lunes, 25 de junio de 2018

¡Que vienen los indios!


El vídeo, grabado hace dos semanas y media en el Parlamento neerlandés, ha sido visto cientos de miles de veces en YouTube. En él puede verse al primer ministro, Mark Rutte, vertiendo accidentalmente un vaso de café en las puertas del control de entrada y limpiando él mismo el desaguisado con un mocho, mientras las mujeres de la limpieza –todas inmigrantes– ríen y aplauden. Rutte, consciente de que está siendo grabado, también ríe. Un político a quien no le caen los anillos por coger la fregona... Un spot magnífico.

Mark Rutte (La Haya, 1967), joven, moderno, protestante, conservador –es el líder del derechista Partido por la Libertad y la Democracia (VVD), en el que milita desde siempre–, simpático y bien plantado, es un hombre sencillo y cercano. Vive en el mismo barrio de La Haya en el que creció y, pese a sus responsabilidades de gobierno, sigue dando clases en el instituto de secundaria Johan de Witt de la ciudad.

Rutte proyecta la manida imagen del yerno ideal, un buen partido. Pero toda imagen brillante tiene un reverso en sombra. El premier holandés, a sus 51 años, a saber por qué –es uno de los grandes misterios de la política neerlandesa–, sigue soltero y vive en casa de su madre...

Mark Rutte también pasa por ser un convencido europeísta. Así se declara él mismo. Heredero de la tradición histórica de uno de los países fundadores de la Europa unida, tiene poco que ver en este punto con los nacionalistas euroescépticos del Partido por la Libertad (PVV) de Geert Wilders, con quienes gobernó en coalición durante un breve periodo de tiempo. Y, sin embargo, el primer ministro holandés se está erigiendo en el líder de un pelotón de pequeños países del norte de Europa –la Liga Hanseática 2.0, los han bautizado– que, huérfanos del liderazgo euroescéptico del Reino Unido, se están uniendo para frenar toda profundización de la UE en sentido federal. Un nuevo grupo de irreductibles –junto al frente de los ex miembros de la Europa del Este, reunidos en el grupo de Visegrado– determinado a contrarrestar las veleidades europeístas del presidente francés, Emmanuel Macron, ante la impotencia, o acaso la  complicidad –según los malpensados–, de la canciller de Alemania, Angela Merkel.

El martes 12 de junio, ante un hemiciclo semivacío, Mark Rutte expuso sus ideas sobre la UE en el pleno del Parlamento Europeo en Estrasburgo. No a hacer más cosas, sino a hacerlas mejor, fue su máxima. “En la contención es donde se muestra el maestro”, declaró citando a Goethe, a lo que añadió –por si alguien en el Elíseo no lo había captado– el lema minimalista de “menos es más”. En su opinión, el objetivo primordial de la UE debe ser proteger. Y trazó una metáfora que, pretendiendo ser tranquilizadora, acabó resultado inquietante. “Me gusta comparar (Europa) con las caravanas de las películas de John Wayne que veía de niño –dijo– (...) Cuando caía la noche, o amenazaba el peligro, los colonos disponían sus carretas en círculo. Eso les daba más fuerza, estabilidad y seguridad. Es lo mismo con la Unión Europea”. Difícilmente se puede encontrar una metáfora más triste. Ni, lamentablemente, más idónea para ilustrar el miedo que atenaza a Europa.

La cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la UE que se celebra la semana que viene en Bruselas debía abordar, como tema estrella,  la contestada reforma de la zona euro, para la que la pareja Macron-Merkel encontró el martes una propuesta de compromiso en el palacio de Meseberg, al norte de Berlín (sin por ello asegurarse, todo hay que decirlo, el apoyo de los más renuentes, con Mark Rutte a la cabeza). A día de hoy, sin embargo, el asunto ha quedado totalmente eclipsado por la violencia del debate en torno a la política migratoria y de asilo europea, que será objeto mañana de una minicumbre informal que tiene marcado a fuego el estigma del fracaso.

Acosada por sus propios socios de gobierno en Alemania –la CSA bávara–, Merkel quiere endurecer la política migratoria para zafarse  de la tenaza. Ma non troppo. Así que la solución que pueda impulsar con Francia y –eventualmente– España difícilmente satisfará al bloque del Este, al que se ha asociado ahora Austria,  por un lado, y a Italia por otro, cuyas reclamaciones son totalmente contrapuestas. Todos abogan por el cierre de las fronteras exteriores a cal y canto. Pero unos quieren que los inmigrantes se queden en el país de llegada. Y los otros, que se repartan equitativamente.
Media Europa tiene hoy gobiernos participados o condicionados por las fuerzas populistas y de extrema derecha, una “lepra” –por utilizar la expresión de Macron– que alimenta y se nutre del desconcierto y el miedo de amplias capas de la sociedad europea.  Su propuesta es simple: pongamos las carretas en círculo y cerremos filas ante el enemigo de fuera. ¡Que vienen los indios!, parecen gritar.

