lunes, 3 de mayo de 2021

Adorado monstruo

@Lluis_Uria


Les propongo un ejercicio. Sitúense, ni que sea virtualmente, en la terraza panorámica del Arco de Triunfo de París y miren alrededor con un mapa en la mano. El monumento, uno de los más visitados de la capital francesa, fue mandado construir por Napoleón Bonaparte al estilo de los de la antigua Roma para conmemorar su victoria sobre las tropas de Austria y Rusia en la batalla de Austerlitz, en diciembre de 1805. Su imponente figura irradia el  entorno.

La gran plaza de L’Étoile está rodeada por una decena de calles y avenidas dedicadas a personajes o acontecimientos de los años gloriosos del emperador francés: desde las también victoriosas batallas de Iéna (contra Prusia en 1806), Friedland (Rusia en 1807) y Wagram (Austria en 1809) hasta el –engañoso– tratado de paz de Tilsitt firmado con el zar cinco años antes de que Napoleón se aventurara en 1812 en la fracasada invasión de Rusia (Adolf Hitler haría una maniobra similar más de un siglo después, para acabar en el mismo desastre) La retícula se completa con las vías dedicadas a algunos de sus generales y mariscales (Carnot, Kléber, Lauriston) y culmina en la gran avenida que da continuidad a los Campos Elíseos hacia el oeste y que honra a la Grande Armée, el ejército de un millón de hombres enviado contra Moscú.

¿Alguien se imagina un festival similar en el nomenclátor de Berlín con las hazañas bélicas de la Wehrmacht entre 1939 y 1945? Cierto, Napoleón no es Hitler (quien, todo hay que decir, le admiraba devotamente). Hay una diferencia fundamental: el emperador francés nunca llevó a cabo un programa de exterminio como el perpetrado por el líder nazi contra los judíos. Por lo demás, fue un dictador tiránico que persiguió toda disidencia interior y anegó en sangre las tierras de Europa.

Hay que admitir que el genio político y militar de Napoleón, su programa modernizador y su sueño de una Europa unida –eso sí, con acento francés– hacen de él una figura fascinante. Pero su desprecio manifiesto de la vida humana no le aleja tanto del Führer. “Vos no sois soldado y no sabéis lo que pasa en el interior del alma de un soldado”, le espetó Napoleón al canciller austriaco Metternich en la célebre entrevista que ambos mantuvieron el 26 de junio de 1813 en Dresde y que acabó sellando el destino del emperador francés. “Yo he crecido en los campos de batalla –prosiguió– y a un hombre como yo le preocupa poco la vida de un millón de hombres”. No sólo lo dijo. Lo demostró sobradamente.

Visto en toda Europa como un monstruo sanguinario y un déspota, en Francia sigue siendo idolatrado. Su estatua se yergue orgullosa en el patio de honor de Los Inválidos, donde el Estado francés realiza sus máximos honores nacionales, y su tumba bajo la enorme cúpula –un sarcófago de cuarcita roja, con cinco ataúdes en su interior– no es comparable a la de ningún otro rey o estadista de la historia de Francia.

Doscientos años después de su muerte en el exilio de la isla de Santa Elena, el 5 de mayo de 1821, Napoleón sigue siendo uno de los grandes referentes del imaginario nacional francés (lo que no deja de ser curioso habida cuenta de que, nacido en Córcega –que llevaba apenas treinta años bajo dominio francés–, siempre habló con acento extranjero) No se trata sólo de épica. Muchas de las instituciones francesas actuales –el código civil, las prefecturas, las grandes escuelas, el bachillerato, la orden de la Legión de Honor– llevan su sello.

París está marcada por su legado. El callejero está repleto de referencias y en el subsuelo una cincuentena de estaciones de metro llevan  nombres vinculados a las gestas napoleónicas. Sin embargo, no hay ninguna avenida dedicada a Napoleón I, como si una súbita vergüenza hubiera impedido honrar al enterrador de la República. En su lugar, una modesta calle del distrito VI rinde homenaje a Bonaparte, el general...

Toda la paradoja del personaje –consagrada en la Constitución de 1804 con la fórmula: “El gobierno de la República es confiado a un emperador”– se resume en este desdoblamiento entre Bonaparte y Napoleón, entre el revolucionario y el dictador, entre el héroe y el verdugo. De ahí que pueda concitar a la vez la admiración tanto a  derecha –Grandeur obliga– como a izquierda. Y que su figura genere también una  notable incomodidad.

General celebrado y admirado, Bonaparte salvó la Revolución, amenazada de muerte por su propia orgía de represión y violencia interior, restaurando la ley y el orden. Aunque a costa de imponer un régimen dictatorial. Y la liberó de la amenaza exterior venciendo en el campo de batalla a las grandes monarquías europeas que se habían conjurado para ponerle fin. Pero arrastrando a Francia –fruto de su megalómana ambición– a una desastrosa campaña de conquistas.

