Newsletter ‘Europa’
La UE se desgarra entre la necesidad de una mayor integración y crecientes fuerzas centrífugas
Ocho meses han bastado, los que lleva Donald Trump en
la Casa Blanca en su segundo mandato -mucho más radical que el de 2017-2020-,
para poner crudamente en evidencia la fragilidad geopolítica de Europa, un
gigante económico que no alcanza a ser una superpotencia. Extorsionada y
ninguneada por su teórico aliado, la Unión Europea se ha visto forzada a
aceptar un acuerdo comercial desequilibrado e imposiciones de gasto impensables
por parte de Estados Unidos, mientras era ignorada en los grandes conflictos
internacionales, desde Ucrania a Gaza.
Lo resumió claramente hace unas semanas, en un
seminario en Rimini, el expresidente del Banco Central Europeo (BCE) y ex
primer ministro italiano, Mario Draghi: “Durante años, la UE creyó que su
tamaño económico, con 450 millones de consumidores, le otorgaba poder
geopolítico e influencia en las relaciones comerciales internacionales. Este
año será recordado como el año en que esta ilusión se desvaneció”.
El martes, Draghi acudió a Bruselas con motivo del primer aniversario de la entrega de su informe sobre la competitividad de la UE, en el que proponía ambiciosas reformas para recuperar el terreno perdido y poner a Europa a la altura de EE.UU. y China. Su diagnóstico no fue demasiado optimista. Todo va demasiado lento, dijo, y advirtió que los retrasos tienen un coste: según datos del BCE, las necesidades de inversión anual de Europa en el periodo 2025-2031 han pasado en un año de 800.000 millones a 1,2 billones de euros. El italiano puso en cuestión que los gobiernos hayan “comprendido la gravedad del momento”.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der
Leyen, quiso ver el vaso medio lleno y relató las iniciativas que el Ejecutivo
de Bruselas ha puesto en marcha en el último año (Brújula de la Competitividad,
Pacto para una Industria Limpia, plan de gigafactorías para la IA, Plan de
Acción para una Energía Asequible, Unión de Ahorros e Inversiones, aumento de
la inversión en defensa con el programa SAFE, próxima propuesta de un Fondo de
Competitividad de 400.000 millones de euros, hoja de ruta para eliminar las
barreras del mercado único en 2028…) Sin embargo, un informe del think
tank European Policy Innovation Council (EPIC) sostiene que solo se ha
completado el 11,2% de las 383 medidas propuestas por el informe Draghi.
¿Lento? Más bien sí.
Uno de los principales retos de la UE, en que poco o
nada se ha avanzado, es acabar con la fragmentación de hecho del mercado
interior por la superposición de reglamentaciones nacionales. La no culminación
del mercado único tiene un coste equivalente, según cálculos del Fondo
Monetario Internacional (FMI), al que tendrían unos aranceles interiores del
45% para los bienes y del 100% para los servicios. ¡Ríete tú del 15% de Trump!
En este terreno, es clamorosa la ausencia de una unión de los mercados de
capitales, que hace que gran parte del ahorro de los europeos -unos 300.000 millones
de euros al año- se invierta en EE.UU. y no en Europa.
Draghi hace mucho hincapié en la culminación del
mercado único, sobre la que los 27 llevan una década mareando. Y también en la
necesidad de seguir aplicando el modelo, ya ensayado con los fondos Next
Generation para superar la crisis económica provocada por la pandemia de covid,
de financiar grandes programas de inversión comunes con la emisión de deuda
conjunta. Una propuesta que eriza el vello de los países llamados frugales
(Austria, Dinamarca, Países Bajos, Suecia), que ven ahí la puerta abierta a
todos los desmanes, y que incomoda a otros, como Alemania.
No va a ser fácil que accedan de nuevo. De hecho, la
austeridad comunitaria parece ser tendencia en este otoño de 2025. De cara a
los próximos presupuestos comunitarios -subrayan fuentes de Bruselas-, la
mayoría de los países miembros rechazan aumentar sus aportaciones pese a que
está previsto incrementar los gastos en defensa y competitividad. Lo cual, si
no se encuentran nuevas y suficientes fuentes de ingresos -otro campo de
batalla-, irá necesariamente en detrimento de otras partidas, como la Política
Agraria Común (PAC) o los fondos de Cohesión. Salir del marasmo económico y geopolítico
que denuncia Draghi necesita inversiones masivas, pero también y sobre todo una
apuesta decidida por profundizar la integración europea, económica y política. Si
Europa quiere ser escuchada en el mundo, debe dotarse del poder político y
militar necesario y hablar con una sola voz, algo que hoy por hoy parece una
quimera. La propia Von der Leyen, en el reciente debate sobre el Estado de la
Unión, clamó por introducir el voto cualificado en la política exterior y
abandonar definitivamente los “grilletes” de la unanimidad.
