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La presidenta de la Comisión intenta, infructuosamente, arrimar a Europa a la posición proamericana de Alemania
Uno no
sale de la ambigüedad sino en detrimento propio. La frase, escrita en sus
memorias por el intrigante Jean-François Paul de Gondi, arzobispo de París y
cardenal de Retz (1613-1679), es perfectamente aplicable a la última maniobra
protagonizada por Ursula von der Leyen. La presidenta de la Comisión Europea
sacudió la política europea esta semana al pronunciar un beligerante discurso en el que cargó sin sorpresas
contra Irán –“No se debe llorar por el régimen iraní”, dijo- y pareció
alinearse, lo que ya fue más inesperado, con la ley del más fuerte que practica
con brutal antojo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
“Europa ya
no puede ser la guardiana del antiguo orden mundial, de un mundo que ha
desaparecido y no volverá”, afirmó Von der Leyen el lunes ante los embajadores
de la Unión Europea en Bruselas, y añadió: “Ya no podemos confiar en él como
única forma de defender nuestros intereses ni asumir que sus normas nos
protegerán de las complejas amenazas a las que nos enfrentamos”. La
incredulidad y el estupor fueron generales. Y la presidenta tuvo que rectificar
solo dos días después.
El tono de
evocaciones trumpistas de Von der Leyen sorprendió tanto como el hecho mismo de
pronunciarse de forma tan diáfana sobre un asunto que provoca grandes
divisiones en Europa, excediéndose en su papel institucional. La política
exterior no forma parte, a priori, del ámbito de competencias de la presidenta
de la Comisión, sino de la Alta Comisionada Kaja Kallas -con quien, por cierto,
mantiene unas relaciones tirantes- y, más allá, del presidente del Consejo
Europeo, António Costa, quien ante el mismo auditorio la corrigió en toda
regla: “Nos interesa garantizar que el mundo siga basándose en normas y
cooperando”, dijo el ex primer ministro portugués, quien subrayó que “este
mundo multipolar requiere soluciones multilaterales, no esferas de influencia
donde la política de poder sustituye al derecho internacional”.
Von der
Leyen ha salido escaldada de su incursión iraní. España, que encabeza
prácticamente en solitario la oposición a la guerra contra Irán desencadenada
por Estados Unidos e Israel, fue obviamente de los primeros en criticar el
posicionamiento de la jefa de la Comisión: el presidente Pedro Sánchez remarcó
que por mucho que la situación internacional haya cambiado, “los valores de
Europa no deberían cambiar”. Pero también lo hizo Francia, por boca de su
ministro de Exteriores, Jean-Noël Barrot, quien dijo que Europa debe encabezar
la resistencia frente a la “brutalización” de las relaciones internacionales,
mientras recordaba que la política exterior de la UE compete a Kaja Kallas y
que la Comisión “debe guardar el más estricto respeto” a lo dispuesto en los
tratados europeos. En el Parlamento Europeo, en fin, socialistas y ecologistas
-dos de los grupos, junto a los liberales, que sostienen al Ejecutivo comunitario-
se lanzaron también contra la presidenta.
La
intervención de Von der Leyen, al margen de su afán por pesar más en la
definición de la política exterior europea, parece un intento -fallido- de aproximar
a Bruselas a la órbita proamericana trazada por el canciller alemán, Friedrich
Merz, quien desde el primer momento se ha alineado con Washington. Merz, recordémoslo,
ha justificado la guerra desencadenada contra el régimen de Teherán por EE.UU.
e Israel sin mostrar demasiado interés por el respeto al Derecho internacional.
“Irán es el centro del terrorismo internacional, tiene que ser cerrado, y americanos
e israelíes lo están haciendo a su manera”, ha dicho, criticando asimismo las
objeciones de otros países europeos diciendo que no era el momento de que
Europa diera “lecciones” a sus aliados.
