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El Consejo Europeo de Seguridad propuesto por Von der Leyen entronca con la defensa europea que siempre ha propugnado Francia
Charles de
Gaulle no se fiaba de los americanos. El jefe de la resistencia francesa frente
a la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial, y futuro fundador de la V
República, era perfectamente consciente de que la victoria aliada sobre Hitler
lo debía todo a Estados Unidos (por más que públicamente procurara rebajar su
importancia). Pero tras la liberación no tardó en alejarse de Washington, cuyo
afán de tutela temía. “Yo no soy antiamericano por el hecho de no estar siempre
al lado de EE.UU.”, declaró en una entrevista televisiva en 1965, en plena
escalada en la guerra de Vietnam. No lo sería, pero sí se convirtió en símbolo
de un cierto antiamericanismo francés.
Independiente
y orgulloso, un año después de
esas declaraciones, en 1966, enarbolando la bandera de la soberanía nacional, el
viejo general ordenó clausurar la treintena de bases militares que EE.UU. mantenía
en Francia desde el final de la guerra y retirar a su país del mando militar
integrado de la OTAN, que se vio forzada a trasladar su sede original de París
a Bruselas (Francia no regresaría hasta el 2009, de la mano de Nicolas Sarkozy).
El seísmo provocado por aquella decisión, de la que se han cumplido ahora 60 años,
fue más que considerable.
La figura
de De Gaulle ha recobrado este verano su antiguo brillo y encendido el espíritu
patriótico en Francia gracias al biopic en dos entregas La batalla de Gaulle
(de Antonin Baudry), que ha arrasado en los cines con más de 5,6 millones de
espectadores, solo por detrás de La Odisea de Chritopher Nolan. En un
momento de desconcierto ante un mundo en el que los más fuertes pretenden
imponerse a los demás, la resistencia de De Gaulle a claudicar y a acatar todo
dictado exterior, por muy añeja que parezca la época, suscita indudables
paralelismos con las cuitas actuales provocadas por los EE.UU. de Donald Trump.
Si De
Gaulle pudiera atisbar, desde su austera tumba de Colombey-les-Deux-Églises, el
actual debate europeo sobre las relaciones trasatlánticas y la necesidad de que
Europa disponga de una auténtica autonomía estratégica en materia de defensa, a
buen seguro se sentiría reivindicado. Durante décadas, la insistencia de De
Gaulle y sus sucesores en el Elíseo en este sentido chocó siempre con la
resistencia de los principales miembros de la UE -principalmente Alemania y,
hasta el 2020, el Reino Unido- ante cualquier iniciativa que pudiera poner en
cuestión o debilitar a la OTAN como eje de la alianza occidental. El retorno de
Trump a la Casa Blanca y su labor de zapa interna de la Alianza Atlántica -más
muerta que viva-, ha cambiado radicalmente el escenario.
Es en este
contexto que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, aprovechó
el miércoles su discurso sobre el estado de la Unión (SOTEU, en el argot
comunitario) para lanzar la propuesta de crear un Consejo Europeo de Seguridad
en el que, además de los miembros de la UE, podrían participar otros países
aliados como Canadá, Noruega, el Reino Unido o Ucrania. ¿Una mini-OTAN como algunos
la han llamado? En todo caso, su vocación sería disponer de mecanismos análogos
al del artículo 4 de la Alianza, que prevé una respuesta común -ni automática
ni necesariamente militar- si cualquier país miembro ve amenazada su “integridad
territorial, independencia política o seguridad”. La UE ya cuenta en su tratado
con una cláusula de este tipo -el artículo 42.7-, de lo que se trataría es de articular
un mecanismo o protocolo de actuación claro para el momento en que un país
miembro lo invocara.
La sesión
del Parlamento Europeo, en Estrasburgo, sirvió paralelamente para poner en
escena el acercamiento mutuo entre la UE y Canadá, con quien los EE.UU. de
Trump parecen decididos a romper su histórica alianza. Si el miércoles Von der
Leyen propuso incorporar a Canadá a la UE como “miembro asociado”, el jueves el
primer ministro canadiense, Mark Carney -una de las voces más escuchadas y
respetadas en el concierto internacional-, recogió el guante y abogó por construir
junto con Europa el “próximo orden mundial, que sea justo, estable y próspero”.
