lunes, 28 de mayo de 2018

Hasta aquí, todo va bien...


La Busserine es un barrio de viviendas sociales del norte de Marsella donde viven 4.000 personas, una cité como tantas otras a lo largo de Francia donde se concentra la población de origen inmigrante y todos los problemas de la República: fracaso escolar, paro, marginación, violencia, crimen. La Busserine es, junto a otros barrios de la zona, un centro activo de distribución de droga. Este lunes pasado, al final de la tarde, irrumpieron a gran velocidad en el barrio dos vehículos de color negro con media docena de hombres armados que una vez en tierra sacaron sus kalashnikov y dispararon al aire, sin que la patrulla de la policía que acudió rápidamente al lugar –y con la que los encapuchados se encararon con chulería– pudiera hacer nada por evitar su huida. No hubo ningún herido, pero el mensaje que el comando quería trasladar llegó sin duda a sus destinatarios.

Tres días antes, el viernes, una banda de adolescentes que estaban jugando al fútbol en la cité de Saragosse, en Pau (Pirineos Atlánticos), apaleó hasta la muerte a un joven negro originario de Burkina Fasso. Se ignoran los motivos de tal desencadenamiento de violencia, ni si en el ataque hubo un componente racista. Pero por el momento hay dos detenidos, imputados ya por homicidio, dos franceses de origen checheno y azerí...

En los barrios desfavorecidos de las banlieues francesas hay un fondo de violencia permanente, de baja intensidad –salvo para quienes la sufren–, vinculada a una grave fractura social que es la falla potencialmente más desestabilizadora que amenaza a Francia. Cada cierto tiempo, los alcaldes de las zonas afectadas –un total de 1.436 barrios en dificultades, en los que viven 5,3 millones de personas (el 8,4% de la población), según el censo del 2015– tocan el timbre de alarma e intentan despertar a los adormecidos poderes públicos sobre la gravedad de la situación. Lo volvieron a hacer a finales del año pasado, lo que forzó de alguna manera al presidente Emmanuel Macron a encargar al exministro Jean-Louis Borloo un informe al respecto. Lo que ha descubierto Borloo no es nada realmente nuevo. La cosa está muy mal, y viene de muy lejos.

Los primeros disturbios de consideración en los barrios de las periferias urbanas francesas a causa del malestar social se dieron ya en los años 1979 y 1981, en la banlieue de Lyon. Y de hecho también los primeros planes gubernamentales para estos barrios deprimidos –de éxito desigual, por ser generosos– datan de esa misma época. El potencial explosivo de la amargura y el resentimiento que se estaba incubando en los guetos de los suburbios lo expresó magistralmente el director Mathieu Kassovitz en su película La haine (el odio), estrenada en 1995, diez años antes de que todo estallara en la histórica revuelta de las banlieues del otoño del 2005.

En los últimos cuarenta años en Francia se han aprobado y puesto –total o parcialmente– en práctica una docena de planes urbanos para sacar a los barrios difíciles de su postración. Sin gran éxito. El informe Borloo, presentado el mes pasado, presenta un panorama desolador. “Es un escándalo absoluto”, afirmaba el exministro, cuyo diagnóstico de la situación podría resumirse en una frase: “Hay 500.000 jóvenes de entre 16 y 24 años, al pie de los bloques de viviendas, con los brazos cruzados. Vivimos en un país donde una cuarta parte de la juventud está en paro”. Este es el verdadero caldo de cultivo del problema. El origen del resentimiento. Y de la delincuencia rampante. Jóvenes sin trabajo y sin horizontes.

Borloo presentó al presidente Macron un plan de choque con una veintena de medidas y un presupuesto de decenas de miles de millones. Y la demanda de un liderazgo fuerte: “Necesitamos un general Patton”, dijo. El presidente Macron le respondió públicamente el pasado martes metiendo el plan en un cajón, con un discurso repleto de vaguedades. “No voy a anunciar un plan para las banlieues, porque esta estrategia es tan vieja como yo (...) y ya ha dado todo de sí”, argumentó.

En Francia, con una inmigración más antigua y más numerosa –tiene la población musulmana más grande de Europa–, el problema es más patente y más lacerante. Pero es común a todos los países industrializados europeos.  En España no ha adquirido todavía la misma profundidad, pero ahí está  también, incubándose. Las primeras señales tienen ya casi dos décadas –recuérdese la crisis de Ca n’Anglada (Terrassa) en 1999– y siguen llegando de forma alarmante en la actualidad: véase el comando yihadista que atentó en Barcelona y Cambrils, amamantado en Ripoll...

En un informe del  Real Instituto Elcano del 2016 sobre la integración de la inmigración en España, la politóloga Carmen González Enríquez constataba como uno de los factores positivos –entre otros– el hecho de que apenas hayan surgido guetos urbanos, debido a que los inmigrantes, aunque concentrados en determinadas zonas, están bastante mezclados con la población autóctona (lo que no ha evitado, sin embargo, según alertan otros informes, una segregación muy acusada de sus hijos en determinados centros escolares). Pero de los riesgos que plantea –entre los que cita la degradación de las condiciones laborales de la población inmigrante y los síntomas de radicalización islamista, especialmente acusados en Catalunya–, hay uno que merece particular atención: las segundas generaciones que están llegando al mercado laboral en una situación de crisis, muy diferente a la de sus padres durante el boom inmobiliario, pero cuyas aspiraciones son las de los otros jóvenes de su generación, se enfrentan a un futuro difícil. “Esa aspiración corre un riesgo grande de verse frustrada y provocar sentimientos de exclusión y marginación”. Exactamente lo que ya pasó y pasa en Francia.

