Newsletter Europa
Alemania promueve
una política de recortes a nivel interno y europeo para financiar la defensa
En
Alemania, las mujeres, cuando acaban de ser madres, son empujadas a dejar su
trabajo y ocuparse de su retoño hasta que este alcanza la edad de tres años. Es
una tradición socialmente muy arraigada, hasta el punto de que aquellas que
optan por adelantar el retorno a su actividad profesional son despectivamente
tildadas de rabenmutter (literalmente, madre cuervo). La Administración
tampoco se lo pone fácil, con una oferta históricamente deficitaria de plazas
de guardería que incita a quedarse en casa. Ahora, la abnegación de estas
madres va a ser premiada con su expulsión del seguro de salud. Así lo
prevé -salvo unas pocas excepciones- el proyecto de ley de reforma del Seguro
Médico Obligatorio aprobado esta semana por el Gobierno alemán, que dejará sin
cobertura sanitaria gratuita al cónyuge que no trabaje.
El recorte
de derechos sanitarios en el seno del matrimonio es solo una de las medidas
previstas en el proyecto gubernamental, que pretende ahorrar hasta 16.300
millones de euros al año. También se aumentará el copago de los medicamentos y
de las estancias hospitalarias, por ejemplo. El objetivo de la reforma, que el
canciller Friedrich Merz calificó de “histórica”, es cuadrar los números sin
tener que aumentar las cotizaciones de la generalidad de los trabajadores y de las
empresas. Sobre todo de estas últimas, cuyas cargas fiscales y financieras el
Gobierno quiere aligerar para tratar de revitalizar una economía que arrastra un
estancamiento crónico desde que la guerra de Ucrania y el enfrentamiento con
Rusia dejó a la industria alemana sin el maná del barato gas ruso.
La reforma
de la sanidad pública es una de las previstas en el famoso -y retrasado- “otoño
de reformas” prometido por Merz y que, básicamente, consistirá en meter la
tijera al “insostenible” Estado del Bienestar alemán (en palabras del propio
canciller) para destinar el dinero a otras causas. Porque donde no habrá
recortes, e incluso se contraerá nueva deuda, es en el presupuesto de defensa,
que aumentará el año que viene un 28%, pasando de 82.700 a 105.800 millones
de euros, y que ha de seguir incrementándose año a año hasta alcanzar en el
2030 el 3,5% del PIB.
La apuesta
de Merz en Alemania, que no parece que vaya a contribuir a mejorar su degradada
imagen -su popularidad está bajo mínimos un año después de su elección como
canciller-, es la misma que pretende aplicar en Europa. Y si es previsible que
en Berlín sufran las costuras del gobierno de coalición entre democristianos y
socialdemócratas, otro tanto puede suceder en Bruselas y Estrasburgo. El debate
de fondo es muy parecido. Todo el mundo está de acuerdo en que Europa,
confrontada a la agresividad de Rusia y el desentendimiento de Estados Unidos,
debe aumentar su gasto de defensa. La cuestión es cómo financiarlo. Y la
respuesta de Alemania es clara: quitando de otro sitio.
Los 27
quieren aumentar sensiblemente la inversión en las políticas de competitividad y
de defensa, lo que indefectiblemente pesará sobre otras partidas. La propuesta
elaborada por la Comisión Europea para el marco presupuestario del periodo
2028-2034 -que empieza a discutirse ahora- es básicamente continuista en lo que
afecta a las grandes cifras: cerca de 2 billones de euros, equivalente a un
1,26% de la Renta Nacional Bruta (RNB) comunitaria. Y aunque es cierto que la
CE prevé contar con nuevos recursos propios, también lo es que ha de afrontar
nuevos gastos, como los 168.000 millones correspondientes al reembolso de la
deuda común emitida para combatir la crisis económica de la covid.
La
distribución interna del gasto y su evolución es difícil de calcular porque ha
cambiado la arquitectura presupuestaria y los fondos sectoriales serán
refundidos a partir de ahora en fondos nacionales, que se adjudicarán a cada
Estado en función de un programa de actuación pactado con Bruselas. Sin
embargo, como no se puede hacer más con el mismo dinero es obvio que ciertas
políticas históricas se resentirán, lo que apunta directamente a la Política
Agraria Común (PAC) y el Fondo de Cohesión. Y no todo el mundo está dispuesto a
aceptarlo.
Los países
llamados frugales, con Alemania a la cabeza, no quieren ni oír hablar de
aumentar el presupuesto –“No encaja con la situación”, subrayó recientemente
Merz-, mientras que los más afectados por los previsibles recortes agrícolas y
de cohesión, entre ellos España, presionan en sentido contrario. Pero la
división no solo existe entre países, en función de sus intereses, también la
hay entre las instituciones comunitarias.
