domingo, 4 de octubre de 2026

La Groenlandia del desierto

Visión periférica 

Cinco países –EE.UU., China, Francia, Italia y Japón– tienen bases militares en la pequeña república de Yibuti, a las puertas del estrecho de Bab el Mandeb, punto clave  afectado por el conflicto entre Arabia Saudí y los hutíes de Yemen.

 

En Yibuti no hay nada. O prácticamente nada. Carente de recursos naturales de relevancia, el agua dulce es allí un bien tan preciado como escaso. Todo es desierto y más desierto. Lo único que tiene Yibuti –un pequeño país de 23.200 km2 y 1,2 millones de habitantes en el Cuerno de África– es su clave posición geográfica, a la entrada del estrecho de Bab el Mandeb, un paso de no más de 36 kilómetros de ancho que une el golfo de Adén –en el Índico– con el mar Rojo y el canal de Suez.

Por aquí transita una cuarta parte del tráfico marítimo mundial. Y si ya de por sí es una ruta comercial crucial, para algunos países de la zona, como Arabia Saudí, se ha convertido en la principal vía de escape para sortear el bloqueo del estrecho de Ormuz por la guerra entre Estados Unidos e Irán. Riad vehicula sus exportaciones de petróleo hacia el mar Rojo por el oleoducto Este-Oeste y el puerto de Yanbu, hostigados ahora por los rebeldes hutíes del Yemen, aliados de Irán y enemigos de los saudíes (que apoyan al Gobierno yemení)

Si la apertura de nuevas rutas de navegación por el Ártico por el cambio climático y el deshielo ha acrecentado el papel geoestratégico de Groenlandia y ha despertado muchos apetitos –entre otros, el de EE.UU., que ha forzado un acuerdo para abrir dos nuevas bases militares en la isla–, un papel similar  tiene Yibuti en el Cuerno de África. De hecho, es prácticamente el único valor que ha podido explotar: el interés de potencias extranjeras por instalar en el enclave bases militares para sus operaciones en Oriente Medio y África (negocio que reporta a Yibuti  entre 200 y 300 millones de euros anuales en concepto de rentas)

Cinco países tienen hoy bases militares en Yibuti. Las más importantes pertenecen a Estados Unidos, China y Francia, mientras que los otros dos –Italia y Japón– mantienen destacamentos militares menores. Todos ellos han encontrado en este pequeño país un oasis de estabilidad, gobernado sin concesiones por el régimen autoritario  del presidente Ismail Omar Guelleh. Desde aquí se han dirigido y realizado las operaciones internacionales contra los piratas que atacaban a los cargueros desde la costa de Somalia.

La particular coexistencia de países rivales en un espacio tan reducido llama la atención. De hecho, Washington intentó –sin éxito– frenar en su momento la instalación de los chinos, que lograron incorporar a Yibuti a su proyecto de la Nueva Ruta de la Seda (La Franja y la Ruta). Excluidos –ellos sí–, los rusos buscaron otro emplazamiento en Sudán, pero el proyecto de abrir allí una base militar está en suspenso por la inestabilidad en el país.

Francia es quien lleva más tiempo presente en Yibuti, no en vano ocupó el país como potencia colonial instalando un protectorado –la llamada Somalia francesa– en la segunda mitad del siglo XIX. Tras una tardía independencia en 1977, la nueva república firmó acuerdos de defensa –el último data del 2024–por los cuales la antigua metrópoli ha podido mantener una fuerte presencia militar. Los franceses tienen hoy desplegados, en varias instalaciones, unos 1.500 militares, con dotaciones terrestres, aéreas y navales.

Los EE.UU. llegaron bastante más tarde, en el 2001, a raíz de los atentados del 11-S, pero son quienes tienen la fuerza más importante: unos 4.000 soldados. Instalados en la antigua base de la Legión francesa de Camp Lemonnier –nombre en recuerdo del general Émile Lemonnier, decapitado por los japoneses en Tonkín en 1945–, los norteamericanos cuentan con infantería de marina,  fuerzas navales y aéreas, así como una estación de drones.

En el 2011 se sumó una base japonesa (con unos 200 militares) y en el 2013 otra italiana (con 300 efectivos). El último en llegar –a lo grande– ha sido China, que inauguró su base en el 2017 junto al nuevo puerto de Doraleh. Se calcula que el ejército popular tiene desplegados a unos 2.000 militares. Recientemente, el Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington (CSIS) detectó –a través de imágenes de satélites comerciales– un aumento de sus equipamientos en telecomunicaciones.

