'Visión periférica'
La democracia en EE.UU. agoniza sin que nadie ponga freno a la deriva autoritaria de Donald Trump, cada vez más agresivo. La sociedad norteamericana asiste impasible a su colapso, como la rana que al final se deja cocer en el agua hirviendo.
"¿En qué momento se jodió el Perú?”, le hace preguntarse Mario Vargas Llosa al protagonista de la novela, Zavalita, en su colosal Conversación en La Catedral (1969). La misma pregunta podría hacerse hoy sobre Estados Unidos. La democracia norteamericana agoniza ante nuestros ojos. EE.UU. se ha dejado arrastrar de la mano de Donald Trump –presidente con vocación de autócrata– a una marcada deriva autoritaria sin que los resortes del Estado democrático se hayan activado para frenarla. Hasta el punto de que lo oportuno, a estas alturas, sería preguntarse si se ha sobrepasado el punto de no retorno y si la democracia estadounidense no puede darse ya por muerta.
En los últimos ocho meses, Trump ha tensionado o violentado
todos los principios democráticos. Ha gobernado por decreto en detrimento del
poder legislativo –gracias a un Congreso acomodaticio que le ha dejado hacer–,
ha ejecutado purgas ideológicas en la Administración federal a todos los
niveles; ha desobedecido órdenes de los
tribunales; ha desplegado al ejército en las grandes ciudades con el pretexto
de combatir la delincuencia; extorsiona a las universidades para que se alineen
políticamente, y lanza al FBI contra los disidentes –como su ex consejero John
Bolton–.
El presidente de EE.UU. está cercenando la libertad de
expresión atacando a las voces críticas –con despidos de humoristas en
televisión, amenazas de supresión de licencias y demandas astronómicas contra
la prensa escrita–, busca la manera de impedir un triunfo demócrata en las
elecciones legislativas midterm del 2026 por medios tramposos –anulación del
voto por correo, rediseño de las circunscripciones electorales en beneficio de
los republicanos– y ahora utiliza el asesinato del influencer conservador Charlie
Kirk para reprimir a las organizaciones de izquierda (lo que no se le ocurrió
hacer con la extrema derecha, sus propias bases, tras el asesinato de una
congresista demócrata de Minnesota y su marido en junio)
Las acciones son cada vez más agresivas, mientras gran parte
de la sociedad norteamericana contempla complacida cómo sueña públicamente con
presentarse de nuevo a las elecciones presidenciales en el 2028 –algo prohibido
por la Constitución– y sugiere que el país desea un dictador. Todo ello sin que
la máxima instancia judicial, el Tribunal Supremo –de mayoría abrumadoramente
conservadora y tres de cuyos nueve miembros fueron directamente designados por
Trump– mueva un solo dedo. Y sin que la oposición demócrata –con la excepción
de un puñado de figuras, como Gavin Newsom, Bernie Sanders o Alexandria
Ocasio-Cortez– presente resistencia.
¿Cómo ha llegado EE.UU. hasta aquí? El politólogo Daniel Ziblatt, profesor de la
Universidad de Harvard y coautor del libro Cómo mueren las democracias, ha
analizado el colapso de la República de Weimar y el ascenso de Adolf Hitler en
la Alemania de los años treinta, y alerta sobre el riesgo de la rendición
gradual de las democracias ante los autócratas. La legitimación de los nazis
por parte de la derecha alemana –que pretendía utilizarlos en su beneficio– y
el ofrecimiento posterior a Hitler de la Cancillería del Reich –pese a que solo
tenía el 30% de los votos y en la confianza de poder manejarle a su antojo–
acabarían desembocando, concesión tras concesión, en la aprobación de la Ley Habilitante de
1933 que otorgaría al Führer todo el poder y traería la dictadura.
“La democracia rara vez muere de un momento a otro, se
erosiona mediante la abdicación”, advierte Ziblatt, para quien la gran lección
de Weimar es que “el extremismo nunca triunfa por sí solo, triunfa porque otros
lo facilitan: por su ambición, por su miedo o porque juzgan mal los peligros de
las pequeñas concesiones”, escribía este verano en Foreign Affairs.
¿En qué momento se produjo la decisión fatal que abrió el
camino a la deriva autoritaria actual en EE.UU.? Los historiadores analizarán
en el futuro las sucesivas encrucijadas en las que la democracia estadounidense
pudo frenarla. Probablemente la primera ocasión, y la primera renuncia, se
produjo cuando los republicanos impidieron en febrero del 2021 que el Senado
despojara a Trump de sus poderes (en su segundo impeachment) por incitar al
asalto del Capitolio el 6 de enero con el objetivo de impedir la certificación
de la victoria del demócrata Joe Biden en las elecciones de noviembre del 2020
y retener el poder. Un intento de golpe de Estado en toda regla (uno de verdad,
tal como lo define la Real Academia de la Lengua Española, una acción violenta
y rápida para hacerse con el gobierno, no como los que se cuentan por aquí)
La segunda oportunidad perdida fue cuando el Supremo, en
julio del 2024, dictó una sentencia en la que falló que “todo expresidente
tiene derecho a inmunidad absoluta frente a un proceso penal por acciones
dentro de su autoridad constitucional concluyente”. Lo que abrió la puerta a
que volviera a presentarse en las elecciones y se archivaran todas las
investigaciones abiertas en su contra.
Desde que la formuló, la pregunta de Vargas Llosa sobre el
Perú ha suscitado infinitas respuestas. La del escritor peruano Jeremías Gamboa es quizá de las más
perturbadoras: “La brillantez de esa pregunta es que no tiene respuesta, o
tiene una respuesta demasiado quemante: el Perú se jodió al momento mismo de
nacer. Su concepción tuvo como base un hecho asimétrico y brutal que fundó una
nación herida y enemistada con una de sus mitades, la indígena”. La analogía es
tentadora. Quizá EE.UU. empezó a joderse también en el mismo momento de su
fundación, cuando creyó poder construir una democracia solo para los blancos,
asentada en el exterminio de los indígenas y la esclavitud de millones de
negros africanos.

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