Newsletter Europa
La UE multiplica sus aperturas comerciales con el resto del mundo para contrarrestar el repliegue proteccionista de EE.UU.
Donald
Trump no está muy contento. La verdad es que lleva ya un tiempo así, a medida
que los contratiempos políticos -así sea en Groenlandia o Minnesota- se le han
ido acumulando. El último motivo de enfado del presidente de Estados Unidos ha
sido el activismo comercial de sus otrora aliados occidentales. El acuerdo
cerrado el martes por la Unión Europea e India y el cortejo de dirigentes
occidentales que están visitando China amenaza con amargarle este principio de
año. Frente a unos EE.UU. que impulsan el proteccionismo y utilizan
unilateralmente los aranceles como arma de presión e intimidación política, el
resto del mundo -con Europa a la cabeza- trata de abrirse a mercados
alternativos.
En los
últimos días, Trump ha amenazado al primer ministro canadiense, Mark Carney
-quien viajó a China a mediados de mes-, y al premier británico, Keir Starmer
-en visita de Estado esta semana-, por acercarse a Pekín. En el primer caso,
advirtió que castigaría con aranceles del 100% a Canadá si este país firmaba un
acuerdo comercial con China (lo que forzó a Carney a matizar sus intenciones,
condicionado como está por el tratado comercial con EE.UU. y México) y en el
segundo apuntó que sería “muy peligroso” para el Reino Unido hacer negocios con
el gigante asiático.
Las
advertencias de Trump no han evitado, sin embargo, que los europeos -castigados
por EE.UU. con un trato leonino que impone unos aranceles del 15% a los
productos europeos, por 0% a la inversa- hayan incluido en su agenda comercial
a China, por difícil, desequilibrada y torticera que haya sido hasta ahora la
relación. Entre los mandatarios que han viajado a Pekín en busca de una
reorientación de los vínculos comerciales están, entre otros, el español Pedro
Sánchez y el francés Emmanuel Macron, y en febrero lo hará también el alemán
Friedrich Merz.
Tampoco ha
gustado nada en Washington el acuerdo entre la UE e India, presentado por la
presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, como “la madre de
todos los acuerdos” (parafraseando a “la madre de todas las batallas” con que
el desaparecido dictador iraquí Sadam Husein bautizó la primera guerra del
Golfo). Lo explicitó el secretario del Tesoro, Scott Bessent, quien criticó a
los europeos por no tener en cuenta el “sacrificio” de EE.UU. al imponer
sanciones arancelarias a India (del 50%) por su apoyo indirecto a Rusia con la
compra de su petróleo. La UE está “financiando la guerra contra sí misma”,
declaró a la CNBC.
No es un
argumento baladí, en un momento en que Europa trata por todos los medios de que
Estados Unidos se comprometa en una salida justa y equitativa para la guerra de
Ucrania. Pero, más allá de eso, lo que se está produciendo es un auténtico
pulso entre la unilateral ofensiva proteccionista de EE.UU. y la apuesta del
resto del mundo por buscar relaciones comerciales alternativas más abiertas y
regidas por las reglas del derecho internacional. Ha sido Donald Trump, y
ningún otro, quien ha impulsado involuntariamente, con su política arancelaria,
los acuerdos comerciales de la UE con India y con los países del Mercosur (Argentina,
Brasil, Paraguay y Uruguay), cerrados en un abrir y cerrar de ojos tras veinte
y veintisiete años, respectivamente, de arduas y a veces largo tiempo
estancadas negociaciones. Solo hacía falta un empujoncito…
Un
empujoncito que ha sido definitivo. A lo largo del 2025, el primer año del
retorno de Trump a la Casa Blanca, la UE concluyó acuerdos comerciales con
Indonesia, México, Suiza y el Mercosur, a los que ahora se han añadido Vietnam
e India. El presidente del Consejo Europeo, António Costa, presente en Nueva
Delhi junto Von der Leyen, declaró a propósito de la proclamación de este
último acuerdo: “Esta cumbre envía un claro mensaje al mundo: en un momento en
que el orden global se está redefiniendo, la UE e India se muestran unidos como
socios estratégicos y confiables”. Confiables es la palabra clave. Los dos
dirigentes europeos fueron invitados de honor en los festejos del Día de la
República, un gesto de alto valor simbólico del presidente indio, Narendra
Modi.
