lunes, 9 de febrero de 2026

¿Debe tener Europa su propio arsenal nuclear?

'Visión periférica'

La guerra de Ucrania, el distanciamiento de EE.UU. y la expiración del Tratado de control de armas atómicas Nuevo Start dispara en Europa el debate sobre la conveniencia de disponer de una disuasión nuclear propia.

 

Amanece en Fort Greely, Alaska. En el centro de vigilancia del 49º Batallón de Defensa Antimisiles del Ejército de Estados Unidos, entra el turno de la mañana. Todo hace presagiar un día más, como cualquier otro. Sin embargo, al poco salta la alarma: el radar SBX-1 detecta en el Pacífico que  un misil balístico intercontinental de origen desconocido  se dirige hacia EE.UU. Son las 9:33h y en los siguientes minutos se va a desencadenar una carrera contrarreloj para tratar de identificar al atacante, decidir un eventual contraataque y, sobre todo, interceptar el misil para evitar que impacte en su objetivo: la ciudad de Chicago.

Así arranca Una casa llena de dinamita, la última película de la oscarizada directora norteamericana Kathryn Bigelow. Estrenada en 2025, devuelve al espectador a las duras épocas de la guerra fría, cuando la sensibilidad ante el peligro de una hecatombe nuclear era muy viva. En 1983, el filme El día después causó una honda impresión en todo el mundo. No ha pasado lo mismo ahora con la ‘casa’. Y, sin embargo, el riesgo de una conflagración atómica, lejos de haberse disipado, se ha reforzado en estos últimos años.

La guerra contra Ucrania, desatada  hace ya casi cuatro años por una Rusia que amenaza, día sí y día también, con utilizar armas nucleares, y la imprevisibilidad de los EE.UU. de Donald Trump, quien ha erosionado gravemente la credibilidad del sistema de disuasión de la OTAN, han disparado la amenaza sobre Europa.

Para ensombrecer el panorama, esta semana ha saltado el último cerrojo que todavía ponía freno a una nueva  carrera armamentística nuclear. El jueves pasado expiró el Tratado Nuevo Start, firmado en 2010 por Barack Obama y Dimitri Medvédev, por el cual EE.UU. y Rusia se comprometían a limitar sus arsenales nucleares estratégicos (1.550 ojivas desplegadas, 800 lanzadores y 700 misiles balísticos). Es la primera vez en más de medio siglo que no hay ningún límite que obligue a ambas superpotencias sin que se esté negociando otro acuerdo en paralelo. Rusia primero –y EE.UU. como respuesta– suspendieron su aplicación en 2023. Pero, salvo en lo referente a las inspecciones, hasta ahora básicamente se ha respetado.

¿Y a partir de ahora, qué? El presidente ruso, Vladímir Putin, ha abogado por prorrogar de facto el acuerdo durante un año mientras se negocia otro y Trump se ha mostrado partidario de una negociación más amplia que incluya a China. El secretario de Estado, Marco Rubio, subrayaba esta semana que “un acuerdo de control de armas que no tenga en cuenta el aumento del arsenal de China, que Rusia apoya, sin duda reducirá la seguridad de EE.UU. y sus aliados”. Pekín tiene mucha menos capacidad –unas 600 ojivas, que podrían llegar a 1.000 en 2030 , frente a las alrededor de 5.000 que almacenan cada uno EE.UU. y Rusia– y por tanto se opone.

La posibilidad de un nuevo acuerdo parece en este momento incierta. Y  puede llevar mucho tiempo. Pero según como se desarrollen las negociaciones, la seguridad de Europa podría encontrarse seriamente comprometida. Los investigadores Tim Thies y Philipp Fischer advertían recientemente en International Politics and Society (IPS) que Moscú podría poner nuevamente en la balanza la retirada de las armas nucleares tácticas que EE.UU. tiene desplegadas en el continente (entre 100 y 150) y la reducción de los arsenales atómicos de Francia y el Reino Unido (con 290 y 225 ojivas, respectivamente). Pero esta vez existe el riesgo de que el presidente Trump, que se siente poco concernido por la seguridad del continente, sea receptivo a las tesis del Kremlin. Es extremadamente llamativo que el vicepresidente J.D. Vance, considere  los arsenales francés y británico más un peligro potencial para su país –en la medida en que algún día, según dijo, pudieran caer en manos islamistas– que una baza.

El debilitamiento de la disuasión podría dejar a Europa en una situación extremadamente vulnerable frente a Rusia. De ahí que algunas voces estén planteando abiertamente la constitución de un arsenal nuclear propiamente europeo. En un artículo en Foreign Affairs, los politólogos Moritz. S. Graefrath y Mark A. Raymond se muestran partidarios de que, además del Reino Unido y Francia, Alemania se dote también de armas nucleares como vía para asegurar una “Europa autosuficiente”. “Lejos de marcar el comienzo de una nueva era aterradora de inestabilidad global –argumentan– la proliferación selectiva ayudaría a mantener el orden posterior a la Segunda Guerra Mundial”.

