domingo, 12 de abril de 2026

Cuidado con Narva, la ciudad rusa de la UE

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La frontera oriental de Estonia podría ser escenario de una acción provocadora de Moscú aprovechando la crisis de la OTAN


Retengan este nombre: Narva. Es uno de los puntos débiles de la extensa zona de fricción entre la Unión Europea y Rusia. Si algún día se produce un incidente militar, una provocación rusa para testar la respuesta de la OTAN, podría ser aquí, en esta ciudad del extremo nororiental de Estonia, a orillas del Báltico, poblada fundamentalmente por rusos. Mientras el mundo entero mira hacia el Golfo Pérsico, en este punto fronterizo entre Europa y Rusia -al otro lado del río Narva se encuentra la ciudad rusa de Ivángorod- empieza a percibirse una inquietante agitación.

Como todas las ciudades fronterizas, Narva -centro industrial venido a menos donde, pese a todo, se genera la mayor parte de la energía que consume el país- ha pasado históricamente de mano en mano. Fue dominio danés y sueco antes de pasar al Imperio Ruso y, después, a la Unión Soviética, donde permaneció hasta la independencia de Estonia en 1991. Los movimientos demográficos tras la Segunda Guerra Mundial hicieron que hoy Narva sea una ciudad mayoritariamente rusa -el 85% de la población- y que un tercio de sus habitantes conserven la nacionalidad rusa.

La relación entre la nueva Estonia europea y su importante minoría rusa -una cuarta parte de la población total del país- no es fácil y está envenenada por la desconfianza mutua. La política llevada a cabo por el Gobierno estonio, temeroso de las injerencias de Moscú, tampoco ha ayudado a lo contrario: prohibición del voto a los rusos y a los apátridas -ciudadanos mayoritariamente de origen ruso pero sin nacionalidad reconocida, a quienes se identifica con un pasaporte gris-, implantación progresiva del estonio como única lengua en la enseñanza… La población rusa en Estonia vive todas estas medidas como agravios, lo que otorga al Kremlin un caldo de cultivo ideal para la agitación.

La aparición, el pasado mes de febrero, de una campaña en las redes sociales anunciando la creación de una supuesta República Popular de Narva -que englobaría a la ciudad y todo el condado de Ida-Viru- ha creado cierta inquietud, por más que el gobierno de Tallin le haya querido restar importancia presentándolo como una muestra más de la guerra híbrida de Moscú contra los países de la Unión Europea. No es menos cierto, sin embargo, que movimientos preliminares parecidos se produjeron en su día en las regiones rusófonas del este de Ucrania, Donetsk y Luhansk, antes de que -con el apoyo militar externo de Moscú- se proclamaran repúblicas independientes en 2014 y de que, a partir de la invasión de Ucrania en 2022 por las tropas rusas, Rusia se las anexionara formalmente. Un acto no reconocido internacionalmente y que, por sí mismo, no les ha entregado el control efectivo de la totalidad del territorio (por el que siguen combatiendo desde hace cuatro años)

La campaña, de la que se han hecho eco los medios de comunicación estonios, fue detectada y denunciada públicamente por un blog independiente, Propastop, que rastrea internet en busca de maniobras de intoxicación y desinformación. Las publicaciones recopiladas por Propastop, vehiculadas a través de una cuenta de Telegram y redifundidas por TikTok y VKontakte (una especie de Facebook ruso), promueven un discurso separatista y despliegan nuevos símbolos identitarios: bandera propia, con los colores verde, negro y blanco; un escudo de armas con un águila negra, e incluso distintivos militares de unas supuestas fuerzas armadas de la República Popular de Narva.

La tensión alrededor de esta zona se ha incrementado con la ofensiva ucraniana, mediante bombardeos de drones, lanzada contra los puertos rusos en el Báltico –Primorsk y Ust-Luga– con el objetivo de obstaculizar las exportaciones de petróleo ruso, principal fuente de financiación de Moscú. Un dron extraviado se estrelló accidentalmente el pasado 25 de marzo en la central eléctrica estonia de Auvere, en las cercanías de Narva, sin causar heridos. Y este lunes, la portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, amenazó a los estados bálticos con “represalias” si seguían permitiendo el paso de los drones ucranianos por su espacio aéreo, lo que obligó a Tallin a pedir a Kyiv que busque rutas alternativas para sus ataques sin sobrevolar Estonia.

Rusia tiene suficientes dificultades en Ucrania -tras más de cuatro años de guerra y un terrible número de bajas, no ha logrado alcanzar sus objetivos y sus avances son muy limitados- como para pensar que pudiera lanzar un ataque en toda regla contra la UE, que es lo mismo que decir contra la OTAN. Pero no ceja en su guerra soterrada contra Europa, como demuestra la reciente operación de sabotaje intentada por tres submarinos rusos en el Atlántico Norte desbaratada por británicos y noruegos.

Los analistas occidentales llevan tiempo alertando de la posibilidad de que Moscú, aprovechando la crisis interna de la Alianza Atlántica precipitada por el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, pudiera realizar alguna acción ofensiva limitada para testar la respuesta de la OTAN. Podría ser una incursión en Narva. O en el llamado corredor de Suwalki, la franja fronteriza entre Lituania y Polonia que constituye el único acceso terrestre de Rusia -desde Bielorrusia, país aliado suyo, y atravesando territorio europeo- al enclave de Kaliningrado, donde está la base de la flota rusa del mar Báltico.

El rechazo europeo a intervenir en la guerra ha crispado al presidente de EE.UU., que ha amenazado varias veces -la última, esta misma semana- con abandonar la Alianza. “Nunca me convenció la OTAN. Siempre supe que era un tigre de papel, y [Vladímir] Putin también lo sabe, por cierto”, escribió en uno de sus múltiples y airados mensajes. Quizá el presidente ruso pueda estar tentado de probar hasta qué punto es así, con el objetivo de forzar la ruptura definitiva -por disolución- de la alianza occidental.

El amigo de Moscú. “En cualquier asunto en el que pueda ser de ayuda, estoy a su servicio”. Con estas palabras se habría expresado el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, en una conversación con el presidente ruso, Vladímir Putin, en octubre de 2025 a propósito de la posible organización en Budapest de una cumbre sobre Ucrania. La transcripción de la conversación, difundida por la agencia Bloomberg, viene a añadirse a otras informaciones inquietantes sobre la complicidad entre Budapest y Moscú, como el hecho de que el ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, le pasara a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, información sobre los debates en el Consejo Europeo. Todo ello, junto a la obstaculización sistemática de las medidas europeas de apoyo a Kyiv, ha afianzado la idea de que Orbán es un auténtico caballo de Troya dentro de la UE.

Todo esto podría cambiar -o no- en las cruciales elecciones legislativas que se celebran mañana domingo en Hungría, en las que por primera vez en 16 años Orbán podría perder el poder. Todos los sondeos, efectivamente, otorgan una amplia ventaja a su rival, el opositor Péter Magyar, pero algunos analistas advierten que el resultado final puede ser más ajustado de lo previsto. La UE sueña con la derrota de Orbán, mientras Vladímir Putin y Donald Trump -que envió al vicepresidente J.D.Vance en su apoyo-, tienen todas sus esperanzas puestas en su reelección. ¡Curiosa confluencia! La derrota del premier húngaro no sólo sería una mala noticia para Rusia. También representaría un golpe para la revolución ultraconservadora y autoritaria que hoy, contra toda lógica histórica, auspicia EE.UU. en el continente.

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