domingo, 26 de abril de 2026

¿Quién teme al rearme de Alemania?


Newsletter Europa

El giro histórico de Berlín en materia de defensa reforzará a Europa pero puede despertar viejos fantasmas en el continente

 

“En 1940 vinieron con los tanques, ahora vienen con el euro”. En lo más duro de la crisis de la deuda europea, desencadenada tras el crack financiero del 2008, en Francia solían escucharse frases como esta en alusión a Alemania y su diktat fiscal, comparándolo con el inicio de la invasión de Hitler en la Segunda Guerra Mundial. La imposición, por parte de Berlín, de una estricta y durísima cura de austeridad a los países en dificultades -que alargó la crisis económica, disparando el paro y la pobreza-, generó entonces un fuerte resentimiento contra el rigorismo y la falta de solidaridad alemanes. En Grecia, el país más maltratado, las pancartas de las manifestaciones exhibían a la entonces canciller, Angela Merkel, con el uniforme nazi… La Historia pesa. Y las heridas del pasado pueden acudir al presente con sorprendente rapidez.

El giro histórico que está protagonizando Alemania en materia de defensa, después de décadas de voluntaria inhibición -las dos guerras mundiales habían sido hasta ahora un formidable lastre político y moral-, prefigura cambios de gran alcance en la Unión Europea. De entrada bienvenida, pues reforzará la seguridad de Europa en un momento clave -con una Rusia agresiva y expansionista, y unos Estados Unidos en retirada-, la transformación de Alemania en una potencia militar cambiará radicalmente la dinámica interna en el seno de la UE. Y puede despertar también viejos fantasmas y temores.

El ministro alemán de Defensa, Boris Pistorius, presentó este miércoles los principales ejes de la nueva estrategia para reforzar las Fuerzas Armadas federales (Bundeswehr), cuya dotación humana pretende aumentar hasta los 460.000 efectivos, entre soldados en activo (260.000) y reservistas (200.000), además de incrementar progresivamente sus capacidades y lograr -en el horizonte de 2039- la “superioridad tecnológica”. “Estamos convirtiendo a las Fuerzas Armadas alemanas en el ejército convencional más fuerte de Europa”, declaró. Una afirmación que puede provocar, en algunos, cierto escalofrío.

Tras sus consecutivas derrotas en las dos guerras mundiales, Alemania -primero de manera forzada y después voluntaria- abandonó su militarismo prusiano y optó por un perfil bajo, primando su carácter de potencia civil y económica dentro de un continente reconciliado a través de la Unión Europea, y limitando tanto sus ambiciones geopolíticas como sus capacidades militares, estrictamente encuadradas por otro lado en una OTAN pilotada por Washington. La contención de su ejército fue también la condición para que los países vencedores aceptaran, tras la caída del muro de Berlín en 1989, la reunificación de la Alemania Occidental (RFA) y la Alemania Oriental (RDA)

La invasión de Ucrania por las tropas rusas en 2022, ordenada por Vladímir Putin, pilló desprevenida a toda Europa, pero particularmente a Alemania, que había confiado hasta entonces en que los vínculos comerciales y económicos con Rusia descartarían la amenaza de un conflicto bélico. La primera oferta de ayuda del entonces canciller, Olaf Scholz, a Kyiv -consistente en el envío de cascos y chalecos antibalas- puede mover hoy a la risa pero explica perfectamente de qué condiciones psicológicas se partía.

Han pasado ya más de cuatro años desde la agresión -sin que Rusia haya logrado imponerse en el campo de batalla- y Europa no solo se ha convertido en el principal sostén de Ucrania sino que ha visto las orejas al lobo y comprendido la necesidad imperiosa de reforzar sus propias capacidades de defensa. Más aún desde que el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca ha puesto en duda la solidaridad de la OTAN.

En este tiempo, Alemania ha experimentado un cambio radical, especialmente tras la elección como canciller del democristiano Friedrich Merz en mayo de 2025. Tras pactar con los socialdemócratas romper el límite constitucional al endeudamiento del Estado en lo concerniente al gasto en defensa, Berlín se ha volcado en el objetivo de aumentar sostenidamente este capítulo para  alcanzar el 3,5% del PIB en el año 2029. Con un presupuesto anual de 83.000 millones de euros (cerca de 100.000 millones de dólares), Alemania es hoy el cuarto país del mundo que más gasta en defensa en términos absolutos, por detrás de Estados Unidos, China y Rusia, y por delante del Reino Unido y Francia, hasta ahora las dos principales potencias militares europeas.

Este salto histórico, el cambio de era (Zeitenwende) del que había hablado Scholz, ha sido oficialmente bienvenido por todos sus socios y aliados. Pero que la principal potencia económica de la UE se convierta también en la primera potencia militar amenaza con alterar de forma sustancial los equilibrios internos en la Unión. Y cuesta imaginar que no vaya a levantar suspicacias en Francia, que hasta ahora ha ostentado esta segunda condición y que -pese a tener la ventaja de contar con una fuerza de disuasión nuclear- no tiene la capacidad económica para igualar a Alemania. “Francia tiene miedo de perder la última cosa que hacía mejor que los alemanes”, comentó al respecto en Le Figaro Paul Maurice, del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI). También puede levantar recelos en el Reino Unido, históricamente preocupado por que ninguna potencia continental se destaque con un poder excesivo.

Todas estas consideraciones pueden parecer extemporáneas, dada la estrecha integración de los países europeos en la UE y la OTAN, pero como apunta la historiadora y politóloga alemana Liana Fix, investigadora del Council on Foreign Relations (CFR), en un artículo en Foreign Affairs significativamente titulado “La nueva hegemonía europea. Los peligros del poder alemán”, todo esto podría cambiar, y adquirir un tono amenazador, si en un futuro el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) pudiera llegar a gobernar o a participar de algún modo en el gobierno federal. No es una hipótesis exagerada: los sondeos le otorgan hoy el primer lugar en intención de voto con un 26%.

“Del mismo modo que Washington ha formulado reivindicaciones antes inconcebibles sobre Canadá y Groenlandia, una Alemania liderada por la AfD podría llegar a reclamar territorio francés o polaco”, advierte Fix, quien como vacuna propone una mayor integración europea: “Berlín necesita fortalecer su ejército. El continente está en peligro y ningún otro gobierno europeo tiene la capacidad fiscal que Alemania puede ofrecer. Pero Berlín debe reconocer los riesgos que acompañan sus fortalezas y limitar el poder alemán integrando su poder defensivo en estructuras militares europeas más profundamente integradas”.

Este es el gran reto que tiene Europa por delante. Y no únicamente por los potenciales riesgos que pudieran partir de su interior -las fuerzas nacionalistas de extrema derecha no solo amenazan en Alemania, también lo hacen en Francia sin ir más lejos-, sino por la previsible pérdida del paraguas defensivo norteamericano. Trump ha amagado más de una vez con abandonar la OTAN y relativizado también de forma reiterada la garantía de defensa mutua inscrita en el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte. En estas circunstancias, lo menos que puede suceder es que EE.UU. vaya diluyendo progresivamente su implicación en la seguridad de Europa. Lo cual implicaría, en cualquiera de los casos, un grave debilitamiento de la fuerza disuasoria de la Alianza.

En la cumbre celebrada este jueves y viernes en Chipre, los dirigentes de los 27 abordaron la necesidad de activar la cláusula de defensa mutua del artículo 42.7 del Tratado de la UE, semejante a la de la OTAN pero menos vinculante, con el fin de hacerla realmente operativa. La iniciativa partió del país anfitrión -que ostenta asimismo la presidencia semestral de la Unión- y no porque sí: Chipre sufrió un ataque colateral -con drones- en el inicio de la guerra de Irán, pero al no formar parte de la OTAN no puede contar con la defensa de la Alianza. La Comisión será ahora la encargada de elaborar una estrategia de respuesta conjunta en caso de ataque contra cualquiera de los países de la Unión.

