lunes, 22 de marzo de 2021

Votos tirados a la papelera


@Lluis_Uria

¿Cuánto vale un voto? ¿Tienen el mismo peso todas y cada una de las papeletas contadas en la noche electoral? En teoría, sí. Todas las constituciones de los países democráticos así lo proclaman. Un hombre (o una mujer), un voto: el sufragio universal como máxima expresión de la igualdad de todos los ciudadanos a la hora de elegir a sus representantes políticos y determinar la orientación del gobierno. Es el fundamento mismo de la democracia. Y, sin embargo, en la práctica raramente se produce. Muchos votos, miles de ellos –millones incluso–, acaban no valiendo para nada. Meterlos en la urna es prácticamente como tirarlos a la papelera.

La democracia no es un sistema perfecto (mal que les pese a los buscadores de ideales absolutos) ni se reduce tampoco al momento de votar en una urna. Pero el voto es sin duda uno de sus pilares y lo menos que cabe decir es que los sistemas electorales vigentes son todo menos neutros. Todos están, en mayor o menor medida, sesgados.

En Estados Unidos y Francia se está abriendo paso ahora el debate sobre la necesidad de reformar el sistema electoral. En ambos casos, al igual que en el Reino Unido, donde se planteó lo mismo tras las elecciones del 2019, algunos sectores cuestionan la justicia del sistema mayoritario, que aplasta a las minorías, y abogan por implantar total o parcialmente el sistema proporcional. Es un debate recurrente, una vieja aspiración, que choca con el inmovilismo interesado de los grandes partidos.

En España, donde existe un sistema proporcional corregido, el problema radica más en la organización de las circunscripciones electorales: el voto de un barcelonés o un madrileño, por ejemplo, vale mucho menos que el de un leridano o un vallisoletano, cuya representación en el Congreso es desproporcionadamente superior al que les correspondería por población. La ley electoral vigente, aprobada durante la transición, prima la representación  parlamentaria de las zonas rurales –de tendencia tradicionalmente más conservadora– sobre las áreas urbanas, más a la izquierda.

No se trata de una particularidad hispana. Sucede en muchos otros países. En Estados Unidos es conocido el papel determinante que tienen un puñado de pequeños estados de la América profunda. Los defensores del sistema alegan que es necesario para evitar que vastos territorios de un país queden silenciados por el peso demográfico de las grandes áreas urbanas. Sea. El problema viene cuando son las minorías territoriales las que acaban acallando a las mayorías y alterando el sentido del voto de los ciudadanos.  Sucedió en Catalunya en el 1999, cuando el candidato socialista a la presidencia de la Generalitat, Pasqual Maragall, ganó las elecciones pero obtuvo menos escaños que el segundo. O en el 2016, cuando Hillary Clinton sacó tres millones de votos de ventaja a Donald Trump en la carrera a la Casa Blanca... Para perderla.

En EE.UU. es conocido el peso excesivo que algunos estados tienen en la elección presidencial (que es indirecta, a través de delegados) Pero la situación afecta también a las legislativas: ha permitido a los republicanos encastillarse en las últimas décadas en el Senado y sólo por un pelo –quedaron empatados a 50 escaños– los demócratas han conseguido ahora una precaria mayoría (gracias al  voto de calidad de la vicepresidenta Kamala Harris)

La situación política actual ha hecho que hayan empezado a alzarse voces contra el vigente sistema mayoritario, con circunscripciones hechas a medida,  que consolida la existencia de dos únicos grandes partidos y no refleja adecuadamente las sensibilidades del electorado. Y que está en la base de la enorme polarización política que divide al país. Un sistema multipartidista favorecería, argumentan, la negociación y el consenso. “Los incentivos para el compromiso o la cooperación con los rivales políticos no existen en un sistema de dos partidos en que el ganador se lo lleva todo”, sostiene  el politólogo Noam Gidron, citado por el Washington Post. El 62% de los norteamericanos desearían la emergencia de un tercer partido –según un sondeo de Gallup–. Pero no así el establishment...

También en el Reino Unido, donde sólo se elige un diputado por distrito, el que gana se lo lleva todo. Es el sistema del first-past-the-post. De haber un sistema proporcional, según una proyección realizada en el 2019 por la Electoral Reform Society, emergería con más fuerza el tercer partido –en este caso, el Liberal Demócrata– y Boris Johnson no tendría mayoría absoluta.

Tampoco Emmanuel Macron en Francia... El presidente francés prometió en la campaña del 2017 introducir “una dosis” de proporcionalidad en las elecciones a la Asamblea Nacional, con el fin de corregir lo que su socio centrista François Bayrou califica de “brutalidad” electoral. Pero al final, y a pesar de las presiones de las últimas semanas, el Gobierno sigue dando largas...

