lunes, 2 de marzo de 2026

Si Teherán fuera Caracas

Análisis 

EE.UU. parece buscar en Irán una salida al estilo venezolano, forzando al régimen a un giro pragmático


Donald Trump aprovechó el miércoles su presencia en el Congreso, con motivo del discurso sobre el estado de la Unión, para condecorar con la Medalla de Honor al piloto Eric Slover, uno de los siete militares estadounidenses heridos en la operación para capturar al presidente venezolano, Nicolás Maduro, el pasado 3 de enero en su cuartel general de Caracas. Esas fueron todas las bajas que sufrió el ejército de EE.UU. en lo que era una acción extremadamente arriesgada.

El éxito del secuestro de Maduro, coronado con el pacto con el régimen chavista –sometido ahora al dictado de Washington– para abrir a EE.UU. la explotación del petróleo venezolano, envalentonó a Trump, que ahora se cree capaz de repetir la hazaña en Irán.

No es el único que se ha crecido. La base electoral trumpista más devota, los MAGA (Make America Great Again), también parece haberse contagiado. Otrora refractarios a la guerra –Trump les prometió en campaña no volver a involucrar a EE.UU. en nuevas aventuras bélicas–, ahora se han descubierto una inesperado ardor guerrero: en un sondeo realizado por POLITICO hace un mes, el 61% se mostraba  a favor de la intervención contra Irán. La rapidez con que se han traicionado a sí mismos es asombrosa.

La apuesta de Trump en Irán, secundado –o más bien incitado– por Israel, es, nuevamente, muy temeraria. El objetivo, al igual que en el caso de Venezuela, parece ser descabezar al régimen iraní –eliminando, físicamente esta vez, al ayatolá Ali Jamenei– y tratar de llegar a un acuerdo en los términos impuestos por Washington con el sector más pragmático sobre su programa nuclear, su arsenal de misiles balísticos y el papel de sus milicias afines en la región.

¿Pero hay una Delcy Rodríguez en Teherán? ¿Bastará una campaña de bombardeos para hacerla emerger? De momento, Irán está demostrando no ser Venezuela y ha respondido a los primeros ataques combinados de EE.UU. e Israel bombardeando varias de las bases norteamericanas en la región. El riesgo de una escalada –lo que no sucedió en junio de 2025, cuando Trump atacó las instalaciones nucleares iraníes– parece esta vez más difícil de frenar.

¿Acabará la intervención de EE.UU. prendiendo fuego a todo Oriente Medio para desembocar, al final, en un fracaso como los de Irak y Afganistán? ¿O se saldrá nuevamente con la suya, como en Venezuela, multiplicando las posibilidades de futuras intervenciones por la fuerza en todo el mundo? Hay quien teme más a lo segundo que a lo primero.


Rapsodia húngara

Newsletter 'Europa' 

Ucrania, que ha entrado en el quinto año de guerra, puede entrar en quiebra si Budapest no levanta su veto a la ayuda de la UE

 

Budapest trae ingratos recuerdos a los ucranianos. Allí se firmó, el 5 de diciembre de 1994, el Memorándum por el cual Ucrania cedió a Rusia todo el arsenal nuclear que la extinta Unión Soviética había estacionado en su territorio -unas 3.000 cabezas atómicas- a cambio de garantías sobre su seguridad y respeto a su soberanía e integridad territorial. El acuerdo, que lleva el nombre de la capital húngara, fue firmado por ambos países y por otros dos que actuaron como garantes, Estados Unidos y el Reino Unido (a los que luego se sumaron China y Francia). Como la Historia ha demostrado, fue papel mojado. Y no son pocos quienes piensan hoy que aquella cesión fue un suicidio.

Ucrania ha entrado en el quinto año de guerra -el pasado martes, 24 de febrero, se cumplieron cuatro años de la invasión rusa- sabiendo, pues, que los compromisos de Moscú no valen nada y las garantías de seguridad de Washington, apenas. Lo que hace que las actuales negociaciones para un eventual alto el fuego -promovidas por el presidente de EE.UU., Donald Trump, y lastradas por las exigencias maximalistas del presidente ruso, Vladímir Putin- se parezcan a un juego de engaños. Moscú hace ver que quiere la paz pero solo busca ganar tiempo. Y Kyiv lo sabe. Convertida en una guerra de desgaste, que se ha cobrado ya la vida de al menos 450.000 soldados (las dos terceras partes, rusos) según cálculos del Center for Strategic and International Studies (CSIS), y de 15.000 civiles, según la ONU, el conflicto tiene los visos de alargarse indefinidamente.

Hoy por hoy, ninguno de los dos contendientes parece en disposición de imponerse de forma incontestable en el campo de batalla. Rusia tiene el ejército más numeroso y potente, pero sus avances sobre el terreno son extremadamente lentos y exiguos, y empieza a tener problemas de reclutamiento. Ucrania, que ha demostrado una gran resiliencia y habilidad para afrontar al agresor, es más débil y está en peores condiciones, pero sigue resistiendo con tenacidad y no piensa rendirse. Como le expresó a nuestro compañero Xavier Mas de Xaxàs un joven capitán ucraniano en el frente de Kramatorsk: “Vamos a luchar hasta la derrota definitiva”. Todo indica, pues, que la guerra no terminará hasta que uno de los dos bandos desfallezca.

La resistencia de Ucrania, hoy más que nunca, depende de Europa. Los EE.UU. de Trump, tan comprensivos y conciliadores con el agresor ruso, han dejado de enviar ayuda a Kyiv y las armas que suministra son las que previamente han comprado -y pagado- los europeos. La UE consiguió, tras arduas negociaciones, un frágil acuerdo en diciembre pasado para habilitar -mediante una emisión de deuda conjunta- un crédito de 90.000 millones de euros para seguir financiando a Kyiv en 2026 y 2027. Acordado por los jefes de Estado y de gobierno de los 27 -a cambio de recurrir al mecanismo de cooperación reforzada y eximir de todo compromiso a los más renuentes: Hungría, Eslovaquia y la República Checa-, el crédito es fundamental para la supervivencia de Ucrania, que de no recibir el dinero en abril podría entrar en bancarrota.

En estas dramáticas circunstancias, y cuando ya solo quedaban pasos de trámite para aplicar el acuerdo, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ha decidido vetarlo (así como la aprobación del 20º paquete de sanciones contra Moscú, que esta vez incluía medidas para ahogar el transporte de petróleo ruso por el mar Báltico, negando a sus barcos todo servicio en sus puertos). No es la primera vez que Orbán, amigo declarado de Putin, veta o retrasa la ayuda a Ucrania. Pero esta vez ha sido recibido por sus homólogos europeos como una puñalada por la espalda. Y dejó en mala postura al presidente del Consejo Europeo, António Costa, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que viajaron el martes a Kyiv -en el aniversario del inicio de la guerra- con las manos vacías.

