lunes, 13 de julio de 2020

Bienvenidos al Norte


@Lluis_Uria

Hace unos años, en algunos puntos de la frontera francoespañola, como el del Coll dels Belitres, entre Portbou y Cerbère, aparecieron unos nuevos carteles informativos del departamento francés de los Pirineos Orientales dando la bienvenida a la “Catalunya Nord”. Al conductor avisado, sabedor de hasta qué punto esta apelación geográfica levanta ampollas a este lado de la cordillera, no podía dejar de sorprenderle la iniciativa, aun más viniendo de un país tan centralista como Francia, donde la palabra Catalogne ni siquiera aparece en la nomenclatura oficial (intentos ha habido, pero siempre han fracasado: la última oportunidad se perdió con la reciente integración de las regiones de Languedoc-Rossellón y Midi-Pirineos, que ha acabado denominándose simplemente Occitania). De todos modos, la extrañeza duró poco: en París tampoco debió gustar, porque el cartel del Coll dels Belitres no tardó en desaparecer.

No hace falta un cartel para constatar que la Catalunya Nord existe. Como referencia geográfica. Como hecho histórico. Como herencia cultural y lingüística. ¿Como realidad? Eso ya es otra cosa. Más de tres siglos y medio después del tratado de los Pirineos (1659) –por el que España cedió a Francia el Rosellón, el Conflent, el Vallespir y parte de la Cerdanya–, la Catalunya francesa tiene más de lo segundo que de lo primero. Y todo intento, con los parámetros del sur, de comprender el norte –donde el catalán apenas se habla, el sentimiento catalanista está reducido a sus aspectos más folclóricos y la identidad regional se expresa en aficiones como el rugby y los toros– está abocado al fracaso.

Lo mismo sucede en el terreno político. La victoria del candidato del Reagrupamiento Nacional (RN) –extrema derecha– a la alcaldía de Perpiñán, Louis Aliot, en la segunda vuelta de las elecciones municipales el 28 de junio tiene muy poco que ver con la correlación de fuerzas y los movimientos de fondo de la política catalana. En el norte, el procés es observado con simpatía, pero con una inmensa distancia. Y cuando Louis Aliot va por los barrios acariciando los sentimientos identitarios de sus diferentes clientelas electorales, lo hace siempre desde la identidad francesa, que la renovada ultraderecha de Marine Le Pen presenta como asediada por la inmigración musulmana de origen magrebí.

Hace seis años, cuando Aliot lanzó el primer gran asalto a la alcaldía de la capital –ganó en la primera vuelta, pero perdió en la segunda–, le dijo a este periodista en su cuartel general del bulevar Wilson: “La verdadera amenaza para la identidad catalana es la inmigración masiva; en las escuelas de Perpiñán se ofrece a los niños la posibilidad de aprender árabe, pero no catalán”. Esta vez no le ha hecho falta blandir el espectro de la inmigración –su posición está más que acreditada– para ganar.

Para entender la victoria del Regrupamiento Nacional hace falta entender lo que es Perpiñán, una ciudad-mosaico de senyeres y quebabs donde conviven sin mezclarse catalanes de origen –menos de la mitad–, pied-noirs repatriados de Argelia en 1962, gitanos, magrebíes y otros inmigrantes venidos del norte de Francia (muchos jubilados modestos en busca de sol y vivienda asequible). Y cuyo máximo éxito reciente fue la victoria del equipo de la USAP en el campeonato francés de rugby del 2010 en un Camp Nou adaptado para la ocasión (Campions de França, tituló en catalán su portada el diario L’Équipe)

Nada que haya podido hacer olvidar los arraigados problemas de la ciudad: declive económico, paro, pobreza, tensiones étnicas, delincuencia –aumentada con la llegada reciente de bandas de narcotraficantes marselleses– y el agotamiento definitivo de un sistema político clientelar que había dominado la municipalidad desde finales de los años 50.  Todo ello ha alimentado el descontento de una población que se siente olvidada por el poder político y que se ha traducido en la victoria de una extrema derecha oportunamente reconvertida y despojada de sus aristas más afiladas.

El triunfo de Aliot tenía algo de “inevitable”. Así lo juzga el geógrafo David Giband, profesor de la Universidad de Perpiñán, que ve en el nuevo alcalde de la capital catalano-francesa y en su camarada Robert Ménard –reelegido por mayoría aplastante en Béziers– a “los nuevos Señores del Sur”. Lejos de ser general, el triunfo de la ultraderecha en estos comicios se ha focalizado en esta zona y particularmente en estas dos ciudades, la cuarta y la primera más pobres de Francia.

“Perpiñán es históricamente un terreno fértil para la extrema derecha –desde la llegada de los pied-noirs– y el antiguo Frente Nacional (hoy Reagrupamiento) está implantado aquí desde los años noventa. Aliot además ha hecho una buena campaña, presentándose como una persona independiente y sensata. Pero su victoria es sobre todo la derrota de Jean-Marc Pujol (el alcalde saliente), heredero del clan Alduy”, reflexiona Giband al otro lado del teléfono, aludiendo al político conservador Paul Alduy (alcalde de 1959 a 1993) y su  hijo Jean-Paul (que le sucedió entre 1993 y el 2009). “La gente estaba harta del sistema”, concluye.

