domingo, 28 de junio de 2026

Trump, enfangado


'Visión periférica'

A Estados Unidos le costó veinte años, 58.000 muertos, 150.000 millones de dólares de la época y cinco presidentes darse cuenta de que la de Vietnam (1955-1975) era una guerra que no conducía a ninguna parte y que no podía ganar. Donald Trump ha tardado mucho menos en llegar a la conclusión de que la guerra lanzada con Israel contra Irán estaba abocada al fracaso. Entre los primeros bombardeos, el 28 de febrero, y la firma del memorándum de entendimiento entre ambos países, rubricado por el presidente de EE.UU. en el palacio de Versalles el 17 de junio, han pasado tres meses y medio. La rapidez en activar el freno es la única decisión que cabe apuntar en el haber de Trump. En el debe, en cambio, la lista es interminable.

Embrujado por las promesas del primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu, de una victoria rápida y fácil que desembocaría en el colapso inmediato del régimen iraní, Trump se embarcó en una guerra mal planificada y sin objetivos claramente definidos, de la que además no había calibrado las consecuencias (el bloqueo del estrecho de Ormuz cogió aparentemente por sorpresa a la Casa Blanca)

EE.UU. ha arruinado su capital político entre sus aliados del Golfo, a los que no ha sido capaz de proteger

Lo que mal empieza raramente acaba bien. Y el resultado está a la vista: el régimen de los ayatolás no solo no ha caído, sino que la guerra ha reforzado a los sectores más radicales vinculados a la Guardia Revolucionaria. Y, aunque muy fuertemente castigado y con la economía por los suelos, el país mantiene gran parte de su arsenal de misiles y drones, así como el uranio enriquecido con el que podría reactivar su programa nuclear. Al final, el estrangulamiento de Ormuz –por donde transitaba antes de la guerra un 20% del petróleo y el gas mundiales– y su impacto sobre la economía global, así como sobre la inflación en EE.UU., ha acabado siendo lo que ha forzado a Trump a ceder.

El memorándum de acuerdo firmado con Irán ha sido percibido como una capitulación por la propia derecha estadounidense y ha causado una honda irritación en Israel, que lo ve como una traición (Netanyahu ha intentado socavarlo manteniendo su ofensiva militar en Líbano, a costa de llevar la relación con Washington a su momento más bajo). La opinión de los analistas es devastadora: la guerra de Irán ha sido, a juicio de Ian Bremmer, presidente del Eurasia Group, “el peor error de política exterior de EE.UU. desde la guerra de Irak” y para el politólogo Paul Musgrave, profesor de la Universidad de Georgetown en Qatar, “una derrota estratégica mayor que la de Vietnam”.

Unos operarios tratan de retirar algas del estanque del Lincoln Memorial en Washington
Unos operarios tratan de retirar algas del estanque del Lincoln Memorial en WashingtonJacquelyn Martin / Ap-LaPresse

Por el camino, EE.UU. ha arruinado su capital político entre sus aliados del Golfo –Arabia Saudí, Emiratos, Baréin, Qatar, Kuwait–, que han visto cómo eran víctimas de las represalias iraníes sin que Washington fuera capaz de protegerles.

Se mire por donde se mire, de entre los 14 puntos del memorándum la reapertura de Ormuz es el único logro de EE.UU., algo que difícilmente se puede presentar como una hazaña si se tiene en cuenta que antes de la guerra no había bloqueo alguno y el tránsito era totalmente libre.

El pacto, por el cual ambas partes se dan un plazo de 60 días para negociar un acuerdo de paz definitivo, prevé asimismo el fin del bloqueo norteamericano en el golfo de Omán, la creación de un fondo de 300.000 millones de dólares para la reconstrucción de Irán, el levantamiento gradual de las sanciones, la autorización para exportar el petróleo iraní y el acceso de Teherán a sus activos congelados.

Irán se compromete a no desarrollar ni comprar armas atómicas, pero la cuestión de su programa nuclear y del uranio queda pendiente de las negociaciones. Del memorándum han desaparecido dos de las cuestiones que antes aparecían como fundamentales: la limitación del arsenal balístico iraní y su apoyo a la miríada de milicias chiíes de la región (Hizbulah, Hamas y los hutíes yemeníes). ¿Se parece esto en algo a una rendición incondicional?

De momento, los primeros pasos de la negociación, conducida en Lucerna (Suiza) por el vicepresidente J.D Vance, confirman las primeras impresiones: Washington ha levantado por 60 días el veto a las exportaciones de petróleo y, según Teherán, serán descongelados 12.000 millones de dólares de sus fondos.

A cambio, Vance aseguró que el Gobierno iraní ha aceptado el retorno de los inspectores internacionales para controlar su programa nuclear. Este extremo, que Vance presentó como un “hito”, es lo que ya existía con el acuerdo de 2015 patrocinado por Barack Obama y que Trump no ha cesado de deplorar como el “peor acuerdo jamás suscrito EE.UU.”. Cuando Trump lo rompió unilateralmente en 2018, Irán restringió el acceso de los inspectores y les cerró definitivamente las puertas a raíz del ataque israelo-norteamericano de junio del 2005 contra sus plantas nucleares. Volvemos a la casilla de salida.