Las relaciones entre Ucrania y Hungría nunca han sido fáciles. La existencia de una importante minoría húngara en la provincia suroccidental ucraniana de Transcarpatia -que históricamente había pertenecido al Reino de Hungría- ha sido foco recurrente de tensiones entre el gobierno ultranacionalista de Budapest y el de Kyiv. Pero ha sido la guerra desencadenada por Putin hace cuatro años contra Ucrania -en la que Orbán ha tomado partido por Moscú- la que ha emponzoñado definitivamente las cosas. En este tiempo, Hungría se ha dedicado a poner palos en las ruedas continuamente en la UE, condicionando o retrasando las ayudas a Kyiv y las sanciones contra Moscú.

La razón esgrimida por el primer ministro húngaro para justificar su último veto es la interrupción del suministro de petróleo a través del oleoducto Druzhba (“Amistad”), que conduce a través de Ucrania crudo ruso hacia Hungría y Eslovaquia. Este último país, que dirige un aliado de Orbán, Robert Fico, ha amenazado a su vez a Kyiv con cortarle el suministro de electricidad de emergencia como represalia. Según el gobierno ucraniano, la interrupción en el envío de petróleo no ha sido un capricho sino producto de los daños causados en el oleoducto el mes pasado por un ataque ruso, aún no reparados. Pero ni Budapest ni Bratislava lo creen y sospechan que detrás del corte hay una intención política. Orbán y Fico acordaron el viernes constituir un comité conjunto para investigar la veracidad de las alegaciones ucranianas.

(La UE tiene el objetivo de reducir gradualmente la importación de petróleo ruso hasta cortarla definitivamente a finales del 2027, pero mientras tanto sigue gastando 20.000 millones anuales en ello, en gran medida debido a las compras húngaras y eslovacas.)

En un mensaje a través de la red social X el jueves, Viktor Orbán lanzó duros ataques contra el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, a quien acusó de practicar una “política antihúngara” y de maniobrar “con Bruselas y la oposición húngara” para “llevar al poder a un gobierno proucraniano en Hungría”. Paralelamente, ordenó el despliegue del ejército en instalaciones energéticas clave sugiriendo que, tras bloquear el oleoducto, los ucranianos podrían estar preparando sabotajes.

La sobreactuación de Orbán tiene una explicación: el próximo 12 de abril Hungría celebra elecciones legislativas y, por primera vez desde el 2010, el primer ministro húngaro se enfrenta al serio riesgo de perder el poder. Su principal rival, Péter Magyar, un antiguo aliado suyo en el Fidesz, al frente hoy del partido Tisza (Respeto y Libertad), está consiguiendo con un discurso proeuropeo y anticorrupción concentrar el voto de oposición hasta el punto de que los sondeos de opinión independientes le otorgan 10 puntos de ventaja. Acorralado, Orbán trata desesperadamente de cambiar la tendencia con un discurso tremendista, presentando a Hungría como un país en situación de emergencia atacado desde el exterior y para el que la verdadera amenaza no vendría de Moscú sino de Bruselas.

Un eventual relevo político en Budapest tendría un enorme impacto político en Europa y más allá. La derrota de Orbán rompería la progresión de las fuerzas políticas de corte autoritario e iliberal en la Europa del Este -que ya obtuvieron una primera derrota en Polonia en 2023-, privaría a la extrema derecha nacionalista de uno de sus líderes clave, daría un respiro a Ucrania y sería una sonora bofetada para los planes políticos de EE.UU. en el continente, que pasan por erosionar a la UE desde dentro promoviendo a las fuerzas soberanistas y ultraconservadoras. Hace diez días, en plena campaña electoral, el secretario de Estado, Marco Rubio, viajó a Budapest para explicitar su apoyo a Orbán: “El presidente Trump está profundamente comprometido con su éxito, porque su éxito es nuestro éxito”, declaró. Fácil deducir que significaría su derrota…

Mientras tanto, los 27 están desplegando toda su diplomacia y buscando todos los resquicios legales posibles para levantar cuanto antes el veto de Hungría. Porque el 12 de abril está cerca, pero para Ucrania puede ser demasiado tarde.

 

APUNTES

Aranceles: donde dije 15, digo 10. Después del severo correctivo infligido por el Tribunal Supremo de Estados Unidos a Donald Trump al anular la mayoría de los aranceles aprobados en el llamado Día de la Liberación (por utilizar una vía legal inapropiada), el presidente norteamericano clamó revancha y -acogiéndose a otra norma- anunció nuevos aranceles generales a todo el mundo del 10%. Eso era el viernes de la semana pasada. Al día siguiente, sábado, le parecieron poco y anunció que subía al 15%, lo que al sumarse a tarifas ya existentes suponía de facto una vulneración del acuerdo comercial de Turnberry, alcanzado con la UE en Escocia en junio de 2025. Bruselas pidió explicaciones a Washington y el Parlamento Europeo decidió este lunes suspender temporalmente el proceso de ratificación del acuerdo. Pero una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace -sobre todo, con Trump- y, al final, en el decreto los aranceles -vigentes hasta el 24 de julio- se quedaron en el 10% inicial.

Mercosur, de entrada sí. Ursula von der Leyen comunicó ayer la decisión de la Comisión Europea de aplicar provisionalmente el acuerdo comercial firmado con los países del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), una vez que el primero y el último ya lo ha ratificado oficialmente y a pesar de que el Parlamento Europeo rechazó aprobarlo e impugnarlo ante los tribunales europeos. Varios países, con Alemania a la cabeza -enormemente inquieta por el retroceso de sus exportaciones-, presionaban en este sentido, en contra de la oposición de los más renuentes, como Francia. Emmanuel Macron, lamentó públicamente la decisión de la presidenta del Ejecutivo comunitario: “Para Francia, es una sorpresa, una mala sorpresa, y para el Parlamento Europeo, es una falta de respeto”, declaró el presidente francés.

Urnas mirando al Ártico. Desde que regresó a la Casa Blanca hace un año, Europa gira en gran medida en torno a los caprichos de Donald Trump. Y no sólo los arancelarios. La primera ministra danesa, la socialdemócrata Mette Frederiksen, anunció el jueves su decisión de adelantar unos meses las elecciones legislativas -previstas para el mes de octubre a más tardar- y convocar a los ciudadanos a las urnas el próximo 24 de marzo, argumentando que el panorama internacional ha cambiado y el país ha de prepararse para afrontar nuevos retos. El apetito de Trump por hacerse con la “propiedad” de la isla ártica de Groenlandia -perteneciente a la corona danesa-, hasta el punto de llegar amenazar con tomarla por la fuerza antes de conceder una inestable tregua, está detrás de esta decisión. Como también lo está de la convocatoria en Islandia -que teme ser la siguiente en la lista de Washington- de un referéndum para decidir si reanudan las conversaciones para la adhesión del país a la UE, que Reikiavik abandonó en 2013. Así lo anunció el mismo jueves la primera ministra islandesa, la también socialdemócrata Kristrun Frostadottir, quien avanzó que la consulta se celebrará en los próximos meses. Las cosas se mueven cerca del Círculo Polar.

