lunes, 27 de enero de 2020

No me toques las ‘chips’ de gambas


Boris Johnson y Donald Trump tienen muchas cosas en común más allá de la más evidente y visible:  esa encrespada cabellera rubia –la del segundo, definitivamente teñida– que ambos gustan de lucir. Menos conocido es el hecho de que ambos nacieron en Nueva York un mes de junio, en dos años de guarismos similares (1964 el primer ministro británico y 1946 el presidente de Estados Unidos) o que los dos cultivaron su particular faceta de showman en la televisión antes de devenir estrellas de la política: como invitado recurrente en un programa satírico de la BBC –Have I got news for you–  el primero, en su propio reality show –The Apprentice– en la cadena NBC el segundo.

Finalmente, ambos comparten un mismo discurso político de fondo, basado en un nacionalismo desacomplejado preñado de tics populistas dirigido a seducir a las clases trabajadoras y empobrecidas –entre las que ninguno de ellos se cuenta por cuna, ni de lejos–, y un común desapego hacia la verdad: ambos son mentirosos sobresalientes, habituados a lanzar embustes con el desparpajo de quien sabe que no sólo va a ser creído diga lo que diga, sino que –en caso de quedar luego al descubierto– será indefectiblemente perdonado.

La mentira es adictiva y Boris Johnson la practica desde hace mucho tiempo, desde mucho antes de la falsaria campaña del referéndum del Brexit en el 2016. Es algo que forma parte de su personaje público –un gamberro simpático–, al igual que sus bromas y astracanadas. De profesión periodista, Boris Johnson –Bojo– saltó a la gloria mediática con sus corrosivas crónicas en The Daily Telegraph entre 1989 y 1994 como corresponsal en Bruselas, una ciudad donde ya había vivido en la infancia por motivos de trabajo de su padre, Stanley Johnson, quien –paradojas de la vida– fue uno de los primeros altos cargos del Reino Unido en la Comisión Europea tras su ingreso en 1973 (algún día habrá que analizar estas conflictivas relaciones paternofiliales, como la del agricultor y activista francés José Bove, hijo de un ingeniero agrónomo que trabajó en la investigación de cultivos OGM, que su retoño combate)

El caso es que el joven Boris Johnson, quien –por cierto– había sido despedido previamente de The Times por falsear una información, triunfó en el Daily Telegraph denunciando con ironía las intromisiones y excesos de la burocracia comunitaria, ciertas algunas, exageradas o sacadas de contexto la mayoría, y directamente inventadas otras. “Johnson hizo lo que la gente llamaría treinta años después fake news y provocación. Fue un precursor”, declaró al Financial Times el francés Pascal Lamy, ex director general de la Organización Mundial del Comercio (OCM), que en la época era el director de gabinete del presidente de la Comisión, Jacques Delors.

La información falsa más celebrada –que no la única– de Johnson fue una publicada en 1993 en la que aseguraba que Bruselas se proponía prohibir la venta de uno de los aperitivos más populares entonces en Gran Bretaña: las chips con sabor a cóctel de gambas. Aunque inmediatamente desmentida, la supuesta iniciativa quedó grabada a fuego en el inconsciente colectivo como esas leyendas que resisten el paso del tiempo contra toda evidencia.

La labor periodístico-propagandística de Johnson fue fundamental para galvanizar el euroescepticismo –hasta entonces anclado a la izquierda– entre los conservadores británicos, que habían sido los adalides de la integración del Reino Unido en Europa (¡impulsada por la mismísima Margaret Thatcher!) La deriva iniciada en aquella época por los tories es la que ha acabado desembocando en el Brexit.

A cinco días vista de la consumación del Brexit –el Reino Unido dejará oficialmente de formar parte de la UE en la medianoche del viernes al sábado–, es oportuno recordar el caso de las chips con sabor a gambas porque el debate de fondo que suscita está lejos de haberse cerrado. Cierto, Londres ya no formará parte del club europeo a partir del próximo sábado. Pero es igualmente cierto que el acuerdo de salida finalmente pactado por Johnson no es definitivo y que ahora se abre un periodo de transición hasta final de año en el que las cosas seguirán funcionando más o menos como hasta ahora, mientras se negocia la relación definitiva entre ambas partes.

La cuestión fundamental, la gran incógnita, es y sigue siendo qué están dispuestos a aceptar los británicos –incluida la regulación de los aditivos en las patatas chip–  a cambio de seguir teniendo acceso al mercado único europeo, destino –no hay que olvidarlo– de más del 50% de sus exportaciones (mientras para la UE en sentido inverso sólo representa el 10% de las suyas)

Las diferentes alternativas que existen sobre la mesa no parece, a priori, que puedan satisfacer a los euroescépticos británicos ni a los votantes del Brexit. Desde el modelo más integrado de Noruega –país ajeno a la UE con acceso al Espacio Económico Europeo (EEE)– al más alejado de Turquía –que sólo forma parte de la unión aduanera–, pasando por el intermedio de Suiza –que tiene suscritos dos acuerdos bilaterales con Bruselas–, todos ellos obligan al país firmante a asumir y cumplir buena parte de las regulaciones comunitarias, contribuir de algún modo al presupuesto europeo y aceptar en muchos casos la libre circulación de personas, sin por ello tener arte ni parte en las decisiones.

