que  dijo sentirse amenazada por la velocidad del vehículo. A consecuencia de los disparos, murieron el matrimonio y los dos hijos menores, de 7 y 5 años. Solo sobrevivieron los dos mayores, de 12 y 9, sentados en la parte de atrás.

La tragedia de los Bani Odeh podría parecer un fatal accidente, un dramático error, si no fuera porque la práctica de disparar primero y preguntar después se ha convertido en un hábito de  las fuerzas de seguridad de Israel en los territorios ocupados. En los últimos dos años, desde octubre de 2023, cuando la organización terrorista islamista Hamas lanzó su ataque contra el Estado judío desde Gaza, y noviembre de 2025, la ONU ha registrado el asesinato de más de 1.000 palestinos –entre ellos, 213 niños– en Cisjordania. Así como el desplazamiento forzado e ilegal de 36.000 personas, en lo que el Alto Comisionado para los Derechos Humanos ve un claro indicio de “limpieza étnica”.

La mayoría de las muertes fueron perpetradas por el ejército y las fuerzas de seguridad israelíes, pero un número creciente de los asesinatos fueron –y siguen siendo– obra de grupos de colonos extremistas que se dedican a hostigar violentamente a los palestinos para expulsarlos de sus casas y sus tierras, y crear nuevos asentamientos judíos ilegales.

La actividad de estos grupos, tolerados y armados –cuando no alentados– por el Gobierno de extrema derecha israelí, ha sido calificada por el  diario de oposición Haaretz de “terrorismo judío” y la compara con la violencia del Ku Klux Klan en los estados del sur de Estados Unidos contra la población negra en la época de la segregación y la lucha por los derechos civiles: “Estos incidentes ocurren casi a diario y forman parte de un plan coordinado de mayor envergadura. Estos actos de violencia tienen como objetivo sembrar el terror entre los palestinos, reducir su espacio vital y expulsarlos por la fuerza de sus tierras, en las que se establecerán nuevas granjas judías y maajazim [puestos avanzados de asentamientos irregulares]”.

El Gobierno israelí resta importancia al fenómeno –reduciéndolo a la acción de  pequeños grupos de incontrolados–, condena con la boca pequeña los ataques y no hace nada para frenarlos. De hecho, los colonos fanáticos cuentan con el apoyo del ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich (del Partido Sionista Religioso, de extrema derecha), quien tiene un papel clave en la administración de Cisjordania –las antiguas Judea y Samaria, como las llaman los sionistas–, de la que promueve su anexión definitiva y donde alienta la creación de nuevos asentamientos en vulneración de la legislación internacional.

La violencia de los colonos contra los palestinos forma parte de esta estrategia de acoso. Desde el ataque de Hamas de octubre de 2023, el Gobierno israelí, a iniciativa del ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir –otro ultraderechista, líder del partido Poder Judío–, ha distribuido 157.000 licencias de armas y más de 120.000 armas entre los colonos judíos en Cisjordania, ha flexibilizado las restricciones para su posesión y ha formado 527 milicias o “escuadrones de seguridad”.

“El gobierno del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu —el más extremista de la historia del país— está impulsando un nuevo orden radical diseñado para consolidar la supremacía israelí en Cisjordania. La expansión de los asentamientos, la escalada de violencia de los colonos y las operaciones militares israelíes cada vez más agresivas están transformando su geografía y demografía. El objetivo es destruir cualquier posibilidad restante de autodeterminación palestina”, sostienen Hugh Lovatt y Tahani Mustafa, del European Council on Foreign Relations. Se trata de boicotear la solución de dos estados.

Cerca de un centenar de antiguos embajadores y diplomáticos israelíes hicieron pública recientemente una carta en la que instaban al Gobierno a poner fin a la “violencia intolerable” contra los palestinos en Cisjordania y a castigar a “los autores de estos actos atroces”. Lejos de eso, el Ejecutivo ha conseguido aprobar en el Parlamento –para satisfacción de Ben-Gvir, que brindaba con gran regocijo– una controvertida ley que instaura la pena de muerte en la horca exclusivamente para los palestinos condenados por atentados terroristas mortales. La ley se refiere a actos terroristas que pretendan “negar la existencia del Estado de Israel”, así que los terroristas judíos están exentos.

La de Cisjordania es una guerra no declarada, una guerra silenciosa y  oculta –al igual que la de Gaza– por la tremenda onda expansiva de las bombas que caen hoy sobre Irán y Líbano. En la Franja las muertes de palestinos a manos de las fuerzas israelíes también son constantes: al menos 500 desde el alto el fuego acordado el pasado mes de octubre, que se añaden a las más de 70.000 víctimas mortales –cifra confirmada por el propio ejército israelí– causadas por la ofensiva militar ordenada por Netanyahu como represalia por el ataque de Hamas. El ejército hebreo, que desplegó un perímetro de seguridad marcado por una ‘línea amarilla’, mantiene hoy ocupado algo más de la mitad del enclave. El resto lo controla Hamas.

Embarcado en más guerras de las que  puede abarcar –el jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, ha advertido del riesgo de “implosión” del ejército por falta de efectivos–, Israel cree posible desterrar definitivamente todas las amenazas internas y externas por las armas, mientras trata de consolidar sus sueños de expansión bíblicos a costa de los palestinos. Pero la guerra no le traerá la paz. Y la victoria –si se produce– no será más que una cáscara vacía.


Las dos guerras del oro negro

Newsletter 'Europa'

El petróleo se coloca en el centro de los conflictos de Irán y de Ucrania, cada vez más entremezclados

El 11 de diciembre de 1972, el astronauta norteamericano Eugene Cernan, comandante de la misión Apollo 17 de la NASA, se convirtió en el último hombre en pisar la Luna. En octubre de 1973, diez meses después de aquella última misión tripulada a nuestro satélite, estalló la crisis del petróleo y el mundo se sumió en una profunda recesión que se prolongaría hasta bien avanzada la década. De un día para el otro, los años de expansión económica y prosperidad posteriores a la Segunda Guerra Mundial se esfumaron.

En esta primavera de 2026, la atmósfera tiene un aire a los años 70 del siglo pasado. La NASA vuelve a enviar a astronautas a la Luna -en la misión Artemis 2, aunque en esta ocasión se limitarán a orbitarla- mientras la enésima guerra en Oriente Medio vuelve a estrangular el suministro de petróleo -y de gas licuado-, disparando los precios y amenazando con poner al mundo de nuevo patas arriba.

En 1973, los países árabes impusieron un embargo de la venta de petróleo a los países aliados de Israel que le ayudaron en la guerra del Yom Kipur contra una coalición árabe liderada por Egipto y Siria. Era un embargo político y parcial, pero pronto el encarecimiento del petróleo alcanzó a todo el mundo. Hubo penuria de carburante y los precios se dispararon en cascada. En algunos países se aplicaron restricciones en las gasolineras y todos se vieron forzados a adoptar medidas de ahorro de energía. “Aunque usted pueda pagarlo, España no puede”, rezaba una célebre campaña del Gobierno, que redujo el límite de velocidad por autopista a 100 km/h…. La crisis abrió un grave periodo de estanflación: estancamiento económico, desempleo y alta inflación.

