martes, 23 de abril de 2019

El desmoronamiento


Todavía humeaban los restos de la viguería de la catedral de Notre Dame de París, consumida por el terrible fuego del lunes, cuando en Amazon empezaron a dispararse las ventas de la  célebre novela homónima de Victor Hugo, la trágica historia del jorobado campanero de la catedral, Quasimodo –que habitaba justamente en el armazón de roble de la techumbre ahora desaparecido–, y la bella bailarina gitana Esmeralda. No deja de ser un guiño de la Historia. Pues fue la obra del escritor francés la que en el siglo XIX rescató a la vieja catedral de París de su decrepitud y olvido. Y acaso de la demolición.

Victor Hugo siempre estuvo preocupado por el abandono del legado arquitectónico de la época gótica, y ya antes de publicar su novela (en 1831) había clamado contra esa incuria en algunos escritos. Nuestra Señora de París –que con el tiempo daría lugar a numerosas recreaciones teatrales y cinematográficas–  fue tal éxito, provocó tal aldabonazo en las conciencias, que propició la gran obra de restauración dirigida en 1844 por el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc. De esa época procedía la aguja que ardió y se desmoronó el lunes, así como sus características gárgolas, un elemento que no existía cuando fue construida, en el siglo XII.

El fuego del lunes, que podría haber tenido consecuencias muchísimo más graves, ha caído como una mortificación sobre la desmoralizada comunidad católica francesa, minada  como en otros países por el escándalo  de los abusos sexuales en el seno de la Iglesia, que en el caso de Francia ha llevado a la condena, por omisión, del mismísimo cardenal Philippe Barbarin, obispo de Lyon y primado de las Galias.

La Francia del siglo XXI tiene ya poco que ver con la hija primogénita de la Iglesia declarada en la época del papa Esteban II. Hoy, sólo un 54% de los franceses se declaran católicos y apenas un 5% cumplen con el ritual de asistir a misa. Yann Raison du Cleuziuo, autor de un estudio sociológico publicado por el diario católico La Croix, resumía la situación en una ilustrativa frase: “El catolicismo francés se ha convertido en una realidad festiva”. Esto es, vinculada a las festividades cristianas tradicionales y a los acontecimientos fundamentales de la vida (bautismos, bodas, funerales). Y aún... porque, año tras año, desciende el número de bautizos y matrimonios religiosos.

En algunos sectores católicos ha llegado a germinar incluso un cierto sentimiento de asedio, agravado por los ataques y actos vandálicos –alrededor de un millar al año– de que son víctimas recurrentes las iglesias francesas en los últimos tiempos. Los espíritus se soliviantaron el pasado mes de febrero con tres profanaciones consecutivas en el lapso de diez días. Y la alarma se disparó  definitivamente el 14 de marzo cuando unos desconocidos prendieron fuego a una de las puertas de la iglesia de Saint-Sulpice de París, mientras en su interior se celebraba un concierto de órgano. No hay que sorprenderse, pues, si en las redes sociales hay quien se pregunta por el origen del fuego de esta semana en la catedral, que los investigadores atribuyen como primera hipótesis a un accidente fortuito. “La duda está permitida. Después de los actos de destrucción, vandalismo y saqueo que han sufrido nuestras iglesias (...), ¿ahora Notre Dame de París en plena Semana Santa? ¿Simple coincidencia?”, se preguntaba un lector del semanario conservador Valeurs Actuelles. Otros internautas, vinculados a la extrema derecha, van decididamente más allá, alimentando las teorías conspiracionistas y señalando con el dedo a los musulmanes.

Ni qué decir tiene que, de demostrarse que el incendio fue provocado, ello causaría un terremoto social, una hecatombe. Por ahora, afortunadamente, el siniestro de Notre Dame no ha pasado de una conmoción severa. Pero el golpe no se circunscribe a la comunidad católica –por mucho que sea la más quebrantada–, sino que alcanza a todo el país. De entrada, porque la catedral es un símbolo nacional, escenario de grandes acontecimientos de la Historia de Francia  (bodas reales, estados generales, entronizaciones imperiales, funerales de Estado...) Y después, pero no en último lugar, porque el desastre viene a coronar una serie negra que empezó con la revuelta de las banlieues en el otoño del 2005 y siguió con la crisis económica del 2008, los sangrientos atentados yihadistas del 2015 contra Charlie Hebdo y el Bataclan   –cuyo preludio fueron los asesinatos en serie de Mohamed Merah en el 2007–, y la crisis de los chalecos amarillos, la violenta protesta desencadenada en noviembre del año pasado y todavía abierta.

En poco más de una década, Francia ha sido sometida a fuertes tensiones que amenazan su cohesión social desde múltiples focos de fractura –económicos, sociales, étnicos y religiosos– y han proyectado sobre el país un pesado y sombrío sentimiento de pesimismo. El incendio de Notre Dame, la última desgracia, puede convertirse en un factor de unión nacional –y es evidente que el presidente Emmanuel Macron así lo está intentando–, pero también  puede suceder fácilmente todo lo contrario: el generoso –¿u obsceno?– alud de millones de euros que de repente han salido de debajo de las alfombras para contribuir a la reconstrucción del templo han empezado ya a provocar más irritación que admiración...