A vueltas con los embajadores. En el boletín de la semana pasada repasábamos los conflictos y polémicas que -combativos trumpistas- están creado los nuevos embajadores de EE.UU. con sus -teóricos- aliados europeos. El representante diplomático de Washington en París, el consuegrísimo Charles Kushner, ya protagonizó un incidente el año pasado, al atacar al gobierno francés por su presunta inacción contra el antisemitismo. Esta vez, Kushner ha desairado al ministerio francés de Asuntos Exteriores al desoír una convocatoria del Quai d’Orsay para protestar por las declaraciones de la Administración Trump tras el asesinato de un militante ultraderechista a manos de extremistas de izquierda en Lyon. Vulnerando todos los usos diplomáticos, el embajador no acudió, a consecuencia de lo cual el ministerio ha decidido cerrarle todo contacto con funcionarios del Gobierno francés.

 

lunes, 23 de febrero de 2026

Los tecnooligarcas también lloran

'Visión periférica' 

Una iniciativa popular en el estado de California propone tasar con un 5% el patrimonio de los milmillonarios. Los nuevos oligarcas de la 'tech' movilizan todos sus recursos para pararla y denigrar el objetivo redistributivo de los impuestos.

 

Sábado 7 de febrero, barrio de Pacific Heights, zona residencial de lujo de San Francisco (California) conocida en todo el mundo por el estilo victoriano de sus casas. Una treintena de personas se manifiesta con rudimentarios carteles en defensa de los multimillonarios, amenazados por la propuesta de un nuevo impuesto estatal. Frente a ellos, una docena de contramanifestantes disfrazados de ricachones de época se burlan de ellos, dando al conjunto un aire de charlotada.

Detrás de la Marcha por los millonarios está un joven emprendedor, Derik Kauffman, de 26 años, creador de una startup de inteligencia artificial (RunRL), que no es multimillonario pero sin duda aspira a serlo. Para Kauffman, la fiscalidad especial que podría aprobar el estado de California es un atentado contra Silicon Valley.

El objeto de debate es una proposición de ley impulsada por el sindicato de trabajadores de la salud SEIU-UHW que propone un impuesto de emergencia –aplicable una sola vez– del 5% sobre el patrimonio de aquellos contribuyentes cuya riqueza supere los 1.000 millones de dólares. Los ingresos, calculados en unos 100 millones, deberían servir para salvar al sistema sanitario de los recortes federales impuestos por la  Administración Trump. Para que la propuesta siga adelante y sea votada el próximo otoño, sus impulsores deben recabar 874.000 firmas antes del 24 de junio. Cuentan en su favor con el apoyo del senador demócrata Bernie Sanders, pero chocan con la oposición del gobernador, el también demócrata Gavin Newsom.

La idea se inspira en la llamada tasa Zucman –por el nombre del economista que la propuso, el francés Gabriel Zucman–, que plantea imponer un impuesto mundial del 2% sobre el patrimonio neto a todos aquellos contribuyentes cuya riqueza supere los 100 millones de dólares. Lo que reportaría a las arcas públicas globales unos ingresos adicionales de 500.000 millones de dólares al año.

La iniciativa californiana ha soliviantado ya a los grandes oligarcas tecnológicos y algunos se han apresurado a cambiar su residencia fiscal o trasladar total o parcialmente sus activos. Así lo han hecho los fundadores de Google, Sergey Brin y Larry Page, y el gurú del libertarismo anarcocapitalista Peter Thiel (Clarium Capital, cofundador de Paypal y Palantir). El estado de Florida, marcadamente conservador, se está erigiendo en el nuevo Eldorado de los multimillonarios de la tech. Además de los ya citados, han adquirido asimismo propiedades en la zona de Miami Mark Zuckerberg (Meta) y Jeff Bezos (Amazon), mientras que Elon Musk (Tesla, Space X) ha preferido exiliarse en Hawai. Solo un alto directivo tecnológico, Jensen Huang, CEO de Nvidia, ha manifestado  su intención de seguir en California y pagar los impuestos que le toquen.

Si entre expertos y políticos hay disparidad sobre los efectos de un impuesto especial sobre los multimillonarios –justamente por el riesgo de fuga fiscal–, lo que sí despierta una opinión unánime es que los ultrarricos no tributan lo que deberían. Según un informe de las universidades californianas de Berkeley y Davis y la de Misuri, citado por Los Angeles Times, los 200 milmillonarios de California –con una riqueza de 2,2 billones de dólares– sólo pagan el 24% de impuestos sobre sus ingresos reales, frente a un promedio del 30% del conjunto de los contribuyentes. Y lo mismo sucede en todo EE.UU.

Los activistas contra una fiscalidad especial para las grandes fortunas alegan que los multimillonarios crean riqueza. Desde luego, la suya propia no ha parado de crecer. Según el Informe Mundial sobre la Desigualdad de 2026 elaborado por el World Inequality Lab (WIL) –dirigido, entre otros, por el economista Thomas Piketty–, el 10% más rico de la población mundial posee tres cuartas partes de la riqueza total, mientras que la mitad más pobre solo posee el 2%. Y el 0,001% de los más ricos entre los ricos –cerca de 60.000 multimillonarios–, controla hoy tres veces más riqueza que la mitad de la humanidad en su conjunto, cuando hace treinta años, en 1995, solo era el doble.

“Esta concentración –alerta el informe– no solo es persistente, sino que se está acelerando”. Desde la década de 1990, la riqueza de los multimillonarios ha crecido un 8% anual, casi el doble que la de la mitad más pobre de la población. Sin que ello se traduzca en una mayor contribución fiscal: “Las tasas efectivas del impuesto sobre la renta aumentan de forma constante para la mayoría de la población, pero caen drásticamente para los multimillonarios”. “Este patrón regresivo –añade– priva a los estados de recursos para inversiones esenciales en educación, sanidad y acción climática, y  socava la equidad y la cohesión social”.

