miércoles, 26 de agosto de 2026

A Trump se le escapa el mundo

Visión periférica

Fuera de América Latina, donde EE.UU. está imponiendo su ‘imperium’ en una actualización de la doctrina Monroe, la política exterior de Donald Trump zozobra, así en Europa como en Asia y Oriente Medio, su talón de Aquiles.

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Unas veces con el puño en alto, otras con el pulgar extendido, al presidente de Estados Unidos le gusta transmitir constantemente una imagen de fortaleza y seguridad en sí mismo. El hombre más poderoso del país más poderoso del mundo no concibe otro horizonte que el triunfo, otro desenlace que la victoria. Para Donald Trump no hay nada peor en este mundo que ser un perdedor, un loser. Y, sin embargo, con una popularidad a escala interna en caída libre (solo el 33% de los estadounidenses aprueba su gestión) y serios fracasos a escala internacional, su trayectoria está tomando justamente ese rumbo.

La errática y caprichosa política exterior de Trump ha conducido a EE.UU. a una situación paradójica en la que pesan más los fracasos autoinfligidos que los éxitos. Si bien su apuesta por actualizar la doctrina Monroe –rebautizada, naturalmente, como Donroe– para reforzar su dominio sobre el conjunto del continente americano parece estar funcionando, al menos a corto plazo, en el resto del mundo la hegemonía de la primera potencia mundial está haciendo agua.

En América Latina, la gran baza que puede presentar Trump –quien todavía se regala con la operación que condujo a la captura de Nicolás Maduro– es la puesta de Venezuela bajo tutela, con el secretario de Estado, Marco Rubio, en el papel de virrey controlando la explotación y comercialización –ingresos incluidos– del petróleo venezolano (lo de la democratización del régimen, eso, parece menos prioritario). Junto al control de Venezuela, al que puede acabar sumándose Cuba, Trump ha contado con una oleada de victorias electorales de la derecha y la extrema derecha, del Caribe a la Patagonia, que han afianzado su im­pronta y se han traducido ya en la constitución de una gran coalición militar para combatir a los cárteles de la droga, en la que participan 19 países. Solo los tres grandes –Brasil, Canadá y México– se escapan al afán de control de Washington.

Pero, fuera del hemisferio occidental, todo lo demás patina. En Europa, la alianza trasatlántica se debilita a ojos vistas, mientras Washington –en un espectacular giro doctrinal– ha dejado de tratar a Rusia como un adversario, sin que por ello haya conseguido poner fin a la guerra de Ucrania. Recientemente, el Gobierno estadounidense envió a sus socios de la OTAN un cuestionario para evaluar no ya el compromiso europeo con la defensa común, sino su respaldo a la política exterior de Washington, con vistas a una reasignación de sus recursos militares en el continente (que, más allá de su reparto entre buenos y malos, serán reducidos).

En Asia, teóricamente la segunda gran prioridad de la política exterior norteamericana, la práctica dista mucho de lo que cabría deducir del documento de Estrategia de Seguridad Nacional aprobado hace menos de un año. Terminado provisionalmente en tablas el gran pulso comercial con China lanzado por el presidente norteamericano en el 2025, la realidad es que también aquí EE.UU. está dejando de la mano a sus aliados históricos –esta misma semana ha desairado a Corea del Sur mientras mostraba su complicidad con el dictador norcoreano, Kim Jong Un– y ha debilitado su despliegue militar en la región a causa de sus azarosas aventuras en otros escenarios.

¿Todo ello, para qué? Para intervenir en una región del mundo, Oriente Medio, de la que formalmente el trumpismo parecía decidido a desentenderse (“Los días en que Oriente Medio dominaba la política exterior americana (...) afortunadamente han acabado”, rezaba el nuevo y sin embargo ya caduco documento de Estrategia de Seguridad Nacional, aprobado en noviembre del 2025).

Oriente Medio se ha convertido en el verdadero talón de Aquiles de Trump. Un auténtico agujero negro. La irreflexiva y desnortada intervención armada contra Irán –arrastrado por Israel– se ha convertido en una catástrofe militar, económica y geopolítica. Convertida en una guerra interminable, ha fragilizado como ninguna otra la imagen de EE.UU., que aparece como un gigante impotente. Hasta el punto de que todo el mundo en la región, tanto enemigos como aliados, se le está subiendo a las barbas.

El conflicto con Irán, que se arrastra desde hace ya casi seis meses, amenaza con enquistarse indefinidamente, vista la incapacidad militar de EE.UU. para doblegar al régimen de los ayatolás, que, lejos de rendirse a sus –vacuas– amenazas, ha redoblado sus exigencias para reabrir Ormuz. ¡Hasta le reclama reparaciones económicas! Mientras tanto, todos los objetivos iniciales de la guerra parecen estar decayendo para centrarse prioritariamente en la reapertura del estrecho, por el que antes de la guerra pasaba el 20% de la producción mundial de petróleo y gas licuado sin ninguna restricción a la navegación. ¿Todo eso para esto?

