sábado, 18 de febrero de 2017

Todo menos un accidente

En diciembre del 2015, un hombre juzgado por un delito de violación en un tribunal del centro de Londres, Southwark Crown Court, tuvo la desfachatez de argumentar en su defensa que todo fue un lamentable accidente. Por accidente se cayó sobre la chica tras perder el equilibrio, por accidente su pene asomaba en ese momento por fuera de sus calzoncillos (se supone que también accidentalmente erecto) y por accidente la penetró... Podría ser un gag machista y soez de Benny Hill. Pero funcionó. Si el acusado hubiera sido un pakistaní llamado Imran, residente en Bricklane, con toda seguridad estaría hoy pudriéndose en una cárcel británica. Pero se llamaba Ehsan Abdulaziz, era un millonario promotor inmobiliario saudí y el tribunal –tras apenas media hora de deliberación– le absolvió.

El  pasado 2 de febrero, un joven negro de 22 años de Aulnay-sous-Bois (en la periferia noreste de París), Théo L., acabó en el hospital con un profundo desgarro interno después de que, en el transcurso de una violenta detención con la intervención de cuatro policías, uno de ellos le introdujera su porra en el ano. El agente ha sido imputado por el juez por violación, y sus tres compañeros por violencias voluntarias. Todos han sido suspendidos temporalmente en sus funciones.

La justicia ha actuado con diligencia.  Y el poder ejecutivo también. El presidente François Hollande, sin cargar por ello las tintas contra la policía, acudió presto a visitar al hospital a la víctima, en un gesto inédito que por un momento hizo confiar a las gentes de la banlieue en que el hecho no iba a quedar impune. Sin embargo, a las primeras de cambio, la Inspección General de la Policía Nacional (IGPN) –lo que sería la división de asuntos internos– envió al juez un informe en el que abonaba la tesis del accidente. Por accidente a Théo se le bajaron solos los pantalones –algo posible en medio de una refriega– y, por accidente también, la porra telescópica del policía se introdujo en su recto... Lo cual ya parece más incierto. La IGPN sostiene, como  hiciera Ehsan Abdulaziz ante el tribunal de Londres, que el gesto del funcionario de policía “no fue intencional”. Algo que contradice la declaración de la víctima. Y que ha hecho desatar la ira en los barrios de los suburbios de París, donde se teme que una vez más el asunto quede oficialmente enterrado.

“La mentira repetida mil veces no se convertirá en una verdad”, escribió indignada en su cuenta de Facebook Dolores Bakèla, una amiga francesa de origen congoleño a la que le gusta más escribir sobre música –particularmente hip-hop– que tener que bajar a la calle a defender lo obvio. “Bajo el pretexto  de que el policía no tenía la intención deliberada de introducir la porra, ¿no es una violación? No llego a comprender el matiz...”, se subleva. La indignación no ha hecho más que crecer conforme han ido apareciendo otras denuncias sobre brutalidad policial. Y en algunas ciudades del extrarradio se han vivido durante una semana noches de disturbios y enfrentamientos con la policía, agitando el fantasma de la revuelta de las banlieues del otoño del 2005. En aquel entonces fue también la actuación de la policía, ni que fuera por omisión, la que desencadenó la rabia, después de que dos muchachos que nada habían hecho murieran electrocutados en una subestación eléctrica cuando trataban de esconderse de los agentes que les perseguían. Los policías implicados fueron absueltos diez años después.

Las aguas parecen haberse calmado un tanto en los últimos días, a falta de lo que pueda pasar este fin de semana (los weekends son siempre proclives a la quema de coches en las barriadas desestructuradas), pero el problema que subyace permanece fuertemente enraizado. Los barrios de la banlieue se han convertido en el escenario de una guerra sorda entre los jóvenes –muchos de ellos sin trabajo ni horizonte, y no pocos viviendo de la pequeña delincuencia– y la policía, que a falta de poder controlar efectivamente lo que sucede en sus calles, realiza regulares incursiones para subrayar a veces de malas maneras su autoridad. Los repetidos controles  de identidad –preferentemente sobre negros y árabes– se han convertido en fuente permanente de humillación, y fácilmente pueden degenerar en violencia, como con Théo. Sería muy fácil, sin embargo, cargar todas las culpas sobre la policía y  esquivar el hecho de que  las bandas de facinerosos –ahora también en su vertiente islamista– imponen su ley en las cités ante la impotencia  de los agentes, la mayoría jóvenes e inexpertos, enviados a batirse en territorio comanche.

El gran problema de Francia, la gran enfermedad social que la carcome, está en las banlieues, con barrios que han devenido verdaderos guetos –un concepto utilizado por el propio ex primer ministro Manuel Valls– donde se concentra la población de origen inmigrante y  los problemas de fracaso escolar, paro, delincuencia, discriminación étnica, precariedad y exclusión. La nueva política urbana aprobada en el 2015 contabiliza 1.436 barrios con dificultades, en los que viven 5,3 millones de personas (el 8,4% de la población), con una elevada proporción de extranjeros (18,6%) y un paro que casi triplica la media nacional (27%). Es todo menos un problema menor, por más que sólo salga a la superficie cuando estallan disturbios o surgen lobos solitarios dispuestos a dar rienda suelta a su nihilismo asesino utilizando el  nombre de Alá.