Hace diez años, Jean-Paul Alduy –entonces senador–, cantaba las alabanzas de la inminente conexión transpirenáica de alta velocidad, a la que apostaba el futuro de su ciudad. “Perpiñán, que ha sido hasta ahora un cul-de-sac, pasará a ser una ciudad-puente, rótula de enlace de la península Ibérica con el resto de Europa, habrá un cambio de escala”, contaba con entusiasmo a este –entonces– corresponsal. Los TGV pasan diariamente por Perpiñán desde diciembre del 2013. Apenas baja gente. El tren de alta velocidad no ha sido el factor dinamizador de la economía que algunos esperaban. Ni ha convertido a Perpiñán en el centro del mundo. Por más que el nombre del centro comercial de la nueva estación –bautizado con el aserto daliniano– intente convencer de lo contrario.



En La Vanguardia:
https://www.lavanguardia.com/internacional/20200712/482244242523/francia-perpinan-catalunya-nord-louis-aliot-reagrupamiento-nacional.html?utm_term=botones_sociales_app&utm_source=social-otros&utm_medium=social

lunes, 29 de junio de 2020

No somos ángeles


@Lluis_Uria

Hubo un tiempo en que las estatuas de Lenin, el padre de la revolución bolchevique, poblaban las ciudades de Rusia y de los países comunistas del este de Europa. Todo empezó a derrumbarse con la caída del Muro de Berlín en 1989. Y, tras él, cayeron miles de monumentos soviéticos. En las poblaciones del norte obrero de París –ciudad donde vivió exiliado entre 1908 y 1912–, también se rindió homenaje al revolucionario ruso. Pero sus efigies acabaron asimismo retiradas. Una de estas estatuas, de bronce y tamaño natural, acabaría años después en uno de los mercadillos de antigüedades del Marché des Puces, a un precio sobre el que el vendedor guardaba calculada discreción. No tardó en venderla. Otras esculturas similares acabaron en los vertederos.

La suerte de las estatuas de Lenin la han seguido las de miles de personajes a lo largo de la Historia. Templos, estatuas y monumentos erigidos por el poder del momento para honrar a sus dioses y a sus prohombres –promujeres, muy pocas– han sido derribados por quienes han venido después, que a su vez han levantado sus propios ídolos. No hay de qué extrañarse. Ni tampoco lamentar (al margen de las barrabasadas contra el patrimonio artístico). La memoria colectiva es tan cambiante y caprichosa con sus olvidos como la individual. Y el reparto de honores, discutible.

El movimiento de protesta provocado en Estados Unidos por el asesinato de un ciudadano negro, George Floyd, a manos de un policía blanco en Minneapolis ha generado un amplio movimiento para desterrar del espacio público aquellos monumentos erigidos en honor de los dirigentes y jefes militares de los estados confederados del Sur, que en la guerra civil norteamericana defendieron la esclavitud de los negros. Pero pronto se ha extendido, en todo el mundo, a todas aquellas figuras que mantuvieron comportamientos racistas.

En este juicio popular y sumarísimo  contra el racismo sucede, sin embargo,  que la complejidad cede su espacio a la simplificación. Y que la discusión en profundidad que podría abrirse sobre algunas actitudes y el estado de opinión de determinadas épocas –como defendía hace unos años la exministra francesa Christiane Taubira, negra de origen guyanés, militante contra el racismo y contra los debates simplistas– queda barrido por las proclamas facilonas. Dos de los personajes históricos recientemente denunciados en este proceso –el presidente de EE.UU. entre 1901 y 1909, Theodore Roosevelt, y el ministro principal del rey Luis XIV de Francia de 1661 a 1683, Jean-Baptiste Colbert– muestran la complejidad de las cosas, donde ni los buenos son tan buenos, ni los malos tan malos.

Las protestas han llevado al Museo de Historia Natural de Nueva York a acceder a retirar de su entrada una estatua ecuestre de Roosevelt escoltado por dos figuras, a pie, de un negro y un nativo americano que de algún modo subraya la superioridad blanca. Es una decisión, sin duda, acertada. Pero ¿era el presidente un racista como la escultura sugiere? Probablemente. Los prejuicios contra los negros eran moneda corriente entre la clase alta norteamericana a la que Roosevelt pertenecía. Pese a lo cual fue el primer presidente en invitar a cenar en la  Casa Blanca a un líder de la comunidad negra, el pedagogo Booker T. Washington. Por lo demás, si Roosevelt ha sido objeto de numerosos monumentos –entre ellos el del monte Rushmore– y es hoy reconocido como uno de los más importantes presidentes de la historia de EE.UU., es porque hizo una política social progresista –gracias a su intervención, los mineros vieron reducida su jornada laboral a 8 horas–, reguló la actividad económica y puso coto a los monopolios, reforzó el poder federal, aplicó por primera vez una amplia política  conservacionista –creó una quincena larga de monumentos nacionales para proteger espacios naturales, entre ellos el Gran Cañón– y en 1906 recibió el premio Nobel de la Paz por mediar para poner fin a la guerra entre Rusia y Japón.

