lunes, 23 de octubre de 2017

La república del miedo

El escritor norteamericano de origen indio Anand Giridharadas ilustró en el año 2014 la profunda división que atraviesa Estados Unidos con una cruda imagen: “América está fracturada en dos sociedades, una república de los sueños y una república del miedo”.  Dos años después, en noviembre del 2016, la república del miedo se impuso a la de los sueños y encumbró a la Casa Blanca al político más burdamente populista y demagogo del mundo occidental. ¿Cómo pudieron millones de estadounidenses confiar el futuro de su país a un charlatán ignorante y psicológicamente inestable como Donald Trump? Porque les dijo exactamente lo que ansiaban oír, lo que necesitaban desesperadamente oír: que bajo su mando todo volvería a ser como antes, que volverían la seguridad y la prosperidad de los buenos viejos tiempos, que la sangría de la deslocalización de industrias se detendría igual que la llegada masiva de inmigrantes...

No es una particularidad norteamericana. La misma división fractura las sociedades europeas, de norte a sur, de este a oeste. De un lado, los beneficiarios de la globalización, los que aprovechan a fondo las grandes oportunidades del mundo interconectado de hoy, los habitantes de las grandes concentraciones urbanas mundiales. Del otro, las víctimas de este orbe abierto, concentradas en las zonas rurales y perirubanas, en las cuencas industriales deprimidas, olvidadas de la mano de Dios. Es aquí, en estas zonas en las que se incuba el rencor, donde se gesta la república del miedo y se prepara la victoria de los nacionalismos populistas. Desde Trump hasta el Brexit.

Los mapas del Brexit son escalofriantes en la medida en que muestran claramente la quiebra de una sociedad: el gran Londres y otras urbes, masivamente a favor de Europa; las zonas industriales del norte de Inglaterra, radicalmente en contra.

Los vendedores de elixires hicieron su agosto en la campaña del Brexit, donde la concentración de mentiras y falsas verdades por metro cuadrado –realismo mágico, se le llama ahora– rompió todos los límites. Si triunfó es porque había un terreno fuertemente abonado por la credulidad. Tras el voto de los británicos a favor de la salida de la Unión Europea del 23 de junio del 2016 –por 52% a 48%–, los promotores del Brexit, desde los eurófobos convencidos como Nigel Farage hasta los más cínicos oportunistas como Boris Johnson, no tardaron ni cuarenta y ocho horas en admitir que algunos de los argumentos defendidos apasionadamente en el calor de la campaña tenían muy poco o nada que ver con la realidad. Un año y medio después, la constatación de que todo aquello fue un fabuloso engaño ha quedado dramáticamente al descubierto. Hasta el punto de que, según los últimos sondeos realizados en el Reino Unido, si hoy se repitiera el referéndum, la opción de quedarse en la Unión Europea ganaría por 49% a 45% (Survation, 5 de octubre)

Una de las mentiras más groseras quedó recientemente desmentida por el vicedirector del Institute for Fiscal Studies, Carl Emmerson: frente a la aseveración de que con la salida de la UE se iba a corregir el déficit fiscal y las arcas públicas británicas iban a recuperar para el erario 350 millones de libras a la semana, la realidad es que el saldo final será una pérdida de 300 millones semanales. Portentoso.
Frente a quienes prometían recuperar poco menos que las glorias del Imperio británico –Rule Britannia!– y cargaban sobre la Unión Europea las culpas de todos los males (incluida la durísima cura de austeridad aprobada por los conservadores por sí solos, que para eso tienen  la libra esterlina y no están sometidos a la disciplina de la zona euro), la realidad ha venido pronto a llamar a la puerta. Aún sin haber abandonado Europa, la economía británica ha empezado ya a resentirse. No ha sido un golpe brutal y repentino, sino un goteo constante y progresivo, que amenaza con agravarse considerablemente si al final se acaba imponiendo el Brexit duro –que es en el fondo el que compraron los electores: ni un solo inmigrante más, nada de libre circulación de trabajadores, nada de reglas europeas– y Gran Bretaña se queda fuera del mercado único y la unión aduanera.

De momento, el crecimiento económico se ha contraído ya a la mitad –pasando del 1,8% al 1%–, la moneda se ha devaluado un 15%, lo que ha beneficiado en parte a las exportaciones pero ha penalizado las importaciones, con lo que la inflación se ha alzado al 3% y los salarios han empezado a perder poder adquisitivo, mientras las inversiones extranjeras se han frenado prácticamente en seco. Como consecuencia, se ha devaluado también  la riqueza del país, de modo que –según las últimas cifras de la Oficina de Estadística Nacional británica, correspondientes al primer semestre del 2016– el superávit de 469.000 millones de libras ha pasado a convertirse en un déficit de 22.000 millones.  Numerosos trabajadores europeos altamente cualificados han empezado a irse, al igual que algunas empresas, y los grandes de la City están preparando ya las maletas...

