lunes, 2 de febrero de 2026

Trump los castiga y ellos se juntan

Newsletter Europa

La UE multiplica sus aperturas comerciales con el resto del mundo para contrarrestar el repliegue proteccionista de EE.UU.


Donald Trump no está muy contento. La verdad es que lleva ya un tiempo así, a medida que los contratiempos políticos -así sea en Groenlandia o Minnesota- se le han ido acumulando. El último motivo de enfado del presidente de Estados Unidos ha sido el activismo comercial de sus otrora aliados occidentales. El acuerdo cerrado el martes por la Unión Europea e India y el cortejo de dirigentes occidentales que están visitando China amenaza con amargarle este principio de año. Frente a unos EE.UU. que impulsan el proteccionismo y utilizan unilateralmente los aranceles como arma de presión e intimidación política, el resto del mundo -con Europa a la cabeza- trata de abrirse a mercados alternativos.

En los últimos días, Trump ha amenazado al primer ministro canadiense, Mark Carney -quien viajó a China a mediados de mes-, y al premier británico, Keir Starmer -en visita de Estado esta semana-, por acercarse a Pekín. En el primer caso, advirtió que castigaría con aranceles del 100% a Canadá si este país firmaba un acuerdo comercial con China (lo que forzó a Carney a matizar sus intenciones, condicionado como está por el tratado comercial con EE.UU. y México) y en el segundo apuntó que sería “muy peligroso” para el Reino Unido hacer negocios con el gigante asiático.

Las advertencias de Trump no han evitado, sin embargo, que los europeos -castigados por EE.UU. con un trato leonino que impone unos aranceles del 15% a los productos europeos, por 0% a la inversa- hayan incluido en su agenda comercial a China, por difícil, desequilibrada y torticera que haya sido hasta ahora la relación. Entre los mandatarios que han viajado a Pekín en busca de una reorientación de los vínculos comerciales están, entre otros, el español Pedro Sánchez y el francés Emmanuel Macron, y en febrero lo hará también el alemán Friedrich Merz.

Tampoco ha gustado nada en Washington el acuerdo entre la UE e India, presentado por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, como “la madre de todos los acuerdos” (parafraseando a “la madre de todas las batallas” con que el desaparecido dictador iraquí Sadam Husein bautizó la primera guerra del Golfo). Lo explicitó el secretario del Tesoro, Scott Bessent, quien criticó a los europeos por no tener en cuenta el “sacrificio” de EE.UU. al imponer sanciones arancelarias a India (del 50%) por su apoyo indirecto a Rusia con la compra de su petróleo. La UE está “financiando la guerra contra sí misma”, declaró a la CNBC.

No es un argumento baladí, en un momento en que Europa trata por todos los medios de que Estados Unidos se comprometa en una salida justa y equitativa para la guerra de Ucrania. Pero, más allá de eso, lo que se está produciendo es un auténtico pulso entre la unilateral ofensiva proteccionista de EE.UU. y la apuesta del resto del mundo por buscar relaciones comerciales alternativas más abiertas y regidas por las reglas del derecho internacional. Ha sido Donald Trump, y ningún otro, quien ha impulsado involuntariamente, con su política arancelaria, los acuerdos comerciales de la UE con India y con los países del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), cerrados en un abrir y cerrar de ojos tras veinte y veintisiete años, respectivamente, de arduas y a veces largo tiempo estancadas negociaciones. Solo hacía falta un empujoncito…

Un empujoncito que ha sido definitivo. A lo largo del 2025, el primer año del retorno de Trump a la Casa Blanca, la UE concluyó acuerdos comerciales con Indonesia, México, Suiza y el Mercosur, a los que ahora se han añadido Vietnam e India. El presidente del Consejo Europeo, António Costa, presente en Nueva Delhi junto Von der Leyen, declaró a propósito de la proclamación de este último acuerdo: “Esta cumbre envía un claro mensaje al mundo: en un momento en que el orden global se está redefiniendo, la UE e India se muestran unidos como socios estratégicos y confiables”. Confiables es la palabra clave. Los dos dirigentes europeos fueron invitados de honor en los festejos del Día de la República, un gesto de alto valor simbólico del presidente indio, Narendra Modi.

El acuerdo comercial entre India y la UE, que en 2024 firmaron ya un Acuerdo de Asociación Estratégica, vincula a una de las mayores potencias económicas y comerciales del mundo y al país más poblado -cerca de 1.500 millones de habitantes- y la economía más dinámica de los países emergentes, que se ha alzado ya al puesto número 5 del ranking mundial por PIB, adelantado por un solo país europeo: Alemania.

El pacto entre Bruselas y Nueva Delhi reducirá progresivamente en los próximos años hasta en un 97% y un 99% los aranceles sobre las exportaciones europeas y las indias por valor de 4.000 millones de euros anuales, lo que abre grandes posibilidades a medio y largo plazo. Para cerrar el acuerdo, ambas partes han excluido los productos agrícolas respectivos más sensibles a la competencia exterior. Por parte europea, entre los sectores que a priori saldrán más beneficiados, están los del automóvil, la farmacia, el vino o el aceite.

