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La frontera oriental de Estonia podría ser escenario de una acción provocadora de Moscú aprovechando la crisis de la OTAN
Retengan este nombre: Narva. Es uno de los puntos débiles de la extensa zona de fricción entre la Unión Europea y Rusia. Si algún día se produce un incidente militar, una provocación rusa para testar la respuesta de la OTAN, podría ser aquí, en esta ciudad del extremo nororiental de Estonia, a orillas del Báltico, poblada fundamentalmente por rusos. Mientras el mundo entero mira hacia el Golfo Pérsico, en este punto fronterizo entre Europa y Rusia -al otro lado del río Narva se encuentra la ciudad rusa de Ivángorod- empieza a percibirse una inquietante agitación.
Como todas
las ciudades fronterizas, Narva -centro industrial venido a menos donde, pese a
todo, se genera la mayor parte de la energía que consume el país- ha pasado
históricamente de mano en mano. Fue dominio danés y sueco antes de pasar al
Imperio Ruso y, después, a la Unión Soviética, donde permaneció hasta la
independencia de Estonia en 1991. Los movimientos demográficos tras la Segunda
Guerra Mundial hicieron que hoy Narva sea una ciudad mayoritariamente rusa -el
85% de la población- y que un tercio de sus habitantes conserven la
nacionalidad rusa.
La
relación entre la nueva Estonia europea y su importante minoría rusa -una
cuarta parte de la población total del país- no es fácil y está envenenada por
la desconfianza mutua. La política llevada a cabo por el Gobierno estonio,
temeroso de las injerencias de Moscú, tampoco ha ayudado a lo contrario: prohibición
del voto a los rusos y a los apátridas -ciudadanos mayoritariamente de origen
ruso pero sin nacionalidad reconocida, a quienes se identifica con un pasaporte
gris-, implantación progresiva del estonio como única lengua en la
enseñanza… La población rusa en Estonia vive todas estas medidas como agravios,
lo que otorga al Kremlin un caldo de cultivo ideal para la agitación.
La
aparición, el pasado mes de febrero, de una campaña en las redes sociales anunciando
la creación de una supuesta República Popular de Narva -que englobaría a la
ciudad y todo el condado de Ida-Viru- ha creado cierta inquietud, por más que
el gobierno de Tallin le haya querido restar importancia presentándolo como una
muestra más de la guerra híbrida de Moscú contra los países de la Unión
Europea. No es menos cierto, sin embargo, que movimientos preliminares
parecidos se produjeron en su día en las regiones rusófonas del este de
Ucrania, Donetsk y Luhansk, antes de que -con el apoyo militar externo de
Moscú- se proclamaran repúblicas independientes en 2014 y de que, a partir de
la invasión de Ucrania en 2022 por las tropas rusas, Rusia se las anexionara
formalmente. Un acto no reconocido internacionalmente y que, por sí mismo, no
les ha entregado el control efectivo de la totalidad del territorio (por el que
siguen combatiendo desde hace cuatro años)
La
campaña, de la que se han hecho eco los medios de comunicación estonios, fue
detectada y denunciada públicamente por un blog independiente, Propastop, que
rastrea internet en busca de maniobras de intoxicación y desinformación. Las
publicaciones recopiladas por Propastop, vehiculadas a través de una cuenta de
Telegram y redifundidas por TikTok y VKontakte (una especie de Facebook ruso),
promueven un discurso separatista y despliegan nuevos símbolos identitarios:
bandera propia, con los colores verde, negro y blanco; un escudo de armas con
un águila negra, e incluso distintivos militares de unas supuestas fuerzas
armadas de la República Popular de Narva.
