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Europa busca cómo proteger su industria del masivo desembarco de productos de alta gama ‘Made in China’
Pekín parece hoy el centro del mundo. En los últimos meses no hay dirigente internacional que se precie que no haya viajado a la capital del antiguo Imperio del Medio a reunirse con el emperador comunista, Xi Jinping. Los últimos en pasar por allí, con escasos días de diferencia, han sido los presidentes de Estados Unidos, Donald Trump, y de Rusia, Vladímir Putin. Pero no han sido los únicos. Previamente los europeos protagonizaron un auténtico desfile: el francés Emmanuel Macron pasó por allí en diciembre, el británico Keir Starmer en enero, el alemán Friedrich Merz en febrero, el español Pedro Sánchez en abril…
Las
guerras comerciales desatadas por EE.UU. el año pasado y la desestabilización
del comercio mundial inducida por los conflictos bélicos explican en parte esta
fiebre por buscar un arreglo con el gigante asiático, convertido tanto en una
oportunidad como en una amenaza. La constatación de que, ante el aumento de los
aranceles norteamericanos, los chinos han empezado a desviar su sobreproducción
industrial hacia Europa ha disparado todas las alarmas, poniendo en evidencia
la necesidad urgente -largo tiempo sentida, por otra parte- de reequilibrar las
relaciones comerciales bilaterales. Otra cosa es que cada cual acuda a Pekín
con su propia agenda y sus propios intereses.
La apuesta de Pedro Sánchez por captar inversiones chinas en España, por
ejemplo, ha sido vista con suspicacia en otros países europeos y en Bruselas.
Pekín parece decidido a aprovechar la oportunidad para externalizar en el sur
de Europa, y particularmente en España, parte de su producción de automóviles
con el fin de evitar los aranceles comunitarios. Las compañías chinas están
multiplicando sus proyectos en suelo europeo: los de Chery (en la antigua
factoría de Nisssan en Barcelona), Leapmotor (en Zaragoza y Madrid, a través de
un acuerdo con Stellantis, que también ha pactado con la china Dongfeng hacer
lo mismo en la ciudad francesa de Rennes) y SAIC (Galicia), o del fabricante de
baterías CATL (Zaragoza), son los más avanzados, pero también están buscando
emplazamientos otros fabricantes como BYD, Changan o Geely.
El
problema de estas inversiones es que aportan poco valor añadido y crean empleo
de baja calidad, ya que se trata únicamente de plantas de ensamblaje (los
coches son enviados por piezas desde China) y no dan trabajo a las empresas de
componentes locales. El vicepresidente ejecutivo de la Comisión Europea para la
Prosperidad y la Estrategia Industrial, Stéphane Séjourné, es muy crítico al
respecto: “El modelo que vemos a menudo en España no es un buen modelo, no da
crecimiento a nuestras empresas en términos de producción”. A su juicio, Europa
ha de poner condiciones mucho más exigentes a las empresas chinas.
Este es
uno de los aspectos que pretende regular la futura Ley de Aceleración
Industrial -Industrial Acceleration Act (IAA)- de la UE, con medidas
para proteger e impulsar la competitividad de la industria europea mientras
contribuye a los objetivos de descarbonización. El propósito, de cara al
horizonte de 2035, es que la industria recupere el peso que había tenido antaño
en la economía (del 14% del PIB actual al 20%) y genere 150.000 puestos de
trabajo en los sectores clave.
A estos efectos, los sectores prioritarios, considerados
estratégicos, son las industrias intensivas en energía (acero, cemento,
química), las tecnologías limpias (baterías, solar, eólica) y el automóvil. También
son aquellos donde la competencia china está siendo más feroz. Presentado por
la Comisión el pasado mes de marzo, el proyecto debe ser objeto el 29 de mayo
de un gran debate, previo al Consejo Europeo de junio.
