lunes, 23 de marzo de 2026

EE.UU., camino de su enésima derrota

'Visión periférica'

La fuerza militar desplegada hasta ahora por EE.UU. contra Irán se está revelando insuficiente para quebrar al régimen de Teherán, cuya estrategia de atacar la economía mundial puede forzar a Trump a retirarse cantando una falsa victoria.

 

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, y al margen de intervenciones militares menores, Estados Unidos ha participado en cinco grandes guerras y apenas ha ganado ninguna. La de Irán, que hace seis, va por el mismo camino. Ni en Corea (1950-1953), ni en Vietnam (1955-1975), ni en Afganistán (2001-2021) ni en Irak (2003-2011) el coloso norteamericano alcanzó sus objetivos. La primera acabó en un armisticio, sin alterar el equilibrio de fuerzas (ahí está Kim Jong Un, el heredero de la estirpe comunista norcoreana, para atestiguarlo). En las demás tuvo que retirarse de forma más o menos humillante.

Solo en el caso de la guerra del Golfo (1990-1991), lanzada por el presidente George Bush (padre) para poner fin a la invasión iraquí de Kuwait, se puede decir que EE.UU. alcanzó el fin oficialmente perseguido. Si bien Washington consideró después que el trabajo se había quedado a medias y George W. Bush (hijo) atacó Irak en 2003 para derribar al régimen de Sadam Husein (lo cual consiguió, aunque enquistándose después en una guerra de baja intensidad que acabó con su retirada en 2011 sin haber logrado estabilizar el país ni convertirlo en un aliado fiable)

Vale la pena detenerse un momento en la guerra del Golfo, la primera gran intervención militar norteamericana en Oriente Medio. Para expulsar al ejército iraquí de Kuwait, EE.UU. reunió una  gran coalición internacional integrada por una cuarentena de países –desde árabes a europeos, entre ellos España– y obtuvo el aval de la ONU para restablecer las fronteras. No fue difícil. Derrotado el ejército iraquí, hubo quien hubiera deseado proseguir hasta Bagdad. Pero Bush frenó en la frontera, donde acababa el mandato legal de las Naciones Unidas.

El secretario de Guerra (antes Defensa) de EE.UU., Pete Hegseth –quien sirvió en Irak en 2005-2006, pero cuyo mayor mérito a ojos del presidente Donald Trump ha sido ser comentarista y agitador televisivo en Fox News TV–, aludió a la guerra del Golfo en una reunión con altos militares en 2025 poniéndola como modelo de una intervención exitosa: “Fue una misión limitada, con una fuerza abrumadora y un objetivo final claro”, resumió.

La guerra de Irán es un evidente contraejemplo. De entrada, y a diferencia de la del Golfo, no tiene el aval de la ONU ni ha logrado reunir una amplia coalición internacional en torno a EE.UU, que parece hacer aquí más bien el papel de comparsa de Israel (tal como ha denunciado el director del Centro Nacional de Contraterrorismo, Joe Kent, en su carta de dimisión). Sí se está empleando en Irán una fuerza abrumadora, pero en una campaña exclusivamente de bombardeos aéreos, sin intervenir hasta ahora –también a diferencia de la guerra del Golfo– con tropas de tierra, lo que tiene un alcance limitado. Pero ni es una operación acotada ni tiene un objetivo claro.  Y, por lo que se está viendo, Trump –quien ya en su primer mandato hizo gala de no leerse los informes de inteligencia porque le aburrían– ni siquiera anticipó la respuesta militar de Irán y se sorprende ahora tanto del cierre del estrecho de Ormuz como del ataque iraní a los aliados de EE.UU. en el Golfo.

La estrategia de Irán, incapaz de vencer convencionalmente a EE.UU. en el terreno militar, es muy clara. Resistir a toda costa y tratar de hacer el máximo daño posible a la economía mundial y estadounidense, de tal suerte que Trump se vea obligado a dar marcha atrás. La guerra de Irán no es popular en EE.UU. –un 54% de los norteamericanos está en contra–, ha violentado a la propia base electoral del mundo MAGA (Make America Great Again) –a la que el presidente había prometido no más guerras– y amenaza con disparar los precios y el coste de la vida –lo que le costó la presidencia al demócrata Joe Biden–, justo a ocho meses de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato (Midterm), que podrían costarle la mayoría a los republicanos en la Cámara de Representantes y, acaso, el Senado.

La guerra que libra Irán es una guerra asimétrica, o lo que el politólogo Robert A. Pape, de la Universidad de Chicago, llama una “estrategia de escalada horizontal”, a base de multiplicar los frentes geográficamente –atacando a los aliados de EE.UU. en el golfo Pérsico, bloqueando el estrecho de Ormuz– en busca de que el tiempo fuerce al enemigo a redoblar su apuesta o retirarse. El analista chino Jiang Xueqin considera que el ataque de Irán a sus vecinos, más allá de desestabilizar el mercado mundial del petróleo y el gas,  pone además en peligro directamente la economía de EE.UU., al privarle de los petrodólares que riegan de dinero su mercado de valores y financian, entre otras, las enormes inversiones en inteligencia artificial (IA).

“El régimen [de Teherán] sabía desde el principio que no podía igualar militarmente a EE.UU. e Israel. Su meta de éxito es menor: sobrevivir y hacer que Trump sufra más de lo que está dispuesto a tolerar”, abunda el analista estadounidense Ian Bremmer, de Eurasia Group. Y si algo empieza a verse, en medio del laberinto de declaraciones contradictorias que hace cada día, es que Trump está ya impaciente por encontrar una salida que le permita cantar victoria y batirse en retirada.

De todos los objetivos –variables– que Washington ha expresado para justificar la guerra, el secretario de Estado, Marco Rubio, fue el que puso el listón más bajo: destruir la fuerza naval y los misiles balísticos iraníes. Ni siquiera su capacidad nuclear –que Trump dio por aniquilada en los bombardeos de junio de 2025–, por más que aún haya 400 toneladas de uranio enriquecido escondidas en algún lugar.

Más temprano que tarde, Trump se verá forzado a parar. Y es muy probable que lo único que haya ganado con la guerra es poner a Irán de rodillas –sí–, pero con un régimen intacto y radicalizado, y más determinado que nunca a obtener la bomba atómica como garantía de supervivencia.


Hermanos, pero no primos

Newsletter 'Europa' 

Los europeos se plantan y dicen no a la pretensión de Trump de arrastrarlos a la guerra

 

Algo empezó a fracturarse entre Europa y Estados Unidos el pasado mes de enero. Y ha acabado de romperse con la guerra de Irán. La confianza, ese pegamento esencial de toda alianza, se ha volatilizado. Quién sabe si definitivamente. La opa hostil lanzada hace un par de meses por Donald Trump contra Dinamarca por el control de Groenlandia, amenazando incluso con tomarla por la fuerza -para lo que el gobierno danés se preparó militarmente-, sacudió muchas conciencias y dejó en evidencia la fragilidad de convicciones muy arraigadas. Hoy el presidente de EE.UU. ha pasado a otra cosa y la isla ártica parece haber dejado por ahora de interesarle. Pero el menosprecio hacia sus teóricos aliados, a quienes no se molestó en informar de sus planes de atacar al régimen de los ayatolás -pero de quienes exige un seguidismo ciego-, sigue siendo el mismo. Lo que ha cambiado es la actitud de Europa, que ha decidido plantarse. Y ha rechazado las presiones de Washington para arrastrarla a la guerra.