Parece difícil concebir que Londres haya hecho  semejante viaje para acabar aquí. Como impensable es que Los 27 puedan aceptar un trato que otorgue a los británicos todas las ventajas de pertenecer a la UE sin ninguno de sus peajes. Es, pues, altamente probable que el Reino Unido –con unas ganas locas de volar libre– suscriba un acuerdo comercial de mínimos con la UE y se encomiende a partir del 2021 a las reglas de la OMC. La apuesta es arriesgada. Primero, porque el comercio internacional –como recordaba hace unos meses un informe del Centre for European Reform (CER)– está prácticamente estancado desde la crisis financiera del 2008, y las guerras comerciales de Washington –con China hoy, con Europa quizá mañana– no hacen más que ensombrecer el panorama.

Y, segundo, porque su confianza ciega en obtener un acuerdo comercial privilegiado con Estados Unidos –por aquello del vínculo especial trasatlántico– amenaza con convertirse en un calvario. Donald Trump es un hombre de negocios brutal y desde la Casa Blanca se ha comportado hasta ahora del mismo modo. Al presidente norteamericano –no porque sí un fan del Brexit– le ha faltado tiempo para mostrar su apetito por la explotación del Servicio Nacional de Salud británico (NHS) y amenazar por vía interpuesta a Downing Street con sanciones arancelarias como se le ocurra adjudicar al grupo chino Huawei la nueva red de telefonía móvil 5G... Como se descuiden, los británicos pueden acabar comiendo chips de gambas made in USA.

@Lluis_Uria








martes, 14 de enero de 2020

No abras la puerta que no puedas cerrar


"Basta una chispa para incendiar cien universos”, reza un proverbio persa. El tiempo dirá si el asesinato del general iraní Qasem Soleimani por un dron norteamericano la madrugada del 3 de enero en la carretera del aeropuerto de Bagdad pasará a la Historia como la chispa que desencadenó una hoguera devastadora en Oriente Medio –y por consiguiente en este momento viviríamos la calma que precede a la tempestad– o bien si Washington y Teherán, tras haber cruzado la línea roja de llegar al enfrentamiento militar directo, han decidido realmente dar marcha atrás. Es arriesgado aventurarlo. Una guerra abierta en el golfo Pérsico entre Irán y Estados Unidos es algo que ninguno de los dos contendientes se puede permitir, pero la Historia está preñada de desatinos semejantes. También es precipitado avanzar el desenlace de este pulso, que bien podría acabar –cual bumerán– debilitando aún más la declinante influencia de EE.UU. en esta región.

Cuando el presidente  Donald Trump dio luz verde al bombardeo del convoy en el que viajaba el general Soleimani, iraníes y norteamericanos llevaban ya semanas buscándose el cuerpo en Irak (los iraníes, a través de milicias chiíes interpuestas). Tres días antes del ataque contra Soleimani –en el que también murió Abu Mahdi al Muhandis, comandante de la agrupación de milicias iraquíes Hashd al Shaabi (Fuerzas de Movilización Popular)–, cientos de milicianos chiíes habían tratado de asaltar la embajada de EE.UU. en Bagdad. Esta acción era una respuesta a un ataque previo norteamericano contra posiciones de la milicia chií Kataeb Hizbulah cerca de la frontera con Siria, que había causado 25 muertos.  Lo que a su vez era la represalia a un ataque anterior con granadas de este grupo contra una base militar cerca de Kirkuk que había costado la vida a un contratista civil estadounidense.

Aliados de circunstancias –eso sí, dándose la espalda– en la lucha contra el Estado Islámico, la derrota territorial de los yihadistas en Irak y en Siria ha dejado a iraníes y estadounidenses solos frente a frente. Desde la derrota del califato, Irán y sus aliados chiíes empujan para lograr la expulsión de Irak de las tropas de EE.UU. –unos 5.200 soldados, desplegados en el 2014– y la presión se ha redoblado en las últimas semanas. El asesinato de Qasem Soleimani, en lugar de frenar el proceso, lo ha acelerado: el Parlamento iraquí aprobó el día 5 la retirada de las tropas extranjeras.

El atentado contra el general iraní –según fuentes de la CNN, urdido por el secretario de Estado, Mike Pompeo, que habría convencido a Trump a falta de ningún general de peso para frenar  la idea– marcará un antes y un después. No sólo se trata de una acción desproporcionada a la vista de las escaramuzas registradas hasta ese momento, sino que representa un grave salto cualitativo en el enfrentamiento entre EE.UU. e Irán, que nunca habían llegado directamente a las manos. El general Soleimani, jefe de la división Quds –una fuerza de élite de los Guardianes de la Revolución– y un hombre de la estrecha confianza personal del líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, era el artífice de la política exterior de Irán en la región, el arquitecto de las alianzas militares iraníes con fuerzas chiíes en Irak, Siria, Líbano, Palestina y Yemen. Justamente lo que EE.UU. querría frenar a toda costa y que le llevó en el 2015 a romper el acuerdo nuclear con Irán y a aplicar la política de “máxima presión”contra el régimen de Teherán.