No solo los enemigos le alzan la voz a Trump: los propios aliados de EE.UU. osan también contestarle. El primero de ellos, corresponsable del desastre, es el primer ministro de Israel, Beniamin Netanyahu, que ha rechazado la hoja de ruta del presidente estadounidense para Gaza. El premier israelí reiteró su rechazo esta semana al enviado especial, el yernísimo Jared Kushner.

Tan débil aparece hoy EE.UU., tanto política como militarmente –corto de misiles y de municiones antiaéreas, obligado a trasladar a la zona el último portaaviones que le quedaba patrullando en el Pacífico–, que su principal aliado árabe ha buscado otros cobijos. Así, Arabia Saudí firmó el pasado día 7 con Turquía y Pakistán un pacto tripartito de defensa que consolida un nuevo eje de poder islámico suní, frente a la amenaza del Irán chií.

No es de extrañar que últimamente los puños en alto y los pulgares extendidos de Trump sean cada vez más mecánicos, más desganados. Y su semblante, más serio, más cerrado.

lunes, 10 de agosto de 2026

Europa naufraga en el Estrecho

'Visión periférica'

A diferencia de lo que sucedió con la oleada migratoria sufrida por Polonia en 2021, la avalancha de 72.000 personas sobre Ceuta, en lugar de suscitar la unidad y solidaridad de la UE, ha mostrado las divisiones y miserias europeas.


Noviembre de 2021. La frontera entre Polonia y Bielorrusia se convierte en un coladero. El régimen del dictador bielorruso Alexander Lukashenko –aliado-vasallo de la Rusia de Vladímir Putin– lanza contra la Unión Europea a decenas de miles de inmigrantes y refugiados procedentes de Irak y Siria, con engaños y en viajes organizados, en una clara maniobra de desestabilización. En ese momento no se sabe aún, pero Moscú está preparando ya la invasión de Ucrania para cuatro meses después.

Unas 40.000 personas acabarían entrando en Europa en 2021 a través de los bosques del este de Polonia, antes de que Varsovia tuviera tiempo de levantar una valla a lo largo de la frontera y enviar refuerzos para frenar la avalancha. El suceso suscitó la solidaridad unánime de la UE y la OTAN, que denunciaron un acto de guerra híbrida de Rusia y sus aliados contra Europa. A nadie se le ocurrió responsabilizar de ello al Gobierno polaco de la época, del ultraconservador partido de Jarosław Kaczyński, Ley y Justicia (PiS)

Algunos países cercanos intensificaron en aquel momento el control de las fronteras interiores, pero ningún gobierno suspendió oficialmente la aplicación del tratado de libre circulación de Schengen (aunque lo cierto es que  desde que en el 2015 la canciller Angela Merkel decidió abrir de par en par las fronteras de Alemania a un millón de refugiados sirios, una decena de países realizaban ya –y aún lo hacen– controles fronterizos aleatorios)

Cinco años después de los sucesos de Polonia, el asalto a la frontera hispano-marroquí de Ceuta por 72.000 migrantes en apenas 48 horas –la mayoría de los cuales ha sido ya devuelto al otro lado– ha suscitado reacciones muy diferentes y revelado las fracturas que amenazan la cohesión de la UE. Nadie, absolutamente nadie –ni el Gobierno español ni ninguno de los gobiernos europeos, ni la Comisión Europea–, se ha atrevido a señalar con el dedo a Marruecos, responsable por acción u omisión de lo sucedido. Han preferido mirar hacia otro lado –demasiados intereses en juego– y, en su lugar, lanzarse a vergonzosos ajustes de cuentas políticos internos, antes de dar marcha atrás en la reunión de ministros europeos del Interior del pasado martes. Por su parte, la OTAN  ha guardado un espeso silencio.

Tres países, Italia, Dinamarca y Finlandia, encabezaron el ataque contra el Gobierno español, al que culparon de la crisis de Ceuta por su política migratoria. Al frente de la manifestación se destacaron la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, líder del posfascista Hermanos de Italia, y la premier danesa, Mette Frederiksen –dirigente socialdemócrata partidaria de una línea dura próxima a la de la ultraderecha–, quienes plantearon que se valorara excluir a España del espacio Schengen. Un total de 22 países firmaron una beligerante carta en este sentido e Italia empezó a controlar a los españoles.

Solo cuatro gobiernos europeos se excluyeron de la maniobra. Dejando a un lado Irlanda –obligada a ser neutral por ostentar la presidencia semestral de la Unión–, únicamente se desmarcaron Francia, Luxemburgo y Portugal. El Gobierno francés denunció que la polémica carta “tenía como objetivo principal instrumentalizar la oleada migratoria en Ceuta en contra del Gobierno español”.

“La respuesta de los líderes nacionales [europeos] a Ceuta fue desinformada y egoísta, lo que debilitó la unidad europea y proporcionó a los enemigos de Europa precisamente la narrativa que buscaban”, ha advertido Alberto Alemanno, profesor de Derecho europeo en la HEC de París y el Colegio de Europa de Brujas.