Los efectos económicos del acuerdo tardarán en hacerse notar, pero su trascendencia va más allá del aumento -aún lejano- del comercio bilateral. Así lo sostiene, Alberto Rizzi, del European Council on Foreign Relations (ECFR), para quien el pacto supone para Europa “el primer paso hacia la construcción de una alianza más amplia con la economía del G-20 de más rápido crecimiento” y contribuye a “salvaguardar un sistema comercial multilateral global que se está desmoronando por los aranceles estadounidenses, las restricciones a las exportaciones chinas y otras medidas unilaterales”. Más allá, sostiene, tiene también una importante trascendencia geopolítica, pues contribuye a afianzar -al igual que el acuerdo comercial con el Mercosur- la apuesta por el multilateralismo que, entre los BRICS, defienden con más ahínco India y Brasil, frente a la tentación antioccidental de China y Rusia.

El acuerdo con Mercosur, firmado el 17 de enero y cuya ratificación por parte europea ha quedado temporalmente en suspenso por la impugnación que el Parlamento Europeo decidió presentar ante el Tribunal Superior de Justicia de la UE, supone también un cierto desafío a unos EE.UU. que acaban de resucitar la doctrina Monroe y pretenden reservarse el continente americano (o hemisferio occidental) para sí mismos. A pesar de este contratiempo, y de la oposición de un sector amplio de los agricultores -que se sienten perjudicados-, una mayoría de países europeos, encabezados por Alemania y entre los que se encuentra España, apuesta por aplicar provisionalmente el tratado sin esperar a la resolución judicial, que puede tardar dos años. Para ello, bastaría que uno solo de los países del Mercosur ratificara el acuerdo. Esto puede hacerlo pronto Paraguay, cuyo presidente, Santiago Peña, entregó el jueves el tratado a la Comisión Permanente del Congreso para su ratificación.

En medio de este frenesí de acuerdos comerciales, no deja de resultar paradójico que sea justamente el firmado con Estados Unidos el que se encuentre ahora en punto muerto. Como reacción a la extorsión de Donald Trump sobre Dinamarca y la UE para obtener la “propiedad” de Groenlandia, el Parlamento Europeo votó dejar en suspenso su ratificación. La medida, de carácter provisional, debería haber sido rápidamente revertida, una vez que el presidente de EE.UU. dio marcha atrás y aceptó buscar un acuerdo sobre la presencia norteamericana en la isla ártica. Pero no ha sido el caso.

El próximo martes se abordará de nuevo el asunto para decidir si se retoma la tramitación a final de mes. Partidario también en este caso de una ratificación rápida, el canciller alemán, Friedrich Merz, advirtió esta semana no obstante a EE.UU. que el acuerdo está para cumplirlo y no erosionarlo con “declaraciones diarias de que se hará otra cosa”. Que es justamente la marca de fábrica de Donald Trump.

 

martes, 27 de enero de 2026

Cuando la democracia es lo de menos

'Visión periférica' 

Trump prometió ayudar a los manifestantes que protestaban contra el gobierno de los ayatolás en Irán y luego los dejó en la estacada. Su interés, al igual que en Venezuela, no es instaurar la democracia, sino someter al régimen a sus dictados.

 

En febrero de 2009, Ali-Reza Pahlevi, hijo del último sha de Irán y pretendiente al trono persa –abolido por la revolución islámica de 1979–, se proponía ya como la figura capaz de federar a todos los grupos de oposición al régimen de los ayatolás y capitanear la transición del país hacia la democracia. “Lo fundamental es instaurar una democracia parlamentaria laica; luego, si es una república o una monarquía, los iraníes decidirán”, aseguró durante un almuerzo con un grupo de corresponsales europeos en París, entre los que me encontraba. Su ejemplo, dijo, era la transición española. “El modelo español está muy presente en mi pensamiento, en especial el papel que tuvo el Rey. Sin el rey Juan Carlos, España no estaría hoy donde está”, explicaba entonces.

(Juan Carlos I y su padre, el sha Mohamed Reza Pahlevi, llegaron a ser muy próximos, hasta el punto de que en 1977 el monarca español le pidió que apuntalara con 10 millones de dólares la campaña de la UCD de Adolfo Suárez en las primeras elecciones democráticas celebradas en España tras la dictadura de Franco, tal como recordaba estos días en la edición digital nuestro compañero Ramón Álvarez)

Hoy, a sus 65 años, el heredero Reza Pahlevi aspira de nuevo a ser el aglutinador del movimiento de protesta contra el régimen del ayatolá Ali Jamenei y de un cambio político en Irán. La revuelta desencadenada a finales de diciembre –inicialmente a causa de la inflación y la devaluación del rial–, sin embargo, ha sido reprimida con tal dureza que parece momentáneamente sofocada, tras dejar un balance de más de 3.000 muertos.

Desde Washington, donde reside, Pahlevi lanzaba mensajes a la población iraní en los que  instaba a rebelarse y tomar las instituciones –su nombre era coreado en las manifestaciones–, mientras prometía la ayuda de Estados Unidos. El presidente Donald Trump, en efecto, llegó a amenazar con una intervención militar y comprometió su respaldo a los manifestantes –“La ayuda está en camino”, llegó a decir– antes de dar la callada por respuesta.