En un capítulo de Nuestra Señora de París, Quasimodo defiende la catedral del asalto de una turba prendiendo fuego. “Todas las miradas se habían levantado hacia lo alto de la iglesia. Lo que estaban viendo era extraordinario. En la parte más elevada de la última galería, por encima del rosetón central, había una gran llama que ascendía entre los campanarios con torbellinos de chispas, una gran llama revuelta y furiosa de la que el viento arrancaba a veces una lengua en medio de una gran humareda”, escribió Victor Hugo hace casi doscientos años. La historia acabó en tragedia.


lunes, 8 de abril de 2019

¿Democrático, un referéndum?


La unanimidad es rara. Y cuando se produce, hay que desconfiar. Porque muchas veces indica que algo está fallando. En un artículo publicado en el 2016 en la revista científica Proceedings of The Royal Society –titulado Demasiado bueno para ser cierto: cuando la abrumadora evidencia no convence–, un equipo de investigadores dirigido por el ingeniero Lachlan J. Gunn y el físico Derek Abbott constata que la unanimidad es matemáticamente tan improbable que, cuando se da, lo más probable es que enmascare un error. “La unanimidad es a menudo considerada fiable, pero está demostrado que la probabilidad de que un gran número de personas estén todas de acuerdo es débil, de modo que esta confianza está mal fundada”, escriben. La “paradoja de la unanimidad” puede encontrarse en muchos terrenos, desde los procesos de identificación judicial hasta la criptografía de datos. Pasando también por la política.

En los últimos años, parece haberse anclado en Europa la idea –si no unánime, muy extendida y ampliamente aceptada– según la cual el referéndum como vía para dirimir las grandes cuestiones políticas es la máxima expresión democrática que pueda caber. El voto directo del pueblo, ¡el súmmum de la democracia! Sin embargo, y como el Brexit ha puesto dramáticamente de manifiesto en el Reino Unido, tal convicción es harto discutible.

“Esto no es democracia, es una ruleta rusa”, resumía sobre el referéndum el profesor Kenneth Rogoff, politólogo y economista de la Universidad de Harvard, en una intervención en el 2016 en el World Economic Forum. La democracia moderna, subrayó Rogoff, es un sistema basado en un conjunto de “frenos y equilibrios” que en el referéndum desaparecen. “La idea de que cualquier decisión tomada por las reglas de la mayoría es necesariamente democrática es una perversión del término”, sostiene. El referéndum, al revés que unas elecciones, no ofrece posibilidad de corrección ni de marcha atrás. La decisión –prosigue– acostumbra a tomarse con una absoluta ignorancia sobre sus consecuencias ulteriores y, en general, por mayorías muy exiguas. Y concluye: “Un país no debería adoptar cambios fundamentales e irreversibles basados en una minúscula mayoría que prevalece sólo durante un breve periodo de emoción”.

El referéndum del Brexit del 2016, cuya convocatoria misma fue absolutamente espuria –David Cameron lo urdió únicamente para tratar de acallar la oposición interna en los tories y reforzar su poder sobre el partido–, reúne probablemente todos los defectos imaginables. No sólo no hubo espacio para un debate racional sobre la conveniencia o no de salir de la Unión Europea, sino que la campaña fue un obsceno desfile de mentiras. Nadie sabía lo que significaba de verdad el Brexit –¿romper totalmente con la UE? ¿mantenerse en la unión aduanera? ¿seguir en el Espacio Económico Europeo como Noruega?– porque nadie lo explicó y, como se ha visto, nadie tenía en realidad ningún plan para el día después. En lugar de eso, se apeló a las emociones de los votantes inundándoles de intoxicaciones e informaciones falsas: a través de la propaganda política convencional –con los Johnson y los Farage en el papel de principales farsantes– y de las redes sociales –pasto de las tramas rusas y las huestes del ultraderechista Steve Bannon y Cambridge Analytica–.

Finalmente, el triunfo del leave sobre el remain fue claro pero manifiestamente precario: 51,9% frente al 48,1%. Lo cual implica que, contando la abstención, resulta que los favorables al Brexit representaron en realidad sólo el 37% de los electores. Una mayoría legal, incontestable con las reglas en la mano, pero claramente insuficiente. Y movediza... Los sondeos dan hoy la mayoría a los partidarios de seguir en la UE si se celebrara una segunda consulta.

“El problema de la legitimidad se agrava en un referéndum sobre la soberanía porque las consecuencias de los dos resultados no son simétricos”, remarca por su parte el exfinanciero británico Nat Le Roux, cofundador de The Constitution Society. El leave, en efecto, es irreversible, mientras que el remain hubiera permitido nuevas consultas en el futuro (y si no, que se lo pregunten a los de Quebec). “Por eso –opina–, muchos constitucionalistas creen que referéndums de este tipo deberían requerir una supermayoría –el 60% de los votos emitidos es el umbral más comúnmente sugerido– para romper el statu quo”.

No es el único que propone tal condición. En su exposición, Kenneth Rogoff planteaba también la necesidad de exigir en los referendos mayorías más cualificadas (al igual que se requiere en numerosos parlamentos para cambiar la constitución del país y otras decisiones fundamentales) y proponía ese mismo umbral del 60%.