Pese a ser consciente de los desafíos, la UE va dando solo pequeños pasos, a veces muy tímidamente. Lo máximo que ha hecho hasta ahora ha sido impulsar, habilitando una línea de créditos a bajo interés por 150.000 millones de euros (programa SAFE), la puesta en marcha de proyectos colectivos en materia de defensa de aquí al año 2030, algo que en el mejor de los casos es el embrión de una mayor cooperación pero que por el momento no pasa de ser una medida complementaria. No hay, hoy por hoy, mayor compromiso mutuo. Ni un programa de modernización y adquisición de armamento de alcance verdaderamente europeo y con financiación europea -como se hizo con la covid-, ni el proyecto, ambicioso y difícil, de constituir el núcleo de un futuro ejército europeo con una cadena de mando integrada. Todo eso todavía queda lejos.

 

Saltó el cerrojo húngaro. La derrota electoral del hasta ahora primer ministro húngaro, Viktor Orbán -quien prefirió saltarse la última cumbre europea-, ha desbloqueado finalmente la concesión del crédito de 90.000 millones de euros que la UE había acordado conceder a Ucrania y que Budapest mantenía bloqueado. Los líderes de los 27, reunidos en Chipre, dieron la luz verde definitiva al préstamo -de vital importancia para Kyiv para poder mantener la resistencia frente a la agresión rusa y la propia supervivencia del Estado-, así como al 20º paquete de sanciones contra Moscú, también paralizado por la resistencia húngara.

El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, viajó personalmente a Chipre para celebrar y agradecer la aprobación de la ayuda, y lo hizo con un presente bajo el brazo: la reparación del oleoducto Druzhba, que canaliza petróleo ruso hacia Hungría y Eslovaquia, dañado por los combates. Viktor Orbán había supeditado el levantamiento de su veto a la ayuda a Kyiv a la reparación del oleoducto, que ahora finalmente está ya operativo. Zelenski aprovechó la ocasión para presionar por una aceleración de las negociaciones de adhesión de su país a la UE, que querría ver culminar en 2027. Superado también el bloqueo húngaro en este asunto, el proceso podrá retomarse ahora, pero no hay unanimidad sobre la oportunidad de acortar los plazos y conceder a Ucrania una vía exprés para su ingreso en el club.

Si la caída de Orbán ha eliminado a un socio perturbador -y peligrosamente amigo de Moscú-, la victoria en Bulgaria del populista de izquierda Rumen Rádev puede abrir un nuevo frente en este terreno. Prorruso y euroescéptico, el futuro primer ministro ha manifestado, sin embargo, su disposición a llevar a cabo una política exterior “pragmática”, lo que incluye una conllevancia razonable con Bruselas y sus socios.

 

Trump purga su pecado original


Visión periférica
 

Empujado por Israel, Trump se lanzó a la guerra contra Irán y ahora intenta salir como sea del lodazal en que se ha metido. El presidente de EE.UU. está pagando la ruptura unilateral  del acuerdo nuclear firmado en 2015 con Teherán.

 

El 11 de febrero Donald Trump cerró definitivamente la trampa sobre sí mismo. Ese día recibió en la Casa Blanca al primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu, y se dejó convencer de que era el momento propicio para atacar a Irán y forzar la caída del régimen de los ayatolás. El presidente de Estados Unidos, cuyo ego desbordaba a raíz de la exitosa operación militar en Venezuela contra Nicolás Maduro, se dejó tentar por la idea de una nueva hazaña bélica y desoyó las reticencias expresadas por buena parte de los suyos. La trampa, sin embargo, había empezado a tenderse mucho antes, en 2018, cuando en su primer mandato Trump –empujado por el mismo Netanyahu– rompió el acuerdo nuclear de 2015 con Teherán. “La mejor victoria es vencer sin combatir”, escribió en el siglo V a.C. el estratega chino Sun Tzu en su célebre El arte de la guerra. EE.UU. se privó de esta posibilidad hace ocho años.

El diario The New York Times ha desvelado algunos detalles del encuentro del 11 de febrero y de los debates que en los días siguientes mantuvo Trump con sus más estrechos colaboradores: el director de la CIA, John Ratcliffe, y el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Dan Caine, pusieron en duda la viabilidad de los planes presentados por Israel, así como el secretario de Estado, Marco Rubio, y el vicepresidente, J.D. Vance., el más contrario a la guerra. Solo el secretario de Defensa (oportunamente rebautizado ‘de Guerra’), Pete Hegseth, estaba a favor.

Pero todas las reservas de unos y de otros fueron desoídas por Trump, totalmente alineado con Netanyahu. El resultado es conocido: el 28 de febrero EE.UU. e Israel lanzaron una campaña de bombardeos masivos contra Irán que no ha alcanzado –pese a la propaganda en sentido contrario– ninguno de sus objetivos (salvo el de asesinar al líder Supremo, Ali Jamenei, y gran parte de la cúpula iraní)

“El presidente Donald J. Trump estableció unos objetivos claros en la operación Furia Épica y, en tan solo 38 días, la mayor fuerza de combate que el mundo haya conocido jamás ha cumplido dichos objetivos con una fuerza abrumadora y una precisión letal. Irán ha aceptado ahora un alto el fuego y la reapertura del estrecho de Ormuz mientras la Administración Trump negocia un acuerdo de paz más amplio, lo que demuestra una vez más el éxito de la política de ‘paz por medio de la fuerza”. El día 8 la Casa Blanca celebró  de este modo, con un triunfalismo totalmente desplazado, la precaria y frágil tregua alcanzada con Teherán.

El comunicado se inscribe plenamente en lo que una de las consejeras de Trump en su primer mandato, Kellyanne Conway, bautizó en su día como “hechos alternativos”. Porque la realidad es que, siete semanas después de empezadas las hostilidades, Irán está debilitado pero no ha sido vencido, el régimen islamista sigue en pie –ahora en manos de los sectores más radicales, encabezados por la Guardia Revolucionaria–, el uranio enriquecido con el que Teherán podría algún día retomar su programa para fabricar la bomba atómica –más de 400 kilos– sigue en paradero desconocido y las consecuencias del bloqueo del estrecho de Ormuz –que parece acabado, por el momento– están perjudicando ya a la economía mundial, incluida la de EE.UU. (con la inflación descontrolada a siete meses de las cruciales elecciones mid-term)

La destrucción total de la capacidad militar iraní también está lejos de haberse producido: según fuentes de los servicios de inteligencia estadounidenses citados por la cadena CNN, Irán aún dispondría de la mitad de sus lanzadores de misiles, así como de miles de drones: “Siguen estando en gran medida en posición de causar un caos absoluto en toda la región”.

La medida de las dificultades de Trump la da el hecho de que la navegación por el estrecho de Ormuz –a través del que se canaliza una quinta parte de las exportaciones mundiales de petróleo y gas– sigue controlada por Irán, que hasta el viernes no decidió reabrirla, bajo sus condiciones y siempre que el alto el fuego temporal pactado entre Israel y Líbano se respete.

El presidente norteamericano está  purgando ahora el pecado original de haber roto en mayo del 2018 el acuerdo nuclear con Irán firmado tres años antes por EE.UU. –siendo Barack Obama presidente–, el Reino Unido, Alemania, Francia, la UE, China y Rusia, por el cual Teherán aceptó el control internacional de su programa nuclear. También entonces Trump se dejó llevar por Netanyahu, quien –contradiciendo los informes del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), según el cual Irán cumplía lo pactado– aseguró tener pruebas de que el régimen mantenía un programa nuclear secreto. Una semana después, Trump rompió unilateralmente el acuerdo, calificándolo de “horrible” y despreciándolo como “el peor acuerdo de la Historia”.

En un artículo en Foreign Affairs, la ex Alta representante para la Política Exterior de la UE Federica Mogherini, quien participó en las negociaciones del acuerdo de 2015, subrayaba que la única salida a la crisis –hoy como ayer– vuelve a ser el diálogo. “La búsqueda de la vía diplomática con Irán nunca fue un favor a Teherán –recordaba–. Fue un acto de interés propio por parte de actores internacionales que querían evitar la alternativa. Su razonamiento se ha visto justificado por esta terrible guerra”. Y apuntaba que ahora, para conseguir un acuerdo, EE.UU. deberá abandonar la mera coerción y ofrecer también “incentivos” a la otra parte, además de fijar mecanismos que garanticen que el pacto perdurará por encima de los cambios políticos en Washington.

