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La derrota
electoral del líder húngaro deja huérfanas a las huestes de la extrema derecha
europea
En la imaginería del western hollywoodiense hay una escena que se repite con cierta frecuencia. Acosados por un número de guerreros indios netamente superior, los protagonistas -generalmente, colonos en sus caravanas- consiguen zafarse matando al jefe de los asaltantes. Caído el caudillo apache (o sioux, o comanche), el ataque cesa y los guerreros se van por donde habían venido. La derrota electoral del hasta ahora primer ministro húngaro, el ultranacionalista Viktor Orbán -apeado del gobierno el domingo pasado tras 16 años ininterrumpidos en el poder-, parece haber tenido un efecto similar sobre las huestes europeas de la extrema derecha. Al menos, en su ánimo y en la percepción de la opinión pública. Ya no parece que se vayan a comer el mundo.
Ultraconservador
y antieuropeísta feroz, impulsor de un régimen personalista de corte
autoritario -la “democracia iliberal”, una democracia devaluada que mantiene
elecciones libres pero cercena la división de poderes y el Estado de derecho, y
limita la libertad de prensa y los derechos civiles-, Orbán se había convertido
en el líder incontestable de la extrema derecha europea más combativa. Su grupo
en el Parlamento Europeo, Patriots, donde están integrados entre otros el
Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen – el numéricamente más importante, por
delante del húngaro- y el Vox de Santiago Abascal, se elevó en 2024 al rango de
tercera fuerza de la Cámara, tras los populares y los socialdemócratas, y ha
adquirido en esta legislatura un peso creciente.
Ahora, los
guerreros ultras se han quedado sin caudillo. El papel de Orbán como jefe de la
tribu solo podía serle disputado, sobre el papel, por la primera ministra
italiana, Giorgia Meloni. Sin embargo, a este lado de los Alpes, la líder del
posfascista Hermanos de Italia optó hace tiempo por alinearse con el mainstream
europeo, sobre todo en política exterior y económica, y desde su propio grupo,
los Conservadores y Reformistas Europeos (CRE), ha propiciado una aproximación
hacia el centroderecha y cerrado acuerdos con el PPE de Manfred Weber. No queda
nadie más en la galaxia ultra con responsabilidades de gobierno -el más
destacado es el primer ministro eslovaco, Robert Fico, lugarteniente de Orbán
hasta ahora en la UE- que tenga la fuerza de arrastre suficiente.
Descabezados,
los principales dirigentes ultras europeos se concentrarán hoy en la plaza del
Duomo de Milán para reivindicar mano dura contra la inmigración y promover la
deportación de los inmigrantes extranjeros en Europa (lo que eufemísticamente
llaman “remigración”). Ahí estarán el italiano Matteo Salvini, el francés
Jordan Bardella, el neerlandés Geert Wilders y -virtualmente- el español
Santiago Abascal. Pero no se espera a Viktor Orbán, lo que no hará sino
aumentar el sentimiento de orfandad
El cambio
político en Hungría tiene muchas implicaciones y derivadas. Es enormemente
trascendente, de entrada, para el propio país, donde Orbán y su partido, Fidesz
-con una supermayoría en el Parlamento- han erosionado gravemente el sistema
democrático (lo que le ha valido importantes sanciones europeas) La aplastante
victoria del conservador Péter Magyar -un disidente de Fidesz que ha
logrado reunir todo el voto de oposición-, representa la oportunidad de poner
freno a esta deriva. Magyar, próximo ideológicamente en muchos otros aspectos a
Orbán, se propone como prioridad restaurar el Estado de derecho, poner fin a la
corrupción rampante -que implica a Orbán, sus
familiares y amigos- y volver a anclar a su país en Europa.
La UE ha
reaccionado con indisimulada satisfacción, pero también con cautela. Esperar
y ver, parece ser la consigna. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von
der Leyen, ha precisado que Bruselas aguardará a que el nuevo Gobierno húngaro
implemente reformas concretas antes de desbloquear los fondos europeos
congelados a Budapest -cerca de 35.000 millones de euros- por diversos motivos,
fundamentalmente la vulneración del Estado de derecho y la corrupción asociada
a la gestión de las ayudas comunitarias. También confía en que Hungría deje de
ser el socio problemático de la Unión.
Orbán se
había convertido en el principal factor de distorsión política en el seno de la
UE y los 27 esperan ahora que el cambio normalice la situación, particularmente
en lo que atañe al apoyo a Ucrania frente a la agresión de Rusia, que ha
entrado ya en el quinto año de guerra. Amigo del presidente ruso, Vladímir
Putin, y sensible a los intereses de Moscú -a quien, según se ha sabido
recientemente, pasaba información confidencial sobre las interioridades del
Consejo Europeo-, el hasta ahora premier húngaro se había dedicado a
obstaculizar o retrasar sistemáticamente la adopción de medidas sancionadoras
contra Rusia y liberar la ayuda a Ucrania.
Su última
acción -y la que más ha irritado a sus socios- fue el veto a la concesión de un
préstamo de 90.000 millones de euros a Kyiv, pese a que inicialmente le había
dado su acuerdo en la cumbre de diciembre. La tensión había llegado a tal nivel
que Orbán ha preferido ausentarse de la próxima cumbre en Chipre
para evitar tener que despedirse de sus colegas. Ahora tocará a Magyar
demostrar que las cosas han cambiado.
La caída
de Orbán ha sido una mala noticia, como es lógico, para Vladímir Putin, que
pierde un aliado en el seno mismo de la UE. Pero también lo es, y si cabe
todavía más, para el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, empeñado en
una ofensiva política de Estado para favorecer a los grupos nacionalistas y de
extrema derecha en Europa. El líder húngaro no ha sido para Trump solamente un
aliado, ha sido también un referente y su principal apuesta en su objetivo de
difundir en el continente su agenda ultraconservadora y debilitar a la UE. No
en vano, envió personalmente a su vicepresidente, J.D. Vance, y al secretario
de Estado, Marco Rubio, a apoyarle en su campaña electoral. La derrota de Orbán
es también la suya.
Trump ni
siquiera podrá compensarla con la amistad de Giorgia Meloni, que tras su
derrota en el referéndum sobre la reforma de la Justicia ha decidido cortar
amarras con su amigo americano, consciente de que en Europa -donde el rechazo a
la guerra de Irán es aplastante- la proximidad con el presidente de EE.UU. se
ha convertido en un lastre político. La primera ministra italiana, quien ya
discretamente se había distanciado de Washington al evitar comprometerse en la
guerra -e incluso desautorizar el uso de las bases italianas para los
bombardeos sobre Irán-, ha roto definitivamente esta semana al criticar
abiertamente a Trump por sus ataques al Papa -que calificó en un comunicado de
“inaceptables”- y suspender la renovación del acuerdo de defensa con Israel. Indignado,
Trump certificó el fin de su amistad. “Ya no es la misma persona, e Italia no
será el mismo país”, dijo. Y añadió: “Pensaba que tenía coraje, me equivoqué”.
El choque
propició en Roma una especie de union sacrée y la líder de la oposición
italiana, Elly Schlein -líder del Partido Democrático (PD)-, salió en defensa
de la primera ministra. Schlein, por cierto, que participa este fin de semana
en la cumbre de fuerzas progresistas en Barcelona, está entre quienes creen que
la derrota de Orbán en Hungría es el signo de un cambio de tendencia en Europa.
En una entrevista con La Vanguardia, declaró que “la era de las derechas
nacionalistas en Europa ha acabado”.
Es cierto
que en los últimos meses se han producido más señales en este sentido. La
serie, estirando un poco, podría remontarse a diciembre de 2023, cuando el hoy
primer ministro de Polonia, el liberal-conservador Donald Tusk, al frente de
una amplia coalición de oposición, descabalgó del poder al nacional-populismo
del partido Ley y Justicia (aunque no consiguió rematar la faena en las
presidenciales de mayo de 2025). Más recientemente vendrían el inesperado éxito
del liberal Rob Jetten en los Países Bajos -arrebatando el primer puesto a la
ultraderecha- en octubre de 2005, y en este pasado mes de marzo la victoria del
también liberal Robert Golob en Eslovenia -frente a un candidato declaradamente
trumpista- y la reelección de la socialdemócrata Mette Frederiksen en Dinamarca
-con un panorama electoral escorado más a la izquierda-. A lo que se añade la
derrota de Meloni en su referéndum.
No todo es
tan claro y lineal, sin embargo. En Bulgaria, por ejemplo, este domingo tiene
todos los visos de ganar las elecciones legislativas -según los sondeos- el
expresidente Rumen Radev, que no es de extrema derecha sino de centroizquierda,
pero que ha expresado posiciones favorables a Rusia en el conflicto con Ucrania
y puesto en tela de juicio la dirección hacia la que se encamina Europa.
La prueba
de fuego definitiva, en todo caso, se producirá en 2027. El año que viene hay
citas cruciales con las urnas en Francia, España, Italia y Polonia, los cuatro
mayores países de la UE -por población y economía- después de Alemania. Según
el resultado que arrojen, el aparente frenazo que han sufrido últimamente las
fuerzas nacionalistas y de ultraderecha en Europa podría verse consolidado o,
por el contrario, revelarse como un bache circunstancial. El desenlace está
lejos de haberse escrito.
La primera
cita, en mayo, será fundamental. Después de mucho esperar, la líder del
Reagrupamiento Nacional (RN) francés, Marine Le Pen -o en su defecto, si se
confirma su inhabilitación, su delfín, Jordan Bardella-, podría acariciar la
victoria en las elecciones presidenciales. El RN se ha colocado desde hace
tiempo cómodamente como primera fuerza política en Francia, pero la
particularidad del sistema electoral francés -a dos vueltas- podría cerrarle
una vez más la puerta del Elíseo a poco que enfrente tenga una personalidad
suficientemente consensual (lo que por ahora no se vislumbra). Las elecciones
legislativas subsiguientes -también a dos vueltas y por el sistema mayoritario-
podrían volver a alumbrar un Parlamento fragmentado sin mayorías solidas.
En España,
los sondeos indican que ganarán los conservadores del PP, pero que Alberto
Núñez Feijóo solo podrá gobernar con el apoyo de la extrema derecha, algo a lo
que -a diferencia de lo que sucede en otros países, como Alemania- no le hacen
ningún asco. En Italia, los fratelli de Meloni siguen en cabeza de las
intenciones de voto -y unas elecciones no son un referéndum-, todo lo contrario
que en Polonia, donde los ultras de Ley y Justicia de Jaroslaw Kaczynski -que
en los últimos comicios perdieron el gobierno pese a haber sido los más
votados- están hoy claramente en segundo lugar, por detrás de la Coalición
Cívica de Tusk.
Los
movimientos políticos que se produzcan en estos últimos tres países tendrán importantes
consecuencias para el devenir de Europa. Pero el epicentro estará en París. Si
Francia elige a un presidente de extrema derecha, provocará un seísmo colosal y
pondrá a la Unión Europea completamente patas arriba.

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