lunes, 9 de marzo de 2026

La segunda guerra de las patatas fritas

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Al igual que en 2003, Europa afronta dividida una nueva acción militar de EE.UU, con España sustituyendo a Francia como líder del ‘no’


Si un español de 2003 hubiera hibernado desde entonces y despertara de repente en 2026, tendría la misma sensación que Bill Murray en El día de la marmota. Otra vez Estados Unidos lanzándose a la guerra contra un país de Oriente Medio. Y otra vez Europa dudando, dividida, sobre la respuesta que dar al órdago de su aliado americano. Solo que en esta ocasión, para confusión de nuestro imaginario protagonista, los actores aparecen con los papeles intercambiados. La Historia no se repite, pero a veces rima. Irán no es Irak y el escenario internacional no es hoy el mismo que hace veintitrés años. Pero la situación creada por la guerra de EE.UU. e Israel contra Irán recuerda mucho a la del 2003. Sobre todo en lo que afecta al papel de Europa y a la relación con su aliado trasatlántico.

La guerra desencadenada por Donald Trump contra el régimen de los ayatolás es tan ilegal e injustificada como la lanzada en 2003 por George W. Bush contra el Irak de Sadam Husein (por más que el entonces presidente de EE.UU. obtuviera la autorización del Congreso y tratara -en vano- de obtener el aval de la ONU alegando falsamente que el régimen de Bagdad fabricaba y ocultaba armas de destrucción masiva)

La diferencia fundamental entre ayer y hoy, en lo que a Europa atañe, es que allí donde Bush buscó armar una coalición internacional, con la participación de destacados países europeos, Trump se ha unido -si no seguido- exclusivamente a Israel y ha ninguneado a sus aliados europeos, a quienes no se tomó ni siquiera la molestia de informar. Aunque dando por hecho que tendrían que seguirle ciegamente. Las primeras reacciones europeas ante los hechos consumados, tibias y dubitativas (¿podría ser de otra manera?), solo suscitaron desprecio en Washington. “Se han vuelto patéticamente blandos”, tronó el veterano senador republicano -hoy convertido al trumpismo- Lindsey Graham.

Al igual que sucedió en 2003 con Irak, la guerra de Irán ha abierto un nuevo cisma en Europa, entre aquellos que han decidido alinearse con Washington y quienes han plantado cara o han marcado distancias -haciendo en algún momento verdaderas contorsiones-. Esta vez, sin embargo, los principales países europeos se han intercambiado sus papeles, como si un crupier caprichoso hubiera cambiado las cartas.

Hace 23 años, los principales aliados de EE.UU. fueron el Reino Unido y España, quienes no solo se comprometieron políticamente sino que movilizaron tropas y medios militares para ayudar al ejército norteamericano en la ofensiva. Dentro de pocos días, el 16 de marzo, será el aniversario de la célebre foto de las Azores, donde George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar -acompañados por el portugués José Manuel Durão Barroso, en el papel de anfitrión-, acordaron poner en marcha la invasión, que comenzaría cuatro días después.

No fueron los únicos países europeos que se sumaron, con más o menos ahínco, a la coalición. Hubo muchos del antiguo bloque del Este, convertidos a un atlantismo militante -Bulgaria, Eslovaquia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa y Rumanía-, pero también Dinamarca, Italia y los Países Bajos. Dato curioso: incluso Ucrania apoyó entonces a Washington, que ya lo ha olvidado.

Si la lista de países europeos que se sumaron a EE.UU. contra Irak era abultada, hubo dos ausencias clamorosas y de enorme peso político, Alemania y Francia. El francés Jacques Chirac y el alemán Gerhard Schröder lideraron la oposición a la guerra, resistiendo todas las presiones de Washington. Chirac, el más beligerante, criticó con aspereza a los países del Este, candidatos en aquel momento a adherirse a la UE, por su entreguismo a Washington y se enfrentó duramente a Aznar, hacia quien a partir de ese momento incubó una profunda animadversión.

