sábado, 24 de junio de 2017

Dos barceloneses y un destino

"Buenas tardes a todos”, bonsoir à tous. Con estas palabras –su fórmula de siempre– abrió David Pujadas el informativo de las ocho de la tarde de France 2 el pasado 8 de junio. Era su último día. Después de 16 años al pie del cañón, con 2.575 informativos a sus espaldas, el periodista estrella de la televisión pública francesa decía adiós a los telespectadores con cierta amargura. “No ha sido mi decisión, no ha sido mi elección”, subrayó Pujadas, rodeado por la redacción del Journal de 20h, que le rindió en directo un cálido homenaje (además de dedicar ¡25 minutos! del informativo a glosar su trayectoria)

A pesar de su independencia y solvencia profesional –que le llevó a mantener duelos eléctricos con políticos de todos los partidos, en especial en su programa Des paroles et des actes (Palabras y hechos)–, a pesar de estar adelantando al poderoso telediario de TF1 en audiencia, la presidenta de France Télévisions, Delphine Ernotte, consideró que había llegado el momento de cambiar de caras y de rejuvenecer y feminizar el informativo.

Para muchos franceses ha representado el fin de una época, un shock catódico similar al que produjo la marcha del incombustible Patrick Poivre d’Arvor del informativo de tarde de  TF1 en el 2008. Ambos formaban parte del paisaje y se habían ganado el derecho a tener una marioneta en los guiñoles de Canal Plus.

Nacido en Barcelona  el 2 de diciembre de 1964, hijo de un matrimonio de traductores-intérpretes –Rosendo Pujadas y Françoise Redon–, David Pujadas era hasta ahora uno de los dos catalanes más influyentes de Francia. El otro era el ex primer ministro Manuel Valls, sacrificado también en el altar de la renovación. Nacido asimismo en Barcelona, el 13 de agosto de 1962 –es sólo dos años mayor que el periodista–, hijo del pintor figurativo Xavier Valls y de Luisa Galfetti, el exdirigente socialista vive también en estos momentos sus horas políticamente más bajas después de haber llegado casi hasta lo más alto.

Además de sus semejanzas más obvias –origen, edad, tipo físico–, la trayectoria de los dos hombres guarda también paralelismos en el calendario, así en su ascenso como en su caída. Reportero de televisión, Pujadas pasó a mediados de los noventa a presentar sus primeros informativos en el canal de información continua LCI, mientras por la misma época (en 1997) Valls salía a la luz pública como portavoz de Lionel Jospin en Matignon. Posteriormente, en el 2001, mientras Pujadas saltaba al informativo estrella de France 2, Valls era elegido alcalde de Evry, una ciudad de 50.000 habitantes de la banlieue sur de París que convertiría en su feudo, y un año después lograría por esta misma circunscripción su primera acta de diputado en la Asamblea Nacional, puesto para el que acaba de ser reelegido –por una diferencia de tan sólo 139 votos– el pasado domingo. A ambos, el 2017 les abre las puertas del desierto.

Manuel Valls podría haber sido hoy el presidente de la República, en lugar de Emmanuel Macron. Su calculada carrera y su poderosa ambición le dirigían obstinadamente hacia el palacio del Elíseo. Ministro del Interior (2012-2014) y primer ministro (2014-2016) con François Hollande, Valls estaba en inmejorables condiciones para intentar imponer su candidatura en las elecciones presidenciales del pasado mes de mayo, tras haber prácticamente forzado al presidente saliente (completamente hundido en los sondeos) a renunciar a la reelección. Pero Valls, que siempre fue minoritario en el PS, fue apartado de la carrera presidencial en las primarias de los socialistas, que prefirieron suicidarse en las urnas eligiendo candidato a un hombre romo y fuertemente anclado en la izquierda, Benoît Hamon.

La derrota interna de Valls es la que a la postre abrió de par en par las puertas del Elíseo a Emmanuel Macron –con un perfil ideológico muy parecido–, que se coló en ese vacío desde fuera del PS. Valls ha debido lamentar muchas veces haber aconsejado a Hollande el fichaje de Macron como ministro de Economía, que consideró un éxito para el sector reformista  del Gobierno que él encabezaba. Pero el presunto aliado, tan ambicioso como él mismo, se convirtió muy pronto en su rival.