Lejos de sentirse interpelados, los nuevos tecno-oligarcas  utilizan todo su poder económico y su influencia política no solo para combatir toda iniciativa tendente a subirles los impuestos, sino para  cuestionar de raíz el papel redistribuidor del Estado, que querrían ver reducido a la mínima expresión, y alentar un estado de opinión cercano a la  insumisión fiscal. Peter Thiel, el ideólogo  que colocó a J.D. Vance en la vicepresidencia de EE.UU., prefiere gastarse el dinero en millonarias campañas anti impuestos que en pagar a Hacienda. Las redes sociales promueven a miles de influencers que, refugiados en paraísos fiscales (niñatos que se beneficiaron del Estado del bienestar y ahora no quieren contribuir), se dedican a fomentar activamente esta idea, retomada a su vez por los partidos ultraconservadores y de extrema derecha de todo el mundo en nombre de la libertad. La paradoja es que van camino de convencer a las clases populares y medias empobrecidas, que después serán las que acabarán pagando el pato de los recortes. Los argentinos saben algo de eso.

Lobos con acento americano

Newsletter 'Europa'

EE.UU. utiliza su red diplomática para atacar a los gobiernos europeos refractarios a sus políticas

 

A finales de la pasada década, China dio un giro agresivo a su política exterior. Una nueva cohorte de jóvenes diplomáticos, identificados con la figura del soldado de élite chino protagonista de la película de acción Wolf warrior (guerrero lobo), empezó a desplegar un notable activismo en las redes sociales con duros ataques contra los críticos con Pekín. El efecto no sería el buscado porque, hará un par de años, China guardó el ardor guerrero de sus lobos en un cajón y recuperó un discurso más moderado y diplomático. Curiosamente, Donald Trump parece haberse inspirado ahora en la experiencia china y ha lanzado a los embajadores de Estados Unidos a atacar, sin ninguna retención, a los gobiernos europeos que se muestran refractarios a sus políticas. Los nuevos lobos no vienen ya del Lejano Oriente, sino del Nuevo Mundo.

El ejemplo más reciente de esta nueva práctica -pero no el único, ni el primero- se produjo esta semana, cuando el embajador de EE.UU. en Bélgica, Bill White, publicó un hilo en la red social X en el que acusaba a las autoridades belgas de perseguir a los judíos por motivos antisemitas. La razón de tan grave acusación radicaba en el hecho de que las autoridades habían abierto una investigación en Amberes contra tres mohel -encargados en la tradición judía de hacer la circuncisión a los varones recién nacidos- por realizar esta práctica sin una formación médica. Fundador de una consultoría, Constellation Group, y vinculado a una fundación relacionada con militares veteranos, White cargó las tintas contra el gobierno belga y se encaró personalmente con el ministro de Sanidad, Frank Vandenbroucke, a quien tildó de “muy grosero”.

El viceprimer ministro y ministro de Exteriores belga, Maxime Prévot, acusó al embajador de alimentar una “desinformación peligrosa”, le reprochó su falta de respeto a la independencia del poder judicial, le acusó de injerencia y le convocó oficialmente para amonestarle. Combativo, Bill White, lejos de rectificar, se reafirmó en sus acusaciones. Y todavía tuvo tiempo de enzarzarse con el presidente del partido socialdemócrata flamenco Vooruit, Conner Rousseau, a quien instó a que presentara disculpas públicas por sus críticas a la policía migratoria estadounidense ICE -cuyas prácticas comparó con las de los nazis en los años treinta-, amenazándole con no dejarle entrar nunca más en EE.UU.

Contra lo que pudiera parecer, no se trató de un calentón. Tampoco de un caso aislado. El 5 de febrero se produjo otro incidente similar, cuando el embajador estadounidense en Polonia, Thomas Rose, anunció en X su decisión de cortar toda relación oficial con el presidente de la Dieta (cámara baja del Parlamento), Wlodzimierz Czarzasty, al que reprochó haber proferido supuestamente “insultos escandalosos” contra Trump y perjudicar “seriamente” la relación de EE.UU. con el gobierno polaco. Para Rose -antiguo periodista, exasesor del vicepresidente Mike Pence, ideológicamente próximo al partido Ley y Justicia, hoy en la oposición-, lo escandaloso fue que Czarzasty considerara que el presidente norteamericano “no merece” el premio Nobel de la Paz. El primer ministro polaco, Donald Tusk, se vio obligado a recodar al embajador que su deber era “guardar respeto y no dar lecciones” a sus aliados.

En agosto del año pasado, en fin, el nuevo embajador americano en París, Charles Kushner -promotor inmobiliario, padre de Jared Kushner y consuegro de Donald Trump, quien le indultó por un delito fiscal- envió a los medios de comunicación una carta abierta al presidente Emmanuel Macron en la que, aprovechando la conmemoración de la liberación de París de la ocupación nazi en 1944, mostraba su preocupación por el aumento del antisemitismo en Francia y criticaba “la ausencia de acción suficiente del gobierno para combatirlo”, reprochaba la decisión de París de reconocer al Estado palestino y “exhortaba” al presidente a dar un giro en su política. El Gobierno francés reaccionó con indignación a las acusaciones del embajador, que consideró “inaceptables”, y convocó al diplomático al Quai d’Orsay para leerle la cartilla.

(En España, recién acaba de presentar sus credenciales el nuevo embajador norteamericano, Benjamin León Jr. -empresario de origen cubano-, quien ha empezado con muy buenas palabras, aunque recordando al gobierno de Pedro Sánchez “el objetivo compartido por los aliados” de destinar el 5% del PIB al gasto en defensa)

"Una vez es casualidad. Dos es coincidencia. Tres veces es acción enemiga", le hace decir Ian Fleming al personaje de James Bond en su novela Goldfinger, base de una de las películas más famosas de la saga.

La ofensiva de los diplomáticos norteamericanos en Europa contra los gobiernos desafectos no es la acción de unos comandos autónomos, sino que se inscribe en la política oficial de la Administración Trump, para quien la condición de aliado es provisional -y reversible- y está condicionada al acatamiento de las directrices emanadas de Washington.

El jefe de la diplomacia americana, Marco Rubio, fue muy claro el pasado fin de semana en la Conferencia de Seguridad de Munich. Bajo la dirección de Trump, EE.UU. está embarcado -expuso- en un ambicioso proyecto de corrección de las viejas políticas occidentales y revisión del actual orden internacional (“Ya no podemos anteponer el llamado orden internacional a los intereses vitales de nuestros pueblos y nuestras naciones”, declaró), al que espera sumar a Europa. Juntos, pero 
a condición seguir los dictados de EE.UU. “Estamos preparados para hacerlo solos, pero nuestra preferencia es hacerlo juntos, con vosotros, nuestros amigos en Europa”, subrayó. Lo que, formulado al revés, puede leerse más claramente como una advertencia.