Hoy, algo más de medio siglo después, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán amenaza con parecidas consecuencias. La respuesta del régimen de Teherán a la agresión, bloqueando selectivamente el estrecho de Ormuz, ha estrangulado una vía por la que transita una quinta parte del petróleo y del gas licuado que se comercializa en el mundo, desplomando las exportaciones -al menos en un 70%- y frenando la producción de los países árabes ribereños. Si por Ormuz pasaban antes una media de 150 petroleros diarios, ahora apenas atraviesan entre 10 y 20, según el capricho de Teherán y pagando un peaje. Solo Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos pueden derivar parte de su producción por oleoductos hacia el Mar Rojo y el golfo de Omán, respectivamente, mientras que Bahréin, Irak, Kuwait y Qatar están atrapados.

Europa no obtiene de esta región lo esencial de sus necesidades energéticas -la mayor parte del petróleo lo compra a EE.UU. y Noruega, así como el gas, además de a Argelia-, pero las tensiones del mercado han hecho ya que el precio del crudo se dispare por encima de los 100 dólares el barril y que el del gas se haya incrementado más del 70%. Europa gastó en marzo 14.000 millones de euros de más en la importación de combustibles fósiles. Y este encarecimiento ha empezado a repercutir en los precios: la inflación subió al 2,5% el mes pasado en la zona euro.

Con todo el mundo compitiendo por una cantidad de petróleo menor, el riesgo no es únicamente que suban los precios, sino que haya escasez. El director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), Fatih Birol, ha advertido que la situación, si se prolonga, podría representar “la mayor amenaza para la seguridad energética mundial de toda la historia”. Este mes de abril llegarán a Europa los últimos petroleros que pudieron salir por Ormuz. A partir de ahí, las cosas no pueden sino complicarse.

La Comisión Europea ha aconsejado esta semana a los países miembros -algunos de los cuales, como España, ya han tomado medidas fiscales para rebajar el impacto del alza de precios sobre el consumidor- que empiecen a pensar también en medidas de ahorro energético. En una carta dirigida a los 27, el comisario de Energía y Vivienda, Dan Jørgensen, propone medidas como bajar en 10 km/h el límite de velocidad en las autopistas, impulsar el uso del transporte público, promover el teletrabajo tres días a la semana o reducir los viajes en avión. Alemania ya se plantea poner un límite de velocidad en las autopistas -ahora no hay ninguno- y Eslovenia es el primero en haber empezado a aplicar racionamiento de carburante (un límite de 50 litros al día para los particulares)

Estados Unidos no está hoy en la misma situación que en 1973. Ya no depende para nada del petróleo de Oriente Medio y se ha convertido -gracias a la técnica del fracking- en el primer exportador mundial. El presidente Donald Trump, en su proverbial logorrea, se jactaba no hace muchos días de la enorme cantidad de dinero que iban a ganar las compañías petroleras y gasísticas norteamericanas. Sin embargo, los ciudadanos de a pie están ya empezando a pagarlo: el precio de la gasolina en EE.UU. ha superado los 4 dólares por galón (equivalente a 3,8 litros), una cifra que no se veía desde el 2022. A siete meses de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato (mid-term), en las que los republicanos se juegan la mayoría en las cámaras, el panorama es preocupante para Trump. ¿No fue la inflación la que derrotó a Joe Biden?

De ahí que el nerviosismo del presidente de EE.UU. haya ido en aumento conforme la guerra se ha ido prolongando -hoy cumple cinco semanas- sin haber logrado quebrar la resistencia del régimen iraní, que mantiene a la economía mundial en un puño. Esta semana, Trump ha vuelto a cargar contra sus aliados europeos por desentenderse de la guerra y no asumir el riesgo de una intervención militar para desbloquear el estrecho de Ormuz. “Tengo una sugerencia para vosotros -escribió-: Número 1, compradlo [el petróleo] a EE.UU., tenemos de sobra; y Número 2, armaos de ese valor que os falta, id al estrecho y simplemente tomadlo”. Y, como seguían sin hacerle caso, amenazó de nuevo con abandonar la OTAN: “Nunca me convenció la OTAN. Siempre supe que era un tigre de papel, y Putin también lo sabe, por cierto”, añadió hurgando en la herida de Ucrania.

Europa, sin embargo, parece haberse acostumbrado ya a las bravatas de su díscolo aliado y no se deja arredrar. Un grupo de 40 países reunidos en el Reino Unido el jueves se mostraron dispuestos a multiplicar las gestiones diplomáticas para lograr la reapertura del estrecho de Ormuz y también a desplegar medios militares para garantizar el libre tránsito, pero -¡ojo!- siempre después de un alto el fuego. El presidente francés, Emmanuel Macron, consideró que "no es realista" pretender tomar el estrecho por la fuerza, además de acusar a Trump de falta de seriedad.

Si al principio de la crisis, España fue el único país que se destacó en contra de la guerra -prohibiendo el uso de sus bases y cerrando el espacio aéreo a EE.UU.-, poco a poco se le han ido sumando todos los demás. Austria, Italia y Francia han impuesto también restricciones a las operaciones militares norteamericanas en su suelo o su espacio aéreo. “Debo ser franco con Washington y Tel Aviv: la solidaridad de Alemania no es ciega. Tras un mes de operaciones militares, ni EE.UU. ni Israel han presentado una estrategia coherente para el día después (…) Alemania no enviará tropas a un conflicto que carezca de un plan de salida claro”, declaró con una contundencia inhabitual el fin de semana pasado el canciller Friedrich Merz. Y el británico Keir Starmer respondió el miércoles a las amenazas de Trump con igual claridad: “No es nuestra guerra y no vamos a dejarnos arrastrar a ella”.

La guerra de Europa es otra, la de Ucrania frente a la agresión de Rusia. Pero ambas han empezado a confluir. El alza de los precios del petróleo está teniendo como directo beneficiario a Moscú, al que además -para tratar de combatir la carestía del crudo- Washington ha levantado parcialmente las sanciones que pesaban sobre sus exportaciones. La venta exterior de combustibles fósiles representa para Rusia entre el 30% y el 50% de los ingresos del presupuesto federal. Y los cálculos de los analistas indican que cada 10 dólares de aumento del precio del barril de petróleo representan para Vladímir Putin unos ingresos fiscales adicionales mensuales de 1.600 millones de dólares (cerca de 1.400 millones de euros), que contribuyen a financiar el esfuerzo de guerra.

A Rusia le conviene que la guerra de Irán se eternice, tanto por razones financieras como políticas. Cuanto más focalizado esté Trump en Oriente Medio, y más irritado se sienta con sus aliados europeos, más probable es que EE.UU. se desentienda de la guerra de Ucrania. De ahí que Moscú, discretamente, esté apoyando a Irán suministrándole drones -devolviéndole el favor en este terreno- y proporcionándole información de inteligencia sobre los objetivos norteamericanos en la región. Sorprendentemente, y a pesar de haber sido desvelado públicamente, Washington ha decidido no darle ninguna importancia a este hecho.