El acuerdo
comercial entre India y la UE, que en 2024 firmaron ya un Acuerdo de Asociación
Estratégica, vincula a una de las mayores potencias económicas y comerciales
del mundo y al país más poblado -cerca de 1.500 millones de habitantes- y la economía
más dinámica de los países emergentes, que se ha alzado ya al puesto número 5
del ranking mundial por PIB, adelantado por un solo país europeo: Alemania.
El pacto
entre Bruselas y Nueva Delhi reducirá progresivamente en los próximos años
hasta en un 97% y un 99% los aranceles sobre las exportaciones europeas y las
indias por valor de 4.000 millones de euros anuales, lo que abre grandes
posibilidades a medio y largo plazo. Para cerrar el acuerdo, ambas partes han
excluido los productos agrícolas respectivos más sensibles a la competencia
exterior. Por parte europea, entre los sectores que a priori saldrán más
beneficiados, están los del automóvil, la farmacia, el vino o el aceite.
Los
efectos económicos del acuerdo tardarán en hacerse notar, pero su trascendencia
va más allá del aumento -aún lejano- del comercio bilateral. Así lo sostiene, Alberto
Rizzi, del European Council on Foreign Relations (ECFR), para quien el pacto
supone para Europa “el primer paso hacia la construcción de una alianza más
amplia con la economía del G-20 de más rápido crecimiento” y contribuye a “salvaguardar
un sistema comercial multilateral global que se está desmoronando por los
aranceles estadounidenses, las restricciones a las exportaciones chinas y otras
medidas unilaterales”. Más allá, sostiene, tiene también una importante
trascendencia geopolítica, pues contribuye a afianzar -al igual que el acuerdo
comercial con el Mercosur- la apuesta por el multilateralismo que, entre los
BRICS, defienden con más ahínco India y Brasil, frente a la tentación antioccidental
de China y Rusia.
El acuerdo
con Mercosur, firmado el 17 de enero y cuya ratificación por parte europea ha
quedado temporalmente en suspenso por la impugnación que el Parlamento Europeo
decidió presentar ante el Tribunal Superior de Justicia de la UE, supone
también un cierto desafío a unos EE.UU. que acaban de resucitar la doctrina
Monroe y pretenden reservarse el continente americano (o hemisferio occidental)
para sí mismos. A pesar de este contratiempo, y de la oposición de un sector
amplio de los agricultores -que se sienten perjudicados-, una mayoría de países
europeos, encabezados por Alemania y entre los que se encuentra España, apuesta
por aplicar provisionalmente el tratado sin esperar a la resolución judicial,
que puede tardar dos años. Para ello, bastaría que uno solo de los países del
Mercosur ratificara el acuerdo. Esto puede hacerlo pronto Paraguay, cuyo
presidente, Santiago Peña, entregó el jueves el tratado a la Comisión
Permanente del Congreso para su ratificación.
En medio
de este frenesí de acuerdos comerciales, no deja de resultar paradójico que sea
justamente el firmado con Estados Unidos el que se encuentre ahora en punto
muerto. Como reacción a la extorsión de Donald Trump sobre Dinamarca y la UE
para obtener la “propiedad” de Groenlandia, el Parlamento Europeo votó dejar en
suspenso su ratificación. La medida, de carácter provisional, debería haber
sido rápidamente revertida, una vez que el presidente de EE.UU. dio marcha
atrás y aceptó buscar un acuerdo sobre la presencia norteamericana en la isla
ártica. Pero no ha sido el caso.
El próximo martes se abordará de nuevo el asunto para decidir si se retoma la
tramitación a final de mes. Partidario también en este caso de una ratificación
rápida, el canciller alemán, Friedrich Merz, advirtió esta semana no obstante a
EE.UU. que el acuerdo está para cumplirlo y no erosionarlo con “declaraciones
diarias de que se hará otra cosa”. Que es justamente la marca de fábrica de
Donald Trump.






