Cuando François Hollande dirigía el Partido Socialista francés era
conocido como el rey de la síntesis. O sea, de los apaños. Sólo él era capaz de
concluir un congreso del PS aunando a la práctica totalidad de las corrientes
del partido bajo su mando –a base de aprobar una declaración programática hecha
de pedazos y colocar a todo el mundo en un puesto u otro–. En el momento de
llegar al Elíseo, en el 2012, aplicó la misma receta y situó en el Gobierno a
todos sus adversarios potenciales o declarados (incluido aquél que le sacó el
humillante mote de Flanby), para controlarlos.
Entre ellos estaba Benoît Hamon, en aquel momento figura ascendente de la
izquierda presuntamente irredenta del PS. Vencedor inopinado de las recientes
primarias socialistas para designar a su candidato al Elíseo en las elecciones
de la próxima primavera, Hamon ocupó sucesivamente, hasta el 2014, las carteras
de Economía Social y de Educación Nacional sin aportar grandes cosas ni
aparecer como el enfant terrible que pretende ser. Hasta que se desenganchó de
una nave a la deriva. Su reciente elección como presidenciable ha desarbolado a
todos los analistas. Nadie se lo esperaba. Empezando por el propio interesado.
Las posibilidades del PS en las elecciones presidenciales con alguien
como el ex primer ministro Manuel Valls –a priori, el favorito– como cabeza de
cartel eran una absoluta incógnita. Pero en su favor tenía la capacidad de
llegar a los sectores moderados del electorado –del centroizquierda al
centroderecha– y, a la vez, a los sectores populares a quienes seduce un
discurso de firmeza en materia de seguridad y control de la inmigración. Hamon,
cuya principal promesa electoral es crear una “renta universal” pública de 750 euros
mensuales para garantizar unos ingresos básicos a cada persona, no tendrá
dificultad en pescar votos en los sectores de izquierda (para desespero del
histórico Jean-Luc Mélenchon). Pero el resto será mucho más cuesta arriba.
Hamon se encuentra ante la disyuntiva irresoluble de mantenerse a la
izquierda, y tratar de arañar votos a
radicales y comunistas, o de intentar una difícil síntesis que le permita sumar
a los moderados del PS. Es más que una ardua tarea. De momento, algunos
diputados ideológicamente próximos a Hollande y a Valls han empezado a desertar
y no es descartable que algunos busquen refugio a la sombra de la nueva
estrella ascendente de la política francesa: el disidente exministro de
Economía Emmanuel Macron. En todo caso, con una expectativa de voto del 16,5%,
el pase de Hamon a la segunda vuelta parece casi imposible.
Enfrente, el gran partido de la derecha, Los Republicanos, no tiene mejor panorama. El ex primer
ministro François Fillon, su imprevisible candidato –una vez más, todos los
pronósticos quedaron arruinados por la realidad–, está gravemente lastrado por
el escándalo de los presuntos empleos ficticios que, cuando era diputado,
atribuyó a su esposa y sus dos hijos –pagados con dinero público
presumiblemente para no hacer nada–, hasta el punto de que sus propios
compañeros de filas ya han empezado a buscarle posibles recambios...
Fillon se resiste como gato panza arriba. Pero si aguanta la embestida,
acudirá a las urnas gravemente disminuido. Porque a sus recetas
ultraconservadoras en lo social y ultraliberales –directamente thatcheristas–
en lo económico, que le hurtan el voto de las clases populares, se añadirá el
desprestigio personal: a ojos de la opinión, además de aprovechado, pasará por
mentiroso. Sus expectativas de voto han caído al 19,5%, lo que le dejaría fuera
de juego.
Es como si conservadores y socialistas, que –con unas u otras siglas– se
han repartido la presidencia y el Gobierno ininterrumpidamente durante la V
República, hubieran decidido suicidarse... “Lo que se perfila es la ausencia de
los dos grandes partidos de gobierno en la segunda vuelta. Le Pen descorcha el
champán”, escribió en un tuit esta semana el filósofo Luc Ferry, una de las
voces más independientes y preclaras de la derecha sociológica francesa. Para
Ferry, que no da un duro por Macron, sólo el alcalde de Burdeos, Alain Juppé,
podría salvar al país de la debacle.
Los sondeos, con todo el riesgo que supone a estas alturas seguirlos al
pie de la letra, vaticinan que Emmanuel Macron (independiente a la cabeza de un
pequeño partido hecho a medida, En Marcha), con una intención de voto del
22,5%, disputaría la presidencia a Marine le Pen (del ultraderechista Frente
Nacional), con el 26,5%, en la segunda vuelta. Y que, en tal caso, ganaría...
Sin embargo, nada hay menos seguro. Macron, que hasta ahora no ha querido
desvelar su programa, es un ovni de la política. No se sabe si es carne o
pescado. Él mismo, que ha mostrado su proximidad al español Albert Rivera,
declara no ser “ni de derechas ni de izquierdas”. O sea, de derechas...
Demasiado de derechas en lo económico para atraerse el voto de izquierdas
defraudado por el posibilismo de Hollande. Y demasiado progresista en lo social
para atraer a los conservadores –ese movimiento católico articulado contra el
matrimonio homosexual– que tenían su esperanza puesta en Fillon. Y eso a falta
de que alguien le saque algún trapo sucio de su etapa como banquero en la banca
Rostchild.
Le Pen, con un discurso antisistema, antiglobalización y antieuropeo,
además de nacionalista, xenófobo y de mano dura contra la delincuencia, saca en
cambio una abultada ventaja a todos los demás candidatos en los sectores de la sociedad más
castigados y encolerizados. Como los votantes del Brexit. O los de Donald
Trump. O los que darán previsiblemente la victoria al extremista Geert Wilders
en Holanda en marzo... Le Pen es la candidata de los más pobres (35%) y de la
gente con menos educación (35%). Y también de los más jóvenes: un 35% en la
franja de edad de 18 a
24 años y del 30% entre los de 25 a
34, y de 35 a
49. Lo ultra es milenial.

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