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lunes, 18 de enero de 2021

Cómplices del golpe

@Lluis_Uria


Donald Trump es culpable de sedición. Como mínimo. Su grave responsabilidad en la instigación del asalto al Capitolio le valdría en España, por lo bajo, 13 años de cárcel, atendiendo a la línea del Tribunal Supremo. Está por ver qué pensará la justicia norteamericana. Pero Trump no es el único culpable, no está solo. Su fallido golpe de mano del Día de Reyes contra los representantes de la soberanía popular –con el objetivo de abortar la oficialización de Joe Biden como nuevo presidente de Estados Unidos– contaba con numerosos cómplices dentro mismo del Congreso.

Es el fruto de la degeneración de una buena parte del partido republicano, que en estos años ha sido modelado por Trump a su imagen y semejanza, hasta convertirlo en un grupo de hooligans de extrema derecha con inclinaciones autoritarias.

Minutos antes de que las hordas trumpistas asaltaran el Capitolio, el líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, intervino para rechazar las objeciones presentadas por un grupo de sus correligionarios contra los resultados en varios estados en los que Biden fue dado ganador. “Los votantes, los tribunales, los estados, han hablado. Si anulamos (el resultado del voto), dañaremos nuestra república para siempre”, advirtió.

¡A buenas horas! Porque McConnell, un cínico que ha convertido la Cámara Alta en una trinchera sectaria, estuvo hasta el último momento alimentando con medias palabras las mentiras de Trump de que la victoria del candidato demócrata se debió a un pucherazo masivo.

McConnell, de 78 años, es un gato viejo, dispuesto a cambiar de chaqueta cuando haga falta. Pero es también un político prácticamente amortizado, después de que la victoria demócrata en las elecciones senatoriales parciales de Georgia haya arrebatado a los republicanos el control de la Cámara alta.

El hombre al que hay que prestar atención es Ted Cruz, el senador de Texas que ha liderado desde el Congreso la contestación a los resultados electorales y ha orquestado las maniobras que buscaban obstaculizar la certificación oficial de la victoria de Biden y deslegitimar su presidencia alimentando las acusaciones de fraude.

Cruz es el cabecilla de un nutrido grupo de republicanos dispuestos a seguir la estrategia destructora de Trump sin miramientos. En la madrugada de ayer, una vez desalojado el Capitolio y devuelta la tranquilidad a las calles de Washington, la Cámara de Representantes y el Senado votaron la validación de Biden y rechazaron las objeciones a los resultados de Arizona y Pensilvania. Pero la contestación no fue menor. Algunos congresistas cambiaron su voto a la vista de la gravedad de la situación. Pero 145 republicanos (138 representantes y 7 senadores) se encastillaron en la denuncia del supuesto fraude. ¡Nada menos que 145! El Great Old Party está gangrenado hasta el tuétano.

La trayectoria de Ted Cruz –ex candidato a las elecciones presidenciales en las primarias del 2016, en las que se enfrentó a Trump– es ilustrativa de la deriva del partido republicano. Nacido hace 50 años en Canadá, de padre cubano y madre estadounidense, el senador de Texas ha estado siempre situado en el ala más derechista de la formación. Anti aborto, anti matrimonio homosexual, pro armas, furibundo anti Obama… es un jurista reconocido que participó en la acusación contra Bill Clinton por el caso Lewinsky en 1998 y en el equipo de George W. Bush que disputó en el Supremo los polémicos resultados electorales en Florida que hurtaron la presidencia a Al Gore en el 2000.

En el 2016 fue uno de los aspirantes republicanos que más guerra dio a Donald Trump en la disputa por la nominación como candidato a la Casa Blanca. De hecho, ganó en nueve estados y fue el segundo en la obtención de delegados para la convención republicana.

Cruz, que pasaba por ser un conservador serio frente a un candidato tarambana, tuvo gruesos cruces de insultos con el futuro presidente. Mientras Trump le llamaba “Ted el mentiroso” o “pequeño bebé”, sugería que su progenitor tuvo algo que ver con el asesinato de Kennedy (“Su padre estuvo con Lee Harvey Oswald antes de que le disparara”) y le amenazaba con hablar sobre su esposa, Cruz le respondía llamándole “cobarde llorón”, “mentiroso patológico”, “hombre completamente amoral” y “un narcisista a un nivel que no creo que este país haya visto nunca”.