Para combatir el inesperado enriquecimiento ruso, el ejército ucraniano ha lanzado una campaña de ataques selectivos contra los puertos petroleros rusos, con el fin de obstaculizar y frenar sus exportaciones de crudo. Así, en los últimos días los drones ucranianos han golpeado los puertos de Novorossíisk, en el mar Negro, y de Primorsk y de Ust-Louga, en el Báltico. Este último, objeto de tres bombardeos consecutivos, exporta alrededor de 700.000 barriles por día. También ha proseguido sus ataques contra algunas refinerías, como la de Kirichi. A partir de datos del mercado, la agencia Reuters ha estimado que la ofensiva ucraniana habría paralizado temporalmente el 40% de las exportaciones rusas.

En ese contexto se entiende mejor que Kyiv se haga el remolón a la hora de reparar el oleoducto Druzhda -dañado por la guerra- que conduce petróleo ruso a Hungría y Eslovaquia, los dos países de la UE próximos a los intereses de Moscú y que mantienen -con este pretexto- bloqueado el crucial préstamo de 90.000 millones de euros para Ucrania acordado en la cumbre europea del pasado mes de diciembre.

Paralelamente, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en una hábil e inesperada maniobra diplomática, ha realizado una rápida gira por el golfo Pérsico y ha firmado esta última semana acuerdos de cooperación y defensa con Arabia Saudí, los Emiratos y Qatar, víctimas de los ataques iraníes en su estrategia de extender el conflicto. La defensa ante este tipo de bombardeos es enormemente desigual, pues los drones son mucho más baratos -unos 35.000 dólares la unidad- y se fabrican mucho más rápido que los misiles interceptores -que pueden costar entre 2 y 4 millones-. Aquí Kyiv puede ser de mucha ayuda.

Después de cuatro años de guerra, Ucrania ha desarrollado drones interceptores contra los drones rusos -inicialmente de fabricación iraní, los Shahed-136, luego replicados por Moscú bajo el nombre de Geran-2- y tiene una sólida experiencia militar en este tipo de combate, que es lo que ha ofrecido a los países árabes. Kyiv se ha comprometido a enviar asesores y montar nuevas cadenas de producción de drones tanto en Ucrania como en el golfo Pérsico y, a cambio, recibirá ayuda financiera y misiles de defensa antiaérea para repeler los ataques rusos con misiles. “Hoy Ucrania no solo necesita ayuda, también está lista para ayudar a quienes nos ayudan”, ha declarado Zelenski. Las guerras de Irán y de Ucrania empiezan a entremezclarse inopinadamente.

lunes, 30 de marzo de 2026

El trumpismo pierde tirón

Newsletter Europa

La guerra de Irán hace que la amistad con Trump empiece a ser un lastre político en Europa

 

Sabido es que, en un referéndum, el Gobierno pregunta una cosa y los ciudadanos responden lo que les da la gana. Frecuentemente para castigar al poder… Como muchos otros dirigentes políticos antes que ella, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, ha sufrido esta semana en sus carnes esta verdad universal, al perder por un claro 54% a 46% la consulta convocada los días 22 y 23 para refrendar el proyecto de reforma de la Justicia (una iniciativa controvertida que introducía cambios importantes en la organización jurisdiccional establecida en la Constitución de 1948)

Pese a los intentos de Meloni de circunscribir el debate a la reforma judicial en sí misma, lo cierto es que el referéndum se acabó convirtiendo en un enjuiciamiento global de la política del Ejecutivo. Y la impugnación ha sido de tal calibre que la primera ministra, si bien ha descartado dimitir, se ha visto forzada a abrir una crisis de gobierno. ¿La guerra de Irán le ha pasado factura? ¿Meloni ha pagado su amistad con el belicoso Donald Trump? La aventura militar de Estados Unidos e Israel parece haber sido ser una de las variables de la ecuación

Según el politólogo Arturo Varvelli, del European Council on Foreign Relation (ECFR), los electores italianos de centroderecha, incluidos los del partido de Meloni -el posfascista Hermanos de Italia-, se manifiestan cada vez más hostiles a las políticas disruptivas del presidente de EE.UU., en las que ven a Italia como una víctima colateral (aranceles comerciales punitivos, perjuicios económicos a causa de la guerra…) La cercanía a Trump, que en otro momento podría haber representado una baza, en estas circunstancias se estaría revelando como una “trampa”

Tras un mes de guerra en el golfo Pérsico sin visos de un pronto final, con la amenaza de penurias energéticas y subidas generalizadas de precios, el trumpismo ha empezado a perder lustre en Europa y las fuerzas nacionalistas y de ultraderecha que hasta ahora se arrimaban al locuaz e imprevisible inquilino de la Casa Blanca empiezan a marcar distancias. Giorgia Meloni también lo ha hecho, descartando involucrar a Italia en la guerra, pero con un perfil bajo, tratando de no hacerse notar demasiado. Y se ha guardado muy mucho de criticar a Trump.

No ha sucedido lo mismo con otra de las principales dirigentes de la extrema derecha europea, la francesa Marine Le Pen. La líder del Reagrupamiento Nacional (RN) ha calificado esta semana de “error” el ataque norteamericano a Irán y ha expresado sus dudas sobre el propio Trump: “¿Alguien entiende cuál es el objetivo último de esta guerra?”. Le Pen ha ido bastante más allá de las palabras en este desmarque y el jueves su partido votó en contra de la ratificación del acuerdo comercial con EE.UU. en el Parlamento Europeo.

No fue el único. Dentro del grupo de extrema derecha Patriotas por Europa, el acuerdo comercial con Washington -que impone unos aranceles del 15% a las importaciones europeas por 0% para los norteamericanas- ha causado bastante división. Los italianos de La Liga, de Matteo Salvini (que gobierna en Roma en coalición con Meloni), también votaron en contra, mientras que los húngaros de Fidesz (Viktor Orbán) y los españoles de Vox (Santiago Abascal) se abstuvieron.

Trump empieza a ser un lastre. Y las últimas convocatorias a las urnas en Europa -con todas sus particularidades y diferencias- así parecen indicarlo. No se trata solo de la derrota de Meloni en el referéndum italiano. En Francia, la extrema derecha no ha sufrido ningún tropiezo particular en las recientes elecciones municipales, cuya segunda vuelta se celebró el pasado domingo, pero teniendo en cuenta sus expectativas su balance fue más bien discreto. El RN, comparado con las elecciones municipales anteriores (del 2020), ha avanzado claramente, pero no deja de ser una traslación parcial al mundo local de sus buenos resultados en las legislativas del 2024, en las que -en la primera vuelta- fue el más votado con el 33% de los votos. No ha sido lo mismo ahora.

Los ultras franceses han ganado alcaldías y han avanzado en las ciudades medianas, sobre todo en el sur, pero no en las grandes urbes: han consolidado su hegemonía en Perpinyà y han conquistado Niza (aunque a través de un asociado, el exlíder de Los Republicanos Eric Ciotti), pero el asalto que pretendían en Marsella, Nîmes o Toulon fracasó. En cambio, los socialistas, junto a los ecologistas y otros aliados, han logrado conservar París, Marsella, Lyon, Estrasburgo, Lille, Montpellier o Nantes.