Vistas las limitaciones de la opción bélica, Trump se ve ahora confrontado al reto  de tratar de arreglar lo que rompió en 2018 y buscar un nuevo acuerdo. No será más fácil que entonces. Y está por ver que el resultado sea mejor que hace ocho años.

Orbán, el último jefe ‘apache’


Newsletter Europa
 

La derrota electoral del líder húngaro deja huérfanas a las huestes de la extrema derecha europea


En la imaginería del western hollywoodiense hay una escena que se repite con cierta frecuencia. Acosados por un número de guerreros indios netamente superior, los protagonistas -generalmente, colonos en sus caravanas- consiguen zafarse matando al jefe de los asaltantes. Caído el caudillo apache (o sioux, o comanche), el ataque cesa y los guerreros se van por donde habían venido. La derrota electoral del hasta ahora primer ministro húngaro, el ultranacionalista Viktor Orbán -apeado del gobierno el domingo pasado tras 16 años ininterrumpidos en el poder-, parece haber tenido un efecto similar sobre las huestes europeas de la extrema derecha. Al menos, en su ánimo y en la percepción de la opinión pública. Ya no parece que se vayan a comer el mundo.

Ultraconservador y antieuropeísta feroz, impulsor de un régimen personalista de corte autoritario -la “democracia iliberal”, una democracia devaluada que mantiene elecciones libres pero cercena la división de poderes y el Estado de derecho, y limita la libertad de prensa y los derechos civiles-, Orbán se había convertido en el líder incontestable de la extrema derecha europea más combativa. Su grupo en el Parlamento Europeo, Patriots, donde están integrados entre otros el Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen – el numéricamente más importante, por delante del húngaro- y el Vox de Santiago Abascal, se elevó en 2024 al rango de tercera fuerza de la Cámara, tras los populares y los socialdemócratas, y ha adquirido en esta legislatura un peso creciente.

Ahora, los guerreros ultras se han quedado sin caudillo. El papel de Orbán como jefe de la tribu solo podía serle disputado, sobre el papel, por la primera ministra italiana, Giorgia Meloni. Sin embargo, a este lado de los Alpes, la líder del posfascista Hermanos de Italia optó hace tiempo por alinearse con el mainstream europeo, sobre todo en política exterior y económica, y desde su propio grupo, los Conservadores y Reformistas Europeos (CRE), ha propiciado una aproximación hacia el centroderecha y cerrado acuerdos con el PPE de Manfred Weber. No queda nadie más en la galaxia ultra con responsabilidades de gobierno -el más destacado es el primer ministro eslovaco, Robert Fico, lugarteniente de Orbán hasta ahora en la UE- que tenga la fuerza de arrastre suficiente.

Descabezados, los principales dirigentes ultras europeos se concentrarán hoy en la plaza del Duomo de Milán para reivindicar mano dura contra la inmigración y promover la deportación de los inmigrantes extranjeros en Europa (lo que eufemísticamente llaman “remigración”). Ahí estarán el italiano Matteo Salvini, el francés Jordan Bardella, el neerlandés Geert Wilders y -virtualmente- el español Santiago Abascal. Pero no se espera a Viktor Orbán, lo que no hará sino aumentar el sentimiento de orfandad

El cambio político en Hungría tiene muchas implicaciones y derivadas. Es enormemente trascendente, de entrada, para el propio país, donde Orbán y su partido, Fidesz -con una supermayoría en el Parlamento- han erosionado gravemente el sistema democrático (lo que le ha valido importantes sanciones europeas) La aplastante victoria del conservador Péter Magyar -un disidente de Fidesz que ha logrado reunir todo el voto de oposición-, representa la oportunidad de poner freno a esta deriva. Magyar, próximo ideológicamente en muchos otros aspectos a Orbán, se propone como prioridad restaurar el Estado de derecho, poner fin a la corrupción rampante -que implica a Orbán, sus familiares y amigos- y volver a anclar a su país en Europa.

La UE ha reaccionado con indisimulada satisfacción, pero también con cautela. Esperar y ver, parece ser la consigna. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha precisado que Bruselas aguardará a que el nuevo Gobierno húngaro implemente reformas concretas antes de desbloquear los fondos europeos congelados a Budapest -cerca de 35.000 millones de euros- por diversos motivos, fundamentalmente la vulneración del Estado de derecho y la corrupción asociada a la gestión de las ayudas comunitarias. También confía en que Hungría deje de ser el socio problemático de la Unión.

Orbán se había convertido en el principal factor de distorsión política en el seno de la UE y los 27 esperan ahora que el cambio normalice la situación, particularmente en lo que atañe al apoyo a Ucrania frente a la agresión de Rusia, que ha entrado ya en el quinto año de guerra. Amigo del presidente ruso, Vladímir Putin, y sensible a los intereses de Moscú -a quien, según se ha sabido recientemente, pasaba información confidencial sobre las interioridades del Consejo Europeo-, el hasta ahora premier húngaro se había dedicado a obstaculizar o retrasar sistemáticamente la adopción de medidas sancionadoras contra Rusia y liberar la ayuda a Ucrania.

Su última acción -y la que más ha irritado a sus socios- fue el veto a la concesión de un préstamo de 90.000 millones de euros a Kyiv, pese a que inicialmente le había dado su acuerdo en la cumbre de diciembre. La tensión había llegado a tal nivel que Orbán ha preferido ausentarse de la próxima cumbre en Chipre para evitar tener que despedirse de sus colegas. Ahora tocará a Magyar demostrar que las cosas han cambiado.

La caída de Orbán ha sido una mala noticia, como es lógico, para Vladímir Putin, que pierde un aliado en el seno mismo de la UE. Pero también lo es, y si cabe todavía más, para el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, empeñado en una ofensiva política de Estado para favorecer a los grupos nacionalistas y de extrema derecha en Europa. El líder húngaro no ha sido para Trump solamente un aliado, ha sido también un referente y su principal apuesta en su objetivo de difundir en el continente su agenda ultraconservadora y debilitar a la UE. No en vano, envió personalmente a su vicepresidente, J.D. Vance, y al secretario de Estado, Marco Rubio, a apoyarle en su campaña electoral. La derrota de Orbán es también la suya.

Trump ni siquiera podrá compensarla con la amistad de Giorgia Meloni, que tras su derrota en el referéndum sobre la reforma de la Justicia ha decidido cortar amarras con su amigo americano, consciente de que en Europa -donde el rechazo a la guerra de Irán es aplastante- la proximidad con el presidente de EE.UU. se ha convertido en un lastre político. La primera ministra italiana, quien ya discretamente se había distanciado de Washington al evitar comprometerse en la guerra -e incluso desautorizar el uso de las bases italianas para los bombardeos sobre Irán-, ha roto definitivamente esta semana al criticar abiertamente a Trump por sus ataques al Papa -que calificó en un comunicado de “inaceptables”- y suspender la renovación del acuerdo de defensa con Israel. Indignado, Trump certificó el fin de su amistad. “Ya no es la misma persona, e Italia no será el mismo país”, dijo. Y añadió: “Pensaba que tenía coraje, me equivoqué”.

El choque propició en Roma una especie de union sacrée y la líder de la oposición italiana, Elly Schlein -líder del Partido Democrático (PD)-, salió en defensa de la primera ministra. Schlein, por cierto, que participa este fin de semana en la cumbre de fuerzas progresistas en Barcelona, está entre quienes creen que la derrota de Orbán en Hungría es el signo de un cambio de tendencia en Europa. En una entrevista con La Vanguardia, declaró que “la era de las derechas nacionalistas en Europa ha acabado”.

Es cierto que en los últimos meses se han producido más señales en este sentido. La serie, estirando un poco, podría remontarse a diciembre de 2023, cuando el hoy primer ministro de Polonia, el liberal-conservador Donald Tusk, al frente de una amplia coalición de oposición, descabalgó del poder al nacional-populismo del partido Ley y Justicia (aunque no consiguió rematar la faena en las presidenciales de mayo de 2025). Más recientemente vendrían el inesperado éxito del liberal Rob Jetten en los Países Bajos -arrebatando el primer puesto a la ultraderecha- en octubre de 2005, y en este pasado mes de marzo la victoria del también liberal Robert Golob en Eslovenia -frente a un candidato declaradamente trumpista- y la reelección de la socialdemócrata Mette Frederiksen en Dinamarca -con un panorama electoral escorado más a la izquierda-. A lo que se añade la derrota de Meloni en su referéndum.

No todo es tan claro y lineal, sin embargo. En Bulgaria, por ejemplo, este domingo tiene todos los visos de ganar las elecciones legislativas -según los sondeos- el expresidente Rumen Radev, que no es de extrema derecha sino de centroizquierda, pero que ha expresado posiciones favorables a Rusia en el conflicto con Ucrania y puesto en tela de juicio la dirección hacia la que se encamina Europa.

La prueba de fuego definitiva, en todo caso, se producirá en 2027. El año que viene hay citas cruciales con las urnas en Francia, España, Italia y Polonia, los cuatro mayores países de la UE -por población y economía- después de Alemania. Según el resultado que arrojen, el aparente frenazo que han sufrido últimamente las fuerzas nacionalistas y de ultraderecha en Europa podría verse consolidado o, por el contrario, revelarse como un bache circunstancial. El desenlace está lejos de haberse escrito.

La primera cita, en mayo, será fundamental. Después de mucho esperar, la líder del Reagrupamiento Nacional (RN) francés, Marine Le Pen -o en su defecto, si se confirma su inhabilitación, su delfín, Jordan Bardella-, podría acariciar la victoria en las elecciones presidenciales. El RN se ha colocado desde hace tiempo cómodamente como primera fuerza política en Francia, pero la particularidad del sistema electoral francés -a dos vueltas- podría cerrarle una vez más la puerta del Elíseo a poco que enfrente tenga una personalidad suficientemente consensual (lo que por ahora no se vislumbra). Las elecciones legislativas subsiguientes -también a dos vueltas y por el sistema mayoritario- podrían volver a alumbrar un Parlamento fragmentado sin mayorías solidas.

En España, los sondeos indican que ganarán los conservadores del PP, pero que Alberto Núñez Feijóo solo podrá gobernar con el apoyo de la extrema derecha, algo a lo que -a diferencia de lo que sucede en otros países, como Alemania- no le hacen ningún asco. En Italia, los fratelli de Meloni siguen en cabeza de las intenciones de voto -y unas elecciones no son un referéndum-, todo lo contrario que en Polonia, donde los ultras de Ley y Justicia de Jaroslaw Kaczynski -que en los últimos comicios perdieron el gobierno pese a haber sido los más votados- están hoy claramente en segundo lugar, por detrás de la Coalición Cívica de Tusk.

Los movimientos políticos que se produzcan en estos últimos tres países tendrán importantes consecuencias para el devenir de Europa. Pero el epicentro estará en París. Si Francia elige a un presidente de extrema derecha, provocará un seísmo colosal y pondrá a la Unión Europea completamente patas arriba.


domingo, 12 de abril de 2026

Cuidado con Narva, la ciudad rusa de la UE

Newsletter Europa

La frontera oriental de Estonia podría ser escenario de una acción provocadora de Moscú aprovechando la crisis de la OTAN


Retengan este nombre: Narva. Es uno de los puntos débiles de la extensa zona de fricción entre la Unión Europea y Rusia. Si algún día se produce un incidente militar, una provocación rusa para testar la respuesta de la OTAN, podría ser aquí, en esta ciudad del extremo nororiental de Estonia, a orillas del Báltico, poblada fundamentalmente por rusos. Mientras el mundo entero mira hacia el Golfo Pérsico, en este punto fronterizo entre Europa y Rusia -al otro lado del río Narva se encuentra la ciudad rusa de Ivángorod- empieza a percibirse una inquietante agitación.

Como todas las ciudades fronterizas, Narva -centro industrial venido a menos donde, pese a todo, se genera la mayor parte de la energía que consume el país- ha pasado históricamente de mano en mano. Fue dominio danés y sueco antes de pasar al Imperio Ruso y, después, a la Unión Soviética, donde permaneció hasta la independencia de Estonia en 1991. Los movimientos demográficos tras la Segunda Guerra Mundial hicieron que hoy Narva sea una ciudad mayoritariamente rusa -el 85% de la población- y que un tercio de sus habitantes conserven la nacionalidad rusa.

La relación entre la nueva Estonia europea y su importante minoría rusa -una cuarta parte de la población total del país- no es fácil y está envenenada por la desconfianza mutua. La política llevada a cabo por el Gobierno estonio, temeroso de las injerencias de Moscú, tampoco ha ayudado a lo contrario: prohibición del voto a los rusos y a los apátridas -ciudadanos mayoritariamente de origen ruso pero sin nacionalidad reconocida, a quienes se identifica con un pasaporte gris-, implantación progresiva del estonio como única lengua en la enseñanza… La población rusa en Estonia vive todas estas medidas como agravios, lo que otorga al Kremlin un caldo de cultivo ideal para la agitación.

La aparición, el pasado mes de febrero, de una campaña en las redes sociales anunciando la creación de una supuesta República Popular de Narva -que englobaría a la ciudad y todo el condado de Ida-Viru- ha creado cierta inquietud, por más que el gobierno de Tallin le haya querido restar importancia presentándolo como una muestra más de la guerra híbrida de Moscú contra los países de la Unión Europea. No es menos cierto, sin embargo, que movimientos preliminares parecidos se produjeron en su día en las regiones rusófonas del este de Ucrania, Donetsk y Luhansk, antes de que -con el apoyo militar externo de Moscú- se proclamaran repúblicas independientes en 2014 y de que, a partir de la invasión de Ucrania en 2022 por las tropas rusas, Rusia se las anexionara formalmente. Un acto no reconocido internacionalmente y que, por sí mismo, no les ha entregado el control efectivo de la totalidad del territorio (por el que siguen combatiendo desde hace cuatro años)

La campaña, de la que se han hecho eco los medios de comunicación estonios, fue detectada y denunciada públicamente por un blog independiente, Propastop, que rastrea internet en busca de maniobras de intoxicación y desinformación. Las publicaciones recopiladas por Propastop, vehiculadas a través de una cuenta de Telegram y redifundidas por TikTok y VKontakte (una especie de Facebook ruso), promueven un discurso separatista y despliegan nuevos símbolos identitarios: bandera propia, con los colores verde, negro y blanco; un escudo de armas con un águila negra, e incluso distintivos militares de unas supuestas fuerzas armadas de la República Popular de Narva.

La tensión alrededor de esta zona se ha incrementado con la ofensiva ucraniana, mediante bombardeos de drones, lanzada contra los puertos rusos en el Báltico –Primorsk y Ust-Luga– con el objetivo de obstaculizar las exportaciones de petróleo ruso, principal fuente de financiación de Moscú. Un dron extraviado se estrelló accidentalmente el pasado 25 de marzo en la central eléctrica estonia de Auvere, en las cercanías de Narva, sin causar heridos. Y este lunes, la portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, amenazó a los estados bálticos con “represalias” si seguían permitiendo el paso de los drones ucranianos por su espacio aéreo, lo que obligó a Tallin a pedir a Kyiv que busque rutas alternativas para sus ataques sin sobrevolar Estonia.

Rusia tiene suficientes dificultades en Ucrania -tras más de cuatro años de guerra y un terrible número de bajas, no ha logrado alcanzar sus objetivos y sus avances son muy limitados- como para pensar que pudiera lanzar un ataque en toda regla contra la UE, que es lo mismo que decir contra la OTAN. Pero no ceja en su guerra soterrada contra Europa, como demuestra la reciente operación de sabotaje intentada por tres submarinos rusos en el Atlántico Norte desbaratada por británicos y noruegos.