¿En qué momento los británicos se dejaron engañar por quienes prometían el mejor de los mundos sin coste alguno, como quien compra un falso bolso de Louis Vuitton en el top manta al grito de “bueno, bonito, barato”? Los especialistas en psicología colectiva tienen acreditado un doble fenómeno: por un lado, la gente tiende a magnificar los problemas que le provocan ansiedad –la delincuencia, la inmigración–, que perciben como más graves de lo que realmente son, y por otro, menosprecia los argumentos y objeciones que ponen en cuestión sus convicciones y prejuicios.
No es un fenómeno nuevo, es tan viejo como la humanidad. Lo nuevo, lo preocupante, es que el funcionamiento de las nuevas redes sociales lo exacerba. “Encerrados en sus particulares repúblicas, esto es, sus cuentas de Facebook, sus tertulias preferidas descargables en el podcast, sus chats en el Whatssap, ya no tienen ni siquiera que escuchar al adversario. Con un gesto del pulgar basta para silenciarlo. La música de fondo del diálogo se ha apagado”, reflexionaba con perspicacia el colega –y amigo– de La Vanguardia Jaume V. Aroca sobre el caso catalán.

Hoy, un porcentaje crecientemente elevado de ciudadanos se informa directa y exclusivamente a través de las redes sociales, donde la información genuina se mezcla sin pudor con rumores y bulos groseros. Y de donde cada uno puede extirpar cuidadosamente cualquier opinión que no confirme su particular universo.


lunes, 9 de octubre de 2017

El enfado de Michael Kohlhaas

A mediados del siglo XVI, un tratante de ganado alemán llamado Michael Kohlhaas se dirigía a Dresde para vender una recua de caballos cuando, al atravesar los territorios de un señor feudal de Sajonia, se encontró inopinadamente con una aduana donde fue víctima de un atropello impensable. Con toda suerte de pretextos burocráticos, el aristócrata del lugar le obligó a dejar como prenda dos hermosos caballos negros que llevaba al mercado. Cuando, una vez cumplimentados todos los requisitos, regresó a recuperar sus corceles se encontró con que los habían malogrado explotándolos como animales de tiro en el campo. Hombre religioso y ecuánime, con un profundo sentido de la justicia, Kohlhaas exigió una reparación a los tribunales. Pero todos sus esfuerzos fueron en vano: el noble fue protegido por la casta aristocrática que rodeaba al príncipe elector y el tratante de caballos fue incluso amonestado.

Humillado y furioso, el bueno de Kohlhaas se arrogó el papel de justiciero del pueblo y reunió un pequeño ejército con el que atacó a sangre y fuego el castillo del señor y durante meses se dedicó a arrasar media Sajonia, destruyendo y saqueando todos los pueblos y ciudades donde se había escondido el codicioso noble. Su criminal venganza no cesó hasta que las autoridades aceptaron cursar su demanda judicial y acordaron que tenía derecho a recuperar sus dos animales en perfecto estado y recibir  una compensación económica. El tratante de caballos se entregó en Pirna, en las proximidades de Dresde, donde era propietario de una pequeña finca, antes de verse resarcido y de rendir cuentas a su vez ante la justicia imperial en el cadalso...

La historia de Kohlhaas no es verídica, es sólo una ficción, fruto de la prosa magistral de Heinrich von  Kleist (1777-1811), uno de los más destacados escritores del romanticismo alemán. Pero su relato sobre la transmutación de Michael Kohlhaas y su furiosa respuesta contra los abusos del poder establecido evoca de alguna forma la ira que una parte de los electores alemanes, especialmente en Sajonia, expresó el 24 de septiembre al votar como nunca desde el final de la Segunda Guerra Mundial a un partido de extrema derecha: Alternativa para Alemania (AfD, en sus siglas en alemán), que obtuvo el 12,6% de los votos y –después de haberse colado en 13 de los 16 länder– entró por primera vez en el Bundestag. En el distrito de Pirna, la población a orillas del Elba –cerca de la frontera checa– donde el irascible Kohlhaas acabó sus andanzas, los ultras fueron los más votados, con un 35,5% de los sufragios, diez puntos por encima de la Unión Cristiana Demócrata de Angela Merkel (y ya no hablemos de los demás). En el conjunto de Sajonia, el resultado fue menos abultado (el 27%), pero aún con todo fue el único land donde la AfD resultó el partido más votado.

