miércoles, 26 de agosto de 2026

A Trump se le escapa el mundo

Visión periférica

Fuera de América Latina, donde EE.UU. está imponiendo su ‘imperium’ en una actualización de la doctrina Monroe, la política exterior de Donald Trump zozobra, así en Europa como en Asia y Oriente Medio, su talón de Aquiles.

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Unas veces con el puño en alto, otras con el pulgar extendido, al presidente de Estados Unidos le gusta transmitir constantemente una imagen de fortaleza y seguridad en sí mismo. El hombre más poderoso del país más poderoso del mundo no concibe otro horizonte que el triunfo, otro desenlace que la victoria. Para Donald Trump no hay nada peor en este mundo que ser un perdedor, un loser. Y, sin embargo, con una popularidad a escala interna en caída libre (solo el 33% de los estadounidenses aprueba su gestión) y serios fracasos a escala internacional, su trayectoria está tomando justamente ese rumbo.

La errática y caprichosa política exterior de Trump ha conducido a EE.UU. a una situación paradójica en la que pesan más los fracasos autoinfligidos que los éxitos. Si bien su apuesta por actualizar la doctrina Monroe –rebautizada, naturalmente, como Donroe– para reforzar su dominio sobre el conjunto del continente americano parece estar funcionando, al menos a corto plazo, en el resto del mundo la hegemonía de la primera potencia mundial está haciendo agua.

En América Latina, la gran baza que puede presentar Trump –quien todavía se regala con la operación que condujo a la captura de Nicolás Maduro– es la puesta de Venezuela bajo tutela, con el secretario de Estado, Marco Rubio, en el papel de virrey controlando la explotación y comercialización –ingresos incluidos– del petróleo venezolano (lo de la democratización del régimen, eso, parece menos prioritario). Junto al control de Venezuela, al que puede acabar sumándose Cuba, Trump ha contado con una oleada de victorias electorales de la derecha y la extrema derecha, del Caribe a la Patagonia, que han afianzado su im­pronta y se han traducido ya en la constitución de una gran coalición militar para combatir a los cárteles de la droga, en la que participan 19 países. Solo los tres grandes –Brasil, Canadá y México– se escapan al afán de control de Washington.

Pero, fuera del hemisferio occidental, todo lo demás patina. En Europa, la alianza trasatlántica se debilita a ojos vistas, mientras Washington –en un espectacular giro doctrinal– ha dejado de tratar a Rusia como un adversario, sin que por ello haya conseguido poner fin a la guerra de Ucrania. Recientemente, el Gobierno estadounidense envió a sus socios de la OTAN un cuestionario para evaluar no ya el compromiso europeo con la defensa común, sino su respaldo a la política exterior de Washington, con vistas a una reasignación de sus recursos militares en el continente (que, más allá de su reparto entre buenos y malos, serán reducidos).

En Asia, teóricamente la segunda gran prioridad de la política exterior norteamericana, la práctica dista mucho de lo que cabría deducir del documento de Estrategia de Seguridad Nacional aprobado hace menos de un año. Terminado provisionalmente en tablas el gran pulso comercial con China lanzado por el presidente norteamericano en el 2025, la realidad es que también aquí EE.UU. está dejando de la mano a sus aliados históricos –esta misma semana ha desairado a Corea del Sur mientras mostraba su complicidad con el dictador norcoreano, Kim Jong Un– y ha debilitado su despliegue militar en la región a causa de sus azarosas aventuras en otros escenarios.

¿Todo ello, para qué? Para intervenir en una región del mundo, Oriente Medio, de la que formalmente el trumpismo parecía decidido a desentenderse (“Los días en que Oriente Medio dominaba la política exterior americana (...) afortunadamente han acabado”, rezaba el nuevo y sin embargo ya caduco documento de Estrategia de Seguridad Nacional, aprobado en noviembre del 2025).

Oriente Medio se ha convertido en el verdadero talón de Aquiles de Trump. Un auténtico agujero negro. La irreflexiva y desnortada intervención armada contra Irán –arrastrado por Israel– se ha convertido en una catástrofe militar, económica y geopolítica. Convertida en una guerra interminable, ha fragilizado como ninguna otra la imagen de EE.UU., que aparece como un gigante impotente. Hasta el punto de que todo el mundo en la región, tanto enemigos como aliados, se le está subiendo a las barbas.

