'Visión periférica'
La fuerza militar desplegada hasta ahora por EE.UU. contra Irán se está revelando insuficiente para quebrar al régimen de Teherán, cuya estrategia de atacar la economía mundial puede forzar a Trump a retirarse cantando una falsa victoria.
Desde el
final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, y al margen de intervenciones
militares menores, Estados Unidos ha participado en cinco grandes guerras y
apenas ha ganado ninguna. La de Irán, que hace seis, va por el mismo camino. Ni
en Corea (1950-1953), ni en Vietnam (1955-1975), ni en Afganistán (2001-2021)
ni en Irak (2003-2011) el coloso norteamericano alcanzó sus objetivos. La
primera acabó en un armisticio, sin alterar el equilibrio de fuerzas (ahí está
Kim Jong Un, el heredero de la estirpe comunista norcoreana, para
atestiguarlo). En las demás tuvo que retirarse de forma más o menos humillante.
Solo en el
caso de la guerra del Golfo (1990-1991), lanzada por el presidente George Bush
(padre) para poner fin a la invasión iraquí de Kuwait, se puede decir que
EE.UU. alcanzó el fin oficialmente perseguido. Si bien Washington consideró
después que el trabajo se había quedado a medias y George W. Bush (hijo) atacó
Irak en 2003 para derribar al régimen de Sadam Husein (lo cual consiguió,
aunque enquistándose después en una guerra de baja intensidad que acabó con su
retirada en 2011 sin haber logrado estabilizar el país ni convertirlo en un
aliado fiable)
Vale la
pena detenerse un momento en la guerra del Golfo, la primera gran intervención
militar norteamericana en Oriente Medio. Para expulsar al ejército iraquí de
Kuwait, EE.UU. reunió una gran coalición
internacional integrada por una cuarentena de países –desde árabes a europeos,
entre ellos España– y obtuvo el aval de la ONU para restablecer las fronteras.
No fue difícil. Derrotado el ejército iraquí, hubo quien hubiera deseado
proseguir hasta Bagdad. Pero Bush frenó en la frontera, donde acababa el mandato
legal de las Naciones Unidas.
El
secretario de Guerra (antes Defensa) de EE.UU., Pete Hegseth –quien sirvió en
Irak en 2005-2006, pero cuyo mayor mérito a ojos del presidente Donald Trump ha
sido ser comentarista y agitador televisivo en Fox News TV–, aludió a la guerra
del Golfo en una reunión con altos militares en 2025 poniéndola como modelo de
una intervención exitosa: “Fue una misión limitada, con una fuerza abrumadora y
un objetivo final claro”, resumió.
La guerra
de Irán es un evidente contraejemplo. De entrada, y a diferencia de la del
Golfo, no tiene el aval de la ONU ni ha logrado reunir una amplia coalición
internacional en torno a EE.UU, que parece hacer aquí más bien el papel de
comparsa de Israel (tal como ha denunciado el director del Centro Nacional de
Contraterrorismo, Joe Kent, en su carta de dimisión). Sí se está empleando en
Irán una fuerza abrumadora, pero en una campaña exclusivamente de bombardeos
aéreos, sin intervenir hasta ahora –también a diferencia de la guerra del
Golfo– con tropas de tierra, lo que tiene un alcance limitado. Pero ni es una
operación acotada ni tiene un objetivo claro.
Y, por lo que se está viendo, Trump –quien ya en su primer mandato hizo
gala de no leerse los informes de inteligencia porque le aburrían– ni siquiera
anticipó la respuesta militar de Irán y se sorprende ahora tanto del cierre del
estrecho de Ormuz como del ataque iraní a los aliados de EE.UU. en el Golfo.
La
estrategia de Irán, incapaz de vencer convencionalmente a EE.UU. en el terreno
militar, es muy clara. Resistir a toda costa y tratar de hacer el máximo daño
posible a la economía mundial y estadounidense, de tal suerte que Trump se vea
obligado a dar marcha atrás. La guerra de Irán no es popular en EE.UU. –un 54%
de los norteamericanos está en contra–, ha violentado a la propia base
electoral del mundo MAGA (Make America Great Again) –a la que el presidente
había prometido no más guerras– y amenaza con disparar los precios y el coste
de la vida –lo que le costó la presidencia al demócrata Joe Biden–, justo a
ocho meses de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato (Midterm),
que podrían costarle la mayoría a los republicanos en la Cámara de Representantes
y, acaso, el Senado.
La guerra
que libra Irán es una guerra asimétrica, o lo que el politólogo Robert A. Pape,
de la Universidad de Chicago, llama una “estrategia de escalada horizontal”, a
base de multiplicar los frentes geográficamente –atacando a los aliados de
EE.UU. en el golfo Pérsico, bloqueando el estrecho de Ormuz– en busca de que el
tiempo fuerce al enemigo a redoblar su apuesta o retirarse. El analista chino
Jiang Xueqin considera que el ataque de Irán a sus vecinos, más allá de
desestabilizar el mercado mundial del petróleo y el gas, pone además en peligro directamente la
economía de EE.UU., al privarle de los petrodólares que riegan de dinero su
mercado de valores y financian, entre otras, las enormes inversiones en
inteligencia artificial (IA).
“El régimen
[de Teherán] sabía desde el principio que no podía igualar militarmente a
EE.UU. e Israel. Su meta de éxito es menor: sobrevivir y hacer que Trump sufra
más de lo que está dispuesto a tolerar”, abunda el analista estadounidense Ian
Bremmer, de Eurasia Group. Y si algo empieza a verse, en medio del laberinto de
declaraciones contradictorias que hace cada día, es que Trump está ya
impaciente por encontrar una salida que le permita cantar victoria y batirse en
retirada.
De todos
los objetivos –variables– que Washington ha expresado para justificar la
guerra, el secretario de Estado, Marco Rubio, fue el que puso el listón más
bajo: destruir la fuerza naval y los misiles balísticos iraníes. Ni siquiera su
capacidad nuclear –que Trump dio por aniquilada en los bombardeos de junio de
2025–, por más que aún haya 400 toneladas de uranio enriquecido escondidas en
algún lugar.
Más
temprano que tarde, Trump se verá forzado a parar. Y es muy probable que lo
único que haya ganado con la guerra es poner a Irán de rodillas –sí–, pero con
un régimen intacto y radicalizado, y más determinado que nunca a obtener la
bomba atómica como garantía de supervivencia.

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