El mismo domingo 22, en Eslovenia, el liberal Robert Golob, primer ministro saliente y líder del Movimiento por la Libertad (GS), dio la sorpresa y ganó las elecciones legislativas frente al candidato populista de derecha -y admirador confeso de Trump- Janez Janša, del Partido Democrático Esloveno (SDS), al que las encuestas daban como ganador. Golob ha perdido terreno respecto a 2022, su victoria es estrecha -de solo unas décimas- y la fragmentación del Parlamento no permite asegurar quién será finalmente elegido primer ministro. Pero, de entrada, ha frenado la tendencia al alza de su adversario, castigado por la revelación de injerencias extranjeras vinculadas a la crisis en Oriente Medio (los servicios secretos eslovenos desenmascararon una operación de desestabilización organizada por una agencia privada israelí, Black Cube)

El martes, la primera ministra danesa, la socialdemócrata Mette Frederiksen, quien adelantó las elecciones para tratar de rentabilizar su resistencia frente a Donald Trump en el pulso sobre Groenlandia, volvió a ganar, pero obtuvo una victoria más exigua de lo esperado. “Estoy decepcionada, pero es un resultado aceptable”, declaró tras conocerse el veredicto de las urnas. Un aspecto destacable ha sido el avance notable, aunque limitado, de la extrema derecha -el Partido Popular Danés (DF) triplicó sus votos, aunque quedando por debajo del 10%-. Pero probablemente lo más significativo es el basculamiento que ha llevado al bloque de la izquierda a sobrepasar al bloque de la derecha.

Parlamento muy fragmentado también el danés, todo indica que harán falta semanas para llegar a un acuerdo de gobierno, aunque todo indica que -con al apoyo del partido de los Moderados, liderado por el ministro de Exteriores, Lars Løkke Rasmussen- Frederiksen podría repetir al frente de un gobierno de coalición. Esta vez de izquierda, similar al de la legislatura 2019-2022, en lugar del de centroderecha actual.

Todos estos movimientos se suman a la victoria -anterior a la guerra pero también inesperada- del liberal Rob Jetten en las elecciones anticipadas en los Países Bajos del pasado mes de octubre derrotando a la extrema derecha, corroborada por su elección como primer ministro el mes pasado al frente de un gobierno moderado de centroderecha.

No hay nada en todo este panorama que pueda considerarse definitivo, pero sí puede ser indicativo de una posible inflexión. La prueba de fuego se producirá el próximo 12 de abril, cuando el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, candidato declarado de Donald Trump –quien le ha calificado de “verdadero amigo, luchador y GANADOR”- y próximo al presidente ruso, Vladímir Putin, se enfrente a las urnas. Tras 16 años al frente del gobierno, desde donde ha utilizado su aplastante mayoría en el Parlamento para implantar un régimen iliberal, Orbán podría en un par de semanas perder el poder. Las encuestas dan como amplio vencedor -con hasta 15 puntos de ventaja- a Peter Magyar, un exmilitante de Fidesz al frente hoy del Partido del Respeto y la Libertad (Tisza)

En situación desesperada, Orbán ha derivado la campaña electoral hacia un choque frontal con la UE y con Ucrania, a quienes acusa de una conspiración para derribarle. En este contexto, el líder húngaro no ha dudado en bloquear un nuevo paquete de sanciones económicas contra Rusia y la concesión a Kyiv de un crédito de 90.000 millones de euros -pese a haber sido acordado en la cumbre de jefes de Estado y de gobierno de diciembre-. Para acabar de emponzoñar el panorama, el ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, ha sido acusado de pasar regularmente información a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, de las interioridades de las cumbres europeas.

La eventual derrota de Orbán provocaría un cambio radical no solo en la política interior de Hungría, sino en toda Europa. La extrema derecha no solo perdería a uno de sus puntales en la UE, también lo perderían Putin y Trump, que ha movilizado en su apoyo -entre otros- al vicepresidente J.D. Vance y al secretario de Estado, Marco Rubio. Su derrota sería también la derrota del presidente de EE.UU. y de su revolución ultraconservadora.

Los antídotos contra el veneno de serpiente se elaboran con los anticuerpos desarrollados por animales -por ejemplo, caballos- a quienes se les inoculan pequeñas dosis no letales para que generen inmunidad. ¿Acabará siendo Donald Trump el agente agentes que servirá como antídoto al ascenso de la extrema derecha en Europa?

 

Acuerdo sí, pero con condiciones. La historia de las agitadas relaciones comerciales con los nuevos EE.UU. de Donald Trump está lejos de haber terminado. Después de que Washington, por boca de su embajador ante la UE - Andrew Puzder-, instara a ratificar ya el acuerdo comercial alcanzado con en Turnberry (Escocia) el verano pasado, bajo la amenaza de restringir el acceso de Europa al gas licuado estadounidense, el Parlamento Europeo acordó este jueves darle luz verde. Pero no de cualquier manera. La Eurocámara, por 417 votos a favor frente a 154 en contra y 71 abstenciones, decidió añadir varias salvaguardas al acuerdo: condicionando su entrada en vigor a la resolución del litigio sobre los aranceles norteamericanos que gravan el acero; limitando su vigencia a dos años, a partir de los cuales se revisaría, e introduciendo una cláusula que permitiría su suspensión en el caso de que Washington decidiera unilateralmente aplicar nuevos aranceles o tomara cualquier medida de extorsión contra la UE. Estos términos deberán ahora ser negociados con los 27 y, en su caso, habrá que ver si EE.UU. los acepta.

Otro acuerdo con Australia. Escarmentada por el maltrato comercial que le ha infligido su principal aliado, la UE ha multiplicado las negociaciones para cerrar acuerdos comerciales bilaterales con otros países y zonas del mundo, desde India a Indonesia, pasando por el Mercosur. Esta semana se ha cerrado también otro con Australia. El acuerdo de libre comercio con Canberra prevé suprimir prácticamente el 100% de los aranceles en los dos sentidos, aunque en el caso de las importaciones australianas a Europa se impondrán cuotas máximas en algunos productos lácteos, el azúcar o la carne bovina. El acuerdo, que alcanza también al suministro de minerales críticos -de algunos de los cuales Australia es un importante productor-, se complementa con otro acuerdo paralelo en materia de seguridad y defensa, que será el marco para una mayor cooperación en la industria militar y abrirá a los australianos la participación en el programa científico europeo Horizon.