Macron representa hoy la renovación por la que siempre había luchado Manuel Valls. Pero a sus expensas. El barcelonés fue de los primeros en proponer en voz alta  la idea de convertir al PS en un  gran partido demócrata de centroizquierda, sin la “S” de socialista, y con la suma de socialdemócratas, ecologistas y centristas. Un giro liberal que le colocó en la derecha del partido y le hubiera abocado a una definitiva marginación si no se hubiera demostrado espectacularmente capaz de convertirse en hombre de confianza del líder socialista de cada momento.

Sin traicionar nunca sus convicciones ideológicas ni su ambición –aunque mostrando una lealtad gaseosa en sus alianzas–, Valls ha prosperado a la sombra de dirigentes como Michel Rocard, Lionel Jospin, Ségolène Royal o François Hollande. Siguiendo la misma lógica, también intentó aproximarse a Macron, para quien acabó pidiendo el voto en las elecciones presidenciales. Pero el nuevo presidente prefiere –lógicamente– mantenerle lejos.

Hay quien da a Valls políticamente por muerto. Y quien sueña con que una impugnación de La Francia Insumisa –cuya candidata en Evry, Farida Amrani, rozó la victoria y contesta el resultado– expulse al ex primer ministro de la Asamblea Nacional. Pero Valls, lejos de rendirse, trabaja para formar un grupo parlamentario propio y, con estas tropas, tratar de negociar un acuerdo con la mayoría presidencial. Mientras, los rumores apuntan al próximo desembarco de Pujadas en un canal de TV de la  competencia.

Los dos barceloneses  han quedado descabalgados de sus rutilantes monturas en plena carrera. Pero es pronto para darlos por acabados. Atentos a la pantalla.


lunes, 12 de junio de 2017

Los (oscuros) amigos del desierto

Donald Trump aterrizó en Riad el 20 de mayo pasado sin saber nada, o casi nada, del complejo y gaseoso tablero geopolítico de Oriente Medio. ¿Por qué debería conocerlo? Nunca ha perdido más de un minuto en leer nada al respecto ni respecto a casi nada (todos los que le conocen dicen que le aburre mortalmente estudiarse los dossiers). Trump sabe cómo y con quién hacer negocios y poco más. En realidad, si hubiera echado un vistazo al briefing que sin duda le preparó su equipo de la Casa Blanca, tampoco hubiera servido de mucho más. Como dice el avezado Tomás Alcoverro: “Si usted cree que entiende Oriente Medio, es que se lo han explicado mal”. Pero al presidente de Estados Unidos se le podía haber pedido, justamente por eso, prudencia y humildad, dos cualidades de las que clamorosamente carece. Trump es un ignorante que ignora serlo.

Así que llegó al reino de los beduinos, dio una patada en la mesa y desmontó de un golpe el delicado mecano pacientemente construido por su antecesor, Barack Obama, para acercarse a Irán y desactivar uno de los principales y más peligrosos focos de tensión mundiales. En un discurso llano y simplista –todo lo contrario de la célebre intervención de Obama en la universidad Al Azhar de El Cairo en el 2009–, Trump instó a los países árabes a comprometerse realmente en la lucha contra el terrorismo y señaló al recuperado Gran Satán, esto es Irán, como el máximo culpable. Saudíes e israelíes no debían caber en sí de gozo.

En Riad leyeron entre líneas y creyeron comprender que Washington les daba carta blanca para ajustar las tuercas al díscolo hermano qatarí, doblemente culpable de disidencia por acercarse demasiado a Teherán, el gran rival chií –¡encima, hereje!– de los Saud en la lucha por la hegemonía política, económica y espiritual en Oriente Medio, apoyar a los grupos armados afines a Irán como Hizbulah en Líbano y Hamas en Gaza, y alimentar a los Hermanos Musulmanes, desestabilizadores de los poderes árabes establecidos, particularmente en Egipto, agitando además las contestaciones internas desde el canal de televisión Al Yazira. El resultado es conocido: un grupo de media docena de países árabes liderado por Arabia Saudí decretó esta semana el bloqueo político y económico de Qatar hasta que el emir Tamim bin Hamad al Zani, monarca absoluto de un ínfimo pero superrico país gracias a sus reservas de gas, abandone su pretensión de poner en práctica una diplomacia independiente –consistente en colocar los huevos en todas las cestas posibles– y vuelva al redil. Para embadurnarlo todo con una pátina de respetabilidad, acusaron al emirato de financiar a grupos extremistas y yihadistas.

