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Cuatro países del Este rechazan seguir financiando a Kyiv, dentro de poco podrían ser más
Iliana Yotova, de 62 años, experiodista y exeurodiputada, es desde este domingo la nueva presidenta de Bulgaria, cargo que ocupaba de forma interina desde principios de año. Su elección, tras aplastar en la segunda vuelta de las elecciones al liberal y europeísta Andrey Gyurov (por 57,7% a 39,4%), confirma el giro prorruso iniciado con la elección en abril, como primer ministro, del exgeneral euroescéptico Rumen Radev. Y consolida la existencia de un grupo de países de Europa del Este -junto con Eslovaquia, la República Checa y Hungría- partidarios de cortar la ayuda a Ucrania.
Que este
estado de opinión se quede en una especificidad circunscrita a una parte de los
antiguos países miembros del Pacto de Varsovia o se extienda por toda la Unión
Europea dependerá en gran medida de la evolución electoral que se produzca en
los próximos meses en otros países europeos, donde la extrema derecha abraza
tesis similares. Todo ello en un contexto de desencanto de la opinión pública
europea, cada vez más reacia a la adhesión de Ucrania a la UE.
En sus
primeras declaraciones, la nueva presidenta búlgara -que fue una popular
periodista de televisión en los años noventa antes de pasar a la política de la
mano del Partido Socialista Búlgaro, heredero del antiguo partido comunista- se
presentó como una “presidenta de paz” y abogó por restablecer las relaciones
con Moscú y por poner fin al apoyo militar a Ucrania. Su elección refuerza la
línea política marcada por Radev, con quien ha formado tándem desde el 2016, cuyo
gobierno defiende acabar con las sanciones a Rusia y restablecer las compras de
gas y petróleo rusos.
Bulgaria
no está sola en este frente. Eslovaquia, la República Checa y Hungría están en
la misma o parecida onda. En el primer caso, el nacionalista y populista Robert
Fico -que en 2023 fue elegido primer ministro para un tercer mandato, tras un
paréntesis en la oposición- atribuye el origen de la guerra de Ucrania a la
política de Estados Unidos y, como sus colegas búlgaros, es partidario de
retomar las relaciones con Moscú. Además, ha cortado la ayuda militar directa a
Kyiv y restringido las ayudas a los refugiados ucranianos. En la República
Checa, el también renacido primer ministro Andrej Babis -un rico hombre de
negocios euroescéptico que regresó al poder a finales del 2025 aliado con la
extrema derecha- ha tomado medidas similares.
Es
llamativo el caso de Hungría. Todo el mundo esperaba que con la caída de Viktor
Orbán, que bloqueaba sistemáticamente la ayuda a Ucrania con su derecho de
veto, las cosas iban a cambiar radicalmente. No ha sido así. Ciertamente, el
nuevo primer ministro húngaro, Péter Magyar -elegido el pasado mes de mayo-,
tiene otro talante y no pone palos en las ruedas. Deja hacer, pero se lava las
manos, lo que indirectamente -según los países europeos críticos- ayuda a
Rusia. Lo cierto es que con Magyar las relaciones entre Budapest y Kyiv
-históricamente tensas por la minoría húngara que vive en el oeste de Ucrania-
siguen siendo difíciles. El primer ministro húngaro rechaza enviarle armas y
recientemente bloqueó un proyecto para almacenar petróleo ucraniano en Hungría.
Estos
cuatro países se oponen a seguir contribuyendo al esfuerzo de guerra de
Ucrania, que tras la deserción de Estados Unidos con Donald Trump depende más
que nunca de la ayuda europea. La UE está debatiendo en estos momentos el modo
-seguramente a través de un nuevo endeudamiento común- de financiar los 70.000
millones de euros adicionales que necesita Kyiv para el año que viene (y que no
estarán cubiertos por el préstamo inicialmente aprobado para el periodo
2026-2027 de 90.000 millones). El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski,
viaja estos días de capital en capital para sensibilizar a los líderes europeos
sobre la urgencia de resolver la financiación. Sea cual sea la propuesta que
Bruselas ponga sobre la mesa en la cumbre del próximo 26 de noviembre,
Bulgaria, Eslovaquia, la República Checa y Hungría se han desligado de todo
compromiso al respecto, acogiéndose a la cláusula de exclusión voluntaria (opting-out).