Jean-Baptiste Colbert, asimismo procedente de una familia acaudalada, tuvo también en la historia de Francia un papel de una relevancia que va más allá de las querellas actuales. Cierto, en 1682 y por encargo de Luis XIV empezó la elaboración del llamado Código Negro –aprobado tres años más tarde, ya sin su concurso–, que por primera vez regulaba las condiciones de la esclavitud en las colonias francesas. También las suavizó, en comparación con las prácticas originales. En todo caso, si Colbert ha pasado a la Historia no es por el Código Negro, sino porque saneó las finanzas del reino, puso coto a la impunidad de los nobles –obligados a partir de entonces a pagar impuestos–, promovió el comercio y la industria, impulsó las artes y las ciencias, y reforzó el patrimonio forestal público. Su política, bautizada como colbertismo, que otorgaba al Estado un papel fundamental en la dirección de la economía, impregna todavía hoy las políticas públicas.

Si atendemos principalmente al comportamiento de Roosevelt y Colbert hacia los negros y la esclavitud, puede mantenerse la conclusión, ¿por qué no?, de que deben retirarse todos sus monumentos. Pero no podemos conformarnos con una caricatura. Roosevelt y Colbert no eran, sin duda, unos ángeles. Ninguno lo somos. Los que piden su excomunión, tampoco.

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martes, 16 de junio de 2020

El paseíllo


@Lluis_Uria

Una pequeña caminata puede bastar para retratar a una persona. Los cinco minutos que Donald Trump empleó en cubrir a pie los 300 metros que separan la Casa Blanca de la iglesia episcopal de Saint John –conocida en Washington como la iglesia de los presidentes–, el Lunes de Pentecostés, se han convertido en uno de esos momentos definitorios.

Para recorrer esos 300 metros, el presidente de Estados Unidos pisoteó los principios democráticos consagrados en la Constitución norteamericana –al ordenar la dispersión violenta de una manifestación legal y pacífica con el único fin de abrirse paso–. Y remató su fatuo paseíllo con una  Biblia en la mano apelando a “la ley y el orden”, amenazando con movilizar al ejército contra quienes han gritado en todo el país su rabia por la enésima muerte de un ciudadano negro –George Floyd, en Minneapolis– por la violencia racista de  un policía blanco y atizar una vez más las fracturas que dividen a la sociedad norteamericana. El presidente, que calificó a los participantes en los disturbios de “terroristas”, incitó implícitamente al enfrentamiento civil al invocar la Segunda enmienda, que otorga a los ciudadanos el derecho a llevar –y utilizar– armas de fuego. Trump pretendía hacer un acto de desagravio al templo, que la víspera había sufrido un incendio intencionado. En realidad, lo ultrajó.

La visita causó consternación y desagrado en la Iglesia. La obispa Mariann Edgar Brudde fue muy dura: “El presidente ha usado la Biblia, nuestro texto sagrado, y una de las iglesias de nuestra diócesis, sin permiso, como fondo para  lanzar un mensaje antitético a las enseñanzas de Jesús”. “No mencionó a George Floyd –añadió–, no habló de la agonía de la gente que ha sido sometida por esta horrible muestra de racismo y supremacía blanca durante cientos de años. Necesitamos un presidente que pueda unir y sanar, él ha hecho todo lo contrario”. La reprobación de las autoridades eclesiásticas no ha sido la única. En todo EE.UU. se han alzado críticas contra la deriva sectaria y autoritaria de Trump. Pero lo más inaudito ha sido la censura pública de varios altos mandos del ejército de EE.UU. a la pretensión del presidente de utilizar las fuerzas armadas para combatir las protestas.

La voz más potente ha sido la del general de los marines Jim Mattis, de 69 años, veterano de las guerras de Irak y Afganistán y cuyo apodo –mat dog (perro rabioso)– es en realidad más aplicable a su comandante en jefe que a él mismo. “Donald Trump es el primer presidente en toda mi vida que no intenta unir a los ciudadanos americanos, que ni siquiera pretende intentarlo. Por el contrario, trata de dividirnos –dijo–. Estamos viendo las consecuencias de tres años de este deliberado esfuerzo, de tres años de un liderazgo inmaduro”. Y amoral, cabría decir.

Mattis sabe muy bien de lo que habla, porque entre enero del 2017 y diciembre del 2018 –en que dimitió– fue su secretario de Defensa. Y uno de los altos cargos del Gobierno y de la Casa Blanca que todavía eran capaces de moderar las ocurrencias y desenfrenos que el presidente incuba mientras traga horas y horas de televisión –leer, no lee ni los informes de Inteligencia– y se excita con las tertulias políticas.

En el 2017, Trump ya incendió medio país al mostrarse comprensivo con los supremacistas blancos que se enfrentaron a grupos antifascistas en Charlottesville y mataron a una mujer. Entonces, sus colaboradores lograron compensar sus inclinaciones naturales haciéndole leer un discurso condenatorio de la violencia racista y llamando a la unidad del país. Tres años después, nadie parece ya capaz de frenarle.