Creado en el 2013 como partido euroescéptico –por no decir directamente eurófobo–, Alternativa para Alemania se ha aupado en cuatro años a la condición de tercera fuerza política con un cóctel tan manido como efectivo integrado por equivalentes dosis de nacionalismo, xenofobia e islamofobia. El mejunje ha tenido una efectividad  diversa en el conjunto de Alemania, arraigando especialmente en los länder del este, la antigua RDA, donde el sentimiento de ser los hermanos pobres de la gran Alemania reunificada no ha dejado de crecer desde 1990. Que Sajonia sea la punta de lanza no tiene nada de sorprendente si se tiene en cuenta que es aquí donde nació también el movimiento ultraderechista Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente), muy activos contra la acogida a los refugiados. El votante tipo de AfD  es un hombre airado que se siente olvidado y menospreciado por las élites políticas, un perjudicado de la globalización que añora los viejos buenos tiempos y muestra unas ganas irreprimibles de dar una patada en señal de protesta. Como los votantes del Brexit. Como los de Trump.

Si Pirna marcó la caída del tratante de caballos Kohlhaas, fue también uno de los escenarios del final de Napoleón I, contra quien –por cierto– luchó Von Kleist, así desde la prensa como en las filas del ejército prusiano. En el otoño de 1813, el emperador francés, en retirada después del enorme fiasco de la invasión de Rusia, se alojó en Pirna –así lo recuerda una placa en la Marienhaus am Markt– para dirigir desde allí la batalla de Dresde contra la gran coalición integrada por Austria, Prusia y Rusia. Fue la última y desesperada victoria de las tropas napoleónicas antes de verse forzadas a retirarse a Francia y rendirse definitivamente (Napoleón volvería después a intentar recuperar el poder y volvería a ser derrotado en Waterloo, pero esa es otra historia)

El otrora victorioso general Bonaparte, salvador –y verdugo– de la Revolución, quiso construir una Europa unida a la medida francesa. Armado con el Código civil, que establecía el fin de los privilegios y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, creyó –o quiso creer– que los pueblos europeos le recibirían como su liberador frente a las viejas monarquías absolutistas.  Sin embargo, el dominio francés  –que sangraba a los países dominados con fuertes exacciones fiscales y el reclutamiento obligatorio de miles de jóvenes para integrar la Grande Armée– despertó justamente el sentimiento contrario. Hasta el punto de que, como subrayan algunos historiadores, la invasión napoleónica fue el sustrato en el que germinó el nacionalismo alemán (del que Von Kleist fue un destacado exponente). Desde esta perspectiva, la eclosión del movimiento Alternativa por Alemania podría entenderse como el último fruto –envenenado– de Napoleón Bonaparte.





domingo, 24 de septiembre de 2017

Angela IV

Si uno es dueño de sus silencios y prisionero de sus palabras –gran aforismo lleno de verdad atribuido por igual a Aristóteles, los árabes, Shakes­peare y Churchill como mínimo–, habrá que concluir que nunca ha habido tantos esclavos en la historia como en el ensordecedor mundo de las actuales redes sociales, donde todo el mundo habla –cuando no escupe– y muy pocos escuchan. No está entre ellos Angela Merkel. La canciller de Alemania, que a sus 63 años se dispone a ser reelegida –con toda seguridad– el próximo domingo para un cuarto mandato consecutivo, es austera en palabras, así en público como en privado. La otra cara de la moneda del charlatán que habita en la Casa Blanca. O de su oponente de Pyongyang. ¿Inseguridad? ¿Timidez? No lo parece. Todo indica, más bien, que es la consecuencia lógica de un carácter que privilegia la duda sobre la certidumbre, la prudencia sobre la temeridad, el pragmatismo sobre la ideología. Otras tantas rarezas que explican su inusual longevidad en el cargo. Los alemanes quieren segu­ridad y estabilidad. Y eso es lo que Mutti (mamá) Merkel, criada en la opresiva dictadura comunista de la antigua RDA y desembarcada en la política ya con 35 años, les ofrece desde el 2005.