Napoleón prometía a los pueblos de Europa la liberación: la destrucción del Antiguo Régimen y los privilegios de la nobleza, la instauración de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley (implantó el código civil allí por donde pasó)... Pero lo que, de entrada, se encontraron fue el reclutamiento obligatorio de decenas de miles de jóvenes para nutrir las filas del ejército imperial, la crisis económica derivada del bloqueo comercial continental impuesto para doblegar a Inglaterra, exacciones fiscales, represión y muerte. La brutalidad de la ocupación despertó reacciones nacionalistas antifrancesas por toda Europa –particularmente en Alemania– y guerras crueles como la de España (1808-1814, hoy es justamente el aniversario del levantamiento de Madrid contra el invasor), en la que murieron entre medio millón y un millón de personas y que significó la primera gran derrota militar y política del emperador.

En los últimos años en Francia se ha cuestionado la figura de Napoleón por su decisión de restablecer  la esclavitud en las colonias de ultramar, como si ese fuera su único gran pecado. De la muerte que sembró por Europa, apenas ni una palabra.


domingo, 18 de abril de 2021

Al pie del muro


@Lluis_Uria

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que podía atravesarse Europa y grandes zonas del mundo sin pasaporte.  Nadie pedía papeles ni identificación alguna en las fronteras, que podían franquearse con relativa libertad. Así fue durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, hasta que la Primera Guerra Mundial empujó a los países a atrincherarse en los límites de su territorio. Europa recuperó aquella libertad –de puertas adentro– con la UE (por más que el espíritu y la letra del espacio Schengen de libre circulación estén regularmente sometidos a un fuerte estrés) Pero en el conjunto del mundo las fronteras siguen en pie y los muros y alambradas son hoy más numerosos que nunca.

Mucho se llegó a criticar a Donald Trump por su emperramiento en cerrar con un muro la frontera entre Estados Unidos y México –una obra, parada ahora por Joe Biden, que inició en 1994 el demócrata Bill Clinton–, pero obstáculos parecidos se encuentran también en las fronteras exteriores de Europa: en España con Marruecos (Ceuta y Melilla), en Hungría con Serbia, en Bulgaria y Grecia con Turquía, y hasta en Francia con el Reino Unido, donde un muro de cuatro metros de alto trata de impedir en Calais que los migrantes se cuelen en los ferris que cruzan el canal de la Mancha.

Desde la caída en 1989 del muro de Berlín –una construcción levantada por el régimen comunista de Alemania del Este no tanto para impedir entrar como salir–, Europa ha construido unos 1.000 kilómetros de muros en sus fronteras exteriores, según datos de Robin Niblett, director del think tank británico Chatham House. Una cifra llamativa, si se tiene en cuenta que el famoso muro de México tenía en el 2016, cuando Trump llegó a la Casa Blanca, 1.050 km y que desde entonces sólo se han añadido unas decenas de kilómetros más (la mayor parte de los casi 700 km realizados han sido sustituciones de tramos ya existentes)

Muros y alambradas han proliferado por doquier. Niblett calcula que de los 15 muros que había al final de la guerra fría se ha pasado en la actualidad a unos 70. Una cifra en la que coincide la canadiense Elisabeth Wallet, de la Universidad de Quebec en Montréal, quien en una entrevista con Le Monde añadía que los muros existentes o previstos en el mundo cierran 40.000 kilómetros de fronteras, una longitud equivalente a la circunferencia de la Tierra.

La construcción de defensas no es algo nuevo en la Historia. Las ciudades se fortificaban y lo mismo sucedía también con las fronteras: desde la Gran Muralla china –levantada entre los siglos V a.C. y XVI para protegerse de las invasiones procedentes de Mongolia–  hasta el Muro de Adriano –mandado construir por el emperador romano en el siglo II para contener a las tribus de lo que hoy es Escocia–, los ejemplos se remontan a la Antigüedad. Pero las estructuras de este tipo tenían esencialmente una finalidad militar.

Todavía sigue habiendo barreras defensivas. Y también de otros tipos: hay muros heredados de la guerra fría –entre las dos Coreas–, muros que pretenden reforzar la seguridad y de paso afianzar un territorio –Israel en Cisjordania, Marruecos en el Sahara Occidental–, muros que separan a comunidades enfrentadas –protestantes y católicos en Irlanda del Norte–. Pero hoy la mayoría de los muros lo que pretenden es frenar una inmigración masiva extranjera. Ni que sea para guardar las apariencias.

Los expertos coinciden en  constatar que la eficacia material de los muros es cierta, pero relativa: pueden conseguir rebajar la presión, pero no impedir completamente los flujos migratorios. Pero tienen también una función política: ofrecen protección, o la sensación de tenerla. En una charla en Chatham House, la politóloga Gitika Bhardwaj sostenía que la promesa de Trump sobre el muro era sobre todo “el símbolo de la determinación de su gobierno de proteger a los americanos”. “Era principalmente un ejercicio de teatro político”, añadía.

Protección y soberanía son valores que se cotizan al alza en estos tiempos de globalización.“Se decía que la globalización pondría fin a las fronteras, pero aunque su sentido ha cambiado, siguen siendo centrales”, opina Pascal Boniface, director del Instituto  de Relaciones Internacionales y Estratégicas (IRIS), para quien “la frontera es una marca de soberanía pero también de protección”. Y los muros son el emblema máximo.