El
Parlamento Europeo, que tiene poderes de codecisión en esta materia, aprobó la
semana pasada un documento base de negociación en el que plantea un “moderado”
aumento presupuestario del 10% con el objetivo de no sacrificar ningún
programa, algo que augura un enfrentamiento con el Consejo Europeo, que reúne a
los jefes de Estado y de Gobierno. Desde luego, Alemania lo rechaza de plano,
al igual que cualquier idea de volver a lanzar una operación de endeudamiento
común. Dato curioso: entre los partidarios de elevar el gasto está el
presidente del PPE y líder de la CSU, el alemán Manfred Weber. Es dudoso que
Merz lo aprecie.
A
vueltas con los aranceles.
Donde sí han ido de la mano Merz y Weber es en el espinoso asunto del acuerdo
comercial con Estados Unidos, pactado por Ursula von der Leyen y Donald Trump
en Turnberry (Escocia) el verano pasado y todavía en proceso de ratificación en
el seno de la UE. El Gobierno alemán y el PPE han presionado fuertemente para
su rápida aprobación por el Parlamento Europeo, tanto más cuanto que el
presidente de EE.UU. amenazó días atrás con imponer nuevos aranceles del 25%
(en lugar del 15% pactado) sobre los automóviles europeos.
En teoría,
la irritación de Trump se debe al retraso del proceso de ratificación, pero la
amenaza se produjo inmediatamente después de que el canciller Friedrich Merz
asegurara con desenvoltura que EE.UU. estaba siendo “humillado” por Irán en el
conflicto del Golfo. Y casi en paralelo al anuncio, también inopinado, de la
próxima retirada de 5.000 de los 36.000 soldados norteamericanos desplegados en
Alemania.
Sea como
fuere, la inconstancia del presidente estadounidense y sus continuos cambios de
humor no han hecho más que sembrar la desconfianza y acentuar las divisiones en
el seno de la UE. Algunos países y varios grupos políticos dela Eurocámara
presionan ahora para añadir al acuerdo cláusulas de salvaguarda que permitan
suspenderlo si Washington lo incumple. Uno de los más beligerantes ha sido,
también aquí, otro alemán, el eurodiputado socialdemócrata Bernd Lange,
presidente de la Comisión de Comercio del Parlamento Europeo. La noche del
jueves hubo un nuevo intento fallido de acordar una posición común entre los
representantes de la Eurocámara, la Comisión y los 27. Aún tienen margen: Trump
ha puesto como fecha límite el 4 de julio.
Amigos
por doquier. La 8ª
cumbre de la Comunidad Política Europea (CPE), foro que reúne a una cuarentena
larga de jefes de Estado y de gobierno europeos más allá de los acotados
márgenes de la UE, ha tenido esta semana un carácter especial. Celebrada en
Ereván, la capital de Armenia, ha venido a subrayar un cambio geopolítico de
calado: el viraje proeuropeo de esta república exsoviética, que hasta hace bien
poco figuraba como un aliado histórico de Rusia. El primer ministro armenio,
Nikol Pashinián, quien llegó al poder tras la revolución de Terciopelo en 2018,
ha sido el gran impulsor de este cambio, acelerado por la guerra de 2020 y 2023
con Azerbaiyán, en la que Moscú se lavó las manos. En 2025 el Gobierno armenio
solicitó formalmente la adhesión a la UE, una aspiración que Bruselas respaldó
esta semana en una reunión bilateral.
La cumbre de la CPE tuvo otra circunstancia
extraordinaria: la presencia del primer ministro canadiense, Mark Carney, que quiso
de esta manera marcar su acercamiento a Europa en un momento gélido de las
relaciones entre su país y Estados Unidos. La posibilidad de que Canadá pudiera
algún día integrarse en la UE, por más que muchos de sus ciudadanos así lo
deseen, no parece sin embargo probable.
Inestable
Rumanía. La 8ª
cumbre de la Comunidad Política Europea (CPE), foro que reúne a una cuarentena
larga de jefes de Estado y de gobierno europeos más allá de los acotados
márgenes de la UE, ha tenido esta semana un carácter especial. Celebrada en
Ereván, la capital de Armenia, ha venido a subrayar un cambio geopolítico de
calado: el viraje proeuropeo de esta república exsoviética, que hasta hace bien
poco figuraba como un aliado histórico de Rusia. El primer ministro armenio,
Nikol Pashinián, quien llegó al poder tras la revolución de Terciopelo en 2018,
ha sido el gran impulsor de este cambio, acelerado por la guerra de 2020 y 2023
con Azerbaiyán, en la que Moscú se lavó las manos. En 2025 el Gobierno armenio
solicitó formalmente la adhesión a la UE, una aspiración que Bruselas respaldó
esta semana en una reunión bilateral.