La maniobra saudí provocó una cierta alarma inicial en Washington, a fin de cuentas Qatar alberga la principal base aérea norteamericana en la región –la de Al Udeid, con 10.000 militares– y el Comando Central de la lucha contra el Estado Islámico. Así que el secretario de Estado, Rex Tillerson, se movilizó enseguida para tratar de apaciguar los ánimos... Sólo que Donald Trump, encantado con sus propias ocurrencias, vio en el gesto del rey Salman la respuesta adecuada a sus requerimientos: “Quizá sea el principio del fin del horror del terrorismo”, dijo en Twitter con pasmosa petulancia.

Todo esto es una broma. Y de mal gusto además. Cada cual puede tener su propia opinión sobre el régimen tiránico de los ayatolás en Irán (donde, por cierto, el reformista Hasan Rohani se ha vuelto a imponer con rotundidad a los inmovilistas conservadores) y sobre la acción de organizaciones como Hizbulah y Hamas, que hoy por hoy siguen integrando la lista de organizaciones terroristas de la Unión Europea y de EE.UU. Pero nadie puede sostener seriamente que ambos grupos, apoyados por Irán, constituyan un peligro para terceros países al margen de Israel.

Por el contrario, los dos grupos terroristas que ensangrientan repetidamente Europa y Estados Unidos, además de otros países musulmanes –el Estado Islámico, actualmente, y Al Qaeda, en el pasado reciente–, no tienen nada que ver con Irán y el chiísmo, sino que encarnan el extremismo suní que llevan décadas alimentando Arabia Saudí –máximo propagandista del retrógrado wahabismo– y Qatar. No es por azar si el EI ha atacado Teherán esta semana, dejando en evidencia la inconsistencia de Trump, quien lejos de asumir su error ha insistido en su grosera letanía diciendo que el doble atentado del miércoles en la capital iraní, que dejó 12 muertos, demuestra que “quienes promueven el terrorismo se arriesgan a ser víctimas del mal que provocan”. ¿Irán, culpable del EI? Por Dios...

“No nos atrevemos a hablar de Arabia Saudí y de Qatar, pero quizá sería necesario que esos valientes dejaran de alimentar con sus fondos un cierto número de acciones preocupantes. Un día habrá que abrir el dossier de Qatar porque ahí hay un verdadero problema”, declaró hace cinco años un exjefe de la DST, el contraespionaje francés, Yves Bonnet, avanzándose a la ex secretaria de Estado y excandidata a la Casa Blanca Hillary Clinton, quien en uno de los mails desvelados por Wikileaks, fechado en el 2014, decía: “Necesitamos utilizar nuestros activos diplomáticos y de inteligencia para presionar a los gobiernos de Qatar y Arabia Saudí, que suministran clandestinamente financiación al Estado Islámico y a otros grupos radicales suníes en la región”. ¿Se puede ser más claro? ¿más directo?

Haría bien Trump en escudriñar en la historia reciente de Estados Unidos. El año pasado, después de insistentes presiones, el presidente Obama acordó desclasificar 28 páginas del informe que elaboró el Congreso en el 2002 sobre los atentados del 11-S y que George W. Bush declaró secretas. En esas 28 páginas se alude a los apoyos oficiales o semioficiales que pudieron recibir los terroristas que atacaron a Estados Unidos el 11 de septiembre del 2001 –19 individuos, de los cuales 16 eran saudíes–. Y aunque no hay ninguna prueba definitiva que inculpe al Gobierno de Riad, todo indica que recibieron apoyos externos –y no pocos– desde el reino del desierto.

El senador norteamericano Bob Graham, quien fue vicepresidente de la comisión de investigación que elaboró el informe, no alberga muchas dudas: “La información de esas 28 páginas refuerza la creencia de que los 19 terroristas –la mayor parte de los cuales hablaba poco inglés, tenía una educación limitada y nunca había visitado EE.UU.– no estuvieron solos (...) y sugiere un fuerte vínculo con el Reino de Arabia Saudí, fundaciones saudíes y otros intereses saudíes”. Y ahora, podemos seguir atacando a Irán...




sábado, 27 de mayo de 2017

Esperando a Alemania

Wolfgang Schäuble podría haber sido canciller de Alemania si un escándalo de financiación irregular de la CDU no le hubiera forzado a dimitir en el año 2000 como jefe de filas del partido democristiano. Superviviente de un atentado que a punto estuvo de costarle la vida –un enajenado le disparó tres tiros el 12 de octubre de 1990 durante un mitin en Oppenau, postrándole para siempre en una silla de ruedas–, el hoy todopoderoso ministro de Finanzas alemán era entonces el titular de la cartera de Interior y, en tanto que delfín de Helmut Kohl, parecía destinado a la Cancillería. No pudo ser y su lugar lo ocupó una mujer venida del Este, Angela Merkel, de un europeísmo tibio.

Nunca sabremos qué habría hecho Schäuble desde la Kanzleramt. Pero sí sabemos que, además de un intransigente guardián de la ortodoxia presupuestaria germana, es probablemente uno de los políticos alemanes más convencidamente europeístas. Hace cinco años, en mayo del 2012 –a la vez que François Hollande llegaba al Elíseo–, Schäuble recibía el Premio Carlomagno. En su discurso de aceptación, el ministro alemán defendió ardorosamente el reforzamiento de la integración europea y puso sobre la mesa  –de nuevo– una de las ideas a las que tiene más apego: la elección directa, por sufragio universal de todos los ciudadanos europeos, del presidente de la Comisión Europea (el puesto que actualmente ocupa Jean-Claude Juncker). Según este planteamiento, que daría una legitimidad democrática inédita al Gobierno de la UE, el Consejo Europeo integrado por los jefes de Estado y de Gobierno –que actualmente es el puente de mando de la Unión–, quedaría reducido al papel de un Senado consultivo... La idea es revolucionaria y si por azar alguna vez se llevara a cabo, la fuerza política del presidente europeo sería entonces inconmensurable.

En ese mismo discurso, Schäuble defendió la revisión de los tratados europeos para dar un nuevo impulso a la Unión, y además le puso fecha: “Debería empezar a más tardar dentro de cinco años”. Pues bien, ahí estamos precisamente. ¿Y qué dice hoy Schäuble? Justamente lo contrario... “Revisar el Tratado de Lisboa en estos momento es irrealista”, dijo el martes pasado en la clausura del European Bussines Summit en Bruselas. Sus palabras fueron interpretadas, lógicamente, como un jarro de agua fría sobre las expectativas que había levantado el encuentro entre Angela Merkel y el nuevo presidente francés, Emmanuel Macron, en Berlín el pasado día 15, en el cual la canciller se dijo por primera vez abierta a revisar los tratados... Probablemente Schäuble no estaba corrigiendo a Merkel sino acotando lo que el Gobierno alemán está hoy dispuesto a aceptar.

Europeísta de corazón, pero de cerebro germano, Schäuble echó el freno y se pronunció por avanzar paso a paso, por etapas, a partir de acuerdos concretos. ¿Pragmatismo o renuncia? La necesidad de avanzar paso a paso ya la expuso Robert Schumann en su célebre declaración del 9 de mayo de 1950, texto fundacional de la Europa unida. ¡Pero en aquel momento todavía humeaban las ruinas de la Segunda Guerra Mundial! Setenta y dos años después del fin del conflicto, el exceso de prudencia es lo que está matando a la UE, incapaz de ofrecer un sueño alternativo a las pesadillas que dibujan los populistas antieuropeos, así de extrema derecha como de extrema izquierda. Paso a paso era también la receta del europeísta  François Hollande –presunto hijo político de Jacques Delors–, lastrado por el inmovilismo desde el infausto referéndum del 2005 y cuya mayor aportación a la causa fue salvar a Grecia de ser expulsada de la zona euro (como quería Schäuble). Hollande ha sido en este sentido, y por utilizar las palabras de Yves Bertoncini, director del Instituto Jacques Delors, en Le Monde, un “bombero meritorio” pero, en cambio, un “arquitecto deficiente”.