La posibilidad de encauzar por la vía diplomática el conflicto con Irán -o, al menos, la parte que afecta al posible desarrollo de armas nucleares por parte del régimen de Teherán- se frustró en 2018 y no fue otro que Donald Trump quien cegó esta posibilidad. En su primer mandato, el presidente de EE.UU. rompió unilateralmente el acuerdo firmado con Irán en 2015 para controlar sus capacidades nucleares que tan laboriosamente habían negociado la Administración de Barack Obama y los gobiernos de Alemania, Francia y el Reino Unido, con la participación de China y Rusia. El primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu, furiosamente contrario al acuerdo, convenció entonces a Trump de dar marcha atrás. Como lo ha hecho con la guerra. Ni entonces, ni ahora, el presidente norteamericano escuchó a sus aliados europeos.

Así que la repentina y extemporánea petición de ayuda del presidente norteamericano para romper militarmente el bloqueo iraní del estrecho de Ormuz -por donde transita el 20% de las exportaciones mundiales de gas y petróleo- fue recibida con sorpresa e incredulidad. Trump apeló hace una semana a los países perjudicados por el bloqueo de las exportaciones del Golfo Pérsico a enviar buques de guerra para escoltar a los barcos petroleros y gasistas, citando explícitamente a China, Francia, Japón, Corea del Sur y Reino Unido. Pero, de entrada, solo obtuvo un espeso silencio. Cada vez más encrespado, amenazó entonces con represalias si sus aliados no se le unían. La OTAN, auguró, afrontaría en caso contrario un futuro “muy malo”, declaró al Financial Times. No le sirvió de nada. Todos dijeron no.

En Europa, donde hasta ahora solo había alzado la voz el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, el rechazo a la intervención militar israelo-estadounidense en Irán es ya general. Con más o menos énfasis, ya se habían desmarcado el presidente francés, Emmanuel Macron, y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni -además del premier británico, Keir Starmer, desde fuera de la UE-, pero Alemania había intentado mantener cierta proximidad con Washington y Tel Aviv. Ya no. El canciller Friedrich Merz fue tajante al excluir esta semana la implicación de la OTAN, “una alianza defensiva -remarcó-, no una alianza de intervención”. Y, si no quedaba claro, su ministro de Defensa, Boris Pistorius, remachó: “No es nuestra guerra, no la empezamos nosotros”.

Los ministros de Exteriores de la UE abordaron el lunes, a iniciativa de la Ata representante para la política exterior y de defensa, Kaja Kallas, la posibilidad de ampliar la misión europea Aspides, encargada de proteger a los buques mercantes en el Mar Rojo de los ataques de los hutíes de Yemen, para que pudiera ser desplegada en el estrecho de Ormuz. Pero la propuesta quedó descartada. No obstante, podría ser el mecanismo para una futura intervención una vez callen las armas.

Cuatro países de la UE -Alemania, Francia, Italia y Países Bajos-, junto con el Reino Unido y Japón hicieron pública el jueves una declaración en la que se decían “dispuestos a contribuir a los esfuerzos necesarios para garantizar la seguridad de la navegación en el Estrecho”. Pero más allá de las gestiones diplomáticas -Francia quiere implicar al Consejo de Seguridad de la ONU-, la posibilidad de enviar barcos de guerra se vislumbra como una posibilidad lejana, vinculada a algún tipo de acuerdo entre los beligerantes que implique un cese de las hostilidades (como se plantea en Ucrania, para la fase posterior a un eventual alto el fuego)

Fiel a su temperamento inconstante, Trump reaccionó al principio con desprecio -en plan “no os necesito para nada”- pero pronto lo trocó por irritación. El presidente de EE.UU. se dijo profundamente decepcionado por los europeos y volvió a poner en cuestión la utilidad de la Alianza Atlántica. “El problema con la OTAN es que siempre estaremos ahí para ellos, pero ellos nunca estarán ahí para nosotros”, afirmó, obviando -por ignorancia o mala fe- que la única vez que se invocó el artículo 5 de defensa mutua lo hizo Washington tras los atentados del 11-S del 2001 y sus aliados acudieron prestos a ayudarle en la guerra contra el régimen talibán de Afganistán. Solo consiguió que los dirigentes europeos, reunidos en la cumbre Bruselas, reiteraran su desmarque.

Ayer, seguramente frustrado por la marcha de la guerra -y por el negativo
informe del Pentágono sobre los enormes riesgos y costes que supondría una intervención militar en Ormuz-, cargó más las tintas y llamó “cobardes” a sus aliados europeos. “¡Nos acordaremos!”, tronó en tono amenazador desde su red social particular, Truth.

La OTAN no se romperá. Ninguno de sus otros miembros, desde Canadá a Turquía pasando por los países europeos, está interesado en ello. Pero ¿podría marcharse EE.UU.? Políticamente no es descartable. En el mundo MAGA (Make America Great Again) sobran los propagandistas que promueven abandonar la Alianza, presentada como un club de gorrones que confían en que EE.UU. asegurará -y pagará- la seguridad colectiva sin asumir sus responsabilidades. Una visión sesgada, que pone el dedo en la llaga de la inhibición europea pero que no tiene en cuenta hasta qué punto la existencia de la OTAN sostiene la hegemonía mundial de EE.UU.

El general norteamericano Alexus G. Grynkewich es el jefe del Comando Europeo del ejército de Estados Unidos (EUCOM) y Comandante Supremo Aliado de la OTAN en Europa. Y sabe como nadie la importancia que para EE.UU. tiene la alianza con los países europeos. Así lo reafirmó esta semana ante un comité del Senado, por si hiciera falta recordárselo a alguien. “Nuestras fuerzas, bases e infraestructuras aprovechan la geografía estratégica del continente y permiten a Estados Unidos movilizar tropas con rapidez, mantener operaciones y ofrecer al presidente diversas opciones militares en múltiples escenarios”, dijo. Así en África como en Oriente Medio o la misma Europa.

Y precisó que las bases europeas están teniendo un papel crucial en la operación Furia Épica, al servir de plataforma para los bombardeos sobre Irán -como es el caso de la base de Fairford, en Gloucestershire, Reino Unido- y facilitar el reabastecimiento de aviones en tránsito (salvo las españolas de Morón y Rota, que no citó, cuyo uso ha sido vetado por el Gobierno español). “Contar con capacidad en Europa brinda opciones a esta administración, o a cualquier otra, en caso de conflicto”, subrayó. Trump y su equipo de apologetas hacen ver que no lo saben.

 

División con la energía. La cumbre europea del jueves en Bruselas puso de nuevo en evidencia las líneas de fractura que dividen a los 27. Forzados a abordar la situación creada por la guerra de Irán y su repercusión sobre los precios de la energía -el del gas ha subido un 83% desde el 28 de febrero-, los dirigentes comunitarios se pusieron de acuerdo en la necesidad de tomar medidas paliativas para frenar esta deriva. Pero no en la receta. Hay un grupo de países, encabezado por Italia, que presiona para acabar con el sistema de comercio de emisiones (ETS, por sus siglas en inglés), que obliga a las grandes industrias a pagar por la compra de derechos de emisión de CO₂, y que constituye una de las principales herramientas de la UE para combatir el cambio climático. Enfrente, España lidera otro grupo que se opone a su desmantelamiento. La cumbre cerró con el encargo a la Comisión de que presente una propuesta de reforma que implique una vía intermedia. Los prolegómenos de la reunión fueron animados por el primer ministro belga, Bart de Wever, quien propone normalizar las relaciones con Rusia y volverle a comprar gas a bajo precio (como antes de la guerra de Ucrania)

