(Actualizado el 15/04/2018)
El lunes 2 de septiembre del 2013, La Vanguardia abría su portada con este titular: “Obama presiona al
Congreso: Siria empleó gas sarín”. El entonces presidente de Estados Unidos
había decidido inesperadamente solicitar la autorización de la Cámara de
Representantes y del Senado para lanzar un ataque militar de represalia contra
el régimen de Bashar el Asad por haber atacado a su propia población con armas
químicas el 21 de agosto anterior, dejando un reguero de centenares de muertos.
Una “línea roja” que Obama había advertido expresamente que no toleraría que
fuera sobrepasada.
Sin embargo, ese no debería haber sido el titular de aquel
día. Al menos, no era lo que estaba previsto. Lo que estaba previsto –pero casi
nadie sabía–, según ha revelado ahora el expresidente francés François Hollande
en su libro de memorias de sus cinco años en el Elíseo –Les leçons du pouvoir (Las lecciones del poder)–, es que en la
madrugada del domingo 1 de septiembre, los ejércitos de EE.UU., Francia y el
Reino Unido debían lanzar un ataque
combinado contra objetivos militares en Siria.
“Al término de las discusiones (con Obama), nuestro acuerdo
parece total –rememora Hollande–. Las fuerzas armadas desplegadas frente a las
costas sirias están preparadas. Los objetivos han sido seleccionados por los
dos estados mayores; los misiles serán lanzados desde los barcos que navegan
por la región; deben aniquilar varias instalaciones militares sirias situadas
fuera de las ciudades, con el fin de respetar a la población civil. La fecha
está decidida: domingo 1 de septiembre del 2013” . Pero, el sábado, una
llamada telefónica de Obama obliga a suspender los planes: a la vista de la
oposición con que David Cameron ha topado en el Parlamento británico, el
presidente estadounidense decide consultar al Congreso.
El resto es conocido. La “espantada” norteamericana –por
recurrir a la expresión que utiliza el propio Hollande– dio pie a que Rusia
interviniera en la crisis y evitara –mediante un acuerdo sobre la destrucción
de las armas químicas de Damasco, alcanzado el 14 de septiembre– un ataque
occidental contra El Asad. El mundo respiró hondo. Pero no todo el mundo.
“Una intervención
hubiera cambiado el curso de los acontecimientos”, constata cinco años después
con cierto tono de amargura Hollande, quien más presionó en ese momento para
atacar. También podría decirse lo contrario. La no intervención probablemente
también cambió –acaso de forma más profunda– el curso de los acontecimientos.
En Siria y más allá. La inhibición occidental convenció al líder ruso, Vladímir
Putin, de que Europa y sobre todo EE.UU. no estaban dispuestos a ir muy lejos,
a comprometerse de verdad en una crisis internacional que tuviera a Moscú como
oponente. Demasiado riesgo... En las mismas memorias de Hollande, el
expresidente francés –que juzga a Putin un hombre glacial que no duda en
utilizar la intimidación psicológica con sus interlocutores– cree que el
presidente ruso observa con condescendencia a los líderes occidentales, que
juzga pusilánimes y esclavos de sus respectivas opiniones públicas.
El caso es que después de la “espantada” de Obama, Putin se
sintió con las manos libres. Así, en marzo del 2014 y ante el giro proeuropeo y
proatlantista que se estaba produciendo en Ucrania, decidió recuperar por la
fuerza la península de Crimea –cedida a Ucrania en tiempos de la URSS y donde
Rusia tiene la base de la flota del Mar
Negro–, sin que los occidentales hicieran más que indignarse y aprobar
sanciones económicas. Del mismo modo, en septiembre del 2015 el Kremlin decidió
intervenir directamente en la guerra de Siria en apoyo de su aliado Bashar el
Asad. Junto con las milicias chiíes de Irán y del libanés Hizbulah, los rusos
consiguieron invertir la tendencia de la conflagración y hoy El Asad está más
fuerte que nunca.
Tampoco Estados Unidos y Europa hicieron nada. De hecho, y
por muchos tomahawks –tampoco tantos:
unos 60 sobre una base aérea– que Donald Trump decidió lanzar contra Damasco en
abril del año pasado, tras el penúltimo ataque químico del régimen, lo cierto
es que EE.UU. ha dado más bien la sensación de desentenderse del conflicto
sirio. Tras dejar toda la iniciativa diplomática a Moscú, Teherán y Ankara,
Trump –que habla por Twitter según el pie con que se levanta, antes de pararse
un minuto a pensar o de preguntar nada a nadie– anunció días atrás su intención
de retirar sus tropas... ¿A quién puede extrañar que El Asad se creyera impune?
El uso de armas químicas del sábado 7 de abril contra el
último reducto rebelde de la Guta oriental, atrincherado en la población de
Duma –tan cerca de Damasco como si
habláramos de L’Hospitalet respecto a Barcelona o del barrio de Vallecas
respecto al centro de Madrid–, fue brutal, cruel, inhumano... Pero no gratuito.
Según medios libaneses, la acción del ejército sirio pretendía –y consiguió–
que los últimos resistentes de la milicia islamista Ejército del Islam se
rindieran. De hecho, al día siguiente pidieron negociar con Damasco y acabaron
de desalojar definitivamente el enclave este jueves.
Cinco años después de las dudas de Obama, Estados Unidos,
Francia y el Reino Unido se han puesto finalmente de acuerdo para lanzar un
ataque múltiple de represalia sobre Siria. Sólo que ya no es lo mismo. La
intervención militar de esta madrugada –que en principio y aparentemente se
pretende limitada- difícilmente cambiará ya el curso de los acontecimientos en
la guerra siria. Salvo que un error de cálculo o un descuido condujeran
inadvertidamente hacia una escalada de imprevisibles consecuencias.
No es esa la intención, desde luego. De nadie. Por el
contrario, varios elementos permiten pensar, a estas horas, que la operación
–por vistosa que parezca- se acerca más a la acción de Trump de hace un año que
a la gran intervención militar imaginada en el Elíseo en el 2013. De entrada,
los norteamericanos, al igual que en el 2017, han prevenido a Moscú antes de atacar, razón por la cual –y en contra
de lo que habían amenazado- los rusos no han tratado en ningún momento de
interceptar los proyectiles occidentales con sus propias defensas antiaéreas y
antimisiles. Y tras concluir la operación, Washington se ha apresurado a
subrayar, a través de su secretario de Defensa, James Mattis, que se ha tratado
de “ataques puntuales”.
Si efectivamente esto acaba aquí, nada sustancial cambiará
en el tablero geopolítico de la región. Estados Unidos, Francia y el Reino
Unido, aparte de lustrar su buena conciencia, habrán recordado que también
tienen cosas que decir sobre el futuro de Siria –y no únicamente Rusia, Irán y
Turquía- y los tres líderes occidentales que han conducido la acción verán
reafirmada su autoridad política y moral en sus respectivos países. Donald
Trump –acosado cada vez más de cerca por el FBI en el caso Rusiagate-, Emmanuel
Macron –sometido a un frente de contestación social inédito desde hace un par de décadas- y Theresa May –en el filo
de la navaja a causa de Brexit y los ataques que recibe dentro de su propio
partido- tienen suficientes problemas en casa como para celebrar la oportunidad
de desviar la atención con una buena pequeña guerra revigorizante.

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