domingo, 17 de mayo de 2026

Putin, de tropiezo en tropiezo

Visión periférica

Con la guerra de Ucrania empantanada y crecientes problemas internos, Vladímir Putin está sufriendo serios reveses en el plano internacional, desde el acoso de EE.UU. a sus aliados –Irán, Venezuela, Cuba– a su retroceso militar en África.


Está palideciendo la estrella de Vladímir Putin? Los últimos acontecimientos así parecen indicarlo. Empantanado desde hace ya más de cuatro años en la interminable guerra de Ucrania y con crecientes problemas internos, el presidente ruso ha sufrido en pocos meses  fuertes reveses a nivel internacional. Incapaz de frenar el acoso de Estados Unidos contra algunos de sus aliados históricos  en Oriente Medio y América Latina –Irán,  Venezuela, Cuba–, Rusia parece haber empezado también a perder pie en África.

La población maliense de Kidal, a las puertas del Sahara, ha sido históricamente un punto clave de las rutas de las caravanas que unían Argelia con Mali. Feudo de los tuareg, los hombres azules del desierto, ha sido en las últimas décadas una plaza fuertemente disputada entre los separatistas del Frente de Liberación del Azawad (FLA) y el Estado. Controlada desde el 2023 por el ejército regular y sus aliados rusos del Africa Corps, la ofensiva lanzada el 25 de abril por los independentistas y los yihadistas del Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM) –la rama de Al Qaeda en el Sahel– les hizo perder el enclave. Los rebeldes lanzaron ese día ataques simultáneos sobre media docena de ciudades de todo el país –entre ellas la capital, Bamako– y un comando kamikaze acabó con la vida del ministro de Defensa, general Sadio Camara, uno de los puntales del régimen surgido del golpe de Estado militar de mayo del 2021.

La pérdida de Kidal es el símbolo de una debacle en toda regla. No solo de la junta militar que gobierna Mali, sino también de Moscú. La reconquista de la ciudad hace tres años a manos de las fuerzas rusas y el ejército regular había sido presentada por el presidente maliense, el general Assimi Goïta, como la confirmación de lo acertado de su apuesta por una alianza militar con Rusia. La retirada de los 400 combatientes rusos de Kidal –cuya base pudieron abandonar sin ser atacados gracias a la mediación de Argelia– es un duro golpe para el Kremlin. Como lo es también el asesinato del ministro de Defensa, que era su principal interlocutor y el artífice de la alianza con Moscú.

El desembarco ruso en Mali se produjo en 2022 a raíz de la decisión de la junta militar golpista de romper con Francia –la antigua potencia colonial– y expulsar a las tropas francesas que desde el 2013 combatían contra los yihadistas (con un resultado desigual) Los franceses fueron inicialmente sustituidos por los mercenarios del grupo Wagner y luego –tras la rebelión y muerte de su jefe, Yevgueni Prigozhin, quien se había levantado en armas contra los jerarcas del ejército ruso– por los militares del Africa Corps, con obediencia directa hacia Moscú, que mantienen en el país unos 2.500 efectivos.

Tras Mali, siguieron los mismos pasos Burkina Faso y Níger, también después de sendos golpes de Estado. Los tres países, que en 2023 crearon la Alianza de los Estados del Sahel (AES), constituían hasta ahora la base de Rusia en África Occidental. Una región que podría perder y a la que EE.UU. da señales de querer regresar.

El retroceso ruso en Mali frente a a las milicias rebeldes es el último tropiezo al que se enfrenta Vladímir Putin. Pero no el primero. La guerra de Ucrania tampoco le va bien. Su ejército, con pérdidas humanas enormes a causa de la efectividad de los drones ucranianos, apenas logra avanzar sobre el terreno, cada vez le resulta más difícil reclutar soldados y el territorio ruso se ha convertido definitivamente en escenario bélico –incluida la propia capital, Moscú–, mientras la economía ha empezado a sufrir seriamente y su popularidad –a pesar de su  control absoluto de los medios de comunicación y el silenciamiento de la oposición– va a la baja. ¿Y Donald Trump? El presidente de Estados Unidos, en el cual tanto confiaba Putin para imponer un alto el fuego favorable a sus intereses, parece haberse desentendido por completo del asunto, ocupado como está en otros frentes.

El retorno de Trump a la Casa Blanca se está demostrando para el Kremlin un mal negocio. Lejos de asumir un reparto del mundo en esferas de influencia –como parecía dar a entender su revitalización de la doctrina Monroe–, el intervencionismo de Washington no tiene fronteras ni freno de ningún tipo.

En pocos meses, Moscú ha visto cómo Trump imponía su control sobre Venezuela –tras secuestrar al presidente Nicolás Maduro el pasado 3 de enero– e iniciaba un cerco sobre Cuba,  los dos puntales prorrusos en América Latina. En Oriente Medio las cosas no le van mejor. Tras la caída del régimen de Bashar el Asad en Siria, a finales del 2024, Putin ha visto si no caer, al menos  quedar fuertemente neutralizado a su otro gran aliado en la región, Irán, atacado en febrero por EE.UU. e Israel y a quien Washington desearía amarrar a su órbita al estilo venezolano (aunque le está costando más de lo que pensaba) Impotente, Rusia ha asistido a esta ofensiva múltiple sin capacidad de intervenir.

El desguace del orden internacional emprendido por Trump y el retorno de la ley del de la selva no está obrando precisamente en favor de Moscú. Como apunta Hanna Notte, directora del Programa de No Proliferación de Eurasia en el Centro James Martin para Estudios de No Proliferación, de California, y miembro del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), la política trumpista de marginación y desactivación de la ONU deja a Rusia sin uno de sus poderes de influencia internacional claves, cual es el derecho de veto en el Consejo de Seguridad. “Lo más probable –ha escrito en Foreign Affairs– es que Rusia vea cómo su proyección de poder global, ya debilitada por la guerra contra Ucrania, se erosiona aún más a manos de EE.UU.”. Si prima la ley del más fuerte, ya se sabe quién es.


Francia, camino del precipicio

Newsletter Europa

A once meses de la elección al Elíseo, la división política allana el camino para un triunfo de la extrema derecha


Emmanuel Macron surgió en 2017 como una anomalía política en Francia. Y va camino de acabar del mismo modo. El presidente francés consiguió ser elegido abriéndose paso contra todo pronóstico entre las dos grandes fuerzas políticas de entonces: el Partido Socialista (PS), de cuyo gobierno había formado parte como ministro de Economía bajo la presidencia de François Hollande, y Los Republicanos (LR), última marca del movimiento gaullista, cuyos dos últimos presidentes habían sido Jacques Chirac y Nicolas Sarkozy. Fue un cambio radical de eje.

El joven Macron, a sus 39 años, rompió el anclado bipartidismo de la política francesa y abrió un gran espacio de centro-liberal con vocación de erigirse en el polo hegemónico del país. Reelegido en 2022, su objetivo parecía al alcance de la mano. Sin embargo, casi una década después, y cuando ya se ha iniciado la cuenta atrás para su relevo en el Elíseo -lo que se producirá tras la elección presidencial de abril de 2027-, aquel espacio se ha convertido en un inmenso vacío. Y el nuevo bipartidismo imperfecto que ha alumbrado la política francesa lo protagonizan hoy los extremos.