Mientras esto sucede ante nuestros ojos, en España y en Catalunya toda la atención política está absorbida desde hace tiempo por los problemas generados por los propios políticos, incapaces de mirar más allá de su ombligo.

En la película de Kassovitz, recibido en 1995 en Francia como un electroshock, uno de los miembros del trío protagonista –integrado por un judío, un musulmán magrebí y un subsahariano–, cuenta un amargo chiste que resume en sí mismo el espíritu pesimista del filme: “Es un hombre que cae de un edificio de 50 pisos. Mientras va cayendo, con el fin de tranquilizarse a sí mismo, va repitiéndose sin cesar: ‘Hasta aquí todo va bien, hasta aquí todo va bien, hasta aquí
todo va bien...”.





lunes, 14 de mayo de 2018

Doktor Nein


Cuando en enero del 2013, hace ya una eternidad, el entonces primer ministro británico David Cameron anunció la convocatoria de un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea –lo que acabaría conduciendo al triunfo del Brexit el 23 de junio del 2016–, en el continente la iniciativa fue recibida con enojo e irritación. ¡Un nuevo chantaje de Londres! El peligro de salida de los británicos era real, pero parecía algo lejano, casi impensable. Una argucia para obtener nuevas ventajas.  El Brexit era una pesadilla, salvo para un puñado de europeístas airados que incluso lo juzgaron deseable. “Amigos ingleses, ¡abandonad la UE pero no la hagáis morir!”, tituló el desaparecido ex primer ministro francés Michel Rocard un artículo publicado el 5 de junio del 2104 en el diario Le Monde. Quien fuera jefe de Gobierno con François Mitterrand reprochaba con dureza a los británicos todos los obstáculos que habían puesto sistemáticamente a lo largo de décadas para impedir avanzar a la UE. Su partida, soñaban Rocard y otros, permitiría por fin reventar el cerrojo.

Michel Rocard llegó a ver cómo los británicos votaban a favor del Brexit, pero poco más. Murió tan sólo nueve días más tarde. Lo que no ha podido ver  después es hasta qué punto los bloqueos que paralizaban Europa se mantienen estando ya el Reino Unido con un pie fuera de la Unión. El Doctor No se va. Y ha dejado al descubierto al Doktor Nein…

El Reino Unido, interesado únicamente en el mercado único, siempre frenó la profundización del proyecto europeo. Francia fue tradicionalmente uno de los motores, pero tras el fiasco del referéndum de la Constitución europea del 2005, quedó durante mucho tiempo incapacitada para adoptar nuevas iniciativas. Hasta la llega de Emmanuel Macron al Elíseo, hace ahora un año, París intentaba no forzar demasiado a su arisca opinión pública. Ni siquiera François Hollande, europeísta acérrimo y presunto hijo político de Jacques Delors, se atrevió a ir muy lejos, más allá de algún arrebato lírico en sus discursos. Entre unos y otros, Alemania podía exhibirse como el guardián del espíritu europeísta. Si no se avanzaba, podía alegarse, era porque Londres y París mantenían tensas las bridas.

Pero el espejismo se ha roto definitivamente. Con los británicos a punto de irse y Macron erigido en el gran profeta de la nueva soberanía europea, la canciller alemana Angela Merkel –que nunca ha tenido la fe europeísta de un Helmut Kohl, ni intención siquiera– ha demostrado que Berlín es quien tiene la mano en el freno. Y que no parece dispuesta a relajarla.

Las propuestas avanzadas por el presidente francés para reforzar la estabilidad de la zona euro y convertirla, de facto, en el núcleo duro de la Unión han recibido al otro lado del Rhin una respuesta gélida. Culminar la unión bancaria y convertir el mecanismo de estabilidad en una especie de fondo monetario europeo, bien, no hay problema, está en la lógica inevitable de las cosas. Pero eso de nombrar un ministro de finanzas de la zona euro y, sobre todo, instaurar un presupuesto propio –con el fin convicto y confeso de invertir en los países más débiles, en una suerte de redistribución indirecta de la riqueza–, nada de nada.

Merkel no ha respondido a Macron con un “no” cerrado, pero le ha dado largas. Y su falta de entusiasmo ha sido más que corroborada a otros niveles: desde la nueva secretaria general de la CDU, Annegret Kramp-Karrenbauer, hasta el flamante ministro de Finanzas, Olaf Scholz –no por socialdemócrata, menos alemán–, quienes ya han manifestado sus reticencias ante algunas ideas del presidente francés. Para Alemania, que en este caso está firmemente escoltada por el primer ministro holandés, Mark Rutte, y sus aliados nórdicos –con quienes ha resucitado una especie de Liga Hanseática 2.0 para superar la orfandad de la marcha del Reino Unido–, el mantra europeo se reduce a una cosa: la disciplina presupuestaria y las reformas estructurales. Déficit, déficit, déficit.