A cinco meses de las elecciones presidenciales de noviembre, el panorama se ha oscurecido para el aspirante a la reelección. A la crisis sanitaria y económica de la Covid-19 –cuya desastrosa gestión ha dejado hasta el momento un rastro de dos millones de infectados, más de 113.000 muertos y 40 millones de desempleados– se ha sumado la crisis racial, mientras su rival, el demócrata Joe Biden, le saca ocho puntos de ventaja en los sondeos. Así que Trump trata de recuperarse electoralmente agitando la cara oscura de su electorado. Esta táctica, basada en “inflamar la división, a riesgo de una mayor inestabilidad y violencia”, plantea una “grave amenaza para la democracia americana”, alerta en un análisis para el think tank británico Chatham House la politóloga Leslie Vinjamuri.

La amenaza es, en realidad, Trump en sí mismo, un hombre caprichoso y ególatra, con pulsiones tiránicas, que gobierna utilizando la mentira y el miedo, y a quien le gustaría ejercer el poder sin más trabas que las que tienen sus admirados autócratas Vladímir Putin, Recep Tayyip Erdogan e incluso Kim Jong Un. El último informe anual de la organización norteamericana Freedom House alertaba justamente de la erosión que puede sufrir la democracia en EE.UU. a causa de un presidente que busca –afortunadamente sin demasiado éxito hasta ahora– “romper las salvaguardas institucionales” y que ignora los derechos de la oposición y las minorías.

 El mayor problema es que Trump no está solo, tiene a su partido detrás. Indignamente callado, el GOP ha renunciado a sus principios. “El Partido Republicano está traicionando la democracia, está demostrando que ya no le interesa una democracia multipartidista, sino que sólo le preocupa consolidar el poder”, advertía recientemente Jason Stanley, profesor de filosofía de la Univerdidad de Yale, en el Washington Post. Y cuando todo vale, la dictadura puede estar a la vuelta de la esquina.




lunes, 1 de junio de 2020

Guerra de religión en la UE


La división de Europa ante la pandemia de la Covid-19 es un reflejo contemporáneo de la fractura entre protestantes y católicos

@Lluis_Uria

El cuadro que ilustra esta página, pintado a finales del siglo XIX por Henri-Paul Motte –popular autor de temas históricos–, presenta al cardenal Richelieu, el todopoderoso primer ministro del rey Luis XIII, mitad monje mitad soldado, supervisando el sitio de La Rochelle en 1628. El ejército del rey de Francia buscaba poner fin a la sublevación de los protestantes de este importante puerto de la costa atlántica, que siete años antes habían proclamado la independencia y contaban con el apoyo militar de Inglaterra. El cardenal Richelieu, obispo y –por encima de todo– estadista, consideró que se había traspasado la frontera de lo admisible: “Hay que cortar la cabeza del dragón”, declaró. O así cuenta la leyenda.

El asedio de La Rochelle, que fue bloqueada por mar con la construcción de un gran  dique, se prolongó durante un año y acabó con la victoria de las tropas reales, dejando tras de sí la muerte de la mayoría de los 28.000 habitantes de la ciudad. El desenlace fue decisivo para el futuro de Francia, pues comportó el sometimiento –y posterior expulsión– de la comunidad protestante y la consolidación definitiva del país como una potencia católica.

La caída de La Rochelle fue un golpe determinante para los hugonotes, los seguidores del fundador del calvinismo, el teólogo francés Juan Calvino. La derrota de los calvinistas puso fin a las concesiones territoriales que mediante el Edicto de Nantes  habían recibido del rey Enrique IV –quien había reconocido el establecimiento de una cincuentena de plazas fuertes para los protestantes– y abrió el camino para que en 1685 el rey Luis XIV revocara  completamente el edicto y suprimiera la libertad de culto en Francia. Aquella decisión precipitó el éxodo de miles de hugonotes, que buscaron refugio en los países protestantes, entre ellos la recién independizada Holanda, convertida en la nueva patria del calvinismo.

Algunos analistas, como el ensayista francés Alain Minc –un influyente asesor de los presidentes Nicolas Sarkozy y François Hollande–, opinan que la expulsión de los hugonotes tuvo nefastas consecuencias para Francia, que de este modo se vio privada de una “burguesía de los negocios” que a su juicio el catolicismo engendró con mayor dificultad, mientras que este éxodo alimentó el nuevo capitalismo en Holanda y Prusia. “Sin la revocación (del Edicto de Nantes), Francia se hubiera industrializado mucho más rápidamente”, sostiene.

Lo que Francia perdió lo ganó Holanda, que en el siglo XVII se convirtió en la gran  potencia  comercial y marítima continental con el concurso decisivo de los refugiados hugonotes. El economista alemán decimonónico Eberhard Gothein no dudó en calificar la diáspora calvinista como el “vivero de la economía capitalista”.

El papel  que el protestantismo en sus diferentes ramas  –anglicanismo, luteranismo, calvinismo...– tuvo en el surgimiento del capitalismo en Europa ha sido ampliamente documentado. En su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de 1905, el filósofo germano Max Weber sostiene que la concepción protestante sobre el valor del trabajo, y la legitimación de la búsqueda del provecho, contribuyó de forma determinante a la aparición del capitalismo. Y también a la formación de una ética que conjuga ascetismo y puritanismo –especialmente en el calvinismo, que rechaza todo tipo de frivolidad y disfrute, así como el “derroche ocioso del dinero y del tiempo”– y que ha modelado la manera de vivir y de pensar de media Europa.