Si el
presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, se ha quedado solo planteando
un rechazo frontal a la guerra y enfrentándose a la Casa Blanca, la órbita de
Merz no se ha demostrado menos excéntrica. Ningún otro jefe de gobierno de los
grandes de Europa le ha seguido. Antes al contrario, la posición mayoritaria
entre el grupo de los seis que a priori debería constituir el núcleo duro de
una UE a dos velocidades -aunque sea haciendo equilibrismos o diciendo las
cosas con la boca pequeña- está más próxima a la de Madrid que a la de Berlín. Incluido,
desde fuera, el premier británico, Keir Starmer.
La mayoría
de los líderes europeos han marcado distancias con Washington -que no se tomó
la molestia de consultarles o informarles con antelación- y han declarado que
en ningún caso se involucrarán en la guerra. Algunos, como el presidente
francés, Emmanuel Macron, o el primer ministro neerlandés, Rob Jetten, han
considerado la intervención militar una vulneración de las leyes
internacionales (aunque el primero, para compensar, ha cedido a la fuerza aérea
estadounidense el uso de una de sus bases para sus aviones cisterna)
Otros,
como la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, han evitado toda crítica pública
pero negando en la práctica a los norteamericanos el uso de las bases italianas
(eso sí, con discreción y sin alharacas, no fuera a enfriarse la amistad con
Trump). Su homólogo polaco, Donald Tusk, por su parte, ha expresado su
preocupación por la escalada militar y sus repercusiones económicas. Preguntado
por el aumento del precio del petróleo, derivó toda responsabilidad en el
presidente de EE.UU.: “Pregúntenle al otro Donald”. La ambigüedad de Europa,
como se ve, sigue gozando de excelente salud.
La
posición firme de Pedro Sánchez -valiente para unos, quijotesca para otros,
políticamente interesada para bastantes, entre ellos el incansable Manfred
Weber- ha cosechado numerosos adeptos entre la izquierda europea, así en Italia
-donde la comparación pone de los nervios a Meloni- como en Alemania, donde la coalición
de gobierno está claramente dividida. El vicecanciller Lars Klingbeil, del Partido
Socialdemócrata (SPD), en contraposición a Merz, ha expresado “serias dudas de
que esta guerra sea legítima según el Derecho internacional” y descartado por
completo cualquier implicación alemana: “Lo digo claramente, esta no es nuestra
guerra”.
(También
algunas figuras procedentes de la derecha europea se han alineado con el
presidente español. Así el ex primer ministro francés Dominique de Villepin, gaullista
histórico y estandarte de la oposición francesa a la guerra de Irak en 2003,
para quien hoy “es Pedro Sánchez quien está salvando el honor de Europa”)
Merz no
pasa por su mejor momento. Según el sondeo de seguimiento de la popularidad de
los líderes europeos de YouGov, correspondiente al mes de enero, solo un 26% de
los alemanes tienen una opinión favorable del canciller por un 69% que lo
califican negativamente. No es el único dirigente europeo en esta situación,
pero sí el que más vertiginosamente ha bajado (casi treinta puntos desde junio
de 2025). En las recientes elecciones regionales de Baden-Wurttenberg -que
hasta el 2011 fue un bastión democristiano-, la CDU volvió a quedar por detrás
de los Verdes, esta vez con un nuevo candidato, Cem Özdemir, que será el primer
alemán de origen turco en presidir un land.