Los voceros del apocalipsis migratorio están excitando con gran éxito electoral los temores de los europeos con medias verdades y mentiras groseras. Sin ánimo de minimizar la importancia del flujo migratorio que llega a Europa, ni de negar el potencial desestabilizador que comporta, lo cierto es que el problema, en lugar de agravarse, se ha atenuado. El alud migratorio del 2015 y el 2016 ha sido frenado considerablemente –el año pasado bajó un 44%– pese a los inflamados discursos que proclaman lo contrario. También ha caído la llegada de pateras a Italia –cuatro veces menos entre enero y abril respecto a hace un año– contradiciendo el discurso tremendista del ultra Matteo Salvini. Del mismo modo que apenas hay extranjeros en Hungría –un 5% de la población, sobre todo rumanos, ucranianos y serbios–, lo que no es óbice para que Viktor Orbán clame contra el presunto intento de la UE de cambiar la “composición étnica” del país...

Atrincherados en el círculo de caravanas, mientras discuten si vienen tres o tres mil indios, los europeos amenazan con empezar a dispararse entre sí.



lunes, 11 de junio de 2018

La cruzada de Bannon


El miércoles que viene, día 13, se producirá una curiosa –y, dada la personalidad de los protagonistas, infrecuente– cita en Berlín. El canciller de Austria, el conservador Sebastian Kurz –que gobierna en Viena junto con el ultraderechista FPO–, será recibido en la capital alemana por el nuevo y ya controvertido embajador de Estados Unidos, Richard Grenell, en la imponente mansión oficial que comparte con su compañero sentimental, Matt Lashey, y su perra, Lola (con quienes ha posado esta semana, sonriente y desenfadado, en la revista Bunte)

Grenell no ha ahorrado elogios hacia Kurz, al que  admira como político y ha llegado a calificar de “rock star”. Pero si el encuentro ha levantado cierta polvareda no es ya por lo insólito –por no decir diplomáticamente inapropiado– de la reunión, sino porque se produce después de que el impetuoso embajador haya abogado abiertamente, desde el portal de noticias ultraderechista Breitbart, por apoyar y alentar en Europa a las nuevas fuerzas conservadoras y populistas que ponen en cuestión el actual establishment.

Grenell es un veterano militante republicano, que ya sirvió en la Administración de George W. Bush y en la campaña de Mitt Romney. Y uno de los primeros en apoyar a  Donald Trump, de cuya cadena de televisión favorita –Fox News– fue comentarista político. Su metedura de pata, apenas un mes después de recibir las credenciales como embajador en Berlín, no es sin embargo una salida de tono extemporánea de un francotirador. Responde, por el contrario, a una línea estratégica de fondo que tiene entre sus principales impulsores al otrora consejero áulico de Trump Steve Bannon.

Bannon, nacido hace 64 años en Norfolk (Virginia), cofundador de Breitbart –de cuya dirección fue posteriormente apartado–, es el gran gurú de la ultraderecha norteamericana y el estratega que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca.  Destituido por el presidente de Estados Unidos en agosto del año pasado –tras sólo medio año en el cargo–, más por diferencias personales que ideológicas,  desde entonces Bannon se está empleando a fondo para imponer sus tesis en el Partido Republicano, apoyando activamente a todo candidato ultra que se postule cara a las elecciones legislativas de noviembre, las denominadas mid-term, que han de servir de termómetro sobre la salud del trumpismo. Y extendiendo su cruzada política a Europa.

En los últimos meses, Steve Bannon  ha visitado la República Checa, Hungría, Francia e Italia... donde ha proclamado su particular buena nueva y ha frecuentado a dirigentes políticos de los partidos antisistema y de la extrema derecha. “¡Dejad que os llamen racistas, xenófobos, nativistas, homófobos, misóginos, llevadlo como una medalla de honor!”, clamó a los enfervorizados militantes del Frente Nacional (FN) francés en la clausura, como estrella invitada de Marine Le Pen, del congreso del partido en Lille en marzo pasado. En Budapest, el antiguo cerebro gris de Trump elogió al primer ministro húngaro, Viktor Orbán – un “héroe”–, al que definió como “Trump antes que Trump”; en Praga llamó a poner fin al actual orden político en Europa y echar del poder a Angela Merkel –“la peor figura política del siglo XXI”–, y celebró el reciente acuerdo de gobierno en Italia entre el Movimiento 5 Estrellas (M5E) y la Liga como “un gran éxito”.

Bannon se mueve por Europa desde hace tiempo. En el 2014 tejió relaciones con el Partido para la Independencia del Reino Unido (UKIP) de Nigel Farage, a quien apoyó en su campaña a favor del Brexit, y ese mismo año reunió a activistas ultracatólicos en una conferencia en el Vaticano. Pero su activismo actual es especialmente notable. Hay que decir que el viento le sopla a favor: partidos nacionalistas, populistas y de extrema derecha están hoy en el gobierno –o acarician estarlo de forma inminente– en Polonia, Hungría, la República Checa, Eslovenia, Austria e Italia, y su peso electoral es remarcable en Francia, Alemania, Holanda o Finlandia.

El mensaje político de Bannon es simple: la civilización judeocristiana está –a su juicio– en peligro, amenazada por la inmigración extranjera  y la globalización, uno de cuyos más peligrosos caballos de  Troya es la Unión Europea, una construcción que propone derribar para restituir a los pueblos su soberanía nacional.  Bannon aborrece a las élites que conforman el establishment actual  y llama a una reacción política del pueblo, esas mayorías silenciosas, sojuzgadas y desposeídas, que en Estados Unidos expresaron su hartazgo votando a Trump hace año y medio...