Centros de deportación. El Parlamento Europeo, con el acuerdo de la derecha y la extrema derecha -y la oposición de los socialdemócratas-, aprobó asimismo dar luz verde a la propuesta, ya aprobada por los 27 en el Consejo Europeo, que abre la posibilidad a que los estados miembros creen centros de deportación de migrantes fuera de la Unión Europea, con el fin de facilitar las expulsiones. La iniciativa, que ha creado fuertes tensiones en el seno de la mayoría que sustenta a la Comisión de Ursula von der Leyen, se inspira en las medidas ya adoptadas en este sentido en Italia por el gobierno de Giorgia Meloni, que firmó con el gobierno de Edi Rama un acuerdo para la creación de dos centros de este tipo en Albania. De momento, sin embargo, diversas decisiones judiciales han hecho que estos centros estén prácticamente vacíos. La confluencia del PPE de Manfred Weber con los ultras en este asunto -llegando a mantener contacto con los neonazis de Alternativa para Alemania (AfD)- ha incomodado enormemente al canciller Friedrich merz, que no tardó en llamarlos al orden: “No trabajamos conjuntamente con los extremistas del Parlamento europeo”, advirtió.

 

 

lunes, 23 de marzo de 2026

EE.UU., camino de su enésima derrota

'Visión periférica'

La fuerza militar desplegada hasta ahora por EE.UU. contra Irán se está revelando insuficiente para quebrar al régimen de Teherán, cuya estrategia de atacar la economía mundial puede forzar a Trump a retirarse cantando una falsa victoria.

 

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, y al margen de intervenciones militares menores, Estados Unidos ha participado en cinco grandes guerras y apenas ha ganado ninguna. La de Irán, que hace seis, va por el mismo camino. Ni en Corea (1950-1953), ni en Vietnam (1955-1975), ni en Afganistán (2001-2021) ni en Irak (2003-2011) el coloso norteamericano alcanzó sus objetivos. La primera acabó en un armisticio, sin alterar el equilibrio de fuerzas (ahí está Kim Jong Un, el heredero de la estirpe comunista norcoreana, para atestiguarlo). En las demás tuvo que retirarse de forma más o menos humillante.

Solo en el caso de la guerra del Golfo (1990-1991), lanzada por el presidente George Bush (padre) para poner fin a la invasión iraquí de Kuwait, se puede decir que EE.UU. alcanzó el fin oficialmente perseguido. Si bien Washington consideró después que el trabajo se había quedado a medias y George W. Bush (hijo) atacó Irak en 2003 para derribar al régimen de Sadam Husein (lo cual consiguió, aunque enquistándose después en una guerra de baja intensidad que acabó con su retirada en 2011 sin haber logrado estabilizar el país ni convertirlo en un aliado fiable)

Vale la pena detenerse un momento en la guerra del Golfo, la primera gran intervención militar norteamericana en Oriente Medio. Para expulsar al ejército iraquí de Kuwait, EE.UU. reunió una  gran coalición internacional integrada por una cuarentena de países –desde árabes a europeos, entre ellos España– y obtuvo el aval de la ONU para restablecer las fronteras. No fue difícil. Derrotado el ejército iraquí, hubo quien hubiera deseado proseguir hasta Bagdad. Pero Bush frenó en la frontera, donde acababa el mandato legal de las Naciones Unidas.

El secretario de Guerra (antes Defensa) de EE.UU., Pete Hegseth –quien sirvió en Irak en 2005-2006, pero cuyo mayor mérito a ojos del presidente Donald Trump ha sido ser comentarista y agitador televisivo en Fox News TV–, aludió a la guerra del Golfo en una reunión con altos militares en 2025 poniéndola como modelo de una intervención exitosa: “Fue una misión limitada, con una fuerza abrumadora y un objetivo final claro”, resumió.

La guerra de Irán es un evidente contraejemplo. De entrada, y a diferencia de la del Golfo, no tiene el aval de la ONU ni ha logrado reunir una amplia coalición internacional en torno a EE.UU, que parece hacer aquí más bien el papel de comparsa de Israel (tal como ha denunciado el director del Centro Nacional de Contraterrorismo, Joe Kent, en su carta de dimisión). Sí se está empleando en Irán una fuerza abrumadora, pero en una campaña exclusivamente de bombardeos aéreos, sin intervenir hasta ahora –también a diferencia de la guerra del Golfo– con tropas de tierra, lo que tiene un alcance limitado. Pero ni es una operación acotada ni tiene un objetivo claro.  Y, por lo que se está viendo, Trump –quien ya en su primer mandato hizo gala de no leerse los informes de inteligencia porque le aburrían– ni siquiera anticipó la respuesta militar de Irán y se sorprende ahora tanto del cierre del estrecho de Ormuz como del ataque iraní a los aliados de EE.UU. en el Golfo.

La estrategia de Irán, incapaz de vencer convencionalmente a EE.UU. en el terreno militar, es muy clara. Resistir a toda costa y tratar de hacer el máximo daño posible a la economía mundial y estadounidense, de tal suerte que Trump se vea obligado a dar marcha atrás. La guerra de Irán no es popular en EE.UU. –un 54% de los norteamericanos está en contra–, ha violentado a la propia base electoral del mundo MAGA (Make America Great Again) –a la que el presidente había prometido no más guerras– y amenaza con disparar los precios y el coste de la vida –lo que le costó la presidencia al demócrata Joe Biden–, justo a ocho meses de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato (Midterm), que podrían costarle la mayoría a los republicanos en la Cámara de Representantes y, acaso, el Senado.

La guerra que libra Irán es una guerra asimétrica, o lo que el politólogo Robert A. Pape, de la Universidad de Chicago, llama una “estrategia de escalada horizontal”, a base de multiplicar los frentes geográficamente –atacando a los aliados de EE.UU. en el golfo Pérsico, bloqueando el estrecho de Ormuz– en busca de que el tiempo fuerce al enemigo a redoblar su apuesta o retirarse. El analista chino Jiang Xueqin considera que el ataque de Irán a sus vecinos, más allá de desestabilizar el mercado mundial del petróleo y el gas,  pone además en peligro directamente la economía de EE.UU., al privarle de los petrodólares que riegan de dinero su mercado de valores y financian, entre otras, las enormes inversiones en inteligencia artificial (IA).

“El régimen [de Teherán] sabía desde el principio que no podía igualar militarmente a EE.UU. e Israel. Su meta de éxito es menor: sobrevivir y hacer que Trump sufra más de lo que está dispuesto a tolerar”, abunda el analista estadounidense Ian Bremmer, de Eurasia Group. Y si algo empieza a verse, en medio del laberinto de declaraciones contradictorias que hace cada día, es que Trump está ya impaciente por encontrar una salida que le permita cantar victoria y batirse en retirada.

De todos los objetivos –variables– que Washington ha expresado para justificar la guerra, el secretario de Estado, Marco Rubio, fue el que puso el listón más bajo: destruir la fuerza naval y los misiles balísticos iraníes. Ni siquiera su capacidad nuclear –que Trump dio por aniquilada en los bombardeos de junio de 2025–, por más que aún haya 400 toneladas de uranio enriquecido escondidas en algún lugar.

Más temprano que tarde, Trump se verá forzado a parar. Y es muy probable que lo único que haya ganado con la guerra es poner a Irán de rodillas –sí–, pero con un régimen intacto y radicalizado, y más determinado que nunca a obtener la bomba atómica como garantía de supervivencia.