La responsabilidad de Alemania en la última gran conflagración, sin embargo, pesa demasiado y no es de esperar que Berlín rompa este tabú. El canciller Friedrich Merz lo descartó expresamente hace escasos días: “Alemania se ha comprometido en dos tratados internacionales vinculantes a no poseer sus propias armas nucleares”, zanjó. Pero el debate va avanzando en el conjunto de la UE.

Observando lo que le ha pasado a su vecino ucraniano, el primer ministro polaco, Donald Tusk, planteó el año pasado la necesidad de que Polonia estuviera protegidas con armas nucleares. Y el primer ministro sueco, Uli Kristersson, ha expresado una preocupación similar. El propio Merz ha admitido la existencia de conversaciones preliminares con otras capitales europeas para abordar el desarrollo de una disuasión nuclear propia europea, que lógicamente estaría basada en las capacidades francesa y británica pero debería ir más allá. Como primer paso, el presidente francés, Emmanuel Macron, ha ofrecido extender su paraguas nuclear a toda la UE, aunque subrayando que el botón nuclear dependería solo de París.

Los contactos apenas han salido de un primer estadio, pero si hay algo claro es que la casa seguirá llena de dinamita.


Adiós al último de la fila

Newsletter Europa

Alemania impulsa un núcleo duro de seis países para avanzar en la integración de la UE sin esperar a los demás

  

Dice un proverbio africano: “Si quieres ir rápido, ve solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado”. La construcción de la Unión Europea es uno de los ejemplos más notables de esta verdad universal. Desde la firma del Tratado de Roma en 1957 hasta hoy el proceso de unificación del continente ha llegado muy lejos, mucho más lejos de lo que muchos creyeron posible. Aunque siempre -eso sí- a pequeños pasos. La condición era sumar a cuantos más, mejor, y avanzar todos juntos.

El sistema, mal que bien, ha funcionado hasta ahora. Sin embargo, el vertiginoso y brutal giro del panorama internacional, con la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania -que está a punto de entrar en su quinto año- y el cuestionamiento de la alianza occidental por parte de Estados Unidos tras el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, lo ha hecho insostenible. El orden internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial se desmorona, las grandes potencias juegan a repartirse el mundo en esferas de influencia, y a la UE le cuesta reaccionar.

La mayoría de dirigentes europeos es consciente de que Europa necesita reforzar su independencia estratégica, potenciar y poner en común sus capacidades en materia de defensa, y tener una política exterior sólida. Pero el sistema actual de gobernanza lo impide. La exigencia de unanimidad es una rémora. El canciller alemán, Friedrich Merz, lo expresó de forma gráfica en el marco de la reunión que el Partido Popular Europeo (PPE) celebró el pasado fin de semana en Zagreb (Croacia): “No puede ser que el último de la fila marque siempre el ritmo”. dijo.

La idea de una Europa de dos velocidades, en la que un grupo de países avance en el proceso de integración sin esperar a que todo el mundo se ponga de acuerdo, no es nueva, ni absolutamente inédita (ahí están la zona euro o el espacio Schengen para demostrarlo). Pero hoy ha adquirido una nueva urgencia y numerosas voces proponen profundizar esta vía a través del mecanismo de las cooperaciones reforzadas o las ‘coaliciones de voluntarios’ (como en el caso de Ucrania, donde un grupo de países, algunos ajenos a la UE, se han comprometido a implicarse en un eventual proceso de paz, incluso desplegando tropas sobre el terreno)

España es uno de los países que abonan este camino. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una entrevista reciente con La Vanguardia, fue muy claro al respecto: “Europa debe avanzar en su proceso de integración y dotarse de una defensa realmente común. Y para ello no necesitamos el acuerdo unánime de los 27 estados miembros. Podemos avanzar una serie de países en ese proceso de integración hacia unas Fuerzas Armadas realmente europeas”, dijo. Un mensaje que remachó el pasado domingo, en nuestras mismas páginas, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares: “Si somos capaces de establecer coaliciones de voluntarios para teatros externos de la Unión Europea, ¿cómo no hacerlo para objetivos vitales para nuestras sociedades?”.

Alemania y Francia abogan desde hace tiempo por una Europa de dos velocidades, con el fin de eludir el freno -cuando no el bloqueo- de los países más euroescépticos. Friedrich Merz lo propuso ya antes de ser elegido canciller. Y el presidente francés, Emmanuel Macron, lo defiende desde hace más de una década. Pero en este momento histórico, quien parece haber tomado la batuta es Berlín. A finales de enero, en una conferencia organizada por el diario Die Welt, Merz abogó por configurar un núcleo duro de seis países, a través del mecanismo de la cooperación reforzada, para avanzar en la integración y la independencia estratégica de la UE. El grupo, formado por Alemania, Francia, Italia, España, Polonia y Países Bajos, suma el 70% del PIB comunitario. “Europa debe convertirse en una potencia política capaz de pesar en el mundo, tanto económica como militarmente”, declaró el canciller alemán.

Dicho y hecho, el ministro de Economía germano, Lars Klingbeil, envió una carta a sus homólogos de los otros cinco países citados invitándoles a pactar un plan de actuación común centrado en cuatro objetivos: impulsar la unión de los mercados de capitales, fortalecer el euro -incluida la creación de un sistema de pagos independiente-, coordinar la inversión en defensa y asegurar el acceso a las materias primas críticas.

