'Visión periférica'
La guerra desatada contra Irán confirma la determinación de Donald Trump de utilizar la fuerza militar contra quien quiera, cuando quiera y por la razón que quiera, en todo el mundo y al margen de toda legalidad nacional e internacional.
Afortunadamente, los días en que Oriente Medio dominaba la
política exterior estadounidense (...) han quedado atrás, no porque Oriente
Medio ya no importe, sino porque ya no es la constante molestia ni la fuente
potencial de catástrofe inminente que alguna vez fue”. Nadie diría, viendo el
caos que han desatado Estados Unidos e Israel con su guerra contra Irán, que
estas palabras figuraban en la reciente Estrategia de Seguridad Nacional de
EE.UU., aprobada el pasado mes de noviembre.
Que, más allá de las preocupaciones históricas –garantizar
el suministro de gas y petróleo, la navegabilidad del estrecho de Ormuz y la
seguridad de Israel–, Oriente Medio aparecía relegado en las prioridades del
Departamento de Estado y de la Casa Blanca lo confirma el hecho de que apenas
merecía una página y media de las 29 que tiene el documento (preámbulo
autolaudatorio del presidente Donad Trump aparte). Solo África recibía menos
atención. En la misma línea, la referencia al régimen de Teherán no podía ser
más escueta y tranquilizadora: “Irán, la principal fuerza desestabilizadora de
la región, se ha visto muy debilitado por las acciones israelíes desde el 7 de
octubre de 2023 y la Operación Martillo de Medianoche del presidente Trump en
junio de 2025, que degradó significativamente el programa nuclear iraní”.
El papel lo aguanta todo, se suele decir, pero que un
documento de este alcance haya caducado cuatro meses después es algo realmente
notable. Y obliga a preguntarse por qué. Las respuestas, sin embargo, no son
evidentes. Donald Trump, que ha dado
diversas y contradictorias versiones sobre sus objetivos en Irán –desde
destruir sus capacidades nucleares hasta forzar un cambio de régimen–, no
parece tener un plan definido. Y como quien sí lo tiene es el primer ministro
israelí, Beniamin Netanyahu –obsesionado con la neutralización de Irán desde
hace décadas–, es verosímil pensar que es este último quien ha arrastrado al
primero.
El intento del secretario de Estado, Marco Rubio, de
justificar el ataque estadounidense como un acto preventivo en defensa propia
(sic), vendría a avalar, voluntaria o involuntariamente, esta percepción:
“Sabíamos que Israel iba a actuar, sabíamos que eso precipitaría un ataque
contra las fuerzas estadounidenses (por parte de Irán) y sabíamos que, si no
les atacábamos preventivamente antes de que lanzaran tales ataques, sufriríamos
más bajas y quizá incluso más muertes”, declaró el lunes. En esa misma intervención
limitó el alcance de la operación a “eliminar la amenaza de los misiles
balísticos de corto alcance de Irán y la amenaza que supone su armada, en
particular para los activos navales”. Lo que descartaría el objetivo –fracasado
en Afganistán e Irak– de imponer un nuevo régimen en Irán. Reza Pahlevi, el
hijo del último sha, tendrá que esperar... igual que María Corina Machado en
Venezuela.
A pesar de todas las contorsiones dialécticas de Washington,
parece evidente que Irán no suponía en este momento una amenaza inminente para
EE.UU., con quien había negociaciones en curso, que justificara una acción
ofensiva. Los propios militares americanos la desaconsejaban, como hizo el jefe
del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine. La guerra contra Irán, por
consiguiente, por aborrecible y amenazante que sea el régimen de los ayatolás
–que lo es–, es una guerra de elección, una agresión injustificada que vulnera
las leyes internacionales y la propia Constitución de EE.UU.
Stephen Pomper, jefe de política del International Crisis
Group y ex miembro del consejo de seguridad nacional bajo la presidencia de
Barack Obama, apuntaba estos días que la “descarada trasgresión de las normas
legales” demostrada por Donald Trump, saltándose no ya al Consejo de Seguridad
de la ONU –a quien envió a su mujer, Melania, a presidir una reunión sobre
conflictos e infancia, en el colmo del desdén– sino al propio Congreso de
EE.UU. –el único facultado constitucionalmente para declarar la guerra, maniatado
hoy por los republicanos–, hunde sus raíces en una deriva iniciada ya en
presidencias anteriores. “Durante décadas, los abogados de seguridad nacional
en administraciones demócratas y republicanas han desarrollado y defendido
interpretaciones legales agresivas que preservan el espacio para que los
presidentes libren una guerra electiva y no defensiva”, escribía en Foreign
Affairs.
Eso sí, lo de Trump es “sin parangón”. En 2003, antes de
atacar Irak, George W. Bush obtuvo la aprobación del Congreso y trató por todos
los medios –falsificando los hechos– de
lograr el aval del Consejo de Seguridad de la ONU. Trump no se preocupa por
esas minucias, piensa que la presidencia le da un poder omnímodo. Y parece
determinado a ejercer la fuerza de la coacción militar no solo ya en el
hemisferio occidental que reivindica como su zona de influencia –Venezuela fue
la primera advertencia–, sino en todo el mundo. Quien se promovía como
candidato a Nobel de la Paz ha ordenado en poco más de un año –con la de Irán–
ocho intervenciones militares. Porque así lo ha querido.
No hace falta ser un cinéfilo, un fan de Clint Eastwood o un
boomer para haber visto la escena de la película Impacto súbito (1983) en la
que el agente de policía Harry Callahan, Harry el sucio, mata a tiros a tres
asaltantes de una cafetería y se encara con un cuarto, que amenaza a una rehén,
retándole con esta frase: “Venga, alégrame el día”. Probablemente sea la escena
más reproducida en las redes sociales de toda la filmografía de Eastwood. Harry
el sucio es un prototipo de policía
violento y brutal, habituado a transgredir todas las normas y vulnerar
todos los derechos que haga falta para alcanzar sus objetivos. Trump tiene el
mismo gatillo fácil, la misma falta de escrúpulos y el mismo poco respeto por la ley. El mundo está avisado.

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