Don Erre que Erre. Los 27 tampoco lograron sortear el veto del primer ministro húngaro, Viktor Orbán -secundado por el eslovaco Robert Fico-, a la entrega de un crédito de 90.000 millones de euros para ayudar a Ucrania en su esfuerzo de guerra contra la invasión rusa, a pesar de haber sido pactado en la cumbre del pasado mes de diciembre. En plena campaña para las elecciones del próximo 12 de abril -en las que puede perder el poder-, Orbán ha adoptado un discurso fuertemente nacionalista, presentando como enemigos a la Unión Europea -personificada en Ursula von der Leyen y Manfred Weber- y al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. Formalmente, el premier húngaro ha justificado el veto por el corte del suministro de petróleo a través del oleoducto ruso Druzhba, dañado por los bombardeos, que a su entender Kyiv no se apresura en reparar. De nada sirvió que Zelenski aceptara una inspección de la UE, Orbán siguió en sus trece y dijo que hasta que no vuelva a recibir petróleo no habrá dinero. La actitud cerril del dirigente magiar, que rompió la palabra dada en diciembre, fue duramente censurada por muchos de sus colegas y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, la calificó de “chantaje”. Pero nadie ha querido tomar medidas contra Budapest, conscientes de que sería entregarle una magnífica baza electoral. Así que han decidido poner velas a todos los santos del 12 de abril para que las cosas cambien. Antes, será imposible.


martes, 17 de marzo de 2026

Ursula cogió su fusil

Newsletter Europa

La presidenta de la Comisión intenta, infructuosamente, arrimar a Europa a la posición proamericana de Alemania

 

Uno no sale de la ambigüedad sino en detrimento propio. La frase, escrita en sus memorias por el intrigante Jean-François Paul de Gondi, arzobispo de París y cardenal de Retz (1613-1679), es perfectamente aplicable a la última maniobra protagonizada por Ursula von der Leyen. La presidenta de la Comisión Europea sacudió la política europea esta semana al pronunciar un beligerante discurso en el que cargó sin sorpresas contra Irán –“No se debe llorar por el régimen iraní”, dijo- y pareció alinearse, lo que ya fue más inesperado, con la ley del más fuerte que practica con brutal antojo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

“Europa ya no puede ser la guardiana del antiguo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido y no volverá”, afirmó Von der Leyen el lunes ante los embajadores de la Unión Europea en Bruselas, y añadió: “Ya no podemos confiar en él como única forma de defender nuestros intereses ni asumir que sus normas nos protegerán de las complejas amenazas a las que nos enfrentamos”. La incredulidad y el estupor fueron generales. Y la presidenta tuvo que rectificar solo dos días después.

El tono de evocaciones trumpistas de Von der Leyen sorprendió tanto como el hecho mismo de pronunciarse de forma tan diáfana sobre un asunto que provoca grandes divisiones en Europa, excediéndose en su papel institucional. La política exterior no forma parte, a priori, del ámbito de competencias de la presidenta de la Comisión, sino de la Alta Comisionada Kaja Kallas -con quien, por cierto, mantiene unas relaciones tirantes- y, más allá, del presidente del Consejo Europeo, António Costa, quien ante el mismo auditorio la corrigió en toda regla: “Nos interesa garantizar que el mundo siga basándose en normas y cooperando”, dijo el ex primer ministro portugués, quien subrayó que “este mundo multipolar requiere soluciones multilaterales, no esferas de influencia donde la política de poder sustituye al derecho internacional”.

Von der Leyen ha salido escaldada de su incursión iraní. España, que encabeza prácticamente en solitario la oposición a la guerra contra Irán desencadenada por Estados Unidos e Israel, fue obviamente de los primeros en criticar el posicionamiento de la jefa de la Comisión: el presidente Pedro Sánchez remarcó que por mucho que la situación internacional haya cambiado, “los valores de Europa no deberían cambiar”. Pero también lo hizo Francia, por boca de su ministro de Exteriores, Jean-Noël Barrot, quien dijo que Europa debe encabezar la resistencia frente a la “brutalización” de las relaciones internacionales, mientras recordaba que la política exterior de la UE compete a Kaja Kallas y que la Comisión “debe guardar el más estricto respeto” a lo dispuesto en los tratados europeos. En el Parlamento Europeo, en fin, socialistas y ecologistas -dos de los grupos, junto a los liberales, que sostienen al Ejecutivo comunitario- se lanzaron también contra la presidenta.

La intervención de Von der Leyen, al margen de su afán por pesar más en la definición de la política exterior europea, parece un intento -fallido- de aproximar a Bruselas a la órbita proamericana trazada por el canciller alemán, Friedrich Merz, quien desde el primer momento se ha alineado con Washington. Merz, recordémoslo, ha justificado la guerra desencadenada contra el régimen de Teherán por EE.UU. e Israel sin mostrar demasiado interés por el respeto al Derecho internacional. “Irán es el centro del terrorismo internacional, tiene que ser cerrado, y americanos e israelíes lo están haciendo a su manera”, ha dicho, criticando asimismo las objeciones de otros países europeos diciendo que no era el momento de que Europa diera “lecciones” a sus aliados.

Si el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, se ha quedado solo planteando un rechazo frontal a la guerra y enfrentándose a la Casa Blanca, la órbita de Merz no se ha demostrado menos excéntrica. Ningún otro jefe de gobierno de los grandes de Europa le ha seguido. Antes al contrario, la posición mayoritaria entre el grupo de los seis que a priori debería constituir el núcleo duro de una UE a dos velocidades -aunque sea haciendo equilibrismos o diciendo las cosas con la boca pequeña- está más próxima a la de Madrid que a la de Berlín. Incluido, desde fuera, el premier británico, Keir Starmer.

La mayoría de los líderes europeos han marcado distancias con Washington -que no se tomó la molestia de consultarles o informarles con antelación- y han declarado que en ningún caso se involucrarán en la guerra. Algunos, como el presidente francés, Emmanuel Macron, o el primer ministro neerlandés, Rob Jetten, han considerado la intervención militar una vulneración de las leyes internacionales (aunque el primero, para compensar, ha cedido a la fuerza aérea estadounidense el uso de una de sus bases para sus aviones cisterna)

Otros, como la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, han evitado toda crítica pública pero negando en la práctica a los norteamericanos el uso de las bases italianas (eso sí, con discreción y sin alharacas, no fuera a enfriarse la amistad con Trump). Su homólogo polaco, Donald Tusk, por su parte, ha expresado su preocupación por la escalada militar y sus repercusiones económicas. Preguntado por el aumento del precio del petróleo, derivó toda responsabilidad en el presidente de EE.UU.: “Pregúntenle al otro Donald”. La ambigüedad de Europa, como se ve, sigue gozando de excelente salud.

La posición firme de Pedro Sánchez -valiente para unos, quijotesca para otros, políticamente interesada para bastantes, entre ellos el incansable Manfred Weber- ha cosechado numerosos adeptos entre la izquierda europea, así en Italia -donde la comparación pone de los nervios a Meloni- como en Alemania, donde la coalición de gobierno está claramente dividida. El vicecanciller Lars Klingbeil, del Partido Socialdemócrata (SPD), en contraposición a Merz, ha expresado “serias dudas de que esta guerra sea legítima según el Derecho internacional” y descartado por completo cualquier implicación alemana: “Lo digo claramente, esta no es nuestra guerra”.