Toda Europa está pendiente de las elecciones del domingo –en fin, casi toda– para poder empezar a abordar los grandes retos que aguardan a la UE, sobre todo después de la demanda de divorcio planteada por los británicos tras el referéndum del Brexit. Antes de poder empezar a caminar –hacia dónde, es otra cuestión– primero había que despejar la incógnita de las elecciones presidenciales francesas del pasado mes de mayo, que no pudieron tener un resultado más esperanzador para el proyecto europeo: la victoria de un europeísta ferviente como Emmanuel Macron –determinado a dar un salto adelante en la integración europea– frente a la eurófoba Marine Le Pen –que proponía un referéndum sobre el Frexit– ha alejado una de las principales amenazas que se cernían sobre la Unión. La otra incógnita –pendiente de la cita electoral de Berlín– no era tal, pero ha mantenido congelado hasta ahora el calendario político europeo, hasta el punto de bloquear cualquier nueva iniciativa. “Visto el papel que ha adoptado hoy Alemania, todos los europeos deberían votar en las próximas elecciones para elegir al nuevo canciller”, subraya a modo de boutade el ex primer ministro italiano Enrico Letta en su reciente libro Hacer Europa y no la guerra (Península, 2017), de forma análoga a lo que siempre se había dicho de las elecciones presidenciales de EE.UU. por sus repercusiones planetarias. Alemania es una de las piedras angulares de Europa, su principal motor. Nada pAngelauede hacerse sin ella o contra ella. Tampoco sólo a su dictado...

La salida del Reino Unido de la UE, que deberá producirse teóricamente en el 2019 después de una negociación que se presume compleja y agria, coloca a Europa ante una encrucijada vital: o da un decidido paso adelante en el camino de la integración –para la que los británicos fueron siempre un freno fundamental– o deja que las cosas sigan como ­están, esto es, degradándose, lo cual conduciría inexorablemente al desleimiento y a la desintegración.

Libres de condicionamientos electorales, aunque no por mucho tiempo, Francia y Alemania pueden dirigir ahora lo que Macron ha definido como la “refundación de Europa”. En un discurso que pretendía fundacional, pronunciado hace dos semanas en Atenas, el presidente francés planteó dar un nuevo impulso a la integración europea centrándose en la zona euro, a la que propone potenciar dotándola de un presupuesto propio y de un superministro de Finanzas, controlados por el Parlamento Europeo, una mayor convergencia fiscal y social, e incluso la creación de listas electorales transnacionales cara a la renovación del Europarlamento en el 2019. Alemania parece abierta hoy –más que ayer– a aceptar algunos de estos planteamientos, que Macron piensa detallar en los próximos días, y a los que se añadiría la transformación del actual Mecanismo Europeo de Estabilidad en un auténtico Fondo Monetario Europeo.

Pero si las elecciones del domingo en Alemania no ofrecen ninguna duda sobre quién ocupará la cancillería los próximos cuatro años, menos claro está qué coalición de gobierno podrá formarse en función del mapa electoral resultante. Si se produjera una de las opciones que están actualmente sobre la mesa, con la incorporación al Gobierno de los liberales del FDP –furibundamente intransigentes con los países endeudados como Grecia, a la que desearían expulsar de la zona euro–, la cosa se complicaría considerablemente.


Hasta ahora, Angela Merkel –una europeísta de razón, que no de corazón– ha sido más un freno que un motor en el proceso de integración, que ha sometido siempre a los intereses alemanes. Todas las medidas que se han ido adoptando en los últimos años a raíz de la crisis de la zona euro le han sido arrancadas después de ímprobos esfuerzos y extenuantes negociaciones. Pero nada dice que esta dinámica no pueda cambiar. Discreta, prudente, dubitativa, pragmática... la canciller ha demostrado también que, frente a su imagen de intransigencia, puede ser imprevisiblemente flexible. Ahí están sus cambios de 180 grados sobre la energía nuclear, el salario mínimo, los refugiados o el matrimonio homosexual. Habrá que confiar en su elasticidad. Y en que encuentre a los aliados adecuados.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

La guerra de Kim

09-09-2017

El 9 de septiembre de 1948, hace hoy 69 años, fue proclamada la República Popular Democrática de Corea, el presunto Estado comunista –definición bajo la que se enmascara una dictadura familiar totalitaria que oscila entre el esperpento y el espanto– asentado al norte del paralelo 38 de la península coreana. A la hora de leer estas líneas, muy probablemente el régimen dirigido por Kim Jong Un lo haya celebrado o esté a punto de hacerlo de la manera habitual, a saber, lanzando algún misil en algún punto de la región, desafiando una vez más a la comunidad internacional. La penúltima provocación, la detonación de una bomba de hidrógeno –su sexta prueba nuclear subterránea– el domingo pasado, le valió una durísima reacción de Estados Unidos, que le amenazó con una “respuesta militar masiva”. “El “fuego y la furia” de Donald Trump pero dicho con otras palabras. Y aparentemente con la misma falta de contenido.