Sin embargo, esta vía choca frontalmente con las
fuerzas centrífugas que se han desatado en el interior de la Unión. No es ya
que los gobiernos tiendan a dar prioridad a los intereses nacionales frente a
los comunitarios en muchos asuntos, sino que las fuerzas abiertamente
euroescépticas o antieuropeas -nacionalistas y de extrema derecha- está
creciendo exponencialmente en todo el continente. Tras el Brexit, ya nadie
quiere abandonar el club. Pero su apuesta común es reducir la UE a la mínima
expresión, convertirla en una especie de cáscara vacía de contenido y devolver
todo el poder a los Estados nacionales.
Los nacionalistas gobiernan o participan hoy en el
gobierno de media docena de países de la UE: Croacia, Eslovaquia, Finlandia,
Hungría, Italia y Países Bajos (en Italia, Giorgia Meloni se ha alineado
coyunturalmente con el mainstream europeo, pero nada le impedirá volver
a sus raíces euroescépticas si cambian las tornas, mientras que la salida del
Gobierno neerlandés del partido de Geert Wilders, minoritario pero el más
votado, debe entenderse como algo temporal, a la espera de las elecciones
anticipadas del próximo octubre). Y en otros ocho, pese a no estar en el
Gobierno, los nacionalistas son la primera o segunda fuerza electoral (bien
tras los últimos comicios, bien en los sondeos): Alemania, Austria, Bélgica,
Francia, Polonia, Portugal, República Checa y Rumanía. También en el Reino
Unido, aunque ya fuera de la UE, las cosas van por aquí.
“Destruir la integración europea para regresar a la
soberanía nacional no haría sino exponernos aún más a la voluntad de las
grandes potencias”, ha advertido con razón Mario Draghi ante la tentación de
repliegue. El pulso político dominante en las sociedades europeas, sin embargo,
va en buena medida en el sentido contrario. El escenario que dibujan los
nacionalistas, bajo el equívoco eslogan trumpista de Make Europe Great Again,
es el de una Europa compuesta por diminutos países mirándose el ombligo, orgullosos
de sus presuntas glorias pasadas y prestos a rendir servidumbre a los nuevos
grandes señores feudales del mundo.
Test electoral en Alemania. Los
electores del land de Renania del Norte-Westfalia acudieron el domingo pasado a
las urnas para elegir a sus ayuntamientos. Pese a tratarse de unas elecciones
locales parciales, habían despertado el interés por tratarse de las primeras
desde que el democristiano Friedrich Merz fue elegido canciller. La CDU volvió a ganar, seguida en segundo
lugar por el SPD, pero lo más destacable es que la ultraderechista Alternativa
para Alemania (AfD) -fuerte en los lander del este y otrora casi testimonial en
los del oeste- triplicó sus votos, pasando a obtener el 16,4%. Los últimos
sondeos de intención de voto a nivel general otorgan a la AfD un 26%, empatando
en cabeza con la CDU.
Francia, degradada.
La inestabilidad política, en un contexto de déficit desenfrenado y
endeudamiento creciente, ha llevado a la agencia de notación Ficht a rebajar la
calificación de la deuda soberana de Francia de AA- (calidad elevada) a A+
(calidad media superior), un nivel más próximo al de España (A-) que al de
Alemania (AAA). Mientras el nuevo primer ministro francés, Sébastien Lecornu,
multiplica los contactos para tratar de formar un gobierno mínimamente estable
y abordar los presupuestos del 2026, los sindicatos organizaron ayer una
jornada de huelgas y manifestaciones contra los recortes que movilizó a cientos
de miles de personas y se tradujo en paros parciales en los servicios públicos.
Sanciones a Israel. Tal
como anunció Uursula von der Leyen ante el Parlamento de Estrasburgo la semana
pasada, la Comisión Europea ha aprobado proponer sanciones contra Israel por lo
que la ONU ha calificado ya de genocidio en Gaza. La propuesta incluye
suspender la parte comercial del Acuerdo de Asociación, sancionar a dos
ministros extremistas israelíes y a los colonos violentos de Cisjordania, y
paralizar las ayudas bilaterales. Fuera de esto último -que es lo único que
depende directamente de Bruselas y que es testimonial-, lo demás depende del
acuerdo de los 27, ya sea por mayoría cualificada o por unanimidad. Visto lo
que ha pasado hasta ahora, corre el serio riesgo de quedar en nada

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