Newsletter ‘Europa’
Encarnar a la Unión Europea puede deparar algunos momentos de gloria y muchos sinsabores. Lo sabe bien Ursula von der Leyen (alemana de Bruselas, donde nació como en una especie de augurio), otrora elogiada y hoy fuertemente discutida presidenta de la Comisión Europea. Si en 2020-2022 todo eran flores, gracias a la rápida, unida y efectiva reacción de la UE frente a la pandemia de covid (vacunas), la crisis económica que le siguió (fondos Next Generation) y la invasión rusa de Ucrania, los cambios producidos por el retorno este año de Donald Trump a la Casa Blanca han trocado esa imagen por la de la debilidad, la impotencia y la división. Y la jefa del Ejecutivo comunitario lo está pagando.
Quizá por ello, Ursula von der Leyen arrancó el
miércoles su discurso sobre el Estado de la Unión con fuerza militar. “Europa
está en combate” fueron sus primeras palabras. Y en lo que por momentos pareció
la arenga de un general dirigiéndose a sus tropas, llamó a la movilización
general. “La UE es un proyecto de paz, pero el mundo de hoy es implacable y no
podemos limitarnos a esperar a que pase la tormenta”, afirmó.
Ante la construcción de un nuevo orden mundial basado
en el poder -alertó-, “Europa ha de luchar por su lugar en el mundo”, defendiendo
su independencia y libertad frente a “potencias ambivalentes y hostiles”. Y se
interrogó: “¿Tiene Europa estómago para este combate? ¿Tiene la unidad y el
sentido de la urgencia? ¿O preferimos luchar entre nosotros?”. “Solo una Europa
unida podrá ser una Europa independiente”, subrayó.
La incursión de una docena de drones rusos en el
espacio aéreo de Polonia -calculadamente accidental- sirvió para
reforzar sus palabras y añadir dramatismo al momento: “Europa defenderá hasta
el último centímetro de su territorio”, aseguró quien fuera ministra de Defensa
de Angela Merkel. Grandes palabras. Y también grandes preguntas. Las
respuestas, sin embargo, siguen siendo ambiguas y contradictorias. Sería muy
fácil e injusto, sin embargo, cargar todas las faltas en la general Von der
Leyen, cuando la mayor responsabilidad está en el Estado Mayor de la UE. Esto
es, en los gobiernos de cada uno de los 27 países miembros.
Veamos Ucrania. Europa es hoy quien más ayuda
económica y militar aporta a Kyiv –170.000 millones de euros desde el inicio de
la guerra-, hasta el punto de que ya es el principal donante, por delante de
Estados Unidos; se propone reforzar al ejército ucraniano financiando -con
6.000 millones- una alianza industrial para la fabricación de drones (el arma
fundamental actualmente en el campo de batalla, donde los carros de combate han
pasado a segundo plano), promete -por enésima vez- recurrir a los fondos rusos
congelados en los bancos europeos para sostener el esfuerzo de guerra de Kyiv y
prepara una nueva oleada de sanciones económicas (la 19ª) contra Moscú.
Pero la capacidad de Europa para cambiar el curso de
los acontecimientos y forzar al líder ruso, Vladímir Putin, a negociar un alto
el fuego es prácticamente nula. Solo EE.UU. tiene capacidad para ello. Y Trump,
el ambivalente, no ha conseguido hasta ahora ninguna concesión de
calibre de su homólogo ruso (ni en la sonrojante cumbre de Alaska ni después).
La UE como tal, debido a sus divisiones internas, no
pinta nada. Un puñado de países europeos y extracomunitarios, liderados por
Francia y el Reino Unido, reunidos en la llamada “coalición de voluntarios”, se
muestran determinados a implicarse en una resolución negociada del conflicto,
contribuyendo a garantizar el cumplimiento de un eventual acuerdo de alto el
fuego movilizando medios militares -aunque solo París y Londres parecen
dispuestos a enviar tropas sobre el terreno-.
Pero todo este despliegue tiene mucho de performance,
pues Moscú rechaza de plano toda presencia de soldados occidentales en Ucrania.
Su objetivo fundamental es poner en evidencia a Putin, contrarrestar la
narrativa de Moscú y evitar que Trump ceda a las pretensiones rusas, así haya
que aceptar una humillante foto de grupo en la Casa Blanca (manual del mal
menor, también aplicado en la negociación del acuerdo comercial con Washington).
Así que no es de extrañar que, visto lo visto, la alta representante de Asuntos
Exteriores de la UE, Kaja Kallas -quien como ex primera ministra estonia conoce
de cerca al oso ruso-, calcule que, lejos de acabar, la guerra en
Ucrania pueda durar todavía dos años más…
Mucho sería si durara dos años el asimétrico acuerdo
comercial sellado finalmente con Trump en sus predios de Escocia a finales de
agosto (15% de aranceles para los productos europeos exportados a EE.UU., 0%
para los americanos en sentido inverso), vistos los vaivenes que emanan de
Washington. En el hemiciclo de Estrasburgo, Von der Leyen volvió a defender el
acuerdo como “el mejor posible dadas las circunstancias”.