Los analistas occidentales llevan tiempo alertando de la posibilidad de que Moscú, aprovechando la crisis interna de la Alianza Atlántica precipitada por el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, pudiera realizar alguna acción ofensiva limitada para testar la respuesta de la OTAN. Podría ser una incursión en Narva. O en el llamado corredor de Suwalki, la franja fronteriza entre Lituania y Polonia que constituye el único acceso terrestre de Rusia -desde Bielorrusia, país aliado suyo, y atravesando territorio europeo- al enclave de Kaliningrado, donde está la base de la flota rusa del mar Báltico.

El rechazo europeo a intervenir en la guerra ha crispado al presidente de EE.UU., que ha amenazado varias veces -la última, esta misma semana- con abandonar la Alianza. “Nunca me convenció la OTAN. Siempre supe que era un tigre de papel, y [Vladímir] Putin también lo sabe, por cierto”, escribió en uno de sus múltiples y airados mensajes. Quizá el presidente ruso pueda estar tentado de probar hasta qué punto es así, con el objetivo de forzar la ruptura definitiva -por disolución- de la alianza occidental.

El amigo de Moscú. “En cualquier asunto en el que pueda ser de ayuda, estoy a su servicio”. Con estas palabras se habría expresado el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, en una conversación con el presidente ruso, Vladímir Putin, en octubre de 2025 a propósito de la posible organización en Budapest de una cumbre sobre Ucrania. La transcripción de la conversación, difundida por la agencia Bloomberg, viene a añadirse a otras informaciones inquietantes sobre la complicidad entre Budapest y Moscú, como el hecho de que el ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, le pasara a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, información sobre los debates en el Consejo Europeo. Todo ello, junto a la obstaculización sistemática de las medidas europeas de apoyo a Kyiv, ha afianzado la idea de que Orbán es un auténtico caballo de Troya dentro de la UE.

Todo esto podría cambiar -o no- en las cruciales elecciones legislativas que se celebran mañana domingo en Hungría, en las que por primera vez en 16 años Orbán podría perder el poder. Todos los sondeos, efectivamente, otorgan una amplia ventaja a su rival, el opositor Péter Magyar, pero algunos analistas advierten que el resultado final puede ser más ajustado de lo previsto. La UE sueña con la derrota de Orbán, mientras Vladímir Putin y Donald Trump -que envió al vicepresidente J.D.Vance en su apoyo-, tienen todas sus esperanzas puestas en su reelección. ¡Curiosa confluencia! La derrota del premier húngaro no sólo sería una mala noticia para Rusia. También representaría un golpe para la revolución ultraconservadora y autoritaria que hoy, contra toda lógica histórica, auspicia EE.UU. en el continente.

Cisjordania, la guerra sin nombre

'Visión periférica'

Ocultada por las bombas que caen hoy sobre Irán y Líbano, Israel libra otra guerra –soterrada, silenciosa– contra los palestinos de la Cisjordania ocupada, hostigados, expulsados y asesinados por los militares y los colonos.

El 15 de marzo pasado la familia Bani Odeh, residente en la población palestina de Tammun, en Cisjordania, tuvo la infortunada ocurrencia de celebrar el fin del ayuno del Ramadán llevando a los niños a comer dulces a un pueblo cercano. Cuando regresaban, su coche fue acribillado por una patrulla de la policía israelí, que  dijo sentirse amenazada por la velocidad del vehículo. A consecuencia de los disparos, murieron el matrimonio y los dos hijos menores, de 7 y 5 años. Solo sobrevivieron los dos mayores, de 12 y 9, sentados en la parte de atrás.

La tragedia de los Bani Odeh podría parecer un fatal accidente, un dramático error, si no fuera porque la práctica de disparar primero y preguntar después se ha convertido en un hábito de  las fuerzas de seguridad de Israel en los territorios ocupados. En los últimos dos años, desde octubre de 2023, cuando la organización terrorista islamista Hamas lanzó su ataque contra el Estado judío desde Gaza, y noviembre de 2025, la ONU ha registrado el asesinato de más de 1.000 palestinos –entre ellos, 213 niños– en Cisjordania. Así como el desplazamiento forzado e ilegal de 36.000 personas, en lo que el Alto Comisionado para los Derechos Humanos ve un claro indicio de “limpieza étnica”.

La mayoría de las muertes fueron perpetradas por el ejército y las fuerzas de seguridad israelíes, pero un número creciente de los asesinatos fueron –y siguen siendo– obra de grupos de colonos extremistas que se dedican a hostigar violentamente a los palestinos para expulsarlos de sus casas y sus tierras, y crear nuevos asentamientos judíos ilegales.

La actividad de estos grupos, tolerados y armados –cuando no alentados– por el Gobierno de extrema derecha israelí, ha sido calificada por el  diario de oposición Haaretz de “terrorismo judío” y la compara con la violencia del Ku Klux Klan en los estados del sur de Estados Unidos contra la población negra en la época de la segregación y la lucha por los derechos civiles: “Estos incidentes ocurren casi a diario y forman parte de un plan coordinado de mayor envergadura. Estos actos de violencia tienen como objetivo sembrar el terror entre los palestinos, reducir su espacio vital y expulsarlos por la fuerza de sus tierras, en las que se establecerán nuevas granjas judías y maajazim [puestos avanzados de asentamientos irregulares]”.

El Gobierno israelí resta importancia al fenómeno –reduciéndolo a la acción de  pequeños grupos de incontrolados–, condena con la boca pequeña los ataques y no hace nada para frenarlos. De hecho, los colonos fanáticos cuentan con el apoyo del ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich (del Partido Sionista Religioso, de extrema derecha), quien tiene un papel clave en la administración de Cisjordania –las antiguas Judea y Samaria, como las llaman los sionistas–, de la que promueve su anexión definitiva y donde alienta la creación de nuevos asentamientos en vulneración de la legislación internacional.

La violencia de los colonos contra los palestinos forma parte de esta estrategia de acoso. Desde el ataque de Hamas de octubre de 2023, el Gobierno israelí, a iniciativa del ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir –otro ultraderechista, líder del partido Poder Judío–, ha distribuido 157.000 licencias de armas y más de 120.000 armas entre los colonos judíos en Cisjordania, ha flexibilizado las restricciones para su posesión y ha formado 527 milicias o “escuadrones de seguridad”.

“El gobierno del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu —el más extremista de la historia del país— está impulsando un nuevo orden radical diseñado para consolidar la supremacía israelí en Cisjordania. La expansión de los asentamientos, la escalada de violencia de los colonos y las operaciones militares israelíes cada vez más agresivas están transformando su geografía y demografía. El objetivo es destruir cualquier posibilidad restante de autodeterminación palestina”, sostienen Hugh Lovatt y Tahani Mustafa, del European Council on Foreign Relations. Se trata de boicotear la solución de dos estados.

Cerca de un centenar de antiguos embajadores y diplomáticos israelíes hicieron pública recientemente una carta en la que instaban al Gobierno a poner fin a la “violencia intolerable” contra los palestinos en Cisjordania y a castigar a “los autores de estos actos atroces”. Lejos de eso, el Ejecutivo ha conseguido aprobar en el Parlamento –para satisfacción de Ben-Gvir, que brindaba con gran regocijo– una controvertida ley que instaura la pena de muerte en la horca exclusivamente para los palestinos condenados por atentados terroristas mortales. La ley se refiere a actos terroristas que pretendan “negar la existencia del Estado de Israel”, así que los terroristas judíos están exentos.

La de Cisjordania es una guerra no declarada, una guerra silenciosa y  oculta –al igual que la de Gaza– por la tremenda onda expansiva de las bombas que caen hoy sobre Irán y Líbano. En la Franja las muertes de palestinos a manos de las fuerzas israelíes también son constantes: al menos 500 desde el alto el fuego acordado el pasado mes de octubre, que se añaden a las más de 70.000 víctimas mortales –cifra confirmada por el propio ejército israelí– causadas por la ofensiva militar ordenada por Netanyahu como represalia por el ataque de Hamas. El ejército hebreo, que desplegó un perímetro de seguridad marcado por una ‘línea amarilla’, mantiene hoy ocupado algo más de la mitad del enclave. El resto lo controla Hamas.