Lo contrario de la ley de la selva.
Ni el
Consejo de Seguridad esbozado por Von der Leyen ni el estatuto de “miembro
asociado” de la UE (una idea que hasta ahora se había planteado para Ucrania,
como modo de acelerar su acceso a la Unión antes de su entrada plena) tienen
contornos muy precisos. Tampoco está claro que tales iniciativas, o la manera
de plantearlas, susciten un amplio consenso en los 27. Pero su fuerza simbólica
y política es indudable.
El
entusiasmo europeo se evaporó al otro lado del Atlántico. “Se trata de una
asociación [con Canadá] que no va contra nadie, sino en favor de nuestra fuerza
común”, se cuidó de advertir Von der Leyen en la Eurocámara, sin llegar a citar
explícitamente a EE.UU. Pero Donald Trump no se engañó y se apresuró a
calificar la iniciativa de “hostil”, mientras amenazaba por enésima vez con
tomar represalias en forma de nuevos aranceles comerciales. Su problema es que
sus ultimátums han perdido su poder intimidatorio y hoy ya no le hacen caso ni
Rusia ni Ucrania, ni China ni Irán, ni Israel ni Canadá, como tampoco la
Reserva Federal ni el Tribunal Supremo de Estados Unidos.
La
crisis de Ceuta.
En su intervención ante el Parlamento Europeo, Von der Leyen aludió a la crisis
de Ceuta para subrayar el compromiso europeo con el enclave español –“La
frontera de Ceuta es una frontera europea (…) y Europa estará ahí para
ayudaros”, dijo- y proponer un “nuevo marco europeo de respuesta a emergencias”
migratorias que incluiría “flexibilizar temporalmente” (esto es, rebajar los
requisitos de) los procedimientos de expulsión. La solidaridad con Ceuta y con
España hasta ahora ha sido más bien escasa -recuérdese la carta de los 22
aprovechando la situación para ajustarle las cuentas al presidente español,
Pedro Sánchez- y el tema ha sido utilizado para poner en cuestión la política
de regularización extraordinaria de Madrid. Esta confrontación volvió a vivirse
en el pleno de la Eurocámara, donde la alianza europeísta se rompió una vez más
y el PPE logró imponer sus tesis con el apoyo de la extrema derecha.
Redes
sociales y menores.
En otro punto de su discurso, la presidenta de la Comisión anunció asimismo una
iniciativa europea para proteger a los menores de los abusos de las redes
sociales -una “captura a gran escala”, describió-. La iniciativa, presentada al
día siguiente en Bruselas, prohibirá el acceso a las redes sociales a los
menores de 13 años, entre 13 y 15 solo podrán acceder a “mini-cuentas”
supervisadas por progenitores o tutores y de 15 a 18 los proveedores deberán
garantizar un diseño seguro. La norma (EU Kids Act) prevé, entre otras
cosas, prohibir el scroll infinito y define las “horas
nucleares de sueño” como un periodo de ocho horas consecutivas entre las 22
horas y las 8 horas durante el cual quedan prohibidas las notificaciones
automáticas. También veta exponer a los menores a sistemas de recompensa
variable en los videojuegos.
Suecia,
a contracorriente.
Las elecciones legislativas celebradas en Suecia el domingo pasado han supuesto
un punto de inflexión respecto a las tendencias mayoritarias de voto en los
últimos tiempos en Europa. Aunque dividida en dos bloques, en Suecia el campo
del centroizquierda -encabezado por la socialdemócrata Magdalena Andersson,
candidata ahora a primera ministra- se acabó imponiendo al campo de la derecha,
hasta ahora gobernante, según los resultados definitivos proclamados el jueves.
Uno de los resultados más llamativos, por contraste, es el retroceso de la
extrema derecha: Demócratas de Suecia (SD) recibió el 17,5% de los votos, tres
puntos menos que en las anteriores elecciones del 2022, en las que cosechó el
20,5%, y ha pasado de ser la segunda fuerza política del país -y primera de la
derecha- al tercer lugar.

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