Desde el otro lado del Canal de la Mancha, el politólogo Gérad Grünberg, el historiador Elie Cohen y el filósofo Bernard Manin, i por la agencia intelectual francesa Telos, respaldan el planteamiento de que cuando “se trata de cuestiones decisivas para el futuro del país, debería introducirse el principio de mayorías cualificadas, de dos tercios o tres quintas partes, de forma que la elección aparezca lo más legítima e incontestable posible”. Porque, de lo contrario, puede abrirse una grave fractura en la sociedad: es lo que ya ha sucedido en el Reino Unido. “Es más peligroso oponer al pueblo a sí mismo que a sus representantes unos contra otros”, alertan.

Los tres autores consideran el referéndum un “instrumento defectuoso” por varias razones: porque frente a problemas enormemente complejos, propone dos alternativas simples y “maniqueas” que deben resolverse por “enfrentamiento”; a diferencia de los debates en los parlamentos, la deliberación pública no sirve para modificar la propuesta original; del mismo modo, a diferencia de las elecciones convencionales, el resultado es en este caso difícilmente reversible, no se puede cambiar como de mayoría, cada cuatro años, ni corregir el tiro (los derrotados, por consiguiente, encajan mucho peor la derrota); y los votantes muy a menudo no responden a la pregunta formulada, sino que votan por otros motivos (por o contra el Gobierno de turno las más de las veces)

Profesor de Derecho Constitucional en la Sorbona, Dominique Rousseau –de apellido evocador– es igualmente contrario a la consulta directa, como dejó en evidencia en una conferencia en Toulouse en el 2017. Partidario de la democracia representativa –los representantes responden de sus actos y sus decisiones, el pueblo no, argumenta–, duda de que “el sufragio universal sea el único pilar de la democracia”, defiende que “la representación es un elemento necesario de la calidad democrática de una sociedad”, y concluye: “El referéndum es un instrumento del populismo, no un instrumento de la democracia”.

No hay mejor reivindicación de la democracia que romper la unanimidad.


lunes, 25 de marzo de 2019

La violencia ya no es lo que era


Ser el primero es un honor que puede costar muy caro. El sargento Lawrence Russell Kelly, de 42 años, natural de Altoona –una pequeña ciudad de Pensilvania nacida al calor del ferrocarril–, lo sufrió en propia carne. Lanzado en paracaídas sobre Normandía el Día D, integrando la 82ª División Aerotransportada  del ejército de Estados Unidos, tenía que ser el primer norteamericano de las tropas del general Patton en entrar en París el 25 de agosto de 1944. La noche antes había entrado ya la avanzadilla del general Leclerc, con los blindados de los republicanos españoles de La 9 a la cabeza. El alto mando estadounidense, más interesado en aprovechar la victoria en la batalla de Normandía para proseguir el avance hacia el corazón de Alemania que en dar un rodeo por París, dejó que la única división aliada francesa –aunque plagada de extranjeros– fuera la primera en llegar a la capital. El orgulloso general De Gaulle proclamaría  falsamente después: “¡París liberada, por sí misma y por los ejércitos de Francia!”. Las fake news no son de hoy...

El sargento Kelly iba a ser el primer soldado estadounidense en pisar París (razón por la cual durante años se le rindió homenaje, como símbolo de todos los  G.I., en los Inválidos), pero apenas tuvo tiempo de vislumbrar la torre Eiffel.  Cuando empezaba a atravesar el puente de Saint-Cloud en su jeep, milicianos franceses le dispararon por error desde la otra ribera, creyendo ver a soldados alemanes. Malherido, murió dos años después en Altoona, quizá sin llegar a saber que ese plácido brazo del Sena donde empezó a perder la vida era cruzado hace siglos por damas y caballeros de la sociedad parisina para sus citas galantes, y fue el escenario elegido por Alejandro Dumas para situar el secuestro de Constance –amante de D’Artagnan– por orden del pérfido cardenal Richelieu. En recuerdo del sargento Kelly queda hoy un monolito con una placa a la entrada del puente, que casi nadie mira y algunos sinsustancia pintarrajean.

Con sólo 15 años –y mintiendo sobre su edad–, Kelly ya había luchado en Francia, durante ocho meses de 1917, en la Primera Guerra Mundial. Y cuando estalló la Segunda, volvió a alistarse. No lejos de donde cayó mortalmente herido, en la colina de Suresnes, un cementerio de inmaculadas cruces blancas sobre verde césped acoge las tumbas de más de 1.500 soldados de EE.UU. muertos en la Gran Guerra. Él mismo podía haber estado entre ellos.

Europa es un gran camposanto. El continente entero puede recorrerse de punta a punta siguiendo las tumbas de los soldados. En el cementerio norteamericano de Colleville-sur-Mer, en Normandía, sobre la bella playa bautizada en clave como Omaha –el más cinematográfico de todos–, hay cerca de 10.000 sepulturas. En Noyers-Pont-Maugis, en las Ardenas, se despliegan en la ladera de una colina las tumbas de 27.000 soldados alemanes caídos en las dos guerras mundiales. En el escenario de la sangrienta batalla de Verdún, una veintena de cementerios acogen los restos de 56.000 soldados franceses... No son números. Todos ellos tenían una identidad. Como el sargento L.R. Kelly.

No ha pasado tanto tiempo desde la última gran conflagración, pero un abismo parece separarnos de esos tiempos oscuros. La inconcebible magnitud de tales cifras nos conmociona y perturba. Una tragedia semejante parece hoy en Europa absolutamente impensable, inaceptable.

Hoy, una sola muerte violenta nos conmociona. Y el terrorismo, por el hecho mismo de golpear ciega e indiscriminadamente, nos estremece de forma particular. Ahí están, como últimos ejemplos, la masacre perpetrada el 15 de marzo por un terrorista australiano de ultraderecha en dos mezquitas de la ciudad neozelandesa de Christchurch –donde dejó un balance de 50 muertos–, o el asesinato tres días después de tres personas en un tranvía de Utrech (Países Bajos) a manos de un islamista turco, convertidas ambas –sobre todo la primera– en tragedias globales.

La sucesión constante y regular de atentados terroristas –en cualquier momento, en cualquier lugar– nos hace sentir vulnerables y nos da la sensación de que vivimos en un mundo esencialmente violento.  Y, sin embargo,  probablemente es el menos violento de la Historia. Así lo subrayaban en un artículo reciente publicado en Foreign Policy los  profesores Rachel Kleinfeld y Robert Muggah, quienes constatan que desde el final de la Segunda Guerra Mundial el número de víctimas causadas por la guerra –entre países enemigos o en enfrentamientos civiles– no ha hecho más que descender. Y desde los atentados del 11-S del 2001 en  EE.UU., también han caído las víctimas del terrorismo, que además afecta mucho menos a Occidente de lo que la opinión pública percibe. “La probabilidad de morir en un atentado terrorista en Europa en el 2016 fue del 0,027 por 100.000” –remarcan–, mientras que “el 90% de todos los ataques terroristas se producen en siete países: Afganistán, Irak, Nigeria, Pakistán, Somalia, Siria y Yemen”. Algo que se olvida: los musulmanes son, de lejos, las principales víctimas de los yihadistas.

Hay numerosos estudios que, combinando las investigaciones arqueológicas con las series estadísticas, concluyen que si no vivimos en el mejor de los mundos posibles, no vivimos en el peor.  Un trabajo realizado por el profesor de la Universidad de Granada José María Gómez, publicado en Nature en el 2016, concluyó que, de la misma manera que las organizaciones tribales son más violentas que las sociedades estructuradas en estados, los momentos más violentos de la Historia de la humanidad se sitúan fundamentalmente en la Antigüedad y la Edad Media.

Ya antes, el psicólogo norteamericano  Steven Pinker, profesor de Harvard, en una obra titulada The better angels of our nature: Why violence has declined (2011),  destacó que no sólo las guerras han ido perdiendo peso a lo largo de los siglos, sino que también han caído en picado los homicidios. Nuestros ancestros eran enormemente más violentos que nosotros. “Si las guerras del siglo XX hubieran matado a la misma proporción de  población que moría en las guerras de las sociedades tribales, no hubiera habido 100 millones de muertos, sino 2.000 millones”, explicó en una conferencia TED. Si en los años 50 del siglo pasado había 65.000 guerras al año, en la primera década del XXI eran sólo 2.000... Si en la Inglaterra del siglo XIV había 24 homicidios por cada 100.000 habitantes, en la de los años 60 había 0,6...: “La violencia ha declinado a lo largo del tiempo y quizás vivimos en el momento más pacífico de la existencia de nuestra especie”, sostiene.

Aunque a las víctimas de la violencia, tomadas a una a una, la estadística les ha de servir más bien de poco consuelo.




lunes, 11 de marzo de 2019

Un Nobel de pacotilla


Los platos se mustiaron en la cocina –gelatina de foie gras y manzana, pez nieve y tarta banoffee (de dulce de leche y plátano)– y la larga mesa dispuesta en el salón L’Orangerie del hotel Metropole de Hanoi quedó vacía. Donald Trump y Kim Jong Un debían mantener, el 28 de febrero, un último almuerzo de trabajo para cerrar su segunda cumbre, de la que tenía que salir un gran acuerdo. No fue así. Y el presidente de Estados Unidos, irritado por la resistencia del líder norcoreano, al que en los últimos tiempos ha intentado seducir cubriéndolo de elogios desmesurados, canceló la cita. Donald Trump aspira –con mucho desparpajo y pocos argumentos, hasta ahora– a obtener el premio Nobel de la Paz por la pacificación de la península de Corea.  Pero, de existir, tendría muchos más números para ganarse el Nobel de la vanidad.

Es sabido que al presidente norteamericano le obsesiona la memoria de su antecesor, Barack Obama. Y si éste recibió el Nobel de la Paz en el 2009 por su voluntad de favorecer la diplomacia y la cooperación internacional –“Todavía no sabe por qué lo recibió, llevaba quince segundos en el cargo y lo tuvo”, ironizó Trump al respecto–, él no podía ser menos. Así que convenció para que postulara su candidatura  al primer ministro japonés, Shinzo Abe, quien –según el inquilino de la Casa Blanca– habría escrito una “carta magnífica” al comité noruego pidiendo el Nobel de la Paz para él por sus esfuerzos en favor de la paz con Corea del Norte.

“Ya no hay misiles, ya no hay cohetes, ya no hay pruebas nucleares (...) Tenemos una relación genial con Corea del Norte, yo tengo excelentes relaciones con Kim Jong Un”, se vanagloriaba Trump apenas dos semanas antes de la fallida cumbre de Hanoi, mientras sugería –sin asomo de un indicio de prueba– que, con Obama,  EE.UU. hubiera declarado la guerra a Pyongyang.