 La derecha y la extrema derecha europeas, cada vez más indistinguibles en su insomne competición por captar el voto del miedo al extranjero en sus respectivos países, se han lanzado a degüello contra el presidente español, el díscolo Pedro Sánchez,  a quien acusan de haber alentado un supuesto “efecto llamada” con la actual regularización masiva de inmigrantes.

La realidad, sin embargo, contradice  este discurso tremendista. Según datos frescos de la agencia europea Frontex, en el primer semestre de este año las entradas irregulares de inmigrantes por la ruta del Mediterráneo central –esto es, a través de la estricta Italia– alcanzaron la cifra de 14.340, un número superior al de las llegadas registradas en la laxa España (11.574) a través de la ruta del Mediterráneo occidental y la de Canarias. Lo mismo sucedió en el conjunto de 2025: Italia encajó 66.328 inmigrantes irregulares por 36.683 España. Mal que le pese a Meloni.

Mientras los europeos ofrecen al resto del mundo el penoso espectáculo de su división, Marruecos ha vuelto a demostrar su enorme capacidad de desestabilización. Tras la anterior oleada migratoria sobre Ceuta, en  mayo del 2021 –más limitada, fueron 10.000 personas–, logró que Madrid se sumara a sus tesis sobre el Sahara Occidental. Orquestada o solamente aprovechada de forma oportunista, veremos en qué desemboca la crisis actual.

En cualquier caso, si Marruecos se muestra tan desenvuelto con la UE –su principal socio comercial y el mayor agente inversor exterior en el país–, es porque se ha  consolidado como un aliado  protegido de Estados Unidos. La relación entre Rabat y Washington se ha estrechado especialmente con Donald Trump (incorporación de Marruecos a los Acuerdos de Abraham con Israel, revalorización geoestratégica en un contexto de enfriamiento con Europa) y en el mundo MAGA hay ya quien avala las reivindicaciones territoriales de Rabat sobre Ceuta y Melilla.

Pero la alianza entre EE.UU. y el reino alauí viene de lejos. Marruecos fue el primer país africano en firmar con Washington un acuerdo bilateral comercial en el 2004, estando George W. Bush, que le concedió también el estatuto de aliado preferente. La cercanía entre ambos países se puso  en evidencia durante la crisis de Perejil, en julio del 2002, cuando Marruecos retó a España invadiendo ese disputado islote del Estrecho y provocando la intervención militar española. El entonces presidente José María Aznar se quedó solo también en aquel envite, con la UE y la OTAN mirando hacia otro lado –si no criticando a España–, y EE.UU. presionándole, a través del secretario de Estado Colin Powell, para que retirara sus tropas.

Los años pasan. Marruecos mantiene su rumbo. Y la UE sigue naufragando.

 

 

domingo, 28 de junio de 2026

Trump, enfangado


'Visión periférica'

A Estados Unidos le costó veinte años, 58.000 muertos, 150.000 millones de dólares de la época y cinco presidentes darse cuenta de que la de Vietnam (1955-1975) era una guerra que no conducía a ninguna parte y que no podía ganar. Donald Trump ha tardado mucho menos en llegar a la conclusión de que la guerra lanzada con Israel contra Irán estaba abocada al fracaso. Entre los primeros bombardeos, el 28 de febrero, y la firma del memorándum de entendimiento entre ambos países, rubricado por el presidente de EE.UU. en el palacio de Versalles el 17 de junio, han pasado tres meses y medio. La rapidez en activar el freno es la única decisión que cabe apuntar en el haber de Trump. En el debe, en cambio, la lista es interminable.

Embrujado por las promesas del primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu, de una victoria rápida y fácil que desembocaría en el colapso inmediato del régimen iraní, Trump se embarcó en una guerra mal planificada y sin objetivos claramente definidos, de la que además no había calibrado las consecuencias (el bloqueo del estrecho de Ormuz cogió aparentemente por sorpresa a la Casa Blanca)

EE.UU. ha arruinado su capital político entre sus aliados del Golfo, a los que no ha sido capaz de proteger

Lo que mal empieza raramente acaba bien. Y el resultado está a la vista: el régimen de los ayatolás no solo no ha caído, sino que la guerra ha reforzado a los sectores más radicales vinculados a la Guardia Revolucionaria. Y, aunque muy fuertemente castigado y con la economía por los suelos, el país mantiene gran parte de su arsenal de misiles y drones, así como el uranio enriquecido con el que podría reactivar su programa nuclear. Al final, el estrangulamiento de Ormuz –por donde transitaba antes de la guerra un 20% del petróleo y el gas mundiales– y su impacto sobre la economía global, así como sobre la inflación en EE.UU., ha acabado siendo lo que ha forzado a Trump a ceder.