Cuatro años después,  Ted Cruz es el más trumpista entre los trumpistas. Su transmutación ha sido la del partido republicano, abocado ahora a una guerra entre sus dos almas. Ayer, tras la accidentada sesión del Congreso, Cruz defendió haber “hecho lo correcto”. Toda una declaración de intenciones.


sábado, 21 de noviembre de 2020

Un golpista en la Casa Blanca


@Lluis_Uria

No lleva tricornio, sino gorra –Make America great again–, y por ahora no empuña una pistola, sino sólo sus palos de golf. Pero la voluntad última de Donald Trump, atrincherado en  el despacho oval y negándose a reconocer su derrota electoral frente al demócrata Joe Biden, no difiere tanto de la que condujo al teniente coronel Tejero a asaltar el Congreso de los Diputados un triste 23 de febrero de 1981: dar un golpe de Estado para subvertir el orden democrático y tomar o –en el caso del presidente de Estados Unidos– retener el poder. Trump quizá no tenga los medios para poner de rodillas a la democracia americana –aunque la purga decidida estos días en el Pentágono es algo más que inquietante–, pero ese es su anhelo inequívoco. Y lo más grave es la complicidad del antaño respetable Partido Republicano, convertido en un club de hooligans de extrema derecha.

Nada en la actitud de Trump es sorprendente. Lo que pretendía hacer lo anunció, de hecho, hace ya cuatro años. En las  elecciones del 2016 ya advirtió que sólo aceptaría el resultado si ganaba. Como ganó –gracias a un sistema electoral trucado y poco democrático–, no hubo cuestión. De cara a las elecciones del pasado 3 de noviembre hizo exactamente lo mismo y mucho antes de esa fecha ya denunció un supuesto fraude masivo en favor de su rival. Constatada su derrota –insoportable para él–, Trump no ha hecho más que profundizar esta vía: desacreditando la limpieza de la elección, asegurando que él es el ganador  y que es víctima de un robo –esta semana aún sostenía que el sistema “borró 2,7 millones de votos” en su favor y “decenas de miles” se los dieron a Biden– y negándose a reconocer la victoria de su adversario.

De hecho, la Administración de Servicios Generales, el organismo encargado de certificar el resultado de la elección y de activar la transición de poder –algo que acostumbra a cumplimentar en horas– se resiste a hacerlo, por más que la victoria de Biden sea ya indiscutible: el viernes se confirmó que había ganado también en Arizona y Georgia, de modo que finalmente cuenta con 306 delegados frente a los 232 del republicano.

Pese a tal contundencia, Trump y su partido han movilizado a cientos de abogados para tratar de impugnar los resultados en aquellos estados donde las fuerzas estaban más equilibradas –hasta el momento, sin éxito ante los tribunales– e incluso activado al fiscal general, Villiam P. Barr, para que se investiguen posibles fraudes electorales a nivel federal. Todo ello sin que exista la más mínima prueba al respecto. Más bien al contrario. El jueves, en una declaración difundida por la Agencia de Ciberseguridad, dependiente del Departamento de Seguridad Interior, responsables electorales locales, estatales y federales aseguraron que no existe “ninguna evidencia” de manipulación y que esta elección “ha sido una de las más seguras de la historia”.

Poco importa. Trump y la mayoría de los republicanos –los pocos que disienten son aún  excepción– insisten en sus mentiras con el objetivo de deslegitimar las elecciones y la victoria de Biden, con la aquiescencia de millones de seguidores para quienes hace tiempo la verdad dejó de importar.

Lamentablemente, también hace tiempo que la voluntad del pueblo norteamericano ha dejado de importar. Estados Unidos, que tanto se enorgullece de su sistema democrático –y con razón–, falla miserablemente en el examen principal: la elección del presidente del país es profundamente sesgada. El sistema de elección indirecta a través de delegados –con una representación desequilibrada en favor de los estados menos poblados– lleva décadas adulterando la voluntad popular: desde 1992, los demócratas han sido los más votados en todas las elecciones presidenciales salvo en una –la del 2004– y, sin embargo, en los últimos veinte años los republicanos han disfrutado de tres mandatos en la Casa Blanca, o sea, han gobernado doce, más de la mitad.

George W. Bush alcanzó la presidencia en las disputadas elecciones del 2000 pese a obtener 600.000 votos menos que Al Gore –lo que le permitió repetir en el 2004, esta vez sí, ganando en buena lid– y Donald Trump fue declarado vencedor en el 2016 aún quedando casi tres millones de votos por detrás de Hillary Clinton.  Para el politólogo de la Universidad de Harvard Steven Levistky,  muy crítico con el sistema, éste debería ser reformado, por más que el partido republicano –el gran beneficiado– nunca lo permitirá. En una entrevista en la BBC, ofreció una dura conclusión: “No es una democracia cuando un partido gana sistemáticamente el voto popular y pierde el poder”.

Con el recuento finalizado, en estas elecciones Trump ha recibido una enormidad de votos, casi 72,8 millones, algo nunca visto antes. Pero Joe Biden ha logrado todavía más, 78,2 millones, un récord histórico, y aventaja al presidente en más de cinco millones de sufragios. No es un puñado de papeletas. Cualquier intento  de apartarle de la presidencia sería lo más parecido a un golpe de Estado. “Lo que hemos visto del presidente esta última semana se parece mucho a las tácticas de un líder autoritario”, alertó al respecto el presidente de la Freedom House, Michael Abramowitz, en  el diario The New York Times.

