lunes, 10 de agosto de 2026

Europa naufraga en el Estrecho

'Visión periférica'

A diferencia de lo que sucedió con la oleada migratoria sufrida por Polonia en 2021, la avalancha de 72.000 personas sobre Ceuta, en lugar de suscitar la unidad y solidaridad de la UE, ha mostrado las divisiones y miserias europeas.


Noviembre de 2021. La frontera entre Polonia y Bielorrusia se convierte en un coladero. El régimen del dictador bielorruso Alexander Lukashenko –aliado-vasallo de la Rusia de Vladímir Putin– lanza contra la Unión Europea a decenas de miles de inmigrantes y refugiados procedentes de Irak y Siria, con engaños y en viajes organizados, en una clara maniobra de desestabilización. En ese momento no se sabe aún, pero Moscú está preparando ya la invasión de Ucrania para cuatro meses después.

Unas 40.000 personas acabarían entrando en Europa en 2021 a través de los bosques del este de Polonia, antes de que Varsovia tuviera tiempo de levantar una valla a lo largo de la frontera y enviar refuerzos para frenar la avalancha. El suceso suscitó la solidaridad unánime de la UE y la OTAN, que denunciaron un acto de guerra híbrida de Rusia y sus aliados contra Europa. A nadie se le ocurrió responsabilizar de ello al Gobierno polaco de la época, del ultraconservador partido de Jarosław Kaczyński, Ley y Justicia (PiS)

Algunos países cercanos intensificaron en aquel momento el control de las fronteras interiores, pero ningún gobierno suspendió oficialmente la aplicación del tratado de libre circulación de Schengen (aunque lo cierto es que  desde que en el 2015 la canciller Angela Merkel decidió abrir de par en par las fronteras de Alemania a un millón de refugiados sirios, una decena de países realizaban ya –y aún lo hacen– controles fronterizos aleatorios)

Cinco años después de los sucesos de Polonia, el asalto a la frontera hispano-marroquí de Ceuta por 72.000 migrantes en apenas 48 horas –la mayoría de los cuales ha sido ya devuelto al otro lado– ha suscitado reacciones muy diferentes y revelado las fracturas que amenazan la cohesión de la UE. Nadie, absolutamente nadie –ni el Gobierno español ni ninguno de los gobiernos europeos, ni la Comisión Europea–, se ha atrevido a señalar con el dedo a Marruecos, responsable por acción u omisión de lo sucedido. Han preferido mirar hacia otro lado –demasiados intereses en juego– y, en su lugar, lanzarse a vergonzosos ajustes de cuentas políticos internos, antes de dar marcha atrás en la reunión de ministros europeos del Interior del pasado martes. Por su parte, la OTAN  ha guardado un espeso silencio.

Tres países, Italia, Dinamarca y Finlandia, encabezaron el ataque contra el Gobierno español, al que culparon de la crisis de Ceuta por su política migratoria. Al frente de la manifestación se destacaron la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, líder del posfascista Hermanos de Italia, y la premier danesa, Mette Frederiksen –dirigente socialdemócrata partidaria de una línea dura próxima a la de la ultraderecha–, quienes plantearon que se valorara excluir a España del espacio Schengen. Un total de 22 países firmaron una beligerante carta en este sentido e Italia empezó a controlar a los españoles.

Solo cuatro gobiernos europeos se excluyeron de la maniobra. Dejando a un lado Irlanda –obligada a ser neutral por ostentar la presidencia semestral de la Unión–, únicamente se desmarcaron Francia, Luxemburgo y Portugal. El Gobierno francés denunció que la polémica carta “tenía como objetivo principal instrumentalizar la oleada migratoria en Ceuta en contra del Gobierno español”.

“La respuesta de los líderes nacionales [europeos] a Ceuta fue desinformada y egoísta, lo que debilitó la unidad europea y proporcionó a los enemigos de Europa precisamente la narrativa que buscaban”, ha advertido Alberto Alemanno, profesor de Derecho europeo en la HEC de París y el Colegio de Europa de Brujas.

 La derecha y la extrema derecha europeas, cada vez más indistinguibles en su insomne competición por captar el voto del miedo al extranjero en sus respectivos países, se han lanzado a degüello contra el presidente español, el díscolo Pedro Sánchez,  a quien acusan de haber alentado un supuesto “efecto llamada” con la actual regularización masiva de inmigrantes.

La realidad, sin embargo, contradice  este discurso tremendista. Según datos frescos de la agencia europea Frontex, en el primer semestre de este año las entradas irregulares de inmigrantes por la ruta del Mediterráneo central –esto es, a través de la estricta Italia– alcanzaron la cifra de 14.340, un número superior al de las llegadas registradas en la laxa España (11.574) a través de la ruta del Mediterráneo occidental y la de Canarias. Lo mismo sucedió en el conjunto de 2025: Italia encajó 66.328 inmigrantes irregulares por 36.683 España. Mal que le pese a Meloni.

Mientras los europeos ofrecen al resto del mundo el penoso espectáculo de su división, Marruecos ha vuelto a demostrar su enorme capacidad de desestabilización. Tras la anterior oleada migratoria sobre Ceuta, en  mayo del 2021 –más limitada, fueron 10.000 personas–, logró que Madrid se sumara a sus tesis sobre el Sahara Occidental. Orquestada o solamente aprovechada de forma oportunista, veremos en qué desemboca la crisis actual.

En cualquier caso, si Marruecos se muestra tan desenvuelto con la UE –su principal socio comercial y el mayor agente inversor exterior en el país–, es porque se ha  consolidado como un aliado  protegido de Estados Unidos. La relación entre Rabat y Washington se ha estrechado especialmente con Donald Trump (incorporación de Marruecos a los Acuerdos de Abraham con Israel, revalorización geoestratégica en un contexto de enfriamiento con Europa) y en el mundo MAGA hay ya quien avala las reivindicaciones territoriales de Rabat sobre Ceuta y Melilla.

Pero la alianza entre EE.UU. y el reino alauí viene de lejos. Marruecos fue el primer país africano en firmar con Washington un acuerdo bilateral comercial en el 2004, estando George W. Bush, que le concedió también el estatuto de aliado preferente. La cercanía entre ambos países se puso  en evidencia durante la crisis de Perejil, en julio del 2002, cuando Marruecos retó a España invadiendo ese disputado islote del Estrecho y provocando la intervención militar española. El entonces presidente José María Aznar se quedó solo también en aquel envite, con la UE y la OTAN mirando hacia otro lado –si no criticando a España–, y EE.UU. presionándole, a través del secretario de Estado Colin Powell, para que retirara sus tropas.

Los años pasan. Marruecos mantiene su rumbo. Y la UE sigue naufragando.

 

 

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