Newsletter 'Europa'
Al igual que en 2003, Europa afronta dividida una nueva acción militar de EE.UU, con España sustituyendo a Francia como líder del ‘no’
Si un
español de 2003 hubiera hibernado desde entonces y despertara de repente en
2026, tendría la misma sensación que Bill Murray en El día de la marmota.
Otra vez Estados Unidos lanzándose a la guerra contra un país de Oriente Medio.
Y otra vez Europa dudando, dividida, sobre la respuesta que dar al órdago de su
aliado americano. Solo que en esta ocasión, para confusión de nuestro
imaginario protagonista, los actores aparecen con los papeles intercambiados.
La Historia no se repite, pero a veces rima. Irán no es Irak y el escenario
internacional no es hoy el mismo que hace veintitrés años. Pero la situación
creada por la guerra de EE.UU. e Israel contra Irán recuerda mucho a la del
2003. Sobre todo en lo que afecta al papel de Europa y a la relación con su
aliado trasatlántico.
La guerra
desencadenada por Donald Trump contra el régimen de los ayatolás es tan ilegal
e injustificada como la lanzada en 2003 por George W. Bush contra el Irak de
Sadam Husein (por más que el entonces presidente de EE.UU. obtuviera la
autorización del Congreso y tratara -en vano- de obtener el aval de la ONU
alegando falsamente que el régimen de Bagdad fabricaba y ocultaba armas de
destrucción masiva)
La
diferencia fundamental entre ayer y hoy, en lo que a Europa atañe, es que allí
donde Bush buscó armar una coalición internacional, con la participación de
destacados países europeos, Trump se ha unido -si no seguido- exclusivamente a
Israel y ha ninguneado a sus aliados europeos, a quienes no se tomó ni siquiera
la molestia de informar. Aunque dando por hecho que tendrían que seguirle
ciegamente. Las primeras reacciones europeas ante los hechos consumados, tibias
y dubitativas (¿podría ser de otra manera?), solo suscitaron desprecio en
Washington. “Se han vuelto patéticamente blandos”, tronó el veterano senador
republicano -hoy convertido al trumpismo- Lindsey Graham.
Al igual
que sucedió en 2003 con Irak, la guerra de Irán ha abierto un nuevo cisma en
Europa, entre aquellos que han decidido alinearse con Washington y quienes han plantado
cara o han marcado distancias -haciendo en algún momento verdaderas
contorsiones-. Esta vez, sin embargo, los principales países europeos se han
intercambiado sus papeles, como si un crupier caprichoso hubiera cambiado las
cartas.
Hace 23
años, los principales aliados de EE.UU. fueron el Reino Unido y España, quienes
no solo se comprometieron políticamente sino que movilizaron tropas y medios
militares para ayudar al ejército norteamericano en la ofensiva. Dentro de
pocos días, el 16 de marzo, será el aniversario de la célebre foto de las
Azores, donde George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar -acompañados por el
portugués José Manuel Durão Barroso, en el papel de anfitrión-, acordaron poner
en marcha la invasión, que comenzaría cuatro días después.
No fueron
los únicos países europeos que se sumaron, con más o menos ahínco, a la
coalición. Hubo muchos del antiguo bloque del Este, convertidos a un atlantismo
militante -Bulgaria, Eslovaquia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Polonia,
República Checa y Rumanía-, pero también Dinamarca, Italia y los Países Bajos.
Dato curioso: incluso Ucrania apoyó entonces a Washington, que ya lo ha
olvidado.
Si la
lista de países europeos que se sumaron a EE.UU. contra Irak era abultada, hubo
dos ausencias clamorosas y de enorme peso político, Alemania y Francia. El
francés Jacques Chirac y el alemán Gerhard Schröder lideraron la oposición a la
guerra, resistiendo todas las presiones de Washington. Chirac, el más
beligerante, criticó con aspereza a los países del Este, candidatos en aquel
momento a adherirse a la UE, por su entreguismo a Washington y se enfrentó
duramente a Aznar, hacia quien a partir de ese momento incubó una profunda
animadversión.
Francia
fue muy lejos en su oposición a la guerra y no dudó en utilizar su derecho de
veto como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU para impedir
que EE.UU. obtuviera el aval de la comunidad internacional. “En este templo de
las Naciones Unidas, somos los guardianes de un ideal, somos los guardianes de
una conciencia. Nuestra gran responsabilidad y nuestro inmenso honor deben
llevarnos a dar prioridad al desarme en la paz”, proclamó en un brillante
discurso el entonces ministro francés de Exteriores, el napoleónico Dominique
de Villepin. El vicepresidente de EE.UU., Dick Cheney, acusó al gobierno
francés de cometer un “crimen imperdonable”.