 Durante décadas, los sucesivos gobiernos, de derecha y de izquierda, han invertido miles de millones en mejorar la realidad urbanística de estos barrios. Pero la sustancia del problema sigue sin resolverse. “Todos somos hijos de la República”, claman los nuevos franceses en las manifestaciones. No es una constatación, es un grito. Porque la República proclama una igualdad que en realidad les hurta.



sábado, 4 de febrero de 2017

Ultraderecha milenial

Cuando François Hollande dirigía el Partido Socialista francés era conocido como el rey de la síntesis. O sea, de los apaños. Sólo él era capaz de concluir un congreso del PS aunando a la práctica totalidad de las corrientes del partido bajo su mando –a base de aprobar una declaración programática hecha de pedazos y colocar a todo el mundo en un puesto u otro–. En el momento de llegar al Elíseo, en el 2012, aplicó la misma receta y situó en el Gobierno a todos sus adversarios potenciales o declarados (incluido aquél que le sacó el humillante mote de Flanby), para controlarlos.

Entre ellos estaba Benoît Hamon, en aquel momento figura ascendente de la izquierda presuntamente irredenta del PS. Vencedor inopinado de las recientes primarias socialistas para designar a su candidato al Elíseo en las elecciones de la próxima primavera, Hamon ocupó sucesivamente, hasta el 2014, las carteras de Economía Social y de Educación Nacional sin aportar grandes cosas ni aparecer como el enfant terrible que pretende ser. Hasta que se desenganchó de una nave a la deriva. Su reciente elección como presidenciable ha desarbolado a todos los analistas. Nadie se lo esperaba. Empezando por el propio interesado.

Las posibilidades del PS en las elecciones presidenciales con alguien como el ex primer ministro Manuel Valls –a priori, el favorito– como cabeza de cartel eran una absoluta incógnita. Pero en su favor tenía la capacidad de llegar a los sectores moderados del electorado –del centroizquierda al centroderecha– y, a la vez, a los sectores populares a quienes seduce un discurso de firmeza en materia de seguridad y control de la inmigración. Hamon, cuya principal promesa electoral es crear una “renta universal” pública de 750 euros mensuales para garantizar unos ingresos básicos a cada persona, no tendrá dificultad en pescar votos en los sectores de izquierda (para desespero del histórico Jean-Luc Mélenchon). Pero el resto será mucho más cuesta arriba.

Hamon se encuentra ante la disyuntiva irresoluble de mantenerse a la izquierda,  y tratar de arañar votos a radicales y comunistas, o de intentar una difícil síntesis que le permita sumar a los moderados del PS. Es más que una ardua tarea. De momento, algunos diputados ideológicamente próximos a Hollande y a Valls han empezado a desertar y no es descartable que algunos busquen refugio a la sombra de la nueva estrella ascendente de la política francesa: el disidente exministro de Economía Emmanuel Macron. En todo caso, con una expectativa de voto del 16,5%, el pase de Hamon a la segunda vuelta parece casi imposible.

Enfrente, el gran partido de la derecha, Los Republicanos,  no tiene mejor panorama. El ex primer ministro François Fillon, su imprevisible candidato –una vez más, todos los pronósticos quedaron arruinados por la realidad–, está gravemente lastrado por el escándalo de los presuntos empleos ficticios que, cuando era diputado, atribuyó a su esposa y sus dos hijos –pagados con dinero público presumiblemente para no hacer nada–, hasta el punto de que sus propios compañeros de filas ya han empezado a buscarle posibles recambios...

Fillon se resiste como gato panza arriba. Pero si aguanta la embestida, acudirá a las urnas gravemente disminuido. Porque a sus recetas ultraconservadoras en lo social y ultraliberales –directamente thatcheristas– en lo económico, que le hurtan el voto de las clases populares, se añadirá el desprestigio personal: a ojos de la opinión, además de aprovechado, pasará por mentiroso. Sus expectativas de voto han caído al 19,5%, lo que le dejaría fuera de juego.

Es como si conservadores y socialistas, que –con unas u otras siglas– se han repartido la presidencia y el Gobierno ininterrumpidamente durante la V República, hubieran decidido suicidarse... “Lo que se perfila es la ausencia de los dos grandes partidos de gobierno en la segunda vuelta. Le Pen descorcha el champán”, escribió en un tuit esta semana el filósofo Luc Ferry, una de las voces más independientes y preclaras de la derecha sociológica francesa. Para Ferry, que no da un duro por Macron, sólo el alcalde de Burdeos, Alain Juppé, podría salvar al país de la debacle.

Los sondeos, con todo el riesgo que supone a estas alturas seguirlos al pie de la letra, vaticinan que Emmanuel Macron (independiente a la cabeza de un pequeño partido hecho a medida, En Marcha), con una intención de voto del 22,5%, disputaría la presidencia a Marine le Pen (del ultraderechista Frente Nacional), con el 26,5%, en la segunda vuelta. Y que, en tal caso, ganaría...