El memorándum de acuerdo firmado con Irán ha sido percibido como una capitulación por la propia derecha estadounidense y ha causado una honda irritación en Israel, que lo ve como una traición (Netanyahu ha intentado socavarlo manteniendo su ofensiva militar en Líbano, a costa de llevar la relación con Washington a su momento más bajo). La opinión de los analistas es devastadora: la guerra de Irán ha sido, a juicio de Ian Bremmer, presidente del Eurasia Group, “el peor error de política exterior de EE.UU. desde la guerra de Irak” y para el politólogo Paul Musgrave, profesor de la Universidad de Georgetown en Qatar, “una derrota estratégica mayor que la de Vietnam”.

Unos operarios tratan de retirar algas del estanque del Lincoln Memorial en Washington
Unos operarios tratan de retirar algas del estanque del Lincoln Memorial en WashingtonJacquelyn Martin / Ap-LaPresse

Por el camino, EE.UU. ha arruinado su capital político entre sus aliados del Golfo –Arabia Saudí, Emiratos, Baréin, Qatar, Kuwait–, que han visto cómo eran víctimas de las represalias iraníes sin que Washington fuera capaz de protegerles.

Se mire por donde se mire, de entre los 14 puntos del memorándum la reapertura de Ormuz es el único logro de EE.UU., algo que difícilmente se puede presentar como una hazaña si se tiene en cuenta que antes de la guerra no había bloqueo alguno y el tránsito era totalmente libre.

El pacto, por el cual ambas partes se dan un plazo de 60 días para negociar un acuerdo de paz definitivo, prevé asimismo el fin del bloqueo norteamericano en el golfo de Omán, la creación de un fondo de 300.000 millones de dólares para la reconstrucción de Irán, el levantamiento gradual de las sanciones, la autorización para exportar el petróleo iraní y el acceso de Teherán a sus activos congelados.

Irán se compromete a no desarrollar ni comprar armas atómicas, pero la cuestión de su programa nuclear y del uranio queda pendiente de las negociaciones. Del memorándum han desaparecido dos de las cuestiones que antes aparecían como fundamentales: la limitación del arsenal balístico iraní y su apoyo a la miríada de milicias chiíes de la región (Hizbulah, Hamas y los hutíes yemeníes). ¿Se parece esto en algo a una rendición incondicional?

De momento, los primeros pasos de la negociación, conducida en Lucerna (Suiza) por el vicepresidente J.D Vance, confirman las primeras impresiones: Washington ha levantado por 60 días el veto a las exportaciones de petróleo y, según Teherán, serán descongelados 12.000 millones de dólares de sus fondos.

A cambio, Vance aseguró que el Gobierno iraní ha aceptado el retorno de los inspectores internacionales para controlar su programa nuclear. Este extremo, que Vance presentó como un “hito”, es lo que ya existía con el acuerdo de 2015 patrocinado por Barack Obama y que Trump no ha cesado de deplorar como el “peor acuerdo jamás suscrito EE.UU.”. Cuando Trump lo rompió unilateralmente en 2018, Irán restringió el acceso de los inspectores y les cerró definitivamente las puertas a raíz del ataque israelo-norteamericano de junio del 2005 contra sus plantas nucleares. Volvemos a la casilla de salida.

Mientras tanto, el presidente de EE.UU. parece absorbido por un asunto menor, casi ridículo, que ilustra a la perfección su modo de gobernar. Se trata de las obras de reforma del gran estanque reflectante del Lincoln Memorial de Washington. Tras acusar repetidamente a sus predecesores de haber dejado que la lámina de agua se echara a perder, ordenó vaciar el estanque y pintar el fondo de color “azul bandera americana”. Las obras, encargadas a la empresa de un donante de su campaña, han acabado costando un dineral –14,2 millones de dólares, según The   New York Times – y la reforma se ha revelado un fiasco: a causa del fondo oscuro, el agua se calienta más rápido y enseguida han empezado a proliferar algas que la han dejado de color verde. Lejos de admitir error alguno, Trump ha atribuido el desastre a acciones vandálicas de “lunáticos de la izquierda radical, muy probablemente demócratas”. En el caso de Irán aún no lo ha hecho. Al tiempo.

Afganistán: las expulsiones primero, las mujeres después

Newsletter 'Europa'


Dos semanas antes de que el último soldado norteamericano -el general Chris Donahue, comandante de la 82.ª división aerotransportada de Estados Unidos- subiera al último avión y abandonara definitivamente Afganistán, el 30 de agosto de 2021, dejando el país en manos de los talibanes tras dos décadas de guerra, seis gobiernos de la Unión Europea –Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Grecia y los Países Bajos- dirigieron una carta a la Comisión Europea en la que manifestaban su rechazo a suspender las deportaciones de ciudadanos afganos a su país. Dos semanas solamente, apenas quince días antes de la caída de Kabul y de la caótica retirada occidental, con el ejército afgano ya en plena desbandada ante la ofensiva de los islamistas, esos seis gobiernos seguían aferrándose a la ficción de que Afganistán era un “país seguro” y advertían que suspender las deportaciones era una “señal equivocada”.