(También algunas figuras procedentes de la derecha europea se han alineado con el presidente español. Así el ex primer ministro francés Dominique de Villepin, gaullista histórico y estandarte de la oposición francesa a la guerra de Irak en 2003, para quien hoy “es Pedro Sánchez quien está salvando el honor de Europa”)

Merz no pasa por su mejor momento. Según el sondeo de seguimiento de la popularidad de los líderes europeos de YouGov, correspondiente al mes de enero, solo un 26% de los alemanes tienen una opinión favorable del canciller por un 69% que lo califican negativamente. No es el único dirigente europeo en esta situación, pero sí el que más vertiginosamente ha bajado (casi treinta puntos desde junio de 2025). En las recientes elecciones regionales de Baden-Wurttenberg -que hasta el 2011 fue un bastión democristiano-, la CDU volvió a quedar por detrás de los Verdes, esta vez con un nuevo candidato, Cem Özdemir, que será el primer alemán de origen turco en presidir un land.

La sociedad alemana tampoco ha comprado la necesidad de atacar Irán. Según un sondeo de la cadena de radiodifusión pública ARD, el 58% de los alemanes cree que la intervención militar de EE.UU. e Israel no está justificad, por solo un 25% que sí lo considera. La oposición a la guerra es también mayoritaria, aunque menos acusada, entre los propios votantes de la CDU (48% a 37%)

Nadie llorará por la caída del régimen de los ayatolás en Irán -por utilizar las palabras de Von der Leyen-, pero de todos modos sería prematuro derramar lágrima alguna, porque Trump parece haber perdido interés en este extremo y el régimen está lejos de haber sido derribado. La prolongación de la guerra, con el bloqueo del estrecho de Ormuz, va a hacer daño a todo el mundo, pero Alemania lo va a sufrir especialmente. Como recordaba Markus Zeiner, del think tank German Marshal Fund, no se trata solo del encarecimiento del petróleo, sino del gas. “Desde que Berlín abandonó el gas que le llegaba de Rusia por gasoducto tras la invasión de Ucrania en 2022, el gas licuado (GNL) de Qatar se ha convertido en un pilar estructural de las importaciones energéticas de Alemania” y el cierre de Ormuz es, en este sentido, letal. La economía alemana ya lleva tiempo tensionada y el aumento de los precios de la energía -perceptible desde el inicio de la guerra de Ucrania- está lastrando las exportaciones de la industria alemana.

Que Merz está cada vez más inquieto lo demuestra el hecho de que haya empezado a manifestar públicamente ciertas dudas sobre el alcance de la intervención militar. En una conferencia de prensa junto al primer ministro checo, Andrej Babis, el martes en Berlín el canciller reiteró que Alemania comparte gran parte de los objetivos de EE.UU. pero mostró su inquietud porque “no exista claramente ​un plan conjunto para poner fin a esta guerra de forma rápida y convincente”. ¿Plan? ¿Dijo plan?

 

Regocijo en Moscú. La guerra de Irán está teniendo un beneficiario inesperado: el presidente ruso, Vladímir Putin. El cierre del estrecho de Ormuz, con el consiguiente aumento del precio del petróleo -que se ha disparado por encima de los 100 dólares el barril- y del gas, supone una importante inyección económica para Rusia, que tiene en la venta de combustibles fósiles su principal fuente de ingresos para sostener su esfuerzo de guerra en Ucrania. Para acabar de redondear el regalo a Moscú -y provocar la desolación de sus aliados europeos-, el Gobierno de EE.UU. ha decidido levantar provisionalmente el embargo sobre el petróleo ruso, con el fin de tratar de frenar el incremento de los precios.

El alivio de las sanciones es una medida en principio temporal -hasta el 11 de abril- y de alcance parcial -libera para la venta el crudo ya cargado en petroleros a fecha de 12 de marzo-, pero enormemente significativa. Y se añade a una medida inmediatamente anterior por la cual se liberaba a India de la prohibición de comprar petróleo ruso (que llevaba aparejada la aplicación de sanciones arancelarias). Benjamin Hilgenstock, jefe de investigación y estrategia macroeconómica de la Escuela de Economía de Kyiv, declaró a la BBC que el levantamiento parcial de las sanciones podría incrementar en un mes las exportaciones mensuales de petróleo ruso en unos 10.000 millones de dólares (8.700 millones de euros), de los cuales la mitad irían al estado en concepto de impuestos

La decisión unilateral de Washington ha cogido de nuevo a Europa a contrapié. El canciller alemán, Friedrich Merz, la calificó ayer de “error” y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, de “preocupante”. Nadie les preguntó antes. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, de gira por las principales capitales europeas para tratar de evitar que la guerra de Irán eclipse a la de Ucrania, advirtió desde París -donde fue recibido por Emmanuel Macron- que la decisión de EE.UU. “no ayuda a la paz”, ya que “reforzará la posición de Rusia”. Mientras tanto, la UE sigue pendiente de poder aprobar un nuevo paquete de sanciones -sería el 20º- contra Moscú y, sobre todo, la concesión del préstamo de 90.000 millones de euros comprometido con el Gobierno ucraniano, vital para que Kyiv pueda seguir resistiendo a la agresión rusa, dos temas que siguen por ahora bloqueados por el húngaro Viktor Orbán y el eslovaco Robert Fico.

lunes, 9 de marzo de 2026

Donald, el sucio

'Visión periférica' 

La guerra desatada contra Irán confirma la determinación de Donald Trump de utilizar la fuerza militar contra quien quiera, cuando quiera y por la razón que quiera, en todo el mundo y al margen de toda legalidad nacional e internacional.

 

Afortunadamente, los días en que Oriente Medio dominaba la política exterior estadounidense (...) han quedado atrás, no porque Oriente Medio ya no importe, sino porque ya no es la constante molestia ni la fuente potencial de catástrofe inminente que alguna vez fue”. Nadie diría, viendo el caos que han desatado Estados Unidos e Israel con su guerra contra Irán, que estas palabras figuraban en la reciente Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU., aprobada el pasado mes de noviembre.

Que, más allá de las preocupaciones históricas –garantizar el suministro de gas y petróleo, la navegabilidad del estrecho de Ormuz y la seguridad de Israel–, Oriente Medio aparecía relegado en las prioridades del Departamento de Estado y de la Casa Blanca lo confirma el hecho de que apenas merecía una página y media de las 29 que tiene el documento (preámbulo autolaudatorio del presidente Donad Trump aparte). Solo África recibía menos atención. En la misma línea, la referencia al régimen de Teherán no podía ser más escueta y tranquilizadora: “Irán, la principal fuerza desestabilizadora de la región, se ha visto muy debilitado por las acciones israelíes desde el 7 de octubre de 2023 y la Operación Martillo de Medianoche del presidente Trump en junio de 2025, que degradó significativamente el programa nuclear iraní”.

El papel lo aguanta todo, se suele decir, pero que un documento de este alcance haya caducado cuatro meses después es algo realmente notable. Y obliga a preguntarse por qué. Las respuestas, sin embargo, no son evidentes.  Donald Trump, que ha dado diversas y contradictorias versiones sobre sus objetivos en Irán –desde destruir sus capacidades nucleares hasta forzar un cambio de régimen–, no parece tener un plan definido. Y como quien sí lo tiene es el primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu –obsesionado con la neutralización de Irán desde hace décadas–, es verosímil pensar que es este último quien ha arrastrado al primero.

El intento del secretario de Estado, Marco Rubio, de justificar el ataque estadounidense como un acto preventivo en defensa propia (sic), vendría a avalar, voluntaria o involuntariamente, esta percepción: “Sabíamos que Israel iba a actuar, sabíamos que eso precipitaría un ataque contra las fuerzas estadounidenses (por parte de Irán) y sabíamos que, si no les atacábamos preventivamente antes de que lanzaran tales ataques, sufriríamos más bajas y quizá incluso más muertes”, declaró el lunes. En esa misma intervención limitó el alcance de la operación a “eliminar la amenaza de los misiles balísticos de corto alcance de Irán y la amenaza que supone su armada, en particular para los activos navales”. Lo que descartaría el objetivo –fracasado en Afganistán e Irak– de imponer un nuevo régimen en Irán. Reza Pahlevi, el hijo del último sha, tendrá que esperar... igual que María Corina Machado en Venezuela.