La consagración de una Europa a dos velocidades sobrevoló también la reunión de los dirigentes populares en Croacia, pero no llegó a quedar plasmada en el documento final. “Debido a su configuración institucional y a una gobernanza excesivamente compleja, la capacidad de reacción de Europa es cada vez más limitada y, a menudo, demasiado lenta, en comparación con lo que requiere el mundo actual”, expone la declaración del cónclave conservador, que, sin embargo, no pasa de esta constatación.

Si el PPE no fue más allá, no fue por falta de ganas de su líder, el socialcristiano alemán Mandred Weber, quien llevaba bajo el brazo propuestas mucho más ambiciosas. Así, además de abogar por la constitución de coaliciones voluntarias de países para evitar el bloqueo de la unanimidad, el dirigente bávaro defendía potenciar el peso político del liderazgo de la UE terminando con la actual bicefalia y fusionando en un único cargo las presidencias del Consejo Europeo y de la Comisión, que ahora ocupan António Costa y Ursula von der Leyen. Weber se inscribe así en la senda del desaparecido Wolfgang Schauble -un ferviente europeísta, además de martillo de la austeridad-, quien proponía eso mismo e incluso iba más allá y defendía su elección directa por los ciudadanos (una auténtica opa hostil para los líderes europeos)

Merz, mucho más circunspecto, cree que no es viable plantear ambiciosas revisiones de los tratados europeos -lo que exigiría la unanimidad de los 27- y aboga por un enfoque pragmático. Lo mismo que el ex primer ministro italiano y ex presidente del Banco Central Europeo (BCE) Mario Draghi, quien en una intervención el pasado lunes en la Universidad Católica de Lovaina defendió la idea de aplicar un “federalismo pragmático”, que avance por la vía de los hechos eludiendo grandes debates conceptuales. Autor de un fundamental informe para recuperar la competitividad de la economía europea, Draghi consideró que los retos de Europa -sin embargo- van más allá y requieren un salto cualitativo en el camino de la integración que la convierta en un “auténtico poder”. Y abogó por que un grupo de países pueda impulsar una política común -federal, de facto- en materia de política exterior, defensa y fiscalidad.

Las puertas a una Europa de dos velocidades están abiertas de par en par.

 

Maniobras sin EE.UU. Se trata de unos ejercicios militares programados desde hace tiempo, desde antes del retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, pero han venido a coincidir con uno de los momentos más bajos de las relaciones entre Washington y sus socios de la Alianza Atlántica. El caso es que esta semana la OTAN ha iniciado, sin la participación de Estados Unidos, unas maniobras -Steadfast Dart (dardo firme)- destinadas a testar la velocidad de despliegue de tropas y equipos de combate en caso de ataque, en este caso desde el sur a la costa báltica. En los ejercicios, que dirige Alemania, participan 10.000 militares de once países aliados. La Armada española ejerce el mando del componente marítimo, la parte terrestre es liderada por Italia, y la coordinación del aire recae en Turquía. Participan, además, unidades de Bélgica, Bulgaria, Francia, Grecia, Lituania, Reino Unido y República Checa.

Gobierno en La Haya. Tres meses después de dar la sorpresa y ganar las elecciones anticipadas en los Países Bajos, superando a la ultraderecha, el liberal progresista Rob Jetten ha conseguido cerrar un acuerdo para formar un gobierno de coalición de centroderecha en minoría. El Ejecutivo reunirá a tres partidos, el D66 del futuro primer ministro, los democristianos del CDA y los liberales de derechas del VVD, y su programa de gobierno dará prioridad a las inversiones en defensa, la construcción de nuevas viviendas, el control de la inmigración y -como no podía ser de otra manera- mantener un férreo rigor presupuestario. Como quiera que no tienen mayoría suficiente en el Parlamento (66 escaños de 150), se verán obligados a buscar acuerdos con los partidos de oposición.

Elecciones en Portugal. Los portugueses están convocados este domingo a votar en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, en las que parte como claro favorito el socialista José Antonio Seguro frente al ultraderechista André Ventura. En la primera vuelta, Seguro se impuso al líder de Chega por casi ocho puntos de ventaja. Una especie de revancha, después de que los ultras superaran por primera vez a los socialistas en las elecciones legislativas de mayo del año pasado. En Portugal, la figura del presidente no es meramente representativa, sino que ejerce también un papel de árbitro, nombra al primer ministro y puede disolver el Parlamento. La importancia de estos comicios, sin embargo, van más allá del papel institucional de la presidencia, su principal valor es el de termómetro de la fuerza de la extrema derecha.

 


 

 

 

lunes, 2 de febrero de 2026

Trump los castiga y ellos se juntan

Newsletter Europa

La UE multiplica sus aperturas comerciales con el resto del mundo para contrarrestar el repliegue proteccionista de EE.UU.


Donald Trump no está muy contento. La verdad es que lleva ya un tiempo así, a medida que los contratiempos políticos -así sea en Groenlandia o Minnesota- se le han ido acumulando. El último motivo de enfado del presidente de Estados Unidos ha sido el activismo comercial de sus otrora aliados occidentales. El acuerdo cerrado el martes por la Unión Europea e India y el cortejo de dirigentes occidentales que están visitando China amenaza con amargarle este principio de año. Frente a unos EE.UU. que impulsan el proteccionismo y utilizan unilateralmente los aranceles como arma de presión e intimidación política, el resto del mundo -con Europa a la cabeza- trata de abrirse a mercados alternativos.

