Newsletter 'Europa'
Ucrania,
que ha entrado en el quinto año de guerra, puede entrar en quiebra si Budapest
no levanta su veto a la ayuda de la UE
Budapest trae
ingratos recuerdos a los ucranianos. Allí se firmó, el 5 de diciembre de 1994,
el Memorándum por el cual Ucrania cedió a Rusia todo el arsenal nuclear que la
extinta Unión Soviética había estacionado en su territorio -unas 3.000 cabezas atómicas-
a cambio de garantías sobre su seguridad y respeto a su soberanía e integridad
territorial. El acuerdo, que lleva el nombre de la capital húngara, fue firmado
por ambos países y por otros dos que actuaron como garantes, Estados Unidos y
el Reino Unido (a los que luego se sumaron China y Francia). Como la Historia
ha demostrado, fue papel mojado. Y no son pocos quienes piensan hoy que aquella
cesión fue un suicidio.
Ucrania ha
entrado en el quinto año de guerra -el pasado martes, 24 de febrero, se
cumplieron cuatro años de la invasión rusa- sabiendo, pues, que los compromisos
de Moscú no valen nada y las garantías de seguridad de Washington, apenas. Lo
que hace que las actuales negociaciones para un eventual alto el fuego -promovidas
por el presidente de EE.UU., Donald Trump, y lastradas por las exigencias
maximalistas del presidente ruso, Vladímir Putin- se parezcan a un juego de engaños.
Moscú hace ver que quiere la paz pero solo busca ganar tiempo. Y Kyiv lo sabe. Convertida
en una guerra de desgaste, que se ha cobrado ya la vida de al menos 450.000
soldados (las dos terceras partes, rusos) según cálculos del Center for
Strategic and International Studies (CSIS), y de 15.000 civiles, según la ONU, el
conflicto tiene los visos de alargarse indefinidamente.
Hoy por
hoy, ninguno de los dos contendientes parece en disposición de imponerse de
forma incontestable en el campo de batalla. Rusia tiene el ejército más
numeroso y potente, pero sus avances sobre el terreno son extremadamente lentos
y exiguos, y empieza a tener problemas de reclutamiento. Ucrania, que ha
demostrado una gran resiliencia y habilidad para afrontar al agresor, es más
débil y está en peores condiciones, pero sigue resistiendo con tenacidad y no
piensa rendirse. Como le expresó a nuestro compañero Xavier Mas de Xaxàs un
joven capitán ucraniano en el frente de Kramatorsk: “Vamos a luchar hasta la
derrota definitiva”. Todo indica, pues, que la guerra no terminará hasta que
uno de los dos bandos desfallezca.
La
resistencia de Ucrania, hoy más que nunca, depende de Europa. Los EE.UU. de
Trump, tan comprensivos y conciliadores con el agresor ruso, han dejado de
enviar ayuda a Kyiv y las armas que suministra son las que previamente han
comprado -y pagado- los europeos. La UE consiguió, tras arduas negociaciones,
un frágil acuerdo en diciembre pasado para habilitar -mediante una emisión de
deuda conjunta- un crédito de 90.000 millones de euros para seguir financiando a
Kyiv en 2026 y 2027. Acordado por los jefes de Estado y de gobierno de los 27 -a
cambio de recurrir al mecanismo de cooperación reforzada y eximir de todo
compromiso a los más renuentes: Hungría, Eslovaquia y la República Checa-, el
crédito es fundamental para la supervivencia de Ucrania, que de no recibir el
dinero en abril podría entrar en bancarrota.
En estas
dramáticas circunstancias, y cuando ya solo quedaban pasos de trámite para aplicar
el acuerdo, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ha decidido vetarlo (así
como la aprobación del 20º paquete de sanciones contra Moscú, que esta vez incluía
medidas para ahogar el transporte de petróleo ruso por el mar Báltico, negando
a sus barcos todo servicio en sus puertos). No es la primera vez que Orbán,
amigo declarado de Putin, veta o retrasa la ayuda a Ucrania. Pero esta vez ha
sido recibido por sus homólogos europeos como una puñalada por la espalda. Y dejó
en mala postura al presidente del Consejo Europeo, António Costa, y la
presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que viajaron el martes
a Kyiv -en el aniversario del inicio de la guerra- con las manos vacías.