Ya no hay misiles, ya no hay cohetes, ya no hay ensayos nucleares. Pero sí hay trabajos de reconstrucción –según han difundido esta semana los servicios secretos surcoreanos– del centro de lanzamiento de misiles y satélites de Sohae (o Tongchang-ri), que Kim Jong Un había empezado a desmantelar  tras la primera cumbre con Trump el 12 de junio en Singapur. Los trabajos habrían empezado en realidad antes del malogrado encuentro de Hanoi, lo cual demuestra que las cosas son infinitamente más complejas de lo que Trump pretende. Y que la paz es de cocción lenta.

Todo indica que en la cumbre de Hanoi se habían proyectado demasiadas expectativas. En las semanas anteriores, todas las señales mostraban que no se había avanzado lo bastante, que persistían fuentes diferencias entre ambas partes. Washington exigía un compromiso firme, con garantías, sobre la desnuclearización total de la península coreana antes de levantar ni una sola sanción, mientras que Pyoyang ofrecía un gesto, el desmantelamiento del complejo nuclear de Yongbyon, a cambio de que se levantara una parte de las sanciones. No todas como dijo Trump, pero sí las más onerosas, las aplicadas a partir del 2016 y que más castigan a la economía norcoreana, pues bloquean las exportaciones de metales, minerales y productos agrícolas y pesqueros. En un momento en que Corea del Norte se enfrenta a una grave crisis humanitaria –agravada por las magras cosechas del 2018–, para Pyongyag era una cuestión de vida o muerte lograr un levantamiento gradual de las sanciones. Pero para Washington la desactivación de Yongbyon era insuficiente.  En Hanoi nadie se movió un milímetro. Así que el fracaso era inevitable.

El estado de las negociaciones entre estadounidenses y norcoreanos estaba bastante verde como para aconsejar el aplazamiento de la cumbre. Sin embargo, Trump insistió en celebrarla, en la convicción de que sus dotes de negociador inmobiliario bastarían para llevarse el gato al agua. Le salió mal. Y numerosos observadores coinciden en atribuir justamente el revés a su  personalismo e impreparación habituales.

 Las conversaciones  con Pyongyang no están rotas, la Casa Blanca está dispuesta a reanudar la negociaciones a pesar de las noticias sobre la renovada actividad en Sohae –Trump seguía hablando anteayer de sus buenas relaciones con Kim Jong Un–, y las maniobras militares anuales conjuntas con Corea del Sur –Dong Maeng, iniciadas el lunes pasado– han sido reducidas a la mínima expresión en señal de buena voluntad. Pero si Washington no está dispuesto a prometer a Corea del Norte nada más tangible que un futuro económico tan esplendoroso como incierto,  la paz está muy lejana.

El sulfuroso consejero  de Seguridad Nacional, John Bolton,  consideró que la cumbre de Hanoi no fue tal fracaso, que el fracaso –dijo– hubiera sido  firmar un “mal acuerdo”. Justo el calificativo que Trump y sus halcones utilizan para definir el pacto nuclear suscrito con Irán en el 2015, y que Washington –enfrentado al resto del mundo– ha roto de forma unilateral. Lo cual ya da una idea del (escaso) nivel de compromiso que EE.UU. parece dispuesto a aceptar en la negociación.

Para la dinastía totalitaria de Kim, el arma nuclear es el único seguro de supervivencia del régimen. Y muy difícilmente renunciará a ella sin  fuertes concesiones y garantías. Eso, si llega a renunciar. Hay analistas, como Adam Mount, director del Defense Posture Project de la Federación Americana de Científicos –en declaraciones a la CNN–, o Pierre Rigolout, director del francés Instituto de Historia Social, que consideran que Pyongyang no renunciará nunca –o en mucho tiempo– a su disuasión nuclear, por lo que no es realista pretender llegar a un acuerdo de desnuclearización total. Como ha resumido Robert Litwak, vicepresidente y director del Centro Woodrow Wilson, en The New York Times: “La ironía es que el mejor resultado para el caso de Corea del Norte se parece al acuerdo con Irán”. Una concesión a Satán.



lunes, 25 de febrero de 2019

Puñalada trapera


Una puñalada en la espalda. Trapera, que se diría en castellano. Una vileza, una traición. El concepto ha quedado grabado en los libros de historia de Francia asociado a la agresión militar de Italia cuando los franceses habían hincado ya la rodilla en tierra ante el avance imparable de las tropas alemanas hace casi 80 años. Lunes 10 de junio de 1940: las divisiones acorazadas de Panzer de la Wehrmacht se dirigen, sin que nadie sea capaz de detenerlas, hacia el Canal de la Mancha, mientras cientos de miles de franceses huyen despavoridos hacia el sur y el Gobierno francés en pleno hace las maletas para abandonar París. La palabra “armisticio” empieza a ser pronunciada... Es el momento que elige Benito Mussolini, el Duce, para declarar gallardamente la guerra a Francia. “¡Qué pueblo tan noble y admirable estos italianos que nos apuñalan en la espalda en un momento semejante!”, se quejará amargamente el entonces primer ministro francés Paul Reynaud.

