domingo, 17 de mayo de 2026

Putin, de tropiezo en tropiezo

Visión periférica

Con la guerra de Ucrania empantanada y crecientes problemas internos, Vladímir Putin está sufriendo serios reveses en el plano internacional, desde el acoso de EE.UU. a sus aliados –Irán, Venezuela, Cuba– a su retroceso militar en África.


Está palideciendo la estrella de Vladímir Putin? Los últimos acontecimientos así parecen indicarlo. Empantanado desde hace ya más de cuatro años en la interminable guerra de Ucrania y con crecientes problemas internos, el presidente ruso ha sufrido en pocos meses  fuertes reveses a nivel internacional. Incapaz de frenar el acoso de Estados Unidos contra algunos de sus aliados históricos  en Oriente Medio y América Latina –Irán,  Venezuela, Cuba–, Rusia parece haber empezado también a perder pie en África.

La población maliense de Kidal, a las puertas del Sahara, ha sido históricamente un punto clave de las rutas de las caravanas que unían Argelia con Mali. Feudo de los tuareg, los hombres azules del desierto, ha sido en las últimas décadas una plaza fuertemente disputada entre los separatistas del Frente de Liberación del Azawad (FLA) y el Estado. Controlada desde el 2023 por el ejército regular y sus aliados rusos del Africa Corps, la ofensiva lanzada el 25 de abril por los independentistas y los yihadistas del Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM) –la rama de Al Qaeda en el Sahel– les hizo perder el enclave. Los rebeldes lanzaron ese día ataques simultáneos sobre media docena de ciudades de todo el país –entre ellas la capital, Bamako– y un comando kamikaze acabó con la vida del ministro de Defensa, general Sadio Camara, uno de los puntales del régimen surgido del golpe de Estado militar de mayo del 2021.

La pérdida de Kidal es el símbolo de una debacle en toda regla. No solo de la junta militar que gobierna Mali, sino también de Moscú. La reconquista de la ciudad hace tres años a manos de las fuerzas rusas y el ejército regular había sido presentada por el presidente maliense, el general Assimi Goïta, como la confirmación de lo acertado de su apuesta por una alianza militar con Rusia. La retirada de los 400 combatientes rusos de Kidal –cuya base pudieron abandonar sin ser atacados gracias a la mediación de Argelia– es un duro golpe para el Kremlin. Como lo es también el asesinato del ministro de Defensa, que era su principal interlocutor y el artífice de la alianza con Moscú.

El desembarco ruso en Mali se produjo en 2022 a raíz de la decisión de la junta militar golpista de romper con Francia –la antigua potencia colonial– y expulsar a las tropas francesas que desde el 2013 combatían contra los yihadistas (con un resultado desigual) Los franceses fueron inicialmente sustituidos por los mercenarios del grupo Wagner y luego –tras la rebelión y muerte de su jefe, Yevgueni Prigozhin, quien se había levantado en armas contra los jerarcas del ejército ruso– por los militares del Africa Corps, con obediencia directa hacia Moscú, que mantienen en el país unos 2.500 efectivos.

Tras Mali, siguieron los mismos pasos Burkina Faso y Níger, también después de sendos golpes de Estado. Los tres países, que en 2023 crearon la Alianza de los Estados del Sahel (AES), constituían hasta ahora la base de Rusia en África Occidental. Una región que podría perder y a la que EE.UU. da señales de querer regresar.

El retroceso ruso en Mali frente a a las milicias rebeldes es el último tropiezo al que se enfrenta Vladímir Putin. Pero no el primero. La guerra de Ucrania tampoco le va bien. Su ejército, con pérdidas humanas enormes a causa de la efectividad de los drones ucranianos, apenas logra avanzar sobre el terreno, cada vez le resulta más difícil reclutar soldados y el territorio ruso se ha convertido definitivamente en escenario bélico –incluida la propia capital, Moscú–, mientras la economía ha empezado a sufrir seriamente y su popularidad –a pesar de su  control absoluto de los medios de comunicación y el silenciamiento de la oposición– va a la baja. ¿Y Donald Trump? El presidente de Estados Unidos, en el cual tanto confiaba Putin para imponer un alto el fuego favorable a sus intereses, parece haberse desentendido por completo del asunto, ocupado como está en otros frentes.

El retorno de Trump a la Casa Blanca se está demostrando para el Kremlin un mal negocio. Lejos de asumir un reparto del mundo en esferas de influencia –como parecía dar a entender su revitalización de la doctrina Monroe–, el intervencionismo de Washington no tiene fronteras ni freno de ningún tipo.

En pocos meses, Moscú ha visto cómo Trump imponía su control sobre Venezuela –tras secuestrar al presidente Nicolás Maduro el pasado 3 de enero– e iniciaba un cerco sobre Cuba,  los dos puntales prorrusos en América Latina. En Oriente Medio las cosas no le van mejor. Tras la caída del régimen de Bashar el Asad en Siria, a finales del 2024, Putin ha visto si no caer, al menos  quedar fuertemente neutralizado a su otro gran aliado en la región, Irán, atacado en febrero por EE.UU. e Israel y a quien Washington desearía amarrar a su órbita al estilo venezolano (aunque le está costando más de lo que pensaba) Impotente, Rusia ha asistido a esta ofensiva múltiple sin capacidad de intervenir.

El desguace del orden internacional emprendido por Trump y el retorno de la ley del de la selva no está obrando precisamente en favor de Moscú. Como apunta Hanna Notte, directora del Programa de No Proliferación de Eurasia en el Centro James Martin para Estudios de No Proliferación, de California, y miembro del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), la política trumpista de marginación y desactivación de la ONU deja a Rusia sin uno de sus poderes de influencia internacional claves, cual es el derecho de veto en el Consejo de Seguridad. “Lo más probable –ha escrito en Foreign Affairs– es que Rusia vea cómo su proyección de poder global, ya debilitada por la guerra contra Ucrania, se erosiona aún más a manos de EE.UU.”. Si prima la ley del más fuerte, ya se sabe quién es.


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