La guerra civil en Yemen y el enfrentamiento entre los rebeldes hutíes y Arabia Saudí no se ha traducido hasta el momento en un bloqueo del estrecho de Bab el Mandeb. Por ahora, los hutíes –que tomaron hace poco el puerto de Moca y varias islas en el Mar Rojo– se han limitado a atacar las infraestructuras y los petroleros saudíes, exclusivamente, sin afectar a nadie más. De ahí que EE.UU. se haya abstenido, por el momento, de acudir en socorro de Riad pese a las peticiones de su aliado. Quien sí se ha movido es Francia, que ha anunciado el próximo envío de  refuerzos militares para proteger la terminal petrolera saudí de Yanbu.

Arabia Saudí ha pedido formalmente la asistencia de Turquía y Pakistán, países con los que firmó un acuerdo tripartito de defensa conjunta el pasado mes de agosto. De producirse esta intervención, los hutíes podrían estar tentados de tratar de bloquear por completo Bab el Mandeb y extender el conflicto. En ese caso, Yibuti se encontraría en el centro del huracán.

Ahogados por el diésel

Newsletter Europa 

La guerra en Oriente Medio dispara los precios de los carburantes en Europa, amenazando el crecimiento económico y la paz social

 

El 24 de septiembre, en una infrecuente comparecencia televisiva, el presidente francés, Emmanuel Macron, anunció el envío de “medios militares” –soldados, radares y sistemas de defensa– para proteger la terminal petrolera de Yanbu, en la costa saudí del Mar Rojo. Punto de llegada del oleoducto Este-Oeste y principal ruta de Arabia Saudí para exportar su crudo sorteando el bloqueado estrecho de Ormuz, está hoy amenazada por los ataques de los rebeldes hutíes del Yemen. “Nuestro compromiso con la región se basa en una lógica estrictamente defensiva de estabilidad regional y protección de nuestros intereses y socios”, dijo Macron, quien vinculó esta intervención -cuyos contornos no se han precisado- a la crisis provocada por el encarecimiento de los carburantes.

El alza de precios de la gasolina y -sobre todo- del gasóleo como consecuencia de la guerra entre Estados Unidos e Irán ha disparado las alarmas en toda Europa, en la medida en que amenaza con lastrar el ya de por sí débil crecimiento económico (apenas un 1% interanual en el segundo trimestre de este año en la zona euro), disparar el coste de la vida (la inflación en la zona euro está ya en el 3,8%) y acrecentar el malestar social, con el riesgo de reeditar convulsiones como la vivida en Francia en 2018-2019 con el movimiento de protesta de los chalecos amarillos.

El estancamiento de las conversaciones entre Teherán y Washington para una tregua mantienen en gran tensión el mercado del petróleo, que según la Agencia Internacional de la Energía (AIE) no se recuperará antes del año que viene. La escolta de petroleros por parte de EE.UU. en Ormuz y la deriva de parte de las exportaciones hacia otras rutas (como el mar Rojo, también bajo tensión por los ataques hutíes en el estrecho de Bab el Mandeb) han aliviado en parte la caída, pero de forma insuficiente. Según el último informe de la AIE, de este mes de septiembre, se calcula que en el conjunto de 2026 las exportaciones de petróleo habrán caído en 5,7 millones de barriles diarios, mientras que la demanda solo lo habrá hecho en 2,5 millones, desajuste que presiona los precios al alza. Así, el barril de Brent superó de nuevo el mes pasado los 100 dólares.

La situación se agrava en el caso de determinados productos, como el gasóleo. “El incremento tanto de los futuros del crudo como de los precios físicos palidece en comparación con el de los productos refinados, segmento donde la escasez de mercado es actualmente más aguda”, constata el informe, que apunta no únicamente a la reducción de las exportaciones de los países del Golfo (un 60% por debajo de los niveles anteriores a la guerra) sino a la parálisis de las exportaciones procedentes de Rusia. El resultado es que los precios del diésel, que representa el 30% de la demanda mundial, superaron los 200 dólares por barril.

La crisis de Oriente Medio ha representado ya un sobrecoste para Europa de 100.000 millones de euros, según datos de la Comisión Europea. En las gasolineras europeas, esto se traduce en precios superiores a los 2 euros por litro de gasóleo -más caro hoy que la gasolina-, con puntas de 2,50 euros en algunos países. Este viernes, el precio medio en la UE se situaba en 2,24 euros.

Frente a esta situación, y en medio de una creciente inquietud social, buena parte de los países europeos están tomando medidas para aliviar la factura a los consumidores, bien sea de forma general o selectiva (aunque sea a costa de aumentar el déficit público, más fácil para unos que para otros). En España, el Gobierno de Pedro Sánchez acordó al martes prorrogar por segunda vez los descuentos a los carburantes (de 20 céntimos por litro, que se irán reduciendo progresivamente) hasta final de año, después de que la inflación se disparara por esta causa al 4,9%. El Consejo de Ministros aprobó asimismo otras medidas para contener los precios del gas y la electricidad.