En los últimos días, Trump ha amenazado al primer ministro canadiense, Mark Carney -quien viajó a China a mediados de mes-, y al premier británico, Keir Starmer -en visita de Estado esta semana-, por acercarse a Pekín. En el primer caso, advirtió que castigaría con aranceles del 100% a Canadá si este país firmaba un acuerdo comercial con China (lo que forzó a Carney a matizar sus intenciones, condicionado como está por el tratado comercial con EE.UU. y México) y en el segundo apuntó que sería “muy peligroso” para el Reino Unido hacer negocios con el gigante asiático.

Las advertencias de Trump no han evitado, sin embargo, que los europeos -castigados por EE.UU. con un trato leonino que impone unos aranceles del 15% a los productos europeos, por 0% a la inversa- hayan incluido en su agenda comercial a China, por difícil, desequilibrada y torticera que haya sido hasta ahora la relación. Entre los mandatarios que han viajado a Pekín en busca de una reorientación de los vínculos comerciales están, entre otros, el español Pedro Sánchez y el francés Emmanuel Macron, y en febrero lo hará también el alemán Friedrich Merz.

Tampoco ha gustado nada en Washington el acuerdo entre la UE e India, presentado por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, como “la madre de todos los acuerdos” (parafraseando a “la madre de todas las batallas” con que el desaparecido dictador iraquí Sadam Husein bautizó la primera guerra del Golfo). Lo explicitó el secretario del Tesoro, Scott Bessent, quien criticó a los europeos por no tener en cuenta el “sacrificio” de EE.UU. al imponer sanciones arancelarias a India (del 50%) por su apoyo indirecto a Rusia con la compra de su petróleo. La UE está “financiando la guerra contra sí misma”, declaró a la CNBC.

No es un argumento baladí, en un momento en que Europa trata por todos los medios de que Estados Unidos se comprometa en una salida justa y equitativa para la guerra de Ucrania. Pero, más allá de eso, lo que se está produciendo es un auténtico pulso entre la unilateral ofensiva proteccionista de EE.UU. y la apuesta del resto del mundo por buscar relaciones comerciales alternativas más abiertas y regidas por las reglas del derecho internacional. Ha sido Donald Trump, y ningún otro, quien ha impulsado involuntariamente, con su política arancelaria, los acuerdos comerciales de la UE con India y con los países del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), cerrados en un abrir y cerrar de ojos tras veinte y veintisiete años, respectivamente, de arduas y a veces largo tiempo estancadas negociaciones. Solo hacía falta un empujoncito…

Un empujoncito que ha sido definitivo. A lo largo del 2025, el primer año del retorno de Trump a la Casa Blanca, la UE concluyó acuerdos comerciales con Indonesia, México, Suiza y el Mercosur, a los que ahora se han añadido Vietnam e India. El presidente del Consejo Europeo, António Costa, presente en Nueva Delhi junto Von der Leyen, declaró a propósito de la proclamación de este último acuerdo: “Esta cumbre envía un claro mensaje al mundo: en un momento en que el orden global se está redefiniendo, la UE e India se muestran unidos como socios estratégicos y confiables”. Confiables es la palabra clave. Los dos dirigentes europeos fueron invitados de honor en los festejos del Día de la República, un gesto de alto valor simbólico del presidente indio, Narendra Modi.

El acuerdo comercial entre India y la UE, que en 2024 firmaron ya un Acuerdo de Asociación Estratégica, vincula a una de las mayores potencias económicas y comerciales del mundo y al país más poblado -cerca de 1.500 millones de habitantes- y la economía más dinámica de los países emergentes, que se ha alzado ya al puesto número 5 del ranking mundial por PIB, adelantado por un solo país europeo: Alemania.

El pacto entre Bruselas y Nueva Delhi reducirá progresivamente en los próximos años hasta en un 97% y un 99% los aranceles sobre las exportaciones europeas y las indias por valor de 4.000 millones de euros anuales, lo que abre grandes posibilidades a medio y largo plazo. Para cerrar el acuerdo, ambas partes han excluido los productos agrícolas respectivos más sensibles a la competencia exterior. Por parte europea, entre los sectores que a priori saldrán más beneficiados, están los del automóvil, la farmacia, el vino o el aceite.

Los efectos económicos del acuerdo tardarán en hacerse notar, pero su trascendencia va más allá del aumento -aún lejano- del comercio bilateral. Así lo sostiene, Alberto Rizzi, del European Council on Foreign Relations (ECFR), para quien el pacto supone para Europa “el primer paso hacia la construcción de una alianza más amplia con la economía del G-20 de más rápido crecimiento” y contribuye a “salvaguardar un sistema comercial multilateral global que se está desmoronando por los aranceles estadounidenses, las restricciones a las exportaciones chinas y otras medidas unilaterales”. Más allá, sostiene, tiene también una importante trascendencia geopolítica, pues contribuye a afianzar -al igual que el acuerdo comercial con el Mercosur- la apuesta por el multilateralismo que, entre los BRICS, defienden con más ahínco India y Brasil, frente a la tentación antioccidental de China y Rusia.