Veintitrés
años después, y enfrentados a la guerra de Irán, las tornas han cambiado. El
país que planta cara a EE.UU. es España, mientras Francia y el Reino Unido
hacen juegos de equilibrismo y Alemania se alinea incondicionalmente con
Washington. “No es el momento de dar lecciones a nuestros aliados”, proclamó el
canciller Friedrich Merz antes de visitar la Casa Blanca el martes y
cumplimentar a Donald Trump, con quien dijo estar "en la misma sintonía”
respecto a la necesidad de derribar al régimen de los ayatolás. Eso sí, sin
asumir ningún compromiso militar. Una actitud que el analista norteamericano
Ian Bremmer ha descrito con la palabra alemana drahtseilakt (caminar por
la cuerda floja). Merz, muy criticado dentro y fuera de su país por su obsequiosa
actitud hacia Trump, parece haber apostado una vez más por salvaguardar a toda
costa las buenas relaciones con Washington, con el objetivo de que EE.UU. siga
comprometido con Europa en la búsqueda de una solución justa a la guerra de
Ucrania. Así sea importunándose con España y montando un formidable lío
diplomático.
El español
Pedro Sánchez es hoy quien lleva en Europa la antorcha contra la guerra. El
presidente del Gobierno no solo ha condenado la intervención unilateral de
EE.UU. e Israel sino que avanzó su negativa a ceder las bases militares de uso
conjunto de Rota y Morón para el uso de la fuerza aérea de EE.UU. en su
ofensiva contra Irán. Algo para lo que bastó el anuncio mismo, pues Washington
ni siquiera llegó a pedir la preceptiva autorización (de acuerdo con el
convenio firmado por ambos países en 1988). Elogiado en Europa por su actitud
moral, Sánchez ha reactivado en clave interna el grito de “No a la guerra”.
La
reacción de Washington ha tenido la virulencia que cabía esperar. Donald Trump
ha lanzado varias andanadas contra España, a quien ha calificado de “aliado
terrible” y amenazado con cortar toda relación comercial, abriendo la veda a toda suerte de
ataques, como el del secretario del Tesoro, Scott Bessent, quien acusó al
gobierno de Madrid de “poner en peligro” la vida de estadounidenses. La fiebre
trumpista en las redes sociales -charca emponzoñada que no existía aún en 2003-
subieron varios grados. Baste un ejemplo. Will Chamberlain, vicepresidente de
la Edmund Burke Foundation -una plataforma conservadora nacionalista-, llamaba
estos días en la red social X a tomar represalias militares: “Después de que
terminemos con Irán y Cuba, deberíamos considerar seriamente añadir a España a
la lista”. Este es el ambiente.
Los
ataques contra el gobierno de Sánchez hicieron que destacados líderes europeos
-como el presidente francés, Emmanuel Macron- y las principales autoridades comunitarias
-António Costa y Ursula von der Leyen- salieran en defensa de España,
recordando que las relaciones comerciales con EE.UU. son con el conjunto de la
UE y que cualquier acción contra un país miembro recibiría una respuesta de
todo el bloque. Sánchez se ha encontrado con un apoyo inesperado -aunque indirecto
y no explícito- con el posicionamiento de la primera ministra italiana, Giorgia
Meloni -amiga declarada de Trump-, quien ha excluido la participación de Italia
en la guerra y condicionado la cesión del uso de sus bases a un pronunciamiento
del Parlamento.
De
momento, Trump no ha pasado de las palabras a los hechos. Pero no hay que
descartar represalias. Francia lo sabe de primera mano. En 2003, la campaña
levantada contra los intereses franceses fue también mayúscula y, desde luego,
fue más allá del simbolismo de rebautizar las populares french fries
(patatas fritas) como freedom fries. Los medios conservadores americanos
alentaron un boicot activo a los productos franceses y en los primeros meses de
la crisis las ventas de vino francés en EE.UU. cayeron hasta un 35%, mientras
los restaurantes franceses se vaciaban de clientes. El efecto del boicot fue
temporal, pero según un estudio de la Universidad de Cambridge supuso unas
pérdidas para este sector -el más afectado- de 120 millones de dólares.