La
sociedad alemana tampoco ha comprado la necesidad de atacar Irán. Según un
sondeo de la cadena de radiodifusión pública ARD, el 58% de los alemanes cree
que la intervención militar de EE.UU. e Israel no está justificad, por solo un
25% que sí lo considera. La oposición a la guerra es también mayoritaria,
aunque menos acusada, entre los propios votantes de la CDU (48% a 37%)
Nadie
llorará por la caída del régimen de los ayatolás en Irán -por utilizar las
palabras de Von der Leyen-, pero de todos modos sería prematuro derramar
lágrima alguna, porque Trump parece haber perdido interés en este extremo y el
régimen está lejos de haber sido derribado. La prolongación de la guerra, con
el bloqueo del estrecho de Ormuz, va a hacer daño a todo el mundo, pero
Alemania lo va a sufrir especialmente. Como recordaba Markus Zeiner, del think
tank German Marshal Fund, no se trata solo del encarecimiento del petróleo,
sino del gas. “Desde que Berlín abandonó el gas que le llegaba de Rusia por
gasoducto tras la invasión de Ucrania en 2022, el gas licuado (GNL) de Qatar se
ha convertido en un pilar estructural de las importaciones energéticas de
Alemania” y el cierre de Ormuz es, en este sentido, letal. La economía alemana
ya lleva tiempo tensionada y el aumento de los precios de la energía -perceptible
desde el inicio de la guerra de Ucrania- está lastrando las exportaciones de la
industria alemana.
Que Merz
está cada vez más inquieto lo demuestra el hecho de que haya empezado a
manifestar públicamente ciertas dudas sobre el alcance de la intervención
militar. En una conferencia de prensa junto al primer ministro checo, Andrej
Babis, el martes en Berlín el canciller reiteró que Alemania comparte gran
parte de los objetivos de EE.UU. pero mostró su inquietud porque “no exista
claramente un plan conjunto para poner fin a esta guerra de forma rápida y
convincente”. ¿Plan? ¿Dijo plan?
Regocijo
en Moscú. La
guerra de Irán está teniendo un beneficiario inesperado: el presidente ruso,
Vladímir Putin. El cierre del estrecho de Ormuz, con el consiguiente aumento
del precio del petróleo -que se ha disparado por encima de los 100 dólares el
barril- y del gas, supone una importante inyección económica para Rusia, que
tiene en la venta de combustibles fósiles su principal fuente de ingresos para
sostener su esfuerzo de guerra en Ucrania. Para acabar de redondear el regalo a
Moscú -y provocar la desolación de sus aliados europeos-, el Gobierno de EE.UU.
ha decidido levantar provisionalmente el embargo sobre el petróleo ruso, con el
fin de tratar de frenar el incremento de los precios.
El alivio
de las sanciones es una medida en principio temporal -hasta el 11 de abril- y
de alcance parcial -libera para la venta el crudo ya cargado en petroleros a
fecha de 12 de marzo-, pero enormemente significativa. Y se añade a una medida
inmediatamente anterior por la cual se liberaba a India de la prohibición de
comprar petróleo ruso (que llevaba aparejada la aplicación de sanciones
arancelarias). Benjamin Hilgenstock, jefe de investigación y estrategia
macroeconómica de la Escuela de Economía de Kyiv, declaró a la BBC que el
levantamiento parcial de las sanciones podría incrementar en un mes las
exportaciones mensuales de petróleo ruso en unos 10.000 millones de dólares
(8.700 millones de euros), de los cuales la mitad irían al estado en concepto de
impuestos
La decisión
unilateral de Washington ha cogido de nuevo a Europa a contrapié. El canciller
alemán, Friedrich Merz, la calificó ayer de “error” y el presidente del Consejo
Europeo, António Costa, de “preocupante”. Nadie les preguntó antes. El
presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, de gira por las principales capitales
europeas para tratar de evitar que la guerra de Irán eclipse a la de Ucrania,
advirtió desde París -donde fue recibido por Emmanuel Macron- que la decisión
de EE.UU. “no ayuda a la paz”, ya que “reforzará la posición de Rusia”. Mientras
tanto, la UE sigue pendiente de poder aprobar un nuevo paquete de sanciones
-sería el 20º- contra Moscú y, sobre todo, la concesión del préstamo de 90.000
millones de euros comprometido con el Gobierno ucraniano, vital para que Kyiv
pueda seguir resistiendo a la agresión rusa, dos temas que siguen por ahora
bloqueados por el húngaro Viktor Orbán y el eslovaco Robert Fico.

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