Newsletter 'Europa'
Alemania consolida
su alianza con Italia en un momento de ‘fin de régimen’ en Francia y España
“Deberíamos
escuchar a este hombre”. Este hombre es el presidente de Francia, Emmanuel
Macron, y la afirmación -título de un artículo publicado esta semana- es del
corresponsal del semanario alemán Die Zeit en París, Matias Krupa, quien
instaba en su nota al gobierno del canciller Friedrich Merz a hacer más caso de
las propuestas del presidente francés. “Macron es, sin duda, un socio agotador,
a menudo voluble y no exento de contradicciones, pero no cabe duda de que es un
europeo comprometido. Y ha acertado a menudo sobre el futuro de Europa en los
últimos años. Soberanía europea, autonomía estratégica, defensa común, retirada
de Estados Unidos: estas ideas, que parecían extraordinarias en 2017, ahora están
en boca de todos”, escribió. Y, sin embargo, como el propio autor admitía,
siempre se sigue aplicando el mismo guion: “Macron expone sus ambiciones,
Berlín las modera”. Cuando no las veta.
Merz y Macron llegaron juntos andando a la cumbre informal celebrada este
jueves en el castillo de Alden Biesen, histórico cuartel general de los
caballeros de la Orden Teutónica en Flandes, donde el presidente del Consejo
Europeo, António Costa, convocó a los líderes de los 27 para reflexionar sobre
la forma de acrecentar la competitividad de Europa para no ser engullida por
Estados Unidos y China. Como un matrimonio en pleno naufragio que quiere salvar
las apariencias, Merz y Macron quisieron mostrarse a la vista de todos como una
pareja afín en una puesta en escena que incluyó el ritual (¡un clásico desde la
época de Mitterrand y Kohl!) de tomarse de la mano. “Estoy feliz de que
Emmanuel Macron y yo, como casi siempre, estemos de acuerdo”, declaró el
canciller.
Pero una cosa son las buenas palabras y las sonrisas de cara a la galería y
otra, la realidad una vez se cierran las puertas. Y dentro del castillo
volvieron a ponerse de manifiesto las enormes diferencias que separan a ambos
mandatarios. En los días previos a la cumbre, Macron había calentado el debate
con una entrevista a siete rotativos europeos en la que, entre otras cosas,
proponía un nuevo endeudamiento común -que bautizó como “eurobonos para el
futuro”- para financiar inversiones en los sectores de la defensa, las
tecnologías verdes y la inteligencia artificial.
Nada nuevo, ni extravagante. Es una de las medidas que también defiende el
expresidente del Banco Central Europeo (BCE) y ex primer ministro italiano
Mario Draghi, quien en su fundamental informe sobre la productividad -aplicado solo en una mínima
parte- ya planteaba financiar a través de deuda europea inversiones en estos
campos por 800.000 millones de euros, cifra que posteriormente ha elevado a 1,3
billones.
Sin embargo, la respuesta alemana fue rotunda: Niet! ¡Ni hablar! La
alergia germana a la deuda volvió a condicionar el cónclave, donde Berlín sólo
aceptó parcialmente una de las ideas de París, la de aplicar una preferencia para las empresas
europeas en los
contratos públicos (Buy European), pero estrictamente limitada a
sectores estratégicos como la defensa, el espacio y la IA, y siempre de forma
puntual y temporal. En cambio, se impuso la idea alemana de proceder a una desregulación general que libere a las empresas del
corsé normativo comunitario.
Por lo demás, los líderes europeos estuvieron de acuerdo en la urgencia de
completar el mercado único -en especial, la unión de los mercados de capitales-
y reducir los costes de la energía para la industria. La Comisión Europea quedó
encargada de presentar un plan de acción al respecto de cara a la cumbre
europea -esta vez, formal y decisoria- del mes de marzo.
El retiro
de Alden Biesen sirvió para poner de relieve el desgaste del eje franco-alemán
(que pese a las buenas intenciones no parece haber salido del periodo de
glaciación de la época de Olaf Scholz, como demuestra las tensiones que rodean
el proyecto conjunto de nuevo caza europeo FCAS, a punto de romperse, o la
fractura por la oposición francesa al acuerdo comercial con el Mercosur) y el
nuevo juego de fuerzas en acción.
Friedrich Merz eligió esta vez cambiar de eje -palabra un tanto maldita en este
caso- y buscar la complicidad de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni,
con quien mantuvo una crucial cumbre el pasado 23 de enero en la romana Villa Doria Pamphili.