Los sondeos de intención de voto para las elecciones legislativas -que toca celebrar un mes después de la presidencial- muestran desde hace tiempo la misma tendencia: los dos partidos que destacan por delante de todos los demás son el Reagrupamiento Nacional (RN), de extrema derecha, y La Francia Insumisa (LFI), de extrema izquierda. ¿Puede traducirse automáticamente este mismo escenario en la elección al Elíseo? No está tan claro, dado el sistema francés a doble vuelta. Todo dependerá de si en el gran espacio que va del centroizquierda al centroderecha surge un candidato con suficiente fuerza y capacidad de atracción como para lograr pasar a la segunda vuelta. Por ahora, eso no se ve por ningún lado. En su lugar, lo que hay es una miríada de aspirantes -entre ellos, varios ex primeros ministros e incluso un expresidente de la República- mirándose en el espejo mágico y preguntando si son ellos los ungidos por el destino.

Hoy por hoy, el RN y LFI son las dos únicas formaciones políticas que se presentan como una fuerza sólida y homogénea, y con un candidato reconocible e indiscutible. En el primer caso, Marine Le Pen, con su número dos, Jordan Bardella, como posible recambio en el supuesto de que la Justicia confirmara el próximo mes de julio la inhabilitación de la líder del RN por malversación de fondos del Parlamento Europeo (a la que fue condenada en primera instancia en 2025). Los sondeos de intención de voto ponen en cabeza a cualquiera de los dos (tanto monta, monta tanto). En el otro lado, Jean-Luc Mélenchon, que ha oficializado su candidatura sin esperar a tratar de resucitar la ya fenecida unidad de la izquierda. Las posibilidades de que Mélenchon quede en segundo lugar dependerán, como apuntan las encuestas, de la eventual aparición de un candidato unificador del centroderecha. Lo que está lejos de suceder.

La división es la norma general en el resto del espectro político, pero es especialmente lacerante en el centro. Macron logró la hazaña de llegar al Elíseo, pero se ha revelado incapaz de transformar ese éxito en la constitución de una fuerza política unida y coherente. El macronismo sigue siendo lo que era cuando nació: una amalgama de liberales, conservadores y socialdemócratas circunstancialmente unidos por un interés coyuntural que no ha acabado de arraigar (no hay más que ver su pobre presencia a nivel municipal). Con el líder a punto de abandonar el timón del Estado -Constitución obliga-, todas las diferencias políticas y las ambiciones personales han quedado expuestas a la cruda luz del día.

Dos ex primeros ministros de Macron, Édouard Philippe y Gabriel Attal, se destacan como los aspirantes con más posibilidades. El primero, alcalde de Le Havre y jefe de un pequeño partido a su medida -Horizons-, procede de la derecha y militaba en Los Republicanos hasta prácticamente el día antes de ser nombrado jefe del Gobierno por Macron en 2017. El origen político de Gabriel Attal es muy diferente. El hoy secretario general de Renaissance (Renacimiento) -el partido del presidente- procede en cambio del PS y se unió también a Macron en 2017, para luego ir ascendiendo a ministro y primer ministro (ya en 2024). Este miércoles, el consejo nacional del partido lo designó oficialmente candidato, pero esta decisión no suscita precisamente la unanimidad: Elisabeth Borne, quien también fuera jefa del Gobierno (2022), ha anunciado su decisión de abandonar la dirección en muestra de desacuerdo.

No hay que descartar que pudieran sumarse también a la carrera al Elíseo el ministro de Justicia, Gérald Darmanin, o incluso -¿por qué no?- el actual primer ministro, Sébastien Lecornu, que tiene en su haber el hecho de haber conseguido estabilizar el Gobierno y aprobar unos presupuestos después del fiasco de las elecciones anticipadas decididas por Macron hace dos años. Los dos vienen también, por cierto, de la derecha.

Para que cualquier candidato del centroderecha tenga posibilidades en 2027 debería contar con el apoyo de Los Republicanos, partido en el que macronismo ha tenido que apoyarse en el Parlamento dada su falta de mayoría. Pero también en este espacio las ambiciones personales son numerosas y las sensibilidades políticas, divergentes. A pesar de haberse convertido en un partido subsidiario desde que empezara su aproximación ideológica a la extrema derecha, esta tendencia, lejos apaciguarse, es la que se está imponiendo en LR. El más claro exponente es su propio jefe de filas y candidato, el exministro del Interior Bruno Retailleau, un hombre del ala más derechista de los republicanos.

Pero tampoco está solo. También aquí hay otros aspirantes, como el exministro Xavier Bertrand -del ala más moderada- o el alcalde de Cannes, David Lisnard, que abandonó el partido en marzo para ir por libre, a quienes podrían añadirse otras figuras en los próximos meses (¿recuerdan a Dominique de Villepin?). Y, por supuesto, aunque desde fuera del partido, un viejo colega: Éric Ciotti, expresidente de LR que fue expulsado de esta formación política por sus propios compañeros de dirección en 2024 por haber llegado a un acuerdo preelectoral con Marine Le Pen. Al frente de una nueva fuerza llamada Unión de las Derechas de la República (UDR), también está calentando por la banda.

La izquierda que orbita alrededor del Partido Socialista no está en mejor disposición. Descartada la unidad con La Francia Insumisa por diferencias irreconciliables, la posibilidad de encontrar un candidato común entre socialistas, ecologistas, comunistas y otros adláteres parece también lejana y las dos figuras que aparecen con más posibilidades, el primer secretario del PS, Olivier Faure, y el líder de Plaza Pública, Raphaël Glucksmann -con permiso del expresidente François Hollande, que se mantiene al acecho-, van por detrás del centroderecha.

Mientras unos y otros discuten si son galgos o podencos, y Emmanuel Macron busca desesperadamente la manera de cerrar con honor su mandato, las posibilidades de un triunfo de la extrema derecha en la elección presidencial del 2027 se van afianzando. Destrozados los dos grandes partidos históricos de la V República sin que haya aparecido nada sólido en su lugar, solo una candidatura unitaria del centroderecha y la derecha -por circunstancial que sea- parece potencialmente capaz de cambiar el guion. Porque si la elección final en la segunda vuelta se acaba estableciendo entre Marine le Pen -o Jordan Bardella- y Jean-Luc Mélenchon, los primeros ganarán de calle. Este es el panorama cuando quedan once meses para unas elecciones que pueden cambiar por completo la fisonomía de Francia y, con ella, la de Europa.

 

Conmoción en el Reino Unido. La situación política al otro lado del Canal de la Mancha no es menos agitada. El fuerte ascenso de la extrema derecha de Nigel Farage (Reform UK) en las elecciones municipales del pasado día 7 y el hundimiento del Partido Laborista han desatado una tormenta que amenaza con llevarse por delante al primer ministro, Keir Starmer. Decenas de diputados laboristas han pedido su dimisión y dos figuras del partido, el alcalde de Birmingham, Andy Burnham, y el hasta ahora secretario de Salud, el dimisionario Wes Streeting, se perfilan como aspirantes a arrebatarle el puesto. De momento, y mientras Burnham trata de lograr un escaño en el Parlamento de Westminster -en la elección parcial a la Cámara de los Comunes del mes que viene en el distrito de Makerfield- las espadas se mantienen en alto.

Negociación sobre Groenlandia. Tras los sucesivos órdagos del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para arrebatar a Dinamarca -por las buenas o por las malas- Groenlandia, las aguas parecen haber regresado al cauce de la negociación desde el más puro pragmatismo (algo que agradecer a la intervención del secretario general de la OTAN, Mark Rutte). Ambos gobiernos están negociando desde hace unos meses con discreción la posible cesión a EE.UU. de tres enclaves en el sur de la isla ártica para la instalación de nuevas bases militares desde las que controlar las actividades marítimas rusas y chinas en el Atlántico Norte. Washington ya dispone de una base aérea en el norte, Pituffik (antigua Thule), que las autoridades danesas y groenlandesas se han mostrado abiertas a ampliar. ¿Bastará todo ello para satisfacer a Trump?