El sistema electoral francés, mayoritario a dos vueltas, con 577 circunscripciones en las que se elige un solo diputado, beneficia claramente a los grandes partidos. Instaurado por la Constitución de 1958,  es uno de los signos distintivos de la V República fundada por Charles de Gaulle, que quiso huir como de la peste de la inestabilidad política de la IV República. Aquí, el partido ganador tiene siempre asegurada la mayoría absoluta y los gobiernos son estables, sin duda. Pero a costa de falsear la representación política. La desproporción es enorme: en el 2017, con 6,4 millones de votos (el 28,2%), el partido de Macron se hizo con 308 diputados. El FN de Marine Le Pen, que obtuvo casi la mitad (2,9 millones de sufragios, el 13,2%), se quedó con ocho.

Cabría preguntarse hasta qué punto la polarización política y la tendencia a dirimir las diferencias de forma violenta –asalto al Capitolio, chalecos amarillos...– es o no ajena a este déficit democrático.


lunes, 8 de marzo de 2021

París vuelve a sangrar


@Lluis_Uria


Ascender por las empinadas calles de Montmartre hacia lo alto de la colina, La Butte, es un deber inexcusable de cualquier visitante de París. La vista sobre la ciudad es impagable, sobre todo a la puesta del sol. En la cima se yergue la basílica del Sacré-Coeur, un edificio extraño, de estilo vagamente bizantino, que los turistas recorren ignorantes, en general, del pasado de violencia que esconden sus muros blancos.

El templo, visible desde toda la ciudad, se ha acabado convirtiendo en un icono de postal de París, un monumento más. Pero lo cierto es que su significado no es en absoluto neutro: una ley acordó erigirlo en 1873 como un gesto para “expiar los crímenes” de los revolucionarios de La Comuna.

Han pasado 150 años desde el levantamiento de los communards, en 1871, y la herida todavía sangra. La proximidad del aniversario, el 18 de marzo, ha vuelto a despertar los viejos demonios y revelado las fracturas ideológicas que siglo y medio después todavía dividen a los franceses.

Los primeros movimientos de incomodidad se produjeron en octubre pasado, cuando una comisión especial acordó –con el aval del Ayuntamiento de París, gobernado por la socialista Anne Hidalgo– iniciar los trámites para clasificar el Sacré-Coeur como monumento histórico. Un sector de la izquierda se sintió ultrajado y consideró la iniciativa un “insulto” a los 20.000 communards muertos por la represión. Para templar los ánimos, y conmemorar en paz el 150 aniversario de la Comuna, la alcaldía decidió aplazar el debate al año 2022.

La maniobra apaciguó a la izquierda, pero la organización de los actos de conmemoración ha sublevado a la derecha, que ha acusado a Hidalgo de pretender glorificar un “triste momento de guerra civil” y transformar a unos asesinos en héroes. Ciento cincuenta años después, Francia es todavía incapaz de ofrecer una memoria común sobre los sucesos que se desarrollaron en París entre marzo y mayo de 1871. Hay dos mitos enfrentados. Y ahí siguen.

Para entender la efervescencia que se vivía en la capital francesa en aquellos momentos hay que tratar de imaginar lo que la ciudad había sufrido a causa del aventurerismo bélico de Napoleón III, que el 19 de julio de 1870 había declarado la guerra a Prusia por una disputa sobre la sucesión al trono de España. El emperador francés pagó cara su imprudencia y sólo seis semanas después, el 2 de septiembre, cayó prisionero de las tropas prusianas en la desastrosa batalla de Sedán. Pero Francia no capituló.

Los ejércitos alemanes sometieron entonces a París a un duro asedio, coronado por un bombardeo de tres semanas, hasta que la ciudad se rindió definitivamente el 28 de enero. Hambrientos, los parisinos se vieron obligados a comer todo lo que se movía –en Les Halles se vendía carne de perro y de rata– y los más desesperados hacían caldo con los huesos de cadáveres desenterrados... Para añadir humillación, el káiser Guillermo I se proclamó emperador de Alemania en el palacio de Versalles.

El resentimiento popular no tardó en dirigirse hacia el Gobierno provisional, en manos conservadoras. Y bastó una chispa –el intento gubernamental de incautarse de 200 cañones apostados en La Butte de Montmartre y en manos de la Guardia Nacional (una milicia ciudadana)– para desencadenar la sublevación. Una multitud ebria de ira, apoyada por los guardias, se enfrentó a los militares y abortó el intento, matando a dos generales. El ejército se retiró a Versalles para reorganizarse y los rebeldes se hicieron con el poder en la capital. Diez días después,  el 28, fue proclamada La Comuna, que izó la bandera roja.

Si la guerra de 1870-1871 fue el primer conflicto directo entre Francia y Alemania (suponiendo que no merecieran ese rango las guerras napoleónicas de principios de siglo), el levantamiento de la Comuna fue visto por Karl Marx como la primera insurrección proletaria de la historia. Lo fuera o no –hay quien considera que fue más bien la última revolución decimonónica–, constituyó en todo caso un intento de instaurar una república social.

En apenas diez semanas, los communards aprobaron numerosos decretos con iniciativas de muy diversa índole:  separación de Iglesia y Estado, gratuidad de la educación pública, suspensión del pago de los alquileres,  jornada laboral de 10 horas, prohibición del trabajo nocturno en las panaderías, creación de cooperativas de trabajadores, reconocimiento de las uniones libres, prohibición de la prostitución...

Las mujeres tuvieron un papel de primera línea en el movimiento y en la lucha, y una de ellas se acabó convirtiendo en un icono: la enseñante y escritora anarquista Louise Michel –apodada, a saber por qué fantasma masculino, la Virgen Roja–, que acabó deportada a un penal de Nueva Caledonia. Hoy tiene dedicada una plaza a los pies del Sacré-Coeur.

Los communards desperdiciaron la oportunidad de atacar a las tropas acantonadas en Versalles cuando aún disponían de la ventaja inicial. Cuando lo hicieron, tuvieron que batirse en retirada. Y cuando quisieron darse cuenta –distraídos en medio de grandes festejos– el ejército atacó la capital. Entre el 21 y el 28 de mayo, la semana sangrienta, se combatió calle a calle. Progresivamente acorralados, los revolucionarios ejecutaron a 47 rehenes –entre ellos, el arzobispo de París– y asesinaron a un grupo de dominicos y jesuitas, e incendiaron los grandes edificios de la ciudad (el palacio Real, los palacios de las Tullerías y de Orsay, el Hôtel de Ville, el palacio de Justicia...) En su avance, las tropas gubernamentales no tuvieron piedad. Los combatientes fueron fusilados sobre la marcha, las calles se llenaron de cadáveres.

Los últimos resistentes fueron ejecutados contra un muro del cementerio de Père Lachaise, junto al cual se alinean hoy las tumbas de históricos dirigentes comunistas. Lugar de peregrinación de la izquierda, cada primavera una Francia rinde homenaje a los communards colocando flores junto al muro. La otra mira al Sacré-Coeur.


lunes, 22 de febrero de 2021

Dos vidas entre Irak y el Capitolio

@Lluis_Uria


Eugene Goodman y Ashli Babbit no tenían muchas cosas en común. Pero sí una fundamental: ambos habían prestado servicio en el ejército de Estados Unidos y habían formado parte del contingente desplegado en Irak. No se sabe si coincidieron allí, ni si se cruzaron algún día por azar en la base aérea norteamericana de Al Asad.

Sus vidas, en todo caso, volvieron a entrelazarse en la dramática jornada del 6 de enero en el Capitolio de Washington, cuando una turba de trumpistas y militantes de extrema derecha, espoleados por el expresidente Donald Trump, derrotado en las elecciones, asaltaron el Congreso para tratar de impedir la confirmación oficial de  Joe Biden como nuevo presidente de Estados Unidos. Los dos estuvieron allí, cada uno en una trinchera. Goodman salió vivo y aclamado como un héroe. Babbit acabó muerta y celebrada  por los suyos como una mártir.

La reconstrucción de los hechos y varias grabaciones de vídeo han revelado que la actuación de Eugene Goodman, de 40 años, agente del cuerpo de policía del Capitolio, fue esencial para evitar un enfrentamiento armado que podría haber causado  un número indeterminado de víctimas. Goodman se encaró en solitario con un grupo de asaltantes y logró desviar su atención para que le persiguieran escaleras arriba y les alejó de la cámara del Senado donde se encontraban todavía unos cuantos senadores son sus escoltas.

Otro vídeo muestra al mismo oficial alejando al senador republicano Mitt Romney –excandidato a la Casa Blanca odiado por los trumpistas por su actitud crítica con el expresidente– del sector donde se concentraban los asaltantes.

Goodman, que es negro, mostró un gran coraje y sangre fría al enfrentarse a un grupo de extremistas y supremacistas blancos, que enarbolaban símbolos confederados. Su acción podía haberle costado la vida. Como a su compañero Brian D. Sicknick, otro agente del Capitolio, quien murió a consecuencia de las heridas sufridas al enfrentarse a los asaltantes en la zona de la Cámara de Representantes (fue golpeado en la cabeza con un extintor)

Cinco personas murieron ese día en el Capitolio, cuatro de ellas entre los atacantes. Pero aún cabría añadir dos víctimas más: en los días posteriores, dos agentes del cuerpo de seguridad del Congreso se suicidaron, sin que las causas estén claras. No todos los oficiales estuvieron al pie del cañón. Hubo algunos que confraternizaron con los extremistas: seis de ellos han sido suspendidos de empleo y sueldo y otra decena están bajo investigación.

A Eugene Goodman, su valerosa acción le ha valido la concesión –por unanimidad del Senado– de la Medalla de Oro del Congreso. Y quizá algo que para él sea más importante: el homenaje de sus compañeros de la 101ª División Aerotransportada, con la que combatió en Irak (el agente del Capitolio dejó el ejército en el 2006, tras cuatro años de servicio, con el grado de sargento)

Su oponente simbólica del Día de Reyes –simbólica porque no llegaron a verse las caras en el edificio del Congreso–, Ashli Babbit, de 35 años, estuvo bastante más tiempo en el ejército, unos 12 años, aunque salió sin grado alguno. Alistada en la Fuerza Aérea en el 2004, se incorporó al cuerpo encargado de la vigilancia de las bases y fue desplegada en Irak y Afganistán. Posteriormente pasaría a la Guardia Nacional Aérea, que dejó en el 2016. Tras trabajar como guardia de seguridad en una central nuclear, estaba en la actualidad intentando sacar a flote –cargada de deudas– una empresa de piscinas en San Diego.

Babbitt había votado en su momento a Barack Obama pero, al igual que otros muchos, su rechazo de Hillary Clinton la echó en brazos de Donald Trump. Autodefinida en las redes sociales como “patriota” y “libertaria”, poco a poco se fue convirtiendo en una fan del multimillonario presidente –el día de su muerte llevaba una bandera de Trump a modo de capa– y se fue tragando los groseros bulos conspiracionistas de la plataforma ultra Qanon, incluida la mentira de que las elecciones habían sido robadas por los demócratas merced a un fraude masivo. El día antes de viajar a Washington escribió en Twitter: “Nada nos detendrá”.

A ella la detuvo en seco una bala en el cuello. Junto a un grupo de asaltantes, Ashli Babbitt intentaba franquear la puerta de cristal –atrancada– que daba paso al vestíbulo donde estaba el despacho de la presidenta de la Cámara de Representantes (speaker), la demócrata Nancy Pelosi –satanizada por los trumpistas–, cuando un agente de seguridad le disparó con su pistola reglamentaria. El vídeo es estremecedor. Murió poco después en el hospital.

La muerte de Babbitt –y de las otras cuatro personas que perdieron la vida ese día en el Capitolio– ha de ponerse sin duda en la cuenta de Donald Trump, que alentó la insurrección. Que el Senado le haya absuelto políticamente de su segundo impeachment –en el que estaba acusado precisamente de atizar la revuelta– no le exime lo más mínimo de su inmensa responsabilidad moral. Por más que le resbale.

Pero culpar a Trump, aun siendo legítimo e incluso necesario, no basta. Más allá de las arengas populistas, de las mentiras y las manipulaciones de las redes sociales, de la base donde fermentan el descontento social, la ira y el resentimiento, al final lo único que cuenta es la responsabilidad individual. “La libertad supone responsabilidad. Por eso la mayor parte de los hombres la temen”, escribió  George Bernard Shaw. Cuando llega el momento decisivo, uno tiene que optar. Y decidir si quiere ser Eugene Goodman o Ashli Babbit.


lunes, 8 de febrero de 2021

La pataleta de las vacunas


@Lluis_Uria

El neoyorquino Oliver Stone, oscarizado director de películas como Platoon, Wall Street o Nacido el 4 de julio, aprovechó una reciente estancia en Rusia –donde prepara un documental sobre el cambio climático– para arremangarse la camisa y darse un pinchazo de la Sputnik V, la vacuna rusa contra la covid. “No comprendo por qué esta vacuna es ignorada en Occidente”, declaró en televisión. El  martes la revista científica The Lancet le daba la razón y corroboraba que la Sputnik V, desarrollada por el Centro Nacional Gamaleya de Epidemiología, es segura y su eficacia ronda el 92%.

Moscú ha presentado ya ante la Agencia Europea del Medicamento (EMA) su vacuna y no sería de extrañar que en poco tiempo –Alemania está a favor– pudiera sumarse a las que la Unión Europea tiene ya aprobadas y en fase de suministro (las occidentales BioNTech/Pfizer, Moderna y AstraZeneca), compensando así la presunta penuria que padecemos... Vladímir Putin se ha apresurado a ofrecer 100 millones de dosis a la UE y el euroescéptico primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ha sido el primero en firmar un pedido. ¡Pobres europeos! ¡Salvados por los rusos!

¿En serio? Todas las vacunas son bienvenidas, también la rusa. Pero si dejamos de mirarnos el ombligo y observamos el resto del mundo, comprobaremos que no hace falta que nos salve nadie, que los europeos somos unos privilegiados y que la histeria generada por el retraso que ha sufrido el suministro de algunas de las vacunas contratadas por la Comisión Europea es ridícula. Es la pataleta de unos niños ricos, mimados y egoístas.

Es cierto que Estados Unidos y el Reino Unido nos han pasado la mano por la cara y que su ritmo de vacunación es más alto que el nuestro (otra cosa es la catastrófica gestión de la pandemia que hicieron antes). Y que Bruselas, que por primera vez en la historia ha asumido la responsabilidad de una operación conjunta de este calibre en materia de salud pública, ha cometido algunos fallos. Según Guntram B. Wolff, director del think tank europeo Bruegel, la Comisión encargó y autorizó las vacunas demasiado tarde, entre otras cosas.

Pero el problema principal es probablemente que se han vendido unas expectativas exageradas. Como apuntaba en estas páginas el epidemiólogo Rafael Vilasanjuan, director de análisis del Institut de Salut Global (ISGlobal) de Barcelona, las farmacéuticas prometieron más de lo que podían cumplir y “los políticos se agarraron (a ello) como un clavo ardiendo”.