La ayuda no llegó. Y el cambio político en estos momentos es incierto. Reza Pahlevi insistía esta semana en la necesidad de que los países occidentales –y en particular EE.UU.– redoblen su presión sobre el régimen para acelerar su colapso. El hijo del último sha se ha acercado mucho en los últimos tiempos a Trump y a la ultramontana derecha norteamericana, con quien se ha mostrado ideológicamente próximo. El aspirante al trono de Irán participó el año pasado en el foro ultraconservador Conservative Political Action Conference (CPAC), junto a figuras como Elon Musk, Steve Bannon o Javier Milei. Y como la opositora venezolana María Corina Machado, por cierto...

Las pancartas que reivindican estos días la figura de Reza Pahlevi en algunas manifestaciones de la diáspora iraní hacen una amalgama con el movimiento trumpista, reconvirtiendo el lema MAGA (Make America Great Again) en MIGA (Make Iran Great Again). Pero no parece que esta proximidad le vaya a resultar suficiente. Como tampoco le bastó a Machado, apartada en beneficio de un acuerdo  pragmático con la  número dos del régimen chavista y hoy presidenta interina, Delcy Rodríguez, con el fin de hacerse con el control del petróleo venezolano.

Reza Pahlevi sigue proponiendo una transición política en Irán hacia un régimen democrático. Sin embargo, alguno de sus planes han suscitado la inquietud de algunos opositores. Principalmente, la previsión –recogida en una hoja de ruta difundida en junio del año pasado– de desplegar un programa de transición por fases que se prolongaría durante 800 días, esto es, algo más de dos años. “Su informe sobre el periodo de transición revela una fuerte centralización del poder, un rol personal ambiguo y escasas garantías concretas en cuanto al pluralismo político, los controles y equilibrios institucionales o el reconocimiento de los derechos de todos los pueblos y minorías”, advertía días atrás en una tribuna en Le Monde el iraní de origen kurdo Asso Hassan Zadehest, ex secretario general adjunto del Partido Democrático del Kurdistán.

Nada de todo esto le quita el sueño a Trump, para quien la restauración de la democracia en Irán o en Venezuela  le es absolutamente igual. El tiempo en que EE.UU. se presentaba como el adalid mundial de la democracia y los derechos humanos –aunque detrás de eso se escondieran otros intereses– está ya amortizado. “A pesar de toda su retórica, Trump está menos interesado en un cambio de régimen que sus predecesores, ni en Caracas ni en Teherán. Lo que quiere es un régimen dócil, uno que abandone su programa nuclear, limite su programa de misiles balísticos, ponga fin al apoyo a los aliados regionales y, en general, haga lo que él quiera”, subraya el politólogo Ian Bremmer, presidente del Grupo Eurasia.

El viernes, el presidente norteamericano anunció el envío de una fuerza naval hacia la zona de Oriente Medio –el portaaviones USS Abraham Lincoln y tres destructores– en lo que podría ser el preludio de un ataque militar selectivo contra Irán –como el ejecutado el 22 de junio del año pasado contra tres instalaciones nucleares– o una maniobra de intimidación para que Teherán se pliegue a sus exigencias. El movimiento se asemeja  al que hizo en el Caribe y que acabó con el secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro.

Imponer la sacrosanta, y a veces errática, voluntad del emperador y extraer los máximos beneficios económicos para EE.UU. –y si puede ser, para la familia– son los ejes que guían la política exterior de Washington bajo Donald Trump. La democracia en el mundo es lo de menos. A veces incluso puede ser un estorbo... Como en Estados Unidos.


Europa, salvada por la campana

Newsletter 'Europa'

No hace mucho frío estos días en Nuuk, la capital de Groenlandia. La temperatura máxima, ayer al mediodía, estaba en 1º positivo y en los próximos días el termómetro tenderá a subir. Más frío hace en Ucrania -con una máxima de 7º bajo cero-, donde la población está sufriendo uno de los peores inviernos de la guerra, privada de calefacción a causa de los bombardeos rusos dirigidos contra las infraestructuras energéticas del país. A pesar de eso, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, a duras penas ha logrado hacerse oír estos días, focalizada como ha estado la atención de Estados Unidos y de Europa en el Ártico, donde se ha puesto crudamente en evidencia la crisis existencial de la Alianza Atlántica.

No se puede entender del todo la crisis de Groenlandia, precipitada por las caprichosas ansias anexionistas de Donald Trump -que alega discutibles motivos de seguridad nacional para querer incorporar la isla ártica a EE.UU.-, sin la guerra desatada hace casi cuatro años por Rusia contra Ucrania. El objetivo de salvaguardar a toda costa la OTAN y mantener el compromiso de Washington con la seguridad del continente frente a la amenaza rusa explica en gran medida la política de apaciguamiento -de servilismo, incluso- aplicada por Europa ante la hostilidad creciente del presidente norteamericano.