El auditorio europeo en Munich, traumatizado todavía por los ataques e insultos del vicepresidente J.D. Vance el año anterior, respiró aliviado. Pero no debería. Detrás del tono amable y la complicidad aparente mostrada por Rubio -quien recordó sus propias raíces europeas, italiana y española-, estaba el mismo mensaje. El secretario de Estado cargó contra muchos de los principios y apuestas políticas que definen a la Europa de hoy: “la visión dogmática del comercio libre” -causa, recordó, de la deslocalización industrial, el quebranto del empleo y la pérdida de control sobre las cadenas de suministro por parte occidental-, la dejación de soberanía en beneficio de “instituciones internacionales” -léase, la ominosa UE-, el gasto en “enormes estados del bienestar” a costa de la defensa, las políticas energéticas impulsadas “para apaciguar a una secta climática” o la apertura a una “ola de migración masiva sin precedentes”… A diferencia de Vance, Rubio no riñó a los europeos, e incluso aceptó una responsabilidad compartida: “Cometimos esos errores juntos”, dijo. Pero la redención pasa por asumir una enmienda a la totalidad.

Trump ha marcado un camino y espera que Europa le siga. Pero la Europa actual, que según sostiene la recientemente revisada Estrategia Nacional de Seguridad de EE.UU. está en declive económico, ahogada por la UE, tentada por la censura de la libertad de expresión y a un paso de ver “borrada” su civilización cristiana -a causa de la inmigración-, debe ser antes rescatada de su deriva. Para ello, Washington se ha propuesto promover y ayudar a las fuerzas nacionalistas de extrema derecha del continente (los “partidos patrióticos”, en la jerga del documento). Y combatir a todos aquellos que disientan de la buena nueva trumpista.

 

Polémica presencia junto a Trump. La participación, a título de observadora, de la comisaria europea para el Mediterráneo, Dubravka Šuica, en la Junta de Paz impulsada por Donald Trump para abordar el futuro de Gaza, ha creado malestar en varias capitales europeas. A diferencia del húngaro Viktor Orbán y el búlgaro Rosen Zhelyazkov, la inmensa mayoría de dirigentes europeos rechazó la invitación de Trump para ser miembro de este foro, alegando que -entre otras cosas- persigue la marginación de la ONU (si bien algunos países, como Italia, que envió a su ministro de Exteriores, Antonio Tajani, han aceptado participar como oyentes). Los críticos no entienden que la Comisión Europea haya enviado a un representante -aunque sea como convidado de piedra- y consideran que Bruselas se ha extralimitado al tomar una iniciativa que no le correspondía y sin tener un mandato para ello. El ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, lo calificó de “error”.

Plan para las regiones del Este. La Comisión Europea ha ultimado una hoja de ruta para
ayudar a las regiones limítrofes con el Este, las más afectadas por la guerra de Ucrania y los ataques híbridos rusos, para tratar de salvarlas del declive económico y demográfico. La UE tiene más de 3.500 kilómetros de fronteras con Rusia y Bielorrusia -un aliado incondicional de Moscú-, y casi 1.500 kilómetros con Ucrania, además de 600 kilómetros que lindan con la ribera del mar Negro. Las regiones afectadas pertenecen a Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía y Bulgaria. La nueva estrategia reúne varios planes ya en marcha, pero no añade partidas económicas nuevas.

Fe de errores.
En el
boletín de la semana pasada, donde se recordaba la distancia de votos entre Emmanuel Macron y Marine Le Pen en diferentes comicios, se coló un dato equivocado. En las elecciones presidenciales francesas del 2022, el primero ganó a la segunda por 58% a 42%, y no 58% a 22% como erróneamente quedó escrito

lunes, 16 de febrero de 2026

'‘Je t’aime, moi non plus’

Newsletter 'Europa'

Alemania consolida su alianza con Italia en un momento de ‘fin de régimen’ en Francia y España

 

“Deberíamos escuchar a este hombre”. Este hombre es el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y la afirmación -título de un artículo publicado esta semana- es del corresponsal del semanario alemán Die Zeit en París, Matias Krupa, quien instaba en su nota al gobierno del canciller Friedrich Merz a hacer más caso de las propuestas del presidente francés. “Macron es, sin duda, un socio agotador, a menudo voluble y no exento de contradicciones, pero no cabe duda de que es un europeo comprometido. Y ha acertado a menudo sobre el futuro de Europa en los últimos años. Soberanía europea, autonomía estratégica, defensa común, retirada de Estados Unidos: estas ideas, que parecían extraordinarias en 2017, ahora están en boca de todos”, escribió. Y, sin embargo, como el propio autor admitía, siempre se sigue aplicando el mismo guion: “Macron expone sus ambiciones, Berlín las modera”. Cuando no las veta.

Merz y Macron llegaron juntos andando a la cumbre informal celebrada este jueves en el castillo de Alden Biesen, histórico cuartel general de los caballeros de la Orden Teutónica en Flandes, donde el presidente del Consejo Europeo, António Costa, convocó a los líderes de los 27 para reflexionar sobre la forma de acrecentar la competitividad de Europa para no ser engullida por Estados Unidos y China. Como un matrimonio en pleno naufragio que quiere salvar las apariencias, Merz y Macron quisieron mostrarse a la vista de todos como una pareja afín en una puesta en escena que incluyó el ritual (¡un clásico desde la época de Mitterrand y Kohl!) de tomarse de la mano. “Estoy feliz de que Emmanuel Macron y yo, como casi siempre, estemos de acuerdo”, declaró el canciller.

Pero una cosa son las buenas palabras y las sonrisas de cara a la galería y otra, la realidad una vez se cierran las puertas. Y dentro del castillo volvieron a ponerse de manifiesto las enormes diferencias que separan a ambos mandatarios. En los días previos a la cumbre, Macron había calentado el debate con una entrevista a siete rotativos europeos en la que, entre otras cosas, proponía un nuevo endeudamiento común -que bautizó como “eurobonos para el futuro”- para financiar inversiones en los sectores de la defensa, las tecnologías verdes y la inteligencia artificial.

Nada nuevo, ni extravagante. Es una de las medidas que también defiende el expresidente del Banco Central Europeo (BCE) y ex primer ministro italiano Mario Draghi, quien en su fundamental
informe sobre la productividad -aplicado solo en una mínima parte- ya planteaba financiar a través de deuda europea inversiones en estos campos por 800.000 millones de euros, cifra que posteriormente ha elevado a 1,3 billones.

Sin embargo, la respuesta alemana fue rotunda: Niet! ¡Ni hablar! La alergia germana a la deuda volvió a condicionar el cónclave, donde Berlín sólo aceptó parcialmente una de las ideas de París, la de aplicar una
preferencia para las empresas europeas en los contratos públicos (Buy European), pero estrictamente limitada a sectores estratégicos como la defensa, el espacio y la IA, y siempre de forma puntual y temporal. En cambio, se impuso la idea alemana de proceder a una desregulación general que libere a las empresas del corsé normativo comunitario.