Hay quien puede ceder a la tentación de pensar que Bannon no es nadie, un charlatán de feria, un  profeta en el desierto.  No lo es. El escándalo  de la sociedad Cambridge Analytica, acusada de utilizar sin autorización los datos personales de 87 millones de usuarios de Facebook con objetivos políticos, ha puesto de relieve las verdaderas malas artes del gurú de Trump. De acuerdo con el testimonio prestado bajo juramente por Christopher Wylie –el analista que destapó el caso– ante el Senado de EE.UU., Bannon estuvo desde el principio en el ajo. El estratega, que según la CNN fue uno de los fundadores de la sociedad, pretendía llevar a cabo una auténtica guerra psicológica para cambiar el comportamiento del electorado. Bannon utilizó los datos captados por Cambridge Analytica y los programas desarrollados por una sociedad paralela –Strategic Communication Laboratories (SCL)– para influir en los votantes durante la campaña presidencial que Trump ganó en el 2016. El objetivo de la ofensiva, lanzada selectivamente a través de las redes sociales, era desmotivar el voto de los electores del Partido Demócrata, y en particular de los negros. Hay expertos que dudan de la efectividad de tales mecanismos. Pero la intención que hay detrás es absolutamente inequívoca. Sólo hay que rodarla.



lunes, 28 de mayo de 2018

Hasta aquí, todo va bien...


La Busserine es un barrio de viviendas sociales del norte de Marsella donde viven 4.000 personas, una cité como tantas otras a lo largo de Francia donde se concentra la población de origen inmigrante y todos los problemas de la República: fracaso escolar, paro, marginación, violencia, crimen. La Busserine es, junto a otros barrios de la zona, un centro activo de distribución de droga. Este lunes pasado, al final de la tarde, irrumpieron a gran velocidad en el barrio dos vehículos de color negro con media docena de hombres armados que una vez en tierra sacaron sus kalashnikov y dispararon al aire, sin que la patrulla de la policía que acudió rápidamente al lugar –y con la que los encapuchados se encararon con chulería– pudiera hacer nada por evitar su huida. No hubo ningún herido, pero el mensaje que el comando quería trasladar llegó sin duda a sus destinatarios.

Tres días antes, el viernes, una banda de adolescentes que estaban jugando al fútbol en la cité de Saragosse, en Pau (Pirineos Atlánticos), apaleó hasta la muerte a un joven negro originario de Burkina Fasso. Se ignoran los motivos de tal desencadenamiento de violencia, ni si en el ataque hubo un componente racista. Pero por el momento hay dos detenidos, imputados ya por homicidio, dos franceses de origen checheno y azerí...

En los barrios desfavorecidos de las banlieues francesas hay un fondo de violencia permanente, de baja intensidad –salvo para quienes la sufren–, vinculada a una grave fractura social que es la falla potencialmente más desestabilizadora que amenaza a Francia. Cada cierto tiempo, los alcaldes de las zonas afectadas –un total de 1.436 barrios en dificultades, en los que viven 5,3 millones de personas (el 8,4% de la población), según el censo del 2015– tocan el timbre de alarma e intentan despertar a los adormecidos poderes públicos sobre la gravedad de la situación. Lo volvieron a hacer a finales del año pasado, lo que forzó de alguna manera al presidente Emmanuel Macron a encargar al exministro Jean-Louis Borloo un informe al respecto. Lo que ha descubierto Borloo no es nada realmente nuevo. La cosa está muy mal, y viene de muy lejos.

Los primeros disturbios de consideración en los barrios de las periferias urbanas francesas a causa del malestar social se dieron ya en los años 1979 y 1981, en la banlieue de Lyon. Y de hecho también los primeros planes gubernamentales para estos barrios deprimidos –de éxito desigual, por ser generosos– datan de esa misma época. El potencial explosivo de la amargura y el resentimiento que se estaba incubando en los guetos de los suburbios lo expresó magistralmente el director Mathieu Kassovitz en su película La haine (el odio), estrenada en 1995, diez años antes de que todo estallara en la histórica revuelta de las banlieues del otoño del 2005.

En los últimos cuarenta años en Francia se han aprobado y puesto –total o parcialmente– en práctica una docena de planes urbanos para sacar a los barrios difíciles de su postración. Sin gran éxito. El informe Borloo, presentado el mes pasado, presenta un panorama desolador. “Es un escándalo absoluto”, afirmaba el exministro, cuyo diagnóstico de la situación podría resumirse en una frase: “Hay 500.000 jóvenes de entre 16 y 24 años, al pie de los bloques de viviendas, con los brazos cruzados. Vivimos en un país donde una cuarta parte de la juventud está en paro”. Este es el verdadero caldo de cultivo del problema. El origen del resentimiento. Y de la delincuencia rampante. Jóvenes sin trabajo y sin horizontes.

Borloo presentó al presidente Macron un plan de choque con una veintena de medidas y un presupuesto de decenas de miles de millones. Y la demanda de un liderazgo fuerte: “Necesitamos un general Patton”, dijo. El presidente Macron le respondió públicamente el pasado martes metiendo el plan en un cajón, con un discurso repleto de vaguedades. “No voy a anunciar un plan para las banlieues, porque esta estrategia es tan vieja como yo (...) y ya ha dado todo de sí”, argumentó.

En Francia, con una inmigración más antigua y más numerosa –tiene la población musulmana más grande de Europa–, el problema es más patente y más lacerante. Pero es común a todos los países industrializados europeos.  En España no ha adquirido todavía la misma profundidad, pero ahí está  también, incubándose. Las primeras señales tienen ya casi dos décadas –recuérdese la crisis de Ca n’Anglada (Terrassa) en 1999– y siguen llegando de forma alarmante en la actualidad: véase el comando yihadista que atentó en Barcelona y Cambrils, amamantado en Ripoll...