Mientras tanto, el presidente de EE.UU. parece absorbido por un asunto menor, casi ridículo, que ilustra a la perfección su modo de gobernar. Se trata de las obras de reforma del gran estanque reflectante del Lincoln Memorial de Washington. Tras acusar repetidamente a sus predecesores de haber dejado que la lámina de agua se echara a perder, ordenó vaciar el estanque y pintar el fondo de color “azul bandera americana”. Las obras, encargadas a la empresa de un donante de su campaña, han acabado costando un dineral –14,2 millones de dólares, según The   New York Times – y la reforma se ha revelado un fiasco: a causa del fondo oscuro, el agua se calienta más rápido y enseguida han empezado a proliferar algas que la han dejado de color verde. Lejos de admitir error alguno, Trump ha atribuido el desastre a acciones vandálicas de “lunáticos de la izquierda radical, muy probablemente demócratas”. En el caso de Irán aún no lo ha hecho. Al tiempo.

Afganistán: las expulsiones primero, las mujeres después

Newsletter 'Europa'


Dos semanas antes de que el último soldado norteamericano -el general Chris Donahue, comandante de la 82.ª división aerotransportada de Estados Unidos- subiera al último avión y abandonara definitivamente Afganistán, el 30 de agosto de 2021, dejando el país en manos de los talibanes tras dos décadas de guerra, seis gobiernos de la Unión Europea –Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Grecia y los Países Bajos- dirigieron una carta a la Comisión Europea en la que manifestaban su rechazo a suspender las deportaciones de ciudadanos afganos a su país. Dos semanas solamente, apenas quince días antes de la caída de Kabul y de la caótica retirada occidental, con el ejército afgano ya en plena desbandada ante la ofensiva de los islamistas, esos seis gobiernos seguían aferrándose a la ficción de que Afganistán era un “país seguro” y advertían que suspender las deportaciones era una “señal equivocada”.

Así que, cinco años después, no es de extrañar que el primer contacto oficial de la UE con responsables gubernamentales del régimen talibán, este martes en Bruselas -un encuentro vergonzante, sin fotos, para el que el Gobierno belga expidió visados de solo 24 horas-, fuera para volver a hablar de deportaciones. El objetivo: coordinar la expulsión a su país de ciudadanos afganos que hayan cometido delitos graves o representen una amenaza para la seguridad en Europa. Todo muy técnico.

Detrás de la iniciativa, conducida por el comisario de Interior y Migración, el democristiano Magnus Brunner, del Partido Popular Austriaco (ÖVP), y coordinada con el Gobierno de Suecia -un ejecutivo de centroderecha con apoyo parlamentario de la ultraderecha-, hay una quincena de países, a la mayoría de los cuales les da reparo hacer públicos sus nombres. Se sabe que en el encuentro participaron representantes de Bélgica y Dinamarca. Y que, por su parte, Alemania se ha organizado por su cuenta: pactó con los talibanes ya en 2024 y esta semana el gobierno del canciller Friedrich Merz ha acordado con Kabul aumentar la cadencia de expulsiones.

Europa no reconoce al régimen de los talibanes y ningún país de la UE tiene relaciones diplomáticas con el gobierno de Kabul. La Unión como tal mantiene una delegación en la capital afgana cuya principal misión es coordinar la entrega de ayuda humanitaria a la población, que se canaliza a través de la ONU y oenegés sobre el terreno (desde 1994 la UE ha distribuido ayuda por valor de 2.000 millones de euros)

Sobre el papel, esto no va a cambiar: “No vamos a reconocer al régimen, pero pienso que es importante hablar con ellos”, se justificó Brunner. Los talibanes, que no se engañan, ven aquí una puerta abierta. El portavoz del Ministerio de Exteriores afgano, Abdul Qahar Balkhi, que encabezó la delegación talibán, expresó su confianza en que este primer encuentro sirva para “ampliar todavía más el espacio de cooperación basado en el respeto mutuo y los beneficios compartidos”. Su objetivo es que Europa acepte a sus representantes en las embajadas y consulados afganos.

Lindante con la paranoia, la obsesión europea por expulsar a los inmigrantes en situación irregular por encima de cualquier otra consideración política, económica o moral -ahí está la iniciativa de construir centros de internamiento y deportación para extranjeros en terceros países, entre los que algunos barajan Ruanda y Uzbekistán- ha dejado en segundo plano un asunto que hace cinco años pasaba por ser la principal preocupación de Europa: la trágica suerte de las mujeres en Afganistán. No consta que se hablara de ellas para nada en la reunión.

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Un combatiente talibán monta guardia mientras mujeres esperan para recibir raciones de alimentos en Kabul Ebrahim Noroozi / Ap-LaPresse

La situación de las mujeres bajo el tiránico régimen fundamentalista de los talibanes es un espanto. La ONU lo ha calificado de “apartheid de género”. En Afganistán, las mujeres han sido proscritas de la enseñanza media y universitaria –hay 2,5 millones de niñas y jóvenes fuera del sistema educativo–, expulsadas de la mayor parte de trabajos y de la función pública, sin derecho a utilizar los baños públicos, los parques, los gimnasios, los centros deportivos y lúdicos. Y conminadas a salir de casa “solo en caso de necesidad”, tapadas y con la boca cerrada. La reciente detención de al menos 30 mujeres en la ciudad occidental de Herat por presuntamente violar el estricto código de vestimenta de los talibanes, y la violencia con que se reprimieron las protestas, le valió a Kabul la condena unánime la semana pasada del Consejo de Seguridad de la ONU.