Ni el muro ni la retórica de Trump –dirigida sobre todo al consumo interno– detuvieron el flujo migratorio desde el sur, aunque probablemente lo atenuaron. La llegada de Joe Biden, cuya política migratoria pretende ser más humana pero no esencialmente distinta de la de su antecesor, ha suscitado un efecto llamada y ha incrementado notablemente el alud de inmigrantes en la frontera, en lo que constituye –pandemia de covid aparte– la primera crisis política de importancia del nuevo gobierno norteamericano. Pero Biden está lejos de haber abierto las puertas.

Los miles de inmigrantes clandestinos capturados cotidianamente por la guardia fronteriza son expulsados en su mayoría a México. El único cambio es que ahora EE.UU. se queda con los menores no acompañados, de los que han llegado unos 19.000 en el último mes. La presión es tan alta –más de 172.00 inmigrantes interceptados en unas pocas semanas– que la nueva administración norteamericana ha buscado acuerdos con México, Honduras y Guatemala para que frenen a los migrantes en sus respectivas fronteras, a la vez que aprobaba un paquete extra de ayuda de 4.000 millones de dólares. Un esfuerzo necesario pero insuficiente.

El último informe de  la Organización Internacional para las Migraciones (OIM),   del 2020, constataba que el número de migrantes internacionales no ha cesado de aumentar en las últimas décadas, de los 84 millones de 1970 a casi 272 millones en el 2019 (con EE.UU. como principal país de destino) Y nada indica que esta tendencia vaya a cambiar. Con  muros o sin muros.


lunes, 5 de abril de 2021

El legado del electricista


@Lluis_Uria

Hace unos días, Lech Walesa se despidió. “Como no sé cuándo volveremos a vernos, ni si volveremos a vernos, me gustaría decir que todo lo hice por servir bien a la nación. Hasta la próxima, si el destino me permite seguir en esta Tierra un poco más. Si no, rezad por mí”. Primer presidente de la Polonia democrática (1990-1995) y Premio Nobel de la Paz, ex líder y fundador de Solidarnosc (Solidaridad) –primer sindicato independiente del bloque soviético– e icono de la lucha contra el régimen comunista, el mítico electricista de los Astilleros Lenin de Gdansk se disponía a ingresar en el hospital para una intervención de corazón y colgó un vídeo de adiós en las redes sociales. La despedida se demostró precipitada. La operación acabó bien. Y si la salud se lo permite, a sus 77 años, promete seguir hostigando la deriva autoritaria del actual gobierno nacionalista e iliberal de su país.

Lech Walesa es, como cualquier otro, un hombre contradictorio, con sus zonas de luz y de sombra. Su etapa como presidente, y también como líder sindical,  tienen sus críticos. Pero casi nadie discute el enorme valor de su liderazgo en el movimiento que condujo al derrumbe de la dictadura comunista. La caída del Muro de Berlín en 1989 no se entiende sin la precursora revuelta obrera polaca de 1980 en la antigua Danzig alemana, a orillas del Báltico. Ni sin el apoyo de la Iglesia católica y muy en particular del papa Juan Pablo II, con quien Walesa, un fervoroso creyente, estableció un fuerte vínculo.

En los últimos años, el partido político dominante en Polonia, el nacionalista ultraconservador Ley y Justicia de Jaroslaw Kaczynski –un antiguo aliado de Walesa convertido hoy en su principal enemigo–, se ha empeñado en reescribir la Historia y minimizar el papel del sindicalista en el movimiento de 1980, mientras intenta presentarle como un traidor que habría colaborado con la policía secreta comunista.

Es cierto que Walesa figuraba como informante, bajo el nombre clave de Bolek, en documentos oficiales hallados en casa del desaparecido general Czeslaw Kiszczak, antiguo ministro del Interior del régimen. Walesa habría sido captado –u obligado a firmar como colaborador– en 1970, tras ser detenido junto a otros miembros del comité de huelga durante la revuelta de los astilleros de Gdansk de ese año –en que murieron medio centenar de obreros por la represión policial–, y habría prestado supuestamente sus servicios hasta 1976. Él asegura que nunca llegó a actuar como confidente y que jamás cobró por ello. De hecho en el 2000 fue oficialmente exonerado por el Tribunal de Verificación de Varsovia.

En cualquier caso, lo que sí está probado es que en los años setenta Walesa participó activamente en el movimiento sindical clandestino –lo que le valió varios despidos como represalia– hasta culminar en la gran huelga de agosto de 1980 en la que participaron 17.000 trabajadores y que forzó al régimen a ceder ante reivindicaciones que excedían las meramente laborales: el protocolo firmado con el Gobierno reconocía la libertad de expresión y de sindicación, así como el derecho de huelga. De ahí nacería  Solidarnosc, que en menos de un año captaría a 10 millones de afiliados.

Como es conocido, esa primera y breve apertura acabó abruptamente con la declaración de la ley marcial por el general Wojciech Jaruzelski, a la sazón ministro de Defensa, que asumió el poder, ilegalizó el sindicato y detuvo a sus dirigentes. El golpe de Estado –¿acción desesperada o maniobra para evitar una intervención rusa?– no hizo más que retrasar lo inevitable. La llegada del reformista Mijaíl Gorbachov al poder en la URSS en 1985 impulsó la reapertura del régimen y en 1989 se celebraron unas elecciones semidemocráticas que dieron entrada en el Parlamento a la oposición. Jaruzelski nombró entonces primer ministro, al frente de un gobierno de coalición, a un consejero de Walesa.