Sin embargo, nada hay menos seguro. Macron, que hasta ahora no ha querido desvelar su programa, es un ovni de la política. No se sabe si es carne o pescado. Él mismo, que ha mostrado su proximidad al español Albert Rivera, declara no ser “ni de derechas ni de izquierdas”. O sea, de derechas... Demasiado de derechas en lo económico para atraerse el voto de izquierdas defraudado por el posibilismo de Hollande. Y demasiado progresista en lo social para atraer a los conservadores –ese movimiento católico articulado contra el matrimonio homosexual– que tenían su esperanza puesta en Fillon. Y eso a falta de que alguien le saque algún trapo sucio de su etapa como banquero en la banca Rostchild.


Le Pen, con un discurso antisistema, antiglobalización y antieuropeo, además de nacionalista, xenófobo y de mano dura contra la delincuencia, saca en cambio una abultada ventaja a todos los demás candidatos en los sectores de la sociedad más castigados y encolerizados. Como los votantes del Brexit. O los de Donald Trump. O los que darán previsiblemente la victoria al extremista Geert Wilders en Holanda en marzo... Le Pen es la candidata de los más pobres (35%) y de la gente con menos educación (35%). Y también de los más jóvenes: un 35% en la franja de edad de 18 a 24 años y del 30% entre los de 25 a 34, y de 35 a 49. Lo ultra es milenial.


sábado, 21 de enero de 2017

Trump como antídoto


Así pues, el gran proyecto de los nostálgicos del imperio británico es convertir el Reino Unido en un paraíso fiscal satélite de Estados Unidos. ¡Qué gran horizonte! Es difícil recordar un discurso tan pobre y triste como el pronunciado esta semana por la primera ministra británica, Theresa May, sobre sus planes para abandonar la Unión Europea. Cuando los alegres votantes del Brexit despierten de su embriaguez nacionalista, la resaca amenaza con ser extremadamente dura...
El Brexit había sido hasta ahora el principal motivo de angustia, la peor pesadilla, de la Unión Europea, temerosa de que en estos tiempos de europesimismo la iniciativa de Londres abriera la puerta a nuevas deserciones y, a largo plazo, quién sabe si a la desintegración de Europa. Pero la belicosa actitud británica y, sobre todo, la hostilidad antieuropea del nuevo presidente de Es­tados Unidos, Donald Trump –autoerigido en un hooligan del Brexit–, podrían acabar conjugándose como un antídoto contra las tensiones centrífugas. Nada une más que un adversario común.

De entrada, la insistencia de Trump en cuestionar la utilidad de la OTAN –que ha calificado de organización “obsoleta”– ha conseguido ya que los países del Este de Europa que habían formado parte del bloque soviético, atemorizados por la política agresiva de Rusia, se hayan decidido a abrazar la idea de potenciar la Europa de la defensa promovida por Alemania y Francia, lo que hasta ahora –fieles a los dictados de Washington– rechazaban de plano. ¡Cuán lejos queda la bronca que les lanzó en el 2013 el entonces presidente francés, Jacques Chirac, reprochándoles “haber perdido la oportunidad de callarse” por haber apoyado la invasión de Irak!
La suficiencia de que ha hecho gala Donald Trump desde que inició su carrera electoral es directamente proporcional a su ignorancia. Su impetuosidad, a su inexperiencia. Detrás de sus ataques a la Unión Europea, a la que calificó de forma reduccionista de construcción “al servicio de la potencia alemana” y por cuya integración demostró una militante indiferencia, hay probablemente muy poca reflexión, por no decir ninguna. Pero su postura es absolutamente coherente con los tics nacionalistas y aislacionistas que ha manifestado hasta ahora. Y, en este sentido, significa una abrupta y radical ruptura con la política de EE.UU. desde la Segunda Guerra Mundial.
Barack Obama, más preocupado por la emergente área del Pacífico que por la vieja Europa, marcó una cierta inflexión en este sentido. Pero nunca llegó a cuestionar el que ha sido hasta ahora uno de los pilares fundamentales de la política exterior estadounidense. Trump parece, de entrada, dispuesto a romper con todo ello. El nuevo presidente norteamericano no sólo cuestiona la utilidad de la Alianza Atlántica, sino que se muestra dispuesto incluso a alentar la disgregación de la UE, pensando sin duda que el debilitamiento de Europa –una “primera potencia mundial que se ignora”, en palabras de Jacques Attali– es beneficioso para Estados Unidos. Pero... ¿realmente lo es? Hasta ahora, Washington nunca había pensado así.
Finalizada la Segunda Guerra Mundial, el mundo entero se enfrentó a un problema crucial: Europa, absolutamente devastada, con su estructura económica aniquilada y sus poblaciones arruinadas y sin esperanza, se había convertido en el más peligroso foco de desestabilización y de amenaza a la prosperidad y la aún frágil paz mundial. El general George Marshall, una de las mentes más preclaras de la época, concluyó que la principal responsabilidad de Estados Unidos –por el bien de todos, pero también por el bien propio– debía impedir a toda costa el hundimiento del Viejo Continente. “Aparte de su efecto desmoralizador sobre el mundo entero y de los desórdenes que pueden surgir de la desesperación de los pueblos afectados, las consecuencias de esta situación para la economía norteamericana han de ser obvias para todos”, subrayó Marshall en un célebre discurso ­pronunciado el 5 de junio de 1947 en la Universidad de Harvard. “La solución –concluyó– está en romper el círculo vicioso y restaurar la confianza de los europeos en el futuro económico de sus propias naciones y en el de Europa en su integridad”.
A través del Plan Marshall, por el que Norteamérica repartió entre vencedores y vencidos una ayuda de 13.000 millones de dólares entre 1947 y 1952, Europa se levantó de su postración y EE.UU. afianzó su hegemonía política y económica. No fue replegándose en sí mismo al grito timorato de “American first” –Estados Unidos primero, como proclamó Trump en su discurso de toma de posesión– como el país se convirtió en la primera potencia.
Numerosas son las voces que han advertido a Trump sobre el grave error que se dispone a cometer. “Durante siete décadas, los sucesivos presidentes de EE.UU. trataron la integración europea y la cooperación en defensa como algo directamente vinculado a los intereses económicos de América”, escribía esta semana el Financial Times, que calificaba la deriva de Trump de “irresponsable y peligrosa”. Para The New York Times, menospreciar la importancia de la integración europea –el segundo mayor mercado del mundo– implica “ignorar la historia y rechazar el futuro”, además de regalar bazas –¿gratuitamente?– al presidente ruso, Vladímir Putin. Algunos analistas consideran que, confrontado a la realidad, Trump no tendrá más remedio –en este como en otros aspectos– que rectificar. Mientras, y si el periodo electoral que se abre en los principales países de la UE este año lo permite, los europeos podrían aprovechar este desafío para tratar de reforzar su cohesión.