El acuerdo con Mercosur, firmado el 17 de enero y cuya ratificación por parte europea ha quedado temporalmente en suspenso por la impugnación que el Parlamento Europeo decidió presentar ante el Tribunal Superior de Justicia de la UE, supone también un cierto desafío a unos EE.UU. que acaban de resucitar la doctrina Monroe y pretenden reservarse el continente americano (o hemisferio occidental) para sí mismos. A pesar de este contratiempo, y de la oposición de un sector amplio de los agricultores -que se sienten perjudicados-, una mayoría de países europeos, encabezados por Alemania y entre los que se encuentra España, apuesta por aplicar provisionalmente el tratado sin esperar a la resolución judicial, que puede tardar dos años. Para ello, bastaría que uno solo de los países del Mercosur ratificara el acuerdo. Esto puede hacerlo pronto Paraguay, cuyo presidente, Santiago Peña, entregó el jueves el tratado a la Comisión Permanente del Congreso para su ratificación.

En medio de este frenesí de acuerdos comerciales, no deja de resultar paradójico que sea justamente el firmado con Estados Unidos el que se encuentre ahora en punto muerto. Como reacción a la extorsión de Donald Trump sobre Dinamarca y la UE para obtener la “propiedad” de Groenlandia, el Parlamento Europeo votó dejar en suspenso su ratificación. La medida, de carácter provisional, debería haber sido rápidamente revertida, una vez que el presidente de EE.UU. dio marcha atrás y aceptó buscar un acuerdo sobre la presencia norteamericana en la isla ártica. Pero no ha sido el caso.

El próximo martes se abordará de nuevo el asunto para decidir si se retoma la tramitación a final de mes. Partidario también en este caso de una ratificación rápida, el canciller alemán, Friedrich Merz, advirtió esta semana no obstante a EE.UU. que el acuerdo está para cumplirlo y no erosionarlo con “declaraciones diarias de que se hará otra cosa”. Que es justamente la marca de fábrica de Donald Trump.

 

martes, 27 de enero de 2026

Cuando la democracia es lo de menos

'Visión periférica' 

Trump prometió ayudar a los manifestantes que protestaban contra el gobierno de los ayatolás en Irán y luego los dejó en la estacada. Su interés, al igual que en Venezuela, no es instaurar la democracia, sino someter al régimen a sus dictados.

 

En febrero de 2009, Ali-Reza Pahlevi, hijo del último sha de Irán y pretendiente al trono persa –abolido por la revolución islámica de 1979–, se proponía ya como la figura capaz de federar a todos los grupos de oposición al régimen de los ayatolás y capitanear la transición del país hacia la democracia. “Lo fundamental es instaurar una democracia parlamentaria laica; luego, si es una república o una monarquía, los iraníes decidirán”, aseguró durante un almuerzo con un grupo de corresponsales europeos en París, entre los que me encontraba. Su ejemplo, dijo, era la transición española. “El modelo español está muy presente en mi pensamiento, en especial el papel que tuvo el Rey. Sin el rey Juan Carlos, España no estaría hoy donde está”, explicaba entonces.

(Juan Carlos I y su padre, el sha Mohamed Reza Pahlevi, llegaron a ser muy próximos, hasta el punto de que en 1977 el monarca español le pidió que apuntalara con 10 millones de dólares la campaña de la UCD de Adolfo Suárez en las primeras elecciones democráticas celebradas en España tras la dictadura de Franco, tal como recordaba estos días en la edición digital nuestro compañero Ramón Álvarez)

Hoy, a sus 65 años, el heredero Reza Pahlevi aspira de nuevo a ser el aglutinador del movimiento de protesta contra el régimen del ayatolá Ali Jamenei y de un cambio político en Irán. La revuelta desencadenada a finales de diciembre –inicialmente a causa de la inflación y la devaluación del rial–, sin embargo, ha sido reprimida con tal dureza que parece momentáneamente sofocada, tras dejar un balance de más de 3.000 muertos.

Desde Washington, donde reside, Pahlevi lanzaba mensajes a la población iraní en los que  instaba a rebelarse y tomar las instituciones –su nombre era coreado en las manifestaciones–, mientras prometía la ayuda de Estados Unidos. El presidente Donald Trump, en efecto, llegó a amenazar con una intervención militar y comprometió su respaldo a los manifestantes –“La ayuda está en camino”, llegó a decir– antes de dar la callada por respuesta.

La ayuda no llegó. Y el cambio político en estos momentos es incierto. Reza Pahlevi insistía esta semana en la necesidad de que los países occidentales –y en particular EE.UU.– redoblen su presión sobre el régimen para acelerar su colapso. El hijo del último sha se ha acercado mucho en los últimos tiempos a Trump y a la ultramontana derecha norteamericana, con quien se ha mostrado ideológicamente próximo. El aspirante al trono de Irán participó el año pasado en el foro ultraconservador Conservative Political Action Conference (CPAC), junto a figuras como Elon Musk, Steve Bannon o Javier Milei. Y como la opositora venezolana María Corina Machado, por cierto...

