lunes, 30 de abril de 2018

Bajo los adoquines...


Caroline de Bendern tenía 27 años  cuando se manifestó el 13 de mayo de 1968 por las calles del Barrio Latino de París, junto a miles de estudiantes y trabajadores, en contra del Gobierno del general De Gaulle y de una sociedad conservadora, estancada, autoritaria y asfixiante. Su imagen a hombros de un amigo, enarbolando la bandera del Frente de Liberación de Vietnam (FNL), la convirtió en un icono de la revuelta de Mayo del 68, una especie de moderna recreación de La libertad guiando al pueblo de Delacroix. Modelo y actriz de origen inglés y familia aristocrática –nieta del conde Maurice Arnold de Berdern–, el perfil de Caroline es también representativo del sustrato sociológico que estuvo en la base de aquel movimiento, integrado en gran medida por los cachorros de la burguesía, que nunca fue –pese a las proclamas– realmente revolucionario y que sólo hizo temblar a la V República cuando se sumaron los trabajadores.

Jean-Robert Pitte, rector de la Universidad de París-Sorbona, tenía entonces 19 años, estudiaba en la misma universidad que ahora dirige y siempre estuvo en contra de aquel “movimiento de niños bien”. A sus padres, de extracción modesta, les había costado demasiado esfuerzo que su hijo accediera a la universidad para que un grupo de privilegiados radicalizados echara el curso a perder. Dos mundos...

Mayo del 68 nunca fue un auténtico movimiento revolucionario. Nunca sus dirigentes tuvieron el objetivo de tomar el poder, por más que llegaran a hacer temblar los cimientos del régimen de 1958. Sólo querían sacudir el statu quo, cambiar la sociedad. Y en gran medida lo lograron.

La revuelta de Mayo del 68 adquiere el carácter de tal el 3 de mayo, cuando la policía entra en la Universidad de la Sorbona para desalojar por la fuerza a los estudiantes que la habían ocupado y detiene a más de 600... Pero el embrión es anterior. El foco no está en París, sino en Nanterre –en la periferia oeste de la capital–, donde los universitarios inician un movimiento de protesta contra el régimen del internado universitario, que consideran demasiado restrictivo y anticuado. De hecho, su principal reivindicación en ese estadio inicial es que las chicas puedan recibir a chicos en sus habitaciones (cosa prohibida, aunque autorizada a la inversa). Pronto las cosas se complican con la detención de un estudiante durante una protesta contra la guerra de Vietnam, a raíz de la que empezarán las ocupaciones y nacerá el llamado Movimiento del 22 de Marzo. Su principal líder, un estudiante alemán llamado Daniel Cohn-Bendit –conocido como Dani el Rojo, por el color de su pelo, ahora ya blanco–, acabaría siendo uno de los dirigentes más destacados y mediáticos de Mayo del 68.

Vietnam... La escalada bélica en la antigua Indochina francesa, con la intervención abierta de Estados Unidos contra el régimen comunista de Vietnam del Norte (1964-1973), está en el origen mismo del movimiento de protesta de los estudiantes franceses en 1968. Algo que vincula directamente la revuelta en Francia con las protestas de los jóvenes de EE.UU. –contra la guerra de Vietnam, por los derechos civiles de la minoría negra y por la libertad de expresión política en las universidades–, cuyo epicentro más activo se localizó en la universidad de Berkeley, California.

1968 fue un año en el que las ansias de libertad y justicia se extendieron por todo el mundo. Desde la Primavera de Praga, el intento fallido de instaurar un socialismo más abierto, de rostro humano –cruelmente aplastado por los tanques del Pacto de Varsovia en agosto–, hasta el movimiento estudiantil que reclamaba más democracia en México, ahogado en sangre el 2 de octubre en la matanza de la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, pasando por la agitación antifranquista –reprimida por el régimen– de las universidades españolas.

La especificidad de la revuelta francesa es la intervención, a partir de mediados de mayo, del movimiento obrero, con las primeras huelgas y ocupaciones de fábricas. Los comunistas franceses eran al principio reacios e incluso contrarios al movimiento –“pseudorrevolucionarios”, les llamó despectivamente el secretario general del PCF, Georges Marchais–, pero se acabaron viendo arrastrados por las bases, que obligaron a los sindicatos a tomar la iniciativa. El 20 de mayo, con 10 millones de huelguistas, Francia quedó paralizada y la V República tembló.

Los comunistas, sin embargo, tampoco querían tomar el poder y el Gobierno pronto encontró el cauce para negociar con los sindicatos amplias mejoras salariales y laborales para los trabajadores. A la primera reunión exploratoria, el primer ministro Georges Pompidou envió al entonces secretario de Estado de Empleo –y futuro presidente de la República–, Jacques Chirac, que acudió armado con una pistola por si las moscas. Así estaban las cosas... Pero una vez se alcanzó un pacto –los llamados acuerdos de Grenelle– y De Gaulle movilizó a los suyos con una gran manifestación de adhesión en los Campos Elíseos  –la primera que se adjudicó la osada cifra de un millón–, los trabajadores no tardaron en regresar a las fábricas. A partir de ahí, el movimiento estudiantil estaba condenado.