La tensión
alrededor de esta zona se ha incrementado con la ofensiva ucraniana, mediante
bombardeos de drones, lanzada contra los puertos rusos en el Báltico –Primorsk
y Ust-Luga– con el objetivo de obstaculizar las exportaciones de petróleo ruso,
principal fuente de financiación de Moscú. Un dron extraviado se estrelló
accidentalmente el pasado 25 de marzo en la central eléctrica estonia de Auvere,
en las cercanías de Narva, sin causar heridos. Y este lunes, la portavoz del
Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, amenazó a los estados bálticos
con “represalias” si seguían permitiendo el paso de los drones ucranianos por
su espacio aéreo, lo que obligó a Tallin a pedir a Kyiv que busque rutas
alternativas para sus ataques sin sobrevolar Estonia.
Rusia
tiene suficientes dificultades en Ucrania -tras más de cuatro años de guerra y
un terrible número de bajas, no ha logrado alcanzar sus objetivos y sus avances
son muy limitados- como para pensar que pudiera lanzar un ataque en toda regla
contra la UE, que es lo mismo que decir contra la OTAN. Pero no ceja en su
guerra soterrada contra Europa, como demuestra la reciente operación de
sabotaje intentada por tres submarinos rusos en el Atlántico Norte desbaratada
por británicos y noruegos.
Los
analistas occidentales llevan tiempo alertando de la posibilidad de que Moscú,
aprovechando la crisis interna de la Alianza Atlántica precipitada por el
regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, pudiera realizar alguna acción
ofensiva limitada para testar la respuesta de la OTAN. Podría ser una incursión
en Narva. O en el llamado corredor de Suwalki, la franja fronteriza entre
Lituania y Polonia que constituye el único acceso terrestre de Rusia -desde
Bielorrusia, país aliado suyo, y atravesando territorio europeo- al enclave de
Kaliningrado, donde está la base de la flota rusa del mar Báltico.
El rechazo
europeo a intervenir en la guerra ha crispado al presidente de EE.UU., que ha
amenazado varias veces -la última, esta misma semana- con abandonar la Alianza.
“Nunca me convenció la OTAN. Siempre supe que era un tigre de papel, y
[Vladímir] Putin también lo sabe, por cierto”, escribió en uno de sus múltiples
y airados mensajes. Quizá el presidente ruso pueda estar tentado de probar
hasta qué punto es así, con el objetivo de forzar la ruptura definitiva -por
disolución- de la alianza occidental.
El
amigo de Moscú. “En
cualquier asunto en el que pueda ser de ayuda, estoy a su servicio”. Con estas
palabras se habría expresado el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, en
una conversación con el presidente ruso, Vladímir Putin, en octubre de 2025 a
propósito de la posible organización en Budapest de una cumbre sobre Ucrania. La
transcripción de la conversación, difundida por la agencia Bloomberg, viene a
añadirse a otras informaciones inquietantes sobre la complicidad entre Budapest
y Moscú, como el hecho de que el ministro de Exteriores húngaro, Péter
Szijjártó, le pasara a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, información sobre los
debates en el Consejo Europeo. Todo ello, junto a la obstaculización
sistemática de las medidas europeas de apoyo a Kyiv, ha afianzado la idea de
que Orbán es un auténtico caballo de Troya dentro de la UE.
Todo esto
podría cambiar -o no- en las cruciales elecciones legislativas que se celebran
mañana domingo en Hungría, en las que por primera vez en 16 años Orbán podría
perder el poder. Todos los sondeos, efectivamente, otorgan una amplia ventaja a
su rival, el opositor Péter Magyar, pero algunos analistas advierten que el
resultado final puede ser más ajustado de lo previsto. La UE sueña con la
derrota de Orbán, mientras Vladímir Putin y Donald Trump -que envió al
vicepresidente J.D.Vance en su apoyo-, tienen todas sus esperanzas puestas en
su reelección. ¡Curiosa confluencia! La derrota del premier húngaro no sólo
sería una mala noticia para Rusia. También representaría un golpe para la
revolución ultraconservadora y autoritaria que hoy, contra toda lógica
histórica, auspicia EE.UU. en el continente.