Talibanes, de entrada no, pero… La Unión Europea no reconoce al régimen de los talibanes en Afganistán y no tiene intención de hacerlo, al menos formalmente. Sin embargo, una cosa son los principios y otra las cosas de comer, así que la Comisión Europea ha invitado a representantes del gobierno de Kabul a una reunión “técnica” en Bruselas para abordar el establecimiento de un mecanismo de cooperación con el fin de facilitar la deportación de ciudadanos afganos instalados en Europa que “representen una amenaza de seguridad”. Con cada vez más países defendiendo una política de mano dura contra la inmigración irregular y abogando por un sistema que agilice las expulsiones, la UE -como hiciera con la idea de crear centros de retención extramuros- prefiere guardar sus objeciones morales en el cajón.

 

 

 

 

domingo, 10 de mayo de 2026

Merz manostijeras


Newsletter Europa

Alemania promueve una política de recortes a nivel interno y europeo para financiar la defensa


En Alemania, las mujeres, cuando acaban de ser madres, son empujadas a dejar su trabajo y ocuparse de su retoño hasta que este alcanza la edad de tres años. Es una tradición socialmente muy arraigada, hasta el punto de que aquellas que optan por adelantar el retorno a su actividad profesional son despectivamente tildadas de rabenmutter (literalmente, madre cuervo). La Administración tampoco se lo pone fácil, con una oferta históricamente deficitaria de plazas de guardería que incita a quedarse en casa. Ahora, la abnegación de estas madres va a ser premiada con su expulsión del seguro de salud. Así lo prevé -salvo unas pocas excepciones- el proyecto de ley de reforma del Seguro Médico Obligatorio aprobado esta semana por el Gobierno alemán, que dejará sin cobertura sanitaria gratuita al cónyuge que no trabaje.

El recorte de derechos sanitarios en el seno del matrimonio es solo una de las medidas previstas en el proyecto gubernamental, que pretende ahorrar hasta 16.300 millones de euros al año. También se aumentará el copago de los medicamentos y de las estancias hospitalarias, por ejemplo. El objetivo de la reforma, que el canciller Friedrich Merz calificó de “histórica”, es cuadrar los números sin tener que aumentar las cotizaciones de la generalidad de los trabajadores y de las empresas. Sobre todo de estas últimas, cuyas cargas fiscales y financieras el Gobierno quiere aligerar para tratar de revitalizar una economía que arrastra un estancamiento crónico desde que la guerra de Ucrania y el enfrentamiento con Rusia dejó a la industria alemana sin el maná del barato gas ruso.

La reforma de la sanidad pública es una de las previstas en el famoso -y retrasado- “otoño de reformas” prometido por Merz y que, básicamente, consistirá en meter la tijera al “insostenible” Estado del Bienestar alemán (en palabras del propio canciller) para destinar el dinero a otras causas. Porque donde no habrá recortes, e incluso se contraerá nueva deuda, es en el presupuesto de defensa, que aumentará el año que viene un 28%, pasando de 82.700 a 105.800 millones de euros, y que ha de seguir incrementándose año a año hasta alcanzar en el 2030 el 3,5% del PIB.

La apuesta de Merz en Alemania, que no parece que vaya a contribuir a mejorar su degradada imagen -su popularidad está bajo mínimos un año después de su elección como canciller-, es la misma que pretende aplicar en Europa. Y si es previsible que en Berlín sufran las costuras del gobierno de coalición entre democristianos y socialdemócratas, otro tanto puede suceder en Bruselas y Estrasburgo. El debate de fondo es muy parecido. Todo el mundo está de acuerdo en que Europa, confrontada a la agresividad de Rusia y el desentendimiento de Estados Unidos, debe aumentar su gasto de defensa. La cuestión es cómo financiarlo. Y la respuesta de Alemania es clara: quitando de otro sitio.

Los 27 quieren aumentar sensiblemente la inversión en las políticas de competitividad y de defensa, lo que indefectiblemente pesará sobre otras partidas. La propuesta elaborada por la Comisión Europea para el marco presupuestario del periodo 2028-2034 -que empieza a discutirse ahora- es básicamente continuista en lo que afecta a las grandes cifras: cerca de 2 billones de euros, equivalente a un 1,26% de la Renta Nacional Bruta (RNB) comunitaria. Y aunque es cierto que la CE prevé contar con nuevos recursos propios, también lo es que ha de afrontar nuevos gastos, como los 168.000 millones correspondientes al reembolso de la deuda común emitida para combatir la crisis económica de la covid.

La distribución interna del gasto y su evolución es difícil de calcular porque ha cambiado la arquitectura presupuestaria y los fondos sectoriales serán refundidos a partir de ahora en fondos nacionales, que se adjudicarán a cada Estado en función de un programa de actuación pactado con Bruselas. Sin embargo, como no se puede hacer más con el mismo dinero es obvio que ciertas políticas históricas se resentirán, lo que apunta directamente a la Política Agraria Común (PAC) y el Fondo de Cohesión. Y no todo el mundo está dispuesto a aceptarlo.

Los países llamados frugales, con Alemania a la cabeza, no quieren ni oír hablar de aumentar el presupuesto –“No encaja con la situación”, subrayó recientemente Merz-, mientras que los más afectados por los previsibles recortes agrícolas y de cohesión, entre ellos España, presionan en sentido contrario. Pero la división no solo existe entre países, en función de sus intereses, también la hay entre las instituciones comunitarias.

El Parlamento Europeo, que tiene poderes de codecisión en esta materia, aprobó la semana pasada un documento base de negociación en el que plantea un “moderado” aumento presupuestario del 10% con el objetivo de no sacrificar ningún programa, algo que augura un enfrentamiento con el Consejo Europeo, que reúne a los jefes de Estado y de Gobierno. Desde luego, Alemania lo rechaza de plano, al igual que cualquier idea de volver a lanzar una operación de endeudamiento común. Dato curioso: entre los partidarios de elevar el gasto está el presidente del PPE y líder de la CSU, el alemán Manfred Weber. Es dudoso que Merz lo aprecie.

 

A vueltas con los aranceles. Donde sí han ido de la mano Merz y Weber es en el espinoso asunto del acuerdo comercial con Estados Unidos, pactado por Ursula von der Leyen y Donald Trump en Turnberry (Escocia) el verano pasado y todavía en proceso de ratificación en el seno de la UE. El Gobierno alemán y el PPE han presionado fuertemente para su rápida aprobación por el Parlamento Europeo, tanto más cuanto que el presidente de EE.UU. amenazó días atrás con imponer nuevos aranceles del 25% (en lugar del 15% pactado) sobre los automóviles europeos.

En teoría, la irritación de Trump se debe al retraso del proceso de ratificación, pero la amenaza se produjo inmediatamente después de que el canciller Friedrich Merz asegurara con desenvoltura que EE.UU. estaba siendo “humillado” por Irán en el conflicto del Golfo. Y casi en paralelo al anuncio, también inopinado, de la próxima retirada de 5.000 de los 36.000 soldados norteamericanos desplegados en Alemania.

