'Visión periférica'
En 1940, antes de optar por la Solución Final, la Alemania nazi planeaba expulsar a los judíos de Europa a la isla de Madagascar. Hoy, Israel y EE.UU. estudian oficiosamente la viabilidad de enviar a los palestinos de Gaza a algún país africano.
La isla de Wannsee, situada al sudoeste de Berlín,
ha pasado a la Historia de la infamia como el lugar donde empezó a prepararse
el Holocausto. Allí, en una gran villa situada en un entorno idílico, el 20 de
enero de 1942 los jerarcas del régimen nazi, capitaneados por el siniestro
Reinhard Heydrich, jefe de la Seguridad del Reich, decidieron los detalles de
lo que bautizaron como la ‘Solución Final’ para la cuestión judía. Esto es, el
exterminio de los 11 millones de judíos que, según sus cálculos, vivían
entonces en el conjunto de Europa.
Hasta ese momento, siguiendo el avance de los ejércitos
alemanes hacia el este, las SS se dedicaban al fusilamiento sistemático de los
judíos que encontraban en los territorios ocupados (lo que se conoce como la
Shoa por las balas). De lo que se trataba en Wannsee era de dar un paso más y
abordar el genocidio de forma
industrial. Tras la comida, los participantes discutieron distendidamente los
diversos métodos posibles para conseguir su objetivo, aunque de hecho ya se
habían iniciado las primeras pruebas con el mortífero gas Zyklon B y empezado a
construirse el campo de Auschwitz II-Bikernau.
Todo esto es de sobras conocido. Menos recordado es el hecho
de que, al principio, los nazis no pensaban en métodos tan extremos: su
objetivo era la expulsión de la población judía a otros territorios. El propio
Heinrich Himmler, lugarteniente de Hitler y jefe de las SS, reprobaba
inicialmente el genocidio –“método bolchevique de exterminación física”, según
sus palabras–, que consideraba algo “no alemán e imposible”. Así lo recoge el
historiador británico Antony Beevor en su obra La Segunda Guerra Mundial, donde
explica que en mayo de 1940, Himmler había enviado al Führer un informe
titulado Algunas reflexiones sobre el trato de las poblaciones de raza
extranjera del este, en el que proponía, entre otras cosas, que los judíos
fueran desterrados de Europa, organizando “una gran emigración a África o a
alguna otra colonia”. Ahí nació el llamado Madagaskar Projekt.
La idea era deportar a los judíos a la isla de Madagascar,
frente a las costas de África Oriental, que en la época era una colonia
francesa. Dando por hecho el consentimiento de Francia –cuya derrota en 1940
convirtió al régimen de Vichy en siervo–, el plan preveía reasentar allí a un
millón de judíos al año durante cuatro años, convirtiendo la isla en un estado
policial controlado por las SS (lo que no hubiera dejado de ser otro tipo de
pesadilla para las víctimas). El mayor obstáculo, que al final se juzgó
decisivo para abandonar el proyecto, era la imposibilidad de enfrentarse a la
fuerza naval británica.
En su obsesión por la pureza racial aria, los nazis
aspiraban a deshacerse asimismo de otras poblaciones como los gitanos –que
perecieron también en masa en los campos de exterminio– y los eslavos, a
quienes consideraban una raza inferior. Para terminar con estos pensaron en
deportarlos en masa a Brasil o incluso en matarlos sistemáticamente de hambre
–así lo proponía el llamado Hungerplan, elaborado por el secretario de Estado
de Agricultura Herbert Backe–, que nunca
se llevó a cabo como tal, aunque sí tuvo una traducción criminal en el trato
que recibieron los prisioneros de guerra rusos.
La ensoñación nazi era vaciar las tierras soviéticas y
repoblarlas con alemanes y europeos nórdicos. La península de Crimea, que fue
rebautizada como Gotengau, estaba llamada a convertirse, según estos planes, en
la nueva Costa Azul del imperio alemán en el mar Negro... Un objetivo que
guarda escalofriantes similitudes con la idea apadrinada por el presidente de
Estados Unidos, Donald Trump, y bienvenida por el gobierno israelí de Benaimin
Netanyahu, de vaciar la franja de Gaza de palestinos, arrasar todo lo que no ha
sido arrasado ya y edificar en su lugar un gran centro turístico de lujo. Una
nueva Riviera en el Mediterráneo Oriental...
No se trata de una fantasía. El diario The Washington Post reveló días atrás
que la Administración norteamericana está ultimando un plan de reconstrucción
de Gaza que implicaría la “relocalización”, en principio temporal y
supuestamente voluntaria, de sus más de dos millones de habitantes y la
atribución de la gestión de la franja a un fondo de inversión estadounidense
durante diez años.
No es difícil imaginar el entusiasmo que esta idea suscita
en los miembros más extremistas del gobierno israelí, que defienden sin tapujos la expulsión de los palestinos de
Gaza y la ocupación y recolonización definitiva del territorio (para después
seguir con Cisjordania, donde Israel está expulsando ya a palestinos de sus
tierras y extendiendo la colonización ilegal)
¿Pero dónde desplazar a los palestinos? El diario Financial
Times ha revelado que el Boston Consulting Group (BCG), la consultora que
habría preparado el plan para Gaza por encargo de un grupo de hombres de
negocios israelíes –con la aquiescencia de Washington y Jerusalén–, habría elaborado en paralelo un
plan para enviar a los palestinos a dos países africanos: Somalia y Somaliland.
Otras informaciones, contrastadas por las agencias AP y Reuters, sostienen que
también ha habido contactos oficiosos con este fin con Sudán del Sur. Egipto, que rechaza la expulsión de los
palestinos, presiona por el otro lado para abortar estas maniobras.
El paralelismo entre lo que se planteaba a principios de los
años cuarenta del siglo pasado en Europa y lo que está pasando hoy en
Palestina, con los planes para deportar a los gazatíes a África y las matanzas
masivas e indiscriminadas perpetradas por el ejército israelí –más de 60.000
personas, el 83% civiles, han muerto hasta ahora en Gaza, en lo que incluso
prominentes figuras israelíes califican de genocidio–, no puede ser más
turbador.

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