El conflicto con Irán, que se arrastra desde hace ya casi seis meses, amenaza con enquistarse indefinidamente, vista la incapacidad militar de EE.UU. para doblegar al régimen de los ayatolás, que, lejos de rendirse a sus –vacuas– amenazas, ha redoblado sus exigencias para reabrir Ormuz. ¡Hasta le reclama reparaciones económicas! Mientras tanto, todos los objetivos iniciales de la guerra parecen estar decayendo para centrarse prioritariamente en la reapertura del estrecho, por el que antes de la guerra pasaba el 20% de la producción mundial de petróleo y gas licuado sin ninguna restricción a la navegación. ¿Todo eso para esto?

No solo los enemigos le alzan la voz a Trump: los propios aliados de EE.UU. osan también contestarle. El primero de ellos, corresponsable del desastre, es el primer ministro de Israel, Beniamin Netanyahu, que ha rechazado la hoja de ruta del presidente estadounidense para Gaza. El premier israelí reiteró su rechazo esta semana al enviado especial, el yernísimo Jared Kushner.

Tan débil aparece hoy EE.UU., tanto política como militarmente –corto de misiles y de municiones antiaéreas, obligado a trasladar a la zona el último portaaviones que le quedaba patrullando en el Pacífico–, que su principal aliado árabe ha buscado otros cobijos. Así, Arabia Saudí firmó el pasado día 7 con Turquía y Pakistán un pacto tripartito de defensa que consolida un nuevo eje de poder islámico suní, frente a la amenaza del Irán chií.

No es de extrañar que últimamente los puños en alto y los pulgares extendidos de Trump sean cada vez más mecánicos, más desganados. Y su semblante, más serio, más cerrado.

lunes, 10 de agosto de 2026

Europa naufraga en el Estrecho

'Visión periférica'

A diferencia de lo que sucedió con la oleada migratoria sufrida por Polonia en 2021, la avalancha de 72.000 personas sobre Ceuta, en lugar de suscitar la unidad y solidaridad de la UE, ha mostrado las divisiones y miserias europeas.


Noviembre de 2021. La frontera entre Polonia y Bielorrusia se convierte en un coladero. El régimen del dictador bielorruso Alexander Lukashenko –aliado-vasallo de la Rusia de Vladímir Putin– lanza contra la Unión Europea a decenas de miles de inmigrantes y refugiados procedentes de Irak y Siria, con engaños y en viajes organizados, en una clara maniobra de desestabilización. En ese momento no se sabe aún, pero Moscú está preparando ya la invasión de Ucrania para cuatro meses después.

Unas 40.000 personas acabarían entrando en Europa en 2021 a través de los bosques del este de Polonia, antes de que Varsovia tuviera tiempo de levantar una valla a lo largo de la frontera y enviar refuerzos para frenar la avalancha. El suceso suscitó la solidaridad unánime de la UE y la OTAN, que denunciaron un acto de guerra híbrida de Rusia y sus aliados contra Europa. A nadie se le ocurrió responsabilizar de ello al Gobierno polaco de la época, del ultraconservador partido de Jarosław Kaczyński, Ley y Justicia (PiS)

Algunos países cercanos intensificaron en aquel momento el control de las fronteras interiores, pero ningún gobierno suspendió oficialmente la aplicación del tratado de libre circulación de Schengen (aunque lo cierto es que  desde que en el 2015 la canciller Angela Merkel decidió abrir de par en par las fronteras de Alemania a un millón de refugiados sirios, una decena de países realizaban ya –y aún lo hacen– controles fronterizos aleatorios)

Cinco años después de los sucesos de Polonia, el asalto a la frontera hispano-marroquí de Ceuta por 72.000 migrantes en apenas 48 horas –la mayoría de los cuales ha sido ya devuelto al otro lado– ha suscitado reacciones muy diferentes y revelado las fracturas que amenazan la cohesión de la UE. Nadie, absolutamente nadie –ni el Gobierno español ni ninguno de los gobiernos europeos, ni la Comisión Europea–, se ha atrevido a señalar con el dedo a Marruecos, responsable por acción u omisión de lo sucedido. Han preferido mirar hacia otro lado –demasiados intereses en juego– y, en su lugar, lanzarse a vergonzosos ajustes de cuentas políticos internos, antes de dar marcha atrás en la reunión de ministros europeos del Interior del pasado martes. Por su parte, la OTAN  ha guardado un espeso silencio.

