"Oh, Alemania mía, yo partiré, y con la bala y el sable
derramaré la sangre francesa. Oh cielo, envíanos a miles de franceses, queremos
que duerman bien tranquilos, y llegaremos a ellos con nuestros cañones, plomo y
pólvora”. En 1813, las palabras del poeta nacionalista Ernst Moritz Arndt
excitaban el ardor patriótico de los prusianos contra la opresión napoleónica.
El mismo Arndt, por cierto, cuyo poema Des Deutschen Vaterland (La patria de
los alemanes) acabaría siendo el oficioso himno nacional de Alemania antes de
su unificación. Quienes repasan la sangrienta historia que ha enfrentado a
franceses y alemanes a lo largo de los siglos empiezan habitualmente a contar
por la guerra franco-prusiana de 1870-1871, para seguir después con la Primera
y la Segunda guerras mundiales. Pero la serie empezó antes. Y no se comprende
del todo la fuerza con que surgió el nacionalismo alemán en el siglo XIX sin
las guerras de conquista de Napoleón.
De hecho, el hermanamiento carolingio francoalemán de los
siglos VIII y IX está también teñido de sangre. El celebrado Carlomagno, el
primer europeo, amplió su imperio –que en el momento de heredarlo se extendía
ya por la zona occidental de lo que hoy es Alemania– por la fuerza militar,
conquistando Baviera y Sajonia por las armas, y sometiendo a los levantiscos
sajones a una brutal represión hasta conseguir doblegarlos. En el 782, por
ejemplo, Carlomagno ordenó como represalia la masacre, cerca de Verden (Baja Sajonia),
de 4.500 sajones, decapitados por negarse a convertirse al cristianismo... A
Carlomagno, rey de los Francos –no lo olvidemos, una tribu de origen germánico,
nada que ver con el mito de los galos irreductibles–, se le describe como un
hombre sensible y culto. Pero, ante todo, era un guerrero.
En la ciudad de Aquisgrán –Aachen en alemán, Aix-la-Chapelle
en francés–, en la frontera de Alemania con Holanda y Bélgica, donde Carlomagno
instaló la capital imperial, en una sala gótica del Ayuntamiento donde antaño
se levantó la asamblea carolingia, la canciller Angela Merkel y el presidente
Emmanuel Macron firmaron el 22 de enero un nuevo tratado bilateral entre
Alemania y Francia. Complementario del tratado del Elíseo de 1963 suscrito por
Adenauer y De Gaulle –el de la reconciliación entre los hermanos enemigos–, el
nuevo tratado de Aquisgrán habla no sólo de cooperación, sino también de
“integración” francoalemana dentro de la UE.
Hermanos bajo Carlomagno –cada uno con sus tradiciones y sus
lenguas, eso sí–, franceses y alemanes quedaron separados en el año 843 con el
desmembramiento del imperio. Muerto sin pena ni gloria el heredero de
Carlomagno, el emperador Luis el Piadoso, los tres hijos que le
sobrevivieron se reparten ese año sus
dominios en un tratado firmado en un lugar que acabaría siendo sinónimo, mucho
tiempo después, de todos los horrores: Verdún.
Carlos el Calvo se queda lo que acabará siendo Francia –heredando la
flor de lis del blasón carolingio–; Luis el Germánico, la futura Alemania –con
la otra mitad del escudo, el águila–, y Lotario, un reino en el centro entre
los otros dos de fugaz existencia. Desaparecido prematuramente Lotario, sus dos
hermanos se acabarán repartiendo, en principio amistosamente, sus territorios.
Pero esa inestable zona central, llamada Lotaringia, que el analista Alain Minc
considera la “falla continental” de Europa desde el punto de vista político y
militar, será el escenario de todas las guerras posteriores entre Alemania y
Francia, que lucharán por su control. Como diría nuestro querido Enric Juliana:
Mapas, mapas, mapas.
El milagro de Europa es la reconciliación francoalemana, la
reunión de los hermanos enemistados después de tanta sangre vertida. Europa es
la reunión de Alemania y Francia. Sin ella, Europa no existe. El Reino Unido se
puede marchar de la UE. O Polonia. O España. Pero mientras las dos potencias
continentales sigan unidas, subsistirá. Si un día este núcleo se rompiera, la
Unión Europea desaparecería, liberando todos los demonios nacionalistas que han
llenado el continente de camposantos.
El nuevo tratado de Aquisgrán puede parecer relativamente
anodino, falto de épica. Una de sus
principales novedades es el acento que se da a la cooperación bilateral en el
terreno de la defensa (lo mismo que se quiere impulsar a nivel europeo en el
seno de una UE bastante desorientada). Ambos países se comprometen, por
ejemplo, a organizar despliegues
militares conjuntos en el exterior y a tratar de realizar proyectos comunes en
materia de exportación de armamento. Una nueva cláusula –a modo de doble
seguro, que reforzaría la existente en
la OTAN– establece que Alemania y
Francia se comprometen a asistir al otro “por todos los medios disponibles,
incluida la fuerza armada”, en caso de una agresión militar exterior en
territorio europeo (Ultramar es otra cosa)
Berlín y París se proponen asimismo acrecentar la
colaboración en su diplomacia internacional –incluso intercambiando personal y
apoyando la presencia de Alemania como miembro permanente del Consejo de Seguridad
de la ONU–, instituir una zona económica integrada francoalemana –mediante una progresiva
convergencia normativa– e incrementar la cooperación transfronteriza,
incluyendo aquí –¡ojo!, algo que ha excitado a las fieras nacionalistas de
derechas y de izquierdas– el fomento del bilingüismo en los territorios
fronterizos, como las históricamente disputadas Alsacia y Lorena. ¡La
Lotaringia!
Pero, en cierto modo, lo más importante del tratado de
Aquisgrán no es su contenido, sino su mera existencia. Es una profesión de fe
en Europa, y en la paz que el continente ha conquistado en las últimas siete
décadas. Y que, hoy, nuevas fuerzas de todos los colores, en todos los países,
del Norte al Sur, desprecian con insolente ignorancia y pavorosa insensatez.
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