El electricista de Gdansk fue elegido presidente de Polonia al año siguiente, en las primeras elecciones democráticas. Pero sólo duró un mandato. Y no fue poco discutido. En diciembre de 1995 concurrió a la reelección y salió trasquilado.

Defraudado y sin otros medios de vida, el 2 de abril de 1996 –el viernes se cumplieron 25 años del evento, según  los recordatorios de efemérides– se reincorporó a su antiguo puesto de trabajo en los astilleros, para pasmo de propios y extraños. (No hay muchos casos así, pero no es el único: en 1989, quien fuera secretario general del PCE, Gerardo Iglesias, regresó a trabajar en la mina de Rioturbio, en Mieres, tras dejar el partido y la política) De todos modos, el nuevo Walesa duró poco como electricista: a las pocas semanas, el Parlamento aprobó una ley que reconocía el derecho de los ex presidentes a una pensión del Estado y lo dejó.

Su último intento de  tratar de recuperar la presidencia, en el 2000, se saldó con un fracaso estrepitoso (1% de los votos) y Walesa decidió abandonar finalmente la política. Desde entonces, sin embargo, ha utilizado su nombre y su prestigio para criticar el autoritarismo y antieuropeísmo del Gobierno nacionalista, a quien la nueva dirección de Solidarnosc parece haberse rendido.

Los astilleros de Gdansk fueron privatizados y, aunque se libraron del cierre –lo que no sucedió con otras viejas industrias europeas–, hoy sólo emplean a 2.000 trabajadores. Pero Gdansk ha seguido fiel a su alma rebelde. Junto a otras ciudades del país, donde la oposición se ha hecho fuerte, encabeza la resistencia a los ultraconservadores. Antes de ser asesinado por un ultra en el 2019, el carismático alcalde Pawel Adamowicz había convertido a la ciudad en referente de una sociedad abierta, tolerante y multicultural, reconocida con el Premio Princesa de Asturias de la Concordia como símbolo de la lucha por las libertades cívicas. Sus sucesores han mantenido la misma línea. Lech Walesa  ha empezado a apagarse, pero el espíritu de los obreros de Gdansk sigue vivo.

 

lunes, 22 de marzo de 2021

Votos tirados a la papelera


@Lluis_Uria

¿Cuánto vale un voto? ¿Tienen el mismo peso todas y cada una de las papeletas contadas en la noche electoral? En teoría, sí. Todas las constituciones de los países democráticos así lo proclaman. Un hombre (o una mujer), un voto: el sufragio universal como máxima expresión de la igualdad de todos los ciudadanos a la hora de elegir a sus representantes políticos y determinar la orientación del gobierno. Es el fundamento mismo de la democracia. Y, sin embargo, en la práctica raramente se produce. Muchos votos, miles de ellos –millones incluso–, acaban no valiendo para nada. Meterlos en la urna es prácticamente como tirarlos a la papelera.

La democracia no es un sistema perfecto (mal que les pese a los buscadores de ideales absolutos) ni se reduce tampoco al momento de votar en una urna. Pero el voto es sin duda uno de sus pilares y lo menos que cabe decir es que los sistemas electorales vigentes son todo menos neutros. Todos están, en mayor o menor medida, sesgados.

En Estados Unidos y Francia se está abriendo paso ahora el debate sobre la necesidad de reformar el sistema electoral. En ambos casos, al igual que en el Reino Unido, donde se planteó lo mismo tras las elecciones del 2019, algunos sectores cuestionan la justicia del sistema mayoritario, que aplasta a las minorías, y abogan por implantar total o parcialmente el sistema proporcional. Es un debate recurrente, una vieja aspiración, que choca con el inmovilismo interesado de los grandes partidos.

En España, donde existe un sistema proporcional corregido, el problema radica más en la organización de las circunscripciones electorales: el voto de un barcelonés o un madrileño, por ejemplo, vale mucho menos que el de un leridano o un vallisoletano, cuya representación en el Congreso es desproporcionadamente superior al que les correspondería por población. La ley electoral vigente, aprobada durante la transición, prima la representación  parlamentaria de las zonas rurales –de tendencia tradicionalmente más conservadora– sobre las áreas urbanas, más a la izquierda.

No se trata de una particularidad hispana. Sucede en muchos otros países. En Estados Unidos es conocido el papel determinante que tienen un puñado de pequeños estados de la América profunda. Los defensores del sistema alegan que es necesario para evitar que vastos territorios de un país queden silenciados por el peso demográfico de las grandes áreas urbanas. Sea. El problema viene cuando son las minorías territoriales las que acaban acallando a las mayorías y alterando el sentido del voto de los ciudadanos.  Sucedió en Catalunya en el 1999, cuando el candidato socialista a la presidencia de la Generalitat, Pasqual Maragall, ganó las elecciones pero obtuvo menos escaños que el segundo. O en el 2016, cuando Hillary Clinton sacó tres millones de votos de ventaja a Donald Trump en la carrera a la Casa Blanca... Para perderla.