Francia siempre ha pecado, a ojos de la moral luterana centroeuropea, en ambas cosas: dejando engordar la deuda y  manteniendo inalterado –excepto algún maquillaje– su pesado Estado del bienestar. Macron, que en cierta medida aprovecha un camino tímidamente abierto ya por Hollande, está ahora cambiando esto: el déficit público se ha situado por primera vez bajo el listón del 3% del PIB establecido en el pacto de estabilidad –un 2,6% en el año 2017– y el presidente francés parece decidido a impulsar reformas tan conflictivas como la del régimen laboral o el estatus de la sacrosanta SNCF… Poco importa. Nada de todo esto hará cambiar la posición de Berlín.

La solidaridad parece una palabra prohibida, un pecado. Desde Alemania pretende presentarse el problema –se vio con la crisis de la deuda en la eurozona– como el de un sur irresponsable que, cual la cigarra del cuento de la hormiga, pretende vivir de fiesta, sin trabajar, a expensas de sus laboriosos vecinos del norte. La realidad, sin embargo, podría verse también desde otra óptica, no menos cierta: la de un país egoísta que se vanagloria de no gastar ni un céntimo más de lo estrictamente imprescindible –el 2107 cerró con un excedente presupuestario del 1,2%, algo que hasta el FMI le ha reprochado– a expensas de alimentar el déficit de sus socios europeos. Quieren vender sin comprar.

Macron, que no tiene pelos en la lengua –ya se vio en el Capitolio de Washington–, se lo reprochó cariñosamente a los alemanes el jueves en Aquisgrán, donde recibió el Premio Carlomagno. “No puede haber un fetichismo perpetuo por los excedentes presupuestarios y comerciales porque se consiguen siempre a expensas de otros”, dijo. El galardón premia el voluntarismo europeísta de Macron antes de haber logrado nada. Mientras no le pase como a Barack Obama y el Premio Nobel de la Paz...



lunes, 30 de abril de 2018

Bajo los adoquines...


Caroline de Bendern tenía 27 años  cuando se manifestó el 13 de mayo de 1968 por las calles del Barrio Latino de París, junto a miles de estudiantes y trabajadores, en contra del Gobierno del general De Gaulle y de una sociedad conservadora, estancada, autoritaria y asfixiante. Su imagen a hombros de un amigo, enarbolando la bandera del Frente de Liberación de Vietnam (FNL), la convirtió en un icono de la revuelta de Mayo del 68, una especie de moderna recreación de La libertad guiando al pueblo de Delacroix. Modelo y actriz de origen inglés y familia aristocrática –nieta del conde Maurice Arnold de Berdern–, el perfil de Caroline es también representativo del sustrato sociológico que estuvo en la base de aquel movimiento, integrado en gran medida por los cachorros de la burguesía, que nunca fue –pese a las proclamas– realmente revolucionario y que sólo hizo temblar a la V República cuando se sumaron los trabajadores.

Jean-Robert Pitte, rector de la Universidad de París-Sorbona, tenía entonces 19 años, estudiaba en la misma universidad que ahora dirige y siempre estuvo en contra de aquel “movimiento de niños bien”. A sus padres, de extracción modesta, les había costado demasiado esfuerzo que su hijo accediera a la universidad para que un grupo de privilegiados radicalizados echara el curso a perder. Dos mundos...

Mayo del 68 nunca fue un auténtico movimiento revolucionario. Nunca sus dirigentes tuvieron el objetivo de tomar el poder, por más que llegaran a hacer temblar los cimientos del régimen de 1958. Sólo querían sacudir el statu quo, cambiar la sociedad. Y en gran medida lo lograron.

La revuelta de Mayo del 68 adquiere el carácter de tal el 3 de mayo, cuando la policía entra en la Universidad de la Sorbona para desalojar por la fuerza a los estudiantes que la habían ocupado y detiene a más de 600... Pero el embrión es anterior. El foco no está en París, sino en Nanterre –en la periferia oeste de la capital–, donde los universitarios inician un movimiento de protesta contra el régimen del internado universitario, que consideran demasiado restrictivo y anticuado. De hecho, su principal reivindicación en ese estadio inicial es que las chicas puedan recibir a chicos en sus habitaciones (cosa prohibida, aunque autorizada a la inversa). Pronto las cosas se complican con la detención de un estudiante durante una protesta contra la guerra de Vietnam, a raíz de la que empezarán las ocupaciones y nacerá el llamado Movimiento del 22 de Marzo. Su principal líder, un estudiante alemán llamado Daniel Cohn-Bendit –conocido como Dani el Rojo, por el color de su pelo, ahora ya blanco–, acabaría siendo uno de los dirigentes más destacados y mediáticos de Mayo del 68.

Vietnam... La escalada bélica en la antigua Indochina francesa, con la intervención abierta de Estados Unidos contra el régimen comunista de Vietnam del Norte (1964-1973), está en el origen mismo del movimiento de protesta de los estudiantes franceses en 1968. Algo que vincula directamente la revuelta en Francia con las protestas de los jóvenes de EE.UU. –contra la guerra de Vietnam, por los derechos civiles de la minoría negra y por la libertad de expresión política en las universidades–, cuyo epicentro más activo se localizó en la universidad de Berkeley, California.

1968 fue un año en el que las ansias de libertad y justicia se extendieron por todo el mundo. Desde la Primavera de Praga, el intento fallido de instaurar un socialismo más abierto, de rostro humano –cruelmente aplastado por los tanques del Pacto de Varsovia en agosto–, hasta el movimiento estudiantil que reclamaba más democracia en México, ahogado en sangre el 2 de octubre en la matanza de la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, pasando por la agitación antifranquista –reprimida por el régimen– de las universidades españolas.

La especificidad de la revuelta francesa es la intervención, a partir de mediados de mayo, del movimiento obrero, con las primeras huelgas y ocupaciones de fábricas. Los comunistas franceses eran al principio reacios e incluso contrarios al movimiento –“pseudorrevolucionarios”, les llamó despectivamente el secretario general del PCF, Georges Marchais–, pero se acabaron viendo arrastrados por las bases, que obligaron a los sindicatos a tomar la iniciativa. El 20 de mayo, con 10 millones de huelguistas, Francia quedó paralizada y la V República tembló.

Los comunistas, sin embargo, tampoco querían tomar el poder y el Gobierno pronto encontró el cauce para negociar con los sindicatos amplias mejoras salariales y laborales para los trabajadores. A la primera reunión exploratoria, el primer ministro Georges Pompidou envió al entonces secretario de Estado de Empleo –y futuro presidente de la República–, Jacques Chirac, que acudió armado con una pistola por si las moscas. Así estaban las cosas... Pero una vez se alcanzó un pacto –los llamados acuerdos de Grenelle– y De Gaulle movilizó a los suyos con una gran manifestación de adhesión en los Campos Elíseos  –la primera que se adjudicó la osada cifra de un millón–, los trabajadores no tardaron en regresar a las fábricas. A partir de ahí, el movimiento estudiantil estaba condenado.

El movimiento sí, pero no su legado.  Mayo del 68 encarnó una esperanza de más libertad –política, individual, sexual– que acabaría imponiéndose en las costumbres y los hábitos sociales. Con las calles del Barrio Latino trufadas de barricadas y las paredes llenas de pintadas, alguien escribió en la Sorbona: “Bajo los adoquines, la playa”. Un mensaje de ilusión, de voluntad de cambio, que contrasta con el desánimo y el repliegue desconfiado que atenaza a la Europa de hoy. Cincuenta años después, sólo parece haber espacio para el sarcasmo. Como el chiste que circula estos días: “Mayo de 1968, los jóvenes salen a la calle; mayo del 2018, los jubilados salen a la calle. Son los mismos...”





martes, 17 de abril de 2018

Una pequeña guerra revigorizante


(Actualizado el 15/04/2018)


El lunes 2 de septiembre del 2013, La Vanguardia abría su portada con este titular: “Obama presiona al Congreso: Siria empleó gas sarín”. El entonces presidente de Estados Unidos había decidido inesperadamente solicitar la autorización de la Cámara de Representantes y del Senado para lanzar un ataque militar de represalia contra el régimen de Bashar el Asad por haber atacado a su propia población con armas químicas el 21 de agosto anterior, dejando un reguero de centenares de muertos. Una “línea roja” que Obama había advertido expresamente que no toleraría que fuera sobrepasada.

Sin embargo, ese no debería haber sido el titular de aquel día. Al menos, no era lo que estaba previsto. Lo que estaba previsto –pero casi nadie sabía–, según ha revelado ahora el expresidente francés François Hollande en su libro de memorias de sus cinco años en el Elíseo –Les leçons du pouvoir (Las lecciones del poder)–, es que en la madrugada del domingo 1 de septiembre, los ejércitos de EE.UU., Francia y el Reino Unido debían lanzar un ataque  combinado contra objetivos militares en Siria.

“Al término de las discusiones (con Obama), nuestro acuerdo parece total –rememora Hollande–. Las fuerzas armadas desplegadas frente a las costas sirias están preparadas. Los objetivos han sido seleccionados por los dos estados mayores; los misiles serán lanzados desde los barcos que navegan por la región; deben aniquilar varias instalaciones militares sirias situadas fuera de las ciudades, con el fin de respetar a la población civil. La fecha está decidida: domingo 1 de septiembre del 2013”. Pero, el sábado, una llamada telefónica de Obama obliga a suspender los planes: a la vista de la oposición con que David Cameron ha topado en el Parlamento británico, el presidente estadounidense decide consultar al Congreso.

El resto es conocido. La “espantada” norteamericana –por recurrir a la expresión que utiliza el propio Hollande– dio pie a que Rusia interviniera en la crisis y evitara –mediante un acuerdo sobre la destrucción de las armas químicas de Damasco, alcanzado el 14 de septiembre– un ataque occidental contra El Asad. El mundo respiró hondo. Pero no todo el mundo.

 “Una intervención hubiera cambiado el curso de los acontecimientos”, constata cinco años después con cierto tono de amargura Hollande, quien más presionó en ese momento para atacar. También podría decirse lo contrario. La no intervención probablemente también cambió –acaso de forma más profunda– el curso de los acontecimientos. En Siria y más allá. La inhibición occidental convenció al líder ruso, Vladímir Putin, de que Europa y sobre todo EE.UU. no estaban dispuestos a ir muy lejos, a comprometerse de verdad en una crisis internacional que tuviera a Moscú como oponente. Demasiado riesgo... En las mismas memorias de Hollande, el expresidente francés –que juzga a Putin un hombre glacial que no duda en utilizar la intimidación psicológica con sus interlocutores– cree que el presidente ruso observa con condescendencia a los líderes occidentales, que juzga pusilánimes y esclavos de sus respectivas opiniones públicas.

El caso es que después de la “espantada” de Obama, Putin se sintió con las manos libres. Así, en marzo del 2014 y ante el giro proeuropeo y proatlantista que se estaba produciendo en Ucrania, decidió recuperar por la fuerza la península de Crimea –cedida a Ucrania en tiempos de la URSS y donde Rusia tiene  la base de la flota del Mar Negro–, sin que los occidentales hicieran más que indignarse y aprobar sanciones económicas. Del mismo modo, en septiembre del 2015 el Kremlin decidió intervenir directamente en la guerra de Siria en apoyo de su aliado Bashar el Asad. Junto con las milicias chiíes de Irán y del libanés Hizbulah, los rusos consiguieron invertir la tendencia de la conflagración y hoy El Asad está más fuerte que nunca.

Tampoco Estados Unidos y Europa hicieron nada. De hecho, y por muchos tomahawks –tampoco tantos: unos 60 sobre una base aérea– que Donald Trump decidió lanzar contra Damasco en abril del año pasado, tras el penúltimo ataque químico del régimen, lo cierto es que EE.UU. ha dado más bien la sensación de desentenderse del conflicto sirio. Tras dejar toda la iniciativa diplomática a Moscú, Teherán y Ankara, Trump –que habla por Twitter según el pie con que se levanta, antes de pararse un minuto a pensar o de preguntar nada a nadie– anunció días atrás su intención de retirar sus tropas... ¿A quién puede extrañar que El Asad se creyera impune?

El uso de armas químicas del sábado 7 de abril contra el último reducto rebelde de la Guta oriental, atrincherado en la población de Duma  –tan cerca de Damasco como si habláramos de L’Hospitalet respecto a Barcelona o del barrio de Vallecas respecto al centro de Madrid–, fue brutal, cruel, inhumano... Pero no gratuito. Según medios libaneses, la acción del ejército sirio pretendía –y consiguió– que los últimos resistentes de la milicia islamista Ejército del Islam se rindieran. De hecho, al día siguiente pidieron negociar con Damasco y acabaron de desalojar definitivamente el enclave este jueves.

Cinco años después de las dudas de Obama, Estados Unidos, Francia y el Reino Unido se han puesto finalmente de acuerdo para lanzar un ataque múltiple de represalia sobre Siria. Sólo que ya no es lo mismo. La intervención militar de esta madrugada –que en principio y aparentemente se pretende limitada- difícilmente cambiará ya el curso de los acontecimientos en la guerra siria. Salvo que un error de cálculo o un descuido condujeran inadvertidamente hacia una escalada de imprevisibles consecuencias.

No es esa la intención, desde luego. De nadie. Por el contrario, varios elementos permiten pensar, a estas horas, que la operación –por vistosa que parezca- se acerca más a la acción de Trump de hace un año que a la gran intervención militar imaginada en el Elíseo en el 2013. De entrada, los norteamericanos, al igual que en el 2017, han prevenido a Moscú  antes de atacar, razón por la cual –y en contra de lo que habían amenazado- los rusos no han tratado en ningún momento de interceptar los proyectiles occidentales con sus propias defensas antiaéreas y antimisiles. Y tras concluir la operación, Washington se ha apresurado a subrayar, a través de su secretario de Defensa, James Mattis, que se ha tratado de “ataques puntuales”.

Si efectivamente esto acaba aquí, nada sustancial cambiará en el tablero geopolítico de la región. Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, aparte de lustrar su buena conciencia, habrán recordado que también tienen cosas que decir sobre el futuro de Siria –y no únicamente Rusia, Irán y Turquía- y los tres líderes occidentales que han conducido la acción verán reafirmada su autoridad política y moral en sus respectivos países. Donald Trump –acosado cada vez más de cerca por el FBI en el caso Rusiagate-, Emmanuel Macron –sometido a un frente de contestación social inédito desde hace  un par de décadas- y Theresa May –en el filo de la navaja a causa de Brexit y los ataques que recibe dentro de su propio partido- tienen suficientes problemas en casa como para celebrar la oportunidad de desviar la atención con una buena pequeña guerra revigorizante.




martes, 3 de abril de 2018

Los buenos de la película


Mireille Knox, de 85 años, murió asesinada en su modesto piso del distrito 11 de París el pasado 23 de marzo. La infortunada anciana fue acuchillada y su cuerpo, posteriormente quemado con la intención aparente –e ilusoria– de borrar las huellas del crimen. La policía ha detenido a dos sospechosos, a quienes la fiscalía imputa un asesinato de carácter antisemita, dada la confesión judía de la víctima. La investigación acabará determinando este extremo, pero si tal fuera el caso, sería uno de esos trágicos golpes de efecto que a veces parece reservarnos la vida, pues Mireille Knox era una superviviente de la tristemente famosa redada de Vel d’Hiv, de 1942, cuando más de 13.000 judíos fueron detenidos en París por la policía francesa, internados en condiciones penosas en el antiguo y ya desaparecido Velódromo de Invierno –de ahí el nombre–,  trasladados después a campos de tránsito –el más importante, el de Drancy, en la periferia noreste de la capital– y reexpedidos en tren hacia Alemania y Polonia, a los campos de exterminio nazis.

La redada se desencadenó entre el 16 y el 17 de julio de 1942 y la llevaron a cabo policías y funcionarios franceses, siendo jefe de Gobierno el siniestro Pierre Laval, el más germanófilo del régimen colaboracionista instaurado por el mariscal Pétain en Vichy. París era zona ocupada, pero los alemanes no intervinieron. Fueron exclusivamente franceses quienes durante esos dos días detuvieron a 13.152 judíos, la mayoría refugiados de la Europa del Este, muchos de ellos mujeres y niños, dispuestos a enviarlos a la muerte para congraciarse con el aliado alemán. Entre ellos no estaba Mireille Knox, pues pocos días antes había huido con su madre en dirección a Portugal. La redada de Vel d’Hiv no fue la única, aunque sí la más espectacular. En total, durante la Segunda Guerra Mundial el Gobierno francés deportó a 76.000 judíos a petición de la Alemania nazi, de los que sobrevivieron menos de 2.000.

La redada de Vel d’Hiv, cuyo recuerdo ha sido suscitado de nuevo por el asesinato de Mireille Knox, fue durante décadas un tabú. Un agujero negro. Un episodio borrado de la memoria colectiva como el propio Velódromo de Invierno, derruido en 1959. Hubo que esperar hasta 1995 para que un presidente de la República, Jacques Chirac, admitiera por primera vez públicamente la responsabilidad del Estado francés: “Francia, ese día, cometió lo irreparable”, afirmó con gravedad. Francia, dijo...

Hasta ese momento, la historia oficial consideraba a Vichy poco menos que como un poder usurpador, cuando la realidad es que el Parlamento francés fue el que –“democráticamente”– otorgó plenos poderes a Pétain y enterró la III República. Pero esa realidad no era la que se quería escuchar. Como tampoco se quería aceptar que buena parte de Francia se acomodó bien a la ocupación alemana, que París siguió siendo bastante una fiesta –como puso de manifiesto una polémica exposición del Ayuntamiento de la capital  en el 2008 con material cinematográfico de los propios alemanes–. Que la Resistencia, al margen del pequeño grupo que rodeó al general De Gaulle desde el principio, no adquirió relevancia hasta que Hitler invadió la Unión Soviética en 1941, rompiendo los acuerdos Ribentropp-Molotov, y los comunistas –hasta entonces tolerados– se echaron al monte. Y que no empezó a recibir masivas incorporaciones hasta que se sumaron  jóvenes desesperados por escapar al llamado Servicio de Trabajo Obligatorio (STO) por el cual empezaron a ser enviados en 1943 en masa a Alemania para trabajar dos años en las fábricas y en las granjas.

Francia tenía un relato impecable. Eran los buenos de la película. Héroes de una pieza. Sólo con el tiempo algunos dirigentes políticos se han atrevido a ensombrecer la historia oficial, para disgusto de los nacionalistas. “Francia no es responsable de Vél d’Hiv; si hay responsables, son los que estaban en el poder en esa época, no Francia”, declaró  en la última campaña  de las elecciones presidenciales la líder del FN –ahora rebautizado como Reagrupamiento Nacional–, Marine Le Pen. Para la ultraderecha, Francia no es culpable de la persecución de los judíos bajo la ocupación (como tampoco de los terribles abusos perpetrados por el ejército en la guerra de Argelia). Lo demás es un arrepentimiento fuera de lugar, autoflagelatorio...

Si Francia ha revisado parcialmente en los últimos años la reescritura de la Historia que hicieron los vencedores terminada la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno polaco del partido ultranacionalista Ley y Justicia, de Jaroslaw Kayczinsky, pretende hacer lo contrario. El Parlamento de Varsovia, desoyendo por enésima vez todas las advertencias por su deriva autoritaria, aprobó el pasado mes de enero una ley que castiga con penas de cárcel a quien acuse a los polacos de complicidad en el Holocausto y a quien simplemente adjetive como “polacos” los campos de exterminio levantados por los nazis en Polonia durante la guerra, como el de Auschwitz. Pretender dictar la historia desde la ley no es sólo una aberración intelectual y democrática, sino que además en este caso –como en la mayoría– implica una enorme falsedad. Pues no fueron pocos los polacos que colaboraron con los nazis y que entregaron a judíos –por antisemitismo o mero afán de rapiña– a sus verdugos. “Es más fácil esconder un carro de combate bajo la alfombra que un niño judío en casa”, constató la enfermera Irena Sendler, el Ángel del Gueto de Varsovia, que salvó a 2.500 niños judíos sacándolos de allí escondidos por todos los medios.

La Historia no es un cuento de buenos y malos, por mucho que los nacionalistas de toda condición –ayer, hoy y mañana– pretendan lo contrario. La realidad es siempre compleja, poliédrica. La luz esconde muchas sombras. Y en la sombra se ocultan  muchas culpas inconfesables.



lunes, 19 de marzo de 2018

Entre espías anda el juego


En los pasillos del Quai d’Orsay se contaba años atrás que, en sus tiempos como presidente del Gobierno español, Felipe González se acostumbró a enviar cada año un jamón de Jabugo al entonces presidente de la República, Jacques Chirac. Y que las cosas empezaron a torcerse entre el líder gaullista y el siguiente inquilino de La Moncloa, José María Aznar –con quien tendría ocasión de enfrentarse a cara de perro a raíz de la guerra de Irak–, cuando el refundador del PP decidió dejar de enviar el jamón al Elíseo...

Dádivas e intercambios de este tipo son bastante habituales entre jefes de Estado y de Gobierno. Esta misma semana, la canciller de Alemania, Angela Merkel, reconoció que de vez en cuando envía al presidente de Rusia, Vladímir Putin, algunas botellas de cerveza de la casa Radeberger –fundada en 1872 en la población del mismo nombre y primera cervecera alemana en elaborar exclusivamente cerveza pilsner–, a cambio de lo cual el nuevo zar de todas las Rusias le remite selecto pescado ahumado.