Embarcado en más guerras de las que  puede abarcar –el jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, ha advertido del riesgo de “implosión” del ejército por falta de efectivos–, Israel cree posible desterrar definitivamente todas las amenazas internas y externas por las armas, mientras trata de consolidar sus sueños de expansión bíblicos a costa de los palestinos. Pero la guerra no le traerá la paz. Y la victoria –si se produce– no será más que una cáscara vacía.


Las dos guerras del oro negro

Newsletter 'Europa'

El petróleo se coloca en el centro de los conflictos de Irán y de Ucrania, cada vez más entremezclados

El 11 de diciembre de 1972, el astronauta norteamericano Eugene Cernan, comandante de la misión Apollo 17 de la NASA, se convirtió en el último hombre en pisar la Luna. En octubre de 1973, diez meses después de aquella última misión tripulada a nuestro satélite, estalló la crisis del petróleo y el mundo se sumió en una profunda recesión que se prolongaría hasta bien avanzada la década. De un día para el otro, los años de expansión económica y prosperidad posteriores a la Segunda Guerra Mundial se esfumaron.

En esta primavera de 2026, la atmósfera tiene un aire a los años 70 del siglo pasado. La NASA vuelve a enviar a astronautas a la Luna -en la misión Artemis 2, aunque en esta ocasión se limitarán a orbitarla- mientras la enésima guerra en Oriente Medio vuelve a estrangular el suministro de petróleo -y de gas licuado-, disparando los precios y amenazando con poner al mundo de nuevo patas arriba.

En 1973, los países árabes impusieron un embargo de la venta de petróleo a los países aliados de Israel que le ayudaron en la guerra del Yom Kipur contra una coalición árabe liderada por Egipto y Siria. Era un embargo político y parcial, pero pronto el encarecimiento del petróleo alcanzó a todo el mundo. Hubo penuria de carburante y los precios se dispararon en cascada. En algunos países se aplicaron restricciones en las gasolineras y todos se vieron forzados a adoptar medidas de ahorro de energía. “Aunque usted pueda pagarlo, España no puede”, rezaba una célebre campaña del Gobierno, que redujo el límite de velocidad por autopista a 100 km/h…. La crisis abrió un grave periodo de estanflación: estancamiento económico, desempleo y alta inflación.

Hoy, algo más de medio siglo después, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán amenaza con parecidas consecuencias. La respuesta del régimen de Teherán a la agresión, bloqueando selectivamente el estrecho de Ormuz, ha estrangulado una vía por la que transita una quinta parte del petróleo y del gas licuado que se comercializa en el mundo, desplomando las exportaciones -al menos en un 70%- y frenando la producción de los países árabes ribereños. Si por Ormuz pasaban antes una media de 150 petroleros diarios, ahora apenas atraviesan entre 10 y 20, según el capricho de Teherán y pagando un peaje. Solo Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos pueden derivar parte de su producción por oleoductos hacia el Mar Rojo y el golfo de Omán, respectivamente, mientras que Bahréin, Irak, Kuwait y Qatar están atrapados.

Europa no obtiene de esta región lo esencial de sus necesidades energéticas -la mayor parte del petróleo lo compra a EE.UU. y Noruega, así como el gas, además de a Argelia-, pero las tensiones del mercado han hecho ya que el precio del crudo se dispare por encima de los 100 dólares el barril y que el del gas se haya incrementado más del 70%. Europa gastó en marzo 14.000 millones de euros de más en la importación de combustibles fósiles. Y este encarecimiento ha empezado a repercutir en los precios: la inflación subió al 2,5% el mes pasado en la zona euro.

Con todo el mundo compitiendo por una cantidad de petróleo menor, el riesgo no es únicamente que suban los precios, sino que haya escasez. El director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), Fatih Birol, ha advertido que la situación, si se prolonga, podría representar “la mayor amenaza para la seguridad energética mundial de toda la historia”. Este mes de abril llegarán a Europa los últimos petroleros que pudieron salir por Ormuz. A partir de ahí, las cosas no pueden sino complicarse.

La Comisión Europea ha aconsejado esta semana a los países miembros -algunos de los cuales, como España, ya han tomado medidas fiscales para rebajar el impacto del alza de precios sobre el consumidor- que empiecen a pensar también en medidas de ahorro energético. En una carta dirigida a los 27, el comisario de Energía y Vivienda, Dan Jørgensen, propone medidas como bajar en 10 km/h el límite de velocidad en las autopistas, impulsar el uso del transporte público, promover el teletrabajo tres días a la semana o reducir los viajes en avión. Alemania ya se plantea poner un límite de velocidad en las autopistas -ahora no hay ninguno- y Eslovenia es el primero en haber empezado a aplicar racionamiento de carburante (un límite de 50 litros al día para los particulares)

Estados Unidos no está hoy en la misma situación que en 1973. Ya no depende para nada del petróleo de Oriente Medio y se ha convertido -gracias a la técnica del fracking- en el primer exportador mundial. El presidente Donald Trump, en su proverbial logorrea, se jactaba no hace muchos días de la enorme cantidad de dinero que iban a ganar las compañías petroleras y gasísticas norteamericanas. Sin embargo, los ciudadanos de a pie están ya empezando a pagarlo: el precio de la gasolina en EE.UU. ha superado los 4 dólares por galón (equivalente a 3,8 litros), una cifra que no se veía desde el 2022. A siete meses de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato (mid-term), en las que los republicanos se juegan la mayoría en las cámaras, el panorama es preocupante para Trump. ¿No fue la inflación la que derrotó a Joe Biden?

De ahí que el nerviosismo del presidente de EE.UU. haya ido en aumento conforme la guerra se ha ido prolongando -hoy cumple cinco semanas- sin haber logrado quebrar la resistencia del régimen iraní, que mantiene a la economía mundial en un puño. Esta semana, Trump ha vuelto a cargar contra sus aliados europeos por desentenderse de la guerra y no asumir el riesgo de una intervención militar para desbloquear el estrecho de Ormuz. “Tengo una sugerencia para vosotros -escribió-: Número 1, compradlo [el petróleo] a EE.UU., tenemos de sobra; y Número 2, armaos de ese valor que os falta, id al estrecho y simplemente tomadlo”. Y, como seguían sin hacerle caso, amenazó de nuevo con abandonar la OTAN: “Nunca me convenció la OTAN. Siempre supe que era un tigre de papel, y Putin también lo sabe, por cierto”, añadió hurgando en la herida de Ucrania.

Europa, sin embargo, parece haberse acostumbrado ya a las bravatas de su díscolo aliado y no se deja arredrar. Un grupo de 40 países reunidos en el Reino Unido el jueves se mostraron dispuestos a multiplicar las gestiones diplomáticas para lograr la reapertura del estrecho de Ormuz y también a desplegar medios militares para garantizar el libre tránsito, pero -¡ojo!- siempre después de un alto el fuego. El presidente francés, Emmanuel Macron, consideró que "no es realista" pretender tomar el estrecho por la fuerza, además de acusar a Trump de falta de seriedad.

Si al principio de la crisis, España fue el único país que se destacó en contra de la guerra -prohibiendo el uso de sus bases y cerrando el espacio aéreo a EE.UU.-, poco a poco se le han ido sumando todos los demás. Austria, Italia y Francia han impuesto también restricciones a las operaciones militares norteamericanas en su suelo o su espacio aéreo. “Debo ser franco con Washington y Tel Aviv: la solidaridad de Alemania no es ciega. Tras un mes de operaciones militares, ni EE.UU. ni Israel han presentado una estrategia coherente para el día después (…) Alemania no enviará tropas a un conflicto que carezca de un plan de salida claro”, declaró con una contundencia inhabitual el fin de semana pasado el canciller Friedrich Merz. Y el británico Keir Starmer respondió el miércoles a las amenazas de Trump con igual claridad: “No es nuestra guerra y no vamos a dejarnos arrastrar a ella”.