Quizá por
eso París hace hoy menos el gallo. Francia y el Reino Unido -con quienes
Alemania firmó el domingo una primera declaración muy crítica con Irán por sus
ataques indiscriminados a los países del Golfo, amenazando con una intervención-
han mantenido una actitud más tornadiza, cuando no ambivalente. El presidente
Emmanuel Macron, después de navegar inicialmente en la ambigüedad, ha condenado
la guerra contra Irán por considerarla una “violación del derecho
internacional” -no sin dejar de culpar de ello a Teherán- y asegurado que
Francia se mantendrá al margen. No obstante, le ha faltado tiempo para ofrecer
a EE.UU. el uso de la base militar de Istres, cerca de Marsella, para que recalen
sus aviones cisterna camino de Oriente Medio.
El primer
ministro británico, Keir Starmer, atormentado por la sombra de Tony Blair, ha
intentado por su parte desmarcarse de Washington pero sin importunarse
demasiado con su aliado, lo que no ha acabado de conseguir. Tras resistirse
inicialmente a ceder el uso de sus bases a EE.UU., lo que provocó el enfado
norteamericano, Starmer acabó cediendo, aunque remarcando que el Reino Unido se
mantendría al margen de la guerra. Después de España, es lo que más ha irritado
a Trump, que ha dicho sentirse “decepcionado”.
El premier
británico ha autorizado al ejército norteamericano, exclusivamente para
“operaciones de naturaleza defensiva” (sea lo que sea eso cuando uno es el
agresor), el uso de sus bases en Inglaterra y en las islas Chagos, en el océano
Índico. En un primer momento, pareció que también autorizaba el uso de la base
de Akrotiri, en Chipre, a solo 500 kilómetros del teatro de operaciones, lo que
puso a Nicosia de los nervios y desencadenó amenazas de represalias por parte
de Teherán. La madrugada del lunes un dron de fabricación iraní Shahed cayó
sobre un hangar de la base, desatando todas las alarmas. Los británicos creen
que el dron no partió de Irán (¿de Líbano? ¿disparado por Hizbulah?)
Chipre es
el eslabón débil, la falla por donde Europa podría verse arrastrada a la guerra
muy a su pesar. Varios países europeos han decidido enviar a la zona buques de
guerra y aviones de combate para reforzar la seguridad de la isla, empezando
por Francia -que ha movilizado a su portaaviones Charles de Gaulle, con
capacidad nuclear- y siguiendo por el Reino Unido, España -con la fragata Cristóbal
Colón-, Italia y Grecia. La República de Chipre -que gobierna la mitad sur
de la isla, la norte sigue ocupada por Turquía- no forma parte de la OTAN, pero
sí de la UE -donde ingresó en 2004- y esta es su única protección. Todo el
mundo espera que no se vea obligada a invocar la cláusula de defensa mutua del
artículo 42.7 del Tratado de la UE, que obliga a todos los estados miembros a
acudir en auxilio de aquél que sea objeto de un ataque armado en su territorio.
Efectos
colaterales en Ucrania.
La guerra de Irán puede tener un fuerte impacto sobre la guerra de Ucrania y no
solo -como ocurrió con Gaza- por el hecho de que distraiga la atención de la
opinión internacional y -sobre todo- de Donald Trump. El enorme gasto de
misiles que el ejército de EE.UU., está realizando para interceptar los ataques
de Irán -fundamentalmente drones, destinados a gastar las reservas del
adversario- hace temer a Kyiv que Washington le recorte los cruciales
suministros -pagados por los europeos y adquiridos por la OTAN- de baterías Patriot.
Así lo puso de manifiesto el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, quien
mostró una gran inquietud. Rusia, que por su parte parecía regocijarse con la
perspectiva de la subida del precio del petróleo -fundamental para financiar su
esfuerzo de guerra-, podría enfrentarse a un problema parecido en la medida en
que los drones que utiliza masivamente para atacar a Ucrania son los Shared
fabricados por Irán. Los drones, un arma barata y fácil de fabricar, están
cambiando las reglas de la guerra conocidas hasta ahora y EE.UU. está
descubriendo a sus expensas que el coste de gastar misiles para derribarlos es
enorme. Paradojas de la vida, según el Financial Times, Washigton
estaría negociando con Kyiv la adquisición de drones interceptores
desarrollados por los ucranianos para combatir a los iraníes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario