'Visión periférica'
Ocultada por las bombas que caen hoy sobre Irán y Líbano,
Israel libra otra guerra –soterrada, silenciosa– contra los palestinos de la
Cisjordania ocupada, hostigados, expulsados y asesinados por los militares y
los colonos.
El 15 de marzo pasado la familia Bani Odeh, residente en la
población palestina de Tammun, en Cisjordania, tuvo la infortunada ocurrencia
de celebrar el fin del ayuno del Ramadán llevando a los niños a comer dulces a
un pueblo cercano. Cuando regresaban, su coche fue acribillado por una patrulla
de la policía israelí, que dijo sentirse
amenazada por la velocidad del vehículo. A consecuencia de los disparos,
murieron el matrimonio y los dos hijos menores, de 7 y 5 años. Solo
sobrevivieron los dos mayores, de 12 y 9, sentados en la parte de atrás.
La tragedia de los Bani Odeh podría parecer un fatal
accidente, un dramático error, si no fuera porque la práctica de disparar
primero y preguntar después se ha convertido en un hábito de las fuerzas de seguridad de Israel en los
territorios ocupados. En los últimos dos años, desde octubre de 2023, cuando la
organización terrorista islamista Hamas lanzó su ataque contra el Estado judío
desde Gaza, y noviembre de 2025, la ONU ha registrado el asesinato de más de
1.000 palestinos –entre ellos, 213 niños– en Cisjordania. Así como el
desplazamiento forzado e ilegal de 36.000 personas, en lo que el Alto
Comisionado para los Derechos Humanos ve un claro indicio de “limpieza étnica”.
La mayoría de las muertes fueron perpetradas por el ejército
y las fuerzas de seguridad israelíes, pero un número creciente de los
asesinatos fueron –y siguen siendo– obra de grupos de colonos extremistas que
se dedican a hostigar violentamente a los palestinos para expulsarlos de sus
casas y sus tierras, y crear nuevos asentamientos judíos ilegales.
La actividad de estos grupos, tolerados y armados –cuando no
alentados– por el Gobierno de extrema derecha israelí, ha sido calificada por
el diario de oposición Haaretz de
“terrorismo judío” y la compara con la violencia del Ku Klux Klan en los
estados del sur de Estados Unidos contra la población negra en la época de la
segregación y la lucha por los derechos civiles: “Estos incidentes ocurren casi
a diario y forman parte de un plan coordinado de mayor envergadura. Estos actos
de violencia tienen como objetivo sembrar el terror entre los palestinos,
reducir su espacio vital y expulsarlos por la fuerza de sus tierras, en las que
se establecerán nuevas granjas judías y maajazim [puestos avanzados de
asentamientos irregulares]”.
El Gobierno israelí resta importancia al fenómeno
–reduciéndolo a la acción de pequeños
grupos de incontrolados–, condena con la boca pequeña los ataques y no hace
nada para frenarlos. De hecho, los colonos fanáticos cuentan con el apoyo del
ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich (del Partido Sionista Religioso, de
extrema derecha), quien tiene un papel clave en la administración de
Cisjordania –las antiguas Judea y Samaria, como las llaman los sionistas–, de
la que promueve su anexión definitiva y donde alienta la creación de nuevos
asentamientos en vulneración de la legislación internacional.
La violencia de los colonos contra los palestinos forma
parte de esta estrategia de acoso. Desde el ataque de Hamas de octubre de 2023,
el Gobierno israelí, a iniciativa del ministro de Seguridad Nacional, Itamar
Ben-Gvir –otro ultraderechista, líder del partido Poder Judío–, ha distribuido
157.000 licencias de armas y más de 120.000 armas entre los colonos judíos en
Cisjordania, ha flexibilizado las restricciones para su posesión y ha formado
527 milicias o “escuadrones de seguridad”.
“El gobierno del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu
—el más extremista de la historia del país— está impulsando un nuevo orden
radical diseñado para consolidar la supremacía israelí en Cisjordania. La
expansión de los asentamientos, la escalada de violencia de los colonos y las
operaciones militares israelíes cada vez más agresivas están transformando su
geografía y demografía. El objetivo es destruir cualquier posibilidad restante
de autodeterminación palestina”, sostienen Hugh Lovatt y Tahani Mustafa, del
European Council on Foreign Relations. Se trata de boicotear la solución de dos
estados.
Cerca de un centenar de antiguos embajadores y diplomáticos
israelíes hicieron pública recientemente una carta en la que instaban al
Gobierno a poner fin a la “violencia intolerable” contra los palestinos en
Cisjordania y a castigar a “los autores de estos actos atroces”. Lejos de eso,
el Ejecutivo ha conseguido aprobar en el Parlamento –para satisfacción de
Ben-Gvir, que brindaba con gran regocijo– una controvertida ley que instaura la
pena de muerte en la horca exclusivamente para los palestinos condenados por
atentados terroristas mortales. La ley se refiere a actos terroristas que
pretendan “negar la existencia del Estado de Israel”, así que los terroristas
judíos están exentos.
La de Cisjordania es una guerra no declarada, una guerra
silenciosa y oculta –al igual que la de
Gaza– por la tremenda onda expansiva de las bombas que caen hoy sobre Irán y
Líbano. En la Franja las muertes de palestinos a manos de las fuerzas israelíes
también son constantes: al menos 500 desde el alto el fuego acordado el pasado
mes de octubre, que se añaden a las más de 70.000 víctimas mortales –cifra
confirmada por el propio ejército israelí– causadas por la ofensiva militar
ordenada por Netanyahu como represalia por el ataque de Hamas. El ejército
hebreo, que desplegó un perímetro de seguridad marcado por una ‘línea
amarilla’, mantiene hoy ocupado algo más de la mitad del enclave. El resto lo
controla Hamas.
Embarcado en más guerras de las que puede abarcar –el jefe del Estado Mayor, Eyal
Zamir, ha advertido del riesgo de “implosión” del ejército por falta de
efectivos–, Israel cree posible desterrar definitivamente todas las amenazas
internas y externas por las armas, mientras trata de consolidar sus sueños de
expansión bíblicos a costa de los palestinos. Pero la guerra no le traerá la
paz. Y la victoria –si se produce– no será más que una cáscara vacía.

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