Cuando el ministro de Finanzas neerlandés, Wopke Hoekstra, rechazó recientemente la emisión de deuda pública europea para ayudar a los países más afectados por la pandemia de Covid-19 –España e Italia– acusándoles de haberse quedado sin margen de maniobra presupuestaria por haber despilfarrado el dinero en su momento, estaba actuando como un auténtico calvinista, cuyo apego a la austeridad va parejo al hábito de hablar con ruda franqueza. Lo mismo había hecho su antecesor, Jeroen Dijsselbloem, a raíz de la crisis financiera del 2008 cuando acusó a los países meridionales europeos de actuar como las cigarras: “No se puede gastar todo el dinero en copas y mujeres y luego pedir que te ayuden”, declaró, abonando un prejuicio que ha vuelto a aparecer estos días en la portada del semanario holandés Elsevier.

Holanda lidera hoy el grupo de los llamados “países frugales”, que rechazan conceder ayudas a fondo perdido y mutualizar deuda en la Unión Europea.  Es una división entre el Norte y el Sur, entre países ricos y pobres,  pero también –y fundamentalmente– entre protestantes y católicos.
Hablando de la crisis griega en una entrevista con La Libre Belgique en el 2017, el historiador  neerlandés Luuk van Middelaar sostenía que en Europa se enfrentan “dos concepciones de la vida política”, donde se reflejan “los mismos debates que durante las guerras de religión”. “Los protestantes –decía– insisten en el respeto a las reglas y a la ley, apelan a la verdad y acusan a los otros de hipócritas, mientras que el catolicismo está más centrado en el amor, lo que hoy se traduce por solidaridad, y deja más margen a la discrecionalidad en la aplicación de las reglas”. Europa no ha superado aún esta dicotomía entre sus dos almas.

El presidente francés, Emmanuel Macron, ha hablado en estos mismos términos en varias ocasiones. “Hemos vuelto a la guerra de religión que opone a la Europa católica y la Europa calvinista, y que históricamente ha conducido siempre a Europa a su perdición”, alertaba hace cuatro años.
Hoy, la pandemia de la Covid-19 ha vuelto a poner esta fractura sobre el tapete. La gran diferencia respecto a la crisis financiera del 2008 es que en esta ocasión Alemania –históricamente alineada con Holanda– ha asumido por primera vez, de la mano de  Francia, el principio de la solidaridad europea sin condiciones. Y ha sido la hija de un pastor luterano, la canciller Angela Merkel, quien ha roto el tabú.

https://www.lavanguardia.com/internacional/20200531/481472342235/europa-ue-covid-19-francia-alemania-protestantes-catolicos-calvinistas-holanda.html





lunes, 9 de marzo de 2020

Víctimas de la paz


@Lluis_Uria

"Era cerca de Bagram... Entramos en un kishlak (aldea) y pedimos comida. Según sus leyes, si un hombre entra en tu casa y está hambriento, no puedes negarle una torta caliente. Las mujeres nos dejaron sentarnos a su mesa y nos dieron de comer. Cuando nos hubimos marchado, los vecinos apedrearon a esas mujeres y a sus hijos hasta la muerte”. Es el testimonio de un soldado extranjero en Afganistán. En este caso, un soldado ruso de los miles que participaron en la guerra en que se empantanó la desaparecida Unión Soviética entre 1979 y 1989. Sus recuerdos están recogidos, junto a otros muchos, en el impactante libro Los muchachos de zinc, de Svetlana Alexiévich.

Es el relato de un soldado ruso en la segunda mitad del siglo XX. Pero podría ser el de un soldado británico de finales del siglo XIX (1839-1842 y 1878-1880). O el de un soldado norteamericano en la primera mitad de este siglo (desde el 2001 hasta hoy) La escena podría ser exactamente la misma. Porque en la guerra, por encima del tiempo y el espacio,  las mujeres son siempre víctimas. Y en Afganistán lo han sido –y pueden volver a serlo– también en la paz.

Afganistán es un país en guerra permanente casi desde el principio de los tiempos. Contra los invasores del exterior y contra sí mismo (entre tribus y señores de la guerra rivales). Tras la retirada soviética, siguió una guerra civil que acabó con la instauración en 1996 del régimen tiránico de los Talibán, derribado por Estados Unidos en el 2001 como represalia por los atentados del 11-S (era bajo sus alas que había encontrado protección la organización terrorista Al Qaeda). Los talibanes se echaron entonces al monte –nunca mejor dicho en el caso de este país fragmentado entre altísimas cumbres– y desde entonces no han dejado de hostigar al ocupante y al régimen de Kabul.

Afganistán lleva 40 años en guerra. Ocho de cada diez afganos han nacido en este tiempo. Ocho de cada diez afganos desconocen lo que es vivir en paz. En los últimos dieciocho años, Estados Unidos y sus aliados occidentales  han perdido 3.500 soldados. Los afganos han pagado el tributo más elevado: entre 100.000 y 150.000 muertos. La Corte Penal Internacional parece dispuesta a investigar ahora los crímenes de guerra cometidos por todas las partes durante este tiempo. Un trabajo ingente...
El bucle en el que está engullido Afganistán se resume en una imagen: en la mesa de negociación entre EE.UU. y los dirigentes talibanes para poner fin a la guerra, que desembocó en la firma la semana pasada en Doha de un acuerdo de vida incierta, se sentaba el mulá Abdul Ghani Baradar, quien en los años 80 combatió contra los soviéticos en uno de los grupos de muyahidines financiados por Washington.