Sea como fuere, la inconstancia del presidente estadounidense y sus continuos cambios de humor no han hecho más que sembrar la desconfianza y acentuar las divisiones en el seno de la UE. Algunos países y varios grupos políticos dela Eurocámara presionan ahora para añadir al acuerdo cláusulas de salvaguarda que permitan suspenderlo si Washington lo incumple. Uno de los más beligerantes ha sido, también aquí, otro alemán, el eurodiputado socialdemócrata Bernd Lange, presidente de la Comisión de Comercio del Parlamento Europeo. La noche del jueves hubo un nuevo intento fallido de acordar una posición común entre los representantes de la Eurocámara, la Comisión y los 27. Aún tienen margen: Trump ha puesto como fecha límite el 4 de julio.

Amigos por doquier. La 8ª cumbre de la Comunidad Política Europea (CPE), foro que reúne a una cuarentena larga de jefes de Estado y de gobierno europeos más allá de los acotados márgenes de la UE, ha tenido esta semana un carácter especial. Celebrada en Ereván, la capital de Armenia, ha venido a subrayar un cambio geopolítico de calado: el viraje proeuropeo de esta república exsoviética, que hasta hace bien poco figuraba como un aliado histórico de Rusia. El primer ministro armenio, Nikol Pashinián, quien llegó al poder tras la revolución de Terciopelo en 2018, ha sido el gran impulsor de este cambio, acelerado por la guerra de 2020 y 2023 con Azerbaiyán, en la que Moscú se lavó las manos. En 2025 el Gobierno armenio solicitó formalmente la adhesión a la UE, una aspiración que Bruselas respaldó esta semana en una reunión bilateral.

 La cumbre de la CPE tuvo otra circunstancia extraordinaria: la presencia del primer ministro canadiense, Mark Carney, que quiso de esta manera marcar su acercamiento a Europa en un momento gélido de las relaciones entre su país y Estados Unidos. La posibilidad de que Canadá pudiera algún día integrarse en la UE, por más que muchos de sus ciudadanos así lo deseen, no parece sin embargo probable.

Inestable Rumanía. La 8ª cumbre de la Comunidad Política Europea (CPE), foro que reúne a una cuarentena larga de jefes de Estado y de gobierno europeos más allá de los acotados márgenes de la UE, ha tenido esta semana un carácter especial. Celebrada en Ereván, la capital de Armenia, ha venido a subrayar un cambio geopolítico de calado: el viraje proeuropeo de esta república exsoviética, que hasta hace bien poco figuraba como un aliado histórico de Rusia. El primer ministro armenio, Nikol Pashinián, quien llegó al poder tras la revolución de Terciopelo en 2018, ha sido el gran impulsor de este cambio, acelerado por la guerra de 2020 y 2023 con Azerbaiyán, en la que Moscú se lavó las manos. En 2025 el Gobierno armenio solicitó formalmente la adhesión a la UE, una aspiración que Bruselas respaldó esta semana en una reunión bilateral.


 

 

 

domingo, 26 de abril de 2026

¿Quién teme al rearme de Alemania?


Newsletter Europa

El giro histórico de Berlín en materia de defensa reforzará a Europa pero puede despertar viejos fantasmas en el continente

 

“En 1940 vinieron con los tanques, ahora vienen con el euro”. En lo más duro de la crisis de la deuda europea, desencadenada tras el crack financiero del 2008, en Francia solían escucharse frases como esta en alusión a Alemania y su diktat fiscal, comparándolo con el inicio de la invasión de Hitler en la Segunda Guerra Mundial. La imposición, por parte de Berlín, de una estricta y durísima cura de austeridad a los países en dificultades -que alargó la crisis económica, disparando el paro y la pobreza-, generó entonces un fuerte resentimiento contra el rigorismo y la falta de solidaridad alemanes. En Grecia, el país más maltratado, las pancartas de las manifestaciones exhibían a la entonces canciller, Angela Merkel, con el uniforme nazi… La Historia pesa. Y las heridas del pasado pueden acudir al presente con sorprendente rapidez.

El giro histórico que está protagonizando Alemania en materia de defensa, después de décadas de voluntaria inhibición -las dos guerras mundiales habían sido hasta ahora un formidable lastre político y moral-, prefigura cambios de gran alcance en la Unión Europea. De entrada bienvenida, pues reforzará la seguridad de Europa en un momento clave -con una Rusia agresiva y expansionista, y unos Estados Unidos en retirada-, la transformación de Alemania en una potencia militar cambiará radicalmente la dinámica interna en el seno de la UE. Y puede despertar también viejos fantasmas y temores.

El ministro alemán de Defensa, Boris Pistorius, presentó este miércoles los principales ejes de la nueva estrategia para reforzar las Fuerzas Armadas federales (Bundeswehr), cuya dotación humana pretende aumentar hasta los 460.000 efectivos, entre soldados en activo (260.000) y reservistas (200.000), además de incrementar progresivamente sus capacidades y lograr -en el horizonte de 2039- la “superioridad tecnológica”. “Estamos convirtiendo a las Fuerzas Armadas alemanas en el ejército convencional más fuerte de Europa”, declaró. Una afirmación que puede provocar, en algunos, cierto escalofrío.

Tras sus consecutivas derrotas en las dos guerras mundiales, Alemania -primero de manera forzada y después voluntaria- abandonó su militarismo prusiano y optó por un perfil bajo, primando su carácter de potencia civil y económica dentro de un continente reconciliado a través de la Unión Europea, y limitando tanto sus ambiciones geopolíticas como sus capacidades militares, estrictamente encuadradas por otro lado en una OTAN pilotada por Washington. La contención de su ejército fue también la condición para que los países vencedores aceptaran, tras la caída del muro de Berlín en 1989, la reunificación de la Alemania Occidental (RFA) y la Alemania Oriental (RDA)

La invasión de Ucrania por las tropas rusas en 2022, ordenada por Vladímir Putin, pilló desprevenida a toda Europa, pero particularmente a Alemania, que había confiado hasta entonces en que los vínculos comerciales y económicos con Rusia descartarían la amenaza de un conflicto bélico. La primera oferta de ayuda del entonces canciller, Olaf Scholz, a Kyiv -consistente en el envío de cascos y chalecos antibalas- puede mover hoy a la risa pero explica perfectamente de qué condiciones psicológicas se partía.

Han pasado ya más de cuatro años desde la agresión -sin que Rusia haya logrado imponerse en el campo de batalla- y Europa no solo se ha convertido en el principal sostén de Ucrania sino que ha visto las orejas al lobo y comprendido la necesidad imperiosa de reforzar sus propias capacidades de defensa. Más aún desde que el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca ha puesto en duda la solidaridad de la OTAN.

En este tiempo, Alemania ha experimentado un cambio radical, especialmente tras la elección como canciller del democristiano Friedrich Merz en mayo de 2025. Tras pactar con los socialdemócratas romper el límite constitucional al endeudamiento del Estado en lo concerniente al gasto en defensa, Berlín se ha volcado en el objetivo de aumentar sostenidamente este capítulo para  alcanzar el 3,5% del PIB en el año 2029. Con un presupuesto anual de 83.000 millones de euros (cerca de 100.000 millones de dólares), Alemania es hoy el cuarto país del mundo que más gasta en defensa en términos absolutos, por detrás de Estados Unidos, China y Rusia, y por delante del Reino Unido y Francia, hasta ahora las dos principales potencias militares europeas.