Las relaciones
entre Ucrania y Hungría nunca han sido fáciles. La existencia de una importante
minoría húngara en la provincia suroccidental ucraniana de Transcarpatia -que históricamente
había pertenecido al Reino de Hungría- ha sido foco recurrente de tensiones
entre el gobierno ultranacionalista de Budapest y el de Kyiv. Pero ha sido la
guerra desencadenada por Putin hace cuatro años contra Ucrania -en la que Orbán
ha tomado partido por Moscú- la que ha emponzoñado definitivamente las cosas.
En este tiempo, Hungría se ha dedicado a poner palos en las ruedas
continuamente en la UE, condicionando o retrasando las ayudas a Kyiv y las
sanciones contra Moscú.
La razón esgrimida
por el primer ministro húngaro para justificar su último veto es la
interrupción del suministro de petróleo a través del oleoducto Druzhba (“Amistad”),
que conduce a través de Ucrania crudo ruso hacia Hungría y Eslovaquia. Este
último país, que dirige un aliado de Orbán, Robert Fico, ha amenazado a su vez
a Kyiv con cortarle el suministro de electricidad de emergencia como represalia.
Según el gobierno ucraniano, la interrupción en el envío de petróleo no ha sido
un capricho sino producto de los daños causados en el oleoducto el mes pasado por
un ataque ruso, aún no reparados. Pero ni Budapest ni Bratislava lo creen y
sospechan que detrás del corte hay una intención política. Orbán y Fico
acordaron el viernes constituir un comité conjunto para investigar la veracidad
de las alegaciones ucranianas.
(La UE tiene
el objetivo de reducir gradualmente la importación de petróleo ruso hasta
cortarla definitivamente a finales del 2027, pero mientras tanto sigue gastando
20.000 millones anuales en ello, en gran medida debido a las compras húngaras y
eslovacas.)
En un
mensaje a través de la red social X el jueves, Viktor Orbán lanzó duros ataques
contra el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, a quien acusó de practicar
una “política antihúngara” y de maniobrar “con Bruselas y la oposición húngara”
para “llevar al poder a un gobierno proucraniano en Hungría”. Paralelamente, ordenó
el despliegue del ejército en instalaciones energéticas clave sugiriendo que,
tras bloquear el oleoducto, los ucranianos podrían estar preparando sabotajes.
La
sobreactuación de Orbán tiene una explicación: el próximo 12 de abril Hungría
celebra elecciones legislativas y, por primera vez desde el 2010, el primer
ministro húngaro se enfrenta al serio riesgo de perder el poder. Su principal
rival, Péter Magyar, un antiguo aliado suyo en el Fidesz, al frente hoy del
partido Tisza (Respeto y Libertad), está consiguiendo con un discurso
proeuropeo y anticorrupción concentrar el voto de oposición hasta el punto de
que los sondeos de opinión independientes le otorgan 10 puntos de ventaja.
Acorralado, Orbán trata desesperadamente de cambiar la tendencia con un
discurso tremendista, presentando a Hungría como un país en situación de
emergencia atacado desde el exterior y para el que la verdadera amenaza no vendría
de Moscú sino de Bruselas.
Un
eventual relevo político en Budapest tendría un enorme impacto político en
Europa y más allá. La derrota de Orbán rompería la progresión de las fuerzas
políticas de corte autoritario e iliberal en la Europa del Este -que ya
obtuvieron una primera derrota en Polonia en 2023-, privaría a la extrema
derecha nacionalista de uno de sus líderes clave, daría un respiro a Ucrania y
sería una sonora bofetada para los planes políticos de EE.UU. en el continente,
que pasan por erosionar a la UE desde dentro promoviendo a las fuerzas
soberanistas y ultraconservadoras. Hace diez días, en plena campaña electoral,
el secretario de Estado, Marco Rubio, viajó a Budapest para explicitar su apoyo
a Orbán: “El presidente Trump está profundamente comprometido con su éxito, porque
su éxito es nuestro éxito”, declaró. Fácil deducir que significaría su derrota…
Mientras
tanto, los 27 están desplegando toda su diplomacia y buscando todos los
resquicios legales posibles para levantar cuanto antes el veto de Hungría.