El acuerdo de Doha, por el cual EE.UU. se compromete a abandonar el país en un plazo de 14 meses a cambio de que los talibanes renuncien a dar otra vez cobijo a grupos terroristas, puede poner fin a esta última guerra y permitir a Donald Trump cumplir su promesa de retirarse de Afganistán (sin haber conseguido nada, por otra parte, como los soviéticos, como los británicos...) Pero alcanzar la paz costará bastante más. Los talibanes y el Gobierno de Kabul deberían empezar, a partir de pasado mañana, una negociación bilateral cuyos primeros pasos habrían de incluir la liberación de 5.000 milicianos y 1.000 soldados afganos prisioneros. De momento, los talibanes han empezado a preparar el terreno multiplicando los atentados.

Los afganos pudieron respirar –un poco– durante los días previos a la firma del acuerdo de Doha gracias a la breve tregua que los talibanes aceptaron guardar como gesto de buena voluntad. Acabada, se muestran escépticos sobre el futuro del país, económicamente hundido, moralmente arruinado, sangrado por la violencia y carcomido por la corrupción. Y si esperanza de paz hay, por precaria que sea, tiene también un lado oscuro, tenebroso incluso. Porque para la mitad de la población –las mujeres– puede ser una pesadilla.

El régimen Talibán implicó un regreso a la Edad Media (de la que  las zonas rurales, dicho sea de paso, apenas han salido). A las mujeres se les prohibió estudiar y trabajar, se las confinó en casa y se las encerró en un burka. Toda diversión –incluida la música– estaba vetada. Al mínimo desliz, la pena era la flagelación o la muerte por lapidación.

La caída del régimen islamista trajo un soplo de aire fresco. El ambiente siguió enrarecido, no hay que engañarse –para Amnistía Internacional, Afganistán sigue siendo el peor país del mundo para las mujeres–, pero se hizo un poco más respirable. Al menos en Kabul. En el campo, los malos tratos, la violencia machista, el sometimiento femenino, la (doble) moral sexual, los matrimonios forzados de las niñas... siguen al orden del día. Y los castigos corporales en las zonas controladas por los talibanes son aún moneda corriente. El 80% de los suicidios los protagonizan mujeres...

Frente a esta realidad, en la capital y las áreas bajo control gubernamental en los últimos años se han abierto espacios de libertad. Las mujeres trabajan y crean sus propios negocios, y ocupan una cuarta parte de los escaños del Parlamento, las chicas han regresado a las escuelas y pueden cursar estudios superiores –la Universidad Americana de Afganistán es un oasis–, y en las terrazas de los cafés puede verse a jóvenes de ambos sexos consultando las redes sociales como en cualquier otro lugar. Todo esto podría venirse abajo a poco que los talibanes consigan reinstalarse en el poder. Sus dirigentes han intentado últimamente mostrar una cara más moderada ante la comunidad internacional. Pero nadie se fía de ellos. Y los testimonios de las mujeres afganas muestran una creciente inquietud. Quizá quien mejor lo resumió fue la activista Zara Hussaini al declarar a France Presse el día de la firma del acuerdo de Doha: “Hoy es un día negro”.

https://www.lavanguardia.com/internacional/20200308/474020883113/afganistas-taliban-talibanes-estados-unidos-al-qaeda.html?utm_term=botones_sociales_app




lunes, 24 de febrero de 2020

Malos tiempos para la Rebelión


@Lluis_Uria

El senador romano Marco Junio Bruto era un hombre de convicciones. Protegido de Julio César, quien le profesaba una estima casi filial y cuyo amparo le abría un magnífico horizonte político, puso sus principios por encima de cualquier otra consideración cuando, con el fin de salvar a la República, decidió sumarse a la conspiración que acabó con el asesinato del dictador en el Senado de Roma el 15 de marzo del año 44 a.C. (los Idus de Marzo). Según algunos cronistas, César tuvo plena conciencia de que Bruto –“¡Tú también!”– formaba parte de quienes le estaban apuñalando. Personaje trágico, Bruto no tenía en cambio ni idea en aquel momento de adónde iba a conducir el magnicidio. En lugar de evitar la tiranía como buscaba, la guerra civil que siguió acabaría alumbrando el Imperio.

Hay mucho de la épica –y la estética– romanas en la saga galáctica iniciada en 1977 por George Lucas con La guerra de las galaxias, donde se relata la interminable lucha entre los defensores de la República –reagrupados en la Rebelión– y el Imperio, que trata de afianzarse  sobre sus cenizas con la acción imprescindible de implacables lugartenientes como Darth Vader y sus epígonos.

En este combate del bien contra el mal, de la libertad contra la opresión, los creadores de Star Wars han obviado sistemáticamente sin embargo una realidad fundamental (y no se trata justamente de que los buenos no siempre triunfan, ya se sabe, estamos en Hollywood). No, lo que consciente o inconscientemente se ignora en todas las películas es que el emperador, además de un personaje oscuro, malvado y calculador, puede ser también una figura extraordinariamente popular.