Por lo demás, los líderes europeos estuvieron de acuerdo en la urgencia de completar el mercado único -en especial, la unión de los mercados de capitales- y reducir los costes de la energía para la industria. La Comisión Europea quedó encargada de presentar un plan de acción al respecto de cara a la cumbre europea -esta vez, formal y decisoria- del mes de marzo.

El retiro de Alden Biesen sirvió para poner de relieve el desgaste del eje franco-alemán (que pese a las buenas intenciones no parece haber salido del periodo de glaciación de la época de Olaf Scholz, como demuestra las tensiones que rodean el proyecto conjunto de nuevo caza europeo FCAS, a punto de romperse, o la fractura por la oposición francesa al acuerdo comercial con el Mercosur) y el nuevo juego de fuerzas en acción.

Friedrich Merz eligió esta vez cambiar de eje -palabra un tanto maldita en este caso- y buscar la complicidad de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, con quien mantuvo una crucial
cumbre el pasado 23 de enero en la romana Villa Doria Pamphili. Fruto de este acercamiento, cuyo primer y más directo perjudicado es Emmanuel Macron, a la reunión en el castillo belga se llegó con un documento de partida firmado esta vez por los mandatarios de Alemania, Italia y Bélgica, con el primer ministro belga, Bart de Weber, en el papel de anfitrión. La marginación inicial de Francia se complementó -más tarde- con la de España, en lo que constituyó todo un mensaje dirigido a los países del Sur (grupo del que Italia parece haber decidido desgajarse) y sus veleidades económicas. La partitura se dirige desde la Europa protestante.

Acotado París, le tocó el turno a Madrid. Meloni organizó un desayuno previo, en un hotel de la ciudad, con una parte de los dirigentes europeos presentes en Alden Biesen para coordinar su posición de cara a la cumbre inmediatamente posterior. No son inusuales las reuniones fraccionales de este tipo. Lo inédito, lo absurdo en realidad, es que el grupo estuviera integrado por ¡19 países! La amplitud de la reunión le quitó toda operatividad y creó innecesarios agravios comparativos. No es lo mismo no estar en el núcleo duro que formar parte de una minoría apestada.

Entre los excluidos destacaba España -para hablar de productividad, dejar de lado a la cuarta economía europea y la que mejor comportamiento tiene no deja de ser curioso-, junto a Eslovenia, Estonia, Irlanda, Letonia, Lituania, Malta y Portugal. El Gobierno español
presentó una queja.

El estado de debilidad política -y fecha de caducidad próxima- de Emmanuel Macron y Pedro Sánchez facilitaron sin duda esta maniobra. El presidente francés está en minoría en el Parlamento -su gobierno a duras penas ha logrado aprobar unos presupuestos para este año tras varios meses de agonía- y dejará el Elíseo en la primavera de 2027, sin capacidad constitucional para volverse a presentar y sin haber logrado colocar en buena posición a un posible sucesor al frente de su movimiento de centro liberal. Pedro Sánchez, el último gran dirigente socialista que queda en la UE -los socialdemócratas solo gobiernan en otros dos países: Dinamarca y Malta-, se encuentra asimismo al frente de un gobierno frágil, con insuficiente apoyo parlamentario, y todo indica que en las elecciones del 2027, si no se avanzan, su partido será barrido.

El año que viene podría haber en Francia y España sendos gobiernos de coalición entre la derecha y la extrema derecha, lo que supondría un auténtico vuelco en el mapa político del continente y un punto de inflexión que condicionará el devenir de la UE. Alemania e Italia parecen estar preparando ya el nuevo escenario.

 

¿Espejismo portugués? Europa encara, en 2026, un crucial año electoral, antesala de las grandes citas que -si no hay cambios- se celebrarán en Francia, Italia, España y Polonia en 2027. Portugal ha abierto el camino -han de seguir este año Eslovenia, Hungría, Bulgaria, Suecia, Letonia y Dinamarca, sin contar elecciones regionales de por medio- y es tentador tomar el resultado de las elecciones presidenciales portuguesas como el primer indicio de una posible tendencia. La victoria del socialista António José Seguro en la segunda vuelta celebrada el pasado domingo con casi el 67% de los votos ¿supone realmente un freno al avance de la extrema derecha? ¿O es solo una ilusión óptica?

Lo cierto es que el candidato rival, el ultraderechista André Ventura, líder y fundador del partido Chega, rompió el domingo su techo electoral, alcanzado un apoyo del 33%, sensiblemente por encima de los sufragios que obtuvo en las legislativas del 2025 (22,7%). En siete años, Chega -que en 2019 apenas reunió el 1,3% de los votos- se ha disparado desde la nada hasta situarse como segunda fuerza política empatada con el Partido Socialista. ¿Se trata de una progresión imparable? El tiempo lo dirá.

Pero, a título de comparación, podemos recordar que en sus primeras elecciones presidenciales, en 2017, el francés Emmanuel Macron sacó a Marine Le Pen una distancia similar a la de Seguro respecto a Ventura (63% a 34%); a las siguientes, en 2022, la distancia se redujo (58% a 42%) y hoy, los sondeos para los comicios de 2027 otorgan a Marine Le Pen, o a su delfín, Jordan Bardella, una ventaja de casi 20 puntos en la primera vuelta sobre sus más inmediatos perseguidores.

lunes, 9 de febrero de 2026

¿Debe tener Europa su propio arsenal nuclear?

'Visión periférica'

La guerra de Ucrania, el distanciamiento de EE.UU. y la expiración del Tratado de control de armas atómicas Nuevo Start dispara en Europa el debate sobre la conveniencia de disponer de una disuasión nuclear propia.

 

Amanece en Fort Greely, Alaska. En el centro de vigilancia del 49º Batallón de Defensa Antimisiles del Ejército de Estados Unidos, entra el turno de la mañana. Todo hace presagiar un día más, como cualquier otro. Sin embargo, al poco salta la alarma: el radar SBX-1 detecta en el Pacífico que  un misil balístico intercontinental de origen desconocido  se dirige hacia EE.UU. Son las 9:33h y en los siguientes minutos se va a desencadenar una carrera contrarreloj para tratar de identificar al atacante, decidir un eventual contraataque y, sobre todo, interceptar el misil para evitar que impacte en su objetivo: la ciudad de Chicago.

Así arranca Una casa llena de dinamita, la última película de la oscarizada directora norteamericana Kathryn Bigelow. Estrenada en 2025, devuelve al espectador a las duras épocas de la guerra fría, cuando la sensibilidad ante el peligro de una hecatombe nuclear era muy viva. En 1983, el filme El día después causó una honda impresión en todo el mundo. No ha pasado lo mismo ahora con la ‘casa’. Y, sin embargo, el riesgo de una conflagración atómica, lejos de haberse disipado, se ha reforzado en estos últimos años.

