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A once meses de la elección al Elíseo, la división política allana el camino para un triunfo de la extrema derecha
Emmanuel
Macron surgió en 2017 como una anomalía política en Francia. Y va camino de
acabar del mismo modo. El presidente francés consiguió ser elegido abriéndose
paso contra todo pronóstico entre las dos grandes fuerzas políticas de
entonces: el Partido Socialista (PS), de cuyo gobierno había formado parte como
ministro de Economía bajo la presidencia de François Hollande, y Los
Republicanos (LR), última marca del movimiento gaullista, cuyos dos últimos
presidentes habían sido Jacques Chirac y Nicolas Sarkozy. Fue un cambio radical
de eje.
El joven
Macron, a sus 39 años, rompió el anclado bipartidismo de la política francesa y
abrió un gran espacio de centro-liberal con vocación de erigirse en el polo
hegemónico del país. Reelegido en 2022, su objetivo parecía al alcance de la
mano. Sin embargo, casi una década después, y cuando ya se ha iniciado la
cuenta atrás para su relevo en el Elíseo -lo que se producirá tras la elección
presidencial de abril de 2027-, aquel espacio se ha convertido en un inmenso
vacío. Y el nuevo bipartidismo imperfecto que ha alumbrado la política francesa
lo protagonizan hoy los extremos.
Los
sondeos de intención de voto para las elecciones legislativas -que toca
celebrar un mes después de la presidencial- muestran desde hace tiempo la misma
tendencia: los dos partidos que destacan por delante de todos los demás son el
Reagrupamiento Nacional (RN), de extrema derecha, y La Francia Insumisa (LFI),
de extrema izquierda. ¿Puede traducirse automáticamente este mismo escenario en
la elección al Elíseo? No está tan claro, dado el sistema francés a doble
vuelta. Todo dependerá de si en el gran espacio que va del centroizquierda al
centroderecha surge un candidato con suficiente fuerza y capacidad de atracción
como para lograr pasar a la segunda vuelta. Por ahora, eso no se ve por ningún
lado. En su lugar, lo que hay es una miríada de aspirantes -entre ellos, varios
ex primeros ministros e incluso un expresidente de la República- mirándose en
el espejo mágico y preguntando si son ellos los ungidos por el destino.
Hoy por
hoy, el RN y LFI son las dos únicas formaciones políticas que se presentan como
una fuerza sólida y homogénea, y con un candidato reconocible e indiscutible.
En el primer caso, Marine Le Pen, con su número dos, Jordan Bardella, como
posible recambio en el supuesto de que la Justicia confirmara el próximo mes de
julio la inhabilitación de la líder del RN por malversación de fondos del
Parlamento Europeo (a la que fue condenada en primera instancia en 2025). Los
sondeos de intención de voto ponen en cabeza a cualquiera de los dos (tanto
monta, monta tanto). En el otro lado, Jean-Luc Mélenchon, que ha oficializado
su candidatura sin esperar a tratar de resucitar la ya fenecida unidad de la
izquierda. Las posibilidades de que Mélenchon quede en segundo lugar
dependerán, como apuntan las encuestas, de la eventual aparición de un
candidato unificador del centroderecha. Lo que está lejos de suceder.
La
división es la norma general en el resto del espectro político, pero es
especialmente lacerante en el centro. Macron logró la hazaña de llegar al
Elíseo, pero se ha revelado incapaz de transformar ese éxito en la constitución
de una fuerza política unida y coherente. El macronismo sigue siendo lo que era
cuando nació: una amalgama de liberales, conservadores y socialdemócratas
circunstancialmente unidos por un interés coyuntural que no ha acabado de
arraigar (no hay más que ver su pobre presencia a nivel municipal). Con el
líder a punto de abandonar el timón del Estado -Constitución obliga-, todas las
diferencias políticas y las ambiciones personales han quedado expuestas a la
cruda luz del día.
Dos ex
primeros ministros de Macron, Édouard Philippe y Gabriel Attal, se destacan
como los aspirantes con más posibilidades. El primero, alcalde de Le Havre y
jefe de un pequeño partido a su medida -Horizons-, procede de la derecha y
militaba en Los Republicanos hasta prácticamente el día antes de ser nombrado
jefe del Gobierno por Macron en 2017. El origen político de Gabriel Attal es
muy diferente. El hoy secretario general de Renaissance (Renacimiento) -el
partido del presidente- procede en cambio del PS y se unió también a Macron en
2017, para luego ir ascendiendo a ministro y primer ministro (ya en 2024). Este
miércoles, el consejo nacional del partido lo designó oficialmente candidato,
pero esta decisión no suscita precisamente la unanimidad: Elisabeth Borne,
quien también fuera jefa del Gobierno (2022), ha anunciado su decisión de
abandonar la dirección en muestra de desacuerdo.
No hay que
descartar que pudieran sumarse también a la carrera al Elíseo el ministro de
Justicia, Gérald Darmanin, o incluso -¿por qué no?- el actual primer ministro,
Sébastien Lecornu, que tiene en su haber el hecho de haber conseguido
estabilizar el Gobierno y aprobar unos presupuestos después del fiasco de las
elecciones anticipadas decididas por Macron hace dos años. Los dos vienen
también, por cierto, de la derecha.