Este salto histórico, el cambio de era (Zeitenwende) del que había hablado Scholz, ha sido oficialmente bienvenido por todos sus socios y aliados. Pero que la principal potencia económica de la UE se convierta también en la primera potencia militar amenaza con alterar de forma sustancial los equilibrios internos en la Unión. Y cuesta imaginar que no vaya a levantar suspicacias en Francia, que hasta ahora ha ostentado esta segunda condición y que -pese a tener la ventaja de contar con una fuerza de disuasión nuclear- no tiene la capacidad económica para igualar a Alemania. “Francia tiene miedo de perder la última cosa que hacía mejor que los alemanes”, comentó al respecto en Le Figaro Paul Maurice, del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI). También puede levantar recelos en el Reino Unido, históricamente preocupado por que ninguna potencia continental se destaque con un poder excesivo.

Todas estas consideraciones pueden parecer extemporáneas, dada la estrecha integración de los países europeos en la UE y la OTAN, pero como apunta la historiadora y politóloga alemana Liana Fix, investigadora del Council on Foreign Relations (CFR), en un artículo en Foreign Affairs significativamente titulado “La nueva hegemonía europea. Los peligros del poder alemán”, todo esto podría cambiar, y adquirir un tono amenazador, si en un futuro el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) pudiera llegar a gobernar o a participar de algún modo en el gobierno federal. No es una hipótesis exagerada: los sondeos le otorgan hoy el primer lugar en intención de voto con un 26%.

“Del mismo modo que Washington ha formulado reivindicaciones antes inconcebibles sobre Canadá y Groenlandia, una Alemania liderada por la AfD podría llegar a reclamar territorio francés o polaco”, advierte Fix, quien como vacuna propone una mayor integración europea: “Berlín necesita fortalecer su ejército. El continente está en peligro y ningún otro gobierno europeo tiene la capacidad fiscal que Alemania puede ofrecer. Pero Berlín debe reconocer los riesgos que acompañan sus fortalezas y limitar el poder alemán integrando su poder defensivo en estructuras militares europeas más profundamente integradas”.

Este es el gran reto que tiene Europa por delante. Y no únicamente por los potenciales riesgos que pudieran partir de su interior -las fuerzas nacionalistas de extrema derecha no solo amenazan en Alemania, también lo hacen en Francia sin ir más lejos-, sino por la previsible pérdida del paraguas defensivo norteamericano. Trump ha amagado más de una vez con abandonar la OTAN y relativizado también de forma reiterada la garantía de defensa mutua inscrita en el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte. En estas circunstancias, lo menos que puede suceder es que EE.UU. vaya diluyendo progresivamente su implicación en la seguridad de Europa. Lo cual implicaría, en cualquiera de los casos, un grave debilitamiento de la fuerza disuasoria de la Alianza.

En la cumbre celebrada este jueves y viernes en Chipre, los dirigentes de los 27 abordaron la necesidad de activar la cláusula de defensa mutua del artículo 42.7 del Tratado de la UE, semejante a la de la OTAN pero menos vinculante, con el fin de hacerla realmente operativa. La iniciativa partió del país anfitrión -que ostenta asimismo la presidencia semestral de la Unión- y no porque sí: Chipre sufrió un ataque colateral -con drones- en el inicio de la guerra de Irán, pero al no formar parte de la OTAN no puede contar con la defensa de la Alianza. La Comisión será ahora la encargada de elaborar una estrategia de respuesta conjunta en caso de ataque contra cualquiera de los países de la Unión.

Pese a ser consciente de los desafíos, la UE va dando solo pequeños pasos, a veces muy tímidamente. Lo máximo que ha hecho hasta ahora ha sido impulsar, habilitando una línea de créditos a bajo interés por 150.000 millones de euros (programa SAFE), la puesta en marcha de proyectos colectivos en materia de defensa de aquí al año 2030, algo que en el mejor de los casos es el embrión de una mayor cooperación pero que por el momento no pasa de ser una medida complementaria. No hay, hoy por hoy, mayor compromiso mutuo. Ni un programa de modernización y adquisición de armamento de alcance verdaderamente europeo y con financiación europea -como se hizo con la covid-, ni el proyecto, ambicioso y difícil, de constituir el núcleo de un futuro ejército europeo con una cadena de mando integrada. Todo eso todavía queda lejos.

 

Saltó el cerrojo húngaro. La derrota electoral del hasta ahora primer ministro húngaro, Viktor Orbán -quien prefirió saltarse la última cumbre europea-, ha desbloqueado finalmente la concesión del crédito de 90.000 millones de euros que la UE había acordado conceder a Ucrania y que Budapest mantenía bloqueado. Los líderes de los 27, reunidos en Chipre, dieron la luz verde definitiva al préstamo -de vital importancia para Kyiv para poder mantener la resistencia frente a la agresión rusa y la propia supervivencia del Estado-, así como al 20º paquete de sanciones contra Moscú, también paralizado por la resistencia húngara.

El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, viajó personalmente a Chipre para celebrar y agradecer la aprobación de la ayuda, y lo hizo con un presente bajo el brazo: la reparación del oleoducto Druzhba, que canaliza petróleo ruso hacia Hungría y Eslovaquia, dañado por los combates. Viktor Orbán había supeditado el levantamiento de su veto a la ayuda a Kyiv a la reparación del oleoducto, que ahora finalmente está ya operativo. Zelenski aprovechó la ocasión para presionar por una aceleración de las negociaciones de adhesión de su país a la UE, que querría ver culminar en 2027. Superado también el bloqueo húngaro en este asunto, el proceso podrá retomarse ahora, pero no hay unanimidad sobre la oportunidad de acortar los plazos y conceder a Ucrania una vía exprés para su ingreso en el club.

Si la caída de Orbán ha eliminado a un socio perturbador -y peligrosamente amigo de Moscú-, la victoria en Bulgaria del populista de izquierda Rumen Rádev puede abrir un nuevo frente en este terreno. Prorruso y euroescéptico, el futuro primer ministro ha manifestado, sin embargo, su disposición a llevar a cabo una política exterior “pragmática”, lo que incluye una conllevancia razonable con Bruselas y sus socios.

 

Trump purga su pecado original


Visión periférica
 

Empujado por Israel, Trump se lanzó a la guerra contra Irán y ahora intenta salir como sea del lodazal en que se ha metido. El presidente de EE.UU. está pagando la ruptura unilateral  del acuerdo nuclear firmado en 2015 con Teherán.

 

El 11 de febrero Donald Trump cerró definitivamente la trampa sobre sí mismo. Ese día recibió en la Casa Blanca al primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu, y se dejó convencer de que era el momento propicio para atacar a Irán y forzar la caída del régimen de los ayatolás. El presidente de Estados Unidos, cuyo ego desbordaba a raíz de la exitosa operación militar en Venezuela contra Nicolás Maduro, se dejó tentar por la idea de una nueva hazaña bélica y desoyó las reticencias expresadas por buena parte de los suyos. La trampa, sin embargo, había empezado a tenderse mucho antes, en 2018, cuando en su primer mandato Trump –empujado por el mismo Netanyahu– rompió el acuerdo nuclear de 2015 con Teherán. “La mejor victoria es vencer sin combatir”, escribió en el siglo V a.C. el estratega chino Sun Tzu en su célebre El arte de la guerra. EE.UU. se privó de esta posibilidad hace ocho años.

El diario The New York Times ha desvelado algunos detalles del encuentro del 11 de febrero y de los debates que en los días siguientes mantuvo Trump con sus más estrechos colaboradores: el director de la CIA, John Ratcliffe, y el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Dan Caine, pusieron en duda la viabilidad de los planes presentados por Israel, así como el secretario de Estado, Marco Rubio, y el vicepresidente, J.D. Vance., el más contrario a la guerra. Solo el secretario de Defensa (oportunamente rebautizado ‘de Guerra’), Pete Hegseth, estaba a favor.

