'Visión periférica'
A medida que se acercan las elecciones legislativas del próximo mes de noviembre en Estados Unidos, en las que los republicanos pueden perder el control del Congreso, crece el temor a que Donald Trump y sus huestes intenten un golpe de mano.
Donald Trump se ha convertido en una parodia de sí mismo. Si
sus intervenciones públicas hacen dudar a veces de su equilibrio mental, sus
post en su red social, Truth, no pueden ser más delirantes. Cuando no se disfraza
–IA mediante– como el luchador de pressing catch Hulk Hogan, el presidente de
Estados Unidos superpone la caricatura de su perfil al mapa de Irán, dibuja la
bandera norteamericana desde México a Islandia, derriba al primer ministro
canadiense, Mark Carney, jugando al hockey sobre hielo, se pasea a caballo con
George Washington –ambos vestidos de época– o se pone a rebautizar lo que le
viene en gana con el nombre de América o
el suyo propio. “¿Por qué cree usted que ha sido el único presidente en ser
sometido a un test cognitivo?”, se burló recientemente el presentador Jon
Stewart sobre su salud mental en el hilarante The Daily Show.
Entre payasadas y niñerías, sin embargo, Trump ha empezado a
colar imágenes siniestras de un futuro distópico en las que aparece como un
tirano totalitario rodeado de robots armados y con frases de tono amenazador
(como la que ilustra este artículo). No ha resultado más tranquilizadora la
semejanza del uniforme que ha propuesto –en la misma red social– para el futuro
cuerpo espacial del ejército de EE.UU. con los de las SS nazis.
Los antecedentes del personaje no permiten despachar tales
salidas de tono como una broma pesada. Las inclinaciones autoritarias de Trump
han quedado más que demostradas en numerosas de sus decisiones –gracias a un
Congreso entregado y un Tribunal Supremo complaciente–, pero si cupiera alguna
duda sobre adónde es capaz de llegar, baste recordar el violento asalto de sus
huestes al Capitolio el 6 de enero del 2021 para tratar de evitar la
certificación de Joe Biden como presidente. Algo que frustró, no sin riesgo
para su vida, el vicepresidente Mike Pence.
Quien haya visto la serie El cuento de la criada –basada en
la novela homónima de Margaret Atwood, que dibuja unos EE.UU. sometidos a un
régimen totalitario ultraconservador– habrá podido observar el inquietante
paralelismo entre las fuerzas paramilitares de la televisión y los agentes de
la agencia migratoria trumpista ICE, que propagan el terror en las calles del
país –enmascarados y armados hasta los dientes– y cargan ya a sus espaldas con
más de medio centenar de muertes. Algunos medios han especulado con la
posibilidad de que las fuerzas del ICE sean desplegadas en los colegios
electorales durante las elecciones legislativas mid-term del próximo noviembre
para intimidar y disuadir el voto de las minorías.
Lo cierto es que Trump y y los suyos están tratando por
todos los medios de condicionar las elecciones, manipulando los distritos
electorales (gerrymandering), coaccionando a los funcionarios de los estados
encargados del recuento de votos, intentando imponer un control federal sobre
el sufragio por correo –algo frenado esta semana por el Supremo– y tramitando
una ley –SAVE America– que impondría nuevos requisitos para registrarse como
votante. Medidas presentadas como necesarias para luchar contra el fraude pero
que en el fondo buscan controlar el ejercicio del voto.
“Esta gente desquiciada
[los demócratas], tras luchar durante 10 años, debería reconocer por fin
que su Presidente Favorito (¡YO!) sabe cómo GANAR. Deberían estar agotados a
estas alturas pero, lamentablemente, no lo están. Van a hacer un último intento
por arruinar a Estados Unidos, pero no vamos a permitir que eso suceda. ¡Vamos
a ganar las elecciones de mitad de mandato a lo grande y a SALVAR A ESTADOS
UNIDOS!”, ha escrito Trump, incansable.
No parece que ello pueda ser con buenas artes. La ciudadanía
parece haber dado la espalda al presidente. Solo el 33% aprueba su gestión,
según YouGov, y el 60% considera, según USA Today, que “no es honesto ni digno
de confianza”. Los sondeos de intención de voto –50% a 39% a favor de los
demócratas– dan como muy probable la pérdida de la Cámara de Representantes por
parte de los republicanos. Y, acaso, del Senado. “No podemos permitir, ni permitiremos,
que obtengan la mayoría en el Congreso. No vamos a dejar que eso suceda”, ha
advertido amenazante el presidente (speaker) de la Cámara de representantes,
Mike Johnson.
El politólogo Ian Bremmer, presidente del grupo Eurasia,
advierte al respecto que “si alguien cree que Trump aceptará con elegancia la
derrota en las elecciones de mitad de mandato debería reconsiderarlo”. Pese a
ello, se muestra confiado en el escudo protector de las instituciones: “Las
limitaciones a las que está sujeto el presidente son mayores que su capacidad
para alterar los resultados”, señala.
No todo el mundo, sin embargo, es tan optimista. El juez
John Michael Luttig, exmiembro de la Corte de Apelación y notorio conservador,
ha publicado un alarmado artículo en la revista The New Republic, titulado La
batalla final por la democracia de Estados Unidos, donde alerta del riesgo de
que los republicanos se nieguen a acreditar la elección de los congresistas
demócratas, impidiendo su toma de posesión el 3 de enero, lo que abriría una
crisis constitucional de salida incierta.
En el actual Congreso –escribe con preocupación– “es difícil
encontrar siquiera a un solo republicano con la integridad, el sentido del
deber hacia la nación, el honor y la valentía necesarios para anteponer a EE.UU.
al Partido Republicano, y mucho más a Donald Trump”. Aunque les llama a una
rebelión, Luttig no confía demasiado en los republicanos y lo fía prácticamente todo a la intervención del
Tribunal Supremo, pese a que –como él mismo subraya– es el gran culpable de la
situación actual al haber concedido al presidente la inmunidad absoluta.

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