Esta actitud timorata, lejos de aplacarle, le ha envalentado. Trump se muestra tiránico con los débiles, a quienes no respeta, y mucho más complaciente con quienes le plantan cara. Hasta el punto de que, muchas veces, acaba dando marcha atrás. El columnista del Financial Times Robert Armstrong ha acuñado para estos casos el acrónimo TACO (Trump Always Chickens Out) esto es, ‘Trump siempre se acobarda’. ¿Ha pasado algo así en la crisis de Groenlandia, desactivada por el propio presidente estadounidense después de amenazar a diestro y siniestro? Algunos dirigentes quieren creer que, por fin, la Unión Europea se ha hecho respetar. Otros, que la vía pragmática del diálogo -con la proverbial intercesión del secretario general de la OTAN, Mark Rutte- ha sido decisiva. Todo indica, sin embargo, que otros factores han pesado más.

La relación entre EE.UU. y Europa tras el regreso de Trump a la Casa Blanca, hace ahora un año, está viciada desde el principio. El presidente norteamericano y su equipo desprecian ostensiblemente a Europa y particularmente a la UE, una organización que perciben frágil y dividida y a la que pretenden abiertamente combatir, mientras socavan a las fuerzas europeístas apoyando a los partidos de extrema derecha nacionalistas.

La guerra comercial del Día de la Liberación, desatada en abril por Trump contra cerca de 70 países, sin distinguir entre adversarios y aliados, fue la prueba decisiva. Mientras gobiernos como el de China o de Brasil presentaban batalla y forzaban a Washington a rectificar, la UE se conformó con amenazar con represalias, sin llegar nunca a aplicar ninguna contramedida. Como resultado, EE.UU. impuso un acuerdo comercial leonino por el cual aplica unos aranceles básicos del 15% a las importaciones de todos los productos europeos -en algunos casos, más, como al aluminio y el acero- mientras la UE los ha reducido a cero para las exportaciones norteamericanas. Algunos dirigentes europeos vendieron como un triunfo no haber salido peor parados.

“Trump percibe a los países europeos como un conjunto de vasallos pequeños y desarticulados que dependen asimétricamente del paraguas de seguridad estadounidense, su infraestructura tecnológica y su apoyo a Ucrania, sin capacidad para superar sus divisiones y limitaciones políticas internas”, ha constatado al respecto el politólogo Ian Bremmer, presidente del Grupo Eurasia. Más descarnado, el gobernador de California, y uno de los dirigentes demócratas que lideran la oposición interna a Trump en EE.UU., Gavin Newsom, aprovechó la tribuna del foro de Davos para reprochar a los dirigentes europeos su acobardamiento: “¡Despierten! ¿Dónde demonios se ha metido todo el mundo? Dejen la diplomacia de sutilezas (...) Ningún europeo podrá sobrevivir si siguen por este camino; en el proceso, necesitan mantenerse firmes, erguidos, unidos, tengan algo de carácter, tengan malditos huevos”, espetó.

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El presidente de EE.UU. Donald Trump., durante su intervención en el foro de DavosFABRICE COFFRINI / AFP

Si Trump llegó al extremo de plantear un ultimátum a Dinamarca y al conjunto de la UE para que aceptaran la venta o cesión de Groenlandia a EE.UU., amenazando con anexionársela por las buenas o por las malas, es porque tiene comprobado hasta qué punto los europeos pueden mostrarse pusilánimes. Anticipándose a la respuesta europea a su extorsión, vaticinó arrogante: “No resistirán mucho”. En la misma línea, el secretario del Tesoro, Scott Bessent -que pasa por ser uno de los miembros más sensatos del gabinete-, se burló de la “histeria” de los europeos y auguró que su única reacción sería “crear un grupo de trabajo”.

La semana, preñada de giros de guion dignos de una serie de televisión, arrancó duramente con la amenaza de Trump de imponer unos aranceles punitivos extraordinarios del 10% -ampliables- contra ocho países europeos por haberse significado especialmente en apoyo de Dinamarca enviando un pequeño contingente militar a Groenlandia. Ante eso, Bruselas volvió a poner sobre la mesa la amenaza de represalias arancelarias por valor de 93.000 millones de euros -ya previstas y nunca aplicadas cuando la guerra comercial- y algunos países, con Francia a la cabeza, plantearon desenterrar por primera vez el llamado Instrumento Anticoerción, lo que hubiera supuesto una verdadera escalada entre dos presuntos aliados. Para abordar la crisis, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, convocó de forma urgente una cumbre extraordinaria para la noche del jueves.

Felizmente -o no-, la UE se ha librado por ahora de tener que mostrar determinación. Trump llegó a Davos el miércoles con la agresividad esperada. Atacó con dureza a la UE y, aunque descartó por primera vez utilizar la fuerza militar para hacerse con Groenlandia, amenazó implícitamente a los europeos con consecuencias si no se avenían a cederle la isla ártica: “Pueden decir que sí, y lo apreciaremos mucho, o pueden decir que no y lo recordaremos”, advirtió en tono mafioso. Sin embargo, horas después, y a través de su red Truth Social, anunció un cese de las hostilidades y retiró la amenaza de aranceles, revelando que había alcanzado un principio de acuerdo con el secretario general de la OTAN para poder encontrar una solución al conflicto.

La vía propuesta por el neerlandés Mark Rutte, quien se ha ganado la benevolencia del presidente norteamericano regalándole el ego hasta la humillación, pasaría entre otras cosas -los contornos de la propuesta son todavía difusos-, por aumentar el papel de la OTAN y ceder a EE.UU. la soberanía territorial sobre una o varias bases militares en Groenlandia. Lo que está por ver que sea aceptable para Copenhague y Nuuk, para quienes la soberanía e integridad territorial de la isla son una línea roja.