En un informe del  Real Instituto Elcano del 2016 sobre la integración de la inmigración en España, la politóloga Carmen González Enríquez constataba como uno de los factores positivos –entre otros– el hecho de que apenas hayan surgido guetos urbanos, debido a que los inmigrantes, aunque concentrados en determinadas zonas, están bastante mezclados con la población autóctona (lo que no ha evitado, sin embargo, según alertan otros informes, una segregación muy acusada de sus hijos en determinados centros escolares). Pero de los riesgos que plantea –entre los que cita la degradación de las condiciones laborales de la población inmigrante y los síntomas de radicalización islamista, especialmente acusados en Catalunya–, hay uno que merece particular atención: las segundas generaciones que están llegando al mercado laboral en una situación de crisis, muy diferente a la de sus padres durante el boom inmobiliario, pero cuyas aspiraciones son las de los otros jóvenes de su generación, se enfrentan a un futuro difícil. “Esa aspiración corre un riesgo grande de verse frustrada y provocar sentimientos de exclusión y marginación”. Exactamente lo que ya pasó y pasa en Francia.

Mientras esto sucede ante nuestros ojos, en España y en Catalunya toda la atención política está absorbida desde hace tiempo por los problemas generados por los propios políticos, incapaces de mirar más allá de su ombligo.

En la película de Kassovitz, recibido en 1995 en Francia como un electroshock, uno de los miembros del trío protagonista –integrado por un judío, un musulmán magrebí y un subsahariano–, cuenta un amargo chiste que resume en sí mismo el espíritu pesimista del filme: “Es un hombre que cae de un edificio de 50 pisos. Mientras va cayendo, con el fin de tranquilizarse a sí mismo, va repitiéndose sin cesar: ‘Hasta aquí todo va bien, hasta aquí todo va bien, hasta aquí
todo va bien...”.





lunes, 14 de mayo de 2018

Doktor Nein


Cuando en enero del 2013, hace ya una eternidad, el entonces primer ministro británico David Cameron anunció la convocatoria de un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea –lo que acabaría conduciendo al triunfo del Brexit el 23 de junio del 2016–, en el continente la iniciativa fue recibida con enojo e irritación. ¡Un nuevo chantaje de Londres! El peligro de salida de los británicos era real, pero parecía algo lejano, casi impensable. Una argucia para obtener nuevas ventajas.  El Brexit era una pesadilla, salvo para un puñado de europeístas airados que incluso lo juzgaron deseable. “Amigos ingleses, ¡abandonad la UE pero no la hagáis morir!”, tituló el desaparecido ex primer ministro francés Michel Rocard un artículo publicado el 5 de junio del 2104 en el diario Le Monde. Quien fuera jefe de Gobierno con François Mitterrand reprochaba con dureza a los británicos todos los obstáculos que habían puesto sistemáticamente a lo largo de décadas para impedir avanzar a la UE. Su partida, soñaban Rocard y otros, permitiría por fin reventar el cerrojo.

Michel Rocard llegó a ver cómo los británicos votaban a favor del Brexit, pero poco más. Murió tan sólo nueve días más tarde. Lo que no ha podido ver  después es hasta qué punto los bloqueos que paralizaban Europa se mantienen estando ya el Reino Unido con un pie fuera de la Unión. El Doctor No se va. Y ha dejado al descubierto al Doktor Nein…

El Reino Unido, interesado únicamente en el mercado único, siempre frenó la profundización del proyecto europeo. Francia fue tradicionalmente uno de los motores, pero tras el fiasco del referéndum de la Constitución europea del 2005, quedó durante mucho tiempo incapacitada para adoptar nuevas iniciativas. Hasta la llega de Emmanuel Macron al Elíseo, hace ahora un año, París intentaba no forzar demasiado a su arisca opinión pública. Ni siquiera François Hollande, europeísta acérrimo y presunto hijo político de Jacques Delors, se atrevió a ir muy lejos, más allá de algún arrebato lírico en sus discursos. Entre unos y otros, Alemania podía exhibirse como el guardián del espíritu europeísta. Si no se avanzaba, podía alegarse, era porque Londres y París mantenían tensas las bridas.

Pero el espejismo se ha roto definitivamente. Con los británicos a punto de irse y Macron erigido en el gran profeta de la nueva soberanía europea, la canciller alemana Angela Merkel –que nunca ha tenido la fe europeísta de un Helmut Kohl, ni intención siquiera– ha demostrado que Berlín es quien tiene la mano en el freno. Y que no parece dispuesta a relajarla.

Las propuestas avanzadas por el presidente francés para reforzar la estabilidad de la zona euro y convertirla, de facto, en el núcleo duro de la Unión han recibido al otro lado del Rhin una respuesta gélida. Culminar la unión bancaria y convertir el mecanismo de estabilidad en una especie de fondo monetario europeo, bien, no hay problema, está en la lógica inevitable de las cosas. Pero eso de nombrar un ministro de finanzas de la zona euro y, sobre todo, instaurar un presupuesto propio –con el fin convicto y confeso de invertir en los países más débiles, en una suerte de redistribución indirecta de la riqueza–, nada de nada.

