Newsletter 'Europa'
Europa
afronta debates decisivos con sus dos principales líderes, Merz y Macron, en
situación precaria
Los
estadounidenses tienen una manera graciosa de designar a un presidente que se
encuentra ya en tiempo de descuento o en situación de debilidad política y del
que, por consiguiente, no se puede esperar gran cosa: lame duck. En las
reuniones del Consejo Europeo es difícil no encontrar, entre los 27, algún que
otro pato cojo. Normalmente, no tiene mayor importancia. Que lo sea uno
de los miembros de peso de la UE representa ya un notable inconveniente. Si lo
son los líderes de los dos países motores de la Unión, Alemania y Francia, la
cosa amenaza con una catastrófica parálisis. Y eso, en un momento en que Europa
afronta debates decisivos, resulta alarmante.
El
presidente francés, Emmanuel Macron, hace tiempo que camina renqueante: desde
que en 2025 perpetró un imprudente adelanto electoral que le dejó sin mayoría
en la Asamblea Nacional y que ha convertido sus dos últimos años de mandato
-que finaliza en 2027, sin opción a presentarse por tercera vez- en un continuo
sinvivir. Y, lo que es peor para su legado, su partido se enfrenta a la amenaza
de una auténtica laminación en las próximas elecciones presidenciales, en las
que parte como favorita la histórica líder de la extrema derecha Marine Le Pen,
del Reagrupamiento Nacional (RN)
Frente a Macron,
el canciller alemán, Friedrich Merz, aparecía como un pilar mucho más sólido.
Ya no. El líder democristiano parece haber dilapidado, en menos de año y medio
al frente del gobierno federal, todo su capital político: no solo se ha hundido
su popularidad hasta niveles abisales (14%), sino que ha arrastrado a su
partido, la democristiana CDU, a una grave crisis existencial, barrida en las dos
últimas elecciones regionales por el empuje de los ultras -algunos,
directamente neonazis- de Alternativa para Alemania (AfD) y excluida por
primera vez del parlamento de un land, el de Meckelenburgo-Antepomerania, por
no haber llegado al listón del 5% de los votos.
Ambos
países están atravesando serias dificultades económicas. En Alemania, es toda
la estrategia industrial de décadas -basada en la importación de gas ruso
barato y la exportación masiva hacia China- la que se está hundiendo. Un
reciente informe del Banco Central Europeo (BCE) señala que Alemania es al país
europeo más castigado por la creciente competencia industrial china: no solo
sus exportaciones al gigante asiático han caído (de representar el 3,1% del PIB
al 1,5%), sino que China está compitiendo ferozmente en sus sectores fundamentales,
la maquinaria y el automóvil. Hoy, los chinos están inundando el mercado con
sus coches eléctricos y el sector germano anuncia cierres masivos de fábricas. Y,
por saneadas que estén las cuentas del Estado, con un déficit público ortodoxo
del 2,7% y un endeudamiento singularmente bajo del 63,5%, el crecimiento
económico, después de dos años de contracción, sigue siendo débil, mientras la
inflación ha alcanzado el 2,9%.
En
Francia, la economía resiste mejor, pero no hay motivos para muchas alegrías. El
crecimiento está próximo al estancamiento, mientras el paro sigue elevado
(8,3%) y la inflación (2,6%) se está notando sobre todo en los carburantes y
acrecentando el malestar social. En este contexto, el Gobierno del primer
ministro Sébastien Lecornu afronta la difícil aprobación del presupuesto para
el año que viene con el objetivo de hacer un “esfuerzo” -entre recortes del
gasto y aumentos fiscales- de 54.000 millones de euros, lo que apenas
permitiría contener el déficit público en el 5% (fuera del límite del 3% sin
que nadie amoneste a París, por cierto) y situar la deuda pública en el 121,7%,
el doble que la de Alemania (¡hoy Francia paga intereses más altos que Grecia!)
A
diferencia de Francia, donde en mayo el país entero se abocará a las urnas -en
unas cruciales elecciones presidenciales y legislativas-, en Alemania no hay
elecciones federales a la vista -las próximas tocan, en principio, en 2029-,
pero sí nuevos comicios regionales, que pueden ir agravando el desgaste
democristiano si no hay un cambio de rumbo. De momento, el gobierno de
coalición con los socialdemócratas resiste también, pero habrá que ver por
cuánto tiempo si no hay un giro de timón. Aunque Merz se aferra al cargo y a su
programa de reformas, en la CDU hay quien plantea ya su relevo en la
cancillería.
La
debilidad de la pareja Merz-Macron no augura nada bueno de cara a abordar los
grandes debates que Europa tiene por delante. El más urgente de ellos -si es
que alguno no lo es- es la aprobación del marco presupuestario comunitario para
el septenio 2028-2034, que definirá el alcance real de las ambiciones de la UE
y que numerosos dirigentes querrían ver pactado antes de final de año, habida
cuenta de las cruciales elecciones que hay el año que viene en Francia, España,
Italia y Polonia.