Las pancartas que reivindican estos días la figura de Reza Pahlevi en algunas manifestaciones de la diáspora iraní hacen una amalgama con el movimiento trumpista, reconvirtiendo el lema MAGA (Make America Great Again) en MIGA (Make Iran Great Again). Pero no parece que esta proximidad le vaya a resultar suficiente. Como tampoco le bastó a Machado, apartada en beneficio de un acuerdo  pragmático con la  número dos del régimen chavista y hoy presidenta interina, Delcy Rodríguez, con el fin de hacerse con el control del petróleo venezolano.

Reza Pahlevi sigue proponiendo una transición política en Irán hacia un régimen democrático. Sin embargo, alguno de sus planes han suscitado la inquietud de algunos opositores. Principalmente, la previsión –recogida en una hoja de ruta difundida en junio del año pasado– de desplegar un programa de transición por fases que se prolongaría durante 800 días, esto es, algo más de dos años. “Su informe sobre el periodo de transición revela una fuerte centralización del poder, un rol personal ambiguo y escasas garantías concretas en cuanto al pluralismo político, los controles y equilibrios institucionales o el reconocimiento de los derechos de todos los pueblos y minorías”, advertía días atrás en una tribuna en Le Monde el iraní de origen kurdo Asso Hassan Zadehest, ex secretario general adjunto del Partido Democrático del Kurdistán.

Nada de todo esto le quita el sueño a Trump, para quien la restauración de la democracia en Irán o en Venezuela  le es absolutamente igual. El tiempo en que EE.UU. se presentaba como el adalid mundial de la democracia y los derechos humanos –aunque detrás de eso se escondieran otros intereses– está ya amortizado. “A pesar de toda su retórica, Trump está menos interesado en un cambio de régimen que sus predecesores, ni en Caracas ni en Teherán. Lo que quiere es un régimen dócil, uno que abandone su programa nuclear, limite su programa de misiles balísticos, ponga fin al apoyo a los aliados regionales y, en general, haga lo que él quiera”, subraya el politólogo Ian Bremmer, presidente del Grupo Eurasia.

El viernes, el presidente norteamericano anunció el envío de una fuerza naval hacia la zona de Oriente Medio –el portaaviones USS Abraham Lincoln y tres destructores– en lo que podría ser el preludio de un ataque militar selectivo contra Irán –como el ejecutado el 22 de junio del año pasado contra tres instalaciones nucleares– o una maniobra de intimidación para que Teherán se pliegue a sus exigencias. El movimiento se asemeja  al que hizo en el Caribe y que acabó con el secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro.

Imponer la sacrosanta, y a veces errática, voluntad del emperador y extraer los máximos beneficios económicos para EE.UU. –y si puede ser, para la familia– son los ejes que guían la política exterior de Washington bajo Donald Trump. La democracia en el mundo es lo de menos. A veces incluso puede ser un estorbo... Como en Estados Unidos.


Europa, salvada por la campana

Newsletter 'Europa'

No hace mucho frío estos días en Nuuk, la capital de Groenlandia. La temperatura máxima, ayer al mediodía, estaba en 1º positivo y en los próximos días el termómetro tenderá a subir. Más frío hace en Ucrania -con una máxima de 7º bajo cero-, donde la población está sufriendo uno de los peores inviernos de la guerra, privada de calefacción a causa de los bombardeos rusos dirigidos contra las infraestructuras energéticas del país. A pesar de eso, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, a duras penas ha logrado hacerse oír estos días, focalizada como ha estado la atención de Estados Unidos y de Europa en el Ártico, donde se ha puesto crudamente en evidencia la crisis existencial de la Alianza Atlántica.

No se puede entender del todo la crisis de Groenlandia, precipitada por las caprichosas ansias anexionistas de Donald Trump -que alega discutibles motivos de seguridad nacional para querer incorporar la isla ártica a EE.UU.-, sin la guerra desatada hace casi cuatro años por Rusia contra Ucrania. El objetivo de salvaguardar a toda costa la OTAN y mantener el compromiso de Washington con la seguridad del continente frente a la amenaza rusa explica en gran medida la política de apaciguamiento -de servilismo, incluso- aplicada por Europa ante la hostilidad creciente del presidente norteamericano.

Esta actitud timorata, lejos de aplacarle, le ha envalentado. Trump se muestra tiránico con los débiles, a quienes no respeta, y mucho más complaciente con quienes le plantan cara. Hasta el punto de que, muchas veces, acaba dando marcha atrás. El columnista del Financial Times Robert Armstrong ha acuñado para estos casos el acrónimo TACO (Trump Always Chickens Out) esto es, ‘Trump siempre se acobarda’. ¿Ha pasado algo así en la crisis de Groenlandia, desactivada por el propio presidente estadounidense después de amenazar a diestro y siniestro? Algunos dirigentes quieren creer que, por fin, la Unión Europea se ha hecho respetar. Otros, que la vía pragmática del diálogo -con la proverbial intercesión del secretario general de la OTAN, Mark Rutte- ha sido decisiva. Todo indica, sin embargo, que otros factores han pesado más.