A pesar de todas las contorsiones dialécticas de Washington, parece evidente que Irán no suponía en este momento una amenaza inminente para EE.UU., con quien había negociaciones en curso, que justificara una acción ofensiva. Los propios militares americanos la desaconsejaban, como hizo el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine. La guerra contra Irán, por consiguiente, por aborrecible y amenazante que sea el régimen de los ayatolás –que lo es–, es una guerra de elección, una agresión injustificada que vulnera las leyes internacionales y la propia Constitución de EE.UU.

Stephen Pomper, jefe de política del International Crisis Group y ex miembro del consejo de seguridad nacional bajo la presidencia de Barack Obama, apuntaba estos días que la “descarada trasgresión de las normas legales” demostrada por Donald Trump, saltándose no ya al Consejo de Seguridad de la ONU –a quien envió a su mujer, Melania, a presidir una reunión sobre conflictos e infancia, en el colmo del desdén– sino al propio Congreso de EE.UU. –el único facultado constitucionalmente para declarar la guerra, maniatado hoy por los republicanos–, hunde sus raíces en una deriva iniciada ya en presidencias anteriores. “Durante décadas, los abogados de seguridad nacional en administraciones demócratas y republicanas han desarrollado y defendido interpretaciones legales agresivas que preservan el espacio para que los presidentes libren una guerra electiva y no defensiva”, escribía en Foreign Affairs.

Eso sí, lo de Trump es “sin parangón”. En 2003, antes de atacar Irak, George W. Bush obtuvo la aprobación del Congreso y trató por todos los medios –falsificando  los hechos– de lograr el aval del Consejo de Seguridad de la ONU. Trump no se preocupa por esas minucias, piensa que la presidencia le da un poder omnímodo. Y parece determinado a ejercer la fuerza de la coacción militar no solo ya en el hemisferio occidental que reivindica como su zona de influencia –Venezuela fue la primera advertencia–, sino en todo el mundo. Quien se promovía como candidato a Nobel de la Paz ha ordenado en poco más de un año –con la de Irán– ocho intervenciones militares. Porque así lo ha querido.

No hace falta ser un cinéfilo, un fan de Clint Eastwood o un boomer para haber visto la escena de la película Impacto súbito (1983) en la que el agente de policía Harry Callahan, Harry el sucio, mata a tiros a tres asaltantes de una cafetería y se encara con un cuarto, que amenaza a una rehén, retándole con esta frase: “Venga, alégrame el día”. Probablemente sea la escena más reproducida en las redes sociales de toda la filmografía de Eastwood. Harry el sucio es un prototipo de policía  violento y brutal, habituado a transgredir todas las normas y vulnerar todos los derechos que haga falta para alcanzar sus objetivos. Trump tiene el mismo gatillo fácil, la misma falta de escrúpulos y el mismo poco  respeto por la ley. El mundo está avisado.

La segunda guerra de las patatas fritas

Newsletter 'Europa' 

Al igual que en 2003, Europa afronta dividida una nueva acción militar de EE.UU, con España sustituyendo a Francia como líder del ‘no’


Si un español de 2003 hubiera hibernado desde entonces y despertara de repente en 2026, tendría la misma sensación que Bill Murray en El día de la marmota. Otra vez Estados Unidos lanzándose a la guerra contra un país de Oriente Medio. Y otra vez Europa dudando, dividida, sobre la respuesta que dar al órdago de su aliado americano. Solo que en esta ocasión, para confusión de nuestro imaginario protagonista, los actores aparecen con los papeles intercambiados. La Historia no se repite, pero a veces rima. Irán no es Irak y el escenario internacional no es hoy el mismo que hace veintitrés años. Pero la situación creada por la guerra de EE.UU. e Israel contra Irán recuerda mucho a la del 2003. Sobre todo en lo que afecta al papel de Europa y a la relación con su aliado trasatlántico.

La guerra desencadenada por Donald Trump contra el régimen de los ayatolás es tan ilegal e injustificada como la lanzada en 2003 por George W. Bush contra el Irak de Sadam Husein (por más que el entonces presidente de EE.UU. obtuviera la autorización del Congreso y tratara -en vano- de obtener el aval de la ONU alegando falsamente que el régimen de Bagdad fabricaba y ocultaba armas de destrucción masiva)

La diferencia fundamental entre ayer y hoy, en lo que a Europa atañe, es que allí donde Bush buscó armar una coalición internacional, con la participación de destacados países europeos, Trump se ha unido -si no seguido- exclusivamente a Israel y ha ninguneado a sus aliados europeos, a quienes no se tomó ni siquiera la molestia de informar. Aunque dando por hecho que tendrían que seguirle ciegamente. Las primeras reacciones europeas ante los hechos consumados, tibias y dubitativas (¿podría ser de otra manera?), solo suscitaron desprecio en Washington. “Se han vuelto patéticamente blandos”, tronó el veterano senador republicano -hoy convertido al trumpismo- Lindsey Graham.

Al igual que sucedió en 2003 con Irak, la guerra de Irán ha abierto un nuevo cisma en Europa, entre aquellos que han decidido alinearse con Washington y quienes han plantado cara o han marcado distancias -haciendo en algún momento verdaderas contorsiones-. Esta vez, sin embargo, los principales países europeos se han intercambiado sus papeles, como si un crupier caprichoso hubiera cambiado las cartas.

Hace 23 años, los principales aliados de EE.UU. fueron el Reino Unido y España, quienes no solo se comprometieron políticamente sino que movilizaron tropas y medios militares para ayudar al ejército norteamericano en la ofensiva. Dentro de pocos días, el 16 de marzo, será el aniversario de la célebre foto de las Azores, donde George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar -acompañados por el portugués José Manuel Durão Barroso, en el papel de anfitrión-, acordaron poner en marcha la invasión, que comenzaría cuatro días después.

No fueron los únicos países europeos que se sumaron, con más o menos ahínco, a la coalición. Hubo muchos del antiguo bloque del Este, convertidos a un atlantismo militante -Bulgaria, Eslovaquia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa y Rumanía-, pero también Dinamarca, Italia y los Países Bajos. Dato curioso: incluso Ucrania apoyó entonces a Washington, que ya lo ha olvidado.

Si la lista de países europeos que se sumaron a EE.UU. contra Irak era abultada, hubo dos ausencias clamorosas y de enorme peso político, Alemania y Francia. El francés Jacques Chirac y el alemán Gerhard Schröder lideraron la oposición a la guerra, resistiendo todas las presiones de Washington. Chirac, el más beligerante, criticó con aspereza a los países del Este, candidatos en aquel momento a adherirse a la UE, por su entreguismo a Washington y se enfrentó duramente a Aznar, hacia quien a partir de ese momento incubó una profunda animadversión.

Francia fue muy lejos en su oposición a la guerra y no dudó en utilizar su derecho de veto como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU para impedir que EE.UU. obtuviera el aval de la comunidad internacional. “En este templo de las Naciones Unidas, somos los guardianes de un ideal, somos los guardianes de una conciencia. Nuestra gran responsabilidad y nuestro inmenso honor deben llevarnos a dar prioridad al desarme en la paz”, proclamó en un brillante discurso el entonces ministro francés de Exteriores, el napoleónico Dominique de Villepin. El vicepresidente de EE.UU., Dick Cheney, acusó al gobierno francés de cometer un “crimen imperdonable”.