Nada puede darse, pues, por arreglado, pero el conflicto ha entrado en otra fase y los europeos han respirado aliviados. La cumbre de Bruselas sirvió para analizar, más serenamente, la situación de las relaciones con EE.UU., que siguen siendo muy preocupantes, pero sin la urgencia de tener que tomar decisiones radicales que hubieran expuesto a la vista de todo el mundo la profunda división que existe en la UE. Y que muy probablemente hubieran desembocado en la adopción, nuevamente, de medidas timoratas. “Proporcionadas”, en la jerga diplomática de Bruselas.

Los más combativos, como el presidente francés, Emmanuel Macron, quien abogaba por responder con firmeza al desafío de EE.UU. y sacar la artillería pesada, han chocado aquí con una resistencia múltiple. Por un lado, el canciller alemán, Friedrich Merz, temeroso de las consecuencias de una escalada incontrolable y por tanto partidario de no soliviantar demasiado al presidente de EE.UU. -la misma actitud que ya adoptó cuando la guerra comercial-, con el apoyo de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y la alta representante para la Política Exterior, Kaja Kallas. Por otro lado, los amigos europeos de Trump, desde la italiana Giorgia Meloni hasta el húngaro Viktor Orbán. La retirada táctica de Trump ha permitido salvar las apariencias.

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El presidente francés, Emmanuel Macron, a su llegada a la cumbre europea de Bruselas NICOLAS TUCAT / AFP

(Mucho más rápido y expeditivo, el Parlamento Europeo aprobó el martes, con los votos de los principales grupos de la cámara, populares y socialdemócratas -y alguna excepción-, suspender el proceso de ratificación del acuerdo comercial con EE.UU. Decisión que ahora, a la vista de los nuevos acontecimientos, se espera que revierta)

¿Hasta qué punto la ambivalente reacción de la UE, amenazando con una respuesta firme, ma non troppo, explica el cambio de Trump? A la vista de los antecedentes, parece por sí solo un argumento insuficiente. Todo indica, en cambio, que la reacción de los mercados financieros puede haber sido definitiva. El riesgo de que los aranceles punitivos de Trump desataran una nueva guerra comercial disparó el martes la venta de bonos del tesoro norteamericano -al grito de Sell America (Vende América)-, lo que provocó un repunte del coste de la deuda de EE.UU. -de casi siete puntos básicos a 10 años y de más de nueve a 30 años-, una depreciación del dólar y un retroceso de los valores bursátiles.

En plena crisis se conoció la decisión del fondo danés de pensiones AkademikerPension y del fondo sueco Alecta de desprenderse de la mayor parte de sus carteras de bonos estadounidenses, provocando el temor a una cascada de deserciones. Europa es el mayor poseedor de deuda norteamericana del mundo, por un valor de 8 billones de dólares, lo que le da un inmenso poder de desestabilización. “A pesar de todo su poder militar y económico, Estados Unidos tiene una gran debilidad: depende de otros para pagar sus cuentas a través de grandes déficits externos”, recordaba estos días George Saravelos, analista de divisas del Deutsche Bank. Señal del nerviosismo que empezó a extenderse al otro lado del Atlántico, Donald Trump amenazó con “grandes represalias” si los europeos empezaban a vender masivamente deuda norteamericana… Tras su marcha atrás, los mercados volvieron a su cauce. Hasta nueva orden.

Volodímir Zelensky pudo finalmente reunirse con el presidente de EE.UU. en Davos el jueves, un encuentro que sirvió para avanzar -ya veremos hasta qué punto, dada la inflexibilidad de Moscú- en el plan de paz auspiciado por Washington. El presidente ucraniano no desaprovechó la ocasión para leerle la cartilla también a los europeos por su pasividad e inacción ante los desafíos que se le multiplican, ya vengan del Kremlin o de la Casa Blanca. Zelenski pinchó donde más duele, pintando a Europa como un “caleidoscopio fragmentado de potencias pequeñas y medianas”, e instó a sus dirigentes a tomar su destino en mano, asumir una verdadera autonomía estratégica -con unas fuerzas armadas unificadas que garanticen su seguridad- y ser más determinados y combativos en la defensa de sus intereses. Todo el mundo lo ve. ¿Quién todavía no lo ve?

Tropiezo con el Mercosur. En plena crisis ártica, la Comisión Europea y los países más comprometidos con el acuerdo comercial UE-Mercosur, firmado hace justo una semana, sufrieron el miércoles una dura e inesperada derrota cuando el Parlamento Europeo aprobó por una exigua mayoría -334 votos a favor, 324 en contra y 11 abstenciones– recurrir el tratado ante la Justicia europea, lo que podría retrasar hasta dos años su plena entrada en vigor. La oposición al tratado, que reúne a la extrema derecha y la extrema izquierda, contó con el apoyo de un nutrido grupo de desertores del PPE de Francia y Polonia, los dos países que más se han opuesto al acuerdo y donde las protestas de los agricultores, que se sienten perjudicados, ha sido más fuerte. El canciller alemán, Friedrich Merz, ardiente defensor del tratado -la industria, a priori, parte como la más beneficiada-, calificó de “lamentable” la decisión de la Eurocámara y abogó por aprobar una aplicación provisional del acuerdo, algo en lo que cuenta con el apoyo de España. El PP español, en plena campaña autonómica, se ha desmarcado y ha pedido que el tratado no entre todavía en vigor, aunque en Estrasburgo se plegó a la disciplina de voto del PPE.

lunes, 19 de enero de 2026

La muerte de la OTAN

Newsletter ‘Europa’

La determinación de Trump de arrebatar Groenlandia a Dinamarca ha roto de hecho la Alianza Atlántica, donde ya nadie puede contar con la defensa de EE.UU.