“Las autoridades de facto han criminalizado la presencia de mujeres y niñas en la vida pública”, advirtió el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, al presentar la última evaluación de este organismo sobre la situación en Afganistán, el pasado mes de marzo en Ginebra. Aunque la población femenina es la más castigada, el informe advierte que “la vida de los afganos comunes ha empeorado drásticamente” bajo los talibanes, sometidos a un régimen represivo que recurre sistemáticamente a la tortura y las ejecuciones, y con una situación económica catastrófica: unos 21,9 millones de personas -el 45% de la población- necesitan asistencia humanitaria para sobrevivir.

En este contexto, Turk aprovechó para instar a los países miembros de las Naciones Unidas a detener todas las repatriaciones forzosas de afganos, argumentando que los deportados se enfrentan a riesgos reales de persecución, tortura u otros daños graves. “Afganistán es un cementerio de derechos humanos”, advirtió. Alló, Bruselas?

Diplomacia que chirría. Si los tratos con el régimen talibán de Afganistán es objeto de divisiones y controversia, no lo es menos la actitud de la UE hacia el gobierno de Beniamin Netanyahu en Israel. La polémica ha estallado esta semana tras conocerse el viaje realizado a Tel Aviv por la comisaria para el Mediterráneo, Duvranka Suica, después de que el Gobierno israelí anunciara su decisión de romper todo contacto oficial con la Alta representante para la política exterior de la UE, Kaja Kallas, por unas afirmaciones que juzgó ofensivas (la jefa de la diplomacia europea habría calificado, en una conversación privada, de “apartheid” el trato dado por el Gobierno israelí a los palestinos). La inoportuna visita de Suica, quien -por cierto- ya protagonizó otra polémica por acudir a la constitución de la Junta de Paz para Gaza creada por Donald Trump, se enmarca en el pulso por el control de la política exterior que mantiene con Kallas la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen.

Brexit y dimisión. El décimo aniversario del referéndum del Brexit, el día 23, no podía tener conmemoración más idónea que la enésima crisis de gobierno en el Reino Unido, que desde la decisión de abandonar la UE ha visto pasar ya por Downing Street a seis primeros ministros. Desautorizado por su propio partido, el premier laborista Keir Starmer decidió dimitir después de que su principal rival interno, el alcalde de Manchester, Andy Burham, lograra el escaño en la Cámara de los Comunes que le habilitaba para desafiar al primer ministro. No ha habido mucha fiesta en el Reino Unido con motivo del décimo aniversario de la consulta. Lo cierto es que los indicadores económicos y sociales señalan que el Brexit fue un mal negocio y hoy la mayoría de los británicos lo consideran un error y votarían por volver a Europa. Starmer, contrario a reabrir el melón, era partidario no obstante de “resetear” las relaciones con Bruselas. Habrá que ver cuál será la orientación de Burnham.


domingo, 21 de junio de 2026

La irresistible atracción de Europa

Newsletter 'Europa'

Diez años después del Brexit, no solo nadie ha querido abandonar la UE sino que las peticiones de adhesión se multiplican

 

Hace diez años, el 23 de junio de 2016, los británicos decidieron bajarse del tren europeo. No fue una decisión abrumadoramente mayoritaria, pero sí inapelable. La convocatoria del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea -una apuesta fallida del primer ministro David Cameron, que se vio forzado a dimitir tras la derrota- dividió al país en dos mitades y produjo una polarización política extrema que desembocó en graves casos de violencia (la diputada laborista Jo Cox, partidaria del remain, fue asesinada a puñaladas por un ultra al grito de Britain First). El Brexit se impuso por un ajustado 52% a 48% y el divorcio con la UE se consumó, tras largas y difíciles negociaciones, en el 2020. Desde entonces, nadie en las islas británicas ha querido reabrir la herida.

Que un país miembro de la Unión, y no cualquiera sino uno de los más importantes -de los de mayor peso político, económico y demográfico-, abandonara el club era a priori algo impensable y provocó un fuerte shock. De repente, el temor a que otros países más o menos euroescépticos siguieran el mismo camino -Europa apenas empezaba a recuperarse entonces de la brutal cura de austeridad impuesta a raíz de la crisis de 2008- tomó cuerpo en muchas capitales. El miedo, sin embargo, resultó infundado. El Brexit actuó, a la postre, como una vacuna y no sólo nadie mostró deseos a partir de entonces de salir a la intemperie, sino que hoy son los británicos -por 57% a 30%, según los sondeos más recientes- quienes creen que abandonar la UE fue un error. Lo que no quiere decir que vayan a volver. No a corto plazo, al menos.

Hoy no hay ningún país en la lista de espera para dejar la UE. Sí hay, en cambio, una larga lista para incorporarse. Lo que demuestra que, pese a todos los problemas y carencias, el proyecto europeo mantiene su fuerza de atracción y que su sueño fundacional -la creación de un espacio democrático de paz, libertad y prosperidad compartidas-, sigue vivo.

Esta semana, Bruselas abrió formalmente la negociación con Ucrania y Moldavia para su futura adhesión a la Unión. El lunes se dio luz verde, en concreto, a la apertura del primero de los seis bloques temáticos -clústeres, en el argot comunitario- en los que está dividido el proceso de negociación. Kyiv había pedido el ingreso formalmente en febrero del 2022, días después de desencadenada la invasión rusa, y Chisináu le siguió los pasos en marzo. El Consejo Europeo aceptó ambas candidaturas en junio de ese mismo año. Sin embargo, el veto sistemático de Hungría había bloqueado hasta ahora cualquier avance. Ha tenido que ser desplazado del Gobierno de Budapest el populista Viktor Orbán –aliado de Moscú en el seno de la UE- y cerrarse un acuerdo sobre los derechos de la minoría húngara en Ucrania para desbloquear la situación.