Trump ha justificado el asesinato de Soleimani alegando que preparaba ataques inminentes contra EE.UU., lo mismo que argumentaron el jueves Mike Pompeo y el secretario de Defensa, Mark Esper, a puerta cerrada en el Congreso sin presentar el más leve indicio de una prueba (lo que recuerda el penoso papel de Colin Powell en la ONU  intentando demostrar la falsa existencia de armas de destrucción masiva para justificar la invasión del Irak en el 2003)

La arriesgada jugada de Trump podría conducir a una guerra abierta. De momento Irán se ha conformado con un bombardeo limitado de represalia contra dos bases en Irak –por suerte o calculadamente sin víctimas– y EE.UU. ha renunciado a una nueva respuesta  militar, aprobando otro paquete de sanciones económicas (como si quedara mucho margen) Pero lo peor  no puede descartarse.

Además de peligrosa, la iniciativa de Trump  podría acabar resultando contraproducente para los intereses de EE.UU. En un momento en que el dominio iraní se enfrentaba a serios movimientos de contestación popular –en el interior de Irán, pero también en  Irak y Líbano–, el asesinato de Soleimani ha dado un respiro al régimen de los ayatolás, que gracias a  ello ha podido cerrar filas contra el enemigo exterior. Como escribía en el diario  El País el ex secretario general de la OTAN y ex alto comisionado para la política exterior y de defensa común de la UE Javier Solana,  “Trump hizo caso omiso de la famosa máxima de Napoleón: ‘Nunca interrumpas a tu enemigo mientras está cometiendo un error”.

El presidente norteamericano, que no parece tener una estrategia clara –y ni siquiera la más mínima idea– respecto a lo que hacer en Oriente Medio, ¿habrá caído sin saberlo en una trampa oriental? Decidido probablemente más en clave de política interior que exterior, el asesinato del general Soleimani no sólo ha puesto al mundo al borde de la guerra, sino que puede acabar siendo la espoleta que –después de abandonar Siria– expulse a EE.UU. también de Irak, lo cual representaría un triunfo incontestable para Irán.  Algunos analistas, como Steven A. Cook, del Council of Foreign Relations, ya lo dan por descontado: “Los iraníes ya han ganado esta batalla . Y cuanto antes lo digieran los responsables políticos de EE.UU., mejor”. Trump tampoco tuvo en cuenta otro proverbio persa: “No abras la puerta que no seas capaz de cerrar”.




domingo, 29 de diciembre de 2019

La tentación de apretar el gatillo


"A las víctimas tengo que reconocerles la injusticia y el daño que les causamos. Y, luego, agradecerles la generosidad. Porque la generosidad de las víctimas ha sido bestial... Que no llegara nadie a la venganza, eso es un milagro. Si no, hubiera sido una guerra civil. Estuvimos a punto de que lo fuera. No lo fue porque las víctimas renunciaron a la venganza”. Quien así habla es un antiguo etarra, Jon Aldalur, miembro del comando de ETA que en 1976 secuestró y asesinó al empresario Ángel Berazadi. Su estremecedor testimonio contribuye –junto al de muchos otros– a dibujar el impresionante fresco de Zubiak. ETA, el final del silencio, la monumental serie de Jon Sistiaga sobre la organización terrorista vasca. Todos aquellos nacionalistas que se sienten fascinados por la lucha armada de ETA –que los hubo, los hay y los habrá– deberían verla para comprender la inmensidad de la tragedia que sacudió al País Vasco.

En sus sesenta años de historia, ETA asesinó a cerca de 900 personas, mientras que los muertos en el campo etarra –por las fuerzas de seguridad o el terrorismo de Estado de los GAL– fueron cerca de un centenar. Pudo haber sido peor. Si, como reconocía Jon Aldalur, las víctimas se hubieran revuelto contra los verdugos –sabían dónde golpear, en Euskadi todo el mundo se conoce–, hubiera habido una violenta confrontación civil.

Es lo que sucedió en Irlanda del Norte. Las luchas que se sucedieron en la provincia británica durante los treinta años del periodo conocido como The Troubles (1968-1998) entre católicos republicanos y protestantes unionistas –con el IRA por un lado y grupos paramilitares lealistas por el otro–, dejaron un reguero de más de 3.600 muertos. El Acuerdo de paz del Viernes Santo, firmado en abril de 1998, puso fin a la confrontación, pero la fractura entre las dos comunidades permanece. Aún hoy perviven –en Belfast y otros lugares– un centenar de los llamados Muros de la Paz, que separan a los barrios católicos y protestantes, y que son cerrados a cal y canto por grandes portalones de hierro durante la noche.  Con hasta siete metros de altura, coronados de cámaras de videovigilancia y alambradas de espino, son una cicatriz abierta del conflicto. (Quienes en Catalunya, por cierto, importaron con alegre insensatez la jerga propia del Ulster adquirieron una grave responsabilidad: todo empieza siempre por las palabras)

La paz del Viernes Santo, ratificada mayoritariamente en referéndum en las dos Irlandas, permitió la recuperación del gobierno autónomo en Irlanda del Norte, compartido por unionistas y republicanos –nunca se valorará suficientemente el coraje que demostraron los dos antiguos enemigos, Ian Pasley y Martin Mcguinnes, ya desaparecidos, para acallar las armas– y abrió por primera vez la posibilidad de una reunificación de la isla, a través de una consulta, a partir del momento en que se intuyera la existencia de una mayoría clara.

La frágil arquitectura de la paz, sin embargo, amenaza ahora con el colapso. Con el gobierno autónomo suspendido de facto desde el 2017  –el ejecutivo cayó por un asunto de corrupción y ambos campos no han logrado hasta ahora superar sus desavenencias–, los resultados de las negociaciones del Brexit y de las recientes elecciones legislativas británicas han abierto un periodo de incertidumbre y desasosiego.

Irlanda del Norte, al igual que Escocia, votó contra la salida del Reino Unido de la Unión Europea y, desde entonces, el temor a que la reimplantación de una frontera física entre las dos Irlandas arruinara el proceso de paz ha atormentado a unos y a otros. Al final, y para zozobra de los unionistas, el acuerdo alcanzado por el Gobierno de Boris Johnson con Bruselas deja provisionalmente a Irlanda del Norte bajo los parámetros regulatorios de la UE e implicará en la práctica la instauración de una frontera invisible –pero real, puesto que habrá controles aduaneros– en el Mar de Irlanda, entre la provincia y Gran Bretaña.

Para añadir leña al fuego, las elecciones del 12 de diciembre al Parlamento británico dieron por primera vez la victoria a los republicanos (Sinn Fein y SDLP, con nueve diputados) frente a los  unionistas (el DUP obtuvo siete), algo nunca visto desde la partición de la isla en 1921. Circunstancia que ha llevado ya a algunos a pedir un referéndum de independencia para unirse a la República de Irlanda. Un poco precipitadamente, todo hay que decirlo, puesto que en voto real los unionistas (42%) siguen por delante de los republicanos (37%) 

En medio de toda esta inseguridad y efervescencia, hay indicios preocupantes sobre el riesgo de un retorno a la violencia. El segundo informe de la Independent Reporting Commission (IRC), del pasado 4 de noviembre, constata que la actividad de los grupos paramilitares, de un lado y del otro, ha aumentado en el último año y advierte que la situación es “seria y preocupante”.

En el campo de los “disidentes republicanos” se cuentan cuatro atentados con explosivos –entre ellos, un coche bomba frente a la corte de justicia en Londonderry–, siete heridos por arma de fuego y una víctima mortal: la periodista  Lyra McKee, muerta accidentalmente en abril en Creggan cuando un miembro del New IRA –organización creada en el 2012– disparó contra agentes de la policía. En el campo de los “paramilitares lealistas” se cuenta también una víctima mortal –Ian Ogle, apuñalado en enero en Belfast–, cinco heridos y un ataque con explosivos.

Lo más inquietante no son las acciones violentas  en sí mismas –de hecho, desde el Acuerdo de Viernes Santo, hace más de veinte años, no han cesado nunca del todo y ha habido casi 160 muertos–, sino el nuevo ambiente que las propicia. El líder de la formación republicana Saoradh (“liberación”), creada en el 2016, que rechaza el Acuerdo del Viernes Santo y pasa por ser el brazo político del New IRA, Brian Kenna, hizo en agosto unas alarmantes declaraciones en las que juzgó que la vía de las armas “es inevitable”. “Legítima” empiezan a considerarla también en las filas lealistas, que en las últimas semanas han organizado reuniones a lo largo de todo el territorio, con la participación de jefes de los grupos  paramilitares, para estudiar cómo responder al abandono de Londres.

Tales voces amenazan con encontrar eco especialmente entre los jóvenes, en una historia mil veces repetida. Jon Aldalur era muy joven –“Acababa de cumplir 18 años, teníamos un romanticismo exacerbado,”– cuando se sumó a ETA, seducido por “el encantamiento de la violencia”. En una entrevista realizada por Channel 4 en octubre, un portavoz del New IRA reconoció que la mayoría de militantes de su organización también lo son: “Nacieron después de 1998”. Nunca vivieron los Troubles. Ni saben los muertos que costó la paz.


lunes, 2 de diciembre de 2019

¿Quién recompondrá las tazas rotas?


Cuando los soldados norteamericanos –jóvenes de 18 o 19 años, casi niños– desembarcaron en Normandía el 6 de junio de 1944 no sabían demasiado contra quién y por qué iban a luchar. Ignorantes la mayoría de lo que era el mundo más allá de las grandes praderas de Iowa o Indiana, los franceses les parecían a priori tan sospechosos como los alemanes, a quienes por otra parte no acababan de entender por qué tenían que ver como enemigos. Duró poco. En unos días, la brutalidad del combate hizo nacer en sus espíritus el odio que la guerra requiere. Pero entre ambos países no había viejas querellas y, finalizada la conflagración, el rencor se enfrió rápidamente. ¡Hoy hay jóvenes en Estados Unidos que creen que su país luchó junto a Alemania en la Segunda Guerra Mundial!

La guerra fría con la Unión Soviética cambió muy pronto el escenario geopolítico en Europa y convirtió en amigos a los viejos enemigos. El cariño que se profesan, sin embargo, no es exactamente recíproco. Los alemanes (42%) ven en EE.UU. a uno de sus principales aliados, sólo por detrás de Francia, mientras que los norteamericanos sitúan a Alemania (13%) en un rango bastante inferior, según un sondeo del Pew Research Center hecho público esta semana. Curiosamente, los alemanes (52%) creen menos importantes para su seguridad las bases militares norteamericanas existentes en su suelo que los estadounidenses para la de su país (85%)

Es posible que la percepción de las amenazas exteriores en la opinión pública alemana haya empezado a cambiar. Pero su clase dirigente sigue muy apegada a la alianza militar con Estados Unidos como garantía de seguridad. Consecuencia de las dos guerras mundiales, producto en gran medida del militarismo alemán, hoy el ejército germano –la Bundeswehr (Defensa federal), integrada por 182.000 soldados– está lejos de ser la más potente máquina de guerra del continente. No es extraño, pues, que en Berlín cualquier cuestionamiento de la Alianza Atlántica sea considerado tabú. Y si , además, se hace con alevosía y nocturnidad, mucho peor.