Una
primera línea de acción es proporcionar ayudas e incentivos públicos a las
industrias europeas, entre las que se incluye la adopción del principio de la
“preferencia europea” en la adjudicación de contratos de las Administraciones (Buy
European). La otra pone el acento en el control de las inversiones
extranjeras que superen los 100 millones de euros, a las que se quiere imponer
nuevas obligaciones: creación de sociedades conjuntas donde las empresas
foráneas no superen el 49% del capital, contratación de trabajadores locales en
al menos la mitad de los empleos, compra de componentes europeos y
transferencia de tecnología.
Mientras
las empresas chinas tratan de acelerar su implantación en Europa antes de que
se apliquen las nuevas restricciones, Pekín ya ha expresado formalmente su
queja, alegando que se trata de una legislación “discriminatoria” que vulnera
las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y amenazando con represalias.
Lo cierto es que algunas de estas exigencias no son más que una réplica de las
que imponía China a las empresas occidentales que pretendían invertir en el
país y acceder a su mercado: creación de joint ventures con empresas
locales, contratación y formación de personal chino, transferencia de tecnología…
“Lo hicieron con Francia con las centrales nucleares y ahora son ellos los que
exportan energía nuclear por el mundo. No veo por qué no haríamos nosotros lo
mismo”, sostiene Séjourné.
La
política de grandes reformas económicas impulsada por Deng Xiaoping a partir
del final de la década de los 70 y principios de los 80, la apertura a las
inversiones extranjeras y la entrada en la OMC en 2001 están en el origen del
espectacular despegue de China, que se ha convertido en la segunda economía
mundial y aspira a disputar el primer puesto a EE.UU. Tras empezar fabricando
masivamente productos de consumo baratos, de baja calidad y poco valor añadido,
China está hoy en la vanguardia de los avances tecnológicos y exporta coches
eléctricos, baterías, paneles solares y trenes de alta velocidad. Si el primer
boom industrial chino tuvo ya severos efectos sobre la industria europea -en
forma de deslocalizaciones-, el actual amenaza con ser una pesadilla
En 2024 el
comercio de bienes y servicios entre la UE y China superó los 845.000 millones
de euros, lo que representa el 29,6% del comercio y el 34,4% del PIB mundiales,
según datos del Banco Central Europeo (BCE). La UE es el primer socio comercial
de China y China es el tercero de la UE. Esta relación, sin embargo, está
marcada por un creciente desequilibrio: Europa tiene un déficit comercial de
más de 300.000 millones. En cuanto a las inversiones, si bien es cierto que el
valor de las inversiones consolidadas de la UE en el país asiático es cuatro
veces superior que a la inversa -son años de ventaja-, actualmente el flujo
tiene a equilibrarse: si las inversiones europeas en 2024 fueron de 10.100
millones, las chinas alcanzaron ya 9.400 millones.
Todo esto
no ha pasado sin perjuicio para Europa. Un informe de hace un año del mismo BCE
indica que las exportaciones chinas a la zona euro, que aumentaron
significativamente a partir del 2001 y se estabilizaron después durante una
década (2010-2020), se dispararon tras la pandemia y hoy representan ya el
15,6% del total de las importaciones europeas de bienes (datos de 2024). El
mayor aumento se ha producido en los sectores de la automoción (150%) y los
productos químicos (140%), que emplean a 29 millones de trabajadores, y su
impacto sobre el empleo ha sido notable: con un descenso de la demanda de mano
de obra del 55% y del 95% respectivamente. Por el camino se han perdido al
menos 240.000 puestos de trabajo.
Pero si dañino
es lo que ha pasado, más lo puede ser lo que está por venir. En Francia, el Alto
Comisariado para la Estrategia y el Plan describió publicó en febrero otro
informe donde pintaba la situación de forma dramática y alertaba de que el
“rodillo compresor” chino amenaza con aplastar a la industria europea. El salto
tecnológico y la mejora de la calidad de los productos chinos, junto a unos
costes notablemente más bajos -entre un 30% y 40%-, merced a las subvenciones
públicas y la devaluación del yuan, representan una trampa mortal para la
industria europea, tanto en los mercados exteriores como en el mercado
interior. “Estamos viviendo la segunda ola de una competencia sin precedentes,
que se ha acelerado drásticamente desde la covid, cuando los más ingenuos de entre
nosotros pensaban que la epidemia debilitaría a China”, destacaba en la
introducción el alto comisario, Clément Beaune, quien concluía: “La amenaza es
generalizada, sistémica”.