 

La OTAN ha dejado de existir. Más vale hacerse a la idea. Formalmente, nadie la ha disuelto. Su cuartel general sigue funcionando en Bruselas, su estructura política y militar sigue intacta, su secretario general, el holandés Mark Rutte, sigue cumpliendo aplicadamente su papel de voz de su amo. Pero es una cáscara vacía, una organización en estado de muerte cerebral. Lo avanzó con estas mismas palabras -visionario o provocador- el presidente francés, Emmanuel Macron, en un ya lejano 2019. Ahora se trata de un hecho consumado. La defensa mutua entre sus miembros, piedra angular de la creación en 1949 de la Alianza Atlántica -integrada en la época por una docena de países, ampliada hoy a 32-, ha saltado por los aires. Rusia tiene de qué congratularse

Estados Unidos, la superpotencia que impulsó la OTAN, no solo no está dispuesto a defender a ninguno de sus teóricos aliados -ya ha dado señales de ello-, sino que está determinado a arrebatarle a uno de ellos parte de su territorio (la isla ártica de Groenlandia a Dinamarca), aduciendo discutibles motivos de seguridad. Y por la fuerza, llegado el caso. No es necesario esperar a que esto ocurra para certificar que la confianza se ha roto definitivamente. Y que la cláusula de defensa mutua contenida en el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte -invocada una única vez, cuando EE.UU. pidió la ayuda de sus aliados tras los atentados terroristas del 11-S del 2001- ha quedado vacía de contenido.

Los forenses determinarán en qué momento se produjo el deceso de la OTAN, el día exacto en que su cerebro -pese a que el corazón seguía latiendo- arrojó un encefalograma plano. Una de las fechas posibles es la del 14 de enero de 2026. Este miércoles, los ministros de Exteriores de Dinamarca y Groenlandia, Lars Løkke Rasmussen y Vivian Motzfeldt, acudieron en misión imposible a Washington para tratar de frenar las ansias anexionistas del presidente Donald Trump. En vano.

Tras reunirse durante algo menos de una hora con el vicepresidente, J.D. Vance, y el secretario de Estado, Marco Rubio, los semblantes de los expedicionarios europeos transmitían la más absoluta desolación. No había pacto posible. Todas las ofertas de cooperación puestas sobre la mesa por Copenhague y Nuuk para tratar de satisfacer la voracidad norteamericana fueron barridas. Solo cabía constatar -en lenguaje diplomático- un “desacuerdo fundamental”. Más que fundamental, vital. “Está claro que el presidente tiene el deseo de conquistar Groenlandia”, admitió Rasmussen. Conquistar es la palabra.

La reunión, a puerta cerrada esta vez -a diferencia de la encerrona pública que sufrió el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en la Casa Blanca en febrero de 2025-, debió ser extremadamente dura. Las malas maneras de J.D. Vance, convertido en el adalid más fanático del trumpismo, son de sobras conocidas ya por los europeos. Al día siguiente, la ministra de Exteriores groenlandesa, Vivian Motzfeldt, se vino abajo durante una entrevista en directo por televisión: “Estoy abrumada”, confesó.

No se puede decir que Donald Trump no haya sido diáfano en sus intenciones. Antes de la reunión ya había avanzado que cualquier solución que no pasara por ceder a EE.UU. la “propiedad” de Groenlandia era “inaceptable”. Para Washington, el único objetivo plausible de las conversaciones que haya a partir de ahora -ambas partes acordaron crear un grupo de trabajo, una manera de ganar tiempo- es discutir las modalidades de esta cesión territorial. La NBC avanzó en exclusiva que EE.UU. estaría dispuesto a pagar 700.000 millones de dólares (603.000 millones de euros) por la compra de la isla. Solo que Groenlandia no está en venta y los groenlandeses no quieren saber nada de pasar a la órbita estadounidense. Un “desacuerdo fundamental” de difícil salida.

Para la directora del think tank británico Chatham House, Bronwen Maddox, es obvio que la anexión unilateral de Groenlandia por EE.UU. implicaría el fin de la OTAN. Pero ya sin eso considera que “no es exagerado decir que [el desprecio de Trump al Derecho internacional y a los intereses de sus antiguos aliados] es el fin de la alianza occidental”.

