domingo, 28 de junio de 2026

Trump, enfangado


'Visión periférica'

A Estados Unidos le costó veinte años, 58.000 muertos, 150.000 millones de dólares de la época y cinco presidentes darse cuenta de que la de Vietnam (1955-1975) era una guerra que no conducía a ninguna parte y que no podía ganar. Donald Trump ha tardado mucho menos en llegar a la conclusión de que la guerra lanzada con Israel contra Irán estaba abocada al fracaso. Entre los primeros bombardeos, el 28 de febrero, y la firma del memorándum de entendimiento entre ambos países, rubricado por el presidente de EE.UU. en el palacio de Versalles el 17 de junio, han pasado tres meses y medio. La rapidez en activar el freno es la única decisión que cabe apuntar en el haber de Trump. En el debe, en cambio, la lista es interminable.

Embrujado por las promesas del primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu, de una victoria rápida y fácil que desembocaría en el colapso inmediato del régimen iraní, Trump se embarcó en una guerra mal planificada y sin objetivos claramente definidos, de la que además no había calibrado las consecuencias (el bloqueo del estrecho de Ormuz cogió aparentemente por sorpresa a la Casa Blanca)

EE.UU. ha arruinado su capital político entre sus aliados del Golfo, a los que no ha sido capaz de proteger

Lo que mal empieza raramente acaba bien. Y el resultado está a la vista: el régimen de los ayatolás no solo no ha caído, sino que la guerra ha reforzado a los sectores más radicales vinculados a la Guardia Revolucionaria. Y, aunque muy fuertemente castigado y con la economía por los suelos, el país mantiene gran parte de su arsenal de misiles y drones, así como el uranio enriquecido con el que podría reactivar su programa nuclear. Al final, el estrangulamiento de Ormuz –por donde transitaba antes de la guerra un 20% del petróleo y el gas mundiales– y su impacto sobre la economía global, así como sobre la inflación en EE.UU., ha acabado siendo lo que ha forzado a Trump a ceder.

El memorándum de acuerdo firmado con Irán ha sido percibido como una capitulación por la propia derecha estadounidense y ha causado una honda irritación en Israel, que lo ve como una traición (Netanyahu ha intentado socavarlo manteniendo su ofensiva militar en Líbano, a costa de llevar la relación con Washington a su momento más bajo). La opinión de los analistas es devastadora: la guerra de Irán ha sido, a juicio de Ian Bremmer, presidente del Eurasia Group, “el peor error de política exterior de EE.UU. desde la guerra de Irak” y para el politólogo Paul Musgrave, profesor de la Universidad de Georgetown en Qatar, “una derrota estratégica mayor que la de Vietnam”.

Unos operarios tratan de retirar algas del estanque del Lincoln Memorial en Washington
Unos operarios tratan de retirar algas del estanque del Lincoln Memorial en WashingtonJacquelyn Martin / Ap-LaPresse

Por el camino, EE.UU. ha arruinado su capital político entre sus aliados del Golfo –Arabia Saudí, Emiratos, Baréin, Qatar, Kuwait–, que han visto cómo eran víctimas de las represalias iraníes sin que Washington fuera capaz de protegerles.

Se mire por donde se mire, de entre los 14 puntos del memorándum la reapertura de Ormuz es el único logro de EE.UU., algo que difícilmente se puede presentar como una hazaña si se tiene en cuenta que antes de la guerra no había bloqueo alguno y el tránsito era totalmente libre.

El pacto, por el cual ambas partes se dan un plazo de 60 días para negociar un acuerdo de paz definitivo, prevé asimismo el fin del bloqueo norteamericano en el golfo de Omán, la creación de un fondo de 300.000 millones de dólares para la reconstrucción de Irán, el levantamiento gradual de las sanciones, la autorización para exportar el petróleo iraní y el acceso de Teherán a sus activos congelados.

Irán se compromete a no desarrollar ni comprar armas atómicas, pero la cuestión de su programa nuclear y del uranio queda pendiente de las negociaciones. Del memorándum han desaparecido dos de las cuestiones que antes aparecían como fundamentales: la limitación del arsenal balístico iraní y su apoyo a la miríada de milicias chiíes de la región (Hizbulah, Hamas y los hutíes yemeníes). ¿Se parece esto en algo a una rendición incondicional?

De momento, los primeros pasos de la negociación, conducida en Lucerna (Suiza) por el vicepresidente J.D Vance, confirman las primeras impresiones: Washington ha levantado por 60 días el veto a las exportaciones de petróleo y, según Teherán, serán descongelados 12.000 millones de dólares de sus fondos.

A cambio, Vance aseguró que el Gobierno iraní ha aceptado el retorno de los inspectores internacionales para controlar su programa nuclear. Este extremo, que Vance presentó como un “hito”, es lo que ya existía con el acuerdo de 2015 patrocinado por Barack Obama y que Trump no ha cesado de deplorar como el “peor acuerdo jamás suscrito EE.UU.”. Cuando Trump lo rompió unilateralmente en 2018, Irán restringió el acceso de los inspectores y les cerró definitivamente las puertas a raíz del ataque israelo-norteamericano de junio del 2005 contra sus plantas nucleares. Volvemos a la casilla de salida.

Mientras tanto, el presidente de EE.UU. parece absorbido por un asunto menor, casi ridículo, que ilustra a la perfección su modo de gobernar. Se trata de las obras de reforma del gran estanque reflectante del Lincoln Memorial de Washington. Tras acusar repetidamente a sus predecesores de haber dejado que la lámina de agua se echara a perder, ordenó vaciar el estanque y pintar el fondo de color “azul bandera americana”. Las obras, encargadas a la empresa de un donante de su campaña, han acabado costando un dineral –14,2 millones de dólares, según The   New York Times – y la reforma se ha revelado un fiasco: a causa del fondo oscuro, el agua se calienta más rápido y enseguida han empezado a proliferar algas que la han dejado de color verde. Lejos de admitir error alguno, Trump ha atribuido el desastre a acciones vandálicas de “lunáticos de la izquierda radical, muy probablemente demócratas”. En el caso de Irán aún no lo ha hecho. Al tiempo.

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