Hermanos, pero no primos

Newsletter 'Europa' 

Los europeos se plantan y dicen no a la pretensión de Trump de arrastrarlos a la guerra

 

Algo empezó a fracturarse entre Europa y Estados Unidos el pasado mes de enero. Y ha acabado de romperse con la guerra de Irán. La confianza, ese pegamento esencial de toda alianza, se ha volatilizado. Quién sabe si definitivamente. La opa hostil lanzada hace un par de meses por Donald Trump contra Dinamarca por el control de Groenlandia, amenazando incluso con tomarla por la fuerza -para lo que el gobierno danés se preparó militarmente-, sacudió muchas conciencias y dejó en evidencia la fragilidad de convicciones muy arraigadas. Hoy el presidente de EE.UU. ha pasado a otra cosa y la isla ártica parece haber dejado por ahora de interesarle. Pero el menosprecio hacia sus teóricos aliados, a quienes no se molestó en informar de sus planes de atacar al régimen de los ayatolás -pero de quienes exige un seguidismo ciego-, sigue siendo el mismo. Lo que ha cambiado es la actitud de Europa, que ha decidido plantarse. Y ha rechazado las presiones de Washington para arrastrarla a la guerra.

La posibilidad de encauzar por la vía diplomática el conflicto con Irán -o, al menos, la parte que afecta al posible desarrollo de armas nucleares por parte del régimen de Teherán- se frustró en 2018 y no fue otro que Donald Trump quien cegó esta posibilidad. En su primer mandato, el presidente de EE.UU. rompió unilateralmente el acuerdo firmado con Irán en 2015 para controlar sus capacidades nucleares que tan laboriosamente habían negociado la Administración de Barack Obama y los gobiernos de Alemania, Francia y el Reino Unido, con la participación de China y Rusia. El primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu, furiosamente contrario al acuerdo, convenció entonces a Trump de dar marcha atrás. Como lo ha hecho con la guerra. Ni entonces, ni ahora, el presidente norteamericano escuchó a sus aliados europeos.

Así que la repentina y extemporánea petición de ayuda del presidente norteamericano para romper militarmente el bloqueo iraní del estrecho de Ormuz -por donde transita el 20% de las exportaciones mundiales de gas y petróleo- fue recibida con sorpresa e incredulidad. Trump apeló hace una semana a los países perjudicados por el bloqueo de las exportaciones del Golfo Pérsico a enviar buques de guerra para escoltar a los barcos petroleros y gasistas, citando explícitamente a China, Francia, Japón, Corea del Sur y Reino Unido. Pero, de entrada, solo obtuvo un espeso silencio. Cada vez más encrespado, amenazó entonces con represalias si sus aliados no se le unían. La OTAN, auguró, afrontaría en caso contrario un futuro “muy malo”, declaró al Financial Times. No le sirvió de nada. Todos dijeron no.

En Europa, donde hasta ahora solo había alzado la voz el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, el rechazo a la intervención militar israelo-estadounidense en Irán es ya general. Con más o menos énfasis, ya se habían desmarcado el presidente francés, Emmanuel Macron, y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni -además del premier británico, Keir Starmer, desde fuera de la UE-, pero Alemania había intentado mantener cierta proximidad con Washington y Tel Aviv. Ya no. El canciller Friedrich Merz fue tajante al excluir esta semana la implicación de la OTAN, “una alianza defensiva -remarcó-, no una alianza de intervención”. Y, si no quedaba claro, su ministro de Defensa, Boris Pistorius, remachó: “No es nuestra guerra, no la empezamos nosotros”.

Los ministros de Exteriores de la UE abordaron el lunes, a iniciativa de la Ata representante para la política exterior y de defensa, Kaja Kallas, la posibilidad de ampliar la misión europea Aspides, encargada de proteger a los buques mercantes en el Mar Rojo de los ataques de los hutíes de Yemen, para que pudiera ser desplegada en el estrecho de Ormuz. Pero la propuesta quedó descartada. No obstante, podría ser el mecanismo para una futura intervención una vez callen las armas.

Cuatro países de la UE -Alemania, Francia, Italia y Países Bajos-, junto con el Reino Unido y Japón hicieron pública el jueves una declaración en la que se decían “dispuestos a contribuir a los esfuerzos necesarios para garantizar la seguridad de la navegación en el Estrecho”. Pero más allá de las gestiones diplomáticas -Francia quiere implicar al Consejo de Seguridad de la ONU-, la posibilidad de enviar barcos de guerra se vislumbra como una posibilidad lejana, vinculada a algún tipo de acuerdo entre los beligerantes que implique un cese de las hostilidades (como se plantea en Ucrania, para la fase posterior a un eventual alto el fuego)

Fiel a su temperamento inconstante, Trump reaccionó al principio con desprecio -en plan “no os necesito para nada”- pero pronto lo trocó por irritación. El presidente de EE.UU. se dijo profundamente decepcionado por los europeos y volvió a poner en cuestión la utilidad de la Alianza Atlántica. “El problema con la OTAN es que siempre estaremos ahí para ellos, pero ellos nunca estarán ahí para nosotros”, afirmó, obviando -por ignorancia o mala fe- que la única vez que se invocó el artículo 5 de defensa mutua lo hizo Washington tras los atentados del 11-S del 2001 y sus aliados acudieron prestos a ayudarle en la guerra contra el régimen talibán de Afganistán. Solo consiguió que los dirigentes europeos, reunidos en la cumbre Bruselas, reiteraran su desmarque.

Ayer, seguramente frustrado por la marcha de la guerra -y por el negativo
informe del Pentágono sobre los enormes riesgos y costes que supondría una intervención militar en Ormuz-, cargó más las tintas y llamó “cobardes” a sus aliados europeos. “¡Nos acordaremos!”, tronó en tono amenazador desde su red social particular, Truth.

La OTAN no se romperá. Ninguno de sus otros miembros, desde Canadá a Turquía pasando por los países europeos, está interesado en ello. Pero ¿podría marcharse EE.UU.? Políticamente no es descartable. En el mundo MAGA (Make America Great Again) sobran los propagandistas que promueven abandonar la Alianza, presentada como un club de gorrones que confían en que EE.UU. asegurará -y pagará- la seguridad colectiva sin asumir sus responsabilidades. Una visión sesgada, que pone el dedo en la llaga de la inhibición europea pero que no tiene en cuenta hasta qué punto la existencia de la OTAN sostiene la hegemonía mundial de EE.UU.

El general norteamericano Alexus G. Grynkewich es el jefe del Comando Europeo del ejército de Estados Unidos (EUCOM) y Comandante Supremo Aliado de la OTAN en Europa. Y sabe como nadie la importancia que para EE.UU. tiene la alianza con los países europeos. Así lo reafirmó esta semana ante un comité del Senado, por si hiciera falta recordárselo a alguien. “Nuestras fuerzas, bases e infraestructuras aprovechan la geografía estratégica del continente y permiten a Estados Unidos movilizar tropas con rapidez, mantener operaciones y ofrecer al presidente diversas opciones militares en múltiples escenarios”, dijo. Así en África como en Oriente Medio o la misma Europa.