Porque... ¿están realmente dispuestos Estados Unidos y sus aliados a lanzar un ataque militar preventivo contra Pyonyang para evitar que siga desarrollando su programa nuclear? Todo indica que Kim Jong Un, el “líder supremo” de Corea del Norte, no lo cree en absoluto. Para el dictador norcoreano, tercero de la dinastía fundada por Kim Il Sung, la apuesta nuclear representa una garantía de supervivencia. Del régimen en primer lugar, que se cree gravemente amenazado por EE.UU. y a quien sólo ve capaz de frenar gracias a la disuasión nuclear. Y de su propio liderazgo.

Kim Il Sung, el Presidente Eterno, tenía la legitimidad que le otorgó la guerra. Resistente contra la ocupación japonesa, integrado después en las filas del Ejército Rojo soviético, el fundador del régimen de Corea del Norte fue aupado al poder por la antigua URSS, que creó un régimen estalinista en torno al Partido del Trabajo de Corea y su líder. La guerra de Corea (1950-1953) afianzó su mando, que ejerció hasta su muerte en 1994. Sus sucesores, su hijo Kim Jong Il –el Amado Líder, que reinó entre 1994 y el 2001– y su nieto Kim Jong Un, se han sostenido en el trono acentuando el terror y exacerbando el culto a la personalidad hasta niveles que podrían parecer ridículos si no fueran siniestros. Para el último de la saga, la carrera nuclear y su pulso con EE.UU. es un medio de reforzarse en el interior. Y, si se sale con la suya, un modo de garantizar que su régimen no pueda ser derribado desde el exterior.

La falta de efecto de las sanciones económicas aprobadas por la ONU –Pyonyang ha conseguido sortearlas gracias al apoyo directo o indirecto de China–, ha llevado al presidente Trump y algunos de sus colaboradores a plantearse la eventualidad de una intervención armada en el caso de que Kim Jong Un llevara su desafío al extremo de amenazar directamente los intereses norteamericanos (atacando, por ejemplo, la isla de Guam, donde EE.UU.dispone de varias bases militares, como amenazó con hacer el pasado mes de agosto antes de echarse prudentemente atrás)

Pascal Boniface, director del Instituto de Estudios Internacionales y Estratégicos (IRIS, en sus siglas en francés), escribía esta misma semana en La Vanguardia que una solución militar es inviable: “Trump no tiene soluciones militares a su alcance; si ataca Corea del Norte, es seguro que ganaría la guerra, pero mientras tanto puede haber destruido Seúl o Tokio”, sostiene. Sucede, sin embargo, como siempre en estos casos, que hay opiniones completamente divergentes. Y ni siquiera hace falta ir en busca de los halcones del Pentágono para encontrarlos. En este mismo lado del Atlántico, Valérie Niquet, experta en Asia de la Fundación para la Investigación Estratégica (FRS), sostiene exactamente lo contrario. En un artículo publicado en Le Monde bajo el título Frente a Corea del Norte, la opción militar es la menos arriesgada, Niquet admite que esta vía es muy peligrosa y que Seúl podría ser la primera víctima de un contraataque norcoreano, pero aun y así cree que la tolerancia de Washington dejaría a sus aliados asiáticos inermes y abriría la puerta a que Pyonyang, fortalecido con su capacidad nuclear, intentara imponer por la fuerza una reunificación de la península coreana. “La opción del apaciguamiento y del diálogo, aunque pueda parecer más razonable, podría ser también la que finalmente desembocara en conflictos mucho más graves”, concluye.

Quizá sí, quizá no... En cualquiera de los casos, el resultado de una intervención militar –aún suponiendo que no se utilizaran armas nucleares– sería catastrófico para millones de personas. En sus preparativos de una posible intervención, los militares estadounidenses han calculado los eventuales efectos de un ataque y dibujado diversos escenarios. Chetan Peddada, exoficial de inteligencia del ejército de EE.UU., lo exponía el jueves en Foreign Policy. Y pone los pelos de punta.