La guerra contra Ucrania, desatada  hace ya casi cuatro años por una Rusia que amenaza, día sí y día también, con utilizar armas nucleares, y la imprevisibilidad de los EE.UU. de Donald Trump, quien ha erosionado gravemente la credibilidad del sistema de disuasión de la OTAN, han disparado la amenaza sobre Europa.

Para ensombrecer el panorama, esta semana ha saltado el último cerrojo que todavía ponía freno a una nueva  carrera armamentística nuclear. El jueves pasado expiró el Tratado Nuevo Start, firmado en 2010 por Barack Obama y Dimitri Medvédev, por el cual EE.UU. y Rusia se comprometían a limitar sus arsenales nucleares estratégicos (1.550 ojivas desplegadas, 800 lanzadores y 700 misiles balísticos). Es la primera vez en más de medio siglo que no hay ningún límite que obligue a ambas superpotencias sin que se esté negociando otro acuerdo en paralelo. Rusia primero –y EE.UU. como respuesta– suspendieron su aplicación en 2023. Pero, salvo en lo referente a las inspecciones, hasta ahora básicamente se ha respetado.

¿Y a partir de ahora, qué? El presidente ruso, Vladímir Putin, ha abogado por prorrogar de facto el acuerdo durante un año mientras se negocia otro y Trump se ha mostrado partidario de una negociación más amplia que incluya a China. El secretario de Estado, Marco Rubio, subrayaba esta semana que “un acuerdo de control de armas que no tenga en cuenta el aumento del arsenal de China, que Rusia apoya, sin duda reducirá la seguridad de EE.UU. y sus aliados”. Pekín tiene mucha menos capacidad –unas 600 ojivas, que podrían llegar a 1.000 en 2030 , frente a las alrededor de 5.000 que almacenan cada uno EE.UU. y Rusia– y por tanto se opone.

La posibilidad de un nuevo acuerdo parece en este momento incierta. Y  puede llevar mucho tiempo. Pero según como se desarrollen las negociaciones, la seguridad de Europa podría encontrarse seriamente comprometida. Los investigadores Tim Thies y Philipp Fischer advertían recientemente en International Politics and Society (IPS) que Moscú podría poner nuevamente en la balanza la retirada de las armas nucleares tácticas que EE.UU. tiene desplegadas en el continente (entre 100 y 150) y la reducción de los arsenales atómicos de Francia y el Reino Unido (con 290 y 225 ojivas, respectivamente). Pero esta vez existe el riesgo de que el presidente Trump, que se siente poco concernido por la seguridad del continente, sea receptivo a las tesis del Kremlin. Es extremadamente llamativo que el vicepresidente J.D. Vance, considere  los arsenales francés y británico más un peligro potencial para su país –en la medida en que algún día, según dijo, pudieran caer en manos islamistas– que una baza.

El debilitamiento de la disuasión podría dejar a Europa en una situación extremadamente vulnerable frente a Rusia. De ahí que algunas voces estén planteando abiertamente la constitución de un arsenal nuclear propiamente europeo. En un artículo en Foreign Affairs, los politólogos Moritz. S. Graefrath y Mark A. Raymond se muestran partidarios de que, además del Reino Unido y Francia, Alemania se dote también de armas nucleares como vía para asegurar una “Europa autosuficiente”. “Lejos de marcar el comienzo de una nueva era aterradora de inestabilidad global –argumentan– la proliferación selectiva ayudaría a mantener el orden posterior a la Segunda Guerra Mundial”.

La responsabilidad de Alemania en la última gran conflagración, sin embargo, pesa demasiado y no es de esperar que Berlín rompa este tabú. El canciller Friedrich Merz lo descartó expresamente hace escasos días: “Alemania se ha comprometido en dos tratados internacionales vinculantes a no poseer sus propias armas nucleares”, zanjó. Pero el debate va avanzando en el conjunto de la UE.

Observando lo que le ha pasado a su vecino ucraniano, el primer ministro polaco, Donald Tusk, planteó el año pasado la necesidad de que Polonia estuviera protegidas con armas nucleares. Y el primer ministro sueco, Uli Kristersson, ha expresado una preocupación similar. El propio Merz ha admitido la existencia de conversaciones preliminares con otras capitales europeas para abordar el desarrollo de una disuasión nuclear propia europea, que lógicamente estaría basada en las capacidades francesa y británica pero debería ir más allá. Como primer paso, el presidente francés, Emmanuel Macron, ha ofrecido extender su paraguas nuclear a toda la UE, aunque subrayando que el botón nuclear dependería solo de París.

Los contactos apenas han salido de un primer estadio, pero si hay algo claro es que la casa seguirá llena de dinamita.


Adiós al último de la fila

Newsletter Europa

Alemania impulsa un núcleo duro de seis países para avanzar en la integración de la UE sin esperar a los demás

  

Dice un proverbio africano: “Si quieres ir rápido, ve solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado”. La construcción de la Unión Europea es uno de los ejemplos más notables de esta verdad universal. Desde la firma del Tratado de Roma en 1957 hasta hoy el proceso de unificación del continente ha llegado muy lejos, mucho más lejos de lo que muchos creyeron posible. Aunque siempre -eso sí- a pequeños pasos. La condición era sumar a cuantos más, mejor, y avanzar todos juntos.

El sistema, mal que bien, ha funcionado hasta ahora. Sin embargo, el vertiginoso y brutal giro del panorama internacional, con la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania -que está a punto de entrar en su quinto año- y el cuestionamiento de la alianza occidental por parte de Estados Unidos tras el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, lo ha hecho insostenible. El orden internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial se desmorona, las grandes potencias juegan a repartirse el mundo en esferas de influencia, y a la UE le cuesta reaccionar.

La mayoría de dirigentes europeos es consciente de que Europa necesita reforzar su independencia estratégica, potenciar y poner en común sus capacidades en materia de defensa, y tener una política exterior sólida. Pero el sistema actual de gobernanza lo impide. La exigencia de unanimidad es una rémora. El canciller alemán, Friedrich Merz, lo expresó de forma gráfica en el marco de la reunión que el Partido Popular Europeo (PPE) celebró el pasado fin de semana en Zagreb (Croacia): “No puede ser que el último de la fila marque siempre el ritmo”. dijo.