La guerra de Europa es otra, la de Ucrania frente a la agresión de Rusia. Pero ambas han empezado a confluir. El alza de los precios del petróleo está teniendo como directo beneficiario a Moscú, al que además -para tratar de combatir la carestía del crudo- Washington ha levantado parcialmente las sanciones que pesaban sobre sus exportaciones. La venta exterior de combustibles fósiles representa para Rusia entre el 30% y el 50% de los ingresos del presupuesto federal. Y los cálculos de los analistas indican que cada 10 dólares de aumento del precio del barril de petróleo representan para Vladímir Putin unos ingresos fiscales adicionales mensuales de 1.600 millones de dólares (cerca de 1.400 millones de euros), que contribuyen a financiar el esfuerzo de guerra.

A Rusia le conviene que la guerra de Irán se eternice, tanto por razones financieras como políticas. Cuanto más focalizado esté Trump en Oriente Medio, y más irritado se sienta con sus aliados europeos, más probable es que EE.UU. se desentienda de la guerra de Ucrania. De ahí que Moscú, discretamente, esté apoyando a Irán suministrándole drones -devolviéndole el favor en este terreno- y proporcionándole información de inteligencia sobre los objetivos norteamericanos en la región. Sorprendentemente, y a pesar de haber sido desvelado públicamente, Washington ha decidido no darle ninguna importancia a este hecho.

Para combatir el inesperado enriquecimiento ruso, el ejército ucraniano ha lanzado una campaña de ataques selectivos contra los puertos petroleros rusos, con el fin de obstaculizar y frenar sus exportaciones de crudo. Así, en los últimos días los drones ucranianos han golpeado los puertos de Novorossíisk, en el mar Negro, y de Primorsk y de Ust-Louga, en el Báltico. Este último, objeto de tres bombardeos consecutivos, exporta alrededor de 700.000 barriles por día. También ha proseguido sus ataques contra algunas refinerías, como la de Kirichi. A partir de datos del mercado, la agencia Reuters ha estimado que la ofensiva ucraniana habría paralizado temporalmente el 40% de las exportaciones rusas.

En ese contexto se entiende mejor que Kyiv se haga el remolón a la hora de reparar el oleoducto Druzhda -dañado por la guerra- que conduce petróleo ruso a Hungría y Eslovaquia, los dos países de la UE próximos a los intereses de Moscú y que mantienen -con este pretexto- bloqueado el crucial préstamo de 90.000 millones de euros para Ucrania acordado en la cumbre europea del pasado mes de diciembre.

Paralelamente, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en una hábil e inesperada maniobra diplomática, ha realizado una rápida gira por el golfo Pérsico y ha firmado esta última semana acuerdos de cooperación y defensa con Arabia Saudí, los Emiratos y Qatar, víctimas de los ataques iraníes en su estrategia de extender el conflicto. La defensa ante este tipo de bombardeos es enormemente desigual, pues los drones son mucho más baratos -unos 35.000 dólares la unidad- y se fabrican mucho más rápido que los misiles interceptores -que pueden costar entre 2 y 4 millones-. Aquí Kyiv puede ser de mucha ayuda.

Después de cuatro años de guerra, Ucrania ha desarrollado drones interceptores contra los drones rusos -inicialmente de fabricación iraní, los Shahed-136, luego replicados por Moscú bajo el nombre de Geran-2- y tiene una sólida experiencia militar en este tipo de combate, que es lo que ha ofrecido a los países árabes. Kyiv se ha comprometido a enviar asesores y montar nuevas cadenas de producción de drones tanto en Ucrania como en el golfo Pérsico y, a cambio, recibirá ayuda financiera y misiles de defensa antiaérea para repeler los ataques rusos con misiles. “Hoy Ucrania no solo necesita ayuda, también está lista para ayudar a quienes nos ayudan”, ha declarado Zelenski. Las guerras de Irán y de Ucrania empiezan a entremezclarse inopinadamente.

lunes, 30 de marzo de 2026

El trumpismo pierde tirón

Newsletter Europa

La guerra de Irán hace que la amistad con Trump empiece a ser un lastre político en Europa

 

Sabido es que, en un referéndum, el Gobierno pregunta una cosa y los ciudadanos responden lo que les da la gana. Frecuentemente para castigar al poder… Como muchos otros dirigentes políticos antes que ella, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, ha sufrido esta semana en sus carnes esta verdad universal, al perder por un claro 54% a 46% la consulta convocada los días 22 y 23 para refrendar el proyecto de reforma de la Justicia (una iniciativa controvertida que introducía cambios importantes en la organización jurisdiccional establecida en la Constitución de 1948)

Pese a los intentos de Meloni de circunscribir el debate a la reforma judicial en sí misma, lo cierto es que el referéndum se acabó convirtiendo en un enjuiciamiento global de la política del Ejecutivo. Y la impugnación ha sido de tal calibre que la primera ministra, si bien ha descartado dimitir, se ha visto forzada a abrir una crisis de gobierno. ¿La guerra de Irán le ha pasado factura? ¿Meloni ha pagado su amistad con el belicoso Donald Trump? La aventura militar de Estados Unidos e Israel parece haber sido ser una de las variables de la ecuación

Según el politólogo Arturo Varvelli, del European Council on Foreign Relation (ECFR), los electores italianos de centroderecha, incluidos los del partido de Meloni -el posfascista Hermanos de Italia-, se manifiestan cada vez más hostiles a las políticas disruptivas del presidente de EE.UU., en las que ven a Italia como una víctima colateral (aranceles comerciales punitivos, perjuicios económicos a causa de la guerra…) La cercanía a Trump, que en otro momento podría haber representado una baza, en estas circunstancias se estaría revelando como una “trampa”

Tras un mes de guerra en el golfo Pérsico sin visos de un pronto final, con la amenaza de penurias energéticas y subidas generalizadas de precios, el trumpismo ha empezado a perder lustre en Europa y las fuerzas nacionalistas y de ultraderecha que hasta ahora se arrimaban al locuaz e imprevisible inquilino de la Casa Blanca empiezan a marcar distancias. Giorgia Meloni también lo ha hecho, descartando involucrar a Italia en la guerra, pero con un perfil bajo, tratando de no hacerse notar demasiado. Y se ha guardado muy mucho de criticar a Trump.

No ha sucedido lo mismo con otra de las principales dirigentes de la extrema derecha europea, la francesa Marine Le Pen. La líder del Reagrupamiento Nacional (RN) ha calificado esta semana de “error” el ataque norteamericano a Irán y ha expresado sus dudas sobre el propio Trump: “¿Alguien entiende cuál es el objetivo último de esta guerra?”. Le Pen ha ido bastante más allá de las palabras en este desmarque y el jueves su partido votó en contra de la ratificación del acuerdo comercial con EE.UU. en el Parlamento Europeo.

No fue el único. Dentro del grupo de extrema derecha Patriotas por Europa, el acuerdo comercial con Washington -que impone unos aranceles del 15% a las importaciones europeas por 0% para los norteamericanas- ha causado bastante división. Los italianos de La Liga, de Matteo Salvini (que gobierna en Roma en coalición con Meloni), también votaron en contra, mientras que los húngaros de Fidesz (Viktor Orbán) y los españoles de Vox (Santiago Abascal) se abstuvieron.

Trump empieza a ser un lastre. Y las últimas convocatorias a las urnas en Europa -con todas sus particularidades y diferencias- así parecen indicarlo. No se trata solo de la derrota de Meloni en el referéndum italiano. En Francia, la extrema derecha no ha sufrido ningún tropiezo particular en las recientes elecciones municipales, cuya segunda vuelta se celebró el pasado domingo, pero teniendo en cuenta sus expectativas su balance fue más bien discreto. El RN, comparado con las elecciones municipales anteriores (del 2020), ha avanzado claramente, pero no deja de ser una traslación parcial al mundo local de sus buenos resultados en las legislativas del 2024, en las que -en la primera vuelta- fue el más votado con el 33% de los votos. No ha sido lo mismo ahora.