Vladímir Putin se aficionó a la Radeberger  durante los años en que estuvo destinado en Dresde, en la antigua República Democrática de Alemania, como agente del mítico KGB (Comité de Seguridad del Estado) entre 1985 y 1990, en el momento final de la Unión Soviética. El joven espía contaba 32 años cuando se trasladó a la RDA con su primera esposa, Ludmila, y su hija María, y en la capital de Sajonia nació la segunda, Ekaterina. El agente Putin, cuyo nombre en clave era Plátov –en recuerdo del general cosaco que hostigó al ejército de Napoleón en retirada en 1812-1813–, se encargaba de obtener información sobre las redes de la disidencia.

No consta que Plátov fuera un agente extraordinario, tan sólo un espía más del KGB. Sin embargo, y gracias a los cambios que trajo consigo la perestroika y la descomposición de la URSS, acabó en 1998 siendo nombrado director de los nuevos servicios secretos rusos, que pasaron a llamarse FSB (Servicio Federal de Seguridad). Y si duró poco en el puesto, es porque al año siguiente fue nombrado primer ministro por el presidente Borís Yeltsin.

En su etapa como espía en la RDA, Putin no sólo se aficionó a la Radeberger, sino que vivió acontecimientos que le marcaron personal y políticamente. Sus biógrafos coinciden en destacar la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento de la RDA, que vivió en directo, como momentos clave de su trayectoria. El 5 de diciembre de 1989, una multitud asaltó la sede  de la Stasi –la policía secreta germanoriental– en Dresde, a pocos metros de las oficinas del KGB, cuyos agentes se dedicaron a destruir todo el material comprometedor de que disponían, mientras esperaban –inútilmente– que Moscú diera la orden de desplegar los tanques. Nunca salieron. “Lo destruimos todo, todo el material sobre nuestros contactos, sobre nuestros agentes, yo mismo quemé una gran cantidad de documentos. Quemamos tantos que el horno acabó por explotar”, contó personalmente Putin en una rara serie de entrevistas publicada en el 2000.

El presidente ruso aprendió en Dresde cuán frágil puede ser el poder que otrora pareciera omnímodo. Aprendió a desconfiar. Y a ahogar cualquier disidencia desde la cuna. El propio modelo político de la RDA, que toleraba otros partidos diferentes al comunista siempre que se sometieran al régimen, parece ser el que el jefe del Kremlin intenta poner en práctica en la Rusia del siglo XXI. Como espía, también aprendió a utilizar métodos expeditivos y a no tener demasiados escrúpulos. En ese mundo, a fin de cuentas, sólo cuenta la razón de Estado, al margen de la ley o de la moral. Por ello, resulta extremadamente difícil creer que la sistemática eliminación de exespías, opositores y disidentes rusos que se está produciendo en Londres pueda estar llevándose a cabo sin la aquiescencia –o la orden directa– del Kremlin.

Probablemente es también más que una casualidad –más bien, un síntoma– que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, haya decidido cambiar a Rex Tillerson, un hombre pragmático y temeroso de la ley internacional, por el ex jefe de la CIA Mike Pompeo  al frente del Departamento de Estado, piedra angular de la política exterior norteamericana. Mike Pompeo no es un espía. A diferencia de Putin –o de su sucesora al frente de  La Agencia, Gina Haspel– no ha hecho carrera previa como agente. Pompeo, si bien graduado en West Point –además de en  Harvard– , hizo carrera como empresario en el sector aeronáutico antes de meterse en política de la mano de la secta ultra del Tea Party.

Pero sus años como miembro del comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes y como director de la CIA hacen que los métodos de los servicios secretos no le sean en absoluto ajenos. Y ni siquiera chocantes, puesto que dentro del partido republicano Pompeo ha manifestado ampliamente un perfil duro e intransigente. El nuevo jefe de la diplomacia estadounidense es una persona que no se ha andado con  remilgos en el pasado ni es de esperar que lo haga en el futuro. Un verdadero halcón que considera imprescindible mantener la prisión de Guantánamo y lamenta que Obama cerrara las cárceles irregulares que la CIA diseminó por el mundo, que ve en los líderes musulmanes a los cómplices necesarios del terrorismo yihadista, que está por derrocar el régimen comunista-dinástico de Corea del Norte y por abortar el acuerdo nuclear con Irán, y que parece poco inclinado a contemporizar con la Rusia de Putin a pesar de las simpatías iniciales de su comandante en jefe.

Cuando una nueva guerra fría parece haberse instalado de nuevo entre Rusia y Occidente, que los modos de la confrontación se emancipen de los usos diplomáticos y se sometan a la lógica de los espías es todo menos tranquilizador.




lunes, 5 de marzo de 2018

El legado del diablo


No está claro qué diferencia hay –más allá del grado– entre torturar y torturar con moderación. Para Jean-Marie Le Pen, el viejo patriarca de la ultraderecha francesa y cofundador del Frente Nacional (FN), es la misma que separa lo inaceptable de lo aceptable. “Sí, el ejército francés la practicó (la tortura) para obtener información durante la batalla de Argel, pero los medios que empleó fueron lo menos violentos posible. Entre ellos figuraban los golpes, la gégène (electrocución, en el argot militar francés) y la bañera (inmersión de la cabeza en el agua), pero ninguna mutilación, nada que afectara a la integridad física”. Lo relata con comprensión el propio Le Pen –que fue teniente de paracaidistas en la guerra de Argelia– en el primer tomo de sus memorias, Fils de la Nation (Hijo de la Nación), recién aparecido en las librerías. ¡Uf! ¡Qué alivio! Así que eran torturas humanitarias... Aún pareciéndole razonable, el veterano líder de la extrema derecha se cuida de negar las acusaciones que le señalan personalmente como uno de los torturadores...