Pero todas las reservas de unos y de otros fueron desoídas por Trump, totalmente alineado con Netanyahu. El resultado es conocido: el 28 de febrero EE.UU. e Israel lanzaron una campaña de bombardeos masivos contra Irán que no ha alcanzado –pese a la propaganda en sentido contrario– ninguno de sus objetivos (salvo el de asesinar al líder Supremo, Ali Jamenei, y gran parte de la cúpula iraní)

“El presidente Donald J. Trump estableció unos objetivos claros en la operación Furia Épica y, en tan solo 38 días, la mayor fuerza de combate que el mundo haya conocido jamás ha cumplido dichos objetivos con una fuerza abrumadora y una precisión letal. Irán ha aceptado ahora un alto el fuego y la reapertura del estrecho de Ormuz mientras la Administración Trump negocia un acuerdo de paz más amplio, lo que demuestra una vez más el éxito de la política de ‘paz por medio de la fuerza”. El día 8 la Casa Blanca celebró  de este modo, con un triunfalismo totalmente desplazado, la precaria y frágil tregua alcanzada con Teherán.

El comunicado se inscribe plenamente en lo que una de las consejeras de Trump en su primer mandato, Kellyanne Conway, bautizó en su día como “hechos alternativos”. Porque la realidad es que, siete semanas después de empezadas las hostilidades, Irán está debilitado pero no ha sido vencido, el régimen islamista sigue en pie –ahora en manos de los sectores más radicales, encabezados por la Guardia Revolucionaria–, el uranio enriquecido con el que Teherán podría algún día retomar su programa para fabricar la bomba atómica –más de 400 kilos– sigue en paradero desconocido y las consecuencias del bloqueo del estrecho de Ormuz –que parece acabado, por el momento– están perjudicando ya a la economía mundial, incluida la de EE.UU. (con la inflación descontrolada a siete meses de las cruciales elecciones mid-term)

La destrucción total de la capacidad militar iraní también está lejos de haberse producido: según fuentes de los servicios de inteligencia estadounidenses citados por la cadena CNN, Irán aún dispondría de la mitad de sus lanzadores de misiles, así como de miles de drones: “Siguen estando en gran medida en posición de causar un caos absoluto en toda la región”.

La medida de las dificultades de Trump la da el hecho de que la navegación por el estrecho de Ormuz –a través del que se canaliza una quinta parte de las exportaciones mundiales de petróleo y gas– sigue controlada por Irán, que hasta el viernes no decidió reabrirla, bajo sus condiciones y siempre que el alto el fuego temporal pactado entre Israel y Líbano se respete.

El presidente norteamericano está  purgando ahora el pecado original de haber roto en mayo del 2018 el acuerdo nuclear con Irán firmado tres años antes por EE.UU. –siendo Barack Obama presidente–, el Reino Unido, Alemania, Francia, la UE, China y Rusia, por el cual Teherán aceptó el control internacional de su programa nuclear. También entonces Trump se dejó llevar por Netanyahu, quien –contradiciendo los informes del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), según el cual Irán cumplía lo pactado– aseguró tener pruebas de que el régimen mantenía un programa nuclear secreto. Una semana después, Trump rompió unilateralmente el acuerdo, calificándolo de “horrible” y despreciándolo como “el peor acuerdo de la Historia”.

En un artículo en Foreign Affairs, la ex Alta representante para la Política Exterior de la UE Federica Mogherini, quien participó en las negociaciones del acuerdo de 2015, subrayaba que la única salida a la crisis –hoy como ayer– vuelve a ser el diálogo. “La búsqueda de la vía diplomática con Irán nunca fue un favor a Teherán –recordaba–. Fue un acto de interés propio por parte de actores internacionales que querían evitar la alternativa. Su razonamiento se ha visto justificado por esta terrible guerra”. Y apuntaba que ahora, para conseguir un acuerdo, EE.UU. deberá abandonar la mera coerción y ofrecer también “incentivos” a la otra parte, además de fijar mecanismos que garanticen que el pacto perdurará por encima de los cambios políticos en Washington.

Vistas las limitaciones de la opción bélica, Trump se ve ahora confrontado al reto  de tratar de arreglar lo que rompió en 2018 y buscar un nuevo acuerdo. No será más fácil que entonces. Y está por ver que el resultado sea mejor que hace ocho años.

Orbán, el último jefe ‘apache’


Newsletter Europa
 

La derrota electoral del líder húngaro deja huérfanas a las huestes de la extrema derecha europea


En la imaginería del western hollywoodiense hay una escena que se repite con cierta frecuencia. Acosados por un número de guerreros indios netamente superior, los protagonistas -generalmente, colonos en sus caravanas- consiguen zafarse matando al jefe de los asaltantes. Caído el caudillo apache (o sioux, o comanche), el ataque cesa y los guerreros se van por donde habían venido. La derrota electoral del hasta ahora primer ministro húngaro, el ultranacionalista Viktor Orbán -apeado del gobierno el domingo pasado tras 16 años ininterrumpidos en el poder-, parece haber tenido un efecto similar sobre las huestes europeas de la extrema derecha. Al menos, en su ánimo y en la percepción de la opinión pública. Ya no parece que se vayan a comer el mundo.

Ultraconservador y antieuropeísta feroz, impulsor de un régimen personalista de corte autoritario -la “democracia iliberal”, una democracia devaluada que mantiene elecciones libres pero cercena la división de poderes y el Estado de derecho, y limita la libertad de prensa y los derechos civiles-, Orbán se había convertido en el líder incontestable de la extrema derecha europea más combativa. Su grupo en el Parlamento Europeo, Patriots, donde están integrados entre otros el Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen – el numéricamente más importante, por delante del húngaro- y el Vox de Santiago Abascal, se elevó en 2024 al rango de tercera fuerza de la Cámara, tras los populares y los socialdemócratas, y ha adquirido en esta legislatura un peso creciente.

Ahora, los guerreros ultras se han quedado sin caudillo. El papel de Orbán como jefe de la tribu solo podía serle disputado, sobre el papel, por la primera ministra italiana, Giorgia Meloni. Sin embargo, a este lado de los Alpes, la líder del posfascista Hermanos de Italia optó hace tiempo por alinearse con el mainstream europeo, sobre todo en política exterior y económica, y desde su propio grupo, los Conservadores y Reformistas Europeos (CRE), ha propiciado una aproximación hacia el centroderecha y cerrado acuerdos con el PPE de Manfred Weber. No queda nadie más en la galaxia ultra con responsabilidades de gobierno -el más destacado es el primer ministro eslovaco, Robert Fico, lugarteniente de Orbán hasta ahora en la UE- que tenga la fuerza de arrastre suficiente.

Descabezados, los principales dirigentes ultras europeos se concentrarán hoy en la plaza del Duomo de Milán para reivindicar mano dura contra la inmigración y promover la deportación de los inmigrantes extranjeros en Europa (lo que eufemísticamente llaman “remigración”). Ahí estarán el italiano Matteo Salvini, el francés Jordan Bardella, el neerlandés Geert Wilders y -virtualmente- el español Santiago Abascal. Pero no se espera a Viktor Orbán, lo que no hará sino aumentar el sentimiento de orfandad

El cambio político en Hungría tiene muchas implicaciones y derivadas. Es enormemente trascendente, de entrada, para el propio país, donde Orbán y su partido, Fidesz -con una supermayoría en el Parlamento- han erosionado gravemente el sistema democrático (lo que le ha valido importantes sanciones europeas) La aplastante victoria del conservador Péter Magyar -un disidente de Fidesz que ha logrado reunir todo el voto de oposición-, representa la oportunidad de poner freno a esta deriva. Magyar, próximo ideológicamente en muchos otros aspectos a Orbán, se propone como prioridad restaurar el Estado de derecho, poner fin a la corrupción rampante -que implica a Orbán, sus familiares y amigos- y volver a anclar a su país en Europa.