Corea del Norte, que dispone de un ejército de más de un millón de hombres y de un imponente arsenal bélico –incluidos un millar de misiles, así como depósitos de armas químicas y bacteriológicas–, podría lanzar un ataque de artillería devastador sobre Corea del Sur, que podría causar “decenas de miles de muertos” y destruir Seúl, la capital. También habría numerosas bajas entre las tropas norteamericanas estacionadas en el país. Los norcoreanos podrían asimismo infiltrarse en el sur, bien mediante submarinos –desembarcando tropas en sus costas– o a través de la red de túneles que se supone que ha construido en la zona de la frontera –por los que podrían transitar 8.000 soldados cada hora–, o lanzar ataques “descentralizados” a través de sus agentes secretos repartidos por el mundo... Estados Unidos y Corea del Sur acabarían venciendo y derribando al régimen de Pyongyang, pero al coste de una “sangrienta y pírrica guerra”. En la que acabarían pagando los mismos de siempre.

sábado, 26 de agosto de 2017

Salafismo en el parvulario

Isabelle D. enseña a leer y escribir a niños de primer curso de primaria en una escuela de la periferia de París. Es un centro tranquilo, sin problemas, en una ciudad de clase media alta en la que la población de origen inmigrante es minoritaria. Hace poco, Isabelle D. recibió el aviso inquietante de una madre que, a la entrada del colegio, había escuchado a un niño de ocho años de origen árabe dirigirse a otros compañeros musulmanes instándoles a no jugar con los “infieles”. “Comen cerdo e irán al infierno”, dijo. La maestra, que nunca antes había oído nada semejante en su escuela, puso el hecho en conocimiento del director, quien a su vez lo trasladó a la inspección académica, donde probablemente quedará olvidado en un cajón. Al fin y al cabo, no hubo ninguna agresión o acción violenta.

Por eso a Isabelle D., que cada vez ve más mujeres con velo a la salida de clase –cuando antes no había ninguna, o apenas–, no le extrañó enterarse por la prensa belga que en una escuela de párvulos de Flandes habían detectado signos evidentes de radicalización fundamentalista en un grupo de media docena de pequeños, que recitaban el Corán en el patio, insultaban a los no musulmanes llamándoles “cerdos” e incluso les amenazaban de muerte haciendo el gesto de una degollación (ver La Vanguardia del pasado jueves). Ignorantes del alcance real de sus palabras, los párvulos se limitaban claramente a repetir lo que oían en casa. De modo que cuando los padres fueron advertidos algunos se lo tomaron a risa y otros aprobaron con no poca desenvoltura su comportamiento.

No todos los musulmanes son integristas, naturalmente. La gran mayoría vive su religión con naturalidad, como cualquier fiel de cualquier otra confesión, sin hacer proselitismo ni meterse con nadie, cumpliendo sus obligaciones sociales. Pero hay en Europa una activa minoría radical, de raíz salafista –una corriente del islam suní defensora de una lectura ultraconservadora y rigorista del islam, fiel a la charia y acusadamente partidaria de la sumisión de la mujer, a la que encierra en velos integrales que sólo dejan ver los ojos (niqab)–, determinada a desafiar las reglas de convivencia de las democracias occidentales, que rechazan abiertamente, y testar su capacidad de resistencia. De este magma emponzoñado, del que el imán de Ripoll –Abdelbaki Es Satty, inspirador de los atentados de Barcelona y Cambrils– era un destacado exponente, es de donde salen luego los yihadistas. Como el hijo de la cordobesa Tomasa Pérez –capturados ella y su prole en la telaraña delirante del marido marroquí, hasta el punto de irse a Siria para vivir el califato–. Su hijo mayor, Mohamed, es el jovencísimo islamista que amenazaba esta semana en vídeo con más atentados en España y que –particularidad patria de la vieja Al Andalus– ha generado más pitorreo que histeria.

Un termómetro de la presión creciente de los grupos salafistas, que despierta de todo menos risa, es la escuela. Y todo indica que las señales de radicalización detectadas entre los alumnos de preescolar de un centro de Flandes no son hechos aislados. Lejos de ahí. Ya en el 2005, hace pues más de una década, un informe de la Inspección General de la Administración francesa, dependiente del Ministerio del Interior, advertía que cada vez eran más numerosos los ataques contra el principio de la mezcla de sexos en la escuela: padres que rechazaban que sus hijas practicaran deporte o que exigían incluso ya desde la edad de párvulos que no echaran la siesta en el mismo espacio que los niños... Otro informe, del 2004, anotaba exigencias crecientes en materia de la comida o las fiestas religiosas. “Una parte de la juventud  presentaba síntomas de estar haciendo secesión de la nación francesa”, constataba recientemente su autor, Jean-Pierre Obin, inspector de la Educación Nacional. Y añadía: “Desde entonces, la situación se ha agravado”. Periódicamente, en Francia surgen polémicas por las exigencias de los islamistas, que pueden llegar a reclamar la separación entre niños y niñas, la instauración de comida halal en la cantina escolar, la supervisión de las lecturas de los alumnos para que sean conformes a su fe o incluso que la escuela prevea alfombras para rezar, mientras a la vez –en nombre de una laicidad que en realidad repudian– se oponen a la visita de Papá Noel en Navidad...