(La
discusión ha empezado a mezclarse con el debate sobre el marco presupuestario de
la UE para los próximos siete años. Alemania, que es uno de los países que más
esfuerzo económico está haciendo en apoyo de Ucrania y capitanea el grupo de
países frugales que piden recortes en las cuentas comunitarias, reprocha
a los disidentes del Este que exijan mantener las partidas de la cohesión y de
la política agraria común, de las que son beneficiarios, mientras eluden todo
compromiso económico con Kyiv)
¿Podría
este grupo disidente verse ampliado en los próximos meses? No es descartable.
Las elecciones que deben celebrarse en España (el próximo 29 de noviembre),
Francia, Italia y Polonia (en el 2027) podrían alterar sustancialmente el mapa
político y el equilibrio de fuerzas en el seno de la UE. Con consecuencias
también para Ucrania.
Por
proximidad a los otros países del Este -con quienes integra el Grupo de
Visegrado-, resulta interesante el caso de Polonia. El peso de la Historia hace
que el sentimiento antirruso esté muy generalizado en el país, así que es harto
improbable un acercamiento entre Varsovia y Moscú. No obstante, las relaciones
con Kyiv no pasan por su mejor momento -malestar en el país por la alta
presencia de refugiados y la competencia del trigo ucraniano, viejos
resentimientos históricos…- y, lo que es más significativo, la entrega de armas
a Ucrania ha empezado a ser puesta en cuestión: el principal partido de la
oposición, el ultranacionalista Ley y Justicia -que pese a no gobernar ha
conservado la presidencia del país- protestó meses atrás por el envío de
antimisiles Patriot alegando que Polonia quedaba desprotegida y Ucrania no se
conducía como un socio leal.
Pero el
país que podría cambiar el fiel de la balanza es Francia. Las elecciones
presidenciales del próximo mes de mayo podrían acabar encumbrando al Elíseo
-así lo vaticinan todos los sondeos hasta ahora- a la líder del ultraderechista
Reagrupamiento Nacional (RN), Marine Le Pen, que había mantenido antiguamente
estrechos vínculos con Moscú (que financió una de sus campañas electorales). En
una entrevista reciente, Le Pen avanzó que su intención en caso de gobernar es
cortar la ayuda económica francesa a Ucrania (que calculó en 6.000 millones de
euros al año) para dedicar ese dinero a otras necesidades internas. La
presidenciable del RN, en un aparente gesto de magnanimidad, dijo que mantendrá
en cambio el suministro de material militar… siempre que lo pague otro, se
entiende. En el otro extremo del arco parlamentario, La Francia Insumisa (LFI)
de Jean-Luc Mélenchon, de izquierda radical, mantiene en su programa una total
ambigüedad sobre el apoyo militar a Ucrania, capítulo en el que apuesta por la
vía diplomática.
La
deserción de Francia podría provocar un efecto en cadena. En Italia, la primera
ministra y líder del posfascista Hermanos de Italia, Giorgia Meloni, si bien en
el pasado había manifestado cierta proximidad con el Kremlin, desde la invasión
rusa de Ucrania en 2022 se ha alienado de manera firme con al resto de la UE y
de la OTAN contra Moscú. ¿Podría virar de nuevo? En todo caso, uno de sus
socios de gobierno -el líder de La Liga, Matteo Salvini- es decididamente
prorruso, así como una de las figuras ascendentes de cara a las próximas
elecciones: el exgeneral Roberto Vannacci, líder del partido Futuro Nazionale,
que busca comerle el terreno desde la extrema derecha radical. En el otro lado
del arco político, el Movimiento Cinco Estrellas rechaza el envío de armamento
a Ucrania y apuesta por solucionar el conflicto por la diplomacia.
En España,
Vox, que podría condicionar el sesgo político de un próximo gobierno del PP, se
ha alineado formalmente con el apoyo a Ucrania y en contra del expansionismo de
Rusia. Sin embargo, su alianza en Europa -en el grupo Patriots- con partidos
más bien prorrusos y su proximidad con el presidente de EE.UU., Donald Trump, cercano
a Vladímir Putin, podrían hacerle bascular hacia posiciones más “pragmáticas”.