En EE.UU. es conocido el peso excesivo que algunos estados tienen en la elección presidencial (que es indirecta, a través de delegados) Pero la situación afecta también a las legislativas: ha permitido a los republicanos encastillarse en las últimas décadas en el Senado y sólo por un pelo –quedaron empatados a 50 escaños– los demócratas han conseguido ahora una precaria mayoría (gracias al  voto de calidad de la vicepresidenta Kamala Harris)

La situación política actual ha hecho que hayan empezado a alzarse voces contra el vigente sistema mayoritario, con circunscripciones hechas a medida,  que consolida la existencia de dos únicos grandes partidos y no refleja adecuadamente las sensibilidades del electorado. Y que está en la base de la enorme polarización política que divide al país. Un sistema multipartidista favorecería, argumentan, la negociación y el consenso. “Los incentivos para el compromiso o la cooperación con los rivales políticos no existen en un sistema de dos partidos en que el ganador se lo lleva todo”, sostiene  el politólogo Noam Gidron, citado por el Washington Post. El 62% de los norteamericanos desearían la emergencia de un tercer partido –según un sondeo de Gallup–. Pero no así el establishment...

También en el Reino Unido, donde sólo se elige un diputado por distrito, el que gana se lo lleva todo. Es el sistema del first-past-the-post. De haber un sistema proporcional, según una proyección realizada en el 2019 por la Electoral Reform Society, emergería con más fuerza el tercer partido –en este caso, el Liberal Demócrata– y Boris Johnson no tendría mayoría absoluta.

Tampoco Emmanuel Macron en Francia... El presidente francés prometió en la campaña del 2017 introducir “una dosis” de proporcionalidad en las elecciones a la Asamblea Nacional, con el fin de corregir lo que su socio centrista François Bayrou califica de “brutalidad” electoral. Pero al final, y a pesar de las presiones de las últimas semanas, el Gobierno sigue dando largas...

El sistema electoral francés, mayoritario a dos vueltas, con 577 circunscripciones en las que se elige un solo diputado, beneficia claramente a los grandes partidos. Instaurado por la Constitución de 1958,  es uno de los signos distintivos de la V República fundada por Charles de Gaulle, que quiso huir como de la peste de la inestabilidad política de la IV República. Aquí, el partido ganador tiene siempre asegurada la mayoría absoluta y los gobiernos son estables, sin duda. Pero a costa de falsear la representación política. La desproporción es enorme: en el 2017, con 6,4 millones de votos (el 28,2%), el partido de Macron se hizo con 308 diputados. El FN de Marine Le Pen, que obtuvo casi la mitad (2,9 millones de sufragios, el 13,2%), se quedó con ocho.

Cabría preguntarse hasta qué punto la polarización política y la tendencia a dirimir las diferencias de forma violenta –asalto al Capitolio, chalecos amarillos...– es o no ajena a este déficit democrático.


lunes, 8 de marzo de 2021

París vuelve a sangrar


@Lluis_Uria


Ascender por las empinadas calles de Montmartre hacia lo alto de la colina, La Butte, es un deber inexcusable de cualquier visitante de París. La vista sobre la ciudad es impagable, sobre todo a la puesta del sol. En la cima se yergue la basílica del Sacré-Coeur, un edificio extraño, de estilo vagamente bizantino, que los turistas recorren ignorantes, en general, del pasado de violencia que esconden sus muros blancos.

El templo, visible desde toda la ciudad, se ha acabado convirtiendo en un icono de postal de París, un monumento más. Pero lo cierto es que su significado no es en absoluto neutro: una ley acordó erigirlo en 1873 como un gesto para “expiar los crímenes” de los revolucionarios de La Comuna.

Han pasado 150 años desde el levantamiento de los communards, en 1871, y la herida todavía sangra. La proximidad del aniversario, el 18 de marzo, ha vuelto a despertar los viejos demonios y revelado las fracturas ideológicas que siglo y medio después todavía dividen a los franceses.

Los primeros movimientos de incomodidad se produjeron en octubre pasado, cuando una comisión especial acordó –con el aval del Ayuntamiento de París, gobernado por la socialista Anne Hidalgo– iniciar los trámites para clasificar el Sacré-Coeur como monumento histórico. Un sector de la izquierda se sintió ultrajado y consideró la iniciativa un “insulto” a los 20.000 communards muertos por la represión. Para templar los ánimos, y conmemorar en paz el 150 aniversario de la Comuna, la alcaldía decidió aplazar el debate al año 2022.

La maniobra apaciguó a la izquierda, pero la organización de los actos de conmemoración ha sublevado a la derecha, que ha acusado a Hidalgo de pretender glorificar un “triste momento de guerra civil” y transformar a unos asesinos en héroes. Ciento cincuenta años después, Francia es todavía incapaz de ofrecer una memoria común sobre los sucesos que se desarrollaron en París entre marzo y mayo de 1871. Hay dos mitos enfrentados. Y ahí siguen.

Para entender la efervescencia que se vivía en la capital francesa en aquellos momentos hay que tratar de imaginar lo que la ciudad había sufrido a causa del aventurerismo bélico de Napoleón III, que el 19 de julio de 1870 había declarado la guerra a Prusia por una disputa sobre la sucesión al trono de España. El emperador francés pagó cara su imprudencia y sólo seis semanas después, el 2 de septiembre, cayó prisionero de las tropas prusianas en la desastrosa batalla de Sedán. Pero Francia no capituló.