Y precisó que las bases europeas están teniendo un papel crucial en la operación Furia Épica, al servir de plataforma para los bombardeos sobre Irán -como es el caso de la base de Fairford, en Gloucestershire, Reino Unido- y facilitar el reabastecimiento de aviones en tránsito (salvo las españolas de Morón y Rota, que no citó, cuyo uso ha sido vetado por el Gobierno español). “Contar con capacidad en Europa brinda opciones a esta administración, o a cualquier otra, en caso de conflicto”, subrayó. Trump y su equipo de apologetas hacen ver que no lo saben.

 

División con la energía. La cumbre europea del jueves en Bruselas puso de nuevo en evidencia las líneas de fractura que dividen a los 27. Forzados a abordar la situación creada por la guerra de Irán y su repercusión sobre los precios de la energía -el del gas ha subido un 83% desde el 28 de febrero-, los dirigentes comunitarios se pusieron de acuerdo en la necesidad de tomar medidas paliativas para frenar esta deriva. Pero no en la receta. Hay un grupo de países, encabezado por Italia, que presiona para acabar con el sistema de comercio de emisiones (ETS, por sus siglas en inglés), que obliga a las grandes industrias a pagar por la compra de derechos de emisión de CO₂, y que constituye una de las principales herramientas de la UE para combatir el cambio climático. Enfrente, España lidera otro grupo que se opone a su desmantelamiento. La cumbre cerró con el encargo a la Comisión de que presente una propuesta de reforma que implique una vía intermedia. Los prolegómenos de la reunión fueron animados por el primer ministro belga, Bart de Wever, quien propone normalizar las relaciones con Rusia y volverle a comprar gas a bajo precio (como antes de la guerra de Ucrania)

Don Erre que Erre. Los 27 tampoco lograron sortear el veto del primer ministro húngaro, Viktor Orbán -secundado por el eslovaco Robert Fico-, a la entrega de un crédito de 90.000 millones de euros para ayudar a Ucrania en su esfuerzo de guerra contra la invasión rusa, a pesar de haber sido pactado en la cumbre del pasado mes de diciembre. En plena campaña para las elecciones del próximo 12 de abril -en las que puede perder el poder-, Orbán ha adoptado un discurso fuertemente nacionalista, presentando como enemigos a la Unión Europea -personificada en Ursula von der Leyen y Manfred Weber- y al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. Formalmente, el premier húngaro ha justificado el veto por el corte del suministro de petróleo a través del oleoducto ruso Druzhba, dañado por los bombardeos, que a su entender Kyiv no se apresura en reparar. De nada sirvió que Zelenski aceptara una inspección de la UE, Orbán siguió en sus trece y dijo que hasta que no vuelva a recibir petróleo no habrá dinero. La actitud cerril del dirigente magiar, que rompió la palabra dada en diciembre, fue duramente censurada por muchos de sus colegas y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, la calificó de “chantaje”. Pero nadie ha querido tomar medidas contra Budapest, conscientes de que sería entregarle una magnífica baza electoral. Así que han decidido poner velas a todos los santos del 12 de abril para que las cosas cambien. Antes, será imposible.


martes, 17 de marzo de 2026

Ursula cogió su fusil

Newsletter Europa

La presidenta de la Comisión intenta, infructuosamente, arrimar a Europa a la posición proamericana de Alemania

 

Uno no sale de la ambigüedad sino en detrimento propio. La frase, escrita en sus memorias por el intrigante Jean-François Paul de Gondi, arzobispo de París y cardenal de Retz (1613-1679), es perfectamente aplicable a la última maniobra protagonizada por Ursula von der Leyen. La presidenta de la Comisión Europea sacudió la política europea esta semana al pronunciar un beligerante discurso en el que cargó sin sorpresas contra Irán –“No se debe llorar por el régimen iraní”, dijo- y pareció alinearse, lo que ya fue más inesperado, con la ley del más fuerte que practica con brutal antojo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

“Europa ya no puede ser la guardiana del antiguo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido y no volverá”, afirmó Von der Leyen el lunes ante los embajadores de la Unión Europea en Bruselas, y añadió: “Ya no podemos confiar en él como única forma de defender nuestros intereses ni asumir que sus normas nos protegerán de las complejas amenazas a las que nos enfrentamos”. La incredulidad y el estupor fueron generales. Y la presidenta tuvo que rectificar solo dos días después.

El tono de evocaciones trumpistas de Von der Leyen sorprendió tanto como el hecho mismo de pronunciarse de forma tan diáfana sobre un asunto que provoca grandes divisiones en Europa, excediéndose en su papel institucional. La política exterior no forma parte, a priori, del ámbito de competencias de la presidenta de la Comisión, sino de la Alta Comisionada Kaja Kallas -con quien, por cierto, mantiene unas relaciones tirantes- y, más allá, del presidente del Consejo Europeo, António Costa, quien ante el mismo auditorio la corrigió en toda regla: “Nos interesa garantizar que el mundo siga basándose en normas y cooperando”, dijo el ex primer ministro portugués, quien subrayó que “este mundo multipolar requiere soluciones multilaterales, no esferas de influencia donde la política de poder sustituye al derecho internacional”.

Von der Leyen ha salido escaldada de su incursión iraní. España, que encabeza prácticamente en solitario la oposición a la guerra contra Irán desencadenada por Estados Unidos e Israel, fue obviamente de los primeros en criticar el posicionamiento de la jefa de la Comisión: el presidente Pedro Sánchez remarcó que por mucho que la situación internacional haya cambiado, “los valores de Europa no deberían cambiar”. Pero también lo hizo Francia, por boca de su ministro de Exteriores, Jean-Noël Barrot, quien dijo que Europa debe encabezar la resistencia frente a la “brutalización” de las relaciones internacionales, mientras recordaba que la política exterior de la UE compete a Kaja Kallas y que la Comisión “debe guardar el más estricto respeto” a lo dispuesto en los tratados europeos. En el Parlamento Europeo, en fin, socialistas y ecologistas -dos de los grupos, junto a los liberales, que sostienen al Ejecutivo comunitario- se lanzaron también contra la presidenta.

La intervención de Von der Leyen, al margen de su afán por pesar más en la definición de la política exterior europea, parece un intento -fallido- de aproximar a Bruselas a la órbita proamericana trazada por el canciller alemán, Friedrich Merz, quien desde el primer momento se ha alineado con Washington. Merz, recordémoslo, ha justificado la guerra desencadenada contra el régimen de Teherán por EE.UU. e Israel sin mostrar demasiado interés por el respeto al Derecho internacional. “Irán es el centro del terrorismo internacional, tiene que ser cerrado, y americanos e israelíes lo están haciendo a su manera”, ha dicho, criticando asimismo las objeciones de otros países europeos diciendo que no era el momento de que Europa diera “lecciones” a sus aliados.

Si el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, se ha quedado solo planteando un rechazo frontal a la guerra y enfrentándose a la Casa Blanca, la órbita de Merz no se ha demostrado menos excéntrica. Ningún otro jefe de gobierno de los grandes de Europa le ha seguido. Antes al contrario, la posición mayoritaria entre el grupo de los seis que a priori debería constituir el núcleo duro de una UE a dos velocidades -aunque sea haciendo equilibrismos o diciendo las cosas con la boca pequeña- está más próxima a la de Madrid que a la de Berlín. Incluido, desde fuera, el premier británico, Keir Starmer.

