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Rusia, que multiplica las provocaciones en las
fronteras de la UE, afronta graves problemas económicos
“Tras conocer y comprender plenamente la situación
militar y económica entre Ucrania y Rusia, y tras observar los problemas
económicos que está causando a Rusia, creo que…”. Con este curioso y
desconcertante arranque, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump,
introdujo esta semana un giro copernicano en su opinión sobre la guerra de
Ucrania. En un mensaje colgado en su red social particular -Truth Social-, Trump
hizo un nuevo vaticinio según el cual Ucrania no solo no se enfrenta a una
derrota inevitable -hasta ahora, el mensaje oficial de la Casa Blanca-, sino
que puede ganar la guerra y recuperar todos los territorios arrebatados por
Moscú, incluyendo la península de Crimea (anexionada en 2014)
Todo indica que, decepcionado por la actitud del
presidente ruso, Vladímir Putin, a quien ha agasajado todo lo agasajable sin
resultado tangible, Trump ha decidido poner fin a su operación seducción y
lavarse las manos sobre una posible salida negociada al conflicto (pinchando de
paso el orgullo de Moscú, a quien tilda de “tigre de papel”). En su mensaje, el
presidente se desentiende en gran medida de la guerra, subrayando que la ayuda
a Ucrania debe provenir de la Unión Europea y la OTAN, y tan solo promete
seguir suministrando armas -esto es, vendiéndolas- para que la Alianza “haga
con ellas lo que quiera”.
El radical cambio de discurso de EE.UU. rompe el
relato imperante según el cual Ucrania no tenía otra opción que rendirse ante
la superioridad de Rusia. El Kremlin alimenta activamente esta idea y
recientemente transmitió a través de la agencia Bloomberg la idea de que Putin
no concibe otra cosa que una victoria y está determinado a impulsar una nueva
escalada militar hasta alcanzar sus objetivos. Sus ataques masivos con drones
sobre las ciudades ucranianas parecen tratar de demostrarlo, y de demostrárselo
particularmente a un Trump cada vez más descreído. Al igual que las
provocaciones en las fronteras de la OTAN.
Lo cierto es que Ucrania, que ha resistido ya tres
años y medio los avances rusos, ha demostrado una gran resiliencia y se está
convirtiendo -si no lo ha hecho ya- en una pujante potencia militar,
especialmente en el nuevo tipo de guerra basado
en el uso de drones. Hasta el punto de que la OTAN quiere
enviar militares e ingenieros a Kyiv a formarse en este terreno y la UE anunció
recientemente una inversión de 6.000 millones de euros en una alianza
industrial con Ucrania para la fabricación conjunta de UAV (Vehículos Aéreos No
tripulados)
En Rusia, el esfuerzo de guerra se está comiendo
literalmente la economía, sin que ello se traduzca decisivamente en el campo de
batalla. Moscú dedica ya a la guerra alrededor del 50% del PIB, unos 500
millones de euros diarios, mientras los ingresos por la venta de petróleo, que
representan un tercio del total, se están hundiendo -han caído un 18,5 % en
el primer semestre del año- en gran parte por el descenso del precio del
barril. Kyiv contribuye a ello atacando oleoductos -como el Druzhba, que
suministra a Hungría y Eslovaquia- y refinerías de petróleo.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha fijado a la
baja las previsiones de crecimiento de Rusia para este año al 0,9% -frente a
índices de años anteriores de en torno al 4%-, mientras que el pasado mes de
junio el ministro de Economía, Maxim Rechetnikov, admitió que el país se
encontraba “al borde de la recesión”. Con un déficit al alza y unos ingresos a
la baja, el Gobierno ruso se va a ver obligado a recortar gastos sociales -ya
que no en defensa- y aumentar impuestos. De momento, el IVA va a subir del 20%
al 22%. Mientras, la inflación crece (está en el 8,1%) y los tipos de interés
siguen muy altos (el tipo director está en el 17%)
Entonces… ¿Ucrania puede ganar? Así lo cree, entre
otros, el historiador Phillips P. Obrien, profesor de Estudios Estratégicos en
la Universidad de St. Andrews (Escocia), para quien “Rusia es una potencia
enormemente sobrevalorada”, con una economía cada vez más débil. “Por primera
vez, Trump dijo claramente lo que siempre ha sido verdad”, ha escrito en
Substack, un cambio que atribuye a nuevos informes de inteligencia de EE.UU. Lo
mismo piensa el Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), con base en Washignton,
cuyos analistas consideran que “una victoria militar rusa en Ucrania no es
inevitable, y que Ucrania, EE.UU. y los países europeos mantienen el control
sobre el resultado de la guerra”.