Así que, cinco años después, no es de extrañar que el primer contacto oficial de la UE con responsables gubernamentales del régimen talibán, este martes en Bruselas -un encuentro vergonzante, sin fotos, para el que el Gobierno belga expidió visados de solo 24 horas-, fuera para volver a hablar de deportaciones. El objetivo: coordinar la expulsión a su país de ciudadanos afganos que hayan cometido delitos graves o representen una amenaza para la seguridad en Europa. Todo muy técnico.

Detrás de la iniciativa, conducida por el comisario de Interior y Migración, el democristiano Magnus Brunner, del Partido Popular Austriaco (ÖVP), y coordinada con el Gobierno de Suecia -un ejecutivo de centroderecha con apoyo parlamentario de la ultraderecha-, hay una quincena de países, a la mayoría de los cuales les da reparo hacer públicos sus nombres. Se sabe que en el encuentro participaron representantes de Bélgica y Dinamarca. Y que, por su parte, Alemania se ha organizado por su cuenta: pactó con los talibanes ya en 2024 y esta semana el gobierno del canciller Friedrich Merz ha acordado con Kabul aumentar la cadencia de expulsiones.

Europa no reconoce al régimen de los talibanes y ningún país de la UE tiene relaciones diplomáticas con el gobierno de Kabul. La Unión como tal mantiene una delegación en la capital afgana cuya principal misión es coordinar la entrega de ayuda humanitaria a la población, que se canaliza a través de la ONU y oenegés sobre el terreno (desde 1994 la UE ha distribuido ayuda por valor de 2.000 millones de euros)

Sobre el papel, esto no va a cambiar: “No vamos a reconocer al régimen, pero pienso que es importante hablar con ellos”, se justificó Brunner. Los talibanes, que no se engañan, ven aquí una puerta abierta. El portavoz del Ministerio de Exteriores afgano, Abdul Qahar Balkhi, que encabezó la delegación talibán, expresó su confianza en que este primer encuentro sirva para “ampliar todavía más el espacio de cooperación basado en el respeto mutuo y los beneficios compartidos”. Su objetivo es que Europa acepte a sus representantes en las embajadas y consulados afganos.

Lindante con la paranoia, la obsesión europea por expulsar a los inmigrantes en situación irregular por encima de cualquier otra consideración política, económica o moral -ahí está la iniciativa de construir centros de internamiento y deportación para extranjeros en terceros países, entre los que algunos barajan Ruanda y Uzbekistán- ha dejado en segundo plano un asunto que hace cinco años pasaba por ser la principal preocupación de Europa: la trágica suerte de las mujeres en Afganistán. No consta que se hablara de ellas para nada en la reunión.

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Un combatiente talibán monta guardia mientras mujeres esperan para recibir raciones de alimentos en Kabul Ebrahim Noroozi / Ap-LaPresse

La situación de las mujeres bajo el tiránico régimen fundamentalista de los talibanes es un espanto. La ONU lo ha calificado de “apartheid de género”. En Afganistán, las mujeres han sido proscritas de la enseñanza media y universitaria –hay 2,5 millones de niñas y jóvenes fuera del sistema educativo–, expulsadas de la mayor parte de trabajos y de la función pública, sin derecho a utilizar los baños públicos, los parques, los gimnasios, los centros deportivos y lúdicos. Y conminadas a salir de casa “solo en caso de necesidad”, tapadas y con la boca cerrada. La reciente detención de al menos 30 mujeres en la ciudad occidental de Herat por presuntamente violar el estricto código de vestimenta de los talibanes, y la violencia con que se reprimieron las protestas, le valió a Kabul la condena unánime la semana pasada del Consejo de Seguridad de la ONU.

“Las autoridades de facto han criminalizado la presencia de mujeres y niñas en la vida pública”, advirtió el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, al presentar la última evaluación de este organismo sobre la situación en Afganistán, el pasado mes de marzo en Ginebra. Aunque la población femenina es la más castigada, el informe advierte que “la vida de los afganos comunes ha empeorado drásticamente” bajo los talibanes, sometidos a un régimen represivo que recurre sistemáticamente a la tortura y las ejecuciones, y con una situación económica catastrófica: unos 21,9 millones de personas -el 45% de la población- necesitan asistencia humanitaria para sobrevivir.

En este contexto, Turk aprovechó para instar a los países miembros de las Naciones Unidas a detener todas las repatriaciones forzosas de afganos, argumentando que los deportados se enfrentan a riesgos reales de persecución, tortura u otros daños graves. “Afganistán es un cementerio de derechos humanos”, advirtió. Alló, Bruselas?