General de éxito y patricio, Julio César lo era –y mucho– entre los militares y la plebe. Infinitamente más, en todo caso, que los miembros del Senado, percibidos como una casta de aristócratas oligarcas. También lo fue, por cierto, otro tirano admirador de César, el asimismo victorioso general Napoleón Bonaparte –quien adoptó algunos símbolos y prácticas políticas de la antigua Roma, desde el águila o la corona de laurel a los arcos de triunfo y las columnas conmemorativas de batallas–, capaz de disolver la Revolución francesa en una dictadura y coronarse después emperador con el aplauso de unas clases populares anhelantes de ley y orden.

En este primer cuarto del siglo XXI, el Imperio parece estar, de nuevo, ganando adeptos en todo el mundo frente a la República. Un reciente estudio de la Universidad de Cambridge constata una “erosión” general de la democracia en todos los continentes en la última década. Globalmente, el número de personas insatisfechas con el sistema democrático –en una muestra de 77 países– ha pasado del 48% al 58%. En Francia, los sondeos apuntan que más de una tercera parte de la población (36%) –la mayoría, de clases modestas– considera que hay “otros sistemas políticos” que pueden ser tan buenos como la democracia y una mayoría amplia, que en el caso más extremo puede llegar al 77%, apoyaría restringir las libertades públicas en determinadas circunstancias por motivos de seguridad.

En momentos de incertidumbre y zozobra como los actuales, la tentación de recurrir a la figura protectora y benefactora de un hombre fuerte gana enteros. Y si guarda un poco las formas, tanto mejor. En un artículo publicado en Foreign policy, la politóloga Erica Franz, profesora de la Universidad Estatal de Michigan, subraya que desde la Segunda Guerra Mundial “la mayoría de los regímenes autoritarios del mundo han tenido parlamentos, partidos políticos y elecciones parcialmente abiertas celebradas regularmente”. Es una mascarada, pero funciona: “Los regímenes autoritarios con instituciones pseudodemocráticas duran bastante más en el poder que los que no las tienen”. Si en los años noventa, los autócratas disimulados imperaban durante 19 años de media, ahora llegan a los 27.

La Rusia de Vladímir Putin, quien pronto cumplirá veinte años en el poder, es una de estas democracias adulteradas. ¿Podría llegar a serlo algún día Estados Unidos? Las derivas autoritarias de Donald Trump, con ser inquietantes, no lo son tanto como la deserción del partido republicano, que –sumiso y entregado a su líder– no ejerce ningún freno ni contrapoder, como se ha visto en el Senado con la farsa del  juicio del impeachment.

Que uno de los defensores de Trump osara argumentar ante la Cámara Alta que las maniobras ilícitas del presidente para asegurar su reelección –en este caso, extorsionando al primer ministro de Ucrania para perjudicar a un aspirante demócrata– pueden considerarse de “interés público” demuestra hasta qué punto la pulsión autócrata de Trump y  su desprecio manifiesto de los principios democráticos se han ido acentuando en estos cuatro años en la Casa Blanca. “¡El Estado soy yo!”, podría proclamar emulando a Luis XIV. Su reciente absolución no ha hecho más que agravar su comportamiento.

El profesor Stephen M. Walt, especialista de relaciones internacionales de la Universidad de Harvard, testa regularmente el comportamiento del presidente de EE.UU. a partir de 10 puntos que a su juicio demuestran el carácter dictatorial de todo gobernante (entre ellos, la intimidación de los medios de comunicación, la politización de las estructuras del Estado, el intervencionismo en la justicia, la demonización de la oposición, la creación de un clima de miedo...) y alerta que Trump ha cruzado ya diversas líneas rojas: “Las democracias no enferman y mueren de repente; se derrumban gradualmente, a partir de pequeñas grietas, cada una de las cuales parece en el momento sin consecuencias. Es lo que Donald Trump está haciendo, ayudado e incitado por el otrora orgulloso partido republicano”. Pese a ello, o precisamente por ello,  su popularidad sigue intacta entre sus adeptos y su reelección el próximo noviembre parece más que probable.

Al amparo del giro autoritario en la Casa Blanca, Xi Jinping consolida en China –si la crisis del coronavirus no lo impide– un poder personal como no se había visto desde los tiempos de Mao, Putin prepara en Rusia un cambio constitucional que consolide su control más allá de su salida del Kremlin, Erdogan aspira a convertirse en Turquía en nuevo sultán y en el Reino Unido Boris Johnson concentra cada vez más poder personal. Darth Vader debe sonreír bajo su tenebrosa máscara.





 

lunes, 10 de febrero de 2020

Derecho a blasfemar

@Lluis_Uria

Dos minutos son una eternidad cuando dos encapuchados armados entran en la sala donde uno se encuentra y empiezan a disparar. Y sin embargo apenas dan para tratar de comprender lo que está pasando. “Cuando uno no se lo espera, ¿cuánto tiempo hace falta para darse cuenta de que la muerte llega?”. Dos minutos les bastaron a los hermanos Chérif y Said Kouachi para matar a 11 personas en la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo en París el 7 de enero del 2015. Philippe Lançon, periodista cultural de Libération y colaborador de la revista, que salvó la vida de milagro –aunque gravemente malherido–, recuerda que instantes antes del ataque el consejo de redacción debatía sobre la novela distópica de Michel Houellebecq Sumisión, en la que el autor imagina una Francia caída bajo la dictadura de la charia. Y, acto seguido, los verdugos...