sábado, 7 de enero de 2017

El gobierno de los millonarios

Desde su barroco y vulgar apartamento dorado del piso 66 de la Torre Trump, en la Quinta Avenida de Manhattan, el presidente electo de Estados Unidos otea el mundo y espera impaciente, a golpe de compulsivos tuits, el momento de asumir efectivamente el mando. El mundo también espera. En algunos lugares –en muchos– con más inquietud y aprensión que en otros. Donald Trump ganó las elecciones del 8 de noviembre –con casi tres millones menos de votos que Hillary Clinton, todo hay que decirlo– con la promesa de romper la baraja. Y ya ha empezado a hacerlo: con sus declaraciones, con sus nombramientos. Como también ha empezado rápidamente a confirmar aquel aserto de Jacques Chirac según el cual las promesas de campaña electoral sólo comprometen a quienes las escuchan. Y a quienes se las creen...

Que un multimillonario promotor inmobiliario osara presentarse ante el electorado como el adalid anti establishment y anti Wall Street es menos asombroso que la credulidad del empobrecido obrero blanco de Michigan dispuesto a ver en el magnate al caballero redentor de la clase trabajadora. Qué importa que Barack Obama, con su política económica –radicalmente opuesta a la europea–, haya conseguido bajar el paro al 4,7% –datos de ayer mismo–, donde haya una buena y barata demagogia ¡que se quite todo lo demás!

En cualquiera de los casos, el desengaño no ha tardado en llegar: el nuevo equipo de gobierno de Trump está integrado por un grupo de generales ultramontanos y una decena de millonarios, entre los cuales varios tiburones de las finanzas, con acusada presencia de antiguos dirigentes de Goldman Sachs, un banco comprometido en el escándalo de las subprimes –que desencadenaron la crisis financiera y económica del 2008–; responsable de la ocultación, a través de la contabilidad creativa,  de la magnitud de la deuda pública de Grecia y recientemente multado por manipular los tipos de interés entre el 2007 y el 2012...

De este ejemplo de capitalismo escualo proceden el futuro secretario del Tesoro, Steven Mnuchin (con una fortuna personal estimada en 300 millones de dólares); el director de Estrategia del presidente y uno de los más influyentes consejeros de Trump, el ultraderechista Stephen Bannon, fundador del portal Breitbart (10 millones), y el futuro responsables del Consejo Nacional Económico, Gary Cohn (123 millones), el número uno del banco.

Y del mundo de las finanzas proceden también Wilbur Ross, futuro secretario de Comercio (2.500 millones de dólares, ganados en gran medida gracias a los préstamos hipotecarios); Carl Icahn, un hombre de Wall Street con participaciones en numerosísimas sociedades y 16.700 millones de patrimonio, que será consejero de Trump ¡en materia regulatoria!; y Vincent Viola (1.780 millones), inminente jefe de los ejércitos, pionero del trading bursátil de alta frecuencia...

Completando este particular club de los multimillonarios que amenaza –de hecho, es más que una amenaza, una certeza– con controlar el Gobierno de Estados Unidos están Todd Rickets, secretario adjunto de Comercio (4.500 millones), y Betsy Devos, secretaria de Educación (1.250 millones). A quienes cabe añadir, aunque más modesto (45 millones), al futuro secretario de Trabajo, Andrew Puzder, propietario de la cadena de restaurantes de comida rápida CKE, que a buen seguro hará las delicias de los obreros de Detroit con sus posturas contrarias al salario mínimo y el reconocimiento de las bajas  por enfermedad...