Diplomacia que chirría. Si los tratos con el régimen talibán de Afganistán es objeto de divisiones y controversia, no lo es menos la actitud de la UE hacia el gobierno de Beniamin Netanyahu en Israel. La polémica ha estallado esta semana tras conocerse el viaje realizado a Tel Aviv por la comisaria para el Mediterráneo, Duvranka Suica, después de que el Gobierno israelí anunciara su decisión de romper todo contacto oficial con la Alta representante para la política exterior de la UE, Kaja Kallas, por unas afirmaciones que juzgó ofensivas (la jefa de la diplomacia europea habría calificado, en una conversación privada, de “apartheid” el trato dado por el Gobierno israelí a los palestinos). La inoportuna visita de Suica, quien -por cierto- ya protagonizó otra polémica por acudir a la constitución de la Junta de Paz para Gaza creada por Donald Trump, se enmarca en el pulso por el control de la política exterior que mantiene con Kallas la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen.

Brexit y dimisión. El décimo aniversario del referéndum del Brexit, el día 23, no podía tener conmemoración más idónea que la enésima crisis de gobierno en el Reino Unido, que desde la decisión de abandonar la UE ha visto pasar ya por Downing Street a seis primeros ministros. Desautorizado por su propio partido, el premier laborista Keir Starmer decidió dimitir después de que su principal rival interno, el alcalde de Manchester, Andy Burham, lograra el escaño en la Cámara de los Comunes que le habilitaba para desafiar al primer ministro. No ha habido mucha fiesta en el Reino Unido con motivo del décimo aniversario de la consulta. Lo cierto es que los indicadores económicos y sociales señalan que el Brexit fue un mal negocio y hoy la mayoría de los británicos lo consideran un error y votarían por volver a Europa. Starmer, contrario a reabrir el melón, era partidario no obstante de “resetear” las relaciones con Bruselas. Habrá que ver cuál será la orientación de Burnham.


domingo, 21 de junio de 2026

La irresistible atracción de Europa

Newsletter 'Europa'

Diez años después del Brexit, no solo nadie ha querido abandonar la UE sino que las peticiones de adhesión se multiplican

 

Hace diez años, el 23 de junio de 2016, los británicos decidieron bajarse del tren europeo. No fue una decisión abrumadoramente mayoritaria, pero sí inapelable. La convocatoria del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea -una apuesta fallida del primer ministro David Cameron, que se vio forzado a dimitir tras la derrota- dividió al país en dos mitades y produjo una polarización política extrema que desembocó en graves casos de violencia (la diputada laborista Jo Cox, partidaria del remain, fue asesinada a puñaladas por un ultra al grito de Britain First). El Brexit se impuso por un ajustado 52% a 48% y el divorcio con la UE se consumó, tras largas y difíciles negociaciones, en el 2020. Desde entonces, nadie en las islas británicas ha querido reabrir la herida.

Que un país miembro de la Unión, y no cualquiera sino uno de los más importantes -de los de mayor peso político, económico y demográfico-, abandonara el club era a priori algo impensable y provocó un fuerte shock. De repente, el temor a que otros países más o menos euroescépticos siguieran el mismo camino -Europa apenas empezaba a recuperarse entonces de la brutal cura de austeridad impuesta a raíz de la crisis de 2008- tomó cuerpo en muchas capitales. El miedo, sin embargo, resultó infundado. El Brexit actuó, a la postre, como una vacuna y no sólo nadie mostró deseos a partir de entonces de salir a la intemperie, sino que hoy son los británicos -por 57% a 30%, según los sondeos más recientes- quienes creen que abandonar la UE fue un error. Lo que no quiere decir que vayan a volver. No a corto plazo, al menos.

Hoy no hay ningún país en la lista de espera para dejar la UE. Sí hay, en cambio, una larga lista para incorporarse. Lo que demuestra que, pese a todos los problemas y carencias, el proyecto europeo mantiene su fuerza de atracción y que su sueño fundacional -la creación de un espacio democrático de paz, libertad y prosperidad compartidas-, sigue vivo.

Esta semana, Bruselas abrió formalmente la negociación con Ucrania y Moldavia para su futura adhesión a la Unión. El lunes se dio luz verde, en concreto, a la apertura del primero de los seis bloques temáticos -clústeres, en el argot comunitario- en los que está dividido el proceso de negociación. Kyiv había pedido el ingreso formalmente en febrero del 2022, días después de desencadenada la invasión rusa, y Chisináu le siguió los pasos en marzo. El Consejo Europeo aceptó ambas candidaturas en junio de ese mismo año. Sin embargo, el veto sistemático de Hungría había bloqueado hasta ahora cualquier avance. Ha tenido que ser desplazado del Gobierno de Budapest el populista Viktor Orbán –aliado de Moscú en el seno de la UE- y cerrarse un acuerdo sobre los derechos de la minoría húngara en Ucrania para desbloquear la situación.

La apuesta europea por la adhesión de Ucrania y Moldavia, dos antiguas repúblicas de la extinta Unión Soviética, responde a un compromiso político de la UE frente al expansionismo agresivo de la Rusia de Vladímir Putin, pero justamente eso hace que el proceso sea más complejo. Ucrania todavía está en guerra, con casi un 20% de su territorio ocupado por el ejército ruso, y la pequeña Moldavia -que se debate sobre si integrarse en Rumanía, con la que comparte lengua e historia- arrastra también el lastre de la región separatista prorrusa de Transnistria, que no controla.