La relación entre EE.UU. y Europa tras el regreso de Trump a la Casa Blanca, hace ahora un año, está viciada desde el principio. El presidente norteamericano y su equipo desprecian ostensiblemente a Europa y particularmente a la UE, una organización que perciben frágil y dividida y a la que pretenden abiertamente combatir, mientras socavan a las fuerzas europeístas apoyando a los partidos de extrema derecha nacionalistas.

La guerra comercial del Día de la Liberación, desatada en abril por Trump contra cerca de 70 países, sin distinguir entre adversarios y aliados, fue la prueba decisiva. Mientras gobiernos como el de China o de Brasil presentaban batalla y forzaban a Washington a rectificar, la UE se conformó con amenazar con represalias, sin llegar nunca a aplicar ninguna contramedida. Como resultado, EE.UU. impuso un acuerdo comercial leonino por el cual aplica unos aranceles básicos del 15% a las importaciones de todos los productos europeos -en algunos casos, más, como al aluminio y el acero- mientras la UE los ha reducido a cero para las exportaciones norteamericanas. Algunos dirigentes europeos vendieron como un triunfo no haber salido peor parados.

“Trump percibe a los países europeos como un conjunto de vasallos pequeños y desarticulados que dependen asimétricamente del paraguas de seguridad estadounidense, su infraestructura tecnológica y su apoyo a Ucrania, sin capacidad para superar sus divisiones y limitaciones políticas internas”, ha constatado al respecto el politólogo Ian Bremmer, presidente del Grupo Eurasia. Más descarnado, el gobernador de California, y uno de los dirigentes demócratas que lideran la oposición interna a Trump en EE.UU., Gavin Newsom, aprovechó la tribuna del foro de Davos para reprochar a los dirigentes europeos su acobardamiento: “¡Despierten! ¿Dónde demonios se ha metido todo el mundo? Dejen la diplomacia de sutilezas (...) Ningún europeo podrá sobrevivir si siguen por este camino; en el proceso, necesitan mantenerse firmes, erguidos, unidos, tengan algo de carácter, tengan malditos huevos”, espetó.

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El presidente de EE.UU. Donald Trump., durante su intervención en el foro de DavosFABRICE COFFRINI / AFP

Si Trump llegó al extremo de plantear un ultimátum a Dinamarca y al conjunto de la UE para que aceptaran la venta o cesión de Groenlandia a EE.UU., amenazando con anexionársela por las buenas o por las malas, es porque tiene comprobado hasta qué punto los europeos pueden mostrarse pusilánimes. Anticipándose a la respuesta europea a su extorsión, vaticinó arrogante: “No resistirán mucho”. En la misma línea, el secretario del Tesoro, Scott Bessent -que pasa por ser uno de los miembros más sensatos del gabinete-, se burló de la “histeria” de los europeos y auguró que su única reacción sería “crear un grupo de trabajo”.

La semana, preñada de giros de guion dignos de una serie de televisión, arrancó duramente con la amenaza de Trump de imponer unos aranceles punitivos extraordinarios del 10% -ampliables- contra ocho países europeos por haberse significado especialmente en apoyo de Dinamarca enviando un pequeño contingente militar a Groenlandia. Ante eso, Bruselas volvió a poner sobre la mesa la amenaza de represalias arancelarias por valor de 93.000 millones de euros -ya previstas y nunca aplicadas cuando la guerra comercial- y algunos países, con Francia a la cabeza, plantearon desenterrar por primera vez el llamado Instrumento Anticoerción, lo que hubiera supuesto una verdadera escalada entre dos presuntos aliados. Para abordar la crisis, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, convocó de forma urgente una cumbre extraordinaria para la noche del jueves.

Felizmente -o no-, la UE se ha librado por ahora de tener que mostrar determinación. Trump llegó a Davos el miércoles con la agresividad esperada. Atacó con dureza a la UE y, aunque descartó por primera vez utilizar la fuerza militar para hacerse con Groenlandia, amenazó implícitamente a los europeos con consecuencias si no se avenían a cederle la isla ártica: “Pueden decir que sí, y lo apreciaremos mucho, o pueden decir que no y lo recordaremos”, advirtió en tono mafioso. Sin embargo, horas después, y a través de su red Truth Social, anunció un cese de las hostilidades y retiró la amenaza de aranceles, revelando que había alcanzado un principio de acuerdo con el secretario general de la OTAN para poder encontrar una solución al conflicto.

La vía propuesta por el neerlandés Mark Rutte, quien se ha ganado la benevolencia del presidente norteamericano regalándole el ego hasta la humillación, pasaría entre otras cosas -los contornos de la propuesta son todavía difusos-, por aumentar el papel de la OTAN y ceder a EE.UU. la soberanía territorial sobre una o varias bases militares en Groenlandia. Lo que está por ver que sea aceptable para Copenhague y Nuuk, para quienes la soberanía e integridad territorial de la isla son una línea roja.

Nada puede darse, pues, por arreglado, pero el conflicto ha entrado en otra fase y los europeos han respirado aliviados. La cumbre de Bruselas sirvió para analizar, más serenamente, la situación de las relaciones con EE.UU., que siguen siendo muy preocupantes, pero sin la urgencia de tener que tomar decisiones radicales que hubieran expuesto a la vista de todo el mundo la profunda división que existe en la UE. Y que muy probablemente hubieran desembocado en la adopción, nuevamente, de medidas timoratas. “Proporcionadas”, en la jerga diplomática de Bruselas.