Las recientes declaraciones de Emmanuel Macron al semanario The Economist, en las que sostenía que la OTAN se encuentra en estado de “muerte cerebral”, causaron una profunda irritación en la Cancillería de Berlín. No porque el presidente francés ande desencaminado sobre los males que aquejan a la Alianza –dramáticamente expresados en la crisis de Siria, donde EE.UU. y Turquía han tomado decisiones unilaterales sin tener en cuenta los riesgos y potenciales efectos negativos para sus aliados–, sino por lanzar sus advertencias de malas maneras y sin avisar. “Intempestivas”, las calificó la canciller Angela Merkel. El 9 de noviembre, aprovechado la cena de conmemoración en la capital alemana del 30.º aniversario de la caída del Muro de Berlín –según reveló The New York Times–, Merkel reprochó personalmente a Macron su modo de actuar: “Comprendo su deseo de políticas rupturistas, pero estoy cansada de recoger los pedazos. Una vez tras otra, tengo que pegar las tazas que usted rompe para que podamos sentarnos y tomar una taza de té juntos”. ¿Hasta cuándo? Un portavoz de la Cancillería quitó hierro después a la conversación –“No hubo queja ni disputa”, aseguró–, aunque sin desmentir las palabras pronunciadas.

Macron se ha salido con la suya y la cumbre de la OTAN que se celebra esta semana –los días 3 y 4– en Londres abordará los temas que plantea el presidente francés (¿cuál debe ser la estrategia de futuro de la Alianza? ¿hasta dónde llega la solidaridad militar entre aliados? ¿sigue siendo Rusia el enemigo o es el terrorismo yihadista?). También ha arrancado un compromiso de Alemania para crear un Consejo de Seguridad Europeo y reforzar la política exterior y de defensa común. ¿Pero a qué precio?

El resultado es que se está abriendo una brecha, cada vez más importante, entre Berlín y París. En Alemania, Merkel –ya de por sí inclinada a atemperar, si no a frenar, las iniciativas francesas– se encuentra en el final de su mandato sin haber logrado consolidar un relevo indiscutido, mientras que, en Francia, Macron parece determinado a tratar de erigirse en el líder de Europa. Dos factores coyunturales le  favorecen: la marcha del Reino Unido –que deja a Francia como la única potencia militar y nuclear de la UE– y la pérdida de liderazgo y de empuje económico de la otrora intratable Alemania. Cada vez más envalentonado, Macron no para en los últimos tiempos de tomar iniciativas unilaterales –diálogo con la Rusia de Vladímir Putin, bloqueo del proceso de adhesión de los países de los Balcanes– que provocan exasperación al otro lado del Rin.

El Brexit  cambiará –ha cambiado ya, de hecho– los equilibrios internos en Europa y ha dejado un poco más solos a Alemania y Francia, lo que puede exacerbar las tensiones. Los otros grandes países del continente están por ahora ausentes, cuando no directamente de espaldas (como Polonia). País fundador y tercera economía europea postbritánica, Italia se debate todavía entre el europeísmo oficial –más o menos de circunstancias– de la coalición M5E-PD y la eurofobia venidera de la ultraderechista Liga. Y España –cuarta potencia económica y demográfica de la Unión– sigue enredada en su propio laberinto, encadenando gobiernos de corta duración y ambición modesta.

Si Pedro Sánchez consigue esta vez evitar una nueva repetición de las elecciones, tendrá la oportunidad de ejercer un papel importante en Europa. En Bruselas y París hace tiempo que lo esperan.  También en Washington, donde ven con cierto pasmo la inhibición internacional española.  Un diplomático norteamericano lo expresaba esta semana de forma diáfana: “Hay países que quieren y no pueden; España puede, pero no quiere”. Alguien tendrá que ayudar a recomponer las tazas rotas.


lunes, 18 de noviembre de 2019

Cuando los gofres no dejan ver


Hay pocas maneras tan originales –y atrevidas– de desmarcarse de la firma de un manifiesto como la que utilizó el diputado de izquierdas francés François Ruffin para distanciarse de la declaración –que él mismo había rubricado– de la manifestación contra la islamofobia del pasado domingo en París. “Estaba en Bruselas comiendo patatas fritas y gofres con mis hijos”, alegó para justificar su inatención al texto que le habían pasado.

La manifestación, convocada por el Colectivo contra la Islamofobia en Francia (CCIF), al que algunos vinculan con los Hermanos Musulmanes, estuvo marcada por la polémica  desde el principio y dividió radicalmente a la izquierda. El Partido Socialista rechazó secundarla.  La declaración incluía algunos puntos controvertidos, como la de definir como leyes liberticidas las que restringen el uso del velo. Y, también, algunos signatarios incómodos: las críticas obligaron a retirar de la lista a Nader Abou Anas, imán de la mezquita de Aubervilliers (Sena-San Denís), defensor del sometimiento de las mujeres hasta el punto de justificar la violación conyugal.