El movimiento sí, pero no su legado.  Mayo del 68 encarnó una esperanza de más libertad –política, individual, sexual– que acabaría imponiéndose en las costumbres y los hábitos sociales. Con las calles del Barrio Latino trufadas de barricadas y las paredes llenas de pintadas, alguien escribió en la Sorbona: “Bajo los adoquines, la playa”. Un mensaje de ilusión, de voluntad de cambio, que contrasta con el desánimo y el repliegue desconfiado que atenaza a la Europa de hoy. Cincuenta años después, sólo parece haber espacio para el sarcasmo. Como el chiste que circula estos días: “Mayo de 1968, los jóvenes salen a la calle; mayo del 2018, los jubilados salen a la calle. Son los mismos...”





martes, 17 de abril de 2018

Una pequeña guerra revigorizante


(Actualizado el 15/04/2018)


El lunes 2 de septiembre del 2013, La Vanguardia abría su portada con este titular: “Obama presiona al Congreso: Siria empleó gas sarín”. El entonces presidente de Estados Unidos había decidido inesperadamente solicitar la autorización de la Cámara de Representantes y del Senado para lanzar un ataque militar de represalia contra el régimen de Bashar el Asad por haber atacado a su propia población con armas químicas el 21 de agosto anterior, dejando un reguero de centenares de muertos. Una “línea roja” que Obama había advertido expresamente que no toleraría que fuera sobrepasada.

Sin embargo, ese no debería haber sido el titular de aquel día. Al menos, no era lo que estaba previsto. Lo que estaba previsto –pero casi nadie sabía–, según ha revelado ahora el expresidente francés François Hollande en su libro de memorias de sus cinco años en el Elíseo –Les leçons du pouvoir (Las lecciones del poder)–, es que en la madrugada del domingo 1 de septiembre, los ejércitos de EE.UU., Francia y el Reino Unido debían lanzar un ataque  combinado contra objetivos militares en Siria.

“Al término de las discusiones (con Obama), nuestro acuerdo parece total –rememora Hollande–. Las fuerzas armadas desplegadas frente a las costas sirias están preparadas. Los objetivos han sido seleccionados por los dos estados mayores; los misiles serán lanzados desde los barcos que navegan por la región; deben aniquilar varias instalaciones militares sirias situadas fuera de las ciudades, con el fin de respetar a la población civil. La fecha está decidida: domingo 1 de septiembre del 2013”. Pero, el sábado, una llamada telefónica de Obama obliga a suspender los planes: a la vista de la oposición con que David Cameron ha topado en el Parlamento británico, el presidente estadounidense decide consultar al Congreso.

El resto es conocido. La “espantada” norteamericana –por recurrir a la expresión que utiliza el propio Hollande– dio pie a que Rusia interviniera en la crisis y evitara –mediante un acuerdo sobre la destrucción de las armas químicas de Damasco, alcanzado el 14 de septiembre– un ataque occidental contra El Asad. El mundo respiró hondo. Pero no todo el mundo.

 “Una intervención hubiera cambiado el curso de los acontecimientos”, constata cinco años después con cierto tono de amargura Hollande, quien más presionó en ese momento para atacar. También podría decirse lo contrario. La no intervención probablemente también cambió –acaso de forma más profunda– el curso de los acontecimientos. En Siria y más allá. La inhibición occidental convenció al líder ruso, Vladímir Putin, de que Europa y sobre todo EE.UU. no estaban dispuestos a ir muy lejos, a comprometerse de verdad en una crisis internacional que tuviera a Moscú como oponente. Demasiado riesgo... En las mismas memorias de Hollande, el expresidente francés –que juzga a Putin un hombre glacial que no duda en utilizar la intimidación psicológica con sus interlocutores– cree que el presidente ruso observa con condescendencia a los líderes occidentales, que juzga pusilánimes y esclavos de sus respectivas opiniones públicas.

El caso es que después de la “espantada” de Obama, Putin se sintió con las manos libres. Así, en marzo del 2014 y ante el giro proeuropeo y proatlantista que se estaba produciendo en Ucrania, decidió recuperar por la fuerza la península de Crimea –cedida a Ucrania en tiempos de la URSS y donde Rusia tiene  la base de la flota del Mar Negro–, sin que los occidentales hicieran más que indignarse y aprobar sanciones económicas. Del mismo modo, en septiembre del 2015 el Kremlin decidió intervenir directamente en la guerra de Siria en apoyo de su aliado Bashar el Asad. Junto con las milicias chiíes de Irán y del libanés Hizbulah, los rusos consiguieron invertir la tendencia de la conflagración y hoy El Asad está más fuerte que nunca.

Tampoco Estados Unidos y Europa hicieron nada. De hecho, y por muchos tomahawks –tampoco tantos: unos 60 sobre una base aérea– que Donald Trump decidió lanzar contra Damasco en abril del año pasado, tras el penúltimo ataque químico del régimen, lo cierto es que EE.UU. ha dado más bien la sensación de desentenderse del conflicto sirio. Tras dejar toda la iniciativa diplomática a Moscú, Teherán y Ankara, Trump –que habla por Twitter según el pie con que se levanta, antes de pararse un minuto a pensar o de preguntar nada a nadie– anunció días atrás su intención de retirar sus tropas... ¿A quién puede extrañar que El Asad se creyera impune?

El uso de armas químicas del sábado 7 de abril contra el último reducto rebelde de la Guta oriental, atrincherado en la población de Duma  –tan cerca de Damasco como si habláramos de L’Hospitalet respecto a Barcelona o del barrio de Vallecas respecto al centro de Madrid–, fue brutal, cruel, inhumano... Pero no gratuito. Según medios libaneses, la acción del ejército sirio pretendía –y consiguió– que los últimos resistentes de la milicia islamista Ejército del Islam se rindieran. De hecho, al día siguiente pidieron negociar con Damasco y acabaron de desalojar definitivamente el enclave este jueves.

Cinco años después de las dudas de Obama, Estados Unidos, Francia y el Reino Unido se han puesto finalmente de acuerdo para lanzar un ataque múltiple de represalia sobre Siria. Sólo que ya no es lo mismo. La intervención militar de esta madrugada –que en principio y aparentemente se pretende limitada- difícilmente cambiará ya el curso de los acontecimientos en la guerra siria. Salvo que un error de cálculo o un descuido condujeran inadvertidamente hacia una escalada de imprevisibles consecuencias.

No es esa la intención, desde luego. De nadie. Por el contrario, varios elementos permiten pensar, a estas horas, que la operación –por vistosa que parezca- se acerca más a la acción de Trump de hace un año que a la gran intervención militar imaginada en el Elíseo en el 2013. De entrada, los norteamericanos, al igual que en el 2017, han prevenido a Moscú  antes de atacar, razón por la cual –y en contra de lo que habían amenazado- los rusos no han tratado en ningún momento de interceptar los proyectiles occidentales con sus propias defensas antiaéreas y antimisiles. Y tras concluir la operación, Washington se ha apresurado a subrayar, a través de su secretario de Defensa, James Mattis, que se ha tratado de “ataques puntuales”.

Si efectivamente esto acaba aquí, nada sustancial cambiará en el tablero geopolítico de la región. Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, aparte de lustrar su buena conciencia, habrán recordado que también tienen cosas que decir sobre el futuro de Siria –y no únicamente Rusia, Irán y Turquía- y los tres líderes occidentales que han conducido la acción verán reafirmada su autoridad política y moral en sus respectivos países. Donald Trump –acosado cada vez más de cerca por el FBI en el caso Rusiagate-, Emmanuel Macron –sometido a un frente de contestación social inédito desde hace  un par de décadas- y Theresa May –en el filo de la navaja a causa de Brexit y los ataques que recibe dentro de su propio partido- tienen suficientes problemas en casa como para celebrar la oportunidad de desviar la atención con una buena pequeña guerra revigorizante.




martes, 3 de abril de 2018

Los buenos de la película


Mireille Knox, de 85 años, murió asesinada en su modesto piso del distrito 11 de París el pasado 23 de marzo. La infortunada anciana fue acuchillada y su cuerpo, posteriormente quemado con la intención aparente –e ilusoria– de borrar las huellas del crimen. La policía ha detenido a dos sospechosos, a quienes la fiscalía imputa un asesinato de carácter antisemita, dada la confesión judía de la víctima. La investigación acabará determinando este extremo, pero si tal fuera el caso, sería uno de esos trágicos golpes de efecto que a veces parece reservarnos la vida, pues Mireille Knox era una superviviente de la tristemente famosa redada de Vel d’Hiv, de 1942, cuando más de 13.000 judíos fueron detenidos en París por la policía francesa, internados en condiciones penosas en el antiguo y ya desaparecido Velódromo de Invierno –de ahí el nombre–,  trasladados después a campos de tránsito –el más importante, el de Drancy, en la periferia noreste de la capital– y reexpedidos en tren hacia Alemania y Polonia, a los campos de exterminio nazis.

La redada se desencadenó entre el 16 y el 17 de julio de 1942 y la llevaron a cabo policías y funcionarios franceses, siendo jefe de Gobierno el siniestro Pierre Laval, el más germanófilo del régimen colaboracionista instaurado por el mariscal Pétain en Vichy. París era zona ocupada, pero los alemanes no intervinieron. Fueron exclusivamente franceses quienes durante esos dos días detuvieron a 13.152 judíos, la mayoría refugiados de la Europa del Este, muchos de ellos mujeres y niños, dispuestos a enviarlos a la muerte para congraciarse con el aliado alemán. Entre ellos no estaba Mireille Knox, pues pocos días antes había huido con su madre en dirección a Portugal. La redada de Vel d’Hiv no fue la única, aunque sí la más espectacular. En total, durante la Segunda Guerra Mundial el Gobierno francés deportó a 76.000 judíos a petición de la Alemania nazi, de los que sobrevivieron menos de 2.000.

La redada de Vel d’Hiv, cuyo recuerdo ha sido suscitado de nuevo por el asesinato de Mireille Knox, fue durante décadas un tabú. Un agujero negro. Un episodio borrado de la memoria colectiva como el propio Velódromo de Invierno, derruido en 1959. Hubo que esperar hasta 1995 para que un presidente de la República, Jacques Chirac, admitiera por primera vez públicamente la responsabilidad del Estado francés: “Francia, ese día, cometió lo irreparable”, afirmó con gravedad. Francia, dijo...