Para que
cualquier candidato del centroderecha tenga posibilidades en 2027 debería
contar con el apoyo de Los Republicanos, partido en el que macronismo ha tenido
que apoyarse en el Parlamento dada su falta de mayoría. Pero también en este
espacio las ambiciones personales son numerosas y las sensibilidades políticas,
divergentes. A pesar de haberse convertido en un partido subsidiario desde que
empezara su aproximación ideológica a la extrema derecha, esta tendencia, lejos
apaciguarse, es la que se está imponiendo en LR. El más claro exponente es su
propio jefe de filas y candidato, el exministro del Interior Bruno Retailleau,
un hombre del ala más derechista de los republicanos.
Pero
tampoco está solo. También aquí hay otros aspirantes, como el exministro Xavier
Bertrand -del ala más moderada- o el alcalde de Cannes, David Lisnard, que
abandonó el partido en marzo para ir por libre, a quienes podrían añadirse
otras figuras en los próximos meses (¿recuerdan a Dominique de Villepin?). Y,
por supuesto, aunque desde fuera del partido, un viejo colega: Éric Ciotti,
expresidente de LR que fue expulsado de esta formación política por sus propios
compañeros de dirección en 2024 por haber llegado a un acuerdo preelectoral con
Marine Le Pen. Al frente de una nueva fuerza llamada Unión de las Derechas de
la República (UDR), también está calentando por la banda.
La
izquierda que orbita alrededor del Partido Socialista no está en mejor
disposición. Descartada la unidad con La Francia Insumisa por diferencias
irreconciliables, la posibilidad de encontrar un candidato común entre
socialistas, ecologistas, comunistas y otros adláteres parece también lejana y
las dos figuras que aparecen con más posibilidades, el primer secretario del
PS, Olivier Faure, y el líder de Plaza Pública, Raphaël Glucksmann -con permiso
del expresidente François Hollande, que se mantiene al acecho-, van por detrás
del centroderecha.
Mientras
unos y otros discuten si son galgos o podencos, y Emmanuel Macron busca
desesperadamente la manera de cerrar con honor su mandato, las posibilidades de
un triunfo de la extrema derecha en la elección presidencial del 2027 se van
afianzando. Destrozados los dos grandes partidos históricos de la V República
sin que haya aparecido nada sólido en su lugar, solo una candidatura unitaria
del centroderecha y la derecha -por circunstancial que sea- parece potencialmente
capaz de cambiar el guion. Porque si la elección final en la segunda vuelta se
acaba estableciendo entre Marine le Pen -o Jordan Bardella- y Jean-Luc
Mélenchon, los primeros ganarán de calle. Este es el panorama cuando quedan
once meses para unas elecciones que pueden cambiar por completo la fisonomía de
Francia y, con ella, la de Europa.
Conmoción
en el Reino Unido. La
situación política al otro lado del Canal de la Mancha no es menos agitada. El
fuerte ascenso de la extrema derecha de Nigel Farage (Reform UK) en las
elecciones municipales del pasado día 7 y el hundimiento del Partido Laborista
han desatado una tormenta que amenaza con llevarse por delante al primer
ministro, Keir Starmer. Decenas de diputados laboristas han pedido su dimisión
y dos figuras del partido, el alcalde de Birmingham, Andy Burnham, y el hasta
ahora secretario de Salud, el dimisionario Wes Streeting, se perfilan como
aspirantes a arrebatarle el puesto. De momento, y mientras Burnham trata de
lograr un escaño en el Parlamento de Westminster -en la elección parcial a la
Cámara de los Comunes del mes que viene en el distrito de Makerfield- las
espadas se mantienen en alto.
Negociación
sobre Groenlandia.
Tras los sucesivos órdagos del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para
arrebatar a Dinamarca -por las buenas o por las malas- Groenlandia, las aguas
parecen haber regresado al cauce de la negociación desde el más puro
pragmatismo (algo que agradecer a la intervención del secretario general de la
OTAN, Mark Rutte). Ambos gobiernos están negociando desde hace unos meses con
discreción la posible cesión a EE.UU. de tres enclaves en el sur de la isla
ártica para la instalación de nuevas bases militares desde las que controlar
las actividades marítimas rusas y chinas en el Atlántico Norte. Washington ya
dispone de una base aérea en el norte, Pituffik (antigua Thule), que las
autoridades danesas y groenlandesas se han mostrado abiertas a ampliar. ¿Bastará
todo ello para satisfacer a Trump?
Talibanes,
de entrada no, pero…
La Unión Europea no reconoce al régimen de los talibanes en Afganistán y no
tiene intención de hacerlo, al menos formalmente. Sin embargo, una cosa son los
principios y otra las cosas de comer, así que la Comisión Europea ha invitado a
representantes del gobierno de Kabul a una reunión “técnica” en Bruselas para
abordar el establecimiento de un mecanismo de cooperación con el fin de facilitar
la deportación de ciudadanos afganos instalados en Europa que “representen una
amenaza de seguridad”. Con cada vez más países defendiendo una política de mano
dura contra la inmigración irregular y abogando por un sistema que agilice las
expulsiones, la UE -como hiciera con la idea de crear centros de retención
extramuros- prefiere guardar sus objeciones morales en el cajón.

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