Descolocados y desbordados, prisioneros todavía de la inercia de tratar de complacer al amigo americano, los dirigentes europeos se resisten a creerlo y no saben cómo responder. De entrada, lo mejor que se les ha ocurrido para subrayar su solidaridad con Dinamarca, y mostrar su determinación de implicarse en la defensa de Groenlandia, ha sido enviar tropas a la isla para participar en un breve ejercicio militar. Pero su número ha sido tan exiguo -poco más de una treintena de soldados de Alemania, Francia, Noruega, Reino Unido y Suecia- que el resultado de la operación amenaza con proyectar la imagen contraria.

Emmanuel Macron dice estar dispuesto a enviar en los próximos días apoyo terrestre, aéreo y naval a la isla, y ha advertido que si la soberanía de Dinamarca se viera afectada, “las consecuencias en cadena serían inéditas”. En la mente del presidente francés estaba a buen seguro la ruptura de la alianza histórica con EE.UU. y acaso potenciales represalias. En caso de una invasión norteamericana de Groenlandia, los europeos podrían aprobar sanciones económicas o comerciales contra Washington, lo que no es poca cosa, pero tampoco irían más allá. No está en la mente ni el ánimo de nadie un choque militar. Ya lo dijo con jactancia hace una semana el subjefe de gabinete de la Casa Blanca, Stephen Miller: “Nadie combatirá contra EE.UU. por el futuro de Groenlandia”.

La situación ha propiciado que vuelva a salir a la superficie la idea de crear un auténtico ejército europeo, una añeja aspiración -defendida históricamente por países como Francia- que siempre ha sido abortada por quienes veían en ello un caballo de Troya dentro de la OTAN. El comisario europeo para la Defensa, Andrius Kubilius, rescató esta semana la propuesta de crear un ejército europeo dotado con 100.000 efectivos, que vendría a cubrir el vacío que dejarían -llegado el caso- los norteamericanos si retiraran sus fuerzas del continente. Y el ministro español de Exteriores, José Manuel Albares, abogó por avanzar en este objetivo a través de un primer grupo de países -una especie de “coalición de voluntarios”, siguiendo el mecanismo de la cooperación reforzada- para evitar que una minoría pueda frenar o bloquear la iniciativa.

Pero aún estamos muy lejos de eso. De hecho, la propuesta -más modesta- de crear la llamada Capacidad de Despliegue Rápido europea (RDC, en sus siglas en inglés) con hasta 5.000 efectivos, aprobada en 2022, no empezó a ser operativa hasta el año pasado. Y aún con importantes condicionantes, pues su despliegue requiere la unanimidad de los Estados miembros, lo que coarta la rapidez con que podría entrar en acción.

A finales de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y Francia tuvieron un encontronazo parecido al que hoy afecta a Groenlandia a propósito del territorio francés de Saint-Pierre-et-Miquelon, un pequeño archipiélago situado frente a las costas de la isla canadiense de Terranova. En el hemisferio occidental, por tanto, ese cuyo dominio EE.UU. reclama para sí desde la época de la doctrina Monroe.

En Saint-Pierre-et-Miquelon había una importante estación de radio y las potencias aliadas -EE.UU. Canadá y Reino Unido- temían que el territorio, bajo control en aquel momento del régimen pronazi de Vichy, pudiera ser utilizado en favor de las potencias del Eje -Alemania, Italia y Japón-, por lo que se planteaban una invasión. Para evitar la intervención norteamericana, el general De Gaulle, jefe de las fuerzas de la Francia Libre, decidió avanzarse y, sin avisar a nadie, envió una pequeña flota para desalojar a los vichystas y tomar el mando. Eso no gustó nada en Washington. El Gobierno de EE.UU., presidido por Franklin D. Roosevelt, instó a los franceses a desalojar militarmente el archipiélago y cederle el control. Pero el general francés se negó en redondo y advirtió que sus fuerzas abrirían fuego si alguien intentaba ocupar el territorio por la fuerza. Los estadounidenses acabaron renunciando.

Rememorando aquel hecho histórico, el ensayista Raphaël Llorca subrayaba estos días en Le Grand Continent -boletín del Grupo de Estudios Geopolíticos- que la fuerza no la dan solo las armas: “El primer poder es gramatical. Consiste en nombrar la línea roja, hacerla inteligible, enunciarla irrevocablemente. De Gaulle no ‘gana’ porque sea más fuerte, gana porque se niega a hablar como un vasallo”, escribe. Las similitudes entre los casos de Groenlandia y de Saint-Pierre-et-Miquelon acaban aquí. Porque Trump no es Roosevelt. Y Europa no tiene a ningún De Gaulle.

 

lunes, 12 de enero de 2026

¿Y ahora, Taiwán? No tan rápido...

'Visión periférica' 

A pesar de la apuesta de Trump por un mundo dividido en esferas de influencia, donde EE.UU. se reserva el hemisferio occidental, Washington considera el área Asia-Pacífico vital para sus intereses. Y no dejará que China se anexione Taiwán por la fuerza.


A punto de terminar el año, China desplegó en torno a la isla de Taiwán, cuya soberanía reivindica, una importante fuerza aeronaval. Durante tres días, del 29 al 31 de diciembre, decenas de aviones de combate y buques de guerra llevaron a cabo unas maniobras cuyo objetivo era ensayar un bloqueo marítimo y aéreo de la isla rebelde para neutralizar una declaración unilateral de independencia o una intervención extranjera.

