Ascender por las empinadas calles de Montmartre hacia lo alto de la colina, La Butte, es un deber inexcusable de cualquier visitante de París. La vista sobre la ciudad es impagable, sobre todo a la puesta del sol. En la cima se yergue la basílica del Sacré-Coeur, un edificio extraño, de estilo vagamente bizantino, que los turistas recorren ignorantes, en general, del pasado de violencia que esconden sus muros blancos.
El
templo, visible desde toda la ciudad, se ha acabado convirtiendo en un icono de
postal de París, un monumento más. Pero lo cierto es que su significado no es
en absoluto neutro: una ley acordó erigirlo en 1873 como un gesto para “expiar
los crímenes” de los revolucionarios de La Comuna.
Han
pasado 150 años desde el levantamiento de los communards, en 1871, y la herida
todavía sangra. La proximidad del aniversario, el 18 de marzo, ha vuelto a
despertar los viejos demonios y revelado las fracturas ideológicas que siglo y
medio después todavía dividen a los franceses.
Los primeros movimientos de incomodidad se
produjeron en octubre pasado, cuando una comisión especial acordó –con el aval
del Ayuntamiento de París, gobernado por la socialista Anne Hidalgo– iniciar
los trámites para clasificar el Sacré-Coeur como monumento histórico. Un sector
de la izquierda se sintió ultrajado y consideró la iniciativa un “insulto” a
los 20.000 communards muertos por la represión. Para templar los ánimos, y
conmemorar en paz el 150 aniversario de la Comuna, la alcaldía decidió aplazar
el debate al año 2022.
La maniobra apaciguó a la izquierda, pero la organización de los actos de conmemoración ha sublevado a la derecha, que ha acusado a Hidalgo de pretender glorificar un “triste momento de guerra civil” y transformar a unos asesinos en héroes. Ciento cincuenta años después, Francia es todavía incapaz de ofrecer una memoria común sobre los sucesos que se desarrollaron en París entre marzo y mayo de 1871. Hay dos mitos enfrentados. Y ahí siguen.
Para
entender la efervescencia que se vivía en la capital francesa en aquellos
momentos hay que tratar de imaginar lo que la ciudad había sufrido a causa del
aventurerismo bélico de Napoleón III, que el 19 de julio de 1870 había
declarado la guerra a Prusia por una disputa sobre la sucesión al trono de
España. El emperador francés pagó cara su imprudencia y sólo seis semanas después,
el 2 de septiembre, cayó prisionero de las tropas prusianas en la desastrosa
batalla de Sedán. Pero Francia no capituló.
Los
ejércitos alemanes sometieron entonces a París a un duro asedio, coronado por un
bombardeo de tres semanas, hasta que la ciudad se rindió definitivamente el 28
de enero. Hambrientos, los parisinos se vieron obligados a comer todo lo que se
movía –en Les Halles se vendía carne de perro y de rata– y los más desesperados
hacían caldo con los huesos de cadáveres desenterrados... Para añadir
humillación, el káiser Guillermo I se proclamó emperador de Alemania en el
palacio de Versalles.
El
resentimiento popular no tardó en dirigirse hacia el Gobierno provisional, en
manos conservadoras. Y bastó una chispa –el intento gubernamental de incautarse
de 200 cañones apostados en La Butte de Montmartre y en manos de la Guardia
Nacional (una milicia ciudadana)– para desencadenar la sublevación. Una
multitud ebria de ira, apoyada por los guardias, se enfrentó a los militares y
abortó el intento, matando a dos generales. El ejército se retiró a Versalles
para reorganizarse y los rebeldes se hicieron con el poder en la capital. Diez
días después, el 28, fue proclamada La
Comuna, que izó la bandera roja.
Si
la guerra de 1870-1871 fue el primer conflicto directo entre Francia y Alemania
(suponiendo que no merecieran ese rango las guerras napoleónicas de principios
de siglo), el levantamiento de la Comuna fue visto por Karl Marx como la
primera insurrección proletaria de la historia. Lo fuera o no –hay quien
considera que fue más bien la última revolución decimonónica–, constituyó en
todo caso un intento de instaurar una república social.
En
apenas diez semanas, los communards aprobaron numerosos decretos con
iniciativas de muy diversa índole:
separación de Iglesia y Estado, gratuidad de la educación pública,
suspensión del pago de los alquileres,
jornada laboral de 10 horas, prohibición del trabajo nocturno en las
panaderías, creación de cooperativas de trabajadores, reconocimiento de las
uniones libres, prohibición de la prostitución...
Las
mujeres tuvieron un papel de primera línea en el movimiento y en la lucha, y
una de ellas se acabó convirtiendo en un icono: la enseñante y escritora
anarquista Louise Michel –apodada, a saber por qué fantasma masculino, la
Virgen Roja–, que acabó deportada a un penal de Nueva Caledonia. Hoy tiene
dedicada una plaza a los pies del Sacré-Coeur.
Los
communards desperdiciaron la oportunidad de atacar a las tropas acantonadas en
Versalles cuando aún disponían de la ventaja inicial. Cuando lo hicieron,
tuvieron que batirse en retirada. Y cuando quisieron darse cuenta –distraídos
en medio de grandes festejos– el ejército atacó la capital. Entre el 21 y el 28
de mayo, la semana sangrienta, se combatió calle a calle. Progresivamente
acorralados, los revolucionarios ejecutaron a 47 rehenes –entre ellos, el
arzobispo de París– y asesinaron a un grupo de dominicos y jesuitas, e
incendiaron los grandes edificios de la ciudad (el palacio Real, los palacios
de las Tullerías y de Orsay, el Hôtel de Ville, el palacio de Justicia...) En
su avance, las tropas gubernamentales no tuvieron piedad. Los combatientes
fueron fusilados sobre la marcha, las calles se llenaron de cadáveres.
Los últimos resistentes fueron ejecutados contra un muro del cementerio de Père Lachaise, junto al cual se alinean hoy las tumbas de históricos dirigentes comunistas. Lugar de peregrinación de la izquierda, cada primavera una Francia rinde homenaje a los communards colocando flores junto al muro. La otra mira al Sacré-Coeur.
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