lunes, 23 de marzo de 2026

EE.UU., camino de su enésima derrota

'Visión periférica'

La fuerza militar desplegada hasta ahora por EE.UU. contra Irán se está revelando insuficiente para quebrar al régimen de Teherán, cuya estrategia de atacar la economía mundial puede forzar a Trump a retirarse cantando una falsa victoria.

 

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, y al margen de intervenciones militares menores, Estados Unidos ha participado en cinco grandes guerras y apenas ha ganado ninguna. La de Irán, que hace seis, va por el mismo camino. Ni en Corea (1950-1953), ni en Vietnam (1955-1975), ni en Afganistán (2001-2021) ni en Irak (2003-2011) el coloso norteamericano alcanzó sus objetivos. La primera acabó en un armisticio, sin alterar el equilibrio de fuerzas (ahí está Kim Jong Un, el heredero de la estirpe comunista norcoreana, para atestiguarlo). En las demás tuvo que retirarse de forma más o menos humillante.

Solo en el caso de la guerra del Golfo (1990-1991), lanzada por el presidente George Bush (padre) para poner fin a la invasión iraquí de Kuwait, se puede decir que EE.UU. alcanzó el fin oficialmente perseguido. Si bien Washington consideró después que el trabajo se había quedado a medias y George W. Bush (hijo) atacó Irak en 2003 para derribar al régimen de Sadam Husein (lo cual consiguió, aunque enquistándose después en una guerra de baja intensidad que acabó con su retirada en 2011 sin haber logrado estabilizar el país ni convertirlo en un aliado fiable)

Vale la pena detenerse un momento en la guerra del Golfo, la primera gran intervención militar norteamericana en Oriente Medio. Para expulsar al ejército iraquí de Kuwait, EE.UU. reunió una  gran coalición internacional integrada por una cuarentena de países –desde árabes a europeos, entre ellos España– y obtuvo el aval de la ONU para restablecer las fronteras. No fue difícil. Derrotado el ejército iraquí, hubo quien hubiera deseado proseguir hasta Bagdad. Pero Bush frenó en la frontera, donde acababa el mandato legal de las Naciones Unidas.

El secretario de Guerra (antes Defensa) de EE.UU., Pete Hegseth –quien sirvió en Irak en 2005-2006, pero cuyo mayor mérito a ojos del presidente Donald Trump ha sido ser comentarista y agitador televisivo en Fox News TV–, aludió a la guerra del Golfo en una reunión con altos militares en 2025 poniéndola como modelo de una intervención exitosa: “Fue una misión limitada, con una fuerza abrumadora y un objetivo final claro”, resumió.

La guerra de Irán es un evidente contraejemplo. De entrada, y a diferencia de la del Golfo, no tiene el aval de la ONU ni ha logrado reunir una amplia coalición internacional en torno a EE.UU, que parece hacer aquí más bien el papel de comparsa de Israel (tal como ha denunciado el director del Centro Nacional de Contraterrorismo, Joe Kent, en su carta de dimisión). Sí se está empleando en Irán una fuerza abrumadora, pero en una campaña exclusivamente de bombardeos aéreos, sin intervenir hasta ahora –también a diferencia de la guerra del Golfo– con tropas de tierra, lo que tiene un alcance limitado. Pero ni es una operación acotada ni tiene un objetivo claro.  Y, por lo que se está viendo, Trump –quien ya en su primer mandato hizo gala de no leerse los informes de inteligencia porque le aburrían– ni siquiera anticipó la respuesta militar de Irán y se sorprende ahora tanto del cierre del estrecho de Ormuz como del ataque iraní a los aliados de EE.UU. en el Golfo.

La estrategia de Irán, incapaz de vencer convencionalmente a EE.UU. en el terreno militar, es muy clara. Resistir a toda costa y tratar de hacer el máximo daño posible a la economía mundial y estadounidense, de tal suerte que Trump se vea obligado a dar marcha atrás. La guerra de Irán no es popular en EE.UU. –un 54% de los norteamericanos está en contra–, ha violentado a la propia base electoral del mundo MAGA (Make America Great Again) –a la que el presidente había prometido no más guerras– y amenaza con disparar los precios y el coste de la vida –lo que le costó la presidencia al demócrata Joe Biden–, justo a ocho meses de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato (Midterm), que podrían costarle la mayoría a los republicanos en la Cámara de Representantes y, acaso, el Senado.

La guerra que libra Irán es una guerra asimétrica, o lo que el politólogo Robert A. Pape, de la Universidad de Chicago, llama una “estrategia de escalada horizontal”, a base de multiplicar los frentes geográficamente –atacando a los aliados de EE.UU. en el golfo Pérsico, bloqueando el estrecho de Ormuz– en busca de que el tiempo fuerce al enemigo a redoblar su apuesta o retirarse. El analista chino Jiang Xueqin considera que el ataque de Irán a sus vecinos, más allá de desestabilizar el mercado mundial del petróleo y el gas,  pone además en peligro directamente la economía de EE.UU., al privarle de los petrodólares que riegan de dinero su mercado de valores y financian, entre otras, las enormes inversiones en inteligencia artificial (IA).

“El régimen [de Teherán] sabía desde el principio que no podía igualar militarmente a EE.UU. e Israel. Su meta de éxito es menor: sobrevivir y hacer que Trump sufra más de lo que está dispuesto a tolerar”, abunda el analista estadounidense Ian Bremmer, de Eurasia Group. Y si algo empieza a verse, en medio del laberinto de declaraciones contradictorias que hace cada día, es que Trump está ya impaciente por encontrar una salida que le permita cantar victoria y batirse en retirada.

De todos los objetivos –variables– que Washington ha expresado para justificar la guerra, el secretario de Estado, Marco Rubio, fue el que puso el listón más bajo: destruir la fuerza naval y los misiles balísticos iraníes. Ni siquiera su capacidad nuclear –que Trump dio por aniquilada en los bombardeos de junio de 2025–, por más que aún haya 400 toneladas de uranio enriquecido escondidas en algún lugar.

Más temprano que tarde, Trump se verá forzado a parar. Y es muy probable que lo único que haya ganado con la guerra es poner a Irán de rodillas –sí–, pero con un régimen intacto y radicalizado, y más determinado que nunca a obtener la bomba atómica como garantía de supervivencia.


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