Visión periférica
Empujado por Israel, Trump se lanzó a la guerra contra Irán
y ahora intenta salir como sea del lodazal en que se ha metido. El presidente
de EE.UU. está pagando la ruptura unilateral
del acuerdo nuclear firmado en 2015 con Teherán.
El 11 de febrero Donald Trump cerró definitivamente la
trampa sobre sí mismo. Ese día recibió en la Casa Blanca al primer ministro
israelí, Beniamin Netanyahu, y se dejó convencer de que era el momento propicio
para atacar a Irán y forzar la caída del régimen de los ayatolás. El presidente
de Estados Unidos, cuyo ego desbordaba a raíz de la exitosa operación militar
en Venezuela contra Nicolás Maduro, se dejó tentar por la idea de una nueva
hazaña bélica y desoyó las reticencias expresadas por buena parte de los suyos.
La trampa, sin embargo, había empezado a tenderse mucho antes, en 2018, cuando
en su primer mandato Trump –empujado por el mismo Netanyahu– rompió el acuerdo
nuclear de 2015 con Teherán. “La mejor victoria es vencer sin combatir”,
escribió en el siglo V a.C. el estratega chino Sun Tzu en su célebre El arte de
la guerra. EE.UU. se privó de esta posibilidad hace ocho años.
El diario The New York Times ha desvelado algunos detalles
del encuentro del 11 de febrero y de los debates que en los días siguientes
mantuvo Trump con sus más estrechos colaboradores: el director de la CIA, John
Ratcliffe, y el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Dan Caine, pusieron en
duda la viabilidad de los planes presentados por Israel, así como el secretario
de Estado, Marco Rubio, y el vicepresidente, J.D. Vance., el más contrario a la
guerra. Solo el secretario de Defensa (oportunamente rebautizado ‘de Guerra’),
Pete Hegseth, estaba a favor.
Pero todas las reservas de unos y de otros fueron desoídas
por Trump, totalmente alineado con Netanyahu. El resultado es conocido: el 28
de febrero EE.UU. e Israel lanzaron una campaña de bombardeos masivos contra
Irán que no ha alcanzado –pese a la propaganda en sentido contrario– ninguno de
sus objetivos (salvo el de asesinar al líder Supremo, Ali Jamenei, y gran parte
de la cúpula iraní)
“El presidente Donald J. Trump estableció unos objetivos
claros en la operación Furia Épica y, en tan solo 38 días, la mayor fuerza de
combate que el mundo haya conocido jamás ha cumplido dichos objetivos con una
fuerza abrumadora y una precisión letal. Irán ha aceptado ahora un alto el
fuego y la reapertura del estrecho de Ormuz mientras la Administración Trump
negocia un acuerdo de paz más amplio, lo que demuestra una vez más el éxito de
la política de ‘paz por medio de la fuerza”. El día 8 la Casa Blanca
celebró de este modo, con un
triunfalismo totalmente desplazado, la precaria y frágil tregua alcanzada con
Teherán.
El comunicado se inscribe plenamente en lo que una de las
consejeras de Trump en su primer mandato, Kellyanne Conway, bautizó en su día
como “hechos alternativos”. Porque la realidad es que, siete semanas después de
empezadas las hostilidades, Irán está debilitado pero no ha sido vencido, el
régimen islamista sigue en pie –ahora en manos de los sectores más radicales,
encabezados por la Guardia Revolucionaria–, el uranio enriquecido con el que
Teherán podría algún día retomar su programa para fabricar la bomba atómica
–más de 400 kilos– sigue en paradero desconocido y las consecuencias del
bloqueo del estrecho de Ormuz –que parece acabado, por el momento– están
perjudicando ya a la economía mundial, incluida la de EE.UU. (con la inflación
descontrolada a siete meses de las cruciales elecciones mid-term)
La destrucción total de la capacidad militar iraní también
está lejos de haberse producido: según fuentes de los servicios de inteligencia
estadounidenses citados por la cadena CNN, Irán aún dispondría de la mitad de
sus lanzadores de misiles, así como de miles de drones: “Siguen estando en gran
medida en posición de causar un caos absoluto en toda la región”.
La medida de las dificultades de Trump la da el hecho de que
la navegación por el estrecho de Ormuz –a través del que se canaliza una quinta
parte de las exportaciones mundiales de petróleo y gas– sigue controlada por
Irán, que hasta el viernes no decidió reabrirla, bajo sus condiciones y siempre
que el alto el fuego temporal pactado entre Israel y Líbano se respete.
El presidente norteamericano está purgando ahora el pecado original de haber
roto en mayo del 2018 el acuerdo nuclear con Irán firmado tres años antes por
EE.UU. –siendo Barack Obama presidente–, el Reino Unido, Alemania, Francia, la
UE, China y Rusia, por el cual Teherán aceptó el control internacional de su
programa nuclear. También entonces Trump se dejó llevar por Netanyahu, quien
–contradiciendo los informes del Organismo Internacional de Energía Atómica
(OIEA), según el cual Irán cumplía lo pactado– aseguró tener pruebas de que el
régimen mantenía un programa nuclear secreto. Una semana después, Trump rompió
unilateralmente el acuerdo, calificándolo de “horrible” y despreciándolo como
“el peor acuerdo de la Historia”.
En un artículo en Foreign Affairs, la ex Alta representante
para la Política Exterior de la UE Federica Mogherini, quien participó en las
negociaciones del acuerdo de 2015, subrayaba que la única salida a la crisis
–hoy como ayer– vuelve a ser el diálogo. “La búsqueda de la vía diplomática con
Irán nunca fue un favor a Teherán –recordaba–. Fue un acto de interés propio
por parte de actores internacionales que querían evitar la alternativa. Su
razonamiento se ha visto justificado por esta terrible guerra”. Y apuntaba que
ahora, para conseguir un acuerdo, EE.UU. deberá abandonar la mera coerción y
ofrecer también “incentivos” a la otra parte, además de fijar mecanismos que
garanticen que el pacto perdurará por encima de los cambios políticos en
Washington.
Vistas las limitaciones de la opción bélica, Trump se ve
ahora confrontado al reto de tratar de
arreglar lo que rompió en 2018 y buscar un nuevo acuerdo. No será más fácil que
entonces. Y está por ver que el resultado sea mejor que hace ocho años.

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