La maniobra del líder fascista italiano va a saldarse, sin embargo, con un rotundo fracaso. Mussolini se suma a los combates cuando Francia prácticamente ha caído con el fin de aprovechar su derrota para asentar su hegemonía en el Mediterráneo occidental y anexionarse algunos territorios franceses: de Túnez a Córcega, de Saboya a Niza (estas dos últimas, cedidas a Francia en 1860 a cambio del apoyo de Napoleón III a la unificación italiana). Sin embargo, la tenaz resistencia francesa en el frente de los Alpes ante tropas muy superiores en número convierte en un fiasco el ataque del ejército italiano, que apenas consigue entrar unos metros en la ciudad fronteriza de Menton. Después,  Hitler, necesitado una Francia vencida pero no humillada, colaboradora en lugar de resistente –de otro modo, se hubiera visto obligado a estacionar un gran número de divisiones, que necesitaba para su futuro ataque a la Unión Soviética– va a descartar con un revés las pretensiones del Duce.

Tras la declaración de guerra a Francia, que Mussolini leyó en el palacio Farnesio, el embajador francés salió precipitadamente de Roma de vuelta a París. Todo estaba roto. Y sólo pudo reconstruirse después de la guerra. Desde entonces, nunca más había sucedido algo semejante hasta que, el pasado 7 de febrero, el Gobierno francés llamó a consultas a su embajador en Roma –un gesto diplomáticamente grave, y todavía más entre socios y aliados europeos– en protesta por los continuos ataques de los dirigentes políticos italianos, y particularmente de los dos hombres fuertes del Gobierno, los viceprimeros ministros Luigi di Maio (jefe de filas del antisistema Movimiento 5 Estrellas) y Matteo Salvini (de la ultraderechista Liga). Ataques personales contra el presidente francés, Emmanuel Macron, acusaciones contra Francia por su política europea y hacia África –tachada de neocolonialista–, se han sucedido en las últimas semanas, hasta el punto de que el 21 de enero la embajadora italiana en París fue llamada al Quai d’Orsay para recibir una queja formal.

Las relaciones bilaterales entre Francia e Italia  han sufrido periódicamente algunas sacudidas. La política migratoria de París, que bloquea la entrada de inmigrantes procedentes del sur en la frontera de Ventimiglia en un gesto de evidente insolidaridad, es uno de los principales focos de desavenencia. Pero estos se han multiplicado desde el triunfo de las fuerzas populistas en las elecciones italianas de marzo del 2018. La guerra de guerrillas lanzada desde Roma contra su vecino transalpino ha llegado al punto ridículo de frenar –en medio de soflamas nacionalistas– la cesión al Museo del Louvre de obras de Leonardo da Vinci que debían nutrir la gran exposición del 500 aniversario de su muerte.

Los encontronazos con Emmanuel Macron, sobre todo en materia de política europea, han sido constantes. Pero la gota que ha colmado el vaso, y que precipitó la llamada a consultas del embajador francés, fue la visita semiclandestina que Luigi di Maio realizó el día 5, en Montargis (algo más de un centenar de kilómetros al sur de París), a un grupo de dirigentes de los chalecos amarillos, el movimiento que ha puesto al Gobierno francés contra las cuerdas y ha sembrado de violencia, semana tras semana, las calles de la capital.

“El viento del cambio ha cruzado los Alpes”, proclamó Di Maio por Twitter, donde expresó y ofreció todo su apoyo a los chalecos amarillos, que se presentan –al igual que los grillini– como un movimiento ni de derechas ni de izquierdas, antisistema y anti establishment, y defensor de la democracia directa. Lo que no dijo Di Maio es que el líder amarillo que le recibió, Christophe Chalençon, es un ultra declarado que aboga públicamente por un golpe de Estado en Francia, ha llamado al general  Pierre de Villiers –ex jefe del ejército cesado por Macron tras criticar públicamente los recortes en Defensa– a tomar el poder y se jacta de disponer de fuerzas  “paramilitares” listas para actuar. Decididamente, el M5E, que en algún momento pretendió parecer progre, ha perdido definitivamente el norte, si es que alguna vez lo tuvo.

La deriva de Di Maio, que nunca ha sido un ideólogo –su currículum   es de un vacío sideral, ni un triste máster inventado tiene–, está directamente vinculada a la situación política interna italiana. El socio presuntamente menor de la coalición, Matteo Salvini, se le ha comido todo el terreno gracias a su política de mano dura en materia de inmigración, mientras el líder de los grillini va perdiendo terreno en los sondeos electorales. Con pocos triunfos en la mano –el Gobierno italiano se ha acabado plegando a las exigencias presupuestarias de la UE y la economía italiana ha entrado en recesión–, Di Maio ha decidido jugársela a la carta del enemigo exterior. El problema es que ese enemigo está demasiado cerca. Y es demasiado poderoso.


lunes, 4 de febrero de 2019

La Europa de los hermanos enemigos


"Oh, Alemania mía, yo partiré, y con la bala y el sable derramaré la sangre francesa. Oh cielo, envíanos a miles de franceses, queremos que duerman bien tranquilos, y llegaremos a ellos con nuestros cañones, plomo y pólvora”. En 1813, las palabras del poeta nacionalista Ernst Moritz Arndt excitaban el ardor patriótico de los prusianos contra la opresión napoleónica. El mismo Arndt, por cierto, cuyo poema Des Deutschen Vaterland (La patria de los alemanes) acabaría siendo el oficioso himno nacional de Alemania antes de su unificación. Quienes repasan la sangrienta historia que ha enfrentado a franceses y alemanes a lo largo de los siglos empiezan habitualmente a contar por la guerra franco-prusiana de 1870-1871, para seguir después con la Primera y la Segunda guerras mundiales. Pero la serie empezó antes. Y no se comprende del todo la fuerza con que surgió el nacionalismo alemán en el siglo XIX sin las guerras de conquista de Napoleón.

