lunes, 23 de marzo de 2026

Hermanos, pero no primos

Newsletter 'Europa' 

Los europeos se plantan y dicen no a la pretensión de Trump de arrastrarlos a la guerra

 

Algo empezó a fracturarse entre Europa y Estados Unidos el pasado mes de enero. Y ha acabado de romperse con la guerra de Irán. La confianza, ese pegamento esencial de toda alianza, se ha volatilizado. Quién sabe si definitivamente. La opa hostil lanzada hace un par de meses por Donald Trump contra Dinamarca por el control de Groenlandia, amenazando incluso con tomarla por la fuerza -para lo que el gobierno danés se preparó militarmente-, sacudió muchas conciencias y dejó en evidencia la fragilidad de convicciones muy arraigadas. Hoy el presidente de EE.UU. ha pasado a otra cosa y la isla ártica parece haber dejado por ahora de interesarle. Pero el menosprecio hacia sus teóricos aliados, a quienes no se molestó en informar de sus planes de atacar al régimen de los ayatolás -pero de quienes exige un seguidismo ciego-, sigue siendo el mismo. Lo que ha cambiado es la actitud de Europa, que ha decidido plantarse. Y ha rechazado las presiones de Washington para arrastrarla a la guerra.

La posibilidad de encauzar por la vía diplomática el conflicto con Irán -o, al menos, la parte que afecta al posible desarrollo de armas nucleares por parte del régimen de Teherán- se frustró en 2018 y no fue otro que Donald Trump quien cegó esta posibilidad. En su primer mandato, el presidente de EE.UU. rompió unilateralmente el acuerdo firmado con Irán en 2015 para controlar sus capacidades nucleares que tan laboriosamente habían negociado la Administración de Barack Obama y los gobiernos de Alemania, Francia y el Reino Unido, con la participación de China y Rusia. El primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu, furiosamente contrario al acuerdo, convenció entonces a Trump de dar marcha atrás. Como lo ha hecho con la guerra. Ni entonces, ni ahora, el presidente norteamericano escuchó a sus aliados europeos.

Así que la repentina y extemporánea petición de ayuda del presidente norteamericano para romper militarmente el bloqueo iraní del estrecho de Ormuz -por donde transita el 20% de las exportaciones mundiales de gas y petróleo- fue recibida con sorpresa e incredulidad. Trump apeló hace una semana a los países perjudicados por el bloqueo de las exportaciones del Golfo Pérsico a enviar buques de guerra para escoltar a los barcos petroleros y gasistas, citando explícitamente a China, Francia, Japón, Corea del Sur y Reino Unido. Pero, de entrada, solo obtuvo un espeso silencio. Cada vez más encrespado, amenazó entonces con represalias si sus aliados no se le unían. La OTAN, auguró, afrontaría en caso contrario un futuro “muy malo”, declaró al Financial Times. No le sirvió de nada. Todos dijeron no.

En Europa, donde hasta ahora solo había alzado la voz el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, el rechazo a la intervención militar israelo-estadounidense en Irán es ya general. Con más o menos énfasis, ya se habían desmarcado el presidente francés, Emmanuel Macron, y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni -además del premier británico, Keir Starmer, desde fuera de la UE-, pero Alemania había intentado mantener cierta proximidad con Washington y Tel Aviv. Ya no. El canciller Friedrich Merz fue tajante al excluir esta semana la implicación de la OTAN, “una alianza defensiva -remarcó-, no una alianza de intervención”. Y, si no quedaba claro, su ministro de Defensa, Boris Pistorius, remachó: “No es nuestra guerra, no la empezamos nosotros”.

Los ministros de Exteriores de la UE abordaron el lunes, a iniciativa de la Ata representante para la política exterior y de defensa, Kaja Kallas, la posibilidad de ampliar la misión europea Aspides, encargada de proteger a los buques mercantes en el Mar Rojo de los ataques de los hutíes de Yemen, para que pudiera ser desplegada en el estrecho de Ormuz. Pero la propuesta quedó descartada. No obstante, podría ser el mecanismo para una futura intervención una vez callen las armas.

Cuatro países de la UE -Alemania, Francia, Italia y Países Bajos-, junto con el Reino Unido y Japón hicieron pública el jueves una declaración en la que se decían “dispuestos a contribuir a los esfuerzos necesarios para garantizar la seguridad de la navegación en el Estrecho”. Pero más allá de las gestiones diplomáticas -Francia quiere implicar al Consejo de Seguridad de la ONU-, la posibilidad de enviar barcos de guerra se vislumbra como una posibilidad lejana, vinculada a algún tipo de acuerdo entre los beligerantes que implique un cese de las hostilidades (como se plantea en Ucrania, para la fase posterior a un eventual alto el fuego)

Fiel a su temperamento inconstante, Trump reaccionó al principio con desprecio -en plan “no os necesito para nada”- pero pronto lo trocó por irritación. El presidente de EE.UU. se dijo profundamente decepcionado por los europeos y volvió a poner en cuestión la utilidad de la Alianza Atlántica. “El problema con la OTAN es que siempre estaremos ahí para ellos, pero ellos nunca estarán ahí para nosotros”, afirmó, obviando -por ignorancia o mala fe- que la única vez que se invocó el artículo 5 de defensa mutua lo hizo Washington tras los atentados del 11-S del 2001 y sus aliados acudieron prestos a ayudarle en la guerra contra el régimen talibán de Afganistán. Solo consiguió que los dirigentes europeos, reunidos en la cumbre Bruselas, reiteraran su desmarque.