Francia fue muy lejos en su oposición a la guerra y no dudó en utilizar su derecho de veto como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU para impedir que EE.UU. obtuviera el aval de la comunidad internacional. “En este templo de las Naciones Unidas, somos los guardianes de un ideal, somos los guardianes de una conciencia. Nuestra gran responsabilidad y nuestro inmenso honor deben llevarnos a dar prioridad al desarme en la paz”, proclamó en un brillante discurso el entonces ministro francés de Exteriores, el napoleónico Dominique de Villepin. El vicepresidente de EE.UU., Dick Cheney, acusó al gobierno francés de cometer un “crimen imperdonable”.

Veintitrés años después, y enfrentados a la guerra de Irán, las tornas han cambiado. El país que planta cara a EE.UU. es España, mientras Francia y el Reino Unido hacen juegos de equilibrismo y Alemania se alinea incondicionalmente con Washington. “No es el momento de dar lecciones a nuestros aliados”, proclamó el canciller Friedrich Merz antes de visitar la Casa Blanca el martes y cumplimentar a Donald Trump, con quien dijo estar "en la misma sintonía” respecto a la necesidad de derribar al régimen de los ayatolás. Eso sí, sin asumir ningún compromiso militar. Una actitud que el analista norteamericano Ian Bremmer ha descrito con la palabra alemana drahtseilakt (caminar por la cuerda floja). Merz, muy criticado dentro y fuera de su país por su obsequiosa actitud hacia Trump, parece haber apostado una vez más por salvaguardar a toda costa las buenas relaciones con Washington, con el objetivo de que EE.UU. siga comprometido con Europa en la búsqueda de una solución justa a la guerra de Ucrania. Así sea importunándose con España y montando un formidable lío diplomático.

El español Pedro Sánchez es hoy quien lleva en Europa la antorcha contra la guerra. El presidente del Gobierno no solo ha condenado la intervención unilateral de EE.UU. e Israel sino que avanzó su negativa a ceder las bases militares de uso conjunto de Rota y Morón para el uso de la fuerza aérea de EE.UU. en su ofensiva contra Irán. Algo para lo que bastó el anuncio mismo, pues Washington ni siquiera llegó a pedir la preceptiva autorización (de acuerdo con el convenio firmado por ambos países en 1988). Elogiado en Europa por su actitud moral, Sánchez ha reactivado en clave interna el grito de “No a la guerra”.

La reacción de Washington ha tenido la virulencia que cabía esperar. Donald Trump ha lanzado varias andanadas contra España, a quien ha calificado de “aliado terrible” y amenazado con cortar toda relación comercial, abriendo la veda a toda suerte de ataques, como el del secretario del Tesoro, Scott Bessent, quien acusó al gobierno de Madrid de “poner en peligro” la vida de estadounidenses. La fiebre trumpista en las redes sociales -charca emponzoñada que no existía aún en 2003- subieron varios grados. Baste un ejemplo. Will Chamberlain, vicepresidente de la Edmund Burke Foundation -una plataforma conservadora nacionalista-, llamaba estos días en la red social X a tomar represalias militares: “Después de que terminemos con Irán y Cuba, deberíamos considerar seriamente añadir a España a la lista”. Este es el ambiente.

Los ataques contra el gobierno de Sánchez hicieron que destacados líderes europeos -como el presidente francés, Emmanuel Macron- y las principales autoridades comunitarias -António Costa y Ursula von der Leyen- salieran en defensa de España, recordando que las relaciones comerciales con EE.UU. son con el conjunto de la UE y que cualquier acción contra un país miembro recibiría una respuesta de todo el bloque. Sánchez se ha encontrado con un apoyo inesperado -aunque indirecto y no explícito- con el posicionamiento de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni -amiga declarada de Trump-, quien ha excluido la participación de Italia en la guerra y condicionado la cesión del uso de sus bases a un pronunciamiento del Parlamento.

De momento, Trump no ha pasado de las palabras a los hechos. Pero no hay que descartar represalias. Francia lo sabe de primera mano. En 2003, la campaña levantada contra los intereses franceses fue también mayúscula y, desde luego, fue más allá del simbolismo de rebautizar las populares french fries (patatas fritas) como freedom fries. Los medios conservadores americanos alentaron un boicot activo a los productos franceses y en los primeros meses de la crisis las ventas de vino francés en EE.UU. cayeron hasta un 35%, mientras los restaurantes franceses se vaciaban de clientes. El efecto del boicot fue temporal, pero según un estudio de la Universidad de Cambridge supuso unas pérdidas para este sector -el más afectado- de 120 millones de dólares.