Quienes se abstuvieron de asistir a la manifestación se ahorraron el disgusto de ver a algunos manifestantes desfilando con una estrella de David amarilla –haciendo una comparación abusiva con la persecución y exterminio de los judíos– o tener que escuchar el grito de Allahu Akbar! (Alá es el más grande). La contradictoria movilización, formalmente laica pero intensamente confesional, es un reflejo de la complejidad que rodea la integración de los 4 millones de musulmanes que viven en Francia  y el papel público de la religión.

Que la islamofobia  existe no cabe ninguna duda. Como existe el antisemitismo y el racismo. Es evidente que en Francia, el país europeo más castigado por el terrorismo islamista, la hostilidad hacia los musulmanes ha crecido en los últimos años, añadiéndose a la xenofobia que ya incubaba una parte de la población y que ha sabido explotar con astucia la ultraderecha. Un sondeo de Ifop hecho público el pasado día 6 constata que el 24% de los musulmanes  ha recibido insultos o injurias de carácter difamatorio en los últimos cinco años y un 7% ha sufrido asimismo agresiones físicas.

En principio, pues, debería ser muy fácil adherirse a una acción colectiva contra la islamofobia. Pero no lo es. Y no lo es porque una parte del colectivo –la más activa y radical– pretende utilizar la solidaridad general para llevar el agua a su molino, tensando las costuras de los principios republicanos de laicidad y de igualdad. En los últimos años ha crecido la presión islamista en numerosos frentes –escuelas, hospitales, piscinas públicas– para intentar imponer sus prejuicios sobre  la mujer. Y en este pulso el velo ha devenido el emblema. La prohibición en el 2004 de llevarlo –así como de ostentar cualquier otro símbolo religioso– en los centros de enseñanza de primaria y secundaria, y la interdicción en el 2009 del velo integral –niqab o burka, que ocultan el rostro– en el espacio público, centran los ataques de estos sectores.

Hay que decir que, si bien dos terceras partes de las mujeres musulmanas no llevan nunca velo, la población musulmana francesa siente globalmente un gran apego a esta prenda: un 65% se declara favorable a su uso, según un interesante retrato de esta comunidad realizado el 2016 por el Institut Montaigne, hasta el punto de haberlo convertido en un símbolo de identidad.

Este apoyo popular al velo, que más que piedad religiosa refleja la pervivencia de una visión extremadamente conservadora sobre el papel de la mujer y su subordinación al hombre, es el que está siendo utilizado por los sectores más radicales como punta de lanza para fomentar la desafección  a la República. Y no son precisamente pocos. El mismo estudio, dirigido por el ensayista y consultor Karim El Karoui, señala que un 28% de los musulmanes franceses rechaza los valores republicanos, pone la religión por encima de la ley civil y muestra  “actitudes autoritarias” y “secesionistas”.

En esta deriva se inscribe la aparición de nuevas fuerzas políticas  de carácter confesional, como la Unión de los Demócratas Musulmanes Franceses (UDMF), que se propone presentarse como tal a las elecciones municipales del próximo mes de marzo (si nadie lo impide, porque ya hay movimientos para tratar de prohibir este tipo de partidos). Aunque se define abierta a todos los franceses con independencia de su religión, lo cierto es que la UDMF pretende convertirse en la voz de la población musulmana y, aunque presenta un ideario laico y moderado, en su programa incluye una agenda identitaria: generalización de la comida halal en las escuelas, enseñanza del árabe, liberalización del velo en nombre de la libertad individual de las mujeres...

Resulta difícil aceptar el velo, símbolo de sumisión donde los haya –y de sexualización de la mujer, a la que se oculta de la vista presuntamente concupiscente de los hombres–, como un vehículo de libertad. Que algunas mujeres lo vistan voluntariamente –en Occidente, en otros lugares no tienen esa suerte–no cambia su significado profundo. Del mismo modo que criticarlo no le hace a uno sospechoso de islamofobia, como interesadamente pretenden  algunos. 

Puestos a adherirse a una causa, uno prefiere la lucha liberadora de numerosas   feministas musulmanas, como Chahla Chafiq, Fadela Amara, Marjane Satrapi, Henda Ayari, Hanane Pernel y tantas otras, en defensa de los derechos de las mujeres contra el integrismo islámico... O de los 101 musulmanes –la mayoría, mujeres– firmantes de un reciente manifiesto en la revista Marianne contra el velo islámico donde se declara con contundencia: “Llevar velo es el signo ostentoso de una comprensión retrógrada, oscurantista y sexista del Corán”. Su batalla es  una batalla por la libertad y la igualdad. No tenemos que dejarnos obnubilar por los gofres.


lunes, 4 de noviembre de 2019

Nostalgia de un imperio


"Nací en 1881 en un imperio grande y poderoso, la monarquía de los Habsburgo –escribió Stefan Zweig en el prefacio de sus memorias, El mundo de ayer–; pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro”. Abrumado por la furia suicida de Europa, que por segunda vez en el siglo XX dirigía el continente hacia la destrucción, el escritor austriaco lamentaba la pérdida de un mundo basado en la razón y la tolerancia, y añoraba la Austria culta, cosmopolita, abierta y plural, arruinada por las guerras mundiales y condenada en aquel momento –finales de los años treinta, principios de los cuarenta– a convertirse bajo la bota de Hitler en  una provincia alemana: “Sólo las décadas venideras demostrarán el crimen cometido contra Viena con el intento de nacionalizar y provincializar esta ciudad, cuyo sentido y cultura consistían precisamente en el encuentro de elementos de lo más heterogéneo, en su supranacionalidad”.