Hasta ese momento, la historia oficial consideraba a Vichy poco menos que como un poder usurpador, cuando la realidad es que el Parlamento francés fue el que –“democráticamente”– otorgó plenos poderes a Pétain y enterró la III República. Pero esa realidad no era la que se quería escuchar. Como tampoco se quería aceptar que buena parte de Francia se acomodó bien a la ocupación alemana, que París siguió siendo bastante una fiesta –como puso de manifiesto una polémica exposición del Ayuntamiento de la capital  en el 2008 con material cinematográfico de los propios alemanes–. Que la Resistencia, al margen del pequeño grupo que rodeó al general De Gaulle desde el principio, no adquirió relevancia hasta que Hitler invadió la Unión Soviética en 1941, rompiendo los acuerdos Ribentropp-Molotov, y los comunistas –hasta entonces tolerados– se echaron al monte. Y que no empezó a recibir masivas incorporaciones hasta que se sumaron  jóvenes desesperados por escapar al llamado Servicio de Trabajo Obligatorio (STO) por el cual empezaron a ser enviados en 1943 en masa a Alemania para trabajar dos años en las fábricas y en las granjas.

Francia tenía un relato impecable. Eran los buenos de la película. Héroes de una pieza. Sólo con el tiempo algunos dirigentes políticos se han atrevido a ensombrecer la historia oficial, para disgusto de los nacionalistas. “Francia no es responsable de Vél d’Hiv; si hay responsables, son los que estaban en el poder en esa época, no Francia”, declaró  en la última campaña  de las elecciones presidenciales la líder del FN –ahora rebautizado como Reagrupamiento Nacional–, Marine Le Pen. Para la ultraderecha, Francia no es culpable de la persecución de los judíos bajo la ocupación (como tampoco de los terribles abusos perpetrados por el ejército en la guerra de Argelia). Lo demás es un arrepentimiento fuera de lugar, autoflagelatorio...

Si Francia ha revisado parcialmente en los últimos años la reescritura de la Historia que hicieron los vencedores terminada la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno polaco del partido ultranacionalista Ley y Justicia, de Jaroslaw Kayczinsky, pretende hacer lo contrario. El Parlamento de Varsovia, desoyendo por enésima vez todas las advertencias por su deriva autoritaria, aprobó el pasado mes de enero una ley que castiga con penas de cárcel a quien acuse a los polacos de complicidad en el Holocausto y a quien simplemente adjetive como “polacos” los campos de exterminio levantados por los nazis en Polonia durante la guerra, como el de Auschwitz. Pretender dictar la historia desde la ley no es sólo una aberración intelectual y democrática, sino que además en este caso –como en la mayoría– implica una enorme falsedad. Pues no fueron pocos los polacos que colaboraron con los nazis y que entregaron a judíos –por antisemitismo o mero afán de rapiña– a sus verdugos. “Es más fácil esconder un carro de combate bajo la alfombra que un niño judío en casa”, constató la enfermera Irena Sendler, el Ángel del Gueto de Varsovia, que salvó a 2.500 niños judíos sacándolos de allí escondidos por todos los medios.

La Historia no es un cuento de buenos y malos, por mucho que los nacionalistas de toda condición –ayer, hoy y mañana– pretendan lo contrario. La realidad es siempre compleja, poliédrica. La luz esconde muchas sombras. Y en la sombra se ocultan  muchas culpas inconfesables.



lunes, 19 de marzo de 2018

Entre espías anda el juego


En los pasillos del Quai d’Orsay se contaba años atrás que, en sus tiempos como presidente del Gobierno español, Felipe González se acostumbró a enviar cada año un jamón de Jabugo al entonces presidente de la República, Jacques Chirac. Y que las cosas empezaron a torcerse entre el líder gaullista y el siguiente inquilino de La Moncloa, José María Aznar –con quien tendría ocasión de enfrentarse a cara de perro a raíz de la guerra de Irak–, cuando el refundador del PP decidió dejar de enviar el jamón al Elíseo...

Dádivas e intercambios de este tipo son bastante habituales entre jefes de Estado y de Gobierno. Esta misma semana, la canciller de Alemania, Angela Merkel, reconoció que de vez en cuando envía al presidente de Rusia, Vladímir Putin, algunas botellas de cerveza de la casa Radeberger –fundada en 1872 en la población del mismo nombre y primera cervecera alemana en elaborar exclusivamente cerveza pilsner–, a cambio de lo cual el nuevo zar de todas las Rusias le remite selecto pescado ahumado.

Vladímir Putin se aficionó a la Radeberger  durante los años en que estuvo destinado en Dresde, en la antigua República Democrática de Alemania, como agente del mítico KGB (Comité de Seguridad del Estado) entre 1985 y 1990, en el momento final de la Unión Soviética. El joven espía contaba 32 años cuando se trasladó a la RDA con su primera esposa, Ludmila, y su hija María, y en la capital de Sajonia nació la segunda, Ekaterina. El agente Putin, cuyo nombre en clave era Plátov –en recuerdo del general cosaco que hostigó al ejército de Napoleón en retirada en 1812-1813–, se encargaba de obtener información sobre las redes de la disidencia.

No consta que Plátov fuera un agente extraordinario, tan sólo un espía más del KGB. Sin embargo, y gracias a los cambios que trajo consigo la perestroika y la descomposición de la URSS, acabó en 1998 siendo nombrado director de los nuevos servicios secretos rusos, que pasaron a llamarse FSB (Servicio Federal de Seguridad). Y si duró poco en el puesto, es porque al año siguiente fue nombrado primer ministro por el presidente Borís Yeltsin.