La idea de una Europa de dos velocidades, en la que un grupo de países avance en el proceso de integración sin esperar a que todo el mundo se ponga de acuerdo, no es nueva, ni absolutamente inédita (ahí están la zona euro o el espacio Schengen para demostrarlo). Pero hoy ha adquirido una nueva urgencia y numerosas voces proponen profundizar esta vía a través del mecanismo de las cooperaciones reforzadas o las ‘coaliciones de voluntarios’ (como en el caso de Ucrania, donde un grupo de países, algunos ajenos a la UE, se han comprometido a implicarse en un eventual proceso de paz, incluso desplegando tropas sobre el terreno)

España es uno de los países que abonan este camino. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una entrevista reciente con La Vanguardia, fue muy claro al respecto: “Europa debe avanzar en su proceso de integración y dotarse de una defensa realmente común. Y para ello no necesitamos el acuerdo unánime de los 27 estados miembros. Podemos avanzar una serie de países en ese proceso de integración hacia unas Fuerzas Armadas realmente europeas”, dijo. Un mensaje que remachó el pasado domingo, en nuestras mismas páginas, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares: “Si somos capaces de establecer coaliciones de voluntarios para teatros externos de la Unión Europea, ¿cómo no hacerlo para objetivos vitales para nuestras sociedades?”.

Alemania y Francia abogan desde hace tiempo por una Europa de dos velocidades, con el fin de eludir el freno -cuando no el bloqueo- de los países más euroescépticos. Friedrich Merz lo propuso ya antes de ser elegido canciller. Y el presidente francés, Emmanuel Macron, lo defiende desde hace más de una década. Pero en este momento histórico, quien parece haber tomado la batuta es Berlín. A finales de enero, en una conferencia organizada por el diario Die Welt, Merz abogó por configurar un núcleo duro de seis países, a través del mecanismo de la cooperación reforzada, para avanzar en la integración y la independencia estratégica de la UE. El grupo, formado por Alemania, Francia, Italia, España, Polonia y Países Bajos, suma el 70% del PIB comunitario. “Europa debe convertirse en una potencia política capaz de pesar en el mundo, tanto económica como militarmente”, declaró el canciller alemán.

Dicho y hecho, el ministro de Economía germano, Lars Klingbeil, envió una carta a sus homólogos de los otros cinco países citados invitándoles a pactar un plan de actuación común centrado en cuatro objetivos: impulsar la unión de los mercados de capitales, fortalecer el euro -incluida la creación de un sistema de pagos independiente-, coordinar la inversión en defensa y asegurar el acceso a las materias primas críticas.

La consagración de una Europa a dos velocidades sobrevoló también la reunión de los dirigentes populares en Croacia, pero no llegó a quedar plasmada en el documento final. “Debido a su configuración institucional y a una gobernanza excesivamente compleja, la capacidad de reacción de Europa es cada vez más limitada y, a menudo, demasiado lenta, en comparación con lo que requiere el mundo actual”, expone la declaración del cónclave conservador, que, sin embargo, no pasa de esta constatación.

Si el PPE no fue más allá, no fue por falta de ganas de su líder, el socialcristiano alemán Mandred Weber, quien llevaba bajo el brazo propuestas mucho más ambiciosas. Así, además de abogar por la constitución de coaliciones voluntarias de países para evitar el bloqueo de la unanimidad, el dirigente bávaro defendía potenciar el peso político del liderazgo de la UE terminando con la actual bicefalia y fusionando en un único cargo las presidencias del Consejo Europeo y de la Comisión, que ahora ocupan António Costa y Ursula von der Leyen. Weber se inscribe así en la senda del desaparecido Wolfgang Schauble -un ferviente europeísta, además de martillo de la austeridad-, quien proponía eso mismo e incluso iba más allá y defendía su elección directa por los ciudadanos (una auténtica opa hostil para los líderes europeos)

Merz, mucho más circunspecto, cree que no es viable plantear ambiciosas revisiones de los tratados europeos -lo que exigiría la unanimidad de los 27- y aboga por un enfoque pragmático. Lo mismo que el ex primer ministro italiano y ex presidente del Banco Central Europeo (BCE) Mario Draghi, quien en una intervención el pasado lunes en la Universidad Católica de Lovaina defendió la idea de aplicar un “federalismo pragmático”, que avance por la vía de los hechos eludiendo grandes debates conceptuales. Autor de un fundamental informe para recuperar la competitividad de la economía europea, Draghi consideró que los retos de Europa -sin embargo- van más allá y requieren un salto cualitativo en el camino de la integración que la convierta en un “auténtico poder”. Y abogó por que un grupo de países pueda impulsar una política común -federal, de facto- en materia de política exterior, defensa y fiscalidad.

Las puertas a una Europa de dos velocidades están abiertas de par en par.

 

Maniobras sin EE.UU. Se trata de unos ejercicios militares programados desde hace tiempo, desde antes del retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, pero han venido a coincidir con uno de los momentos más bajos de las relaciones entre Washington y sus socios de la Alianza Atlántica. El caso es que esta semana la OTAN ha iniciado, sin la participación de Estados Unidos, unas maniobras -Steadfast Dart (dardo firme)- destinadas a testar la velocidad de despliegue de tropas y equipos de combate en caso de ataque, en este caso desde el sur a la costa báltica. En los ejercicios, que dirige Alemania, participan 10.000 militares de once países aliados. La Armada española ejerce el mando del componente marítimo, la parte terrestre es liderada por Italia, y la coordinación del aire recae en Turquía. Participan, además, unidades de Bélgica, Bulgaria, Francia, Grecia, Lituania, Reino Unido y República Checa.

Gobierno en La Haya. Tres meses después de dar la sorpresa y ganar las elecciones anticipadas en los Países Bajos, superando a la ultraderecha, el liberal progresista Rob Jetten ha conseguido cerrar un acuerdo para formar un gobierno de coalición de centroderecha en minoría. El Ejecutivo reunirá a tres partidos, el D66 del futuro primer ministro, los democristianos del CDA y los liberales de derechas del VVD, y su programa de gobierno dará prioridad a las inversiones en defensa, la construcción de nuevas viviendas, el control de la inmigración y -como no podía ser de otra manera- mantener un férreo rigor presupuestario. Como quiera que no tienen mayoría suficiente en el Parlamento (66 escaños de 150), se verán obligados a buscar acuerdos con los partidos de oposición.

Elecciones en Portugal. Los portugueses están convocados este domingo a votar en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, en las que parte como claro favorito el socialista José Antonio Seguro frente al ultraderechista André Ventura. En la primera vuelta, Seguro se impuso al líder de Chega por casi ocho puntos de ventaja. Una especie de revancha, después de que los ultras superaran por primera vez a los socialistas en las elecciones legislativas de mayo del año pasado. En Portugal, la figura del presidente no es meramente representativa, sino que ejerce también un papel de árbitro, nombra al primer ministro y puede disolver el Parlamento. La importancia de estos comicios, sin embargo, van más allá del papel institucional de la presidencia, su principal valor es el de termómetro de la fuerza de la extrema derecha.