Las presiones políticas y la ansiedad de la opinión pública –cuando no bastardos intereses por erosionar una iniciativa europea que profundiza la unión– explican más la crisis de las vacunas que los retrasos en su producción. Y probablemente el peor error de Bruselas no haya sido tanto subestimar las complicaciones esperables en la fabricación de los sueros –tal como reconocía la presidenta de la CE, Ursula von der Leyen, en una entrevista con La Vanguardia– como haber cedido a la paranoia ambiental y haber llegado al punto de activar irreflexivamente una cláusula del Brexit para controlar las exportaciones de vacunas –algo que después rectificó– que ha estado a punto de abrir una  grave e innecesaria crisis en Irlanda del Norte.

Quizá no esté el 70% de la población europea vacunada antes de finales del verano como insisten en prometer los políticos de los 27 con distinto énfasis. Pero sí parece claro, como concluye un estudio de The Economist Intelligence Unit, que Europa, al igual que Israel, EE.UU. y el Reino Unido, habrán culminado una vacunación masiva de su población a finales de año. Mientras, los países más pobres deberán esperar al 2024... Los ricos estamos acaparando las vacunas (Europa ha reservado para sí misma 1.600 millones de dosis) y los que vengan detrás, que se espabilen.

Mientras tanto, dos potencias han salido a ocupar el espacio que hemos dejado vacío, en una auténtica diplomacia de la vacuna que pretende ampliar o profundizar sus áreas de influencia. Se trata de Rusia, con su Sputnik V,  y de China, con las vacunas de Sinopharma y Sinovac, que han lanzado la caña en África y América Latina.

Moscú ha colocado ya su vacuna en Arabia Saudí, Argelia, Argentina, Bielorrusia, Bolivia, Guinea, Egipto, Hungría, Irán, Kazajistán, México, Palestina, Paraguay, Serbia o Venezuela. Pekín lo ha hecho en Arabia Saudí, Azerbaiyán, Bahrein, Brasil, Camboya, Chile, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Filipinas, Indonesia, Irak, Jordania, Malasia, Marruecos, México, Pakistán, Perú, Serbia, Senegal, Tailandia, Turquía, Ucrania...

A chinos y rusos se ha sumado también India, que sin haber acabado de desarrollar todavía  una vacuna propia es uno de los mayores productores farmacéuticos y ha empezado a distribuir gratuitamente millones de dosis de las occidentales en Bangladesh, Birmania, Bután, Maldivas, Mauricio, Nepal o Seychelles.

Los europeos, hasta ahora, se han limitado a contribuir al programa Covax, la iniciativa de la Organización Mundial de la salud (OMS) para garantizar que las vacunas de la covid llegan a todo el mundo. EE.UU. ni eso... El jueves, los responsables de Covax anunciaron la distribución, en el primer semestre de este año, de  330 millones de dosis en 145 países, lo que permitirá vacunar al 3,3% de la población. Pero este dispositivo, que aún no ha logrado recaudar todo el dinero necesario, sólo garantizará en el mejor de los casos inmunizar al 20% de la población. Una protección insuficiente que puede fácilmente volverse en contra nuestra.

Como subrayaba en Foreign Policy el politólogo Jonathan Tepperman, el retraso en la inmunización general puede costar 9 billones de dólares a la economía mundial a causa de la retracción de la demanda y la ruptura de las cadenas de suministro. Y puede dar tiempo para que el virus de la covid, el taimado SARS-CoV-2, siga mutando y adopte variantes más peligrosas. Que tarde o temprano nos llegarían a todos.


lunes, 25 de enero de 2021

Trump, fin de la primera temporada


@Lluis_Uria

Un helicóptero se recorta contra el cielo invernal de Washington mientras se aleja hacia el horizonte con rumbo desconocido. Un primer plano muestra a través de la ventanilla a su principal pasajero, Donald Trump, el semblante serio, mientras una sonrisa pérfida amaga con dibujarse en la comisura de sus labios. De fondo suena una música inquietante. Fundido en negro. Fin.

¿Fin? La partida de Donald Trump de la Casa Blanca hacia su retiro provisional de Mar-a-Lago, en Florida, podría ser un final digno de la mejor serie de televisión. De esos que dejan abiertas todas las puertas.  Y que alimentan la esperanza o el temor –según quien lo juzgue– de una segunda y aún más excitante temporada. “Volveré, de alguna forma”, prometió (¿amenazó?) el miércoles en un discurso de despedida y autobombo en la base de Andrews junto a su ávida prole.

Querer no es poder, evidentemente. Por querer, Donald Trump se hubiera encastillado en la Casa Blanca, aferrándose al cargo por la fuerza en último extremo. Es lo que esperaban las milicias de extrema derecha que asaltaron el Capitolio el  día de Reyes –jaleadas por el propio presidente– y los miles de conspiranoicos seguidores de Qanon, la principal plataforma de agitación ultra que opera hoy en Estados Unidos.