La apuesta europea por la adhesión de Ucrania y Moldavia, dos antiguas repúblicas de la extinta Unión Soviética, responde a un compromiso político de la UE frente al expansionismo agresivo de la Rusia de Vladímir Putin, pero justamente eso hace que el proceso sea más complejo. Ucrania todavía está en guerra, con casi un 20% de su territorio ocupado por el ejército ruso, y la pequeña Moldavia -que se debate sobre si integrarse en Rumanía, con la que comparte lengua e historia- arrastra también el lastre de la región separatista prorrusa de Transnistria, que no controla.

La situación especial de Ucrania, ha sido esgrimida por algunos gobiernos de la UE para acelerar el proceso de adhesión. No obstante, no hay unanimidad al respecto y los más optimistas creen que ya sería mucho lograrlo en 2030... una fecha muy atrevida para los estándares comunitarios. De ahí que el canciller de Alemania, Friedrich Merz, haya propuesto crear un nuevo estatus de “miembro asociado” para alinear a Ucrania con la UE a la espera del ingreso efectivo. Durante la cumbre que se ha celebrado este jueves y viernes en Bruselas, los 27 reafirmaron su apoyo a Ucrania y expresaron su voluntad de avanzar en la negociación, aunque recordaron que el proceso de adhesión ha de estar “basado en méritos”. Dicho de otro modo: no habrá ningún atajo para Kyiv.

Ucrania y Moldavia son los últimos incorporados a una lista en la que figuran ya los países de los Balcanes Occidentales, la mayoría de ellos surgidos de la desintegración de Yugoslavia en los años 90 -Albania, Bosnia-Herzegovina, Kosovo, Macedonia del Norte, Montenegro y Serbia-, así como Georgia y Turquía. La UE celebró con el primer grupo una cumbre el pasado 5 de junio en la población montenegrina de Tivat (y no en Tirana como erróneamente se recogía en el boletín de la semana pasada) donde reiteró su compromiso de incorporar a este grupo de países. No todos, sin embargo, avanzan al mismo ritmo. Montenegro es el más adelantado y podría ingresar en 2028.

Las inclinaciones prorrusas de Serbia, las tensiones con Kosovo, los problemas de Macedonia del Norte con Bulgaria y la fragmentación de Bosnia-Herzegovina siembran de obstáculos el camino de estos países. En cuanto a los otros dos candidatos, Georgia -otra exrepública soviética con provincias separatistas prorrusas desgajadas, tras la intervención rusa de 2008- suspendió unilateralmente las negociaciones de adhesión en 2024 y ha entrado en una deriva autoritaria incompatible con los principios europeos. Lo mismo que Turquía, cuyo proceso de incorporación -que algunos estados cuestionan por tratarse de un país de mayoría musulmana- está por este motivo congelado desde 2018

Otros dos países del Norte, Islandia y Noruega, podrían replantearse su reticencia a adherirse a la UE, una opción que rechazaron en su momento para proteger sus caladeros de pesca y eludir las obligaciones europeas en la materia. La guerra de Ucrania y las sacudidas geopolíticas internacionales, sin embargo, están obligando a todo el mundo a replantearse sus prioridades (como hicieron Suecia y Finlandia al decidir ingresar en la OTAN). El Gobierno islandés ha convocado un referéndum el 29 de agosto para decidir si reanudan las negociaciones de adhesión a la UE, interrumpidas en 2015. En Noruega, donde la incorporación fue rechazada por última vez en referéndum en 1995, están a la espera de lo que suceda en Islandia para decidir si convocan a su vez una consulta en ese mismo sentido. La fuerza de gravitación es tal que incluso hay quienes fantasean con la incorporación ¡de Canadá!

Han pasado trece años desde el último ingreso en la UE -el de Croacia en 2013- y veintidós desde la gran ampliación hacia el Este del 2004. Y si algo ha quedado claro en todo este tiempo es que la única manera de hacer gobernable la Unión es cambiando las reglas. El principio de la unanimidad, todavía vigente en aspectos esenciales, es un lastre y su aplicación a la política exterior y de defensa ha contribuido decisivamente a hacer de Europa un enano político en el concierto internacional.

En este contexto, y con el fin de facilitar el consenso necesario para la ampliación, cinco de los seis fundadores -Alemania, Francia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo- han propuesto que los nuevos miembros tengan temporalmente restringido su derecho de veto en las cuestiones presupuestarias, de política exterior y de seguridad, además de imponer salvaguardas adicionales para poder reaccionar con mayor contundencia y prontitud en caso de retrocesos democráticos como sucedió en Hungría. Una medida de este tipo sería forzosamente provisional, porque de lo contrario crearía dos categorías de países. Con lo que el problema de fondo se mantendrá mientras no se cambien los tratados.

Ante este obstáculo fundamental, que condiciona todo avance, se ha abierto paso la idea de que un grupo de países, los de más peso y más comprometidos con la profundización de la integración europea, decidan avanzar en solitario a través del mecanismo de las cooperaciones reforzadas, consolidando en la práctica una Europa de dos velocidades (que ya existe, por ejemplo, con el euro). El canciller Merz ha propuesto que este núcleo duro esté integrado por seis países que suman el 71% de la población de la UE y el 70% del PIB comunitario: Alemania, Francia, Italia, España, Polonia y Países Bajos.