Ayer, seguramente frustrado por la marcha de la guerra -y por el negativo
informe del Pentágono sobre los enormes riesgos y costes que supondría una intervención militar en Ormuz-, cargó más las tintas y llamó “cobardes” a sus aliados europeos. “¡Nos acordaremos!”, tronó en tono amenazador desde su red social particular, Truth.

La OTAN no se romperá. Ninguno de sus otros miembros, desde Canadá a Turquía pasando por los países europeos, está interesado en ello. Pero ¿podría marcharse EE.UU.? Políticamente no es descartable. En el mundo MAGA (Make America Great Again) sobran los propagandistas que promueven abandonar la Alianza, presentada como un club de gorrones que confían en que EE.UU. asegurará -y pagará- la seguridad colectiva sin asumir sus responsabilidades. Una visión sesgada, que pone el dedo en la llaga de la inhibición europea pero que no tiene en cuenta hasta qué punto la existencia de la OTAN sostiene la hegemonía mundial de EE.UU.

El general norteamericano Alexus G. Grynkewich es el jefe del Comando Europeo del ejército de Estados Unidos (EUCOM) y Comandante Supremo Aliado de la OTAN en Europa. Y sabe como nadie la importancia que para EE.UU. tiene la alianza con los países europeos. Así lo reafirmó esta semana ante un comité del Senado, por si hiciera falta recordárselo a alguien. “Nuestras fuerzas, bases e infraestructuras aprovechan la geografía estratégica del continente y permiten a Estados Unidos movilizar tropas con rapidez, mantener operaciones y ofrecer al presidente diversas opciones militares en múltiples escenarios”, dijo. Así en África como en Oriente Medio o la misma Europa.

Y precisó que las bases europeas están teniendo un papel crucial en la operación Furia Épica, al servir de plataforma para los bombardeos sobre Irán -como es el caso de la base de Fairford, en Gloucestershire, Reino Unido- y facilitar el reabastecimiento de aviones en tránsito (salvo las españolas de Morón y Rota, que no citó, cuyo uso ha sido vetado por el Gobierno español). “Contar con capacidad en Europa brinda opciones a esta administración, o a cualquier otra, en caso de conflicto”, subrayó. Trump y su equipo de apologetas hacen ver que no lo saben.

 

División con la energía. La cumbre europea del jueves en Bruselas puso de nuevo en evidencia las líneas de fractura que dividen a los 27. Forzados a abordar la situación creada por la guerra de Irán y su repercusión sobre los precios de la energía -el del gas ha subido un 83% desde el 28 de febrero-, los dirigentes comunitarios se pusieron de acuerdo en la necesidad de tomar medidas paliativas para frenar esta deriva. Pero no en la receta. Hay un grupo de países, encabezado por Italia, que presiona para acabar con el sistema de comercio de emisiones (ETS, por sus siglas en inglés), que obliga a las grandes industrias a pagar por la compra de derechos de emisión de CO₂, y que constituye una de las principales herramientas de la UE para combatir el cambio climático. Enfrente, España lidera otro grupo que se opone a su desmantelamiento. La cumbre cerró con el encargo a la Comisión de que presente una propuesta de reforma que implique una vía intermedia. Los prolegómenos de la reunión fueron animados por el primer ministro belga, Bart de Wever, quien propone normalizar las relaciones con Rusia y volverle a comprar gas a bajo precio (como antes de la guerra de Ucrania)

Don Erre que Erre. Los 27 tampoco lograron sortear el veto del primer ministro húngaro, Viktor Orbán -secundado por el eslovaco Robert Fico-, a la entrega de un crédito de 90.000 millones de euros para ayudar a Ucrania en su esfuerzo de guerra contra la invasión rusa, a pesar de haber sido pactado en la cumbre del pasado mes de diciembre. En plena campaña para las elecciones del próximo 12 de abril -en las que puede perder el poder-, Orbán ha adoptado un discurso fuertemente nacionalista, presentando como enemigos a la Unión Europea -personificada en Ursula von der Leyen y Manfred Weber- y al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. Formalmente, el premier húngaro ha justificado el veto por el corte del suministro de petróleo a través del oleoducto ruso Druzhba, dañado por los bombardeos, que a su entender Kyiv no se apresura en reparar. De nada sirvió que Zelenski aceptara una inspección de la UE, Orbán siguió en sus trece y dijo que hasta que no vuelva a recibir petróleo no habrá dinero. La actitud cerril del dirigente magiar, que rompió la palabra dada en diciembre, fue duramente censurada por muchos de sus colegas y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, la calificó de “chantaje”. Pero nadie ha querido tomar medidas contra Budapest, conscientes de que sería entregarle una magnífica baza electoral. Así que han decidido poner velas a todos los santos del 12 de abril para que las cosas cambien. Antes, será imposible.


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