Fruto de este acercamiento, cuyo primer y más directo perjudicado es Emmanuel
Macron, a la reunión en el castillo belga se llegó con un documento de partida
firmado esta vez por los mandatarios de Alemania, Italia y Bélgica, con el
primer ministro belga, Bart de Weber, en el papel de anfitrión. La marginación
inicial de Francia se complementó -más tarde- con la de España, en lo que
constituyó todo un mensaje dirigido a los países del Sur (grupo del que Italia
parece haber decidido desgajarse) y sus veleidades económicas. La partitura se
dirige desde la Europa protestante.
Acotado París, le tocó el turno a Madrid. Meloni organizó un desayuno previo,
en un hotel de la ciudad, con una parte de los dirigentes europeos presentes en
Alden Biesen para coordinar su posición de cara a la cumbre inmediatamente
posterior. No son inusuales las reuniones fraccionales de este tipo. Lo
inédito, lo absurdo en realidad, es que el grupo estuviera integrado por ¡19
países! La amplitud de la reunión le quitó toda operatividad y creó
innecesarios agravios comparativos. No es lo mismo no estar en el núcleo duro
que formar parte de una minoría apestada.
Entre los excluidos destacaba España -para hablar de productividad, dejar de
lado a la cuarta economía europea y la que mejor comportamiento tiene no deja
de ser curioso-, junto a Eslovenia, Estonia, Irlanda, Letonia, Lituania, Malta
y Portugal. El Gobierno español presentó una queja.
El estado de debilidad política -y fecha de caducidad próxima- de Emmanuel
Macron y Pedro Sánchez facilitaron sin duda esta maniobra. El presidente
francés está en minoría en el Parlamento -su gobierno a duras penas ha logrado
aprobar unos presupuestos para este año tras varios meses de agonía- y dejará
el Elíseo en la primavera de 2027, sin capacidad constitucional para volverse a
presentar y sin haber logrado colocar en buena posición a un posible sucesor al
frente de su movimiento de centro liberal. Pedro Sánchez, el último gran
dirigente socialista que queda en la UE -los socialdemócratas solo gobiernan en
otros dos países: Dinamarca y Malta-, se encuentra asimismo al frente de un
gobierno frágil, con insuficiente apoyo parlamentario, y todo indica que en las
elecciones del 2027, si no se avanzan, su partido será barrido.
El año que viene podría haber en Francia y España sendos gobiernos de coalición
entre la derecha y la extrema derecha, lo que supondría un auténtico vuelco en
el mapa político del continente y un punto de inflexión que condicionará el
devenir de la UE. Alemania e Italia parecen estar preparando ya el nuevo
escenario.
¿Espejismo
portugués? Europa
encara, en 2026, un crucial año electoral, antesala de las grandes citas que
-si no hay cambios- se celebrarán en Francia, Italia, España y Polonia en 2027.
Portugal ha abierto el camino -han de seguir este año Eslovenia, Hungría,
Bulgaria, Suecia, Letonia y Dinamarca, sin contar elecciones regionales de por
medio- y es tentador tomar el resultado de las elecciones presidenciales
portuguesas como el primer indicio de una posible tendencia. La victoria del socialista António
José Seguro en la
segunda vuelta celebrada el pasado domingo con casi el 67% de los votos ¿supone
realmente un freno al avance de la extrema derecha? ¿O es solo una ilusión
óptica?
Lo cierto es que el candidato rival, el ultraderechista André Ventura, líder y
fundador del partido Chega, rompió el domingo su techo electoral, alcanzado un
apoyo del 33%, sensiblemente por encima de los sufragios que obtuvo en las
legislativas del 2025 (22,7%). En siete años, Chega -que en 2019 apenas reunió
el 1,3% de los votos- se ha disparado desde la nada hasta situarse como segunda
fuerza política empatada con el Partido Socialista. ¿Se trata de una progresión
imparable? El tiempo lo dirá.
Pero, a título de comparación, podemos recordar que en sus primeras elecciones
presidenciales, en 2017, el francés Emmanuel Macron sacó a Marine Le Pen una
distancia similar a la de Seguro respecto a Ventura (63% a 34%); a las
siguientes, en 2022, la distancia se redujo (58% a 42%) y hoy, los sondeos para
los comicios de 2027 otorgan a Marine Le Pen, o a su delfín, Jordan Bardella,
una ventaja de casi 20 puntos en la primera vuelta sobre sus más inmediatos
perseguidores.