Un siglo después de la caída y desmembramiento del imperio austro-húngaro –el pasado 10 de septiembre se cumplieron cien años de la firma del Tratado de Saint-Germain-en-Laye entre Austria y las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial, que certificó su fenecimiento–, algunos estudiosos valoran el legado de la monarquía de los Habsburgo, cuya evolución a finales del siglo XIX ven como un ejemplo de Estado multinacional moderno, alejado del mito de la “prisión de naciones” con el que fue calificado al término de la Gran Guerra.

Los historiadores Paul Miller-Melamed y Claire Morelon, autores de un artículo reciente publicado en The New York Times con el título Lo que el imperio de los Habsburgo hizo bien, presentan la monarquía multinacional austriaca casi como un antecedente de la Unión Europea: en sus vastos territorios –que incluían Austria, Hungría, Chequia, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, buena parte de Polonia y Rumanía, y porciones de Italia y Ucrania–, no había fronteras interiores, funcionaba una moneda única, había 11 lenguas reconocidas oficialmente, se permitía la libertad de expresión y de religión, y todos los ciudadanos eran iguales ante la ley. No se trataba, desde luego, de un Estado democrático, pero sí era más abierto y tolerante que los imperios vecinos, el alemán y el ruso. Para Paul Miller-Melamed y Claire Morelon, la monarquía de los Habsburgo demostró que “un Estado multinacional no está necesariamente condenado al fracaso” y que “el Estado-nación no es la única forma natural de organización política”.

¿Hasta qué punto el modelo de los Habsburgo fue una apuesta política consciente o resultado de las contingencias históricas? El escritor italiano Claudio Magris, nacido en una antigua posesión austro-húngara, Trieste, y autor de un formidable libro histórico y cultural sobre las tierras del viejo imperio –El Danubio–,  sostiene que la inclinación de Viena por la construcción de la denominada Mitteleuropa fue consecuencia de su impotencia a la hora de disputar a Berlín la hegemonía del mundo germánico. “Incapaz de llevar a cabo la unificación alemana, a cuya cabeza se sitúa Prusia, la Austria de los Habsburgo busca una nueva misión y una nueva identidad en el imperio supernacional, crisol de pueblos y de culturas”, escribe Magris. El Danubio se acabaría erigiendo así en símbolo de cruce y de mezcla, en contraposición al Rin, “místico guardián de la pureza de la estirpe”.

Quien más quien menos reconoce la originalidad del modelo supranacional austriaco, pero no todo el mundo comparte el mismo entusiasmo. En un trabajo realizado en 1997 para el Center for Austrian Studies of Minnesota –y publicado en el 2009 on line por Cambridge University Press–, el desaparecido historiador norteamericano Solomon Wank, uno de los mayores expertos mundiales en el imperio austro-húngaro, constataba ya en aquel momento –dos décadas atrás– la existencia de una cierta “ola de nostalgia” historiográfica hacia lo que representó la monarquía de los Habsburgo, que compartía sólo parcialmente. Wank reconocía de buena gana los avances que el imperio introdujo a nivel económico y social, pero –por más que consideraba también contingente la organización del Estado-nación, modelo que según decía “no durará siempre”– veía serias disfunciones en la estructura austro-húngara.

El modelo presentaba claros desequilibrios. Fruto del llamado Compromiso de 1867, por el cual se reconocieron como iguales  las entidades nacionales austriaca y húngara, el imperio otorgó un segundo rango al resto de nacionalidades y nunca llegó a adoptar la forma federal e igualitaria que reivindicaba en 1848 el líder nacionalista checo Francis Palacký.

A juicio de Solomon Wank, las sucesivas concesiones descentralizadoras realizadas por los Habsburgo –que no dejaban de verse a sí mismos como una dinastía alemana– perseguían solamente salvaguardar la continuidad de su monarquía y no hicieron sino acrecentar las pulsiones nacionalistas en el seno del imperio. “La cuestión de cómo purgar el nacionalismo de Europa central y del este de sus agresivas y destructivas tendencias y crear una estructura política multinacional –razonaba Wonk– sigue abierta. (...) Quizá la solución radica en una Europa comunitaria ampliada”.

Eso escribía en 1997. Austria había ingresado en la UE apenas dos años antes, y el resto de países del viejo imperio, aún tardarían bastante: Chequia, Eslovaquia, Eslovenia y Polonia entrarían en el 2004; Rumanía en el 2007; Croacia en el 2013... No deja de ser irónico que el nacionalismo de los antiguos países del viejo imperio, lejos de haberse curado en la Europa unida, no ha hecho más que exacerbarse, hasta el punto de que son precisamente ellos –reunidos en el Grupo de Visegrado– los que amenazan hoy más directa y gravemente los principios y la cohesión de la UE.

lunes, 21 de octubre de 2019

Una firma enorme y superflua


La firma es enorme, proporcional a su ego. El tono de la carta es ofensivo, maleducado, chulesco, como su autor. En una  estrafalaria misiva enviada el pasado día 9, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, instaba a su homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan, a abstenerse de toda intervención militar en Siria. “No se haga el duro. ¡No sea idiota!”, le amonestaba de forma grosera el inquilino de la Casa Blanca.