En un
escenario así, ¿podría Alemania seguir liderando la resistencia europea? Los
alemanes no tienen previsto pasar por las urnas el año que viene (en unas
elecciones nacionales), pero no hay que olvidar que el partido que lidera las
intenciones de voto, Alternativa para Alemania (AfD), de extrema derecha,
defiende aproximarse de nuevo a Rusia y dejar a Ucrania en la estacada, sin
ayuda militar ni financiera. Ni refugiados.
No es
extraño que, en estas circunstancias, los dirigentes europeos intenten influir en
el proceso impulsado por EE.UU. para buscar cuanto antes una salida negociada a
la guerra, sobre todo después de que Donald Trump -que ha salido enormemente
debilitado de las elecciones midterm, pero mantiene el control de la
política exterior estadounidense- hubiera girado en las últimas semanas a favor
de las tesis del presidente ruso y pactara con él el levantamiento del embargo
del diésel. La semana que viene, los días 10 y 11, se reunirán en Abu Dabi
representantes de Rusia y Ucrania y los mediadores de EE.UU. -Steve Witkoff y
Jared Kushner- para abordar las condiciones de un eventual alto el fuego y una
hoja de ruta para una paz estable y duradera. El reto es crucial para Europa,
por cuanto Washington parece haber asumido el marco conceptual de Moscú de
abordar una “arquitectura europea de seguridad” global.
El jueves,
representantes ucranianos, de los países del llamado grupo E3 (Alemania,
Francia y el Reino Unido) y de Estados Unidos mantuvieron una reunión
preparatoria en la sede de la OTAN, en Bruselas. Y la víspera, esta vez en la
sede de la UE en la capital belga, se celebró otro encuentro de los mismos
actores más el Banco Mundial para abordar la reconstrucción de Ucrania tras la
guerra. Paralelamente, un grupo de once países europeos -entre ellos, España-
capitaneados por Francia y el Reino Unido realizarán entre el 9 y el 22 de
noviembre en Polonia unas maniobras de lo que puede constituir el embrión de la
futura Fuerza Multinacional para Ucrania (MNF-U), que contribuiría a garantizar
la seguridad una vez firmado un alto el fuego. En el ejercicio, bautizado Koalicja
(coalición, en polaco) participarán 2.800 soldados.
Pese a
toda esta actividad, la participación directa de la UE en las negociaciones no
está clara, ni tampoco quién debería ser el interlocutor que representara a
Europa en la mesa. El formato restringido en que se están abordando los
contactos por parte europea ha irritado a algunos dirigentes, como la primera
ministra italiana, que lo juzga “inaceptable”. Giorgia Meloni envió una carta
de queja al presidente del Consejo Europeo, António Costa, que se ha
comprometido a buscar una fórmula a través de la que la UE pueda presentar una
postura unificada.
En este contexto,
cobra relevancia la eventual adhesión de Ucrania a la UE, un proceso que
inicialmente arrancó en el 2022 con su designación oficial como candidato y que
tiene un calendario incierto. A pesar de las prisas de Kyiv, la Comisión
Europea eludió esta semana aventurar una fecha para su incorporación al club
comunitario, mientras que sí lo hizo con Albania, Moldavia y Montenegro (entre
2028 y 2029). De ahí que el canciller alemán, Friedrich Merz, propusiera en su
momento la creación de un estatus de “miembro asociado” para que Ucrania
pudiera empezar a participar -sin voto- en la vida de la UE (y de ahí también
que se oponga a la idea de la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen,
de utilizar este término para la alianza con Canadá)
El camino
de la adhesión de Ucrania se prevé lleno de obstáculos, y no solo por las
dificultades del proceso de negociación y las reformas que le son exigidas,
sino por las resistencias de algunos países, particularmente Hungría. El
ambiente general de la opinión pública europea tampoco está como unas
castañuelas con el futuro socio. Según un sondeo de la Fundación Bertelsmann,
el 53% de los europeos está en contra, por un 47% a favor. Por países, los
ciudadanos de España, Países Bajos, Portugal y Suecia son mayoritariamente
favorables. No así en Alemania, Bélgica, Francia, Italia o Polonia…