El Ministerio de Educación recoge al cabo de cada curso centenares de advertencias –más de 800 sólo en los centros de secundaria– sobre casos de radicalización de alumnos. Cuando llega el ramadán se producen incidentes aquí o allá, protagonizados por musulmanes radicales que reprochan a otros no cumplir el ayuno. Y se ha vuelto ya un hábito que cada vez que hay un atentado yihadista y se organizan actos de homenaje o minutos de silencio por las víctimas, algunos chicos se niegan en redondo a seguirlos, cuando no justifican –este fue particularmente el caso de Charlie Hebdo– el castigo de los ofensores de Mahoma. Latifa ibn Ziaten, madre de uno de los tres militares asesinados por el yihadista de Toulouse Mohamed Merah en el 2012, empeñada en una cruzada particular para hacer ver a los chavales de los barrios musulmanes el horror del terrorismo, se ha visto confrontada más de una vez al terrible hecho de que el asesino de su hijo es jaleado por los jóvenes como un héroe...

Un estudio sociológico realizado recientemente por el CNRS entre 7.000 alumnos franceses de bachillerato ha constatado el abismo creciente entre musulmanes y no musulmanes en este terreno. Mientras sólo el 11% de los encuestados expresaba un concepto absolutista de la religión, este mismo porcentaje se elevaba al 33% entre quienes profesaban el islam. Análogamente, si sólo el 4% de los más religiosos  mostraban tolerancia y comprensión con el uso de la violencia, entre los musulmanes eran el 11%. Este es el escenario que tenemos aquí al lado. Y, por lo visto, hacia aquí vamos nosotros también.


viernes, 25 de agosto de 2017

Uno de los nuestros

21/08/2017

Una de las imágenes más impactantes de los atentados islamistas de Barcelona y Cambrils no contiene atisbo alguno de violencia. No hay armas. No hay rastros de sangre. No hay víctimas. Es una imagen aparentemente anodina: un carnet escolar a nombre Moussa Oukabir, de 17 años, estudiante de gestión administrativa en el Instituto Abat Oliba de Ripoll en el curso 2015-2016, y uno de los integrantes del vasto comando yihadista que perpetró la matanza del pasado jueves. Moussa Oukabir nació en Ripoll, creció en Ripoll, se educó en Ripoll. Moussa Oukabir era de aquí. Uno de los nuestros.

Tarde o temprano tenía que pasar. Sólo era cuestión de tiempo. Que la tentación de la Yihad se extiende entre las nuevas generaciones de musulmanes nacidos en suelo europeo es algo que ya se había visto en Francia y el Reino Unido. Si no había sucedido hasta ahora aquí, es sólo porque la inmigración magrebí es mucho más reciente.

Tarde o temprano, la realidad salta a la cara. A los británicos les pasó con los atentados de Londres del 7 de julio del 2005, cuando un comando terrorista hizo explotar cuatro bombas en el metro y un autobús urbano de dos pisos, dejando tras de sí un reguero de 52 muertos. De los cuatro kamikazes, tres eran ingleses hijos de inmigrantes pakistaníes. Los tres habías nacido en la ciudad industrial de Leeds. En marzo del 2012, un francés de origen argelino nacido en Toulouse, Mohamed Merah, asesinó a siete personas en el espacio de una semana: tres militares en Montauban y cuatro personas más -un adulto y tres niños- a las puertas de la escuela judía tolosana Ozar Hatorah.

Muchos otros casos han seguido este mismo patrón, así en el Reino Unido y Francia como en otros lugares: en Bélgica, por ejemplo, una de las cunas más activas del islamismo radical en Europa. Y no se trata sólo de los autores de atentados en suelo europeo. Del continente han partido centenares y centenares de jóvenes europeos musulmanes para combatir en Siria en las filas del Estado Islámico.

¿Quiénes son estos jóvenes? ¿qué les ha llevado a abrazar una causa tan sanguinaria y nihilista? Muchos retratos robot se han ido dibujando en los últimos años del yihadista europeo. Un estudio realizado recientemente en Francia por el CNRS y el Instituto Nacional de Altos Estudios de la Seguridad y la Justicia da algunos apuntes al respecto: la mayoría de estos jóvenes –algunos de los cuales han caído en la delincuencia común, pero no todos- proceden de familias desestructuradas y albergan un fuerte sentimiento de pertenencia a una comunidad oprimida y discriminada. Los estudios que se han hecho con yihadistas británicos no aportan conclusiones muy diferentes.