Realizadas pocos días después de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aprobara la mayor venta de armas a Taiwán de las últimas dos décadas –por 11.100 millones de dólares (casi 9.500 millones de euros)–, su afán coercitivo era evidente. “La reunificación de nuestra patria es inevitable”, declaró el presidente chino, Xi Jinping, en su discurso de Año Nuevo en Pekín para remachar el mensaje.

Taiwán es independiente de hecho pero no de derecho y muy pocos países en el mundo la reconocen hoy como un Estado. Refugio de los restos del ejército nacionalista de Chang Kai Chek tras la guerra civil de 1945-1949, que ganó el Partido Comunista Chino, la antigua isla de Formosa se ha mantenido desde entonces fuera del control de Pekín, en gran medida gracias al apoyo de EE.UU. Pero China nunca ha renunciado a su soberanía.

El precario statu quo que se ha mantenido hasta ahora podría romperse en el momento en que Taipéi aprobara una declaración formal de independencia. O en el que Pekín, que hasta aquí ha optado por tratar de atraerse a la isla combinando la seducción con las amenazas, decidiera que ha llegado la hora de actuar.

En su informe anual al Congreso, del 23 de diciembre, el  Pentágono alertaba del notable aumento de las capacidades militares de China –así en medios convencionales como en su arsenal nuclear y en lo relativo a la inteligencia artificial (IA)– y vaticinaba que Pekín “espera poder librar y ganar una guerra contra Taiwán para finales de 2027”. “Para alcanzar estos objetivos –proseguía–, el Ejército Popular de Liberación (EPL) continúa perfeccionando múltiples opciones militares para forzar la unificación de Taiwán mediante la fuerza bruta. Estas opciones incluyen, entre las más peligrosas, una invasión anfibia, un ataque con gran potencia de fuego y, posiblemente, un bloqueo marítimo”. Tal posibilidad, advertía, podría “desafiar y perturbar seriamente la presencia estadounidense en o alrededor de un conflicto en la región Asia-Pacífico”.

¿La nueva política exterior de Donald Trump, partidario de repartir el mundo en esferas de influencia, podría cambiar el actual estado de cosas? ¿La intervención militar estadounidense en Venezuela podría ser el desencadenante que diera alas al sector más duro del régimen chino partidario de recuperar la isla por la fuerza?

En su comparecencia ante los medios de comunicación para informar sobre la operación que concluyó con la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, y su esposa –tras bombardear Caracas–, Trump insistió con brutal trasparencia en que el hemisferio occidental pertenece a EE.UU. en tanto que potencia dominante. Ninguna otra potencia exterior, siguiendo la célebre doctrina Monroe, debería estar en condiciones de imponerse en el continente americano, ya sea la vieja Europa –objeto de la preocupación del presidente James Monroe cuando la formuló en 1823 y acaso un futuro motivo de inquietud una vez se firme el tratado comercial UE-Mercosur–, ya sean Rusia o China. La acción en Venezuela es un toque de atención a estos dos últimos.

La lógica de las esferas de influencia podría hacer creer a Moscú y a Pekín que, a partir de ahora, tienen las manos libres en sus respectivas áreas, así con Ucrania como con Taiwán. Y de algún modo así ha creído entenderlo el presidente ruso, Vladímir Putin, en sus entrevistas con su homólogo norteamericano, naturalmente inclinado a aceptar como buenas las tesis rusas sobre el antiguo espacio soviético. Pero Asia es otra cosa. Ya desde la época de Barack Obama, EE.UU. ha fijado como su principal preocupación la competencia con China por la hegemonía en la región Asia-Pacífico. Y en el mundo.

La reformulada Estrategia de Seguridad Nacional de Trump sigue otorgando a esta zona su mayor atención. Washington quiere dominar sin contestación su propio hemisferio, pero también que nadie le dispute su condición de potencia hegemónica mundial. “EE.UU no puede permitir que ninguna nación se convierta en tan dominante que amenace nuestros intereses”, expone el documento.

Y en el tablero mundial, Taiwán es una pieza de extremada importancia. Por un lado, porque concentra la mayor parte  de la producción mundial de semiconductores –fabrica  el 90% de los más avanzados–, esenciales para las nuevas tecnologías y la IA. Y, por otro, porque tiene una posición geoestratégica esencial en las rutas del transporte marítimo internacional.

“Taiwán proporciona acceso directo a la Segunda Cadena de Islas y divide el noreste y el sureste asiático en dos frentes de operaciones distintos. Dado que un tercio del transporte marítimo mundial pasa anualmente por el Mar de China Meridional, esto tiene importantes implicaciones para la economía estadounidense”, constata el Departamento de Estado. De ahí que para EE.UU. resulte esencial mantener en el área una fuerza militar disuasoria. Y la nueva doctrina Donroe reafirma su rechazo a “cualquier cambio unilateral del statu quo en el estrecho de Taiwán”. Ya sea por parte de Taipéi o de Pekín.

Pensar que la intervención norteamericana en Venezuela –o en Groenlandia–puede hacer que EE.UU. haga la vista gorda ante un eventual ataque de China a Taiwán sería un error.  Aunque detrás de toda guerra hay siempre un error de cálculo.