Veintitrés años después, y enfrentados a la guerra de Irán, las tornas han cambiado. El país que planta cara a EE.UU. es España, mientras Francia y el Reino Unido hacen juegos de equilibrismo y Alemania se alinea incondicionalmente con Washington. “No es el momento de dar lecciones a nuestros aliados”, proclamó el canciller Friedrich Merz antes de visitar la Casa Blanca el martes y cumplimentar a Donald Trump, con quien dijo estar "en la misma sintonía” respecto a la necesidad de derribar al régimen de los ayatolás. Eso sí, sin asumir ningún compromiso militar. Una actitud que el analista norteamericano Ian Bremmer ha descrito con la palabra alemana drahtseilakt (caminar por la cuerda floja). Merz, muy criticado dentro y fuera de su país por su obsequiosa actitud hacia Trump, parece haber apostado una vez más por salvaguardar a toda costa las buenas relaciones con Washington, con el objetivo de que EE.UU. siga comprometido con Europa en la búsqueda de una solución justa a la guerra de Ucrania. Así sea importunándose con España y montando un formidable lío diplomático.

El español Pedro Sánchez es hoy quien lleva en Europa la antorcha contra la guerra. El presidente del Gobierno no solo ha condenado la intervención unilateral de EE.UU. e Israel sino que avanzó su negativa a ceder las bases militares de uso conjunto de Rota y Morón para el uso de la fuerza aérea de EE.UU. en su ofensiva contra Irán. Algo para lo que bastó el anuncio mismo, pues Washington ni siquiera llegó a pedir la preceptiva autorización (de acuerdo con el convenio firmado por ambos países en 1988). Elogiado en Europa por su actitud moral, Sánchez ha reactivado en clave interna el grito de “No a la guerra”.

La reacción de Washington ha tenido la virulencia que cabía esperar. Donald Trump ha lanzado varias andanadas contra España, a quien ha calificado de “aliado terrible” y amenazado con cortar toda relación comercial, abriendo la veda a toda suerte de ataques, como el del secretario del Tesoro, Scott Bessent, quien acusó al gobierno de Madrid de “poner en peligro” la vida de estadounidenses. La fiebre trumpista en las redes sociales -charca emponzoñada que no existía aún en 2003- subieron varios grados. Baste un ejemplo. Will Chamberlain, vicepresidente de la Edmund Burke Foundation -una plataforma conservadora nacionalista-, llamaba estos días en la red social X a tomar represalias militares: “Después de que terminemos con Irán y Cuba, deberíamos considerar seriamente añadir a España a la lista”. Este es el ambiente.

Los ataques contra el gobierno de Sánchez hicieron que destacados líderes europeos -como el presidente francés, Emmanuel Macron- y las principales autoridades comunitarias -António Costa y Ursula von der Leyen- salieran en defensa de España, recordando que las relaciones comerciales con EE.UU. son con el conjunto de la UE y que cualquier acción contra un país miembro recibiría una respuesta de todo el bloque. Sánchez se ha encontrado con un apoyo inesperado -aunque indirecto y no explícito- con el posicionamiento de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni -amiga declarada de Trump-, quien ha excluido la participación de Italia en la guerra y condicionado la cesión del uso de sus bases a un pronunciamiento del Parlamento.

De momento, Trump no ha pasado de las palabras a los hechos. Pero no hay que descartar represalias. Francia lo sabe de primera mano. En 2003, la campaña levantada contra los intereses franceses fue también mayúscula y, desde luego, fue más allá del simbolismo de rebautizar las populares french fries (patatas fritas) como freedom fries. Los medios conservadores americanos alentaron un boicot activo a los productos franceses y en los primeros meses de la crisis las ventas de vino francés en EE.UU. cayeron hasta un 35%, mientras los restaurantes franceses se vaciaban de clientes. El efecto del boicot fue temporal, pero según un estudio de la Universidad de Cambridge supuso unas pérdidas para este sector -el más afectado- de 120 millones de dólares.

 

Quizá por eso París hace hoy menos el gallo. Francia y el Reino Unido -con quienes Alemania firmó el domingo una primera declaración muy crítica con Irán por sus ataques indiscriminados a los países del Golfo, amenazando con una intervención- han mantenido una actitud más tornadiza, cuando no ambivalente. El presidente Emmanuel Macron, después de navegar inicialmente en la ambigüedad, ha condenado la guerra contra Irán por considerarla una “violación del derecho internacional” -no sin dejar de culpar de ello a Teherán- y asegurado que Francia se mantendrá al margen. No obstante, le ha faltado tiempo para ofrecer a EE.UU. el uso de la base militar de Istres, cerca de Marsella, para que recalen sus aviones cisterna camino de Oriente Medio.

El primer ministro británico, Keir Starmer, atormentado por la sombra de Tony Blair, ha intentado por su parte desmarcarse de Washington pero sin importunarse demasiado con su aliado, lo que no ha acabado de conseguir. Tras resistirse inicialmente a ceder el uso de sus bases a EE.UU., lo que provocó el enfado norteamericano, Starmer acabó cediendo, aunque remarcando que el Reino Unido se mantendría al margen de la guerra. Después de España, es lo que más ha irritado a Trump, que ha dicho sentirse “decepcionado”.

El premier británico ha autorizado al ejército norteamericano, exclusivamente para “operaciones de naturaleza defensiva” (sea lo que sea eso cuando uno es el agresor), el uso de sus bases en Inglaterra y en las islas Chagos, en el océano Índico. En un primer momento, pareció que también autorizaba el uso de la base de Akrotiri, en Chipre, a solo 500 kilómetros del teatro de operaciones, lo que puso a Nicosia de los nervios y desencadenó amenazas de represalias por parte de Teherán. La madrugada del lunes un dron de fabricación iraní Shahed cayó sobre un hangar de la base, desatando todas las alarmas. Los británicos creen que el dron no partió de Irán (¿de Líbano? ¿disparado por Hizbulah?)

Chipre es el eslabón débil, la falla por donde Europa podría verse arrastrada a la guerra muy a su pesar. Varios países europeos han decidido enviar a la zona buques de guerra y aviones de combate para reforzar la seguridad de la isla, empezando por Francia -que ha movilizado a su portaaviones Charles de Gaulle, con capacidad nuclear- y siguiendo por el Reino Unido, España -con la fragata Cristóbal Colón-, Italia y Grecia. La República de Chipre -que gobierna la mitad sur de la isla, la norte sigue ocupada por Turquía- no forma parte de la OTAN, pero sí de la UE -donde ingresó en 2004- y esta es su única protección. Todo el mundo espera que no se vea obligada a invocar la cláusula de defensa mutua del artículo 42.7 del Tratado de la UE, que obliga a todos los estados miembros a acudir en auxilio de aquél que sea objeto de un ataque armado en su territorio.