La UE ha reaccionado con indisimulada satisfacción, pero también con cautela. Esperar y ver, parece ser la consigna. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha precisado que Bruselas aguardará a que el nuevo Gobierno húngaro implemente reformas concretas antes de desbloquear los fondos europeos congelados a Budapest -cerca de 35.000 millones de euros- por diversos motivos, fundamentalmente la vulneración del Estado de derecho y la corrupción asociada a la gestión de las ayudas comunitarias. También confía en que Hungría deje de ser el socio problemático de la Unión.

Orbán se había convertido en el principal factor de distorsión política en el seno de la UE y los 27 esperan ahora que el cambio normalice la situación, particularmente en lo que atañe al apoyo a Ucrania frente a la agresión de Rusia, que ha entrado ya en el quinto año de guerra. Amigo del presidente ruso, Vladímir Putin, y sensible a los intereses de Moscú -a quien, según se ha sabido recientemente, pasaba información confidencial sobre las interioridades del Consejo Europeo-, el hasta ahora premier húngaro se había dedicado a obstaculizar o retrasar sistemáticamente la adopción de medidas sancionadoras contra Rusia y liberar la ayuda a Ucrania.

Su última acción -y la que más ha irritado a sus socios- fue el veto a la concesión de un préstamo de 90.000 millones de euros a Kyiv, pese a que inicialmente le había dado su acuerdo en la cumbre de diciembre. La tensión había llegado a tal nivel que Orbán ha preferido ausentarse de la próxima cumbre en Chipre para evitar tener que despedirse de sus colegas. Ahora tocará a Magyar demostrar que las cosas han cambiado.

La caída de Orbán ha sido una mala noticia, como es lógico, para Vladímir Putin, que pierde un aliado en el seno mismo de la UE. Pero también lo es, y si cabe todavía más, para el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, empeñado en una ofensiva política de Estado para favorecer a los grupos nacionalistas y de extrema derecha en Europa. El líder húngaro no ha sido para Trump solamente un aliado, ha sido también un referente y su principal apuesta en su objetivo de difundir en el continente su agenda ultraconservadora y debilitar a la UE. No en vano, envió personalmente a su vicepresidente, J.D. Vance, y al secretario de Estado, Marco Rubio, a apoyarle en su campaña electoral. La derrota de Orbán es también la suya.

Trump ni siquiera podrá compensarla con la amistad de Giorgia Meloni, que tras su derrota en el referéndum sobre la reforma de la Justicia ha decidido cortar amarras con su amigo americano, consciente de que en Europa -donde el rechazo a la guerra de Irán es aplastante- la proximidad con el presidente de EE.UU. se ha convertido en un lastre político. La primera ministra italiana, quien ya discretamente se había distanciado de Washington al evitar comprometerse en la guerra -e incluso desautorizar el uso de las bases italianas para los bombardeos sobre Irán-, ha roto definitivamente esta semana al criticar abiertamente a Trump por sus ataques al Papa -que calificó en un comunicado de “inaceptables”- y suspender la renovación del acuerdo de defensa con Israel. Indignado, Trump certificó el fin de su amistad. “Ya no es la misma persona, e Italia no será el mismo país”, dijo. Y añadió: “Pensaba que tenía coraje, me equivoqué”.

El choque propició en Roma una especie de union sacrée y la líder de la oposición italiana, Elly Schlein -líder del Partido Democrático (PD)-, salió en defensa de la primera ministra. Schlein, por cierto, que participa este fin de semana en la cumbre de fuerzas progresistas en Barcelona, está entre quienes creen que la derrota de Orbán en Hungría es el signo de un cambio de tendencia en Europa. En una entrevista con La Vanguardia, declaró que “la era de las derechas nacionalistas en Europa ha acabado”.

Es cierto que en los últimos meses se han producido más señales en este sentido. La serie, estirando un poco, podría remontarse a diciembre de 2023, cuando el hoy primer ministro de Polonia, el liberal-conservador Donald Tusk, al frente de una amplia coalición de oposición, descabalgó del poder al nacional-populismo del partido Ley y Justicia (aunque no consiguió rematar la faena en las presidenciales de mayo de 2025). Más recientemente vendrían el inesperado éxito del liberal Rob Jetten en los Países Bajos -arrebatando el primer puesto a la ultraderecha- en octubre de 2005, y en este pasado mes de marzo la victoria del también liberal Robert Golob en Eslovenia -frente a un candidato declaradamente trumpista- y la reelección de la socialdemócrata Mette Frederiksen en Dinamarca -con un panorama electoral escorado más a la izquierda-. A lo que se añade la derrota de Meloni en su referéndum.

No todo es tan claro y lineal, sin embargo. En Bulgaria, por ejemplo, este domingo tiene todos los visos de ganar las elecciones legislativas -según los sondeos- el expresidente Rumen Radev, que no es de extrema derecha sino de centroizquierda, pero que ha expresado posiciones favorables a Rusia en el conflicto con Ucrania y puesto en tela de juicio la dirección hacia la que se encamina Europa.

La prueba de fuego definitiva, en todo caso, se producirá en 2027. El año que viene hay citas cruciales con las urnas en Francia, España, Italia y Polonia, los cuatro mayores países de la UE -por población y economía- después de Alemania. Según el resultado que arrojen, el aparente frenazo que han sufrido últimamente las fuerzas nacionalistas y de ultraderecha en Europa podría verse consolidado o, por el contrario, revelarse como un bache circunstancial. El desenlace está lejos de haberse escrito.

La primera cita, en mayo, será fundamental. Después de mucho esperar, la líder del Reagrupamiento Nacional (RN) francés, Marine Le Pen -o en su defecto, si se confirma su inhabilitación, su delfín, Jordan Bardella-, podría acariciar la victoria en las elecciones presidenciales. El RN se ha colocado desde hace tiempo cómodamente como primera fuerza política en Francia, pero la particularidad del sistema electoral francés -a dos vueltas- podría cerrarle una vez más la puerta del Elíseo a poco que enfrente tenga una personalidad suficientemente consensual (lo que por ahora no se vislumbra). Las elecciones legislativas subsiguientes -también a dos vueltas y por el sistema mayoritario- podrían volver a alumbrar un Parlamento fragmentado sin mayorías solidas.

En España, los sondeos indican que ganarán los conservadores del PP, pero que Alberto Núñez Feijóo solo podrá gobernar con el apoyo de la extrema derecha, algo a lo que -a diferencia de lo que sucede en otros países, como Alemania- no le hacen ningún asco. En Italia, los fratelli de Meloni siguen en cabeza de las intenciones de voto -y unas elecciones no son un referéndum-, todo lo contrario que en Polonia, donde los ultras de Ley y Justicia de Jaroslaw Kaczynski -que en los últimos comicios perdieron el gobierno pese a haber sido los más votados- están hoy claramente en segundo lugar, por detrás de la Coalición Cívica de Tusk.

