Newsletter 'Europa'
Los
europeos se plantan y dicen no a la pretensión de Trump de arrastrarlos a la
guerra
Algo empezó
a fracturarse entre Europa y Estados Unidos el pasado mes de enero. Y ha
acabado de romperse con la guerra de Irán. La confianza, ese pegamento esencial
de toda alianza, se ha volatilizado. Quién sabe si definitivamente. La opa
hostil lanzada hace un par de meses por Donald Trump contra Dinamarca por el
control de Groenlandia, amenazando incluso con tomarla por la fuerza -para lo
que el gobierno danés se preparó militarmente-, sacudió muchas conciencias y
dejó en evidencia la fragilidad de convicciones muy arraigadas. Hoy el
presidente de EE.UU. ha pasado a otra cosa y la isla ártica parece haber dejado
por ahora de interesarle. Pero el menosprecio hacia sus teóricos aliados, a
quienes no se molestó en informar de sus planes de atacar al régimen de los
ayatolás -pero de quienes exige un seguidismo ciego-, sigue siendo el mismo. Lo
que ha cambiado es la actitud de Europa, que ha decidido plantarse. Y ha
rechazado las presiones de Washington para arrastrarla a la guerra.
La
posibilidad de encauzar por la vía diplomática el conflicto con Irán -o, al
menos, la parte que afecta al posible desarrollo de armas nucleares por parte del
régimen de Teherán- se frustró en 2018 y no fue otro que Donald Trump quien
cegó esta posibilidad. En su primer mandato, el presidente de EE.UU. rompió unilateralmente
el acuerdo firmado con Irán en 2015 para controlar sus capacidades nucleares
que tan laboriosamente habían negociado la Administración de Barack Obama y los
gobiernos de Alemania, Francia y el Reino Unido, con la participación de China
y Rusia. El primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu, furiosamente contrario
al acuerdo, convenció entonces a Trump de dar marcha atrás. Como lo ha hecho
con la guerra. Ni entonces, ni ahora, el presidente norteamericano escuchó a
sus aliados europeos.
Así que la
repentina y extemporánea petición de ayuda del presidente norteamericano para
romper militarmente el bloqueo iraní del estrecho de Ormuz -por donde transita
el 20% de las exportaciones mundiales de gas y petróleo- fue recibida con sorpresa
e incredulidad. Trump apeló hace una semana a los países perjudicados por el
bloqueo de las exportaciones del Golfo Pérsico a enviar buques de guerra para
escoltar a los barcos petroleros y gasistas, citando explícitamente a China,
Francia, Japón, Corea del Sur y Reino Unido. Pero, de entrada, solo obtuvo un
espeso silencio. Cada vez más encrespado, amenazó entonces con represalias si
sus aliados no se le unían. La OTAN, auguró, afrontaría en caso contrario un
futuro “muy malo”, declaró al Financial Times. No le sirvió de nada. Todos
dijeron no.
En Europa,
donde hasta ahora solo había alzado la voz el presidente del Gobierno español,
Pedro Sánchez, el rechazo a la intervención militar israelo-estadounidense en
Irán es ya general. Con más o menos énfasis, ya se habían desmarcado el
presidente francés, Emmanuel Macron, y la primera ministra italiana, Giorgia
Meloni -además del premier británico, Keir Starmer, desde fuera de la UE-, pero
Alemania había intentado mantener cierta proximidad con Washington y Tel Aviv.
Ya no. El canciller Friedrich Merz fue tajante al excluir esta semana la
implicación de la OTAN, “una alianza defensiva -remarcó-, no una alianza de
intervención”. Y, si no quedaba claro, su ministro de Defensa, Boris Pistorius,
remachó: “No es nuestra guerra, no la empezamos nosotros”.
Los ministros
de Exteriores de la UE abordaron el lunes, a iniciativa de la Ata representante
para la política exterior y de defensa, Kaja Kallas, la posibilidad de ampliar
la misión europea Aspides, encargada de proteger a los buques mercantes en el
Mar Rojo de los ataques de los hutíes de Yemen, para que pudiera ser desplegada
en el estrecho de Ormuz. Pero la propuesta quedó descartada. No obstante,
podría ser el mecanismo para una futura intervención una vez callen las armas.
Cuatro
países de la UE -Alemania, Francia, Italia y Países Bajos-, junto con el Reino
Unido y Japón hicieron pública el jueves una declaración en la que se decían
“dispuestos a contribuir a los esfuerzos necesarios para garantizar la
seguridad de la navegación en el Estrecho”. Pero más allá de las gestiones
diplomáticas -Francia quiere implicar al Consejo de Seguridad de la ONU-, la
posibilidad de enviar barcos de guerra se vislumbra como una posibilidad
lejana, vinculada a algún tipo de acuerdo entre los beligerantes que implique
un cese de las hostilidades (como se plantea en Ucrania, para la fase posterior
a un eventual alto el fuego)
Fiel a su
temperamento inconstante, Trump reaccionó al principio con
desprecio -en plan
“no os necesito para nada”- pero pronto lo trocó por irritación. El presidente
de EE.UU. se dijo profundamente decepcionado por los europeos y volvió a poner
en cuestión la utilidad de la Alianza Atlántica. “El problema con la OTAN es
que siempre estaremos ahí para ellos, pero ellos nunca estarán ahí para
nosotros”, afirmó, obviando -por ignorancia o mala fe- que la única vez que se
invocó el artículo 5 de defensa mutua lo hizo Washington tras los atentados del
11-S del 2001 y sus aliados acudieron prestos a ayudarle en la guerra contra el
régimen talibán de Afganistán. Solo consiguió que los dirigentes europeos,
reunidos en la cumbre Bruselas, reiteraran su desmarque.