El islamismo radical se nutre en Europa de jóvenes de familias musulmanas –aunque también hay conversos- que habitan en barriadas de inmigrantes económicamente deprimidas, con pocos estudios y escasas perspectivas de inserirse en el mundo laboral, que se sienten excluidos de la sociedad y buscan en su identidad musulmana y en la religión un medio de salir del pozo y de dar sentido a su vida. La Yihad se lo ofrece.

El problema que subyace a este preocupante fenómeno –al margen del factor religioso, sin duda fundamental- es el de la integración de los inmigrantes extranjeros en los países europeos. En Europa, dos modelos se han confrontado a este respecto: el sistema multicultural británico, que reconoce como tales a las diferentes comunidades y deja manga ancha para que se autoorganicen de acuerdo con sus tradiciones y costumbres, y el sistema uniformista francés, que niega la existencia como tal de comunidades y considera a todos los individuos como ciudadanos iguales sin tener en cuenta origen ni religión. A la vista de los resultados, no se puede decir que uno prevalezca sobre el otro.

Porque lo cierto es que ambos se han demostrado deficientes. Si no hubo problema en Europa con las primeras generaciones de inmigrantes, entre las décadas de los 50 a los 70, fue porque llegaron en un momento expansivo y había trabajo para todo el mundo. Pero este escenario se acabó con la crisis del petróleo y no se ha vuelto a recuperar. Castigados por un desempleo muy superior a la media -especialmente entre los jóvenes- y estigmatizados por una discriminación étnica que no se reconoce pero existe, divididos entre dos mundos sin reconocerse plenamente en ningún o de ellos, los miembros de las nuevas generaciones que han nacido y crecido en Europa, británicos o franceses de derecho, se enfrentan a una realidad que difiere mucho de lo que se les había prometido. Su rabia y su frustración es tierra fértil para los predicadores del odio.



















Centinelas en cuestión

20/08/2017
  
Al día siguiente del atentado del Manchester Arena, el pasado 22 de mayo, cuando un terrorista suicida mató a 22 personas al final del concierto de Ariana Grande, la primera ministra británica, Theresa May, reunió al comité de crisis en Downing Street y tomó una doble decisión: elevar al máximo el nivel de alerta antiterrorista y movilizar al ejército, sacando a 3.800 militares a realizar tareas de patrulla y vigilancia. Una decisión inédita en el Reino Unido, donde –salvo en los años de plomo en el Ulster– no era habitual ver a soldados por las calles. En Francia, la imagen es corriente desde hace tiempo. Moderada al principio, cuando se puso en marcha la llamada operación Vigipirate, la presencia militar se hizo aplastantemente visible tras los atentados de París de enero del 2015 contra el semanario satírico Charlie Hebdo y un supermercado kosher, con un balance de 15 víctimas mortales. El entonces presidente François Hollande lanzó a partir de ese momento la operación Sentinelle (centinela) y sacó a las calles a 10.000 soldados, posteriormente reducidos a 7.000(más 3.000 de reserva). Es difícil hoy viajar a París y no quedar impactado por la cantidad de militares fuertemente armados que patrullan –en grupos de tres– por los principales puntos neurálgicos y lugares turísticos de la capital. Seguramente habrán pesado factores de política interior en la decisión del Gobierno español de mantener el nivel de alerta y no movilizar al ejército, pero quizá haya influido también la experiencia exterior. En Francia está en plena discusión la utilidad de mantener al ejército en las calles, hasta el punto de que el Gobierno ha anunciado que en septiembre readaptará el actual dispositivo, criticado en primer lugar por los propios militares, que dudan seriamente de su eficacia. La presencia de soldados en las calles puede haber contribuido a tranquilizar a la población, con un efecto más psicológico que otra cosa. Pero, a cambio, ha ofrecido a los yihadistas un nuevo objetivo potencial. Desde la entrada en vigor de la operación Sentinelle –que nació como una medida temporal– los militares han sido objeto de media docena de atentados, el último el pasado día 9, cuando seis de ellos fueron arrollados deliberadamente por un vehículo en Levallois-Perret, en la periferia oeste de París. En Francia empieza a haber voces a favor de devolver a los soldados a los cuarteles. Pero... ¿quién se arriesga a retirarlos de las calles y sufrir después un nuevo atentado?