Quizá el golpe de Estado acariciado por los trumpistas no estuvo tan lejos de hacerse realidad. La reconstrucción de los sucesos en el interior del Congreso ha permitido confirmar que los insurrectos, muchos de ellos armados y dispuestos a asesinar o secuestrar a congresistas demócratas –y republicanos “traidores”, incluido el propio ex vicepresidente, Mike Pence–, estuvieron realmente muy cerca de sus potenciales víctimas. En el caso de que  hubieran alcanzado su objetivo, Trump –que se resistió a enviar a la Guardia Nacional en auxilio del Capitolio– hubiera tenido la excusa para decretar el estado de excepción y suspender la transmisión del poder. Muy posiblemente fue la ausencia de apoyo en el ejército  lo que le hizo dar marcha atrás.

Querer no es poder. Pero parece difícil que Trump vaya a renunciar voluntariamente a sus ambiciones políticas y  retirarse a su vida anterior sin intentar la revancha. De entrada, sus negocios privados –nunca tan boyantes como el multimillonario neoyorquino siempre ha pretendido– se enfrentan en este momento a serios problemas. Su inducción del asalto al Congreso ha empezado a pasarle factura. El Deutsche Bank y el Signature Bank han decidido romper relaciones con él. La marca Trump ya no vende, ahuyenta.  Y varias grandes empresas –Airbnb, AT&T, Coca-cola,  General Motors, Marriott, Walmart– han decidido no volver a financiar sus campañas ni, en algunos casos, las de los congresistas afines que intentaron boicotear la ratificación de Joe Biden como presidente.

Pese a la condena casi unánime del establishment –o quizá precisamente por ello–, Trump sigue conservando un fuerte apoyo entre el electorado republicano. Los más fanáticos y radicales de sus seguidores, las huestes fascistas de Qanon, que había vaticinado un golpe de fuerza definitivo de Trump el día de la toma de posesión de Biden –para acabar con los “satánicos” y “pedófilos” de los demócratas, que serían detenidos y ejecutados–, ya han empezado a darle la espalda por no haber llegado hasta el final y revelarse un flojo y un vendido.

Pero no dejan de ser una  minoría. Eran las fuerzas de choque, no el grueso del ejército de Trump. La inmensa mayoría  de sus  más de 74 millones de votantes rechazan el asalto al Capitolio –del que, por cierto, tienden a exonerarle– pero una parte muy importante sigue pensando –entre el 52% y el 65%, según los sondeos– que él fue el vencedor real de las elecciones y que Biden se impuso a causa de un fraude masivo.

Trump aún tiene a su gente en el bolsillo y, con ella, a gran parte de su partido. Sus principales dirigentes, con el líder de la hasta ahora mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, a la cabeza, ya han empezado a disociarse de su figura. Pero no les va a ser fácil enterrarle. En el 2016, cuando era un outsider, se impuso contra todo pronóstico. Ahora es más fuerte.

Un centenar largo de congresistas republicanos están a muerte con él. Como Marjorie Taylor Green, representante por Georgia, que desde Twitter difunde ya un nuevo hashtag promoviendo la destitución de Biden (#ImpeachBiden). El primogénito del expresidente, Donald Trump Jr., alentaba también a través de un tuit –donde un vídeo manipulado presentaba a un Biden aparentemente senil– la idea de que el nuevo Gobierno debería aplicar el artículo 25 de la Constitución y destituirle por incapacidad. Por aquí van a venir sin duda los ataques contra el nuevo presidente.

Pero para regresar Trump tendrá que superar la delicada prueba de su segundo impeachment, que en los próximos días empezará a ser debatido en el Senado. Como la primera vez, es improbable que sea declarado culpable –en este caso, de inducir el asalto al Capitolio–, dado que sería preciso el voto favorable de dos tercios de la cámara. El mayor riesgo para él viene de la posibilidad –abierta por el mero hecho de ser su segundo proceso– de que se vote posteriormente una resolución para inhabilitarle políticamente: aquí basta la mayoría simple, que los demócratas tienen ahora gracias al voto de calidad de la vicepresidenta, Kamala Harris. Pero aún y así no se puede dar por sentado el resultado.

John Bolton, quien fuera su consejero de Seguridad Nacional, un halcón republicano que ha roto definitivamente con él, considera que Trump es una “anomalía”, una “aberración en la historia de Estados Unidos”. ¿Lo es? ¿Ha sido realmente un paréntesis? ¿El asalto al Capitolio ha sido su epitafio? ¿O, como apuntaba el historiador Michael Brenner en el Washington Post, los hechos del 6 de enero pueden ser solamente un preludio de lo que podría venir, como el fallido Putsch de la cervecería de Munich de Adolf Hitler en 1923?


lunes, 18 de enero de 2021

Hijos de la guerra, hijos del amor

@Lluis_Uria


Cuando en 1959 se estrenó la película Hiroshima, mon amour, dirigida por Alain Resnais a partir de un guión de Marguerite Duras, provocó un gran impacto –artístico– y una no menos notable polémica –política–. Su visión crítica sobre el lanzamiento de las dos bombas atómicas sobre Japón en 1945, en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, aún resultaba indigesta para los vencedores. El filme tenía también otro aspecto incómodo: relataba en flash-backs el pasado traumático de la mujer protagonista, también víctima de la guerra, pero a manos de los suyos.

