'Visión periférica'
Olviden todo lo que han visto en fotos y películas sobre las
dos guerras mundiales. Olviden los combates cuerpo a cuerpo, los
enfrentamientos de tanques. Hoy los drones reinan en el campo de batalla, donde
los soldados son cazados por máquinas.
A veces, un gesto desesperado puede salvarte la vida. Le
sucedió a un soldado ruso en el frente de Bajmut (Ucrania) hace tres años.
Desde entonces, el vídeo ha dado miles de veces la vuelta al mundo. Cazado por
un dron ucraniano en la trinchera donde se había refugiado, el militar
aprovecha los escasos segundos que le quedan antes de ser abatido para
dirigirse a la máquina tratando de comunicar su voluntad de rendirse. A
kilómetros de allí, el operador del dron, perteneciente a la 92ª Brigada de
Asalto del ejército ucraniano –cuya unidad de drones es conocida como Code
9.2–, se apiada y decide perdonarle la vida.
No es el desenlace habitual en la cruel guerra que enfrenta
a Rusia y Ucrania desde marzo del 2022. Los drones de uno y otro lado que
sobrevuelan por miles el frente de batalla aniquilan sistemáticamente a todos
los soldados que detectan abandonando sus refugios subterráneos y quedando al
descubierto. Los vídeos difundidos regularmente por Code 9.2 –y por otras
fuentes similares– no dejan lugar a la duda. Ni a la esperanza. En la línea del
frente, que ya no es una línea sino una franja variable de hasta 30 kilómetros
de profundidad donde las posiciones de ambos ejércitos son cambiantes y
difusas, no se mueve una mosca sin que el enemigo se entere. Y quien entra ahí
puede darse prácticamente por muerto. Se la conoce como la “zona de la muerte” o la “zona de exterminio”. A elegir.
La guerra de Ucrania ha cambiado radicalmente el concepto de
la guerra que se tenía hasta ahora. El combate entre soldados, por ejemplo,
prácticamente ha desaparecido: ahora es el hombre contra la máquina, que es la
que provoca la inmensa mayoría de las bajas. Las nuevas tecnologías han
introducido nuevas coordenadas y la utilización masiva de drones –un arma
barata y tremendamente efectiva–, tanto para vigilar como para atacar al
enemigo, ha convertido más que nunca a la infantería en carne de cañón, mientras
ha limitado notablemente la efectividad de los carros de combate o de la fuerza
aérea. Cualquier concentración de tropas –no digamos ya de blindados– es
rápidamente detectada, cualquier maniobra sorpresa es imposible. “En las nuevas
guerras de drones, los campos de batalla parecen haberse vuelto transparentes”,
constata el coronel Ignacio Fuente Cobo, analista del Instituto Español de
Estudios Estratégicos (IEEE), dependiente del Ministerio de Defensa.
Hay drones de todos tipos y tamaños, muchos de ellos
gobernados por cable de fibra óptica –con un radio máximo de 20 kilómetros–
para evitar las interferencias enemigas. Drones de vigilancia, drones de ataque
que persiguen a los soldados individuales, drones contra blindados, drones
interceptores de drones, drones de largo alcance, guiados con tarjetas SIM que
aprovechan la red de telefonía local, como han hecho los ucranianos en Rusia.
Hay drones –o quizá sería mejor llamarlos robots– terrestres, utilizados para
enviar suministros a las unidades durante la noche y evacuar a los heridos, y
drones marítimos, como los utilizados contra buques en el Mar Negro. Muy pocos
drones ante los que poder rendirse...
El resultado es el relativo estancamiento del frente en el
Este de Ucrania, en una situación que recuerda mucho a la de la Primera Guerra
Mundial pero sin trincheras. O mejor dicho, sin que se sepa exactamente en qué
trinchera está cada cual. “La guerra de Ucrania está transformando el carácter
de la guerra de una manera tan profunda que las enseñanzas extraídas en los
niveles estratégico, operacional y táctico se harán sentir en los conflictos
futuros”, apunta Fuente Cobo en un informe sobre el curso del conflicto en 2025
publicado por el IEEE.
Pero no es solo el curso de la guerra lo que está cambiando
en Ucrania, donde las nuevas tecnologías parecen favorecer al que defiende,
aunque sea manifiestamente más débil. Tampoco las tácticas militares –que ahora
priman las operaciones de infiltración con pequeñas unidades–. Es el carácter
mismo de la guerra lo que está cambiando. Y de sus actores principales.
El uso de drones no es nuevo, empezaron a utilizarse ya en
la guerra civil de Libia en el 2020. Un informe remitido al año siguiente al
Consejo de Seguridad de la ONU –del que
se hizo eco esta sección– informaba de cómo fuerzas del mariscal Jalifa Haftar
en retirada fueron atacadas por las tropas gubernamentales con enjambres de
drones de fabricación turca: “Los sistemas de armas autónomas letales se
programaron para atacar objetivos sin requerir la conectividad de datos entre
el operador y la munición”. Esto es, sin ninguna decisión humana de por medio.
Si esto era así ya hace seis años, la incorporación de la
inteligencia artificial (IA) ha significado un salto exponencial. El ejército
ucraniano utiliza hoy, por ejemplo, la plataforma de software Prisma,
desarrollada por Palantir (del tecnooligarca estadounidense Peter Thiel), para
procesar datos del frente en tiempo real y coordinar ataques de drones a gran
escala. ¿Acabarán los campos de batalla convirtiéndose en el escenario de un
combate de máquinas contra máquinas?
De momento, en las trincheras siguen enfrentándose a la
muerte los soldados de a pie. Nuestro compañero Francesc Bracero recogía días
atrás la advertencia de la directora del Centro de Excelencia de Mando y
Control de la OTAN, coronel Mietta Groneveld, sobre el uso de drones guiados de
forma autónoma con IA, que calificó de “paso aterrador”. Si el dron de Code 9.2
del que hablábamos al principio de este artículo hubiera estado gobernado por
la IA en lugar de por una persona, el soldado ruso habría muerto en el acto.
Los robots no sienten compasión.

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