Iniciativas similares se han tomado también en otros países europeos -Alemania, Bélgica, Grecia, Italia, Polonia o Suecia, entre otros-, bien sea con subvenciones o reducciones fiscales para rebajar el precio (entre 10 y 20 céntimos), bien poniéndole un tope por decreto. En Francia, con un problema de déficit público desbocado, el Gobierno ha optado por ayudas segmentadas -de hasta 40 céntimos por litro- para agricultores o transportistas, entre otros. El presidente Macron ha pedido, paralelamente, a la Comisión Europea que flexibilice (esto es, que rebaje) temporalmente las normas europeas sobre la calidad de los carburantes y que retrase la regulación de las emisiones de metano, con el fin de reducir los costes de producción.

A iniciativa francesa también, los países del grupo G7 decidieron a última hora de ayer liberar a lo largo de los próximos cuatro meses hasta 100 millones de barriles de las reservas estratégicas de diésel y crudo, con el objetivo de bajar los precios. La propuesta adjudicaba inicialmente a la UE la liberación de 50 millones de barriles de diésel y a los países de la AIE en conjunto otros 50 millones, en este caso de crudo.

El acuerdo aleja, en principio, el riesgo de una guerra de todos contra todos. El presidente de EE.UU., Donald Trump, había amenazado con suspender temporalmente las exportaciones de diésel, una medida extrema para tratar de controlar el precio en su país, donde ha llegado a entre 6 y 6,50 dólares por galón (aproximadamente entre 1,44 y 1,50 euros por litro), cuando falta poco más de un mes para las cruciales elecciones legislativas de medio mandato (mid-term). Una interrupción de las ventas norteamericanas de diésel sería un golpe para Europa, que importa de EE.UU. el 20% del gasóleo que consume (además de para las propias compañías exportadoras, claro)

El comisario de Energía y Vivienda de la UE, Dan Jørgensen, que el martes reunió a los titulares de esta cartera de los 27 para abordar la situación, subrayó a la salida del encuentro que la única forma de que Europa se libre de su extrema dependencia exterior respecto de los combustibles fósiles pasa por fomentar la electrificación, multiplicar la producción de energías limpias y aumentar las interconexiones entre países. Nada, sin embargo, que pueda resolver el problema de inmediato. Ni salvar a los consumidores de un invierno que se presume “muy duro” en materia de precios.

 

¿Brexit de ida y vuelta? El primer ministro británico, el laborista Andy Burnham, ha ido un paso más allá que su antecesor en Downing Street -Keir Starmer, quien pretendía impulsar un nuevo acercamiento hacia la UE- y ha planteado la posibilidad de que en un futuro no inmediato el Reino Unido pudiera plantearse el reingreso en la Unión Europea. Así lo expresó esta semana en una entrevista en la BBC, donde se apresuró a subrayar que se trata de una opción más, no la única. “El Brexit ha hecho más mal que bien, ha deprimido el crecimiento económico y fomentado la pérdida de control sobre la inmigración”, declaró el premier. Una opinión en la que coinciden hoy el 60% de los británicos. Los laboristas podrían incorporar a su próximo programa electoral un posible referéndum de vuelta. En todo caso, esa eventual consulta todavía deberá esperar.

Invertir en Europa. El Gobierno español quiso aprovechar los decretos sobre vivienda para incluir la creación de una nueva cuenta bancaria con ventajas fiscales para animar a los ahorradores a invertir su dinero en compañías europeas, una iniciativa pactada con Alemania, Estonia, Francia, Luxemburgo, Países Bajos y Portugal. El nuevo instrumento debía llamarse Cuenta de Ahorro e Inversión Financia Europa, con un límite máximo de aportaciones de 150.000 euros. A través de esta cuenta, su titular debía poder comprar y vender activos sin tributar por ello en el IRPF durante el plazo de permanencia, de cinco años. Una vez extraído el dinero, la ganancia estaría libre de impuestos hasta un límite de 10.000 euros (por encima, habría una bonificación fiscal del 20%) y los dividendos obtenidos sí tributarían por IRPF. La no validación, ayer, de los decretos de vivienda obligará a recuperar la medida por otra vía.

Groenlandia, premio Vanguardia. El premio Vanguardia Internacional de este año ha recaído en el primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, por su serenidad y entereza a la hora de defender la soberanía de la isla ártica -territorio autónomo perteneciente al Reino de Dinamarca- frente a los apetitos territoriales expresados por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. En una entrevista con La Vanguardia, Nielsen (Nuuk, 1991) se mostró confiado en el futuro tras la firma del acuerdo de defensa firmado con Washington, que en principio pone fin al litigio y que autoriza a EE.UU. a levantar dos nuevas bases militares en Groenlandia, así como restringe la presencia de potencias extranjeras ajenas a la OTAN. “La posibilidad de poder mirar hacia el futuro y decidir por nosotros mismos es lo que más importa ahora”, declaró aliviado.