Tres países, Italia, Dinamarca y Finlandia, encabezaron el ataque contra el Gobierno español, al que culparon de la crisis de Ceuta por su política migratoria. Al frente de la manifestación se destacaron la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, líder del posfascista Hermanos de Italia, y la premier danesa, Mette Frederiksen –dirigente socialdemócrata partidaria de una línea dura próxima a la de la ultraderecha–, quienes plantearon que se valorara excluir a España del espacio Schengen. Un total de 22 países firmaron una beligerante carta en este sentido e Italia empezó a controlar a los españoles.

Solo cuatro gobiernos europeos se excluyeron de la maniobra. Dejando a un lado Irlanda –obligada a ser neutral por ostentar la presidencia semestral de la Unión–, únicamente se desmarcaron Francia, Luxemburgo y Portugal. El Gobierno francés denunció que la polémica carta “tenía como objetivo principal instrumentalizar la oleada migratoria en Ceuta en contra del Gobierno español”.

“La respuesta de los líderes nacionales [europeos] a Ceuta fue desinformada y egoísta, lo que debilitó la unidad europea y proporcionó a los enemigos de Europa precisamente la narrativa que buscaban”, ha advertido Alberto Alemanno, profesor de Derecho europeo en la HEC de París y el Colegio de Europa de Brujas.

 La derecha y la extrema derecha europeas, cada vez más indistinguibles en su insomne competición por captar el voto del miedo al extranjero en sus respectivos países, se han lanzado a degüello contra el presidente español, el díscolo Pedro Sánchez,  a quien acusan de haber alentado un supuesto “efecto llamada” con la actual regularización masiva de inmigrantes.

La realidad, sin embargo, contradice  este discurso tremendista. Según datos frescos de la agencia europea Frontex, en el primer semestre de este año las entradas irregulares de inmigrantes por la ruta del Mediterráneo central –esto es, a través de la estricta Italia– alcanzaron la cifra de 14.340, un número superior al de las llegadas registradas en la laxa España (11.574) a través de la ruta del Mediterráneo occidental y la de Canarias. Lo mismo sucedió en el conjunto de 2025: Italia encajó 66.328 inmigrantes irregulares por 36.683 España. Mal que le pese a Meloni.

Mientras los europeos ofrecen al resto del mundo el penoso espectáculo de su división, Marruecos ha vuelto a demostrar su enorme capacidad de desestabilización. Tras la anterior oleada migratoria sobre Ceuta, en  mayo del 2021 –más limitada, fueron 10.000 personas–, logró que Madrid se sumara a sus tesis sobre el Sahara Occidental. Orquestada o solamente aprovechada de forma oportunista, veremos en qué desemboca la crisis actual.

En cualquier caso, si Marruecos se muestra tan desenvuelto con la UE –su principal socio comercial y el mayor agente inversor exterior en el país–, es porque se ha  consolidado como un aliado  protegido de Estados Unidos. La relación entre Rabat y Washington se ha estrechado especialmente con Donald Trump (incorporación de Marruecos a los Acuerdos de Abraham con Israel, revalorización geoestratégica en un contexto de enfriamiento con Europa) y en el mundo MAGA hay ya quien avala las reivindicaciones territoriales de Rabat sobre Ceuta y Melilla.

Pero la alianza entre EE.UU. y el reino alauí viene de lejos. Marruecos fue el primer país africano en firmar con Washington un acuerdo bilateral comercial en el 2004, estando George W. Bush, que le concedió también el estatuto de aliado preferente. La cercanía entre ambos países se puso  en evidencia durante la crisis de Perejil, en julio del 2002, cuando Marruecos retó a España invadiendo ese disputado islote del Estrecho y provocando la intervención militar española. El entonces presidente José María Aznar se quedó solo también en aquel envite, con la UE y la OTAN mirando hacia otro lado –si no criticando a España–, y EE.UU. presionándole, a través del secretario de Estado Colin Powell, para que retirara sus tropas.

Los años pasan. Marruecos mantiene su rumbo. Y la UE sigue naufragando.