domingo, 1 de noviembre de 2026

Palestina, sin horizonte

'Visión periférica'

Sea cual sea el futuro gobierno israelí, lo que a estas alturas y a falta de mayorías suficientes todavía no está claro, la cuestión palestina seguirá en un callejón sin salida. Ni unos ni otros están dispuestos a aceptar un Estado palestino.


En 2012 un grupo de israelíes y palestinos decidió impulsar conjuntamente una iniciativa política para superar el conflicto histórico y buscar una solución que satisficiera las aspiraciones de ambos pueblos. El nombre elegido,  A Land for All (Una tierra para todos), resume a la perfección su ideal. Su propuesta es la creación de una confederación de dos entidades estatales –una judía y otra, árabe– en un país común entre el mar Mediterráneo y el río Jordán, esa tierra que los mas intransigentes de cada parte reclaman exclusivamente para ellos.

“Nuestras vidas están ya inextricablemente entrelazadas, no solo a nivel emocional e histórico, sino también en los aspectos más básicos y cotidianos”, constatan, para llegar a la conclusión de que “un futuro pacífico compartido requiere un marco político que refleje nuestra interdependencia, sin dejar de atender nuestras necesidades específicas”. ¿Soñadores? ¿Ilusos? ¿Visionarios? Sea como sea, hoy por hoy no son más que una gota en un océano embravecido.

El trauma del 7 de octubre de 2023, cuando milicias de Hamas penetraron en Israel desde Gaza asesinando a 1.200 personas y secuestrando a otras 251, ha lanzado a la sociedad israelí por la pendiente de la venganza y el odio, donde no cabe el reconocimiento de los anhelos y el sufrimiento de los otros, ni la justicia ni la compasión. Los crímenes del ejército israelí en sus represalias en Gaza, donde en tres años ha matado a más de 70.000 personas –lo que la ONU ha calificado de genocidio–, y el terrorismo de los colonos judíos contra los palestinos en Cisjordania dejan fríos a la mayoría de los ciudadanos israelíes, entre los que se ha disparado –en palabras del director del diario israelí Haaretz, Aluf Benn– el “racismo antiárabe”.

La corriente antipalestina de fondo es tan fuerte que arrastra, de un modo u otro, a la inmensa mayoría de la sociedad israelí, más allá de sus diferentes convicciones políticas. Por eso, en las cruciales elecciones que Israel celebró el pasado martes, calificadas de “existenciales” por numerosos observadores debido a la deriva autoritaria y extremista del gobierno de Beniamin Netanyahu, no cabía esperar cambios de calado en lo que atañe al conflicto israelopalestino. En líneas generales, las posiciones del líder opositor, el general Gadi Eisenkot –ex jefe  del Estado Mayor del ejército israelí–, si bien menos extremistas, no son sustancialmente tan diferentes de las de la derecha

El polarizado mapa político resultante de los comicios, con dos bloques enfrentados de similar peso –con ventaja para la coalición de Netanyahu– pero sin mayoría suficiente para gobernar, augura un largo periodo de interinidad de desenlace incierto. Los partidos árabes podrían decantar la balanza, pero es improbable que el bloque de la oposición recurra a una alianza tan difícil de digerir.

Mientras, la situación en Palestina es dramática. La víspera de las elecciones, el lunes 26, la oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, hizo público el último informe de la comisión independiente internacional de investigación sobre los territorios ocupados, que Israel mantiene bajo su control desde la guerra de los Seis Días de 1967. Sus conclusiones son  demoledoras: “Israel ha cometido crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad –exterminio, persecución, tortura, violación y otras formas de violencia sexual– en el territorio palestino ocupado, tomando intencionadamente como objetivo a la población civil, mientras continúa cometiendo genocidio en Gaza”, sostiene.

La ONU denuncia que en Cisjordania, donde viven 500.000 judíos por tres millones de palestinos, el ejército israelí ha apoyado sistemáticamente la violencia de los colonos judíos contra la población árabe, con el objetivo de desplazar a los habitantes autóctonos, ocupar sus tierras  y expandirse territorialmente. El resultado ha sido, hasta ahora, la muerte de 254 palestinos y el desplazamiento forzado de cerca de 34.200 personas, la mayor cifra desde 1967.

En cuanto a Gaza, la ONU acusa a Israel de ampliar su zona de control –marcada por la inasible línea amarilla– y seguir matando civiles. Un centenar de oenegés encabezadas por Oxfam Intermon asegura que más de 1.400 palestinos han muerto a manos del ejército israelí desde la entrada en vigor del alto el fuego acordado en enero del 2025. El Gobierno israelí rechazó todas estas acusaciones, que achacó a una “campaña de desinformación”.

Si el opositor Gadi Eisenkot llegara a poder formar gobierno, cabría esperar un freno a las acciones violentas de los colonos judíos en Cisjordania –que ha censurado públicamente– y acaso una reconducción de las acciones militares en Gaza. Lo que no sería poco. Pero en la cuestión de fondo no cabe esperar ningún avance sustancial. Eisenkot es tan opuesto a la creación de un Estado palestino como Netanyahu –lo más que se dice dispuesto a aceptar es una especie de entidad autónoma desarmada y tutelada por Israel–, no cuestiona las colonias de Cisjordania y no es menos partidario de las intervenciones militares contundentes, por más que haya criticado la falta de objetivos claros y su ejecución en Gaza.

Muy pocos opinan hoy diferente. Un sondeo publicado en septiembre por el Pew Resarch Center constató que el 56% de los israelíes considera que no es posible una coexistencia pacífica con los palestinos (el nivel más alto en una década),  mientras que entre los árabes de Cisjordania y Jerusalén Este (la encuesta no pudo realizarse en Gaza por razones obvias) esa convicción alcanza al 68%. Solo el 17% y el 21% de ambas comunidades cree todavía en un futuro de paz. El abismo que les separa parece hoy insalvable.


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