Los ejércitos alemanes sometieron entonces a París a un duro asedio, coronado por un bombardeo de tres semanas, hasta que la ciudad se rindió definitivamente el 28 de enero. Hambrientos, los parisinos se vieron obligados a comer todo lo que se movía –en Les Halles se vendía carne de perro y de rata– y los más desesperados hacían caldo con los huesos de cadáveres desenterrados... Para añadir humillación, el káiser Guillermo I se proclamó emperador de Alemania en el palacio de Versalles.

El resentimiento popular no tardó en dirigirse hacia el Gobierno provisional, en manos conservadoras. Y bastó una chispa –el intento gubernamental de incautarse de 200 cañones apostados en La Butte de Montmartre y en manos de la Guardia Nacional (una milicia ciudadana)– para desencadenar la sublevación. Una multitud ebria de ira, apoyada por los guardias, se enfrentó a los militares y abortó el intento, matando a dos generales. El ejército se retiró a Versalles para reorganizarse y los rebeldes se hicieron con el poder en la capital. Diez días después,  el 28, fue proclamada La Comuna, que izó la bandera roja.

Si la guerra de 1870-1871 fue el primer conflicto directo entre Francia y Alemania (suponiendo que no merecieran ese rango las guerras napoleónicas de principios de siglo), el levantamiento de la Comuna fue visto por Karl Marx como la primera insurrección proletaria de la historia. Lo fuera o no –hay quien considera que fue más bien la última revolución decimonónica–, constituyó en todo caso un intento de instaurar una república social.

En apenas diez semanas, los communards aprobaron numerosos decretos con iniciativas de muy diversa índole:  separación de Iglesia y Estado, gratuidad de la educación pública, suspensión del pago de los alquileres,  jornada laboral de 10 horas, prohibición del trabajo nocturno en las panaderías, creación de cooperativas de trabajadores, reconocimiento de las uniones libres, prohibición de la prostitución...

Las mujeres tuvieron un papel de primera línea en el movimiento y en la lucha, y una de ellas se acabó convirtiendo en un icono: la enseñante y escritora anarquista Louise Michel –apodada, a saber por qué fantasma masculino, la Virgen Roja–, que acabó deportada a un penal de Nueva Caledonia. Hoy tiene dedicada una plaza a los pies del Sacré-Coeur.

Los communards desperdiciaron la oportunidad de atacar a las tropas acantonadas en Versalles cuando aún disponían de la ventaja inicial. Cuando lo hicieron, tuvieron que batirse en retirada. Y cuando quisieron darse cuenta –distraídos en medio de grandes festejos– el ejército atacó la capital. Entre el 21 y el 28 de mayo, la semana sangrienta, se combatió calle a calle. Progresivamente acorralados, los revolucionarios ejecutaron a 47 rehenes –entre ellos, el arzobispo de París– y asesinaron a un grupo de dominicos y jesuitas, e incendiaron los grandes edificios de la ciudad (el palacio Real, los palacios de las Tullerías y de Orsay, el Hôtel de Ville, el palacio de Justicia...) En su avance, las tropas gubernamentales no tuvieron piedad. Los combatientes fueron fusilados sobre la marcha, las calles se llenaron de cadáveres.

Los últimos resistentes fueron ejecutados contra un muro del cementerio de Père Lachaise, junto al cual se alinean hoy las tumbas de históricos dirigentes comunistas. Lugar de peregrinación de la izquierda, cada primavera una Francia rinde homenaje a los communards colocando flores junto al muro. La otra mira al Sacré-Coeur.


lunes, 22 de febrero de 2021

Dos vidas entre Irak y el Capitolio

@Lluis_Uria


Eugene Goodman y Ashli Babbit no tenían muchas cosas en común. Pero sí una fundamental: ambos habían prestado servicio en el ejército de Estados Unidos y habían formado parte del contingente desplegado en Irak. No se sabe si coincidieron allí, ni si se cruzaron algún día por azar en la base aérea norteamericana de Al Asad.

Sus vidas, en todo caso, volvieron a entrelazarse en la dramática jornada del 6 de enero en el Capitolio de Washington, cuando una turba de trumpistas y militantes de extrema derecha, espoleados por el expresidente Donald Trump, derrotado en las elecciones, asaltaron el Congreso para tratar de impedir la confirmación oficial de  Joe Biden como nuevo presidente de Estados Unidos. Los dos estuvieron allí, cada uno en una trinchera. Goodman salió vivo y aclamado como un héroe. Babbit acabó muerta y celebrada  por los suyos como una mártir.

La reconstrucción de los hechos y varias grabaciones de vídeo han revelado que la actuación de Eugene Goodman, de 40 años, agente del cuerpo de policía del Capitolio, fue esencial para evitar un enfrentamiento armado que podría haber causado  un número indeterminado de víctimas. Goodman se encaró en solitario con un grupo de asaltantes y logró desviar su atención para que le persiguieran escaleras arriba y les alejó de la cámara del Senado donde se encontraban todavía unos cuantos senadores son sus escoltas.