Pero la iniciativa se enfrenta a un grave problema: la debilidad política de los líderes concernidos. Friedrich Merz no pasa por su mejor momento -su popularidad está en caída libre y el gobierno de coalición que preside está muy dividido- y al francés Emmanuel Macron -que no puede volver a presentarse para un tercer mandato- le queda menos de un año en el Elíseo y no tiene un sucesor claro, mientras los sondeos de las elecciones presidenciales de mayo de 2027 dan ventaja a la extrema derecha.

El año que viene hay también convocatorias a las urnas en España, Polonia e Italia. En los dos primeros casos, Pedro Sánchez y Donald Tusk, ambos al frente de coaliciones con mayorías frágiles, se enfrentan a citas electorales cruciales que podrían precipitar cambios políticos. En España, los sondeos son negativos para el líder socialista y aunque no lo son para el premier polaco, el resultado de las pasadas elecciones presidenciales -que ganó el opositor Ley y Justicia- no son un buen augurio. En Italia, Giorgia Meloni parece más sólida y las encuestas le auguran una clara ventaja electoral, aunque tampoco es la más ferviente europeísta del grupo. Finalmente, el neerlandés Rob Jetten, elegido primer ministro el pasado febrero, dirige los Países Bajos con una mayoría parlamentaria más que exigua. Débiles mimbres parecen para tamaña empresa.

  

Austeros contra solidarios. La cumbre de esta semana ha servido para que los 27 empezaran a abordar la discusión sobre el próximo marco presupuestario de la UE (2028-2034) y se constatara a plena luz del día la división que existe entre los países llamados “frugales” -que priman la contención del gasto y una redistribución de recursos hacia las políticas de competitividad y defensa- y los conocidos como “amigos de la cohesión” -que defienden aumentar el presupuesto y salvar las políticas agrícola y de cohesión-. Entre los primeros están Alemania, Austria, Dinamarca, Finlandia, Países Bajos y Suecia. Entre los segundos, que son una quincena, destacan España e Italia. Francia, que es de los aportadores netos, navega entre dos aguas. La propuesta que la presidencia chipriota ha puesto sobre la mesa asciende a 1,76 billones de euros (un 2% menos de lo que había propuesto la Comisión Europea). La próxima etapa será discutir una propuesta para aumentar los recursos propios con nuevas figuras fiscales.

¿Cómo resistir a China? Los dirigentes europeos también se mostraron divididos a la hora de decidir medidas para afrontar los “desequilibrios económicos globales”, un eufemismo bajo el que se esconde la preocupación por la competencia industrial de China y lo que se consideran prácticas comerciales desleales. Lo cierto es que el déficit comercial con Pekín se ha disparado tras la pandemia de covid y ya no hay país de la UE que tenga superávit con el gigante asiático. Francia encabeza un grupo de países que defiende la adopción de medidas firmes para proteger los sectores estratégicos frente a la competencia exterior, a riesgo de ir al choque con China, mientras que España propugna cautela y pragmatismo. Alemania se había alienado hasta ahora con los prudentes, pero el castigo que su industria está recibiendo es tal que parece estar cambiando y se muestra abierta a discutir nuevas medidas.

Roces por la inmigración. La política migratoria lleva un tiempo centrando la atención de Europa y provocando vivos debates -y roces- en el seno de la UE. Aunque no figuraba en el orden del día, los dirigentes de varios países -la danesa Mette Frederiksen, la italiana Giorgia Meloni y el belga Bart de Wever- censuraron que España hubiera tomado unilateralmente la decisión de proceder a una regularización extraordinaria de inmigrantes. Lo hicieron después de que el presidente español, Pedro Sánchez, criticara la iniciativa de crear centros de internamiento y deportación de inmigrantes irregulares en terceros países. Así lo prevé el nuevo reglamento europeo de Inmigración y Asilo, que fue aprobado el miércoles por el pleno del Parlamento Europeo con los votos de la derecha y la extrema derecha, en medio de la euforia desatada de algunos eurodiputados ultras que gritaban “¡Mandadlos de vuelta!” (send them back!). Francia también rechaza esta vía y ayer el presidente Emmanuel Macron advirtió que su país se opondría a destinar fondos europeos para la construcción de estos centros.

Tratado España-Francia. El pleno del Congreso de los Diputados aprobó el jueves, después de varios tropiezos, ratificar el Tratado de Amistad y Cooperación entre España y Francia firmado por Pedro Sánchez y Emmanuel Macron en Barcelona en enero de 2023. Un primer intento fue abortado hace un año, al no obtener los votos suficientes. En esta ocasión el Gobierno ha contado con el apoyo de todos los aliados de la investidura, incluidos Junts per Catalunya y Podemos, que la vez anterior se opusieron y han cambiado el sentido de su voto. Quienes no lo han hecho, y mantuvieron su rechazo, fueron el PP y Vox. Embarcados en una deriva nacionalista antifrancesa, los populares pueden utilizar ahora su mayoría absoluta en el Senado para seguir boicoteando el tratado, que en tal caso debería volver a pasar por el Congreso. Extraña carta de presentación ante un aliado para quien aspira al Gobierno de España.

 

 

domingo, 14 de junio de 2026

Atrapados en la ‘zona de la muerte’

'Visión periférica' 

Olviden todo lo que han visto en fotos y películas sobre las dos guerras mundiales. Olviden los combates cuerpo a cuerpo, los enfrentamientos de tanques. Hoy los drones reinan en el campo de batalla, donde los soldados son cazados por máquinas.