En su etapa como espía en la RDA, Putin no sólo se aficionó a la Radeberger, sino que vivió acontecimientos que le marcaron personal y políticamente. Sus biógrafos coinciden en destacar la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento de la RDA, que vivió en directo, como momentos clave de su trayectoria. El 5 de diciembre de 1989, una multitud asaltó la sede  de la Stasi –la policía secreta germanoriental– en Dresde, a pocos metros de las oficinas del KGB, cuyos agentes se dedicaron a destruir todo el material comprometedor de que disponían, mientras esperaban –inútilmente– que Moscú diera la orden de desplegar los tanques. Nunca salieron. “Lo destruimos todo, todo el material sobre nuestros contactos, sobre nuestros agentes, yo mismo quemé una gran cantidad de documentos. Quemamos tantos que el horno acabó por explotar”, contó personalmente Putin en una rara serie de entrevistas publicada en el 2000.

El presidente ruso aprendió en Dresde cuán frágil puede ser el poder que otrora pareciera omnímodo. Aprendió a desconfiar. Y a ahogar cualquier disidencia desde la cuna. El propio modelo político de la RDA, que toleraba otros partidos diferentes al comunista siempre que se sometieran al régimen, parece ser el que el jefe del Kremlin intenta poner en práctica en la Rusia del siglo XXI. Como espía, también aprendió a utilizar métodos expeditivos y a no tener demasiados escrúpulos. En ese mundo, a fin de cuentas, sólo cuenta la razón de Estado, al margen de la ley o de la moral. Por ello, resulta extremadamente difícil creer que la sistemática eliminación de exespías, opositores y disidentes rusos que se está produciendo en Londres pueda estar llevándose a cabo sin la aquiescencia –o la orden directa– del Kremlin.

Probablemente es también más que una casualidad –más bien, un síntoma– que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, haya decidido cambiar a Rex Tillerson, un hombre pragmático y temeroso de la ley internacional, por el ex jefe de la CIA Mike Pompeo  al frente del Departamento de Estado, piedra angular de la política exterior norteamericana. Mike Pompeo no es un espía. A diferencia de Putin –o de su sucesora al frente de  La Agencia, Gina Haspel– no ha hecho carrera previa como agente. Pompeo, si bien graduado en West Point –además de en  Harvard– , hizo carrera como empresario en el sector aeronáutico antes de meterse en política de la mano de la secta ultra del Tea Party.

Pero sus años como miembro del comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes y como director de la CIA hacen que los métodos de los servicios secretos no le sean en absoluto ajenos. Y ni siquiera chocantes, puesto que dentro del partido republicano Pompeo ha manifestado ampliamente un perfil duro e intransigente. El nuevo jefe de la diplomacia estadounidense es una persona que no se ha andado con  remilgos en el pasado ni es de esperar que lo haga en el futuro. Un verdadero halcón que considera imprescindible mantener la prisión de Guantánamo y lamenta que Obama cerrara las cárceles irregulares que la CIA diseminó por el mundo, que ve en los líderes musulmanes a los cómplices necesarios del terrorismo yihadista, que está por derrocar el régimen comunista-dinástico de Corea del Norte y por abortar el acuerdo nuclear con Irán, y que parece poco inclinado a contemporizar con la Rusia de Putin a pesar de las simpatías iniciales de su comandante en jefe.

Cuando una nueva guerra fría parece haberse instalado de nuevo entre Rusia y Occidente, que los modos de la confrontación se emancipen de los usos diplomáticos y se sometan a la lógica de los espías es todo menos tranquilizador.




lunes, 5 de marzo de 2018

El legado del diablo


No está claro qué diferencia hay –más allá del grado– entre torturar y torturar con moderación. Para Jean-Marie Le Pen, el viejo patriarca de la ultraderecha francesa y cofundador del Frente Nacional (FN), es la misma que separa lo inaceptable de lo aceptable. “Sí, el ejército francés la practicó (la tortura) para obtener información durante la batalla de Argel, pero los medios que empleó fueron lo menos violentos posible. Entre ellos figuraban los golpes, la gégène (electrocución, en el argot militar francés) y la bañera (inmersión de la cabeza en el agua), pero ninguna mutilación, nada que afectara a la integridad física”. Lo relata con comprensión el propio Le Pen –que fue teniente de paracaidistas en la guerra de Argelia– en el primer tomo de sus memorias, Fils de la Nation (Hijo de la Nación), recién aparecido en las librerías. ¡Uf! ¡Qué alivio! Así que eran torturas humanitarias... Aún pareciéndole razonable, el veterano líder de la extrema derecha se cuida de negar las acusaciones que le señalan personalmente como uno de los torturadores...

La aparición de Fils de la Nation, que abarca el periodo entre su nacimiento en 1928 en Bretaña y la fundación del FN en 1972 –lo más jugoso estará en la segunda entrega, programada para diciembre–, ha constituido todo un acontecimiento político y editorial en Francia. La primera edición, de 50.000 ejemplares, se ha agotado antes de salir a la venta y se ha tenido que tirar ya una segunda edición de prisa y corriendo.

Jean-Marie Le Pen se va. Empezó a irse ya en el 2011, cuando cedió la presidencia del partido –todavía lo lamenta hoy– a su hija Marine, quien en estos años se ha afanado por “normalizar” y “desdiabolizar” –aunque sea sólo en la superficie– el Frente Nacional. Esto es, hacerlo más aceptable y digerible, aunque sea a costa de borrar las aristas más afiladas de su padre –“Yo no soy Belcebú”, decía él mismo con cierta sorna y no poca complacencia–, un proceso  que pretende culminar ahora, en el próximo congreso del FN en Lille, el 10 y 11 de marzo, cambiándole el nombre al partido. Lo que su progenitor no ha dudado en calificar de “traición” y “parricidio”, dos términos equivalentes en un clan donde política y familia se funden.