Merkel no ha respondido a Macron con un “no” cerrado, pero le ha dado largas. Y su falta de entusiasmo ha sido más que corroborada a otros niveles: desde la nueva secretaria general de la CDU, Annegret Kramp-Karrenbauer, hasta el flamante ministro de Finanzas, Olaf Scholz –no por socialdemócrata, menos alemán–, quienes ya han manifestado sus reticencias ante algunas ideas del presidente francés. Para Alemania, que en este caso está firmemente escoltada por el primer ministro holandés, Mark Rutte, y sus aliados nórdicos –con quienes ha resucitado una especie de Liga Hanseática 2.0 para superar la orfandad de la marcha del Reino Unido–, el mantra europeo se reduce a una cosa: la disciplina presupuestaria y las reformas estructurales. Déficit, déficit, déficit.

Francia siempre ha pecado, a ojos de la moral luterana centroeuropea, en ambas cosas: dejando engordar la deuda y  manteniendo inalterado –excepto algún maquillaje– su pesado Estado del bienestar. Macron, que en cierta medida aprovecha un camino tímidamente abierto ya por Hollande, está ahora cambiando esto: el déficit público se ha situado por primera vez bajo el listón del 3% del PIB establecido en el pacto de estabilidad –un 2,6% en el año 2017– y el presidente francés parece decidido a impulsar reformas tan conflictivas como la del régimen laboral o el estatus de la sacrosanta SNCF… Poco importa. Nada de todo esto hará cambiar la posición de Berlín.

La solidaridad parece una palabra prohibida, un pecado. Desde Alemania pretende presentarse el problema –se vio con la crisis de la deuda en la eurozona– como el de un sur irresponsable que, cual la cigarra del cuento de la hormiga, pretende vivir de fiesta, sin trabajar, a expensas de sus laboriosos vecinos del norte. La realidad, sin embargo, podría verse también desde otra óptica, no menos cierta: la de un país egoísta que se vanagloria de no gastar ni un céntimo más de lo estrictamente imprescindible –el 2107 cerró con un excedente presupuestario del 1,2%, algo que hasta el FMI le ha reprochado– a expensas de alimentar el déficit de sus socios europeos. Quieren vender sin comprar.

Macron, que no tiene pelos en la lengua –ya se vio en el Capitolio de Washington–, se lo reprochó cariñosamente a los alemanes el jueves en Aquisgrán, donde recibió el Premio Carlomagno. “No puede haber un fetichismo perpetuo por los excedentes presupuestarios y comerciales porque se consiguen siempre a expensas de otros”, dijo. El galardón premia el voluntarismo europeísta de Macron antes de haber logrado nada. Mientras no le pase como a Barack Obama y el Premio Nobel de la Paz...



lunes, 30 de abril de 2018

Bajo los adoquines...


Caroline de Bendern tenía 27 años  cuando se manifestó el 13 de mayo de 1968 por las calles del Barrio Latino de París, junto a miles de estudiantes y trabajadores, en contra del Gobierno del general De Gaulle y de una sociedad conservadora, estancada, autoritaria y asfixiante. Su imagen a hombros de un amigo, enarbolando la bandera del Frente de Liberación de Vietnam (FNL), la convirtió en un icono de la revuelta de Mayo del 68, una especie de moderna recreación de La libertad guiando al pueblo de Delacroix. Modelo y actriz de origen inglés y familia aristocrática –nieta del conde Maurice Arnold de Berdern–, el perfil de Caroline es también representativo del sustrato sociológico que estuvo en la base de aquel movimiento, integrado en gran medida por los cachorros de la burguesía, que nunca fue –pese a las proclamas– realmente revolucionario y que sólo hizo temblar a la V República cuando se sumaron los trabajadores.

Jean-Robert Pitte, rector de la Universidad de París-Sorbona, tenía entonces 19 años, estudiaba en la misma universidad que ahora dirige y siempre estuvo en contra de aquel “movimiento de niños bien”. A sus padres, de extracción modesta, les había costado demasiado esfuerzo que su hijo accediera a la universidad para que un grupo de privilegiados radicalizados echara el curso a perder. Dos mundos...

Mayo del 68 nunca fue un auténtico movimiento revolucionario. Nunca sus dirigentes tuvieron el objetivo de tomar el poder, por más que llegaran a hacer temblar los cimientos del régimen de 1958. Sólo querían sacudir el statu quo, cambiar la sociedad. Y en gran medida lo lograron.

La revuelta de Mayo del 68 adquiere el carácter de tal el 3 de mayo, cuando la policía entra en la Universidad de la Sorbona para desalojar por la fuerza a los estudiantes que la habían ocupado y detiene a más de 600... Pero el embrión es anterior. El foco no está en París, sino en Nanterre –en la periferia oeste de la capital–, donde los universitarios inician un movimiento de protesta contra el régimen del internado universitario, que consideran demasiado restrictivo y anticuado. De hecho, su principal reivindicación en ese estadio inicial es que las chicas puedan recibir a chicos en sus habitaciones (cosa prohibida, aunque autorizada a la inversa). Pronto las cosas se complican con la detención de un estudiante durante una protesta contra la guerra de Vietnam, a raíz de la que empezarán las ocupaciones y nacerá el llamado Movimiento del 22 de Marzo. Su principal líder, un estudiante alemán llamado Daniel Cohn-Bendit –conocido como Dani el Rojo, por el color de su pelo, ahora ya blanco–, acabaría siendo uno de los dirigentes más destacados y mediáticos de Mayo del 68.