Los más combativos, como el presidente francés, Emmanuel Macron, quien abogaba por responder con firmeza al desafío de EE.UU. y sacar la artillería pesada, han chocado aquí con una resistencia múltiple. Por un lado, el canciller alemán, Friedrich Merz, temeroso de las consecuencias de una escalada incontrolable y por tanto partidario de no soliviantar demasiado al presidente de EE.UU. -la misma actitud que ya adoptó cuando la guerra comercial-, con el apoyo de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y la alta representante para la Política Exterior, Kaja Kallas. Por otro lado, los amigos europeos de Trump, desde la italiana Giorgia Meloni hasta el húngaro Viktor Orbán. La retirada táctica de Trump ha permitido salvar las apariencias.

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El presidente francés, Emmanuel Macron, a su llegada a la cumbre europea de Bruselas NICOLAS TUCAT / AFP

(Mucho más rápido y expeditivo, el Parlamento Europeo aprobó el martes, con los votos de los principales grupos de la cámara, populares y socialdemócratas -y alguna excepción-, suspender el proceso de ratificación del acuerdo comercial con EE.UU. Decisión que ahora, a la vista de los nuevos acontecimientos, se espera que revierta)

¿Hasta qué punto la ambivalente reacción de la UE, amenazando con una respuesta firme, ma non troppo, explica el cambio de Trump? A la vista de los antecedentes, parece por sí solo un argumento insuficiente. Todo indica, en cambio, que la reacción de los mercados financieros puede haber sido definitiva. El riesgo de que los aranceles punitivos de Trump desataran una nueva guerra comercial disparó el martes la venta de bonos del tesoro norteamericano -al grito de Sell America (Vende América)-, lo que provocó un repunte del coste de la deuda de EE.UU. -de casi siete puntos básicos a 10 años y de más de nueve a 30 años-, una depreciación del dólar y un retroceso de los valores bursátiles.

En plena crisis se conoció la decisión del fondo danés de pensiones AkademikerPension y del fondo sueco Alecta de desprenderse de la mayor parte de sus carteras de bonos estadounidenses, provocando el temor a una cascada de deserciones. Europa es el mayor poseedor de deuda norteamericana del mundo, por un valor de 8 billones de dólares, lo que le da un inmenso poder de desestabilización. “A pesar de todo su poder militar y económico, Estados Unidos tiene una gran debilidad: depende de otros para pagar sus cuentas a través de grandes déficits externos”, recordaba estos días George Saravelos, analista de divisas del Deutsche Bank. Señal del nerviosismo que empezó a extenderse al otro lado del Atlántico, Donald Trump amenazó con “grandes represalias” si los europeos empezaban a vender masivamente deuda norteamericana… Tras su marcha atrás, los mercados volvieron a su cauce. Hasta nueva orden.

Volodímir Zelensky pudo finalmente reunirse con el presidente de EE.UU. en Davos el jueves, un encuentro que sirvió para avanzar -ya veremos hasta qué punto, dada la inflexibilidad de Moscú- en el plan de paz auspiciado por Washington. El presidente ucraniano no desaprovechó la ocasión para leerle la cartilla también a los europeos por su pasividad e inacción ante los desafíos que se le multiplican, ya vengan del Kremlin o de la Casa Blanca. Zelenski pinchó donde más duele, pintando a Europa como un “caleidoscopio fragmentado de potencias pequeñas y medianas”, e instó a sus dirigentes a tomar su destino en mano, asumir una verdadera autonomía estratégica -con unas fuerzas armadas unificadas que garanticen su seguridad- y ser más determinados y combativos en la defensa de sus intereses. Todo el mundo lo ve. ¿Quién todavía no lo ve?

Tropiezo con el Mercosur. En plena crisis ártica, la Comisión Europea y los países más comprometidos con el acuerdo comercial UE-Mercosur, firmado hace justo una semana, sufrieron el miércoles una dura e inesperada derrota cuando el Parlamento Europeo aprobó por una exigua mayoría -334 votos a favor, 324 en contra y 11 abstenciones– recurrir el tratado ante la Justicia europea, lo que podría retrasar hasta dos años su plena entrada en vigor. La oposición al tratado, que reúne a la extrema derecha y la extrema izquierda, contó con el apoyo de un nutrido grupo de desertores del PPE de Francia y Polonia, los dos países que más se han opuesto al acuerdo y donde las protestas de los agricultores, que se sienten perjudicados, ha sido más fuerte. El canciller alemán, Friedrich Merz, ardiente defensor del tratado -la industria, a priori, parte como la más beneficiada-, calificó de “lamentable” la decisión de la Eurocámara y abogó por aprobar una aplicación provisional del acuerdo, algo en lo que cuenta con el apoyo de España. El PP español, en plena campaña autonómica, se ha desmarcado y ha pedido que el tratado no entre todavía en vigor, aunque en Estrasburgo se plegó a la disciplina de voto del PPE.