 

A veces, un gesto desesperado puede salvarte la vida. Le sucedió a un soldado ruso en el frente de Bajmut (Ucrania) hace tres años. Desde entonces, el vídeo ha dado miles de veces la vuelta al mundo. Cazado por un dron ucraniano en la trinchera donde se había refugiado, el militar aprovecha los escasos segundos que le quedan antes de ser abatido para dirigirse a la máquina tratando de comunicar su voluntad de rendirse. A kilómetros de allí, el operador del dron, perteneciente a la 92ª Brigada de Asalto del ejército ucraniano –cuya unidad de drones es conocida como Code 9.2–, se apiada y decide perdonarle la vida.

No es el desenlace habitual en la cruel guerra que enfrenta a Rusia y Ucrania desde marzo del 2022. Los drones de uno y otro lado que sobrevuelan por miles el frente de batalla aniquilan sistemáticamente a todos los soldados que detectan abandonando sus refugios subterráneos y quedando al descubierto. Los vídeos difundidos regularmente por Code 9.2 –y por otras fuentes similares– no dejan lugar a la duda. Ni a la esperanza. En la línea del frente, que ya no es una línea sino una franja variable de hasta 30 kilómetros de profundidad donde las posiciones de ambos ejércitos son cambiantes y difusas, no se mueve una mosca sin que el enemigo se entere. Y quien entra ahí puede darse prácticamente por muerto. Se la conoce como la “zona de la muerte”  o la “zona de exterminio”. A elegir.

La guerra de Ucrania ha cambiado radicalmente el concepto de la guerra que se tenía hasta ahora. El combate entre soldados, por ejemplo, prácticamente ha desaparecido: ahora es el hombre contra la máquina, que es la que provoca la inmensa mayoría de las bajas. Las nuevas tecnologías han introducido nuevas coordenadas y la utilización masiva de drones –un arma barata y tremendamente efectiva–, tanto para vigilar como para atacar al enemigo, ha convertido más que nunca a la infantería en carne de cañón, mientras ha limitado notablemente la efectividad de los carros de combate o de la fuerza aérea. Cualquier concentración de tropas –no digamos ya de blindados– es rápidamente detectada, cualquier maniobra sorpresa es imposible. “En las nuevas guerras de drones, los campos de batalla parecen haberse vuelto transparentes”, constata el coronel Ignacio Fuente Cobo, analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), dependiente del Ministerio de Defensa.

Hay drones de todos tipos y tamaños, muchos de ellos gobernados por cable de fibra óptica –con un radio máximo de 20 kilómetros– para evitar las interferencias enemigas. Drones de vigilancia, drones de ataque que persiguen a los soldados individuales, drones contra blindados, drones interceptores de drones, drones de largo alcance, guiados con tarjetas SIM que aprovechan la red de telefonía local, como han hecho los ucranianos en Rusia. Hay drones –o quizá sería mejor llamarlos robots– terrestres, utilizados para enviar suministros a las unidades durante la noche y evacuar a los heridos, y drones marítimos, como los utilizados contra buques en el Mar Negro. Muy pocos drones ante los que poder rendirse...

El resultado es el relativo estancamiento del frente en el Este de Ucrania, en una situación que recuerda mucho a la de la Primera Guerra Mundial pero sin trincheras. O mejor dicho, sin que se sepa exactamente en qué trinchera está cada cual. “La guerra de Ucrania está transformando el carácter de la guerra de una manera tan profunda que las enseñanzas extraídas en los niveles estratégico, operacional y táctico se harán sentir en los conflictos futuros”, apunta Fuente Cobo en un informe sobre el curso del conflicto en 2025 publicado por el IEEE.

Pero no es solo el curso de la guerra lo que está cambiando en Ucrania, donde las nuevas tecnologías parecen favorecer al que defiende, aunque sea manifiestamente más débil. Tampoco las tácticas militares –que ahora priman las operaciones de infiltración con pequeñas unidades–. Es el carácter mismo de la guerra lo que está cambiando. Y de sus actores principales.

El uso de drones no es nuevo, empezaron a utilizarse ya en la guerra civil de Libia en el 2020. Un informe remitido al año siguiente al Consejo de Seguridad de la ONU  –del que se hizo eco esta sección– informaba de cómo fuerzas del mariscal Jalifa Haftar en retirada fueron atacadas por las tropas gubernamentales con enjambres de drones de fabricación turca: “Los sistemas de armas autónomas letales se programaron para atacar objetivos sin requerir la conectividad de datos entre el operador y la munición”. Esto es, sin ninguna decisión humana de por medio.

Si esto era así ya hace seis años, la incorporación de la inteligencia artificial (IA) ha significado un salto exponencial. El ejército ucraniano utiliza hoy, por ejemplo, la plataforma de software Prisma, desarrollada por Palantir (del tecnooligarca estadounidense Peter Thiel), para procesar datos del frente en tiempo real y coordinar ataques de drones a gran escala. ¿Acabarán los campos de batalla convirtiéndose en el escenario de un combate de máquinas contra máquinas?

De momento, en las trincheras siguen enfrentándose a la muerte los soldados de a pie. Nuestro compañero Francesc Bracero recogía días atrás la advertencia de la directora del Centro de Excelencia de Mando y Control de la OTAN, coronel Mietta Groneveld, sobre el uso de drones guiados de forma autónoma con IA, que calificó de “paso aterrador”. Si el dron de Code 9.2 del que hablábamos al principio de este artículo hubiera estado gobernado por la IA en lugar de por una persona, el soldado ruso habría muerto en el acto. Los robots no sienten compasión.