Que Trump, en la mejor tradición de poner a los zorros a vigilar el gallinero,  haya decidido colocar a un empresario contrario a los derechos de los trabajadores al frente de Trabajo es comparable a la decisión de encargar la Agencia de Protección del Medio ambiente a un negacionista del cambio climático –Scott Pruitt– o el Departamento de Justicia a un racista simpatizante del Ku Klux Klan –Jeff Sessions–. Y, la guinda del pastel: al frente de la diplomacia estadounidense, a un hombre muy cercano al presidente de Rusia, Vladímir Putin, acusado por las agencias de inteligencia de EE.UU. de haber dirigido ciberataques durante la campaña electoral norteamericana para apoyar la candidatura de Trump (a base de demolir a Hillary Clinton con la complicidad activa del oscuro Wilileaks)

Situando en el crucial Departamento de  Estado a Rex Tillerson, ex presidente de la petrolera ExxonMobil –de la que acaba de cobrar una indemnización por jubilación de 180 millones, a sumar a un patrimonio de más de 300–, con quien hizo  importantes inversiones en Rusia, Donald Trump ha rizado el rizo de  la colisión entre intereses privados y públicos (algo de lo que él no está en absoluto libre). Y sobre todo rompe drásticamente con la política exterior de Washington   hacia Moscú. Tillerson es abiertamente contrario a las sanciones económicas contra Rusia por la anexión de Crimea –ExxonMobile fue una de las compañías más perjudicadas– y coincide con su nuevo jefe en la conveniencia de reorientar las relaciones con el hasta ahora adversario ruso.


En el Kremlin, rodeado también de molduras doradas, Vladímir Putin espera confiado (en fin, todo lo confiado que puede hacerlo un antiguo espía) a que su amigo  Trump llegue a la Casa Blanca,  dentro de menos de quince días. Y hasta se ha permitido dejar temporalmente sin respuesta la agresiva decisión de Obama de expulsar a 35 diplomáticos rusos en represalia por los ciberataques. Putin sabe que a partir del día 20, en Washington no tendrá ningún oponente ideológico. Sólo millonarios hombres de negocios.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Posmentiras

En 1798, los revolucionarios franceses del Directorio decidieron enviar una expedición militar a Oriente Medio para cortar las rutas comerciales de Inglaterra, una de las potencias europeas que habían declarado la guerra a la Revolución. La campaña fue encargada a un jovencísimo general, Napoleón Bonaparte, de tan sólo 24 años, quien pese a su bisoñez había demostrado ya sus excepcionales dotes de estratega en la campaña de Italia contra los austríacos. La incursión napoleónica en Egipto y en Siria acabó tres años después en un clamoroso desastre. Pero para entonces, el petit caporal se había hecho ya con el poder y gobernaba sin cortapisas como Primer Cónsul.

La opinión pública francesa, que seguía la actualidad a través de periódicos y panfletos con un considerable retraso, tuvo una percepción más que parcial de aquellos acontecimientos. El joven Bonaparte, lejos aún del emperador que se acabaría enseñoreando de Europa, ya prestaba una enorme atención a su imagen. Sus victorias en las batallas de las Pirámides y de Aboukir fueron ampliamente publicitadas por sus partidarios, mientras se ocultó cuidadosamente el fracaso del asedio a San Juan de Acre y la  masacre de prisioneros en Jaffa.  Bonaparte se apresuró también a zarpar de Egipto antes de la derrota final, para no ser asociado a ella, no sin publicitar las palabras que le dedicó su fiel  Kléber: “General, vos sois  grande como el mundo, pero el mundo no es lo bastante grande para vos”.

Amplificando sus victorias, tapando  los méritos de sus compañeros de armas, ocultando sus fracasos... así se labró  su fama Napoleón, que se convertiría en el primer mandatario europeo –los reyes absolutistas no estaban para eso– en preocuparse de lo que pensaba la opinión pública y en practicar una política activa de comunicación. Cada día devoraba los principales periódicos del continente, sobre todo extranjeros. “Sólo prestaba atención a los periódicos alemanes e ingleses”, rememoraría su secretario, Bourrienne: “Pase, pase’, me decía en la lectura de los periódicos franceses, ‘ya sé lo que hay, sólo dicen lo que yo quiero”. Napoleón controlaba la opinión, no sólo a través de la censura de prensa, sino también de una activa propaganda –y una calculada desinformación– a través de medios afines como el Moniteur Universel.

“Sólo se puede gobernar a los hombres a través de la imaginación”, decía Napoleón mucho antes de que el genio de la propaganda nazi, Joseph Goebbels, aprovechara los nuevos medios a su alcance, como la radio y el cine, para profundizar en este camino y formatear la opinión del pueblo alemán al servicio del plan exterminador de Hitler. Y sentara, de paso, las bases de la propaganda moderna.

Goebbels demostró una abyecta maestría en difundir toda suerte de falsedades e infamias sobre los judíos, con el fin de excitar el antisemitismo de la población y preparar el terreno para que las medidas antijudías fueran aceptadas, cuando no aplaudidas. Para el ministro de Propaganda del III Reich, la verdad no importaba, lo único que contaba era la eficacia: “Más vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosímil”, afirmó una vez. Podría decirse hoy...