Para
frenar esta ola, Bruselas propone adoptar medidas drásticas. Pero no todos los
gobiernos de la UE -¡faltaría más!- lo ven de la misma forma. Francia, con una
larga tradición de intervención pública en la economía, encabeza el grupo de
países que presionan para actuar sin timidez, haciendo valer la importancia que
para China tiene el mercado europeo. Otros, con Alemania a la cabeza, son mucho
más tibios, preocupados como están por las posibles represalias comerciales de
Pekín.
El
canciller alemán, Friedrich Merz, no parece ver el problema tanto en China como
en la propia Europa. Así lo trasladó, a su regreso de Pekín, a un auditorio de
simpatizantes de la CDU en Volkmarsen
(alguno de los cuales la grabó y
difundió por las redes sociales). “Sencillamente, ya no somos lo
suficientemente productivos. Cada persona puede decir: 'Ya trabajo bastante'. Y
puede que sea cierto. Pero cuando uno viene de China, señoras y señores, ve las
cosas con mayor claridad. Con un equilibrio entre la vida laboral y personal y
una semana laboral de cuatro días, no se puede mantener la prosperidad a largo
plazo en nuestro país. Simplemente tendremos que esforzarnos un poco más”,
dijo.
Los
expertos, sin embargo, no creen que la mejora de la productividad europea sea
suficiente para frenar la avalancha que se viene encima. Un reciente estudio
del Centro para la Reforma Europea (CER) y el Consejo de Relaciones Exteriores
(CFR), titulado gráficamente “Impacto de China 2.0: El coste de la complacencia
alemana”, advierte que el modelo de crecimiento de China representa una amenaza
directa especialmente para la industria alemana, ya que golpea directamente a
su núcleo -automóviles, maquinaria, productos químicos, aeronaves y tecnologías
limpias-, y aconseja a Berlín que apoye las propuestas de mayores salvaguardias
e instrumentos de defensa comercial de la UE.
Uno de los
autores del informe, el economista Sander Tordoir, subraya que “Alemania se
enfrenta a una disyuntiva estratégica de cara a los debates clave de la UE este
verano: o bien respaldar unas defensas comerciales y una política industrial
europeas más sólidas, o bien prepararse para absorber los costes sociales y
económicos del declive industrial”. Por el momento, Berlín parece inclinarse
por lo segundo.
El
acuerdo con EE.UU., desbloqueado.
Tras muchos tiras y aflojas, los representantes del Parlamento Europeo y de los
27 llegaron a un acuerdo para desbloquear la tramitación del trato comercial
con Estados Unidos, alcanzado el verano pasado en la localidad escocesa de Turnberry,
que a partir de ahora podrá seguir su camino para ser ratificado antes de que
expire el plazo límite -el 4 de julio- impuesto por el presidente de EE.UU.,
Donald Trump, bajo la amenaza de una nueva guerra comercial. El trato,
desequilibrado desde el principio, impone a los productos europeos exportados a
EE.UU. un arancel estándar del 15%, mientras que los productos norteamericanos
enviados a Europa tendrán un 0%.
Esta falta
de equidad y, sobre todo, las continuas amenazas de Trump hicieron que los
parlamentarios presionaran para añadir al texto varias cláusulas de salvaguarda.
Aunque al final no se han incluidos todas, o en toda su extensión, sí se ha
aprobado una cláusula de caducidad -finales del año 2028, lo que obligaría a
renegociar el trato en caso de falta de acuerdo para prorrogarlo- y otra de
suspensión, que habilita a la Comisión Europea a suspender la aplicación del
acuerdo si la otra parte incumple sus compromisos. Está por ver que Washington
aprecie estos cambios.

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