domingo, 14 de junio de 2026

Atrapados en la ‘zona de la muerte’

'Visión periférica' 

Olviden todo lo que han visto en fotos y películas sobre las dos guerras mundiales. Olviden los combates cuerpo a cuerpo, los enfrentamientos de tanques. Hoy los drones reinan en el campo de batalla, donde los soldados son cazados por máquinas.

 

A veces, un gesto desesperado puede salvarte la vida. Le sucedió a un soldado ruso en el frente de Bajmut (Ucrania) hace tres años. Desde entonces, el vídeo ha dado miles de veces la vuelta al mundo. Cazado por un dron ucraniano en la trinchera donde se había refugiado, el militar aprovecha los escasos segundos que le quedan antes de ser abatido para dirigirse a la máquina tratando de comunicar su voluntad de rendirse. A kilómetros de allí, el operador del dron, perteneciente a la 92ª Brigada de Asalto del ejército ucraniano –cuya unidad de drones es conocida como Code 9.2–, se apiada y decide perdonarle la vida.

No es el desenlace habitual en la cruel guerra que enfrenta a Rusia y Ucrania desde marzo del 2022. Los drones de uno y otro lado que sobrevuelan por miles el frente de batalla aniquilan sistemáticamente a todos los soldados que detectan abandonando sus refugios subterráneos y quedando al descubierto. Los vídeos difundidos regularmente por Code 9.2 –y por otras fuentes similares– no dejan lugar a la duda. Ni a la esperanza. En la línea del frente, que ya no es una línea sino una franja variable de hasta 30 kilómetros de profundidad donde las posiciones de ambos ejércitos son cambiantes y difusas, no se mueve una mosca sin que el enemigo se entere. Y quien entra ahí puede darse prácticamente por muerto. Se la conoce como la “zona de la muerte”  o la “zona de exterminio”. A elegir.

La guerra de Ucrania ha cambiado radicalmente el concepto de la guerra que se tenía hasta ahora. El combate entre soldados, por ejemplo, prácticamente ha desaparecido: ahora es el hombre contra la máquina, que es la que provoca la inmensa mayoría de las bajas. Las nuevas tecnologías han introducido nuevas coordenadas y la utilización masiva de drones –un arma barata y tremendamente efectiva–, tanto para vigilar como para atacar al enemigo, ha convertido más que nunca a la infantería en carne de cañón, mientras ha limitado notablemente la efectividad de los carros de combate o de la fuerza aérea. Cualquier concentración de tropas –no digamos ya de blindados– es rápidamente detectada, cualquier maniobra sorpresa es imposible. “En las nuevas guerras de drones, los campos de batalla parecen haberse vuelto transparentes”, constata el coronel Ignacio Fuente Cobo, analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), dependiente del Ministerio de Defensa.

Hay drones de todos tipos y tamaños, muchos de ellos gobernados por cable de fibra óptica –con un radio máximo de 20 kilómetros– para evitar las interferencias enemigas. Drones de vigilancia, drones de ataque que persiguen a los soldados individuales, drones contra blindados, drones interceptores de drones, drones de largo alcance, guiados con tarjetas SIM que aprovechan la red de telefonía local, como han hecho los ucranianos en Rusia. Hay drones –o quizá sería mejor llamarlos robots– terrestres, utilizados para enviar suministros a las unidades durante la noche y evacuar a los heridos, y drones marítimos, como los utilizados contra buques en el Mar Negro. Muy pocos drones ante los que poder rendirse...

El resultado es el relativo estancamiento del frente en el Este de Ucrania, en una situación que recuerda mucho a la de la Primera Guerra Mundial pero sin trincheras. O mejor dicho, sin que se sepa exactamente en qué trinchera está cada cual. “La guerra de Ucrania está transformando el carácter de la guerra de una manera tan profunda que las enseñanzas extraídas en los niveles estratégico, operacional y táctico se harán sentir en los conflictos futuros”, apunta Fuente Cobo en un informe sobre el curso del conflicto en 2025 publicado por el IEEE.

Pero no es solo el curso de la guerra lo que está cambiando en Ucrania, donde las nuevas tecnologías parecen favorecer al que defiende, aunque sea manifiestamente más débil. Tampoco las tácticas militares –que ahora priman las operaciones de infiltración con pequeñas unidades–. Es el carácter mismo de la guerra lo que está cambiando. Y de sus actores principales.

El uso de drones no es nuevo, empezaron a utilizarse ya en la guerra civil de Libia en el 2020. Un informe remitido al año siguiente al Consejo de Seguridad de la ONU  –del que se hizo eco esta sección– informaba de cómo fuerzas del mariscal Jalifa Haftar en retirada fueron atacadas por las tropas gubernamentales con enjambres de drones de fabricación turca: “Los sistemas de armas autónomas letales se programaron para atacar objetivos sin requerir la conectividad de datos entre el operador y la munición”. Esto es, sin ninguna decisión humana de por medio.

Si esto era así ya hace seis años, la incorporación de la inteligencia artificial (IA) ha significado un salto exponencial. El ejército ucraniano utiliza hoy, por ejemplo, la plataforma de software Prisma, desarrollada por Palantir (del tecnooligarca estadounidense Peter Thiel), para procesar datos del frente en tiempo real y coordinar ataques de drones a gran escala. ¿Acabarán los campos de batalla convirtiéndose en el escenario de un combate de máquinas contra máquinas?

De momento, en las trincheras siguen enfrentándose a la muerte los soldados de a pie. Nuestro compañero Francesc Bracero recogía días atrás la advertencia de la directora del Centro de Excelencia de Mando y Control de la OTAN, coronel Mietta Groneveld, sobre el uso de drones guiados de forma autónoma con IA, que calificó de “paso aterrador”. Si el dron de Code 9.2 del que hablábamos al principio de este artículo hubiera estado gobernado por la IA en lugar de por una persona, el soldado ruso habría muerto en el acto. Los robots no sienten compasión.

 

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