No hay mucha diferencia entre lo que hacía Goebbels y lo que ha sucedido en la reciente campaña electoral norteamericana, en la que los partidarios e incluso más cercanos colaboradores de Donald Trump han inundado las redes sociales de falsas verdades y groseras mentiras, ayudados al parecer por todo un ejército de hackers manejados desde el Kremlin, para denigrar a Hillary Clinton. El caso más escandaloso, puesto que pudo acabar en tragedia por obra de un lunático armado, fue el bulo según el cual en una popular pizzería de Washington, propiedad de un donante demócrata, los Clinton tenían montado un negocio de pederastia, increíble camelo avalado por Michael Flynn Jr., miembro del equipo de Trump e hijo del futuro consejero de Seguridad Nacional. Pero no fue ni mucho menos el único.

Lo sucedido en las elecciones de Estados Unidos –haya o no intervenido, al final, una potencia exterior–  ha puesto crudamente de relieve la infección que está gangrenando desde hace tiempo las redes sociales, vehículo de una miríada de patrañas, falsificaciones y embustes que se difunden –y eso es lo único genuinamente nuevo en este asunto– a una velocidad antes inimaginable  y a todos los rincones del mundo. La credulidad de la gente, eso es todo menos nuevo, ha existido siempre.  Otra cosa es que  la nueva forma de consumir información –o presunta información–  agrave el proceso, al  fiarse  a unos pocos canales –Facebook o Twitter– por los que a final sólo acaban circulando los mismos temas emitidos por las mismas fuentes, en una especie de círculo vicioso cerrado.

No deja de ser curioso, e irónico, que una legión de   presuntos espíritus independientes y avisados abominen de los medios de comunicación tradicionales y se entreguen ciegamente a la dictadura de los algoritmos diseñados en Silicon Valley y den pábulo con desarmante ingenuidad a cualquier fuente anónima a poco que afiance sus creencias o prejuicios.

La amplitud del fenómeno ha empujado a algunas mentes preclaras a acuñar nuevos términos, como posverdad, la palabra del año, una originalidad atribuida al sociólogo norteamericano Ralph Keyes –que tituló así un libro suyo en el 2004– y adoptada por el Diccionario de Oxford para describir una nueva (¿nueva?) era en la que  la verdad es menos importante que las emociones y las propias creencias. Hay que admitir que lo de la posverdad es todo un hallazgo de enmascaramiento –¡al nivel del concepto de “crecimiento negativo” de los economistas!– para definir lo que no es sino el imperio de la mentira.

 

sábado, 10 de diciembre de 2016

El sueño de Sadae

Durante más de medio siglo, Sadae Kasaoka permaneció muda. No podía hablar sin ponerse a llorar. Hasta que su avanzada edad la empujó, hace siete años, a romper su silencio. Desde entonces no ha dejado de hablar a todo aquel que quiera escucharla. De 84 años, Sadae Kasaoka era una cría de 12 cuando la primera bomba atómica de la historia, lanzada por el bombardero norteamericano B-29 Enola Gay, explotó sobre su cabeza en Hiroshima, segando la vida de 140.000 personas y borrando a la ciudad japonesa del mapa. Eran las 8.15 del 6 de agosto de 1945. Y a partir de ese día nunca nada volvió a ser igual.

Hija de una familia de pescadores, Sadae Kasaoka se encontraba en ese momento con su abuela en su casa, cerca de la playa, lo bastante distante del punto de la vertical de la explosión –a unos tres kilómetros y medio– como para salvar la vida. “Estaba dentro, cuando vi un gran destello y el cristal de la ventana se me vino encima roto en mil pedazos”, rememora. Fueron las únicas heridas –leves– que recibió. A diferencia de otros supervivientes –el que sería su marido, por ejemplo, moriría de cáncer a los 35 años, dejándola viuda con dos hijos de muy corta edad–, tampoco sufrió con los años secuelas graves en su salud. Todo el daño –y no fue poco– fue moral.

Menuda y vivaracha, Sadae Kasaoka cierra los ojos cuando evoca ciertos recuerdos. Perdió a sus padres en la explosión. Ambos se encontraban en el centro de la ciudad, ayudando a derribar las casas destruidas por los bombardeos para evitar la propagación de incendios. De su madre sólo le dieron, días después, una bolsa conteniendo algunos restos de huesos y de cabello –“¡A saber si eran de ella!”–, pero a su padre le vio regresar a casa, completamente quemado, y morir dos días después en una atroz agonía.