Otro vídeo muestra al mismo oficial alejando al senador republicano Mitt Romney –excandidato a la Casa Blanca odiado por los trumpistas por su actitud crítica con el expresidente– del sector donde se concentraban los asaltantes.

Goodman, que es negro, mostró un gran coraje y sangre fría al enfrentarse a un grupo de extremistas y supremacistas blancos, que enarbolaban símbolos confederados. Su acción podía haberle costado la vida. Como a su compañero Brian D. Sicknick, otro agente del Capitolio, quien murió a consecuencia de las heridas sufridas al enfrentarse a los asaltantes en la zona de la Cámara de Representantes (fue golpeado en la cabeza con un extintor)

Cinco personas murieron ese día en el Capitolio, cuatro de ellas entre los atacantes. Pero aún cabría añadir dos víctimas más: en los días posteriores, dos agentes del cuerpo de seguridad del Congreso se suicidaron, sin que las causas estén claras. No todos los oficiales estuvieron al pie del cañón. Hubo algunos que confraternizaron con los extremistas: seis de ellos han sido suspendidos de empleo y sueldo y otra decena están bajo investigación.

A Eugene Goodman, su valerosa acción le ha valido la concesión –por unanimidad del Senado– de la Medalla de Oro del Congreso. Y quizá algo que para él sea más importante: el homenaje de sus compañeros de la 101ª División Aerotransportada, con la que combatió en Irak (el agente del Capitolio dejó el ejército en el 2006, tras cuatro años de servicio, con el grado de sargento)

Su oponente simbólica del Día de Reyes –simbólica porque no llegaron a verse las caras en el edificio del Congreso–, Ashli Babbit, de 35 años, estuvo bastante más tiempo en el ejército, unos 12 años, aunque salió sin grado alguno. Alistada en la Fuerza Aérea en el 2004, se incorporó al cuerpo encargado de la vigilancia de las bases y fue desplegada en Irak y Afganistán. Posteriormente pasaría a la Guardia Nacional Aérea, que dejó en el 2016. Tras trabajar como guardia de seguridad en una central nuclear, estaba en la actualidad intentando sacar a flote –cargada de deudas– una empresa de piscinas en San Diego.

Babbitt había votado en su momento a Barack Obama pero, al igual que otros muchos, su rechazo de Hillary Clinton la echó en brazos de Donald Trump. Autodefinida en las redes sociales como “patriota” y “libertaria”, poco a poco se fue convirtiendo en una fan del multimillonario presidente –el día de su muerte llevaba una bandera de Trump a modo de capa– y se fue tragando los groseros bulos conspiracionistas de la plataforma ultra Qanon, incluida la mentira de que las elecciones habían sido robadas por los demócratas merced a un fraude masivo. El día antes de viajar a Washington escribió en Twitter: “Nada nos detendrá”.

A ella la detuvo en seco una bala en el cuello. Junto a un grupo de asaltantes, Ashli Babbitt intentaba franquear la puerta de cristal –atrancada– que daba paso al vestíbulo donde estaba el despacho de la presidenta de la Cámara de Representantes (speaker), la demócrata Nancy Pelosi –satanizada por los trumpistas–, cuando un agente de seguridad le disparó con su pistola reglamentaria. El vídeo es estremecedor. Murió poco después en el hospital.

La muerte de Babbitt –y de las otras cuatro personas que perdieron la vida ese día en el Capitolio– ha de ponerse sin duda en la cuenta de Donald Trump, que alentó la insurrección. Que el Senado le haya absuelto políticamente de su segundo impeachment –en el que estaba acusado precisamente de atizar la revuelta– no le exime lo más mínimo de su inmensa responsabilidad moral. Por más que le resbale.

Pero culpar a Trump, aun siendo legítimo e incluso necesario, no basta. Más allá de las arengas populistas, de las mentiras y las manipulaciones de las redes sociales, de la base donde fermentan el descontento social, la ira y el resentimiento, al final lo único que cuenta es la responsabilidad individual. “La libertad supone responsabilidad. Por eso la mayor parte de los hombres la temen”, escribió  George Bernard Shaw. Cuando llega el momento decisivo, uno tiene que optar. Y decidir si quiere ser Eugene Goodman o Ashli Babbit.


lunes, 8 de febrero de 2021

La pataleta de las vacunas


@Lluis_Uria

El neoyorquino Oliver Stone, oscarizado director de películas como Platoon, Wall Street o Nacido el 4 de julio, aprovechó una reciente estancia en Rusia –donde prepara un documental sobre el cambio climático– para arremangarse la camisa y darse un pinchazo de la Sputnik V, la vacuna rusa contra la covid. “No comprendo por qué esta vacuna es ignorada en Occidente”, declaró en televisión. El  martes la revista científica The Lancet le daba la razón y corroboraba que la Sputnik V, desarrollada por el Centro Nacional Gamaleya de Epidemiología, es segura y su eficacia ronda el 92%.

