domingo, 12 de abril de 2026

Las dos guerras del oro negro

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El petróleo se coloca en el centro de los conflictos de Irán y de Ucrania, cada vez más entremezclados

El 11 de diciembre de 1972, el astronauta norteamericano Eugene Cernan, comandante de la misión Apollo 17 de la NASA, se convirtió en el último hombre en pisar la Luna. En octubre de 1973, diez meses después de aquella última misión tripulada a nuestro satélite, estalló la crisis del petróleo y el mundo se sumió en una profunda recesión que se prolongaría hasta bien avanzada la década. De un día para el otro, los años de expansión económica y prosperidad posteriores a la Segunda Guerra Mundial se esfumaron.

En esta primavera de 2026, la atmósfera tiene un aire a los años 70 del siglo pasado. La NASA vuelve a enviar a astronautas a la Luna -en la misión Artemis 2, aunque en esta ocasión se limitarán a orbitarla- mientras la enésima guerra en Oriente Medio vuelve a estrangular el suministro de petróleo -y de gas licuado-, disparando los precios y amenazando con poner al mundo de nuevo patas arriba.

En 1973, los países árabes impusieron un embargo de la venta de petróleo a los países aliados de Israel que le ayudaron en la guerra del Yom Kipur contra una coalición árabe liderada por Egipto y Siria. Era un embargo político y parcial, pero pronto el encarecimiento del petróleo alcanzó a todo el mundo. Hubo penuria de carburante y los precios se dispararon en cascada. En algunos países se aplicaron restricciones en las gasolineras y todos se vieron forzados a adoptar medidas de ahorro de energía. “Aunque usted pueda pagarlo, España no puede”, rezaba una célebre campaña del Gobierno, que redujo el límite de velocidad por autopista a 100 km/h…. La crisis abrió un grave periodo de estanflación: estancamiento económico, desempleo y alta inflación.

Hoy, algo más de medio siglo después, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán amenaza con parecidas consecuencias. La respuesta del régimen de Teherán a la agresión, bloqueando selectivamente el estrecho de Ormuz, ha estrangulado una vía por la que transita una quinta parte del petróleo y del gas licuado que se comercializa en el mundo, desplomando las exportaciones -al menos en un 70%- y frenando la producción de los países árabes ribereños. Si por Ormuz pasaban antes una media de 150 petroleros diarios, ahora apenas atraviesan entre 10 y 20, según el capricho de Teherán y pagando un peaje. Solo Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos pueden derivar parte de su producción por oleoductos hacia el Mar Rojo y el golfo de Omán, respectivamente, mientras que Bahréin, Irak, Kuwait y Qatar están atrapados.

Europa no obtiene de esta región lo esencial de sus necesidades energéticas -la mayor parte del petróleo lo compra a EE.UU. y Noruega, así como el gas, además de a Argelia-, pero las tensiones del mercado han hecho ya que el precio del crudo se dispare por encima de los 100 dólares el barril y que el del gas se haya incrementado más del 70%. Europa gastó en marzo 14.000 millones de euros de más en la importación de combustibles fósiles. Y este encarecimiento ha empezado a repercutir en los precios: la inflación subió al 2,5% el mes pasado en la zona euro.

Con todo el mundo compitiendo por una cantidad de petróleo menor, el riesgo no es únicamente que suban los precios, sino que haya escasez. El director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), Fatih Birol, ha advertido que la situación, si se prolonga, podría representar “la mayor amenaza para la seguridad energética mundial de toda la historia”. Este mes de abril llegarán a Europa los últimos petroleros que pudieron salir por Ormuz. A partir de ahí, las cosas no pueden sino complicarse.

La Comisión Europea ha aconsejado esta semana a los países miembros -algunos de los cuales, como España, ya han tomado medidas fiscales para rebajar el impacto del alza de precios sobre el consumidor- que empiecen a pensar también en medidas de ahorro energético. En una carta dirigida a los 27, el comisario de Energía y Vivienda, Dan Jørgensen, propone medidas como bajar en 10 km/h el límite de velocidad en las autopistas, impulsar el uso del transporte público, promover el teletrabajo tres días a la semana o reducir los viajes en avión. Alemania ya se plantea poner un límite de velocidad en las autopistas -ahora no hay ninguno- y Eslovenia es el primero en haber empezado a aplicar racionamiento de carburante (un límite de 50 litros al día para los particulares)

Estados Unidos no está hoy en la misma situación que en 1973. Ya no depende para nada del petróleo de Oriente Medio y se ha convertido -gracias a la técnica del fracking- en el primer exportador mundial. El presidente Donald Trump, en su proverbial logorrea, se jactaba no hace muchos días de la enorme cantidad de dinero que iban a ganar las compañías petroleras y gasísticas norteamericanas. Sin embargo, los ciudadanos de a pie están ya empezando a pagarlo: el precio de la gasolina en EE.UU. ha superado los 4 dólares por galón (equivalente a 3,8 litros), una cifra que no se veía desde el 2022. A siete meses de las cruciales elecciones legislativas de medio mandato (mid-term), en las que los republicanos se juegan la mayoría en las cámaras, el panorama es preocupante para Trump. ¿No fue la inflación la que derrotó a Joe Biden?

De ahí que el nerviosismo del presidente de EE.UU. haya ido en aumento conforme la guerra se ha ido prolongando -hoy cumple cinco semanas- sin haber logrado quebrar la resistencia del régimen iraní, que mantiene a la economía mundial en un puño. Esta semana, Trump ha vuelto a cargar contra sus aliados europeos por desentenderse de la guerra y no asumir el riesgo de una intervención militar para desbloquear el estrecho de Ormuz. “Tengo una sugerencia para vosotros -escribió-: Número 1, compradlo [el petróleo] a EE.UU., tenemos de sobra; y Número 2, armaos de ese valor que os falta, id al estrecho y simplemente tomadlo”. Y, como seguían sin hacerle caso, amenazó de nuevo con abandonar la OTAN: “Nunca me convenció la OTAN. Siempre supe que era un tigre de papel, y Putin también lo sabe, por cierto”, añadió hurgando en la herida de Ucrania.