De hecho, el hermanamiento carolingio francoalemán de los siglos VIII y IX está también teñido de sangre. El celebrado Carlomagno, el primer europeo, amplió su imperio –que en el momento de heredarlo se extendía ya por la zona occidental de lo que hoy es Alemania– por la fuerza militar, conquistando Baviera y Sajonia por las armas, y sometiendo a los levantiscos sajones a una brutal represión hasta conseguir doblegarlos. En el 782, por ejemplo, Carlomagno ordenó como represalia la masacre, cerca de Verden (Baja Sajonia), de 4.500 sajones, decapitados por negarse a convertirse al cristianismo... A Carlomagno, rey de los Francos –no lo olvidemos, una tribu de origen germánico, nada que ver con el mito de los galos irreductibles–, se le describe como un hombre sensible y culto. Pero, ante todo, era un guerrero.

En la ciudad de Aquisgrán –Aachen en alemán, Aix-la-Chapelle en francés–, en la frontera de Alemania con Holanda y Bélgica, donde Carlomagno instaló la capital imperial, en una sala gótica del Ayuntamiento donde antaño se levantó la asamblea carolingia, la canciller Angela Merkel y el presidente Emmanuel Macron firmaron el 22 de enero un nuevo tratado bilateral entre Alemania y Francia. Complementario del tratado del Elíseo de 1963 suscrito por Adenauer y De Gaulle –el de la reconciliación entre los hermanos enemigos–, el nuevo tratado de Aquisgrán habla no sólo de cooperación, sino también de “integración” francoalemana dentro de la UE.

Hermanos bajo Carlomagno –cada uno con sus tradiciones y sus lenguas, eso sí–, franceses y alemanes quedaron separados en el año 843 con el desmembramiento del imperio. Muerto sin pena ni gloria el heredero de Carlomagno, el emperador Luis el Piadoso, los tres hijos que le sobrevivieron  se reparten ese año sus dominios en un tratado firmado en un lugar que acabaría siendo sinónimo, mucho tiempo después, de todos los horrores: Verdún.  Carlos el Calvo se queda lo que acabará siendo Francia –heredando la flor de lis del blasón carolingio–; Luis el Germánico, la futura Alemania –con la otra mitad del escudo, el águila–, y Lotario, un reino en el centro entre los otros dos de fugaz existencia. Desaparecido prematuramente Lotario, sus dos hermanos se acabarán repartiendo, en principio amistosamente, sus territorios. Pero esa inestable zona central, llamada Lotaringia, que el analista Alain Minc considera la “falla continental” de Europa desde el punto de vista político y militar, será el escenario de todas las guerras posteriores entre Alemania y Francia, que lucharán por su control. Como diría nuestro querido Enric Juliana: Mapas, mapas, mapas.

El milagro de Europa es la reconciliación francoalemana, la reunión de los hermanos enemistados después de tanta sangre vertida. Europa es la reunión de Alemania y Francia. Sin ella, Europa no existe. El Reino Unido se puede marchar de la UE. O Polonia. O España. Pero mientras las dos potencias continentales sigan unidas, subsistirá. Si un día este núcleo se rompiera, la Unión Europea desaparecería, liberando todos los demonios nacionalistas que han llenado el continente de camposantos.

El nuevo tratado de Aquisgrán puede parecer relativamente anodino, falto de épica.   Una de sus principales novedades es el acento que se da a la cooperación bilateral en el terreno de la defensa (lo mismo que se quiere impulsar a nivel europeo en el seno de una UE bastante desorientada). Ambos países se comprometen, por ejemplo, a  organizar despliegues militares conjuntos en el exterior y a tratar de realizar proyectos comunes en materia de exportación de armamento. Una nueva cláusula –a modo de doble seguro,  que reforzaría la existente en la OTAN– establece que  Alemania y Francia se comprometen a asistir al otro “por todos los medios disponibles, incluida la fuerza armada”, en caso de una agresión militar exterior en territorio europeo (Ultramar es otra cosa)

Berlín y París se proponen asimismo acrecentar la colaboración en su diplomacia internacional –incluso intercambiando personal y apoyando la presencia de Alemania como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU–, instituir una zona económica integrada  francoalemana –mediante una progresiva convergencia normativa– e incrementar la cooperación transfronteriza, incluyendo aquí –¡ojo!, algo que ha excitado a las fieras nacionalistas de derechas y de izquierdas– el fomento del bilingüismo en los territorios fronterizos, como las históricamente disputadas Alsacia y Lorena. ¡La Lotaringia!

Pero, en cierto modo, lo más importante del tratado de Aquisgrán no es su contenido, sino su mera existencia. Es una profesión de fe en Europa, y en la paz que el continente ha conquistado en las últimas siete décadas. Y que, hoy, nuevas fuerzas de todos los colores, en todos los países, del Norte al Sur, desprecian con insolente ignorancia y pavorosa insensatez.


lunes, 21 de enero de 2019

El final de la escapada


El problema de la realidad, por más empeño que uno ponga en negarla, es que tarde o temprano te acaba atrapando. A los británicos ya les ha alcanzado. Su incombustible primera ministra, Theresa May, determinada a sobrevivir a todo y a todos, hace ver que no lo sabe, y que puede construir un “plan B” sobre los cimientos de su fracasado “plan A”. Pero lo cierto es que no hay ningún plan. De hecho, si algo han demostrado las largas y penosas negociaciones del Brexit entre Londres y Bruselas es que al otro lado del Canal de la Mancha a duras penas saben lo que no quieren. Pero en ningún caso saben lo que quieren y aún menos a dónde van. Si alguna duda quedaba, la votación de esta semana en la Cámara de los Comunes lo ha dejado cruelmente al descubierto. El rey está desnudo. Siempre lo ha estado.