Vietnam... La escalada bélica en la antigua Indochina francesa, con la intervención abierta de Estados Unidos contra el régimen comunista de Vietnam del Norte (1964-1973), está en el origen mismo del movimiento de protesta de los estudiantes franceses en 1968. Algo que vincula directamente la revuelta en Francia con las protestas de los jóvenes de EE.UU. –contra la guerra de Vietnam, por los derechos civiles de la minoría negra y por la libertad de expresión política en las universidades–, cuyo epicentro más activo se localizó en la universidad de Berkeley, California.

1968 fue un año en el que las ansias de libertad y justicia se extendieron por todo el mundo. Desde la Primavera de Praga, el intento fallido de instaurar un socialismo más abierto, de rostro humano –cruelmente aplastado por los tanques del Pacto de Varsovia en agosto–, hasta el movimiento estudiantil que reclamaba más democracia en México, ahogado en sangre el 2 de octubre en la matanza de la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, pasando por la agitación antifranquista –reprimida por el régimen– de las universidades españolas.

La especificidad de la revuelta francesa es la intervención, a partir de mediados de mayo, del movimiento obrero, con las primeras huelgas y ocupaciones de fábricas. Los comunistas franceses eran al principio reacios e incluso contrarios al movimiento –“pseudorrevolucionarios”, les llamó despectivamente el secretario general del PCF, Georges Marchais–, pero se acabaron viendo arrastrados por las bases, que obligaron a los sindicatos a tomar la iniciativa. El 20 de mayo, con 10 millones de huelguistas, Francia quedó paralizada y la V República tembló.

Los comunistas, sin embargo, tampoco querían tomar el poder y el Gobierno pronto encontró el cauce para negociar con los sindicatos amplias mejoras salariales y laborales para los trabajadores. A la primera reunión exploratoria, el primer ministro Georges Pompidou envió al entonces secretario de Estado de Empleo –y futuro presidente de la República–, Jacques Chirac, que acudió armado con una pistola por si las moscas. Así estaban las cosas... Pero una vez se alcanzó un pacto –los llamados acuerdos de Grenelle– y De Gaulle movilizó a los suyos con una gran manifestación de adhesión en los Campos Elíseos  –la primera que se adjudicó la osada cifra de un millón–, los trabajadores no tardaron en regresar a las fábricas. A partir de ahí, el movimiento estudiantil estaba condenado.

El movimiento sí, pero no su legado.  Mayo del 68 encarnó una esperanza de más libertad –política, individual, sexual– que acabaría imponiéndose en las costumbres y los hábitos sociales. Con las calles del Barrio Latino trufadas de barricadas y las paredes llenas de pintadas, alguien escribió en la Sorbona: “Bajo los adoquines, la playa”. Un mensaje de ilusión, de voluntad de cambio, que contrasta con el desánimo y el repliegue desconfiado que atenaza a la Europa de hoy. Cincuenta años después, sólo parece haber espacio para el sarcasmo. Como el chiste que circula estos días: “Mayo de 1968, los jóvenes salen a la calle; mayo del 2018, los jubilados salen a la calle. Son los mismos...”





martes, 17 de abril de 2018

Una pequeña guerra revigorizante


(Actualizado el 15/04/2018)


El lunes 2 de septiembre del 2013, La Vanguardia abría su portada con este titular: “Obama presiona al Congreso: Siria empleó gas sarín”. El entonces presidente de Estados Unidos había decidido inesperadamente solicitar la autorización de la Cámara de Representantes y del Senado para lanzar un ataque militar de represalia contra el régimen de Bashar el Asad por haber atacado a su propia población con armas químicas el 21 de agosto anterior, dejando un reguero de centenares de muertos. Una “línea roja” que Obama había advertido expresamente que no toleraría que fuera sobrepasada.

Sin embargo, ese no debería haber sido el titular de aquel día. Al menos, no era lo que estaba previsto. Lo que estaba previsto –pero casi nadie sabía–, según ha revelado ahora el expresidente francés François Hollande en su libro de memorias de sus cinco años en el Elíseo –Les leçons du pouvoir (Las lecciones del poder)–, es que en la madrugada del domingo 1 de septiembre, los ejércitos de EE.UU., Francia y el Reino Unido debían lanzar un ataque  combinado contra objetivos militares en Siria.

“Al término de las discusiones (con Obama), nuestro acuerdo parece total –rememora Hollande–. Las fuerzas armadas desplegadas frente a las costas sirias están preparadas. Los objetivos han sido seleccionados por los dos estados mayores; los misiles serán lanzados desde los barcos que navegan por la región; deben aniquilar varias instalaciones militares sirias situadas fuera de las ciudades, con el fin de respetar a la población civil. La fecha está decidida: domingo 1 de septiembre del 2013”. Pero, el sábado, una llamada telefónica de Obama obliga a suspender los planes: a la vista de la oposición con que David Cameron ha topado en el Parlamento británico, el presidente estadounidense decide consultar al Congreso.

El resto es conocido. La “espantada” norteamericana –por recurrir a la expresión que utiliza el propio Hollande– dio pie a que Rusia interviniera en la crisis y evitara –mediante un acuerdo sobre la destrucción de las armas químicas de Damasco, alcanzado el 14 de septiembre– un ataque occidental contra El Asad. El mundo respiró hondo. Pero no todo el mundo.