Europa, sin embargo, parece haberse acostumbrado ya a las bravatas de su díscolo aliado y no se deja arredrar. Un grupo de 40 países reunidos en el Reino Unido el jueves se mostraron dispuestos a multiplicar las gestiones diplomáticas para lograr la reapertura del estrecho de Ormuz y también a desplegar medios militares para garantizar el libre tránsito, pero -¡ojo!- siempre después de un alto el fuego. El presidente francés, Emmanuel Macron, consideró que "no es realista" pretender tomar el estrecho por la fuerza, además de acusar a Trump de falta de seriedad.

Si al principio de la crisis, España fue el único país que se destacó en contra de la guerra -prohibiendo el uso de sus bases y cerrando el espacio aéreo a EE.UU.-, poco a poco se le han ido sumando todos los demás. Austria, Italia y Francia han impuesto también restricciones a las operaciones militares norteamericanas en su suelo o su espacio aéreo. “Debo ser franco con Washington y Tel Aviv: la solidaridad de Alemania no es ciega. Tras un mes de operaciones militares, ni EE.UU. ni Israel han presentado una estrategia coherente para el día después (…) Alemania no enviará tropas a un conflicto que carezca de un plan de salida claro”, declaró con una contundencia inhabitual el fin de semana pasado el canciller Friedrich Merz. Y el británico Keir Starmer respondió el miércoles a las amenazas de Trump con igual claridad: “No es nuestra guerra y no vamos a dejarnos arrastrar a ella”.

La guerra de Europa es otra, la de Ucrania frente a la agresión de Rusia. Pero ambas han empezado a confluir. El alza de los precios del petróleo está teniendo como directo beneficiario a Moscú, al que además -para tratar de combatir la carestía del crudo- Washington ha levantado parcialmente las sanciones que pesaban sobre sus exportaciones. La venta exterior de combustibles fósiles representa para Rusia entre el 30% y el 50% de los ingresos del presupuesto federal. Y los cálculos de los analistas indican que cada 10 dólares de aumento del precio del barril de petróleo representan para Vladímir Putin unos ingresos fiscales adicionales mensuales de 1.600 millones de dólares (cerca de 1.400 millones de euros), que contribuyen a financiar el esfuerzo de guerra.

A Rusia le conviene que la guerra de Irán se eternice, tanto por razones financieras como políticas. Cuanto más focalizado esté Trump en Oriente Medio, y más irritado se sienta con sus aliados europeos, más probable es que EE.UU. se desentienda de la guerra de Ucrania. De ahí que Moscú, discretamente, esté apoyando a Irán suministrándole drones -devolviéndole el favor en este terreno- y proporcionándole información de inteligencia sobre los objetivos norteamericanos en la región. Sorprendentemente, y a pesar de haber sido desvelado públicamente, Washington ha decidido no darle ninguna importancia a este hecho.

Para combatir el inesperado enriquecimiento ruso, el ejército ucraniano ha lanzado una campaña de ataques selectivos contra los puertos petroleros rusos, con el fin de obstaculizar y frenar sus exportaciones de crudo. Así, en los últimos días los drones ucranianos han golpeado los puertos de Novorossíisk, en el mar Negro, y de Primorsk y de Ust-Louga, en el Báltico. Este último, objeto de tres bombardeos consecutivos, exporta alrededor de 700.000 barriles por día. También ha proseguido sus ataques contra algunas refinerías, como la de Kirichi. A partir de datos del mercado, la agencia Reuters ha estimado que la ofensiva ucraniana habría paralizado temporalmente el 40% de las exportaciones rusas.

En ese contexto se entiende mejor que Kyiv se haga el remolón a la hora de reparar el oleoducto Druzhda -dañado por la guerra- que conduce petróleo ruso a Hungría y Eslovaquia, los dos países de la UE próximos a los intereses de Moscú y que mantienen -con este pretexto- bloqueado el crucial préstamo de 90.000 millones de euros para Ucrania acordado en la cumbre europea del pasado mes de diciembre.

Paralelamente, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en una hábil e inesperada maniobra diplomática, ha realizado una rápida gira por el golfo Pérsico y ha firmado esta última semana acuerdos de cooperación y defensa con Arabia Saudí, los Emiratos y Qatar, víctimas de los ataques iraníes en su estrategia de extender el conflicto. La defensa ante este tipo de bombardeos es enormemente desigual, pues los drones son mucho más baratos -unos 35.000 dólares la unidad- y se fabrican mucho más rápido que los misiles interceptores -que pueden costar entre 2 y 4 millones-. Aquí Kyiv puede ser de mucha ayuda.

Después de cuatro años de guerra, Ucrania ha desarrollado drones interceptores contra los drones rusos -inicialmente de fabricación iraní, los Shahed-136, luego replicados por Moscú bajo el nombre de Geran-2- y tiene una sólida experiencia militar en este tipo de combate, que es lo que ha ofrecido a los países árabes. Kyiv se ha comprometido a enviar asesores y montar nuevas cadenas de producción de drones tanto en Ucrania como en el golfo Pérsico y, a cambio, recibirá ayuda financiera y misiles de defensa antiaérea para repeler los ataques rusos con misiles. “Hoy Ucrania no solo necesita ayuda, también está lista para ayudar a quienes nos ayudan”, ha declarado Zelenski. Las guerras de Irán y de Ucrania empiezan a entremezclarse inopinadamente.

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