Jean-Marie Le Pen se va. Y por eso publica sus memorias. A sus 89 años, es su último testimonio. Podría considerarse su testamento político, pensando sobre todo en el segundo tomo, pero a este respecto cabe más esperar un ajuste de cuentas. En todo caso, su auténtico legado hay que buscarlo fuera de sus páginas. Jean-Marie le Pen vivió su máximo momento de gloria –y de vértigo– cuando en las elecciones presidenciales del 2002 consiguió el 16,8% de los votos y desbancó al socialista Lionel Jospin –a la sazón, primer ministro–, pasando a la segunda vuelta. Mal que le pese, su hija Marine le superó en el 2017 al obtener el 21,3% en la primera vuelta y el 33,9% en la segunda, con más de 10 millones y medio de votos. De algún modo, él puso la semilla. En otro país, el FN sería un partido fundamental de la vida política. En Francia, merced al sistema electoral mayoritario a dos vueltas, su presencia en el Parlamento es sólo testimonial.

Pero la fuerza del Frente Nacional en Francia, el auténtico legado de Le Pen,  no se mide en diputados y en escaños. Su fuerza –creciente en los últimos años– se mide en influencia ideológica. Y es aquí donde el partido de los Le Pen ha acabado en cierto modo por imponerse. Obnubilado por el modelo del PP español y deseoso de absorber a todo el electorado de la extrema derecha, Nicolas Sarkozy (2007-2012) ya abrió el camino de la aproximación de la derecha a las tesis del FN. Al igual que Donald Trump tenía a Steve Bannon, Sarkozy tenía a Dominique Buisson, un ultra declarado, como principal inspirador. Tras ser desalojada del Elíseo en el 2012 por François Hollande y perder en el 2017 frente a Emmanuel Macron, la derecha francesa vuelve a probar este mismo camino. Tanto más cuanto que el actual presidente de la República ha captado a lo más granado del centroderecha...

El nuevo patrón de Los Republicanos  –última marca de fábrica del antiguo partido gaullista–, Laurent Wauquiez, ha abrazado con fervor las tesis ultras en lo que concierne a la inmigración, el islam, la seguridad ciudadana y –en parte– la Unión Europea, hasta el punto de expulsar del partido a figuras centristas como Alain Juppé o Xavier Bertrand. Adalid de una “derecha desacomplejada”, Wauquiez, con ecos claramente trumpistas, se dirige a “la Francia real”, hace gala de una manera de hablar “franca” y directa –lejos de lo políticamente correcto–, y se presenta como  el defensor de las clases populares y las clases medias empobrecidas y olvidadas... Wauquiez ha descartado hasta ahora todo pacto con el FN –al que de hecho aspira a fagocitar–, pero su confluencia ideológica deja el terreno abonado.

Quien sí ha dado ya el paso, al otro lado de los Alpes, es Silvio Berlusconi –un Trump avant la lettre–, que en las cruciales elecciones de mañana domingo se presenta en coalición con La Liga –abandonada ya la apelación “del Norte” tras abrazar el horizonte nacional italiano– y Hermanos de Italia, donde se mezcla el nacionalismo ultramontano y el populismo xenófobo. Las cosas que se han escuchado estos días en Italia podría suscribirlas el propio Le Pen sin traicionar su ideario. En este contexto, el resultado de las urnas del 4-M será observado con gran atención en tierras de su vecino transalpino, donde podrían ensayarse algunas recetas en las elecciones europeas del 2019. Se dirá que las realidades de Italia y Francia son muy diferentes, pero acaso no lo sean tanto. A fin de cuentas, como decía el escritor Jean Cocteau, “los franceses no son más que italianos malhumorados”.


lunes, 19 de febrero de 2018

Francia y yo somos así, señora


"Lo siento mucho, la vida es así, no la he inventado yo...”. Tal era una de las frases estrella de una popular canción, El jardín prohibido, que arrasaba en todas las discotecas, salas de fiestas y guateques particulares a finales de los años 70. Las parejas se estrechaban fuertemente al son de la música mientras Sandro Giacobbe culpaba desvergonzadamente a su novia –por estrecha– de que él se hubiera ido a la cama con su mejor amiga... Un trágala en toda regla: mira chica, así son las cosas y no tienen vuelta de hoja, venía a decir. O lo tomas o lo tomas. Es una actitud muy popular en la política de hoy en día. O blanco o blanco, o negro o negro... Nunca la conjunción disyuntiva había sido tan maltratada.

Parejo discurso –aunque sin infidelidad de por medio– tuvo el presidente francés, Emmanuel Macron, el pasado día 7 en Bastia, cuando al abordar las reivindicaciones identitarias de la isla de Córcega se refirió a la eventual cooficialidad de la lengua corsa como una pretensión inaceptable. Una cosa, vino a decir, es defender y potenciar la diversidad cultural y lingüística como una riqueza, y una muy otra creer que una lengua regional puede elevarse al mismo rango que el francés. “En la República francesa, y antes incluso de la República, hay una lengua oficial y es el francés. Y nosotros estamos hechos así”. Dicho de otro modo, no hay más que hablar. La frase recuerda la del capitán de los Tercios Diego Acuña de Carvajal, protagonista de la obra de Eduardo Marquina En Flandes se ha puesto el sol, cuando sentencia con orgullo: “España y yo somos así, señora”.