“Estaba desnudo, hinchado, con la piel completamente negra, los ojos salidos... sólo le reconocí por la voz”, explica. Intentó apaciguar su dolor aplicándole emplastos con lo único que tenía a mano –pepinos y patatas– y se resistió a darle agua, a pesar de los ruegos del moribundo. “Todos los que bebían agua morían”, argumenta. Pero hoy lamenta todavía no haber accedido a ese último deseo. A veces, el dolor se aferra obstinadamente a un recuerdo preciso, no siempre el más obvio. En el caso de Sadae Kasaoka no es la imagen de los muertos vivientes que vio desfilar camino del hospital militar, cubiertos de ceniza y con la piel colgando como harapos, ni los cadáveres amontonados en la playa para ser enterrados –era imposible incinerarlos por falta de combustible–, ni la fatal lluvia negra que cayó sobre las ruinas de la ciudad tras la explosión. No. A Sadae le atormenta otra cosa: “A mi padre le gustaba mucho el sake, pero era imposible encontrar durante la guerra, así que mi madre cambiaba a veces algo de arroz por cerveza. Cuando vimos que mi padre se moría, fuimos a buscar una cerveza que teníamos guardada. Pero no pudimos abrirla, no pudimos... Y murió sin llegársela a beber”. Lo dice, y calla.

Sadae Kasaoka ha atemperado sus sentimientos con el tiempo. Ya no siente odio (lo sintió, y mucho). Y es consciente de todo el mal que Japón cometió durante la guerra. Su único sueño es la desaparición total de las armas nucleares: “Entonces podremos apagar el fuego de la paz (que arde en el memorial de Hiroshima), no antes”.

La conversación con Sadae Kasaoka se produjo en el Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima el pasado 22 de octubre. Afuera, caía una fina llovizna. Cinco días después, el 27, el comité de Armamento y Seguridad de la Asamblea general de la ONU aprobaba por 123 votos  contra 38  –y 16 abstenciones– la organización, a lo largo del 2017, de un proceso de negociación multilateral para el desarme nuclear.

Loable y loado objetivo que, sin embargo, tiene muy pocos visos de prosperar. Porque todos –bueno, casi todos– los países con  arsenal nuclear votaron en contra o se abstuvieron. Entre los primeros, Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia e Israel. Entre los segundos, China, India y Pakistán. Sólo el representante de Corea del Norte, Ri Tong Il, votó a favor. Pero que el régimen de Pyongyang, que ha multiplicado los ensayos nucleares en los últimos años, abogue ahora sobre el papel por el desarme sólo puede ser un sarcasmo.

Lo cierto es que el mundo nunca había almacenado tanto poder de destrucción.  Un puñado de nueve países –cinco, de discutible derecho, cuatro de hecho–  disponen de más de 17.000 cabezas nucleares, muchísimo más potentes que la bomba de Hiroshima. Y más del 90% están en manos de  los dos grandes contendientes de la Guerra  Fría, Estados Unidos y Rusia, embarcados en estos últimos años en una nueva escalada de tensión  que los analistas señalan como la mayor amenaza a la seguridad mundial.

En realidad, la historia de Sadae Kasaoka, y de toda la Humanidad, empezó a cambiar irremediablemente antes mismo de que el presidente Harry S. Truman diera luz verde para el lanzamiento de las bombas sobre Hiroshima (6 de agosto) y Nagasaki (9 de agosto). Pocas semanas antes, el 16 de julio de 1945, a las 5.29 de la madrugada, en el desierto de Alamogordo (Nuevo México), el ejército estadounidense desencadenó la primera explosión nuclear. El padre de la bomba, el físico Robert Oppenheimer, uno de los responsables del Proyecto Manhattan, lo rememoraba de forma dramática años después. “Comprendimos –explicó– que el mundo ya no sería el mismo. Algunos rieron, otros lloraron. La mayoría guardó silencio. Yo recordé una frase del texto hindú Bhagavad Gita: ‘Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de los mundos”. A partir de aquel momento, en palabras del historiador israelí Yuval Noah Harari –autor de Sapiens. De animales a dioses–, “la humanidad tuvo la capacidad no sólo de cambiar el rumbo de la historia, sino de ponerle fin”.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Radiación a la baja, irritación al alza

Un fuerte temblor sacudió el 22 de noviembre, al filo de las 6 de la mañana, las costas de Japón. El epicentro del seísmo, de una magnitud de 7,4 en la escala de Richter, se localizó frente a Fukushima, evocando entre los japoneses el sombrío recuerdo del terremoto del 2011 y el desastre nuclear que le siguió, cuando el tsunami posterior anegó la central de Fukushima Daiichi.

A diferencia de la tragedia de hace cinco años y medio, en que murieron 18.000 personas, esta vez no hubo grandes daños y el tsunami apenas levantó olas de 1,5 metros,  adentrándose por el río Sunaoshi. Pero puso de nuevo sobre la mesa la cuestión de la seguridad de las centrales nucleares, que el Gobierno del primer ministro Shinzo Abe pretende reabrir paulatinamente pese al rechazo de la población.

En la zona de Fukushima, la radiactividad ha descendido notablemente desde el accidente de marzo del 2011. Todavía permanecen fuera de sus hogares 57.000 personas, pero la orden de evacuación ha sido levantada ya total o parcialmente en cinco municipios, y poco a poco se han ido autorizando estancias temporales –sin pasar la noche– en otra media docena. Aún y así, poca gente ha regresado a sus casas. En la localidad de Tamura, la primera en ser reabierta –en abril del 2014–, por ejemplo, ha vuelto el 64% de la población original, pero en Nahara –reabierta en septiembre del 2015– no pasa del 9%... El miedo atenaza.