La mayoría de los líderes europeos han marcado distancias con Washington -que no se tomó la molestia de consultarles o informarles con antelación- y han declarado que en ningún caso se involucrarán en la guerra. Algunos, como el presidente francés, Emmanuel Macron, o el primer ministro neerlandés, Rob Jetten, han considerado la intervención militar una vulneración de las leyes internacionales (aunque el primero, para compensar, ha cedido a la fuerza aérea estadounidense el uso de una de sus bases para sus aviones cisterna)

Otros, como la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, han evitado toda crítica pública pero negando en la práctica a los norteamericanos el uso de las bases italianas (eso sí, con discreción y sin alharacas, no fuera a enfriarse la amistad con Trump). Su homólogo polaco, Donald Tusk, por su parte, ha expresado su preocupación por la escalada militar y sus repercusiones económicas. Preguntado por el aumento del precio del petróleo, derivó toda responsabilidad en el presidente de EE.UU.: “Pregúntenle al otro Donald”. La ambigüedad de Europa, como se ve, sigue gozando de excelente salud.

La posición firme de Pedro Sánchez -valiente para unos, quijotesca para otros, políticamente interesada para bastantes, entre ellos el incansable Manfred Weber- ha cosechado numerosos adeptos entre la izquierda europea, así en Italia -donde la comparación pone de los nervios a Meloni- como en Alemania, donde la coalición de gobierno está claramente dividida. El vicecanciller Lars Klingbeil, del Partido Socialdemócrata (SPD), en contraposición a Merz, ha expresado “serias dudas de que esta guerra sea legítima según el Derecho internacional” y descartado por completo cualquier implicación alemana: “Lo digo claramente, esta no es nuestra guerra”.

(También algunas figuras procedentes de la derecha europea se han alineado con el presidente español. Así el ex primer ministro francés Dominique de Villepin, gaullista histórico y estandarte de la oposición francesa a la guerra de Irak en 2003, para quien hoy “es Pedro Sánchez quien está salvando el honor de Europa”)

Merz no pasa por su mejor momento. Según el sondeo de seguimiento de la popularidad de los líderes europeos de YouGov, correspondiente al mes de enero, solo un 26% de los alemanes tienen una opinión favorable del canciller por un 69% que lo califican negativamente. No es el único dirigente europeo en esta situación, pero sí el que más vertiginosamente ha bajado (casi treinta puntos desde junio de 2025). En las recientes elecciones regionales de Baden-Wurttenberg -que hasta el 2011 fue un bastión democristiano-, la CDU volvió a quedar por detrás de los Verdes, esta vez con un nuevo candidato, Cem Özdemir, que será el primer alemán de origen turco en presidir un land.

La sociedad alemana tampoco ha comprado la necesidad de atacar Irán. Según un sondeo de la cadena de radiodifusión pública ARD, el 58% de los alemanes cree que la intervención militar de EE.UU. e Israel no está justificad, por solo un 25% que sí lo considera. La oposición a la guerra es también mayoritaria, aunque menos acusada, entre los propios votantes de la CDU (48% a 37%)

Nadie llorará por la caída del régimen de los ayatolás en Irán -por utilizar las palabras de Von der Leyen-, pero de todos modos sería prematuro derramar lágrima alguna, porque Trump parece haber perdido interés en este extremo y el régimen está lejos de haber sido derribado. La prolongación de la guerra, con el bloqueo del estrecho de Ormuz, va a hacer daño a todo el mundo, pero Alemania lo va a sufrir especialmente. Como recordaba Markus Zeiner, del think tank German Marshal Fund, no se trata solo del encarecimiento del petróleo, sino del gas. “Desde que Berlín abandonó el gas que le llegaba de Rusia por gasoducto tras la invasión de Ucrania en 2022, el gas licuado (GNL) de Qatar se ha convertido en un pilar estructural de las importaciones energéticas de Alemania” y el cierre de Ormuz es, en este sentido, letal. La economía alemana ya lleva tiempo tensionada y el aumento de los precios de la energía -perceptible desde el inicio de la guerra de Ucrania- está lastrando las exportaciones de la industria alemana.

Que Merz está cada vez más inquieto lo demuestra el hecho de que haya empezado a manifestar públicamente ciertas dudas sobre el alcance de la intervención militar. En una conferencia de prensa junto al primer ministro checo, Andrej Babis, el martes en Berlín el canciller reiteró que Alemania comparte gran parte de los objetivos de EE.UU. pero mostró su inquietud porque “no exista claramente ​un plan conjunto para poner fin a esta guerra de forma rápida y convincente”. ¿Plan? ¿Dijo plan?

 

Regocijo en Moscú. La guerra de Irán está teniendo un beneficiario inesperado: el presidente ruso, Vladímir Putin. El cierre del estrecho de Ormuz, con el consiguiente aumento del precio del petróleo -que se ha disparado por encima de los 100 dólares el barril- y del gas, supone una importante inyección económica para Rusia, que tiene en la venta de combustibles fósiles su principal fuente de ingresos para sostener su esfuerzo de guerra en Ucrania. Para acabar de redondear el regalo a Moscú -y provocar la desolación de sus aliados europeos-, el Gobierno de EE.UU. ha decidido levantar provisionalmente el embargo sobre el petróleo ruso, con el fin de tratar de frenar el incremento de los precios.

El alivio de las sanciones es una medida en principio temporal -hasta el 11 de abril- y de alcance parcial -libera para la venta el crudo ya cargado en petroleros a fecha de 12 de marzo-, pero enormemente significativa. Y se añade a una medida inmediatamente anterior por la cual se liberaba a India de la prohibición de comprar petróleo ruso (que llevaba aparejada la aplicación de sanciones arancelarias). Benjamin Hilgenstock, jefe de investigación y estrategia macroeconómica de la Escuela de Economía de Kyiv, declaró a la BBC que el levantamiento parcial de las sanciones podría incrementar en un mes las exportaciones mensuales de petróleo ruso en unos 10.000 millones de dólares (8.700 millones de euros), de los cuales la mitad irían al estado en concepto de impuestos

La decisión unilateral de Washington ha cogido de nuevo a Europa a contrapié. El canciller alemán, Friedrich Merz, la calificó ayer de “error” y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, de “preocupante”. Nadie les preguntó antes. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, de gira por las principales capitales europeas para tratar de evitar que la guerra de Irán eclipse a la de Ucrania, advirtió desde París -donde fue recibido por Emmanuel Macron- que la decisión de EE.UU. “no ayuda a la paz”, ya que “reforzará la posición de Rusia”. Mientras tanto, la UE sigue pendiente de poder aprobar un nuevo paquete de sanciones -sería el 20º- contra Moscú y, sobre todo, la concesión del préstamo de 90.000 millones de euros comprometido con el Gobierno ucraniano, vital para que Kyiv pueda seguir resistiendo a la agresión rusa, dos temas que siguen por ahora bloqueados por el húngaro Viktor Orbán y el eslovaco Robert Fico.