 

Plomo en las alas

Newsletter 'Europa'

La anulación del megaproyecto del nuevo avión de combate europeo evidencia los límites de la defensa común

 

“Hay tres cosas que no se pueden predecir: Dios, el sexo y la UE”. Con su ironía habitual, el primer ministro albanés, Edi Rama, comentaba de este modo hace una semana la incertidumbre que rodea el proceso de adhesión de su país -y de otros estados balcánicos- a la Unión Europea. Si es cierto que Europa tiene cosas imprevisibles, también lo es que otras son perfectamente pronosticables: cuando se toca el núcleo de la soberanía nacional -y la defensa es el reducto esencial- los intereses particulares se acaban imponiendo al interés europeo. Esta es la mayor dificultad -y no la OTAN, ni Estados Unidos, ni el dinero- al que se enfrenta la aspiración de una defensa común europea. Y, más allá, la apuesta por una verdadera autonomía geoestratégica.

El fiasco del megaproyecto del futuro avión de combate europeo, abandonado esta semana por las profundas diferencias entre Alemania y Francia -ante la mirada impotente de España, tercer socio menor-, supone el fracaso de la más ambiciosa iniciativa europea que había en materia militar y pone en evidencia los límites de la cooperación en defensa en el seno de la UE. Es asimismo un nueva y cruda muestra de la crisis por la que atraviesan las relaciones entre Berlín y París.

Lanzado en 2017 por Angela Merkel y Emmanuel Macron, el proyecto del Futuro Sistema Aéreo de Combate (FCAS, por sus siglas en inglés) pretendía desarrollar un cazabombardero de sexta generación que sustituyera, en el horizonte del año 2040, a los actuales Eurofighter y Rafale. Con una inversión prevista de 100.000 millones de euros, el proyecto estaba pilotado por el consorcio aeroespacial Airbus -integrado por Alemania, Francia y España- y la compañía francesa Dassault, a quienes se sumó después la empresa española Indra.

Con Europa más necesitada que nunca de liberarse progresivamente de la dependencia armamentística de EE.UU. -el norteamericano F-16, de Lockheed Martin, sigue siendo el avión de combate más presente en los ejércitos europeos y el F-35 amenaza con sustituirlo-, el proyecto del FCAS ofrecía la oportunidad de desarrollar un nuevo cazabombardero netamente europeo incorporando por primera vez -algo inédito- a Francia, país que ha destacado por estar en la avanzadilla tecnológica en este terreno. Y por volar históricamente en solitario.

No ha habido manera. Después de meses y meses de tensiones, las diferencias entre Airbus y Dassault -y, más allá, entre Alemania y Francia- han hecho capotar definitivamente el proyecto. Celoso de su tecnología y experiencia, el grupo francés pretendía controlar prácticamente el 100% del desarrollo del FCAS, así como sus futuros derechos. Formalmente, los gobiernos alemán y francés han intentado mediar y frenar el choque entre las empresas, pero había más disonancias de fondo.

De entrada, Alemania y Francia no coincidían en el tipo de avión que querían: París necesita un avión ligero, capaz de llevar bombas atómicas y operar desde el portaaviones ‘Charles de Gaulle’, que es uno de los vectores esenciales de su fuerza de disuasión nuclear, mientras que a Berlín esta modalidad no le encajaba. En el fondo, y en última instancia, cada cual quería salvaguardar a toda costa sus propios intereses nacionales. Ya fuera su soberanía estratégica o el peso de su industria.

Obligada a ver el combate desde la barrera, España ha lamentado el fracaso del proyecto. “Se han antepuesto los intereses industriales a los intereses de la seguridad y la defensa de Europa, es muy preocupante”, ha dicho la ministra de Defensa, Margarita Robles, quien cree que operaciones de escala europea son más necesarias que nunca: “No vale solo hablar de la Europa de defensa, de seguridad, de invertir más, porque cuando llega el momento de grandes programas, algo falla”.

Berlín ha sido quien ha acabado por precipitar la ruptura, acordada por el canciller Friedrich Merz y el presidente Emmanuel Macron en la cumbre de Tirana de hace una semana. Pero era una muerte anunciada. De hecho, en los últimos meses de agonía los alemanes ya habían empezado a pensar en una alternativa para continuar con el proyecto por su cuenta con Airbus como piloto principal y otros posibles socios europeos, como España -que seguiría vinculada al programa- o Suecia.

El grupo aeroespacial europeo ya cuenta con un grupo de empresas para seguir adelante. Por un lado, las alemanas Autoflug, Diehl, Hensoldt, Liebherr, MBDA, MTU Aero y Rohde & Schwarz, cuya determinación de continuar con el proyecto se hizo pública este jueves en el marco de la Feria Internacional de Aeronáutica y Espacio de Berlín (ILA). Por otro, el grupo de españolas Indra, GMV, Oesia, ITP Aero y Sener.

Los franceses, por su parte, se muestran públicamente circunspectos, aunque en ciertos sectores empresariales y políticos se celebra por lo bajo la desconexión alemana. El problema de Francia es que, si bien tiene de sobras las competencias tecnológicas e industriales para diseñar y fabricar un nuevo avión de combate, va corta de recursos y necesita un socio. París parece pensar también en otros aliados…. ¡como los suecos!

De momento, el programa FCAS mantendrá algunos de sus proyectos asociados, como el desarrollo de un sistema de drones y la denominada ‘nube de combate’. Pero al final todo quedará al albur de las nuevas alianzas que puedan forjarse. Combinaciones posibles no faltan, pues el del FCAS no era el único proyecto que había sobre la mesa. Además de Suecia, que a través de Saab trabaja en un programa para sustituir a su actual avión JAS 39 Gripen, existe otro consorcio, integrado por el Reino Unido (BAE Systems), Italia (Leonardo) y Japón (Mitsubishi), que trabaja también en paralelo en el Programa Global de Aviación de Combate (GCAP) para el futuro caza Tempest. Y aún se podría añadir el proyecto de Turquía -aliado de la OTAN- del nuevo caza TAI Kaan.