Porque el 12 de abril está cerca, pero para Ucrania puede ser demasiado tarde.
APUNTES
Aranceles:
donde dije 15, digo 10.
Después del severo correctivo infligido por el Tribunal Supremo de Estados
Unidos a Donald Trump al anular la mayoría de los aranceles aprobados en el
llamado Día de la Liberación (por utilizar una vía legal inapropiada),
el presidente norteamericano clamó revancha y -acogiéndose a otra norma-
anunció nuevos aranceles generales a todo el mundo del 10%. Eso era el viernes
de la semana pasada. Al día siguiente, sábado, le parecieron poco y anunció que
subía al 15%, lo que al sumarse a tarifas ya existentes suponía de facto una
vulneración del acuerdo comercial de Turnberry, alcanzado con la UE en Escocia
en junio de 2025. Bruselas pidió explicaciones a Washington y el Parlamento
Europeo decidió este lunes suspender temporalmente el proceso de ratificación
del acuerdo. Pero una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace -sobre todo,
con Trump- y, al final, en el decreto los aranceles -vigentes hasta el 24 de
julio- se quedaron en el 10% inicial.
Mercosur,
de entrada sí. Ursula
von der Leyen comunicó ayer la decisión de la Comisión Europea de aplicar
provisionalmente el acuerdo comercial firmado con los países del Mercosur
(Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), una vez que el primero y el último ya
lo ha ratificado oficialmente y a pesar de que el Parlamento Europeo rechazó
aprobarlo e impugnarlo ante los tribunales europeos. Varios países, con
Alemania a la cabeza -enormemente inquieta por el retroceso de sus
exportaciones-, presionaban en este sentido, en contra de la oposición de los
más renuentes, como Francia. Emmanuel Macron, lamentó públicamente la decisión
de la presidenta del Ejecutivo comunitario: “Para Francia, es una sorpresa, una
mala sorpresa, y para el Parlamento Europeo, es una falta de respeto”, declaró
el presidente francés.
Urnas mirando
al Ártico. Desde
que regresó a la Casa Blanca hace un año, Europa gira en gran medida en torno a
los caprichos de Donald Trump. Y no sólo los arancelarios. La primera ministra
danesa, la socialdemócrata Mette Frederiksen, anunció el jueves su decisión de
adelantar unos meses las elecciones legislativas -previstas para el mes de
octubre a más tardar- y convocar a los ciudadanos a las urnas el próximo 24 de
marzo, argumentando que el panorama internacional ha cambiado y el país ha de
prepararse para afrontar nuevos retos. El apetito de Trump por hacerse con la
“propiedad” de la isla ártica de Groenlandia -perteneciente a la corona danesa-,
hasta el punto de llegar amenazar con tomarla por la fuerza antes de conceder
una inestable tregua, está detrás de esta decisión. Como también lo está de la
convocatoria en Islandia -que teme ser la siguiente en la lista de Washington-
de un referéndum para decidir si reanudan las conversaciones para la adhesión
del país a la UE, que Reikiavik abandonó en 2013. Así lo anunció el mismo jueves
la primera ministra islandesa, la también socialdemócrata Kristrun Frostadottir,
quien avanzó que la consulta se celebrará en los próximos meses. Las cosas se
mueven cerca del Círculo Polar.
A
vueltas con los embajadores.
En el boletín de la semana pasada repasábamos los conflictos y polémicas que
-combativos trumpistas- están creado los nuevos embajadores de EE.UU. con sus
-teóricos- aliados europeos. El representante diplomático de Washington en
París, el consuegrísimo Charles Kushner, ya protagonizó un incidente el
año pasado, al atacar al gobierno francés por su presunta inacción contra el
antisemitismo. Esta vez, Kushner ha desairado al ministerio francés de Asuntos
Exteriores al desoír una convocatoria del Quai d’Orsay para protestar por las
declaraciones de la Administración Trump tras el asesinato de un militante
ultraderechista a manos de extremistas de izquierda en Lyon. Vulnerando todos
los usos diplomáticos, el embajador no acudió, a consecuencia de lo cual el
ministerio ha decidido cerrarle todo contacto con funcionarios del Gobierno
francés.

No hay comentarios:
Publicar un comentario