Junto a su fugaz amante japonés, una mujer francesa recuerda  la muerte de otro amante anterior, en Nevers, un soldado alemán de la Wehrmacht asesinado por la Resistencia en el momento de la Liberación. Señalada y humillada por haber mantenido relaciones sentimentales y sexuales con el ocupante, la protagonista es maltratada y rapada al cero por una horda vengativa y forzada a abandonar su pueblo.

Miles de mujeres en Francia, y en otros países europeos, sufrieron vejaciones semejantes. Acusadas de “colaboración horizontal” con el enemigo,  fueron  las víctimas propiciatorias de la venganza impotente de hombres que en su mayoría nunca tuvieron el coraje de enfrentarse a los ocupantes. Los jóvenes soldados de las fuerzas estadounidenses desembarcadas en Normandía asistían atónitos y avergonzados a estos autos de fe, perpetrados  muchas veces por individuos que se limitaban a cometer innobles ajustes de cuentas personales.

De estos amores de guerra –prohibidos, condenados– nacieron muchos niños en Europa, a un lado y el otro del frente. También los hubo, desgraciadamente, de violaciones... En total se calcula que en los años cuarenta nacieron en Europa unos 800.000 hijos de la guerra. Primero en los países ocupados por el ejército alemán:  Francia (con unos 200.000 niños), Bélgica, Holanda, Dinamarca, Noruega... Y, tras la capitulación y la ocupación aliada, en Alemania (entre 200.000 y 400.000) y Austria.

Durante décadas, un manto de silencio cubrió a estos hijos del pecado, cruelmente señalados como “malditos” o “bastardos”. Y hubo que esperar al siglo XXI para que las familias se atrevieran a sacar su historia a la luz. Desde el 2009 una asociación francoalemana, Corazones sin Fronteras, trabaja por el reconocimiento legal de estas personas –han conseguido que los dos principales beligerantes, Alemania y Francia, les reconozcan la doble nacionalidad– y ayudan en las búsquedas genealógicas de los interesados.

Thierry Soudan, nacido en 1942 en París, consiguió a través de esta asociación identificar a su padre, Ludwig Christ, un soldado alemán de Munich –ya fallecido–que tras la guerra formó una nueva familia en su país natal. Gracias a una nota dejada sobre su tumba, Thierry logró contactar y conocer a sus hermanos alemanes, tan estupefactos como él al descubrir el secreto familiar. Al otro lado, en Empfingen, Jürgen Baiker se enteró por su madre, quien le reveló la verdad poco antes de morir, que su padre había sido un soldado francés, Simon Megevand. Enviado a Indochina, se le perdió la pista, hasta que años después Jürgen pudo saber que regresó a Francia, formó también otra familia y murió en 1981.

La belga Gerlinda Swiller, profesora de Historia y  portavoz de una asociación internacional de hijos de la guerra,  nació en 1942 en Ostende y su padre fue también un soldado alemán, Karl Weigert, que intentó en vano obtener el permiso paterno para casarse con su madre y acabó teniendo otra vida en su país. Gerlinda obtuvo en el 2016 su doctorado con una tesis sobre los hijos de la guerra, que se publicó posteriormente bajo el título La maleta olvidada. Sepultada la vergüenza original, reivindicaba su origen mixto con orgullo: “Después de todo, somos los primeros europeos”.

Hoy los nuevos europeos ya no nacen de la guerra, aunque siguen siendo fruto del amor. Enterradas las fronteras, la unidad europea ha alumbrado  decenas de miles de parejas binacionales. La principal partera –en un efecto secundario no buscado– ha sido el programa de becas universitarias Erasmus, al que en los últimos treinta años se atribuye el nacimiento de un millón de bebés europeos. Instaurado –no sin dificultad– en 1987, Erasmus ha hecho más que ninguna otra iniciativa comunitaria por generar una auténtica identidad europea.

Desde su creación, más de cuatro millones de jóvenes de toda Europa han seguido estudios superiores en otro país de la Unión. Han conocido a otros jóvenes, otras lenguas, otras culturas. Y  han encontrado pareja. Han dejado atrás el ombliguismo de sus pequeñas patrias para mirar más lejos. Las estadísticas dicen que los erasmus tienen más facilidades para encontrar empleo, pero desde una perspectiva global no es esto lo más importante. Lo fundamental es que Erasmus está construyendo Europa.

Quizá por eso, entre los más de 2.000 folios del acuerdo comercial que desde el 1 de enero rige las relaciones entre la Unión Europea y el ya desgajado Reino Unido, la herida más sangrante es la renuncia británica a seguir integrando el programa Erasmus (en el que en el 2019 participaron 54.619 de sus estudiantes). Como si se tratara de un peligroso caballo de Troya que pudiera socavar a largo plazo la solidez del Brexit.