El tono impropio y desenvuelto de Trump –absolutamente ajeno a los usos diplomáticos– ha causado vergüenza y estupefacción. Sin embargo, no es esto lo más notable. Lo más importante es que su advertencia se reveló superflua: ese mismo día Erdogan lanzó una ofensiva militar  contra las milicias kurdas del YPG-PYD, que controlan el nordeste de Siria. El presidente turco también desoyó las posteriores amenazas de Trump, vía Twitter, de “destruir” la economía turca –no se equivocó, puesto que las sanciones acordadas hasta ahora tienen un efecto irrisorio–. Y si el pasado jueves aceptó finalmente conceder al vicepresidente de EE.UU., Mike Pence, un alto el fuego de 120 horas (cinco días) para permitir la evacuación de las fuerzas kurdas, es porque su avance ya había sido frenado de hecho debido a sus negociaciones con Moscú.

Todas las admoniciones de la Casa Blanca apenas logran enmascarar la cruda realidad: EE.UU. se ha ido de Siria precipitadamente, dejando colgados a los kurdos –sus aliados en la lucha contra el Estado Islámico (EI)–, y su poder de influencia en la zona ha desaparecido con sus soldados. Su vacío ha sido ocupado por Rusia, que ahora dirige el juego, ha ocupado las posiciones abandonadas por los norteamericanos y ha facilitado el retorno del ejército regular sirio a la zona sin pegar ni un solo tiro.

No podía esperarse otro resultado, puesto que Estados Unidos –ya con Barack Obama en la presidencia­, cuando amenazó con bombardear Damasco si el régimen de Bashar el Asad utilizada armas químicas contra la población para luego echarse atrás– ha demostrado no saber qué quería hacer ni qué conseguir en Siria, mientras que todos los demás actores han evidenciado tener una hoja de ruta clara.

Lo que está sucediendo ahora viene de lejos. Ya en el verano del 2012 –hace más de siete años, prácticamente desde el inicio de la guerra civil siria–, Turquía esgrimió públicamente la amenaza de una intervención militar para establecer una zona de seguridad a lo largo de la frontera. Erdogan, a la sazón primer ministro, advirtió en julio de ese año que Turquía se vería obligada a intervenir si en la zona se asentaban “grupos terroristas”, aludiendo a la llegada de militantes del separatista Partido de Trabajadores del Kurdistán (PKK), con el que Ankara está en guerra desde los años ochenta y que está en la lista de organizaciones terroristas de EE.UU. y la UE.

El desarrollo de la guerra le ha dado la razón, puesto que en toda la franja nordeste de Siria se han acabado asentando las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), una coalición armada dominada por las milicias kurdas del YPG-PYD, con vínculos con el PKK. Para los turcos, el establecimiento de facto de una entidad política y militar kurda en el norte de Siria, colindante con las regiones kurdas de Turquía, era –y es– totalmente intolerable. Cualquier intervención, sin embargo, estaba frenada por la presencia allí de un millar de soldados de las fuerzas especiales de EE.UU. –junto a tropas francesas y británicas–, que habían utilizado a las FDS como punta de lanza contra el Estado Islámico (hoy territorialmente derrotado, pero no aniquilado)

En los últimos tiempos, la presión de Ankara sobre Washington había ido creciendo, lo que llevó en septiembre pasado a montar patrullas conjuntas turco-norteamericanas en la frontera. Esta pequeña concesión de Washington, sin embargo, no bastó para contener las ansias turcas. Y en una trascendental conversación telefónica el  día 6, Erdogan arrancó a Trump el anuncio de la retirada militar de EE.UU. y una implícita luz verde a la intervención turca, vendiendo sin sonrojo a sus aliados kurdos, para escándalo del Pentágono y del propio Partido Republicano. Ante las críticas, quiso poner el freno, pero ya era tarde: el avance militar turco obligó a los estadounidenses a marcharse de allí pitando, como si estuvieran en Saigón. Desde entonces, Trump ha alternado las amenazas a Turquía con un distanciamiento creciente respecto de los kurdos –“No son ángeles”–, y ha intentado esconder su impotencia vanagloriándose del alto el fuego arrancado a Erdogan. “Los kurdos están increíblemente felices”, dijo, mientras los combates entre kurdos y las milicias  árabes proturcas seguían este fin de semana.

 Lo cierto es que la retirada de EE.UU. ha forzado a los kurdos a echarse en brazos de Vladímir Putin y de El Asad. El líder ruso, mucho más parco en palabras pero inmensamente más efectivo que Trump, está camino de lograr la consolidación definitiva del régimen sirio, de quien salió en socorro en el 2015. Y Erdogan, merced a sus tratos con el Kremlin –que no con la Casa Blanca–, logrará establecer la franja de seguridad de 30 kilómetros que anhelaba y en la que quiere reasentar a los 3,6 millones de refugiados sirios que acoge en su territorio. A Trump sólo le quedará hacer tuits.