Se trataba, subrayó, de evitar una guerra comercial
total que pusiera en peligro el comercio con EE.UU. (más de 500.000 millones de
euros en exportaciones) y millones de puestos de trabajo. Se trataba, sobre
todo, de proteger a la industria del automóvil europea -castigada con aranceles
provisionales del 27,5%- y particularmente la alemana, que estaba empezando a
zozobrar. Aunque fuera a cambio de hincar la rodilla.
El problema, de nuevo, es que la “estabilidad y
predictibilidad” buscada a toda costa no puede ser más frágil y el propio
presidente estadounidense ya se ha encargado de ponerlo en evidencia con
amenazas de nuevos aranceles como represalia por la multa de 2.950 millones de
euros impuesta por Bruselas a Google por prácticas abusivas en la publicidad.
El annus horribilis de la UE, y de Von der
Leyen, lo completa la guerra -si es que todavía se puede llamar así- de Gaza,
donde el ejército israelí ha matado ya a más de 60.000 palestinos -la mayoría,
civiles- ante la mirada impávida de Europa. No de sus ciudadanos, sino de sus
instituciones. Cada vez más presionada para actuar -su propia vicepresidenta
primera, la española Teresa Ribera, ha acusado a Israel de genocidio-, la
presidenta de la Comisión admitió que lo que está ocurriendo es “inaceptable” y
que “Europa debe hacer más” para tratar de detener las masacres.
Von der Leyen anunció, pues, en Estrasburgo la
suspensión de la ayuda bilateral a Israel que concierne directamente a la
Comisión -poca cosa en términos económicos- y propuso que la UE sancione a los
ministros extremistas del Gobierno de Beniamin Netanyahu, así como a los
colonos violentos de Cisjordania, y suspenda la parte comercial del Acuerdo de
Asociación con Israel. Medidas de mucho más calado, sin duda, pero cuya
traslación a la realidad se vislumbra más que incierta (ni siquiera la
suspensión del programa científico Horizon, propuesta con anterioridad, se ha
hecho efectiva) debido a las divisiones internas. Hay un grupo de países,
encabezados por Alemania, que rechaza toda medida punitiva.
“Soy consciente de la dificultad de encontrar mayorías”,
admitió con impotencia Von der Leyen, que al final de su discurso hizo un
desesperado llamamiento a introducir el voto cualificado en la política
exterior y abandonar definitivamente los “grilletes” de la unanimidad. Mientras
no sea así -y no lo será todavía durante mucho tiempo-, Europa no tendrá voz en
el mundo. Y la general Von der Leyen -mejor o peor estratega- tendrá que seguir
lidiando con un ejército como el de Pancho Villa.
La obsesión de Weber. En su intervención durante el debate del Estado de la Unión, el líder de los populares europeos, el también alemán Manfred Weber, se dedicó en parte a socavar los intentos de Von der Leyen por afianzar la “mayoría propeuropea” que la votó y mantener a los socialistas a su vera. Mucho más propenso a buscar mayorías alternativas con algunos sectores de la extrema derecha y beligerante con la izquierda, el líder bávaro atacó a los socialistas por su rechazo al acuerdo comercial con Washington y aprovechó la ocasión para dar rienda suelta a su obsesión por el presidente español, Pedro Sánchez, y pinchar a la líder del grupo parlamentario socialdemócrata, la española Iratxe García. Weber opuso el socialismo español al que representa la primera ministra danesa, Mette Frederiksen -antiinmigración, prorrearme-, e hizo votos por que “la realidad política española no se desparrame por Europa”.
Francia en su laberinto. Cortes
de carreteras, incendios provocados, manifestaciones, barricadas, paros
salvajes… En la mejor tradición francesa, un atomizado movimiento de extrema
izquierda de identidad difusa -aunque respaldado parcialmente por los
sindicatos- organizó el miércoles una jornada general de protesta contra el
presidente Emmanuel Macron y su política económica y social con la divisa
“Bloqueemos todo”. El país no se bloqueó, pero hubo dificultades un poco por
todo el territorio, en lo que podría constituir el germen de una protesta
similar a la de los chalecos amarillos en 2019. Mientras eso pasaba,
tomaba posesión como nuevo primer ministro el hasta ahora ministro de Defensa,
Sébastien Lecornu, tercer intento de Macron de lograr un Gobierno estable desde
el desastroso adelanto electoral del 2024. Su antecesor, François Bayrou, cayó
el lunes en la moción de confianza que él mismo había convocado para hacerse el
harakiri. Ya nadie se acuerda de él.

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