La situación especial de Ucrania, ha sido esgrimida por algunos gobiernos de la UE para acelerar el proceso de adhesión. No obstante, no hay unanimidad al respecto y los más optimistas creen que ya sería mucho lograrlo en 2030... una fecha muy atrevida para los estándares comunitarios. De ahí que el canciller de Alemania, Friedrich Merz, haya propuesto crear un nuevo estatus de “miembro asociado” para alinear a Ucrania con la UE a la espera del ingreso efectivo. Durante la cumbre que se ha celebrado este jueves y viernes en Bruselas, los 27 reafirmaron su apoyo a Ucrania y expresaron su voluntad de avanzar en la negociación, aunque recordaron que el proceso de adhesión ha de estar “basado en méritos”. Dicho de otro modo: no habrá ningún atajo para Kyiv.

Ucrania y Moldavia son los últimos incorporados a una lista en la que figuran ya los países de los Balcanes Occidentales, la mayoría de ellos surgidos de la desintegración de Yugoslavia en los años 90 -Albania, Bosnia-Herzegovina, Kosovo, Macedonia del Norte, Montenegro y Serbia-, así como Georgia y Turquía. La UE celebró con el primer grupo una cumbre el pasado 5 de junio en la población montenegrina de Tivat (y no en Tirana como erróneamente se recogía en el boletín de la semana pasada) donde reiteró su compromiso de incorporar a este grupo de países. No todos, sin embargo, avanzan al mismo ritmo. Montenegro es el más adelantado y podría ingresar en 2028.

Las inclinaciones prorrusas de Serbia, las tensiones con Kosovo, los problemas de Macedonia del Norte con Bulgaria y la fragmentación de Bosnia-Herzegovina siembran de obstáculos el camino de estos países. En cuanto a los otros dos candidatos, Georgia -otra exrepública soviética con provincias separatistas prorrusas desgajadas, tras la intervención rusa de 2008- suspendió unilateralmente las negociaciones de adhesión en 2024 y ha entrado en una deriva autoritaria incompatible con los principios europeos. Lo mismo que Turquía, cuyo proceso de incorporación -que algunos estados cuestionan por tratarse de un país de mayoría musulmana- está por este motivo congelado desde 2018

Otros dos países del Norte, Islandia y Noruega, podrían replantearse su reticencia a adherirse a la UE, una opción que rechazaron en su momento para proteger sus caladeros de pesca y eludir las obligaciones europeas en la materia. La guerra de Ucrania y las sacudidas geopolíticas internacionales, sin embargo, están obligando a todo el mundo a replantearse sus prioridades (como hicieron Suecia y Finlandia al decidir ingresar en la OTAN). El Gobierno islandés ha convocado un referéndum el 29 de agosto para decidir si reanudan las negociaciones de adhesión a la UE, interrumpidas en 2015. En Noruega, donde la incorporación fue rechazada por última vez en referéndum en 1995, están a la espera de lo que suceda en Islandia para decidir si convocan a su vez una consulta en ese mismo sentido. La fuerza de gravitación es tal que incluso hay quienes fantasean con la incorporación ¡de Canadá!

Han pasado trece años desde el último ingreso en la UE -el de Croacia en 2013- y veintidós desde la gran ampliación hacia el Este del 2004. Y si algo ha quedado claro en todo este tiempo es que la única manera de hacer gobernable la Unión es cambiando las reglas. El principio de la unanimidad, todavía vigente en aspectos esenciales, es un lastre y su aplicación a la política exterior y de defensa ha contribuido decisivamente a hacer de Europa un enano político en el concierto internacional.

En este contexto, y con el fin de facilitar el consenso necesario para la ampliación, cinco de los seis fundadores -Alemania, Francia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo- han propuesto que los nuevos miembros tengan temporalmente restringido su derecho de veto en las cuestiones presupuestarias, de política exterior y de seguridad, además de imponer salvaguardas adicionales para poder reaccionar con mayor contundencia y prontitud en caso de retrocesos democráticos como sucedió en Hungría. Una medida de este tipo sería forzosamente provisional, porque de lo contrario crearía dos categorías de países. Con lo que el problema de fondo se mantendrá mientras no se cambien los tratados.

Ante este obstáculo fundamental, que condiciona todo avance, se ha abierto paso la idea de que un grupo de países, los de más peso y más comprometidos con la profundización de la integración europea, decidan avanzar en solitario a través del mecanismo de las cooperaciones reforzadas, consolidando en la práctica una Europa de dos velocidades (que ya existe, por ejemplo, con el euro). El canciller Merz ha propuesto que este núcleo duro esté integrado por seis países que suman el 71% de la población de la UE y el 70% del PIB comunitario: Alemania, Francia, Italia, España, Polonia y Países Bajos.