 

Quizá por eso París hace hoy menos el gallo. Francia y el Reino Unido -con quienes Alemania firmó el domingo una primera declaración muy crítica con Irán por sus ataques indiscriminados a los países del Golfo, amenazando con una intervención- han mantenido una actitud más tornadiza, cuando no ambivalente. El presidente Emmanuel Macron, después de navegar inicialmente en la ambigüedad, ha condenado la guerra contra Irán por considerarla una “violación del derecho internacional” -no sin dejar de culpar de ello a Teherán- y asegurado que Francia se mantendrá al margen. No obstante, le ha faltado tiempo para ofrecer a EE.UU. el uso de la base militar de Istres, cerca de Marsella, para que recalen sus aviones cisterna camino de Oriente Medio.

El primer ministro británico, Keir Starmer, atormentado por la sombra de Tony Blair, ha intentado por su parte desmarcarse de Washington pero sin importunarse demasiado con su aliado, lo que no ha acabado de conseguir. Tras resistirse inicialmente a ceder el uso de sus bases a EE.UU., lo que provocó el enfado norteamericano, Starmer acabó cediendo, aunque remarcando que el Reino Unido se mantendría al margen de la guerra. Después de España, es lo que más ha irritado a Trump, que ha dicho sentirse “decepcionado”.

El premier británico ha autorizado al ejército norteamericano, exclusivamente para “operaciones de naturaleza defensiva” (sea lo que sea eso cuando uno es el agresor), el uso de sus bases en Inglaterra y en las islas Chagos, en el océano Índico. En un primer momento, pareció que también autorizaba el uso de la base de Akrotiri, en Chipre, a solo 500 kilómetros del teatro de operaciones, lo que puso a Nicosia de los nervios y desencadenó amenazas de represalias por parte de Teherán. La madrugada del lunes un dron de fabricación iraní Shahed cayó sobre un hangar de la base, desatando todas las alarmas. Los británicos creen que el dron no partió de Irán (¿de Líbano? ¿disparado por Hizbulah?)

Chipre es el eslabón débil, la falla por donde Europa podría verse arrastrada a la guerra muy a su pesar. Varios países europeos han decidido enviar a la zona buques de guerra y aviones de combate para reforzar la seguridad de la isla, empezando por Francia -que ha movilizado a su portaaviones Charles de Gaulle, con capacidad nuclear- y siguiendo por el Reino Unido, España -con la fragata Cristóbal Colón-, Italia y Grecia. La República de Chipre -que gobierna la mitad sur de la isla, la norte sigue ocupada por Turquía- no forma parte de la OTAN, pero sí de la UE -donde ingresó en 2004- y esta es su única protección. Todo el mundo espera que no se vea obligada a invocar la cláusula de defensa mutua del artículo 42.7 del Tratado de la UE, que obliga a todos los estados miembros a acudir en auxilio de aquél que sea objeto de un ataque armado en su territorio.

 

 

Efectos colaterales en Ucrania. La guerra de Irán puede tener un fuerte impacto sobre la guerra de Ucrania y no solo -como ocurrió con Gaza- por el hecho de que distraiga la atención de la opinión internacional y -sobre todo- de Donald Trump. El enorme gasto de misiles que el ejército de EE.UU., está realizando para interceptar los ataques de Irán -fundamentalmente drones, destinados a gastar las reservas del adversario- hace temer a Kyiv que Washington le recorte los cruciales suministros -pagados por los europeos y adquiridos por la OTAN- de baterías Patriot. Así lo puso de manifiesto el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, quien mostró una gran inquietud. Rusia, que por su parte parecía regocijarse con la perspectiva de la subida del precio del petróleo -fundamental para financiar su esfuerzo de guerra-, podría enfrentarse a un problema parecido en la medida en que los drones que utiliza masivamente para atacar a Ucrania son los Shared fabricados por Irán. Los drones, un arma barata y fácil de fabricar, están cambiando las reglas de la guerra conocidas hasta ahora y EE.UU. está descubriendo a sus expensas que el coste de gastar misiles para derribarlos es enorme. Paradojas de la vida, según el Financial Times, Washigton estaría negociando con Kyiv la adquisición de drones interceptores desarrollados por los ucranianos para combatir a los iraníes.

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