lunes, 9 de marzo de 2026

Donald, el sucio

'Visión periférica' 

La guerra desatada contra Irán confirma la determinación de Donald Trump de utilizar la fuerza militar contra quien quiera, cuando quiera y por la razón que quiera, en todo el mundo y al margen de toda legalidad nacional e internacional.

 

Afortunadamente, los días en que Oriente Medio dominaba la política exterior estadounidense (...) han quedado atrás, no porque Oriente Medio ya no importe, sino porque ya no es la constante molestia ni la fuente potencial de catástrofe inminente que alguna vez fue”. Nadie diría, viendo el caos que han desatado Estados Unidos e Israel con su guerra contra Irán, que estas palabras figuraban en la reciente Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU., aprobada el pasado mes de noviembre.

Que, más allá de las preocupaciones históricas –garantizar el suministro de gas y petróleo, la navegabilidad del estrecho de Ormuz y la seguridad de Israel–, Oriente Medio aparecía relegado en las prioridades del Departamento de Estado y de la Casa Blanca lo confirma el hecho de que apenas merecía una página y media de las 29 que tiene el documento (preámbulo autolaudatorio del presidente Donad Trump aparte). Solo África recibía menos atención. En la misma línea, la referencia al régimen de Teherán no podía ser más escueta y tranquilizadora: “Irán, la principal fuerza desestabilizadora de la región, se ha visto muy debilitado por las acciones israelíes desde el 7 de octubre de 2023 y la Operación Martillo de Medianoche del presidente Trump en junio de 2025, que degradó significativamente el programa nuclear iraní”.

El papel lo aguanta todo, se suele decir, pero que un documento de este alcance haya caducado cuatro meses después es algo realmente notable. Y obliga a preguntarse por qué. Las respuestas, sin embargo, no son evidentes.  Donald Trump, que ha dado diversas y contradictorias versiones sobre sus objetivos en Irán –desde destruir sus capacidades nucleares hasta forzar un cambio de régimen–, no parece tener un plan definido. Y como quien sí lo tiene es el primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu –obsesionado con la neutralización de Irán desde hace décadas–, es verosímil pensar que es este último quien ha arrastrado al primero.

El intento del secretario de Estado, Marco Rubio, de justificar el ataque estadounidense como un acto preventivo en defensa propia (sic), vendría a avalar, voluntaria o involuntariamente, esta percepción: “Sabíamos que Israel iba a actuar, sabíamos que eso precipitaría un ataque contra las fuerzas estadounidenses (por parte de Irán) y sabíamos que, si no les atacábamos preventivamente antes de que lanzaran tales ataques, sufriríamos más bajas y quizá incluso más muertes”, declaró el lunes. En esa misma intervención limitó el alcance de la operación a “eliminar la amenaza de los misiles balísticos de corto alcance de Irán y la amenaza que supone su armada, en particular para los activos navales”. Lo que descartaría el objetivo –fracasado en Afganistán e Irak– de imponer un nuevo régimen en Irán. Reza Pahlevi, el hijo del último sha, tendrá que esperar... igual que María Corina Machado en Venezuela.

A pesar de todas las contorsiones dialécticas de Washington, parece evidente que Irán no suponía en este momento una amenaza inminente para EE.UU., con quien había negociaciones en curso, que justificara una acción ofensiva. Los propios militares americanos la desaconsejaban, como hizo el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine. La guerra contra Irán, por consiguiente, por aborrecible y amenazante que sea el régimen de los ayatolás –que lo es–, es una guerra de elección, una agresión injustificada que vulnera las leyes internacionales y la propia Constitución de EE.UU.

Stephen Pomper, jefe de política del International Crisis Group y ex miembro del consejo de seguridad nacional bajo la presidencia de Barack Obama, apuntaba estos días que la “descarada trasgresión de las normas legales” demostrada por Donald Trump, saltándose no ya al Consejo de Seguridad de la ONU –a quien envió a su mujer, Melania, a presidir una reunión sobre conflictos e infancia, en el colmo del desdén– sino al propio Congreso de EE.UU. –el único facultado constitucionalmente para declarar la guerra, maniatado hoy por los republicanos–, hunde sus raíces en una deriva iniciada ya en presidencias anteriores. “Durante décadas, los abogados de seguridad nacional en administraciones demócratas y republicanas han desarrollado y defendido interpretaciones legales agresivas que preservan el espacio para que los presidentes libren una guerra electiva y no defensiva”, escribía en Foreign Affairs.

Eso sí, lo de Trump es “sin parangón”. En 2003, antes de atacar Irak, George W. Bush obtuvo la aprobación del Congreso y trató por todos los medios –falsificando  los hechos– de lograr el aval del Consejo de Seguridad de la ONU. Trump no se preocupa por esas minucias, piensa que la presidencia le da un poder omnímodo. Y parece determinado a ejercer la fuerza de la coacción militar no solo ya en el hemisferio occidental que reivindica como su zona de influencia –Venezuela fue la primera advertencia–, sino en todo el mundo. Quien se promovía como candidato a Nobel de la Paz ha ordenado en poco más de un año –con la de Irán– ocho intervenciones militares. Porque así lo ha querido.

No hace falta ser un cinéfilo, un fan de Clint Eastwood o un boomer para haber visto la escena de la película Impacto súbito (1983) en la que el agente de policía Harry Callahan, Harry el sucio, mata a tiros a tres asaltantes de una cafetería y se encara con un cuarto, que amenaza a una rehén, retándole con esta frase: “Venga, alégrame el día”. Probablemente sea la escena más reproducida en las redes sociales de toda la filmografía de Eastwood. Harry el sucio es un prototipo de policía  violento y brutal, habituado a transgredir todas las normas y vulnerar todos los derechos que haga falta para alcanzar sus objetivos. Trump tiene el mismo gatillo fácil, la misma falta de escrúpulos y el mismo poco  respeto por la ley. El mundo está avisado.

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