Lançon, a quien una bala arrancó de cuajo la mandíbula inferior, rememora aquellos momentos y la dura reconstrucción personal posterior en El colgajo (Le lambeau), donde denuncia el abandono –cuando no el desprecio o la censura– que sufrió el semanario  tras la polémica publicación de las caricaturas de Mahoma en el 2006: “Esta ausencia de solidaridad no era sólo una vergüenza  profesional, moral. Contribuyó a hacer de Charlie, aislándole, señalándole, un objetivo de los islamistas”.

Tras el atentado, mucha gente reivindicó a los humoristas asesinados al grito de Je suis Charlie (Yo soy Charlie). Sin embargo, muy pocos fueron Charlie cuando el semanario se convirtió en el centro de la ira del mundo musulmán por el asunto de las caricaturas, o cuando en el 2011 unos desconocidos lanzaron –cual primer aviso– unos cócteles molotov contra su sede. Cinco años después, ¿cuantos Charlies quedan?

Hoy Charlie se llama Mila, una joven estudiante de bachillerato de 16 años obligada a dejar su instituto en Villefontaine (entre Lyon y Grenoble) y a vivir bajo protección después de que unos comentarios ofensivos sobre el islam le hayan granjeado un alud de insultos y de amenazas de muerte y de violación. “El islam es una mierda, a vuestro Dios le meto un dedo por el culo”, respondió la adolescente a través de un vídeo difundido en  las redes sociales a un seguidor musulmán que la había tratado  en Instagram de “puta lesbiana”.

No es una discusión muy educada. Pero no difiere mucho de la ponzoñosa verborrea que cada día inunda las redes sociales. En cierto modo, es también un poco Charlie, estandarte de un humor irreverente y soez,  que busca provocar a base de puro mal gusto. La cuestión, sin embargo, no es ésta. Lo que aquí se dirime no son las formas, sino el derecho a criticar –aún de manera vulgar u ofensiva– la religión.

La polémica alrededor de este nuevo caso ha generado, como hace cinco años, dos movimientos contrarios –#JeSuisMila y #JeNeSuisPasMila– y suscitado un airado debate político en Francia, donde la ultraderecha se está poniendo las botas en detrimento de un izquierda dubitativa, atenazada por el miedo a ser acusada de islamofobia. Que el delegado general del Consejo Francés del Culto Musulmán (CFCM), Abdallah Zekri, sugiera que lo que pueda pasarle a Mila es culpa suya porque ella se lo ha buscado –“Quien siembra vientos recoge tempestades”, ha dicho– puede resultar indignante, pero lamentablemente no puede sorprender a nadie. De Salman Rushdie a Charlie Hebdo, es una constante. Mucho más chocante es, en cambio, escuchar a la ministra de Justicia, Nicole Belloubet –quien después se ha visto forzada a rectificar–, sostener que las afirmaciones de Mila constituían “un atentado contra la libertad de conciencia”.

La justicia no lo ha visto así y ha zanjado el asunto rápidamente: la fiscalía de Vienne (Ródano-Alpes) archivó el caso argumentando que, al margen de su tono “ultrajante”, las afirmaciones de la muchacha “tenían como único objeto expresar una opinión personal sobre una religión, sin voluntad de exhortar al odio o a la violencia contra los individuos”. En Francia está penada la incitación al odio o a la violencia, así como la injuria o la calumnia contra las personas. Pero no la blasfemia, que dejó se ser delito en  1881. Atacar a los fieles de una confesión está prohibido, criticar su religión es un derecho. He aquí la delgada frontera donde se concentra toda la presión.

En los últimos meses, la canciller de Alemania, Angela Merkel  –insobornable en su lucha contra la extrema derecha, como se ha visto esta semana en Turingia–, viene repitiendo que la libertad de expresión no puede considerarse un derecho absoluto, sino que tiene sus límites: “Estos límites empiezan cuando vemos actos de demagogia donde se difunde el odio y donde se viola la dignidad de otras personas”, declaró en el Bundestag el pasado diciembre.

¿Es el vídeo de Mila una incitación al odio? Parece claramente excesivo presentarlo así... Sin embargo, es lo que desde algunos sectores musulmanes se pretende ante cualquier opinión que cuestione el islam. El imán  de Roubaix Abdelmonaïm Bousenna, un popular predicador –con más de medio millón de seguidores en Facebook y YouTube– al que se vincula con los Hermanos Musulmanes, denuncia en un vídeo sobre el caso Mila lo que califica de “libertad de expresión de geometría variable” y reivindica el derecho de los musulmanes a expresar su “herida” por las palabras despreciativas de la muchacha.

Aquí es por donde se quiere abrir la brecha, para acabar asimilando una ofensa a la religión a una ofensa a todos los fieles. Y, por tanto, punible. Sólo hace falta que se sientan “heridos”. El riesgo es de envergadura. Porque semejante principio, aplicado de forma general e indiscriminada, podría acabar reinstaurando en nuestras democracias un ambiguo delito de blasfemia. Y el día en que se acalle a Mila o Charlie Hebdo, nos habrán acallado a todos.