Ayer, seguramente frustrado por la marcha de la guerra -y por el negativo informe del Pentágono sobre los enormes riesgos y costes
que supondría una intervención militar en Ormuz-, cargó más las tintas y llamó “cobardes” a sus aliados europeos. “¡Nos
acordaremos!”, tronó en tono amenazador desde su red social particular, Truth.
La OTAN no
se romperá. Ninguno de sus otros miembros, desde Canadá a Turquía pasando por
los países europeos, está interesado en ello. Pero ¿podría marcharse EE.UU.?
Políticamente no es descartable. En el mundo MAGA (Make America Great Again)
sobran los propagandistas que promueven abandonar la Alianza, presentada como
un club de gorrones que confían en que EE.UU. asegurará -y pagará- la seguridad
colectiva sin asumir sus responsabilidades. Una visión sesgada, que pone el
dedo en la llaga de la inhibición europea pero que no tiene en cuenta hasta qué
punto la existencia de la OTAN sostiene la hegemonía mundial de EE.UU.
El general
norteamericano Alexus G. Grynkewich es el jefe del Comando Europeo del ejército
de Estados Unidos (EUCOM) y Comandante Supremo Aliado de la OTAN en Europa. Y
sabe como nadie la importancia que para EE.UU. tiene la alianza con los países
europeos. Así lo reafirmó esta semana ante un comité del Senado, por si hiciera
falta recordárselo a alguien. “Nuestras fuerzas, bases e infraestructuras
aprovechan la geografía estratégica del continente y permiten a Estados Unidos
movilizar tropas con rapidez, mantener operaciones y ofrecer al presidente
diversas opciones militares en múltiples escenarios”, dijo. Así en África como
en Oriente Medio o la misma Europa.
Y precisó
que las bases europeas están teniendo un papel crucial en la operación Furia
Épica, al servir de plataforma para los bombardeos sobre Irán -como es el
caso de la base de Fairford, en Gloucestershire, Reino Unido- y facilitar el
reabastecimiento de aviones en tránsito (salvo las españolas de Morón y Rota,
que no citó, cuyo uso ha sido vetado por el Gobierno español). “Contar con
capacidad en Europa brinda opciones a esta administración, o a cualquier otra,
en caso de conflicto”, subrayó. Trump y su equipo de apologetas hacen ver que
no lo saben.
División con la energía. La cumbre europea del jueves en Bruselas puso de nuevo en evidencia las líneas de fractura que dividen a los 27. Forzados a abordar la situación creada por la guerra de Irán y su repercusión sobre los precios de la energía -el del gas ha subido un 83% desde el 28 de febrero-, los dirigentes comunitarios se pusieron de acuerdo en la necesidad de tomar medidas paliativas para frenar esta deriva. Pero no en la receta. Hay un grupo de países, encabezado por Italia, que presiona para acabar con el sistema de comercio de emisiones (ETS, por sus siglas en inglés), que obliga a las grandes industrias a pagar por la compra de derechos de emisión de CO₂, y que constituye una de las principales herramientas de la UE para combatir el cambio climático. Enfrente, España lidera otro grupo que se opone a su desmantelamiento. La cumbre cerró con el encargo a la Comisión de que presente una propuesta de reforma que implique una vía intermedia. Los prolegómenos de la reunión fueron animados por el primer ministro belga, Bart de Wever, quien propone normalizar las relaciones con Rusia y volverle a comprar gas a bajo precio (como antes de la guerra de Ucrania)
Don
Erre que Erre. Los
27 tampoco lograron sortear el veto del primer ministro húngaro, Viktor Orbán
-secundado por el eslovaco Robert Fico-, a la entrega de un crédito de 90.000
millones de euros para ayudar a Ucrania en su esfuerzo de guerra contra la
invasión rusa, a pesar de haber sido pactado en la cumbre del pasado mes de
diciembre. En plena campaña para las elecciones del próximo 12 de abril -en las
que puede perder el poder-, Orbán ha adoptado un discurso fuertemente
nacionalista, presentando como enemigos a la Unión Europea -personificada en
Ursula von der Leyen y Manfred Weber- y al presidente ucraniano, Volodímir
Zelenski. Formalmente, el premier húngaro ha justificado el veto por el corte
del suministro de petróleo a través del oleoducto ruso Druzhba, dañado por los
bombardeos, que a su entender Kyiv no se apresura en reparar. De nada sirvió
que Zelenski aceptara una inspección de la UE, Orbán siguió en sus trece y dijo
que hasta que no vuelva a recibir petróleo no habrá dinero. La actitud cerril del
dirigente magiar, que rompió la palabra dada en diciembre, fue duramente
censurada por muchos de sus colegas y el presidente del Consejo Europeo,
António Costa, la calificó de “chantaje”. Pero nadie ha querido tomar medidas
contra Budapest, conscientes de que sería entregarle una magnífica baza
electoral. Así que han decidido poner velas a todos los santos del 12 de abril
para que las cosas cambien. Antes, será imposible.

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