La aparición de Fils de la Nation, que abarca el periodo entre su nacimiento en 1928 en Bretaña y la fundación del FN en 1972 –lo más jugoso estará en la segunda entrega, programada para diciembre–, ha constituido todo un acontecimiento político y editorial en Francia. La primera edición, de 50.000 ejemplares, se ha agotado antes de salir a la venta y se ha tenido que tirar ya una segunda edición de prisa y corriendo.

Jean-Marie Le Pen se va. Empezó a irse ya en el 2011, cuando cedió la presidencia del partido –todavía lo lamenta hoy– a su hija Marine, quien en estos años se ha afanado por “normalizar” y “desdiabolizar” –aunque sea sólo en la superficie– el Frente Nacional. Esto es, hacerlo más aceptable y digerible, aunque sea a costa de borrar las aristas más afiladas de su padre –“Yo no soy Belcebú”, decía él mismo con cierta sorna y no poca complacencia–, un proceso  que pretende culminar ahora, en el próximo congreso del FN en Lille, el 10 y 11 de marzo, cambiándole el nombre al partido. Lo que su progenitor no ha dudado en calificar de “traición” y “parricidio”, dos términos equivalentes en un clan donde política y familia se funden.

Jean-Marie Le Pen se va. Y por eso publica sus memorias. A sus 89 años, es su último testimonio. Podría considerarse su testamento político, pensando sobre todo en el segundo tomo, pero a este respecto cabe más esperar un ajuste de cuentas. En todo caso, su auténtico legado hay que buscarlo fuera de sus páginas. Jean-Marie le Pen vivió su máximo momento de gloria –y de vértigo– cuando en las elecciones presidenciales del 2002 consiguió el 16,8% de los votos y desbancó al socialista Lionel Jospin –a la sazón, primer ministro–, pasando a la segunda vuelta. Mal que le pese, su hija Marine le superó en el 2017 al obtener el 21,3% en la primera vuelta y el 33,9% en la segunda, con más de 10 millones y medio de votos. De algún modo, él puso la semilla. En otro país, el FN sería un partido fundamental de la vida política. En Francia, merced al sistema electoral mayoritario a dos vueltas, su presencia en el Parlamento es sólo testimonial.

Pero la fuerza del Frente Nacional en Francia, el auténtico legado de Le Pen,  no se mide en diputados y en escaños. Su fuerza –creciente en los últimos años– se mide en influencia ideológica. Y es aquí donde el partido de los Le Pen ha acabado en cierto modo por imponerse. Obnubilado por el modelo del PP español y deseoso de absorber a todo el electorado de la extrema derecha, Nicolas Sarkozy (2007-2012) ya abrió el camino de la aproximación de la derecha a las tesis del FN. Al igual que Donald Trump tenía a Steve Bannon, Sarkozy tenía a Dominique Buisson, un ultra declarado, como principal inspirador. Tras ser desalojada del Elíseo en el 2012 por François Hollande y perder en el 2017 frente a Emmanuel Macron, la derecha francesa vuelve a probar este mismo camino. Tanto más cuanto que el actual presidente de la República ha captado a lo más granado del centroderecha...

El nuevo patrón de Los Republicanos  –última marca de fábrica del antiguo partido gaullista–, Laurent Wauquiez, ha abrazado con fervor las tesis ultras en lo que concierne a la inmigración, el islam, la seguridad ciudadana y –en parte– la Unión Europea, hasta el punto de expulsar del partido a figuras centristas como Alain Juppé o Xavier Bertrand. Adalid de una “derecha desacomplejada”, Wauquiez, con ecos claramente trumpistas, se dirige a “la Francia real”, hace gala de una manera de hablar “franca” y directa –lejos de lo políticamente correcto–, y se presenta como  el defensor de las clases populares y las clases medias empobrecidas y olvidadas... Wauquiez ha descartado hasta ahora todo pacto con el FN –al que de hecho aspira a fagocitar–, pero su confluencia ideológica deja el terreno abonado.

Quien sí ha dado ya el paso, al otro lado de los Alpes, es Silvio Berlusconi –un Trump avant la lettre–, que en las cruciales elecciones de mañana domingo se presenta en coalición con La Liga –abandonada ya la apelación “del Norte” tras abrazar el horizonte nacional italiano– y Hermanos de Italia, donde se mezcla el nacionalismo ultramontano y el populismo xenófobo. Las cosas que se han escuchado estos días en Italia podría suscribirlas el propio Le Pen sin traicionar su ideario. En este contexto, el resultado de las urnas del 4-M será observado con gran atención en tierras de su vecino transalpino, donde podrían ensayarse algunas recetas en las elecciones europeas del 2019. Se dirá que las realidades de Italia y Francia son muy diferentes, pero acaso no lo sean tanto. A fin de cuentas, como decía el escritor Jean Cocteau, “los franceses no son más que italianos malhumorados”.