 

 

Efectos colaterales en Ucrania. La guerra de Irán puede tener un fuerte impacto sobre la guerra de Ucrania y no solo -como ocurrió con Gaza- por el hecho de que distraiga la atención de la opinión internacional y -sobre todo- de Donald Trump. El enorme gasto de misiles que el ejército de EE.UU., está realizando para interceptar los ataques de Irán -fundamentalmente drones, destinados a gastar las reservas del adversario- hace temer a Kyiv que Washington le recorte los cruciales suministros -pagados por los europeos y adquiridos por la OTAN- de baterías Patriot. Así lo puso de manifiesto el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, quien mostró una gran inquietud. Rusia, que por su parte parecía regocijarse con la perspectiva de la subida del precio del petróleo -fundamental para financiar su esfuerzo de guerra-, podría enfrentarse a un problema parecido en la medida en que los drones que utiliza masivamente para atacar a Ucrania son los Shared fabricados por Irán. Los drones, un arma barata y fácil de fabricar, están cambiando las reglas de la guerra conocidas hasta ahora y EE.UU. está descubriendo a sus expensas que el coste de gastar misiles para derribarlos es enorme. Paradojas de la vida, según el Financial Times, Washigton estaría negociando con Kyiv la adquisición de drones interceptores desarrollados por los ucranianos para combatir a los iraníes.

lunes, 2 de marzo de 2026

Si Teherán fuera Caracas

Análisis 

EE.UU. parece buscar en Irán una salida al estilo venezolano, forzando al régimen a un giro pragmático


Donald Trump aprovechó el miércoles su presencia en el Congreso, con motivo del discurso sobre el estado de la Unión, para condecorar con la Medalla de Honor al piloto Eric Slover, uno de los siete militares estadounidenses heridos en la operación para capturar al presidente venezolano, Nicolás Maduro, el pasado 3 de enero en su cuartel general de Caracas. Esas fueron todas las bajas que sufrió el ejército de EE.UU. en lo que era una acción extremadamente arriesgada.

El éxito del secuestro de Maduro, coronado con el pacto con el régimen chavista –sometido ahora al dictado de Washington– para abrir a EE.UU. la explotación del petróleo venezolano, envalentonó a Trump, que ahora se cree capaz de repetir la hazaña en Irán.

No es el único que se ha crecido. La base electoral trumpista más devota, los MAGA (Make America Great Again), también parece haberse contagiado. Otrora refractarios a la guerra –Trump les prometió en campaña no volver a involucrar a EE.UU. en nuevas aventuras bélicas–, ahora se han descubierto una inesperado ardor guerrero: en un sondeo realizado por POLITICO hace un mes, el 61% se mostraba  a favor de la intervención contra Irán. La rapidez con que se han traicionado a sí mismos es asombrosa.

La apuesta de Trump en Irán, secundado –o más bien incitado– por Israel, es, nuevamente, muy temeraria. El objetivo, al igual que en el caso de Venezuela, parece ser descabezar al régimen iraní –eliminando, físicamente esta vez, al ayatolá Ali Jamenei– y tratar de llegar a un acuerdo en los términos impuestos por Washington con el sector más pragmático sobre su programa nuclear, su arsenal de misiles balísticos y el papel de sus milicias afines en la región.

¿Pero hay una Delcy Rodríguez en Teherán? ¿Bastará una campaña de bombardeos para hacerla emerger? De momento, Irán está demostrando no ser Venezuela y ha respondido a los primeros ataques combinados de EE.UU. e Israel bombardeando varias de las bases norteamericanas en la región. El riesgo de una escalada –lo que no sucedió en junio de 2025, cuando Trump atacó las instalaciones nucleares iraníes– parece esta vez más difícil de frenar.

¿Acabará la intervención de EE.UU. prendiendo fuego a todo Oriente Medio para desembocar, al final, en un fracaso como los de Irak y Afganistán? ¿O se saldrá nuevamente con la suya, como en Venezuela, multiplicando las posibilidades de futuras intervenciones por la fuerza en todo el mundo? Hay quien teme más a lo segundo que a lo primero.


Rapsodia húngara

Newsletter 'Europa' 

Ucrania, que ha entrado en el quinto año de guerra, puede entrar en quiebra si Budapest no levanta su veto a la ayuda de la UE

 

Budapest trae ingratos recuerdos a los ucranianos. Allí se firmó, el 5 de diciembre de 1994, el Memorándum por el cual Ucrania cedió a Rusia todo el arsenal nuclear que la extinta Unión Soviética había estacionado en su territorio -unas 3.000 cabezas atómicas- a cambio de garantías sobre su seguridad y respeto a su soberanía e integridad territorial. El acuerdo, que lleva el nombre de la capital húngara, fue firmado por ambos países y por otros dos que actuaron como garantes, Estados Unidos y el Reino Unido (a los que luego se sumaron China y Francia). Como la Historia ha demostrado, fue papel mojado. Y no son pocos quienes piensan hoy que aquella cesión fue un suicidio.

Ucrania ha entrado en el quinto año de guerra -el pasado martes, 24 de febrero, se cumplieron cuatro años de la invasión rusa- sabiendo, pues, que los compromisos de Moscú no valen nada y las garantías de seguridad de Washington, apenas. Lo que hace que las actuales negociaciones para un eventual alto el fuego -promovidas por el presidente de EE.UU., Donald Trump, y lastradas por las exigencias maximalistas del presidente ruso, Vladímir Putin- se parezcan a un juego de engaños. Moscú hace ver que quiere la paz pero solo busca ganar tiempo. Y Kyiv lo sabe. Convertida en una guerra de desgaste, que se ha cobrado ya la vida de al menos 450.000 soldados (las dos terceras partes, rusos) según cálculos del Center for Strategic and International Studies (CSIS), y de 15.000 civiles, según la ONU, el conflicto tiene los visos de alargarse indefinidamente.

Hoy por hoy, ninguno de los dos contendientes parece en disposición de imponerse de forma incontestable en el campo de batalla. Rusia tiene el ejército más numeroso y potente, pero sus avances sobre el terreno son extremadamente lentos y exiguos, y empieza a tener problemas de reclutamiento. Ucrania, que ha demostrado una gran resiliencia y habilidad para afrontar al agresor, es más débil y está en peores condiciones, pero sigue resistiendo con tenacidad y no piensa rendirse. Como le expresó a nuestro compañero Xavier Mas de Xaxàs un joven capitán ucraniano en el frente de Kramatorsk: “Vamos a luchar hasta la derrota definitiva”. Todo indica, pues, que la guerra no terminará hasta que uno de los dos bandos desfallezca.

La resistencia de Ucrania, hoy más que nunca, depende de Europa. Los EE.UU. de Trump, tan comprensivos y conciliadores con el agresor ruso, han dejado de enviar ayuda a Kyiv y las armas que suministra son las que previamente han comprado -y pagado- los europeos. La UE consiguió, tras arduas negociaciones, un frágil acuerdo en diciembre pasado para habilitar -mediante una emisión de deuda conjunta- un crédito de 90.000 millones de euros para seguir financiando a Kyiv en 2026 y 2027. Acordado por los jefes de Estado y de gobierno de los 27 -a cambio de recurrir al mecanismo de cooperación reforzada y eximir de todo compromiso a los más renuentes: Hungría, Eslovaquia y la República Checa-, el crédito es fundamental para la supervivencia de Ucrania, que de no recibir el dinero en abril podría entrar en bancarrota.

En estas dramáticas circunstancias, y cuando ya solo quedaban pasos de trámite para aplicar el acuerdo, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ha decidido vetarlo (así como la aprobación del 20º paquete de sanciones contra Moscú, que esta vez incluía medidas para ahogar el transporte de petróleo ruso por el mar Báltico, negando a sus barcos todo servicio en sus puertos). No es la primera vez que Orbán, amigo declarado de Putin, veta o retrasa la ayuda a Ucrania. Pero esta vez ha sido recibido por sus homólogos europeos como una puñalada por la espalda. Y dejó en mala postura al presidente del Consejo Europeo, António Costa, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que viajaron el martes a Kyiv -en el aniversario del inicio de la guerra- con las manos vacías.