La ayuda exterior sigue siendo aquí fundamental. Y es
justamente por parte norteamericana por donde ha empezado a fallar. La UE se ha
convertido ya en el principal apoyo de Ucrania. Más de la mitad de la ayuda
occidental -militar, económica y humanitaria-, 167.400 millones de euros, han
sido aportados por Europa, frente a 114.600 millones de EE.UU. Con Trump de
nuevo en la Casa Blanca, Washington ha decidido inhibirse en gran parte del
conflicto y el mensaje del presidente así parece confirmarlo. El final podría
firmarlo Poncio Pilatos: “¡Buena suerte a todos!”.
Provocaciones calculadas. En
este contexto, Rusia ha multiplicado en las últimas semanas los incidentes en
las fronteras de la OTAN. El 10 de septiembre una veintena de drones rusos
kamikazes Shahed 136 y Geran 2 -sin carga explosiva- se adentraron en
territorio de Polonia bastantes kilómetros antes de ser derribados. Cinco días
después otro dron apareció en Rumanía. Y el día 19, tres aviones de combate
rusos MiG-31 entraron en el espacio aéreo de Estonia, antes de ser
interceptados por aviones de la OTAN y conminados a salir del territorio. Ese
mismo día, otros dos aviones rusos -¿acaso los mismos?- sobrevolaron a baja
altura una plataforma petrolera en el mar Báltico de la compañía polaca
Petrobaltic. Y Alemania también ha señalado el sobrevuelo de una de sus
fragatas en el Báltico por un avión ruso.
Todo ello aderezado por unas masivas maniobras
militares conjuntas -con la participación de 100.000 soldados, ya finalizadas-
en Bielorrusia y en medio de acciones de guerra híbrida en las que todo el
mundo ve la mano de Moscú, como los ciberataques sufridos por los aeropuertos
de Bruselas, Berlín y Londres (Heathrow), o los reiterados vuelos de drones que
han distorsionado el tráfico aéreo en Copenhague y otros aeródromos daneses.
Para los expertos, no se trata de accidentes, sino de
acciones calculadas. En opinión del ISW, “Rusia está probando deliberadamente
los límites de las capacidades de la OTAN con diversas incursiones aéreas en un
esfuerzo por recopilar datos sobre las medidas de respuesta y la voluntad
política de la Alianza" que Rusia podría aprovechar en futuros conflictos.
“Es una clara provocación con dos propósitos bien
definidos”, sostiene por su parte en una reciente nota el analista Jesús A.
Núñez Villaverde, del Instituto Elcano. “Por un lado, desde el punto de vista
militar, acciones de este tipo buscan chequear el despliegue y el nivel de
operatividad de las defensas antiaéreas del enemigo (…) Por otro, en el plano
político, cabe imaginar que Putin busca tensar aún más las relaciones entre EE.UU.
y sus aliados europeos de la OTAN y ensanchar las fracturas internas entre los
miembros de la UE, poniendo a prueba su unidad y la voluntad de los gobiernos
nacionales en su apoyo a Ucrania y en la estrategia a seguir con la propia
Rusia”.
Ante esto, ¿qué hacer? Muy desenvuelto esta semana,
Donald Trump defendió que la OTAN derribe los aviones rusos que violen su
espacio aéreo, durante un encuentro con el presidente ucraniano, Volodímir
Zelenski, en la sede de la ONU en Nueva York, aunque se guardó mucho de
comprometer a su país en una respuesta militar: “Depende de las
circunstancias”, dijo. El propio secretario general de la Alianza, Mark Rutte,
no descartó una acción de este tipo si se produce una amenaza inminente contra
la seguridad, aunque el presidente francés, Emmanuel Macron, mucho más
circunspecto, ha marcado distancias.
El 24 de noviembre de 2015, un avión de combate ruso
Shukoi Su-24 fue derribado por cazas turcos por haber violado el espacio aéreo de
Turquía -país miembro de la OTAN- cerca de la frontera con Siria. Las
autoridades de Ankara aseguraron que el cazabombardero ruso, cuyos dos pilotos
murieron, ignoró hasta diez advertencias de las fuerzas aéreas turcas. Moscú lo
negó y el presidente ruso, Vladímir Putin, acusó a su homólogo turco, Recep Tayyip
Erdogan, de haber propinado un “golpe a traición”. Pero no pasó nada. El
incidente, vinculado directamente a la guerra civil en Siria, donde cada uno
tenía aliados contrapuestos, no desencadenó un enfrentamiento armado y ambos
países acabaron enterrando la disputa meses después. Nada asegura que aquí
hubiera el mismo desenlace.

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