Otros
dossiers candentes son la definición de una política industrial común en
defensa del Made in Europe -con la revisión de las relaciones
comerciales con China como gran desafío- y la aplicación de las medidas de los
informes Draghi y Letta para aumentar la competitividad de la economía europea -en
especial, la unión del mercado de capitales-, sin que ello suponga un retroceso
importante en la agenda verde, el despliegue de una auténtica política europea
en materia de defensa -no exclusivamente nacional como está en buena medida
ocurriendo- y el mantenimiento del apoyo militar y económico a Ucrania, así
como el espinoso reto de la ampliación de la Unión.
El debate
presupuestario en la UE amenaza con ser muy agitado. De hecho, ya lo está
siendo. Alemania ha abandonado, por el momento, toda intención moderadora y
encabeza el grupo de países llamados frugales (Austria, Finlandia,
Países Bajos y Suecia), que rechazan de plano la propuesta de la Comisión
Europea de un presupuesto de 2 billones de euros para el periodo. El canciller
Merz exige un recorte de cientos de miles de millones en todas las partidas,
mientras se niega a aprobar nuevas figuras fiscales comunitarias (“recursos
propios”, en el argot) o reestructurar y prolongar la deuda común contraída por
primera vez a raíz de la crisis de la pandemia de covid. Frente a ellos, los
llamados amigos de la cohesión -entre ellos, España- rechazan cualquier
recorte en los fondos de cohesión y en la Política Agraria Común (PAC)
La ronda
de consultas realizada por el presidente del Consejo Europeo, António Costa,
por las capitales europeas solo ha servido hasta el momento para constatar la
distancia que separa a unos de otros y las dificultades para encontrar una
solución de compromiso. Para intentar una aproximación hay quienes proponen
fuertes recortes en el propio gasto de funcionamiento interno de la UE y en el
capítulo de la cooperación exterior (Europa Global), pero ni uno ni otro son
suficientes para resolver la ecuación.
En este
estado de cosas, será crucial el papel que decida jugar al final Friedrich
Merz. Hace aproximadamente un año, en el verano de 2025, el canciller alemán hizo
votos por una mayor implicación de Alemania en política exterior y prometió un
redoblado liderazgo en Europa. “Estamos asumiendo una mayor responsabilidad de
liderazgo como socio fiable en Europa y en todo el mundo”, dijo entonces. La
gran cuestión es si va a mantener esta línea de acción o va a dar prioridad al
interés nacional y a las cuestiones de política interior. De lo que haga
dependerá el futuro inmediato de la UE.
Tratado
constitucional. En
vísperas de la visita de Estado del presidente francés, Emmanuel Macron, a
España, los próximos días 29 y 30, el Tribunal Constitucional ha dado esta
semana su aval al Tratado de Amistad y Cooperación entre España y Francia,
firmado en el 2023 y aún pendiente de ratificación por parte española. El
trámite quedó interrumpido en el Senado por la oposición del PP -con mayoría en
la cámara-, que remitió el texto al TC por considerar que el artículo 2.4 del
tratado, en el que se prevé que ministros de cada país puedan asistir a
reuniones del Consejo de Ministros del otro, podía ser inconstitucional. El TC
ha descartado que así sea, lo que ahora abre la vía a proseguir su tramitación
parlamentaria. Visto lo visto en la actuación del PP hasta ahora, sin embargo, podría
pasar que la Cámara Alta rechazara igualmente la ratificación del tratado. En ese
caso debería volver al Congreso, que tiene la última palabra.
Groenlandia
cede. De algún
modo, Donald Trump ha acabado por llevarse el gato al agua en el asunto de
Groenlandia. Después de presionar brutalmente y amenazar con hacerse con el
control de la isla ártica por las bravas -utilizando la fuerza, en caso
necesario-, el Gobierno de Dinamarca y el gobierno autónomo groenlandés han firmado
un pacto con Estados Unidos que cede lo fundamental de las pretensiones
norteamericanas, salvo en lo relativo a la soberanía. El acuerdo, firmado en
Nueva York -en paralelo a la celebración de la Asamblea General de la ONU- por
Donald Trump, Mette Frederiksen y Jens-Frederik Nielsen, concede a EE.UU. la
construcción de dos nuevas bases militares en la isla, les autoriza a utilizar
libremente su espacio aéreo y veta las inversiones estratégicas de terceros
países como China y Rusia.
Putin
para siempre. Las
elecciones legislativas rusas, celebradas entre los días 18 y 20 de septiembre,
no ofrecían muchas dudas sobre el resultado, dada la total ausencia de fuerzas
políticas de oposición en liza (las autoridades ni siquiera aceptaron que se
presentara el partido Yábloko, por su discurso contra la guerra de Ucrania).
Como era de esperar, el partido del presidente Vladímir Putin, Rusia Unida, fue
de largo el ganador de los comicios. Pero si alguien esperaba que la pérdida de
popularidad de Putin -que señalan los sondeos- se tradujera en un cierto
retroceso electoral, se quedaron con las ganas: Rusia Unida obtuvo, según el
recuento oficial, el 57,8% de los votos, un resultado bastante superior al de
las elecciones de 2021, en las que logró el 49,8 %. El ejército ucraniano
lanzó, coincidiendo con la última jornada electoral, un duro bombardeo sobre
Moscú, para recordar que la guerra también les atañe.