Las relaciones entre Ucrania y Hungría nunca han sido fáciles. La existencia de una importante minoría húngara en la provincia suroccidental ucraniana de Transcarpatia -que históricamente había pertenecido al Reino de Hungría- ha sido foco recurrente de tensiones entre el gobierno ultranacionalista de Budapest y el de Kyiv. Pero ha sido la guerra desencadenada por Putin hace cuatro años contra Ucrania -en la que Orbán ha tomado partido por Moscú- la que ha emponzoñado definitivamente las cosas. En este tiempo, Hungría se ha dedicado a poner palos en las ruedas continuamente en la UE, condicionando o retrasando las ayudas a Kyiv y las sanciones contra Moscú.

La razón esgrimida por el primer ministro húngaro para justificar su último veto es la interrupción del suministro de petróleo a través del oleoducto Druzhba (“Amistad”), que conduce a través de Ucrania crudo ruso hacia Hungría y Eslovaquia. Este último país, que dirige un aliado de Orbán, Robert Fico, ha amenazado a su vez a Kyiv con cortarle el suministro de electricidad de emergencia como represalia. Según el gobierno ucraniano, la interrupción en el envío de petróleo no ha sido un capricho sino producto de los daños causados en el oleoducto el mes pasado por un ataque ruso, aún no reparados. Pero ni Budapest ni Bratislava lo creen y sospechan que detrás del corte hay una intención política. Orbán y Fico acordaron el viernes constituir un comité conjunto para investigar la veracidad de las alegaciones ucranianas.

(La UE tiene el objetivo de reducir gradualmente la importación de petróleo ruso hasta cortarla definitivamente a finales del 2027, pero mientras tanto sigue gastando 20.000 millones anuales en ello, en gran medida debido a las compras húngaras y eslovacas.)

En un mensaje a través de la red social X el jueves, Viktor Orbán lanzó duros ataques contra el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, a quien acusó de practicar una “política antihúngara” y de maniobrar “con Bruselas y la oposición húngara” para “llevar al poder a un gobierno proucraniano en Hungría”. Paralelamente, ordenó el despliegue del ejército en instalaciones energéticas clave sugiriendo que, tras bloquear el oleoducto, los ucranianos podrían estar preparando sabotajes.

La sobreactuación de Orbán tiene una explicación: el próximo 12 de abril Hungría celebra elecciones legislativas y, por primera vez desde el 2010, el primer ministro húngaro se enfrenta al serio riesgo de perder el poder. Su principal rival, Péter Magyar, un antiguo aliado suyo en el Fidesz, al frente hoy del partido Tisza (Respeto y Libertad), está consiguiendo con un discurso proeuropeo y anticorrupción concentrar el voto de oposición hasta el punto de que los sondeos de opinión independientes le otorgan 10 puntos de ventaja. Acorralado, Orbán trata desesperadamente de cambiar la tendencia con un discurso tremendista, presentando a Hungría como un país en situación de emergencia atacado desde el exterior y para el que la verdadera amenaza no vendría de Moscú sino de Bruselas.

Un eventual relevo político en Budapest tendría un enorme impacto político en Europa y más allá. La derrota de Orbán rompería la progresión de las fuerzas políticas de corte autoritario e iliberal en la Europa del Este -que ya obtuvieron una primera derrota en Polonia en 2023-, privaría a la extrema derecha nacionalista de uno de sus líderes clave, daría un respiro a Ucrania y sería una sonora bofetada para los planes políticos de EE.UU. en el continente, que pasan por erosionar a la UE desde dentro promoviendo a las fuerzas soberanistas y ultraconservadoras. Hace diez días, en plena campaña electoral, el secretario de Estado, Marco Rubio, viajó a Budapest para explicitar su apoyo a Orbán: “El presidente Trump está profundamente comprometido con su éxito, porque su éxito es nuestro éxito”, declaró. Fácil deducir que significaría su derrota…

Mientras tanto, los 27 están desplegando toda su diplomacia y buscando todos los resquicios legales posibles para levantar cuanto antes el veto de Hungría. Porque el 12 de abril está cerca, pero para Ucrania puede ser demasiado tarde.

 

APUNTES

Aranceles: donde dije 15, digo 10. Después del severo correctivo infligido por el Tribunal Supremo de Estados Unidos a Donald Trump al anular la mayoría de los aranceles aprobados en el llamado Día de la Liberación (por utilizar una vía legal inapropiada), el presidente norteamericano clamó revancha y -acogiéndose a otra norma- anunció nuevos aranceles generales a todo el mundo del 10%. Eso era el viernes de la semana pasada. Al día siguiente, sábado, le parecieron poco y anunció que subía al 15%, lo que al sumarse a tarifas ya existentes suponía de facto una vulneración del acuerdo comercial de Turnberry, alcanzado con la UE en Escocia en junio de 2025. Bruselas pidió explicaciones a Washington y el Parlamento Europeo decidió este lunes suspender temporalmente el proceso de ratificación del acuerdo. Pero una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace -sobre todo, con Trump- y, al final, en el decreto los aranceles -vigentes hasta el 24 de julio- se quedaron en el 10% inicial.

Mercosur, de entrada sí. Ursula von der Leyen comunicó ayer la decisión de la Comisión Europea de aplicar provisionalmente el acuerdo comercial firmado con los países del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), una vez que el primero y el último ya lo ha ratificado oficialmente y a pesar de que el Parlamento Europeo rechazó aprobarlo e impugnarlo ante los tribunales europeos. Varios países, con Alemania a la cabeza -enormemente inquieta por el retroceso de sus exportaciones-, presionaban en este sentido, en contra de la oposición de los más renuentes, como Francia. Emmanuel Macron, lamentó públicamente la decisión de la presidenta del Ejecutivo comunitario: “Para Francia, es una sorpresa, una mala sorpresa, y para el Parlamento Europeo, es una falta de respeto”, declaró el presidente francés.

Urnas mirando al Ártico. Desde que regresó a la Casa Blanca hace un año, Europa gira en gran medida en torno a los caprichos de Donald Trump. Y no sólo los arancelarios. La primera ministra danesa, la socialdemócrata Mette Frederiksen, anunció el jueves su decisión de adelantar unos meses las elecciones legislativas -previstas para el mes de octubre a más tardar- y convocar a los ciudadanos a las urnas el próximo 24 de marzo, argumentando que el panorama internacional ha cambiado y el país ha de prepararse para afrontar nuevos retos. El apetito de Trump por hacerse con la “propiedad” de la isla ártica de Groenlandia -perteneciente a la corona danesa-, hasta el punto de llegar amenazar con tomarla por la fuerza antes de conceder una inestable tregua, está detrás de esta decisión. Como también lo está de la convocatoria en Islandia -que teme ser la siguiente en la lista de Washington- de un referéndum para decidir si reanudan las conversaciones para la adhesión del país a la UE, que Reikiavik abandonó en 2013. Así lo anunció el mismo jueves la primera ministra islandesa, la también socialdemócrata Kristrun Frostadottir, quien avanzó que la consulta se celebrará en los próximos meses. Las cosas se mueven cerca del Círculo Polar.

A vueltas con los embajadores. En el boletín de la semana pasada repasábamos los conflictos y polémicas que -combativos trumpistas- están creado los nuevos embajadores de EE.UU. con sus -teóricos- aliados europeos. El representante diplomático de Washington en París, el consuegrísimo Charles Kushner, ya protagonizó un incidente el año pasado, al atacar al gobierno francés por su presunta inacción contra el antisemitismo. Esta vez, Kushner ha desairado al ministerio francés de Asuntos Exteriores al desoír una convocatoria del Quai d’Orsay para protestar por las declaraciones de la Administración Trump tras el asesinato de un militante ultraderechista a manos de extremistas de izquierda en Lyon. Vulnerando todos los usos diplomáticos, el embajador no acudió, a consecuencia de lo cual el ministerio ha decidido cerrarle todo contacto con funcionarios del Gobierno francés.