Si los franceses están hechos así, no es sin embargo por inmanencia natural o trascendencia divina. Francia como nación es ante todo una construcción del poder, un país hecho a lo largo de los siglos y no sin conflicto por el Estado –la monarquía primero, la República después–, en el que la lengua ha sido la argamasa y el centralismo uniformista, un elemento constitutivo esencial del país. Y todavía lo es.

Hoy el Estado francés se preocupa –o aparenta preocuparse– por la salvaguarda de las lenguas regionales, una riqueza que va camino de perderse a pesar de la –más bien liviana– protección legal de la que gozan en la actualidad y su –más bien escasa– enseñanza escolar. Pero hace algo más de un siglo la situación era radicalmente diferente. En España se tiende  a pensar que el uniformismo francés es heredero directo de la monarquía absolutista borbónica –y en parte lo es–, pero es sobre todo el producto de la Revolución y, en particular, de la política escolar y lingüística de la III República (1870-1940). El gran logro social de la escolarización obligatoria y la generalización de la enseñanza tuvo como contrapartida una auténtica cruzada contra la persistencia de las lenguas y los dialectos regionales –englobados despectivamente en el concepto patois–, que la República se propuso erradicar. La política represiva en la escuela, que incluía a veces castigos físicos, poco tiene que envidiar a la práctica franquista en la materia. Hoy se les llamaría fascistas... Pero, en fin, hoy se le llama fascista a cualquiera y a cualquier cosa.

El resultado, desde el punto de vista  centralista, no ha podido ser más  exitoso. Se calcula que apenas unos cinco millones de franceses –sobre una población de 67 millones de habitantes– hablan algunas de las lenguas regionales o dialectos que subsisten: fundamentalmente el occitano, las lenguas del oíl (norte), el alsaciano (variante del alemán) y el bretón, y en menor medida el catalán, el corso y el vasco. Mientras que sólo un 2% o 3% de los escolares de primaria las aprenden en clase.  Así que no es de extrañar que el 87% de los franceses declaren utilizar exclusivamente el francés en su vida diaria. La propia identidad regional ha reculado –salvo excepciones– detrás de la principal, la francesa.

Una de estas excepciones es justamente la irredenta Córcega, la isla de la belleza según el tópico francés –por otra parte, bien fundado–, aunque también isla de mafias criminales y de terrorismo nacionalista –muchas veces entrelazados–,  que ha tenido históricamente una identidad muy arraigada. Su lengua –emparentada con el dialecto toscano– y su insularidad han contribuido a ello. Independizada de hecho del poder de Génova a mediados del siglo XVIII, en 1755  aprueba la que los corsos reivindican como la primera Constitución democrática –la paternidad de la democracia, como se ve, está muy disputada–, antes de caer definitivamente en manos de Francia entre  1768 (de iure) y 1769 (de facto). En agosto de ese año justamente nace en Ajaccio  el corso más universal, Napoleón Bonaparte (de nacimiento, Buonaparte), quien pese a hablar toda su vida el francés  con acento extranjero  acabaría erigiéndose  –y no es poca ironía– en el mayor exponente de la grandeur  de Francia. No hay más que ver el mausoleo que se le dedica en Los Inválidos y las numerosas avenidas de París que rememoran sus victorias y honran a sus mariscales para comprobar que es sin duda su principal figura histórica.

Córcega, Corsica, ha entrado este año en una nueva etapa. Clausurados los años de la violencia política del FLNC –que causó muchos menos muertos que ETA, aunque con idéntico resultado–, las fuerzas nacionalistas –autonomistas e independentistas sin urgencias históricas, encabezados respectivamente por Gilles Simeoni y Jean-Guy Talamoni– se han unido. Y en las elecciones del pasado diciembre obtuvieron en la primera vuelta el 45% de los votos (el 56% en la segunda), lo que les ha puesto al mando de la nueva Colectividad Territorial de Córcega, la entidad autónoma con más competencias de la Francia metropolitana, pero muy lejos aún de las comunidades autónomas españolas. Su gran reivindicación es abrir un proceso de diálogo para lograr una verdadera autonomía, equivalente a la que tiene Catalunya (o tenía antes de tirarla por la borda) y la cooficialidad del corso. Pero París no quiere ni oír hablar. ¿Una mención en la Constitución? Pase. Por símbolos no será: en Francia, hasta las matrículas de los coches están  regionalizadas. Pero un Estatuto de Autonomía y la cooficialidad de la lengua, ni  pensarlo. Macron lo dejó diáfanamente claro: “Francia y yo somos así, señora”.


lunes, 5 de febrero de 2018

Un 30 de enero


"Pueblo de Alemania, dadme cuatro años y juro que del mismo modo que he ocupado el poder también lo abandonaré”. Quien así habló el 30 de enero de 1933 –esta semana ha hecho 85 años, apenas una vida– no podía haber jurado más en falso. Adolf Hitler, nombrado canciller por el anciano presidente Von Hindenburg, se estrenaba como jefe de Gobierno prometiendo levantar a Alemania de la postración y tratando de tranquilizar a quienes no se fiaban del líder del partido nacionalsocialista. Y hacían bien. Al anochecer, unos 20.000 miembros de las SA –las temibles secciones de asalto nazis– desfilaron con antorchas bajo la Puerta de Brandenburgo en Berlín, en un negro augurio de lo que tendría que llegar.