“Con cuatro programas de cazas de nueva generación en marcha —quizás pronto sean cinco—, Europa corre el riesgo de repetir los errores de finales de los años 80 y 90, cuando desarrolló tres diseños de cazas que competían entre sí”, ha advertido Marion Messner, directora del Programa de Seguridad Internacional del think tank Chatham House. “Parte del problema -añade- radica en que GCAP y FCAS aún conservan algunos elementos del antiguo modelo europeo de adquisición de defensa, en el que se otorga la misma importancia al prestigio internacional, el crecimiento económico interno y la capacidad de exportación, en lugar de centrarse en las necesidades de defensa cada vez más urgentes de Europa”.

La crisis puede favorecer la apertura de un nuevo debate sobre la propia dimensión del proyecto. ¿Es realmente necesario un avión de estas características y este coste? ¿Lo será dentro de 15 años? Las nuevas modalidades de la guerra que se ven en Ucrania amenazan con cambiar radicalmente las estrategias y tácticas militares: el enfrentamiento bélico está protagonizado hoy por los drones -masivamente utilizados en el frente para vigilar y atacar- y los misiles. La aviación y los carros blindados prácticamente han desaparecido de la ecuación.

El fracaso del FCAS, en cualquier caso, es un jarro de agua fría sobre la iniciativa europea para impulsar una mayor cooperación multilateral en el desarrollo y adquisición de nuevo armamento. La actual fragmentación y dispersión -cada cual va por su lado, en nombre de la soberanía nacional- no solo resulta poco operativa sino que representa un despilfarro de dinero escandaloso en un momento en que parece necesario aumentar el gasto en defensa. El programa SAFE (Security Action for Europe), dotado con un fondo de 150.000 millones en préstamos en condiciones favorables, fue lanzado en mayo de 2025 para tratar de superar estos condicionantes y promover inversiones conjuntas en materia de defensa por al menos dos países de la UE. Se trata de un primer paso que, como demuestra lo sucedido con el FCAS, se enfrenta a fuertes resistencias.

El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y el radical giro dado por Washington a sus relaciones con Europa han puesto a la UE ante el enorme desafío de tener que asumir su propia seguridad y defensa. Los dirigentes europeos son perfectamente conscientes. Al menos de palabra. Los hechos, sin embargo, van muy por detrás.

 

Nacionalismo antifrancés. El Partido Popular español se ha propuesto boicotear la ratificación del Tratado de Amistad y Cooperación entre España y Francia firmado en Barcelona por Pedro Sánchez y Emmanuel Macron en 2023, que refuerza la relación bilateral y la eleva a niveles próximos a los que Francia mantiene con Alemania. El rechazo del PP y de Vox -junto a la abstención de Junts per Catalunya y Podemos- en el pleno del Congreso de los Diputados en mayo del año pasado hizo que la ratificación naufragara, para irritación -e incomprensión- de La Moncloa y del Elíseo. Tramitado de nuevo, el dictamen fue aprobado en comisión este miércoles -gracias al cambio de voto de Junts y Podemos- y ahora deberá pasar de nuevo por el pleno.

El PP, enarbolando la bandera de la soberanía nacional, se mantuvo en sus trece con argumentos leguleyos sobre la presunta inconstitucionalidad de que miembros de un gobierno participen en el Consejo de Ministros del otro país (lo que franceses y alemanes llevan haciendo desde hace más de veinte años sin ningún problema). Que el PP, que aspira a gobernar más pronto que tarde, se importune con Francia no es de fácil comprensión. En 2003, José María Aznar protagonizó un serio enfrentamiento con el entonces presidente francés, Jacques Chirac, a propósito de su apoyo a la guerra de Irak, que dañó las relaciones bilaterales. El choque fue consecuencia de una estrategia definida -equivocada o no, es otro cantar- del entonces presidente del Gobierno, que apostó por primar la alianza con EE.UU. En las maniobras parlamentarias populares de hoy no se acaba de ver estrategia ninguna.

Migración y ¿asilo? Este jueves entró por fin en vigor el larga y dificultosamente negociado Pacto europeo de Migración y Asilo de 2023, cuyo objetivo último es reforzar los controles en las fronteras exteriores de la UE para frenar el flujo migratorio, endurecer las condiciones de concesión de asilo y facilitar las expulsiones de inmigrantes en situación irregular -con la polémica construcción de centros de retención y deportación en países terceros incluida-. El acuerdo incluye un mecanismo de solidaridad con los países receptores -entre ellos, España-, que se traducirá bien mediante apoyo económico, bien mediante la relocalización en otros países de hasta un máximo de 30.000 migrantes al año (los gobiernos de Hungría y Polonia, por ejemplo, ya han anunciado que no aceptarán ningún envío de personas)

El Gobierno español, uno de los más críticos con la construcción de centros de internamiento fuera de la UE, anunció su decisión de cumplir con el pacto pero aplicarlo “con un enfoque garantista y respetuoso” con los derechos de los migrantes y solicitantes de protección internacional. Mientras el Pacto entraba en vigor, desde las islas Canarias, el papa León XIV reprochó duramente a la UE su política migratoria: “Europa no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas”, advirtió.