En el 2002, una película de Cédric Kaplisch retrataba la vida de un grupo de estudiantes erasmus en Barcelona. Conocida en España como Una casa de locos, el título original era L’auberge espagnole, cuya traducción literal sería “el albergue español”, pero que en francés  designa un lugar donde cada uno aporta lo suyo y encuentra gente de todas partes. En el filme se forman y rompen parejas, y se forjan amistades indestructibles. Hoy, el francés Xavier, el italiano Alessandro, la española Soledad, el danés Lars, la belga Isabelle y el alemán Tobias se quedarían sin poder conocer a una pelirroja inglesa llamada Wendy...


 

Cómplices del golpe

@Lluis_Uria


Donald Trump es culpable de sedición. Como mínimo. Su grave responsabilidad en la instigación del asalto al Capitolio le valdría en España, por lo bajo, 13 años de cárcel, atendiendo a la línea del Tribunal Supremo. Está por ver qué pensará la justicia norteamericana. Pero Trump no es el único culpable, no está solo. Su fallido golpe de mano del Día de Reyes contra los representantes de la soberanía popular –con el objetivo de abortar la oficialización de Joe Biden como nuevo presidente de Estados Unidos– contaba con numerosos cómplices dentro mismo del Congreso.

Es el fruto de la degeneración de una buena parte del partido republicano, que en estos años ha sido modelado por Trump a su imagen y semejanza, hasta convertirlo en un grupo de hooligans de extrema derecha con inclinaciones autoritarias.

Minutos antes de que las hordas trumpistas asaltaran el Capitolio, el líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, intervino para rechazar las objeciones presentadas por un grupo de sus correligionarios contra los resultados en varios estados en los que Biden fue dado ganador. “Los votantes, los tribunales, los estados, han hablado. Si anulamos (el resultado del voto), dañaremos nuestra república para siempre”, advirtió.

¡A buenas horas! Porque McConnell, un cínico que ha convertido la Cámara Alta en una trinchera sectaria, estuvo hasta el último momento alimentando con medias palabras las mentiras de Trump de que la victoria del candidato demócrata se debió a un pucherazo masivo.

McConnell, de 78 años, es un gato viejo, dispuesto a cambiar de chaqueta cuando haga falta. Pero es también un político prácticamente amortizado, después de que la victoria demócrata en las elecciones senatoriales parciales de Georgia haya arrebatado a los republicanos el control de la Cámara alta.

El hombre al que hay que prestar atención es Ted Cruz, el senador de Texas que ha liderado desde el Congreso la contestación a los resultados electorales y ha orquestado las maniobras que buscaban obstaculizar la certificación oficial de la victoria de Biden y deslegitimar su presidencia alimentando las acusaciones de fraude.

Cruz es el cabecilla de un nutrido grupo de republicanos dispuestos a seguir la estrategia destructora de Trump sin miramientos. En la madrugada de ayer, una vez desalojado el Capitolio y devuelta la tranquilidad a las calles de Washington, la Cámara de Representantes y el Senado votaron la validación de Biden y rechazaron las objeciones a los resultados de Arizona y Pensilvania. Pero la contestación no fue menor. Algunos congresistas cambiaron su voto a la vista de la gravedad de la situación. Pero 145 republicanos (138 representantes y 7 senadores) se encastillaron en la denuncia del supuesto fraude. ¡Nada menos que 145! El Great Old Party está gangrenado hasta el tuétano.

La trayectoria de Ted Cruz –ex candidato a las elecciones presidenciales en las primarias del 2016, en las que se enfrentó a Trump– es ilustrativa de la deriva del partido republicano. Nacido hace 50 años en Canadá, de padre cubano y madre estadounidense, el senador de Texas ha estado siempre situado en el ala más derechista de la formación. Anti aborto, anti matrimonio homosexual, pro armas, furibundo anti Obama… es un jurista reconocido que participó en la acusación contra Bill Clinton por el caso Lewinsky en 1998 y en el equipo de George W. Bush que disputó en el Supremo los polémicos resultados electorales en Florida que hurtaron la presidencia a Al Gore en el 2000.

En el 2016 fue uno de los aspirantes republicanos que más guerra dio a Donald Trump en la disputa por la nominación como candidato a la Casa Blanca. De hecho, ganó en nueve estados y fue el segundo en la obtención de delegados para la convención republicana.

Cruz, que pasaba por ser un conservador serio frente a un candidato tarambana, tuvo gruesos cruces de insultos con el futuro presidente. Mientras Trump le llamaba “Ted el mentiroso” o “pequeño bebé”, sugería que su progenitor tuvo algo que ver con el asesinato de Kennedy (“Su padre estuvo con Lee Harvey Oswald antes de que le disparara”) y le amenazaba con hablar sobre su esposa, Cruz le respondía llamándole “cobarde llorón”, “mentiroso patológico”, “hombre completamente amoral” y “un narcisista a un nivel que no creo que este país haya visto nunca”.

Cuatro años después,  Ted Cruz es el más trumpista entre los trumpistas. Su transmutación ha sido la del partido republicano, abocado ahora a una guerra entre sus dos almas. Ayer, tras la accidentada sesión del Congreso, Cruz defendió haber “hecho lo correcto”. Toda una declaración de intenciones.