Theresa May sufrió el martes un durísimo correctivo en el Parlamento británico. El Acuerdo de Retirada trabajosamente negociado con la Unión Europea fue brutalmente rechazado por 432 contra 202 votos –mayoría y oposición confundidos en el campo del no–, una diferencia de 230 votos que representa la mayor derrota sufrida por un primer ministro desde 1924. Hasta esta semana, el récord lo ostentaba el premier laborista Ramsay MacDonald, que el 8 de octubre de ese año perdió por 166 votos de diferencia una moción de censura en respuesta a la decisión gubernamental de abandonar las acciones judiciales contra el editor del semanario comunista Workers’ Weekly, John Ross Campbell.  Aquello desembocó en unas elecciones anticipadas y la salida de los laboristas del poder. May no ha corrido la misma suerte y, aunque por escaso margen, sobrevivió al día siguiente a la censura del laborista Jeremy Corbyn.

El desenlace de ambas votaciones –la del Acuerdo de Retirada de la UE y la de la moción de censura– ilustra de forma dramática el bloqueo de la política británica. Si existe una mayoría aplastante para frenar, obstruir y boicotear una solución, no la hay en cambio para construir una alternativa viable. El campo del no reúne intereses demasiado contradictorios.

Todo remite a un pecado original: el referéndum convocado en el 2016 por David Cameron para decidir sobre la permanencia o no en la Unión Europea buscaba en realidad desarmar la oposición interna euroescéptica en el partido tory y cortar las alas al amenazador UKIP de Nigel Farage. Lejos de ser un ejercicio máximo de democracia –suponiendo que un referéndum lo sea–, la consulta del Brexit respondía a una maniobra del más rancio politiqueo. Que se saldó, como es sabido, con un fracaso estrepitoso. Pero el resultado del referéndum también lo fue. Y no porque guste más o guste menos lo que eligieron el 51,9% de los británicos que acudieron a las urnas el 23 de junio del 2016, sino porque tratar de responder de forma binaria, con un sí o un no, a una pregunta simple formulada sobre temas absolutamente complejos y propuestas de difícil realización sólo puede conducir a grandes y trágicos malentendidos. La realidad es todo menos simple.

“Ahora se ve lo que referéndums que parecen simpáticos pueden acabar creando”, remarcó con ironía esta semana en un debate con alcaldes franceses el presidente de la República, Emmanuel Macron, quien resumió lo sucedido en una certera frase: “Se mintió a la gente y lo que eligieron no es posible”. No se trata sólo de las mentiras groseras que se profirieron para justificar la salida de la UE (de la llegada masiva de inmigrantes a las variantes del Bruselas nos roba). Ni siquiera eso es lo más importante. Lo más grave es que se prometió la recuperación para el Reino Unido de una soberanía plena que en la práctica es imposible, so pena de infligirse a sí mismo un daño irreparable (que es lo que sucedería si los británicos rompieran amarras totalmente con la Europa continental)

La primera ministra británica trató de lograr la cuadratura del círculo, como tan alegremente se prometió –abandonar lo malo de la UE y quedarse sólo con lo bueno, a la carta–, pero no lo consiguió. No podía conseguirlo. Como rememoraba esta semana Jean-Dominique Giuliani, presidente de la Fundación Robert Schuman:  “Traducir los resultados forzosamente populistas de un referéndum en proposiciones razonables y racionales es probablemente imposible, pero la forma en que (May) lo hizo demuestra un desconocimiento abisal de las realidades europeas e internacionales”. Así que al final la premier, decidida a salvar los muebles –no sólo el comercio británico con la UE sino también la paz en el Ulster–, se vio obligada a dar marcha atrás y aceptar lo inaceptable (esto es, la permanencia indefinida en la unión aduanera y bajo las normas europeas, sin voz ni voto) Es la vía que el Parlamento ha cegado.

Mientras May busca ahora desesperadamente la forma de ganar tiempo, lo que seguramente se traducirá en la petición de una prórroga a los 27 que impida la catástrofe de una salida sin acuerdo el 29 de marzo, las fuerzas políticas británicas discuten sobre diversas salidas posibles al embrollo –una relación con la UE al estilo de Noruega, con acceso al mercado único, por ejemplo– que en el fondo subvierten  el resultado del referéndum, pues implican un grado mayor o menor de cesión de soberanía y la aceptación –¡horror de los horrores!– de la libre circulación de personas y trabajadores, contra la que los brexiters habían clamado como un mantra.

El camino que hay por delante es intrincado y sombrío. Y no hay nada menos seguro que los políticos británicos, que tanta incompetencia han demostrado en el manejo de la brújula, encuentren ahora el rumbo. En el horizonte, aún de forma vaga, se intuye el perfil de  elecciones anticipadas e incluso, ¿por qué no? (Europa tiene larga experiencia al respecto), de un segundo referéndum.  ¿Y si al final de todo esto los británicos se acabaran quedando?