Los ultras franceses han ganado alcaldías y han avanzado en las ciudades medianas, sobre todo en el sur, pero no en las grandes urbes: han consolidado su hegemonía en Perpinyà y han conquistado Niza (aunque a través de un asociado, el exlíder de Los Republicanos Eric Ciotti), pero el asalto que pretendían en Marsella, Nîmes o Toulon fracasó. En cambio, los socialistas, junto a los ecologistas y otros aliados, han logrado conservar París, Marsella, Lyon, Estrasburgo, Lille, Montpellier o Nantes.

El mismo domingo 22, en Eslovenia, el liberal Robert Golob, primer ministro saliente y líder del Movimiento por la Libertad (GS), dio la sorpresa y ganó las elecciones legislativas frente al candidato populista de derecha -y admirador confeso de Trump- Janez Janša, del Partido Democrático Esloveno (SDS), al que las encuestas daban como ganador. Golob ha perdido terreno respecto a 2022, su victoria es estrecha -de solo unas décimas- y la fragmentación del Parlamento no permite asegurar quién será finalmente elegido primer ministro. Pero, de entrada, ha frenado la tendencia al alza de su adversario, castigado por la revelación de injerencias extranjeras vinculadas a la crisis en Oriente Medio (los servicios secretos eslovenos desenmascararon una operación de desestabilización organizada por una agencia privada israelí, Black Cube)

El martes, la primera ministra danesa, la socialdemócrata Mette Frederiksen, quien adelantó las elecciones para tratar de rentabilizar su resistencia frente a Donald Trump en el pulso sobre Groenlandia, volvió a ganar, pero obtuvo una victoria más exigua de lo esperado. “Estoy decepcionada, pero es un resultado aceptable”, declaró tras conocerse el veredicto de las urnas. Un aspecto destacable ha sido el avance notable, aunque limitado, de la extrema derecha -el Partido Popular Danés (DF) triplicó sus votos, aunque quedando por debajo del 10%-. Pero probablemente lo más significativo es el basculamiento que ha llevado al bloque de la izquierda a sobrepasar al bloque de la derecha.

Parlamento muy fragmentado también el danés, todo indica que harán falta semanas para llegar a un acuerdo de gobierno, aunque todo indica que -con al apoyo del partido de los Moderados, liderado por el ministro de Exteriores, Lars Løkke Rasmussen- Frederiksen podría repetir al frente de un gobierno de coalición. Esta vez de izquierda, similar al de la legislatura 2019-2022, en lugar del de centroderecha actual.

Todos estos movimientos se suman a la victoria -anterior a la guerra pero también inesperada- del liberal Rob Jetten en las elecciones anticipadas en los Países Bajos del pasado mes de octubre derrotando a la extrema derecha, corroborada por su elección como primer ministro el mes pasado al frente de un gobierno moderado de centroderecha.

No hay nada en todo este panorama que pueda considerarse definitivo, pero sí puede ser indicativo de una posible inflexión. La prueba de fuego se producirá el próximo 12 de abril, cuando el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, candidato declarado de Donald Trump –quien le ha calificado de “verdadero amigo, luchador y GANADOR”- y próximo al presidente ruso, Vladímir Putin, se enfrente a las urnas. Tras 16 años al frente del gobierno, desde donde ha utilizado su aplastante mayoría en el Parlamento para implantar un régimen iliberal, Orbán podría en un par de semanas perder el poder. Las encuestas dan como amplio vencedor -con hasta 15 puntos de ventaja- a Peter Magyar, un exmilitante de Fidesz al frente hoy del Partido del Respeto y la Libertad (Tisza)

En situación desesperada, Orbán ha derivado la campaña electoral hacia un choque frontal con la UE y con Ucrania, a quienes acusa de una conspiración para derribarle. En este contexto, el líder húngaro no ha dudado en bloquear un nuevo paquete de sanciones económicas contra Rusia y la concesión a Kyiv de un crédito de 90.000 millones de euros -pese a haber sido acordado en la cumbre de jefes de Estado y de gobierno de diciembre-. Para acabar de emponzoñar el panorama, el ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, ha sido acusado de pasar regularmente información a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, de las interioridades de las cumbres europeas.

La eventual derrota de Orbán provocaría un cambio radical no solo en la política interior de Hungría, sino en toda Europa. La extrema derecha no solo perdería a uno de sus puntales en la UE, también lo perderían Putin y Trump, que ha movilizado en su apoyo -entre otros- al vicepresidente J.D. Vance y al secretario de Estado, Marco Rubio. Su derrota sería también la derrota del presidente de EE.UU. y de su revolución ultraconservadora.

Los antídotos contra el veneno de serpiente se elaboran con los anticuerpos desarrollados por animales -por ejemplo, caballos- a quienes se les inoculan pequeñas dosis no letales para que generen inmunidad. ¿Acabará siendo Donald Trump el agente agentes que servirá como antídoto al ascenso de la extrema derecha en Europa?

 

Acuerdo sí, pero con condiciones. La historia de las agitadas relaciones comerciales con los nuevos EE.UU. de Donald Trump está lejos de haber terminado. Después de que Washington, por boca de su embajador ante la UE - Andrew Puzder-, instara a ratificar ya el acuerdo comercial alcanzado con en Turnberry (Escocia) el verano pasado, bajo la amenaza de restringir el acceso de Europa al gas licuado estadounidense, el Parlamento Europeo acordó este jueves darle luz verde. Pero no de cualquier manera. La Eurocámara, por 417 votos a favor frente a 154 en contra y 71 abstenciones, decidió añadir varias salvaguardas al acuerdo: condicionando su entrada en vigor a la resolución del litigio sobre los aranceles norteamericanos que gravan el acero; limitando su vigencia a dos años, a partir de los cuales se revisaría, e introduciendo una cláusula que permitiría su suspensión en el caso de que Washington decidiera unilateralmente aplicar nuevos aranceles o tomara cualquier medida de extorsión contra la UE. Estos términos deberán ahora ser negociados con los 27 y, en su caso, habrá que ver si EE.UU. los acepta.

Otro acuerdo con Australia. Escarmentada por el maltrato comercial que le ha infligido su principal aliado, la UE ha multiplicado las negociaciones para cerrar acuerdos comerciales bilaterales con otros países y zonas del mundo, desde India a Indonesia, pasando por el Mercosur. Esta semana se ha cerrado también otro con Australia. El acuerdo de libre comercio con Canberra prevé suprimir prácticamente el 100% de los aranceles en los dos sentidos, aunque en el caso de las importaciones australianas a Europa se impondrán cuotas máximas en algunos productos lácteos, el azúcar o la carne bovina. El acuerdo, que alcanza también al suministro de minerales críticos -de algunos de los cuales Australia es un importante productor-, se complementa con otro acuerdo paralelo en materia de seguridad y defensa, que será el marco para una mayor cooperación en la industria militar y abrirá a los australianos la participación en el programa científico europeo Horizon.

Centros de deportación. El Parlamento Europeo, con el acuerdo de la derecha y la extrema derecha -y la oposición de los socialdemócratas-, aprobó asimismo dar luz verde a la propuesta, ya aprobada por los 27 en el Consejo Europeo, que abre la posibilidad a que los estados miembros creen centros de deportación de migrantes fuera de la Unión Europea, con el fin de facilitar las expulsiones. La iniciativa, que ha creado fuertes tensiones en el seno de la mayoría que sustenta a la Comisión de Ursula von der Leyen, se inspira en las medidas ya adoptadas en este sentido en Italia por el gobierno de Giorgia Meloni, que firmó con el gobierno de Edi Rama un acuerdo para la creación de dos centros de este tipo en Albania. De momento, sin embargo, diversas decisiones judiciales han hecho que estos centros estén prácticamente vacíos. La confluencia del PPE de Manfred Weber con los ultras en este asunto -llegando a mantener contacto con los neonazis de Alternativa para Alemania (AfD)- ha incomodado enormemente al canciller Friedrich merz, que no tardó en llamarlos al orden: “No trabajamos conjuntamente con los extremistas del Parlamento europeo”, advirtió.