El temor se ha enquistado en la sociedad japonesa, que mayoritariamente –57% contra 29%, según un sondeo reciente del Asahi Shimbun– rechaza la reapertura de las centrales nucleares decidida por el Gobierno, que no consigue convencer a la opinión pública de la conveniencia de su opción.

Tras cuatro años de parón nuclear, consecuencia del accidente de Fukushima, el Ejecutivo nipón decidió en julio del 2015 impulsar la reapertura progresiva de la mayor parte de las centrales nucleares del país de acuerdo con unas nuevas normas, mucho más estrictas en materia de seguridad y prevención de catástrofes. De los 50 reactores en funcionamiento en el momento del desastre de Fukushima, han reabierto ya cinco –en el caso de la central de Takahama, se ha impugnado ante la justicia–, y otros 21 se encuentran en fase de examen por la nueva autoridad nuclear, mientras que una quincena –los más antiguos– probablemente no volverán ya a funcionar. Si la producción de electricidad de origen nuclear representaba en el 2011 el 30% del total, el objetivo gubernamental es situarla en torno al 20%-22% en el horizonte del año 2030.

“El parón de las centrales nucleares comportó un aumento del precio de la energía eléctrica –del 20% para los hogares y del 30% para las industrias– y un incremento notable de la emisión de CO2 a la atmósfera por el uso de energías fósiles, además de reducir al mínimo la autosuficiencia energética. Si queremos corregir esto, y cumplir nuestros compromisos internacionales, la energía nuclear debe ser una fuente importante de producción de electricidad”, sostiene Masashi Hoshino, subdirector de la división internacional de la Agencia de Recursos Naturales y Energía.

Los argumentos parecen imbatibles pero, cuando se pone en el otro platillo de la balanza la seguridad nuclear, los japoneses –a la vista de las graves deficiencias que el desastre de Fukushima puso dramáticamente de manifiesto– son reacios a dejarse seducir. Ni aún cuando les prometan una sustancial rebaja de la factura de la luz.

No se trata únicamente de sondeos. En las últimas ocasiones en que los ciudadanos han tenido oportunidad de expresar su opinión mediante el voto han enviado un serio correctivo al primer ministro y al Partido Liberal Democrático (PLD). Así ha sucedido este año en sendas elecciones a gobernador en las prefecturas de Kagoshima –el 10 de julio– y de Niigata –el 16 de octubre–, donde dos candidatos antinucleares, el excomentarista de televisión Satoshi Mitazono y el abogado Ryuichi Yoneyama, se impusieron a los gobernadores salientes, respaldados por el Gobierno. En Kagoshima está la primera central nuclear que se reabrió tras el terremoto del 2011, la de Sendai –con dos reactores en marcha–, y Niigata cuenta con la mayor central nuclear de todo Japón, la de Kashiwazaki Kariwa, donde está programado poner de nuevo en funcionamiento de entrada dos de sus siete reactores.

La cuestión nuclear, más aún que los frutos de la política económica –Abenomics–, podría acabar situándose en el centro del debate político en Japón y poner en aprietos a Shinzo Abe. Así al menos lo piensa el ex primer ministro conservador Junichiro Koizumi, convertido al activismo antinuclear: “No es posible que un partido ignore los deseos de los ciudadanos y pueda mantenerse en el poder”.


Fukushima, en busca de un nuevo futuro


Fukushima aspira a evocar, algún día, algo más que uno de los más graves accidentes nucleares de la historia: el Gobierno japonés quiere proponer aquí un nuevo modelo de producción de hidrógeno para almacenar los excedentes de energía que generan las fuentes renovables. “La tecnología Power to Gas (P2G) permitirá almacenar energía en forma de hidrógeno a largo plazo”, subraya Hiroshi Katayama, subdirector de Energías Avanzadas de la Agencia de Recursos Naturales y Energía. Antes, sin embargo, habrá que concluir el proceso de descontaminación y desmantelamiento de la central nuclear de Fukushima Daiichi, tarea en la que trabajan  actualmente 6.000 personas y cuyo coste –incluidas las indemnizaciones a los afectados– ha sido reevaluado a 170.000 millones de euros, el doble de lo previsto. La recuperación y retirada de los restos de combustible de los reactores debería culminar en el 2021, mientras que el completo desmantelamiento de la central requerirá entre 20 y 30 años más.

Los trabajos se acometen básicamente en dos frentes. El primero atañe al combustible aún presente en  tres de los cuatro reactores  –el de la unidad 4, donde no hubo fusión del núcleo, fue retirado en el 2014– y las tareas se centran  en localizar su situación exacta en el interior. “Este trabajo se realiza mediante robots porque es imposible entrar”, explica Satoshi Kawabe, vicedirector de la Oficina de Respuesta a un Accidente Nuclear. El otro frente atañe a la contaminación del agua. Por un lado, se pretende evitar que prosiga la contaminación de las aguas subterráneas bombeando en las capas freáticas antes de su llegada a la zona de  los reactores y  construyendo una pared de hielo. Con el  mismo objetivo, se ha levantado un muro de acero frente al mar. Por otro lado, las aguas contaminadas –una vez eliminados los materiales radioactivos excepto el tritio– se confinan en depósitos.