Los movimientos políticos que se produzcan en estos últimos tres países tendrán importantes consecuencias para el devenir de Europa. Pero el epicentro estará en París. Si Francia elige a un presidente de extrema derecha, provocará un seísmo colosal y pondrá a la Unión Europea completamente patas arriba.


domingo, 12 de abril de 2026

Cuidado con Narva, la ciudad rusa de la UE

Newsletter Europa

La frontera oriental de Estonia podría ser escenario de una acción provocadora de Moscú aprovechando la crisis de la OTAN


Retengan este nombre: Narva. Es uno de los puntos débiles de la extensa zona de fricción entre la Unión Europea y Rusia. Si algún día se produce un incidente militar, una provocación rusa para testar la respuesta de la OTAN, podría ser aquí, en esta ciudad del extremo nororiental de Estonia, a orillas del Báltico, poblada fundamentalmente por rusos. Mientras el mundo entero mira hacia el Golfo Pérsico, en este punto fronterizo entre Europa y Rusia -al otro lado del río Narva se encuentra la ciudad rusa de Ivángorod- empieza a percibirse una inquietante agitación.

Como todas las ciudades fronterizas, Narva -centro industrial venido a menos donde, pese a todo, se genera la mayor parte de la energía que consume el país- ha pasado históricamente de mano en mano. Fue dominio danés y sueco antes de pasar al Imperio Ruso y, después, a la Unión Soviética, donde permaneció hasta la independencia de Estonia en 1991. Los movimientos demográficos tras la Segunda Guerra Mundial hicieron que hoy Narva sea una ciudad mayoritariamente rusa -el 85% de la población- y que un tercio de sus habitantes conserven la nacionalidad rusa.

La relación entre la nueva Estonia europea y su importante minoría rusa -una cuarta parte de la población total del país- no es fácil y está envenenada por la desconfianza mutua. La política llevada a cabo por el Gobierno estonio, temeroso de las injerencias de Moscú, tampoco ha ayudado a lo contrario: prohibición del voto a los rusos y a los apátridas -ciudadanos mayoritariamente de origen ruso pero sin nacionalidad reconocida, a quienes se identifica con un pasaporte gris-, implantación progresiva del estonio como única lengua en la enseñanza… La población rusa en Estonia vive todas estas medidas como agravios, lo que otorga al Kremlin un caldo de cultivo ideal para la agitación.

La aparición, el pasado mes de febrero, de una campaña en las redes sociales anunciando la creación de una supuesta República Popular de Narva -que englobaría a la ciudad y todo el condado de Ida-Viru- ha creado cierta inquietud, por más que el gobierno de Tallin le haya querido restar importancia presentándolo como una muestra más de la guerra híbrida de Moscú contra los países de la Unión Europea. No es menos cierto, sin embargo, que movimientos preliminares parecidos se produjeron en su día en las regiones rusófonas del este de Ucrania, Donetsk y Luhansk, antes de que -con el apoyo militar externo de Moscú- se proclamaran repúblicas independientes en 2014 y de que, a partir de la invasión de Ucrania en 2022 por las tropas rusas, Rusia se las anexionara formalmente. Un acto no reconocido internacionalmente y que, por sí mismo, no les ha entregado el control efectivo de la totalidad del territorio (por el que siguen combatiendo desde hace cuatro años)

La campaña, de la que se han hecho eco los medios de comunicación estonios, fue detectada y denunciada públicamente por un blog independiente, Propastop, que rastrea internet en busca de maniobras de intoxicación y desinformación. Las publicaciones recopiladas por Propastop, vehiculadas a través de una cuenta de Telegram y redifundidas por TikTok y VKontakte (una especie de Facebook ruso), promueven un discurso separatista y despliegan nuevos símbolos identitarios: bandera propia, con los colores verde, negro y blanco; un escudo de armas con un águila negra, e incluso distintivos militares de unas supuestas fuerzas armadas de la República Popular de Narva.

La tensión alrededor de esta zona se ha incrementado con la ofensiva ucraniana, mediante bombardeos de drones, lanzada contra los puertos rusos en el Báltico –Primorsk y Ust-Luga– con el objetivo de obstaculizar las exportaciones de petróleo ruso, principal fuente de financiación de Moscú. Un dron extraviado se estrelló accidentalmente el pasado 25 de marzo en la central eléctrica estonia de Auvere, en las cercanías de Narva, sin causar heridos. Y este lunes, la portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, amenazó a los estados bálticos con “represalias” si seguían permitiendo el paso de los drones ucranianos por su espacio aéreo, lo que obligó a Tallin a pedir a Kyiv que busque rutas alternativas para sus ataques sin sobrevolar Estonia.

Rusia tiene suficientes dificultades en Ucrania -tras más de cuatro años de guerra y un terrible número de bajas, no ha logrado alcanzar sus objetivos y sus avances son muy limitados- como para pensar que pudiera lanzar un ataque en toda regla contra la UE, que es lo mismo que decir contra la OTAN. Pero no ceja en su guerra soterrada contra Europa, como demuestra la reciente operación de sabotaje intentada por tres submarinos rusos en el Atlántico Norte desbaratada por británicos y noruegos.

Los analistas occidentales llevan tiempo alertando de la posibilidad de que Moscú, aprovechando la crisis interna de la Alianza Atlántica precipitada por el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, pudiera realizar alguna acción ofensiva limitada para testar la respuesta de la OTAN. Podría ser una incursión en Narva. O en el llamado corredor de Suwalki, la franja fronteriza entre Lituania y Polonia que constituye el único acceso terrestre de Rusia -desde Bielorrusia, país aliado suyo, y atravesando territorio europeo- al enclave de Kaliningrado, donde está la base de la flota rusa del mar Báltico.

El rechazo europeo a intervenir en la guerra ha crispado al presidente de EE.UU., que ha amenazado varias veces -la última, esta misma semana- con abandonar la Alianza. “Nunca me convenció la OTAN. Siempre supe que era un tigre de papel, y [Vladímir] Putin también lo sabe, por cierto”, escribió en uno de sus múltiples y airados mensajes. Quizá el presidente ruso pueda estar tentado de probar hasta qué punto es así, con el objetivo de forzar la ruptura definitiva -por disolución- de la alianza occidental.

El amigo de Moscú. “En cualquier asunto en el que pueda ser de ayuda, estoy a su servicio”. Con estas palabras se habría expresado el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, en una conversación con el presidente ruso, Vladímir Putin, en octubre de 2025 a propósito de la posible organización en Budapest de una cumbre sobre Ucrania. La transcripción de la conversación, difundida por la agencia Bloomberg, viene a añadirse a otras informaciones inquietantes sobre la complicidad entre Budapest y Moscú, como el hecho de que el ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, le pasara a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, información sobre los debates en el Consejo Europeo. Todo ello, junto a la obstaculización sistemática de las medidas europeas de apoyo a Kyiv, ha afianzado la idea de que Orbán es un auténtico caballo de Troya dentro de la UE.

Todo esto podría cambiar -o no- en las cruciales elecciones legislativas que se celebran mañana domingo en Hungría, en las que por primera vez en 16 años Orbán podría perder el poder. Todos los sondeos, efectivamente, otorgan una amplia ventaja a su rival, el opositor Péter Magyar, pero algunos analistas advierten que el resultado final puede ser más ajustado de lo previsto. La UE sueña con la derrota de Orbán, mientras Vladímir Putin y Donald Trump -que envió al vicepresidente J.D.Vance en su apoyo-, tienen todas sus esperanzas puestas en su reelección. ¡Curiosa confluencia! La derrota del premier húngaro no sólo sería una mala noticia para Rusia. También representaría un golpe para la revolución ultraconservadora y autoritaria que hoy, contra toda lógica histórica, auspicia EE.UU. en el continente.