 “Una intervención hubiera cambiado el curso de los acontecimientos”, constata cinco años después con cierto tono de amargura Hollande, quien más presionó en ese momento para atacar. También podría decirse lo contrario. La no intervención probablemente también cambió –acaso de forma más profunda– el curso de los acontecimientos. En Siria y más allá. La inhibición occidental convenció al líder ruso, Vladímir Putin, de que Europa y sobre todo EE.UU. no estaban dispuestos a ir muy lejos, a comprometerse de verdad en una crisis internacional que tuviera a Moscú como oponente. Demasiado riesgo... En las mismas memorias de Hollande, el expresidente francés –que juzga a Putin un hombre glacial que no duda en utilizar la intimidación psicológica con sus interlocutores– cree que el presidente ruso observa con condescendencia a los líderes occidentales, que juzga pusilánimes y esclavos de sus respectivas opiniones públicas.

El caso es que después de la “espantada” de Obama, Putin se sintió con las manos libres. Así, en marzo del 2014 y ante el giro proeuropeo y proatlantista que se estaba produciendo en Ucrania, decidió recuperar por la fuerza la península de Crimea –cedida a Ucrania en tiempos de la URSS y donde Rusia tiene  la base de la flota del Mar Negro–, sin que los occidentales hicieran más que indignarse y aprobar sanciones económicas. Del mismo modo, en septiembre del 2015 el Kremlin decidió intervenir directamente en la guerra de Siria en apoyo de su aliado Bashar el Asad. Junto con las milicias chiíes de Irán y del libanés Hizbulah, los rusos consiguieron invertir la tendencia de la conflagración y hoy El Asad está más fuerte que nunca.

Tampoco Estados Unidos y Europa hicieron nada. De hecho, y por muchos tomahawks –tampoco tantos: unos 60 sobre una base aérea– que Donald Trump decidió lanzar contra Damasco en abril del año pasado, tras el penúltimo ataque químico del régimen, lo cierto es que EE.UU. ha dado más bien la sensación de desentenderse del conflicto sirio. Tras dejar toda la iniciativa diplomática a Moscú, Teherán y Ankara, Trump –que habla por Twitter según el pie con que se levanta, antes de pararse un minuto a pensar o de preguntar nada a nadie– anunció días atrás su intención de retirar sus tropas... ¿A quién puede extrañar que El Asad se creyera impune?

El uso de armas químicas del sábado 7 de abril contra el último reducto rebelde de la Guta oriental, atrincherado en la población de Duma  –tan cerca de Damasco como si habláramos de L’Hospitalet respecto a Barcelona o del barrio de Vallecas respecto al centro de Madrid–, fue brutal, cruel, inhumano... Pero no gratuito. Según medios libaneses, la acción del ejército sirio pretendía –y consiguió– que los últimos resistentes de la milicia islamista Ejército del Islam se rindieran. De hecho, al día siguiente pidieron negociar con Damasco y acabaron de desalojar definitivamente el enclave este jueves.

Cinco años después de las dudas de Obama, Estados Unidos, Francia y el Reino Unido se han puesto finalmente de acuerdo para lanzar un ataque múltiple de represalia sobre Siria. Sólo que ya no es lo mismo. La intervención militar de esta madrugada –que en principio y aparentemente se pretende limitada- difícilmente cambiará ya el curso de los acontecimientos en la guerra siria. Salvo que un error de cálculo o un descuido condujeran inadvertidamente hacia una escalada de imprevisibles consecuencias.

No es esa la intención, desde luego. De nadie. Por el contrario, varios elementos permiten pensar, a estas horas, que la operación –por vistosa que parezca- se acerca más a la acción de Trump de hace un año que a la gran intervención militar imaginada en el Elíseo en el 2013. De entrada, los norteamericanos, al igual que en el 2017, han prevenido a Moscú  antes de atacar, razón por la cual –y en contra de lo que habían amenazado- los rusos no han tratado en ningún momento de interceptar los proyectiles occidentales con sus propias defensas antiaéreas y antimisiles. Y tras concluir la operación, Washington se ha apresurado a subrayar, a través de su secretario de Defensa, James Mattis, que se ha tratado de “ataques puntuales”.

Si efectivamente esto acaba aquí, nada sustancial cambiará en el tablero geopolítico de la región. Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, aparte de lustrar su buena conciencia, habrán recordado que también tienen cosas que decir sobre el futuro de Siria –y no únicamente Rusia, Irán y Turquía- y los tres líderes occidentales que han conducido la acción verán reafirmada su autoridad política y moral en sus respectivos países. Donald Trump –acosado cada vez más de cerca por el FBI en el caso Rusiagate-, Emmanuel Macron –sometido a un frente de contestación social inédito desde hace  un par de décadas- y Theresa May –en el filo de la navaja a causa de Brexit y los ataques que recibe dentro de su propio partido- tienen suficientes problemas en casa como para celebrar la oportunidad de desviar la atención con una buena pequeña guerra revigorizante.




martes, 3 de abril de 2018

Los buenos de la película


Mireille Knox, de 85 años, murió asesinada en su modesto piso del distrito 11 de París el pasado 23 de marzo. La infortunada anciana fue acuchillada y su cuerpo, posteriormente quemado con la intención aparente –e ilusoria– de borrar las huellas del crimen. La policía ha detenido a dos sospechosos, a quienes la fiscalía imputa un asesinato de carácter antisemita, dada la confesión judía de la víctima. La investigación acabará determinando este extremo, pero si tal fuera el caso, sería uno de esos trágicos golpes de efecto que a veces parece reservarnos la vida, pues Mireille Knox era una superviviente de la tristemente famosa redada de Vel d’Hiv, de 1942, cuando más de 13.000 judíos fueron detenidos en París por la policía francesa, internados en condiciones penosas en el antiguo y ya desaparecido Velódromo de Invierno –de ahí el nombre–,  trasladados después a campos de tránsito –el más importante, el de Drancy, en la periferia noreste de la capital– y reexpedidos en tren hacia Alemania y Polonia, a los campos de exterminio nazis.