Moscú ha presentado ya ante la Agencia Europea del Medicamento (EMA) su vacuna y no sería de extrañar que en poco tiempo –Alemania está a favor– pudiera sumarse a las que la Unión Europea tiene ya aprobadas y en fase de suministro (las occidentales BioNTech/Pfizer, Moderna y AstraZeneca), compensando así la presunta penuria que padecemos... Vladímir Putin se ha apresurado a ofrecer 100 millones de dosis a la UE y el euroescéptico primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ha sido el primero en firmar un pedido. ¡Pobres europeos! ¡Salvados por los rusos!

¿En serio? Todas las vacunas son bienvenidas, también la rusa. Pero si dejamos de mirarnos el ombligo y observamos el resto del mundo, comprobaremos que no hace falta que nos salve nadie, que los europeos somos unos privilegiados y que la histeria generada por el retraso que ha sufrido el suministro de algunas de las vacunas contratadas por la Comisión Europea es ridícula. Es la pataleta de unos niños ricos, mimados y egoístas.

Es cierto que Estados Unidos y el Reino Unido nos han pasado la mano por la cara y que su ritmo de vacunación es más alto que el nuestro (otra cosa es la catastrófica gestión de la pandemia que hicieron antes). Y que Bruselas, que por primera vez en la historia ha asumido la responsabilidad de una operación conjunta de este calibre en materia de salud pública, ha cometido algunos fallos. Según Guntram B. Wolff, director del think tank europeo Bruegel, la Comisión encargó y autorizó las vacunas demasiado tarde, entre otras cosas.

Pero el problema principal es probablemente que se han vendido unas expectativas exageradas. Como apuntaba en estas páginas el epidemiólogo Rafael Vilasanjuan, director de análisis del Institut de Salut Global (ISGlobal) de Barcelona, las farmacéuticas prometieron más de lo que podían cumplir y “los políticos se agarraron (a ello) como un clavo ardiendo”.

Las presiones políticas y la ansiedad de la opinión pública –cuando no bastardos intereses por erosionar una iniciativa europea que profundiza la unión– explican más la crisis de las vacunas que los retrasos en su producción. Y probablemente el peor error de Bruselas no haya sido tanto subestimar las complicaciones esperables en la fabricación de los sueros –tal como reconocía la presidenta de la CE, Ursula von der Leyen, en una entrevista con La Vanguardia– como haber cedido a la paranoia ambiental y haber llegado al punto de activar irreflexivamente una cláusula del Brexit para controlar las exportaciones de vacunas –algo que después rectificó– que ha estado a punto de abrir una  grave e innecesaria crisis en Irlanda del Norte.

Quizá no esté el 70% de la población europea vacunada antes de finales del verano como insisten en prometer los políticos de los 27 con distinto énfasis. Pero sí parece claro, como concluye un estudio de The Economist Intelligence Unit, que Europa, al igual que Israel, EE.UU. y el Reino Unido, habrán culminado una vacunación masiva de su población a finales de año. Mientras, los países más pobres deberán esperar al 2024... Los ricos estamos acaparando las vacunas (Europa ha reservado para sí misma 1.600 millones de dosis) y los que vengan detrás, que se espabilen.

Mientras tanto, dos potencias han salido a ocupar el espacio que hemos dejado vacío, en una auténtica diplomacia de la vacuna que pretende ampliar o profundizar sus áreas de influencia. Se trata de Rusia, con su Sputnik V,  y de China, con las vacunas de Sinopharma y Sinovac, que han lanzado la caña en África y América Latina.

Moscú ha colocado ya su vacuna en Arabia Saudí, Argelia, Argentina, Bielorrusia, Bolivia, Guinea, Egipto, Hungría, Irán, Kazajistán, México, Palestina, Paraguay, Serbia o Venezuela. Pekín lo ha hecho en Arabia Saudí, Azerbaiyán, Bahrein, Brasil, Camboya, Chile, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Filipinas, Indonesia, Irak, Jordania, Malasia, Marruecos, México, Pakistán, Perú, Serbia, Senegal, Tailandia, Turquía, Ucrania...

A chinos y rusos se ha sumado también India, que sin haber acabado de desarrollar todavía  una vacuna propia es uno de los mayores productores farmacéuticos y ha empezado a distribuir gratuitamente millones de dosis de las occidentales en Bangladesh, Birmania, Bután, Maldivas, Mauricio, Nepal o Seychelles.

Los europeos, hasta ahora, se han limitado a contribuir al programa Covax, la iniciativa de la Organización Mundial de la salud (OMS) para garantizar que las vacunas de la covid llegan a todo el mundo. EE.UU. ni eso... El jueves, los responsables de Covax anunciaron la distribución, en el primer semestre de este año, de  330 millones de dosis en 145 países, lo que permitirá vacunar al 3,3% de la población. Pero este dispositivo, que aún no ha logrado recaudar todo el dinero necesario, sólo garantizará en el mejor de los casos inmunizar al 20% de la población. Una protección insuficiente que puede fácilmente volverse en contra nuestra.

Como subrayaba en Foreign Policy el politólogo Jonathan Tepperman, el retraso en la inmunización general puede costar 9 billones de dólares a la economía mundial a causa de la retracción de la demanda y la ruptura de las cadenas de suministro. Y puede dar tiempo para que el virus de la covid, el taimado SARS-CoV-2, siga mutando y adopte variantes más peligrosas. Que tarde o temprano nos llegarían a todos.