El secretario de Estado, Mike Pompeo, aseguró días atrás con gran desparpajo que habrá una “transición suave a una segunda administración Trump”. Podría resultar patético, si no fuera alarmante. Sobre todo después de que Trump haya destituido al secretario de Defensa, Mark T. Esper –quien se negó a movilizar al ejército frente a las protestas del Black Lives Matter–, y lo haya reemplazado por el general retirado Antohny Tata, un extremista, además de ex comentarista conspiranoico de la Fox. Hay quien cree –o quiere creer– que todos estos humos bajarán. Y que un hombre que a la mínima que tiene un rato libre se va a jugar al golf no parece estar dedicándose a urdir un complot contra la democracia americana. Habrá que verlo.




sábado, 7 de noviembre de 2020

El voto de los ‘hillbillies’


@Lluis_Uria

“Todo tiene un límite, hasta en la política”, argumenta el tío Jed para frenar a la abuela de la familia Clampett cuando se dirige, escopeta en mano, contra su rival para ser elegida reina de los mapaches.

La escena pertenece a una serie de televisión de humor rústico emitida por la CBS  que hizo furor en los años 60 en Estados Unidos. The Beverly Hillbillies –que en España se retituló Los nuevos ricos– presentaba las peripecias de una familia, blanca y pobre, del medio Oeste que se trasladaba a California tras hacerse rica por el hallazgo de petróleo en sus tierras, y retrataba de forma hilarante el contraste entre las costumbres agrestes de los protagonistas y la sofisticación de Beverly Hills.

La serie era simpática y los personajes, entrañables. Pero el término hillbily no lo es. Es más bien despectivo. Alude a la población blanca trabajadora, pobre e inculta, de hábitos rudos y un tanto pendencieros, que se asienta en el eje de la cordillera de los Apalaches y que buscó la prosperidad en las grandes industrias –hoy cerradas– del llamado cinturón del óxido. Esta América maltratada y olvidada es la que en el 2016 dio el triunfo –ayudada por un sistema electoral sesgado– a Donald Trump.

La elección del nuevo inquilino de la Casa Blanca –que Trump amenazaba con impugnar por fraude sin ninguna prueba en pleno recuento– ha vuelto a jugarse en gran medida en tres estados de ese cinturón industrial en declive: Michigan, Pensilvania y Wisconsin, donde estaban en disputa 36 votos electorales, fundamentales –dado el equilibrio de fuerzas entre Trump y el demócrata Joe Biden– para obtener los 270 delegados necesarios sobre 538 para hacerse con la presidencia del país. Joe Biden ha conseguido ya recuperar para los demócratas Michigan y Wisconsin por unas decenas de miles de votos.



J.D. Vance, un empresario de Silicon Valley que consiguió salir del medio de pobreza y marginación social en el que nació, en el estado de Ohio, escribió en el 2016 una suerte de biografía familiar –Hillbily, una elegía rural (Deusto)– profundamente esclarecedora sobre el sustrato que compone la base electoral de Trump. Vance retrata, con amor, una América rural y postindustrial donde “la pobreza es una tradición familiar”, ideológica y religiosamente conservadora, rudimentariamente patriota, alérgica a los extraños y forasteros, desconfiada hacia las élites, integrada por trabajadores sin estudios castigados por la desindustrialización y el paro, llena de familias disfuncionales y diezmadas por la pandemia de los opiáceos, inclinada a hablar sin tapujos y pronta a llegar a las manos (o las armas) por cualquier litigio, profundamente pesimista y resentida, y con una irrefrenable “disposición a culpar a todos los demás excepto a uno mismo” de sus males.

Esta es la América de Trump. La América cuyos más bajos sentimientos se ha dedicado a excitar con ahínco el todavía presidente de Estados Unidos, haciéndose pasar por uno de ellos cuando en realidad es un rico heredero –ni siquiera un hombre de negocios hecho a sí mismo– de Nueva York.

Joe Biden está camino de llevarse la victoria en las elecciones. Pero en cualquiera de los casos y sea cual se el desenlace, Trump ha demostrado conservar un amplio apoyo en todo el país, fundamentalmente en el centro y en el sur.

Cuatro años después de acceder a la Casa Blanca, a pesar de todos los pesares, a pesar de sus mentiras colosales, a pesar de su nefasta gestión de la pandemia de Covid-19 y de la crisis económica, a pesar de su ostentosa ignorancia, su lenguaje ofensivo, su bravuconería y su agresividad –o quizá justamente por ello–, la América profunda, la América de los hillbillies, sigue entregada a Trump. Quien, a diferencia del tío Jed, no cree que haya límites para nada.