La redada se desencadenó entre el 16 y el 17 de julio de 1942 y la llevaron a cabo policías y funcionarios franceses, siendo jefe de Gobierno el siniestro Pierre Laval, el más germanófilo del régimen colaboracionista instaurado por el mariscal Pétain en Vichy. París era zona ocupada, pero los alemanes no intervinieron. Fueron exclusivamente franceses quienes durante esos dos días detuvieron a 13.152 judíos, la mayoría refugiados de la Europa del Este, muchos de ellos mujeres y niños, dispuestos a enviarlos a la muerte para congraciarse con el aliado alemán. Entre ellos no estaba Mireille Knox, pues pocos días antes había huido con su madre en dirección a Portugal. La redada de Vel d’Hiv no fue la única, aunque sí la más espectacular. En total, durante la Segunda Guerra Mundial el Gobierno francés deportó a 76.000 judíos a petición de la Alemania nazi, de los que sobrevivieron menos de 2.000.

La redada de Vel d’Hiv, cuyo recuerdo ha sido suscitado de nuevo por el asesinato de Mireille Knox, fue durante décadas un tabú. Un agujero negro. Un episodio borrado de la memoria colectiva como el propio Velódromo de Invierno, derruido en 1959. Hubo que esperar hasta 1995 para que un presidente de la República, Jacques Chirac, admitiera por primera vez públicamente la responsabilidad del Estado francés: “Francia, ese día, cometió lo irreparable”, afirmó con gravedad. Francia, dijo...

Hasta ese momento, la historia oficial consideraba a Vichy poco menos que como un poder usurpador, cuando la realidad es que el Parlamento francés fue el que –“democráticamente”– otorgó plenos poderes a Pétain y enterró la III República. Pero esa realidad no era la que se quería escuchar. Como tampoco se quería aceptar que buena parte de Francia se acomodó bien a la ocupación alemana, que París siguió siendo bastante una fiesta –como puso de manifiesto una polémica exposición del Ayuntamiento de la capital  en el 2008 con material cinematográfico de los propios alemanes–. Que la Resistencia, al margen del pequeño grupo que rodeó al general De Gaulle desde el principio, no adquirió relevancia hasta que Hitler invadió la Unión Soviética en 1941, rompiendo los acuerdos Ribentropp-Molotov, y los comunistas –hasta entonces tolerados– se echaron al monte. Y que no empezó a recibir masivas incorporaciones hasta que se sumaron  jóvenes desesperados por escapar al llamado Servicio de Trabajo Obligatorio (STO) por el cual empezaron a ser enviados en 1943 en masa a Alemania para trabajar dos años en las fábricas y en las granjas.

Francia tenía un relato impecable. Eran los buenos de la película. Héroes de una pieza. Sólo con el tiempo algunos dirigentes políticos se han atrevido a ensombrecer la historia oficial, para disgusto de los nacionalistas. “Francia no es responsable de Vél d’Hiv; si hay responsables, son los que estaban en el poder en esa época, no Francia”, declaró  en la última campaña  de las elecciones presidenciales la líder del FN –ahora rebautizado como Reagrupamiento Nacional–, Marine Le Pen. Para la ultraderecha, Francia no es culpable de la persecución de los judíos bajo la ocupación (como tampoco de los terribles abusos perpetrados por el ejército en la guerra de Argelia). Lo demás es un arrepentimiento fuera de lugar, autoflagelatorio...

Si Francia ha revisado parcialmente en los últimos años la reescritura de la Historia que hicieron los vencedores terminada la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno polaco del partido ultranacionalista Ley y Justicia, de Jaroslaw Kayczinsky, pretende hacer lo contrario. El Parlamento de Varsovia, desoyendo por enésima vez todas las advertencias por su deriva autoritaria, aprobó el pasado mes de enero una ley que castiga con penas de cárcel a quien acuse a los polacos de complicidad en el Holocausto y a quien simplemente adjetive como “polacos” los campos de exterminio levantados por los nazis en Polonia durante la guerra, como el de Auschwitz. Pretender dictar la historia desde la ley no es sólo una aberración intelectual y democrática, sino que además en este caso –como en la mayoría– implica una enorme falsedad. Pues no fueron pocos los polacos que colaboraron con los nazis y que entregaron a judíos –por antisemitismo o mero afán de rapiña– a sus verdugos. “Es más fácil esconder un carro de combate bajo la alfombra que un niño judío en casa”, constató la enfermera Irena Sendler, el Ángel del Gueto de Varsovia, que salvó a 2.500 niños judíos sacándolos de allí escondidos por todos los medios.

La Historia no es un cuento de buenos y malos, por mucho que los nacionalistas de toda condición –ayer, hoy y mañana– pretendan lo contrario. La realidad es siempre compleja, poliédrica. La luz esconde muchas sombras. Y en la sombra se ocultan  muchas culpas inconfesables.