Hitler y su partido habían ganado las elecciones  de julio de 1932 –con más de 13 millones de sufragios, el 37,4%, fueron los más votados– pero no tenían mayoría en el Reichstag. Su nombramiento como canciller fue el resultado de un pacto con la derecha y los militares, que creían poderlo controlar.

Sin embargo, y como es de todos sabido, el espejismo apenas duró hasta la primavera. En tres meses, Hitler desmanteló lo que quedaba de la República de Weimar e instaló una dictadura atroz. Sólo en febrero, el nuevo canciller ilegalizó a comunistas y socialdemócratas, aprobó –con la luz verde del presidente– un estado de excepción que suspendió los principales derechos cívicos y libertades individuales (el decreto llamado Notverordnung) y detuvo a miles de opositores. En estas circunstancias, aderezadas por la violencia de los escuadrones nazis, las elecciones convocadas para el 5 de marzo fueron una broma. Los nazis, pese a todo, no pasaron del 44%, ¡pero qué más daba! A finales de marzo, el Parlamento le otorgó prácticamente plenos poderes; en abril, puso a los estados federados bajo tutela –un 155 a lo bestia–, decretó las primeras  normas contra los judíos y proclamó el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP) partido único. Los demás fueron disueltos, así como los sindicatos. En mayo, no quedaba piedra sobre piedra.

Este miércoles, coincidiendo casi día por día con el ascenso de Hitler al poder y con motivo del aniversario –también esta semana– de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz, fue una persona muy diferente quien subió a la tribuna del Bundestag. En Berlín, en lugar de las palabras airadas de Hitler, se escucharon las de una de sus víctimas, la violoncelista Anita Lasker-Wallfisch, judía alemana superviviente del Holocausto. Nacida en 1925 en la antigua Breslau –antes integrante de Alemania y hoy en territorio polaco, bajo el nombre de Wroclaw–, Anita  tenía tan sólo siete años cuando Hitler llegó al poder y eso marcaría su destino, así como el de millones de personas, para siempre.

Nacida en el seno de una familia judía, sus padres fueron asesinados por los nazis y ella y una de sus hermanas, Renate, fueron deportadas a Auschwitz. Curiosamente, no por el hecho de ser judías, sino al ser detenidas en 1942 cuando trataban de huir a Francia tras haberse dedicado a falsificar documentos para ayudar a escapar a los jóvenes franceses reclutados forzosamente para trabajar en Alemania en virtud de los acuerdos con el régimen de Vichy. En Auschwitz, Anita acabó integrando la orquesta de mujeres del campo, lo que en última instancia salvaría su vida y la de su hermana. Refugiada en el Reino Unido, donde fue una de las fundadoras de la Orquesta de Cámara Inglesa, la violoncelista tardó cincuenta años en volver a pisar tierra alemana... su tierra. “Renata y yo nacimos en este país, es decir, alemanas”, subrayó el miércoles en el Parlamento de Berlín, donde recordó la aversión que llegó a sentir por todo lo germano. “Juré no volver a poner mis pies en suelo alemán. Mi odio a lo que era Alemania no tenía límites”, admitió, para a continuación enterrar toda concesión al  rencor: “El odio es un veneno y, al final, uno se envenena a sí mismo”.

Pero la intervención de Anita  Lasker-Wallfisch no se quedó en el pasado, sino que habló también del presente y alertó contra el recrudecimiento del antisemitismo. “Es un virus de 2.000 años  aparentemente incurable”, constató con desazón.  En Alemania, la misma Alemania que ha visto crecer al xenófobo partido AfD y lo ha visto entrar en el Bundestag, los actos antisemitas se ha multiplicado en los últimos tiempos, hasta el punto de que  las escuelas judías y otras celebraciones de la comunidad deben contar con protección policial. “El antisemitismo es hoy más vehemente y violento”, ha remarcado el representante de la rama alemana de Humans Rights Watch (HRW), Wenzel Michalski, a la agencia France Presse.

La inquietud es tanto más grande cuanto que esta deriva no nace únicamente del foco tradicional de la ultraderecha y los grupos neonazis, sino también entre los jóvenes musulmanes, tanto de la tradicional y numerosa comunidad turca como de las nuevas oleadas de refugiados llegados en los últimos dos años. El mismo fenómeno se produce en Francia, que cuenta con la mayor comunidad judía de Europa y también la mayor –infinitamente mayor– comunidad musulmana. Y donde los actos violentos contra la primera son diez veces más frecuentes que contra la segunda. Lo subrayaba esta semana el director de Libération, Laurent Joffrin, frente a la ceguera voluntaria de algunos bienpensantes de la izquierda: “Existe un antisemitismo de extrema derecha, todavía activo, pero también un antisemitismo que emana de los medios musulmanes integristas (...) No supone una injuria a la masa de los musulmanes decirlo e inquietarse por ello”. El lunes, en Sarcelles, una población de la periferia norte de París conocida como la pequeña Jerusalén, un chaval de 8 años fue agredido por dos adolescentes. ¿El desencadenante? Llevaba la kipá.