Pero la iniciativa se enfrenta a un grave problema: la debilidad política de los líderes concernidos. Friedrich Merz no pasa por su mejor momento -su popularidad está en caída libre y el gobierno de coalición que preside está muy dividido- y al francés Emmanuel Macron -que no puede volver a presentarse para un tercer mandato- le queda menos de un año en el Elíseo y no tiene un sucesor claro, mientras los sondeos de las elecciones presidenciales de mayo de 2027 dan ventaja a la extrema derecha.

El año que viene hay también convocatorias a las urnas en España, Polonia e Italia. En los dos primeros casos, Pedro Sánchez y Donald Tusk, ambos al frente de coaliciones con mayorías frágiles, se enfrentan a citas electorales cruciales que podrían precipitar cambios políticos. En España, los sondeos son negativos para el líder socialista y aunque no lo son para el premier polaco, el resultado de las pasadas elecciones presidenciales -que ganó el opositor Ley y Justicia- no son un buen augurio. En Italia, Giorgia Meloni parece más sólida y las encuestas le auguran una clara ventaja electoral, aunque tampoco es la más ferviente europeísta del grupo. Finalmente, el neerlandés Rob Jetten, elegido primer ministro el pasado febrero, dirige los Países Bajos con una mayoría parlamentaria más que exigua. Débiles mimbres parecen para tamaña empresa.

  

Austeros contra solidarios. La cumbre de esta semana ha servido para que los 27 empezaran a abordar la discusión sobre el próximo marco presupuestario de la UE (2028-2034) y se constatara a plena luz del día la división que existe entre los países llamados “frugales” -que priman la contención del gasto y una redistribución de recursos hacia las políticas de competitividad y defensa- y los conocidos como “amigos de la cohesión” -que defienden aumentar el presupuesto y salvar las políticas agrícola y de cohesión-. Entre los primeros están Alemania, Austria, Dinamarca, Finlandia, Países Bajos y Suecia. Entre los segundos, que son una quincena, destacan España e Italia. Francia, que es de los aportadores netos, navega entre dos aguas. La propuesta que la presidencia chipriota ha puesto sobre la mesa asciende a 1,76 billones de euros (un 2% menos de lo que había propuesto la Comisión Europea). La próxima etapa será discutir una propuesta para aumentar los recursos propios con nuevas figuras fiscales.

¿Cómo resistir a China? Los dirigentes europeos también se mostraron divididos a la hora de decidir medidas para afrontar los “desequilibrios económicos globales”, un eufemismo bajo el que se esconde la preocupación por la competencia industrial de China y lo que se consideran prácticas comerciales desleales. Lo cierto es que el déficit comercial con Pekín se ha disparado tras la pandemia de covid y ya no hay país de la UE que tenga superávit con el gigante asiático. Francia encabeza un grupo de países que defiende la adopción de medidas firmes para proteger los sectores estratégicos frente a la competencia exterior, a riesgo de ir al choque con China, mientras que España propugna cautela y pragmatismo. Alemania se había alienado hasta ahora con los prudentes, pero el castigo que su industria está recibiendo es tal que parece estar cambiando y se muestra abierta a discutir nuevas medidas.

Roces por la inmigración. La política migratoria lleva un tiempo centrando la atención de Europa y provocando vivos debates -y roces- en el seno de la UE. Aunque no figuraba en el orden del día, los dirigentes de varios países -la danesa Mette Frederiksen, la italiana Giorgia Meloni y el belga Bart de Wever- censuraron que España hubiera tomado unilateralmente la decisión de proceder a una regularización extraordinaria de inmigrantes. Lo hicieron después de que el presidente español, Pedro Sánchez, criticara la iniciativa de crear centros de internamiento y deportación de inmigrantes irregulares en terceros países. Así lo prevé el nuevo reglamento europeo de Inmigración y Asilo, que fue aprobado el miércoles por el pleno del Parlamento Europeo con los votos de la derecha y la extrema derecha, en medio de la euforia desatada de algunos eurodiputados ultras que gritaban “¡Mandadlos de vuelta!” (send them back!). Francia también rechaza esta vía y ayer el presidente Emmanuel Macron advirtió que su país se opondría a destinar fondos europeos para la construcción de estos centros.

Tratado España-Francia. El pleno del Congreso de los Diputados aprobó el jueves, después de varios tropiezos, ratificar el Tratado de Amistad y Cooperación entre España y Francia firmado por Pedro Sánchez y Emmanuel Macron en Barcelona en enero de 2023. Un primer intento fue abortado hace un año, al no obtener los votos suficientes. En esta ocasión el Gobierno ha contado con el apoyo de todos los aliados de la investidura, incluidos Junts per Catalunya y Podemos, que la vez anterior se opusieron y han cambiado el sentido de su voto. Quienes no lo han hecho, y mantuvieron su rechazo, fueron el PP y Vox. Embarcados en una deriva nacionalista antifrancesa, los populares pueden utilizar ahora su mayoría absoluta en el Senado para seguir boicoteando el tratado, que en tal caso debería volver a pasar por el Congreso. Extraña carta de presentación ante un aliado para quien aspira al Gobierno de España.