 La inesperada llegada de Emmanuel Macron al Elíseo a los sones del Himno a la Alegría y bajo ondear de banderas europeas puede cambiar el escenario.  Siempre –claro está– que sea fiel a sus convicciones. Macron, que a diferencia de Hollande no parece tener miedo a enfrentarse a un nuevo referéndum europeo en Francia, defiende la reforma de los tratados con el fin de acometer una “refundación” de Europa. Entre sus propuestas figura particularmente la de  reforzar la zona euro como núcleo duro de la Unión, lo cual pasaría por establecer un presupuesto propio, con un Ejecutivo y un Parlamento propios, y con el objetivo de llevar a cabo una auténtica convergencia fiscal y social.  Una política económica común no únicamente marcada por el respeto a las estrictas reglas presupuestarias prusianas, sino también con transferencias internas entre los países miembros, como sucedería en un Estado federal.

¿Pero está Alemania realmente por la labor? Hasta ahora Berlín ha dado más bien señales de egoísmo, desoyendo todas las advertencias europeas e internacionales de que su desequilibrado superávit comercial –261.000 millones de euros, el 8,2% del PIB, debido a su éxito exportador pero también a su racanería a la hora de gastar– perjudica directamente a sus socios europeos. Y de prepotencia, dictando a los demás las normas a su conveniencia. Un talante que en un  artículo publicado en Foreign Policy el escritor y analista Paul Hockenos resumía en la palabra germana Besserwiserei, la “actitud del sabelotodo”, y en el cual advertía contra el riesgo de “egotismo político” de Berlín.

¿Podrá Macron vencer la inercia actual? Ambición no le falta. Como él mismo ha dicho: “No podemos ser tímidamente europeístas; si no, ya hemos perdido”.




sábado, 13 de mayo de 2017

¿Alguien dijo casta?

La renovación ya está aquí. Y quien no abrace el nuevo dogma quedará irremisiblemente barrido por la historia. En un masivo e inédito ejercicio de casting, el recién nacido movimiento político del nuevo presidente francés, Emmanuel Macron, ha seleccionado en unas pocas semanas a un total de 428 candidatos para las elecciones legislativas del 11 y 18 de junio, con el reto de transformar el triunfo del 7 de mayo en una mayoría suficiente en el Parlamento. Ha sido un trabajo arduo, había nada menos que 19.000 aspirantes para cubrir un máximo de 577 escaños, los que tiene la Asamblea Nacional. Los dirigentes de este nuevo objeto político –no suficientemente identificado– rebautizado La República en Marcha han admitido cándidamente que una parte de los aspirantes fueron sucintamente entrevistados por teléfono. ¿Cuántos arribistas se les habrán colado? Cada cual es libre de hacer sus cálculos. El proceso en todo caso no parece un ejemplo de solidez. Se trata de aportar caras nuevas. Ni menos. Ni tampoco mucho más.

Todo contra la “casta” es el nuevo lema, el nuevo mot d’ordre. Así en Francia como en España o Estados Unidos. Casta: “En algunas sociedades, grupo que forma una clase especial y tiende a permanecer separado de los demás por su raza, religión, etc.”. En el caso que nos ocupa, un grupo que tiende a perpetuarse en la política francesa. La casta, el establishment, debe ser derribado y sustituido. Con estas u otras palabras, es un objetivo que comparten en Francia desde el reformista Emmanuel Macron hasta el izquierdista Jean-Luc Mélenchon, por no hablar de la líder ultraderechista Marine Le Pen, que a veces parece Pablo Iglesias. La presión ambiente es tal que los dos grandes partidos de la V República –socialistas y republicanos– se han apresurado a aligerar sus listas electorales de veteranos... Incluidos esos quincuagenarios que aspiraban a relevar a las viejas glorias y que Macron denomina con ironía la “generación príncipe Carlos” , en alusión al heredero de la corona británica, marchitándose sin llegar a reinar jamás.

Pero ¿dónde empieza y termina la casta? ¿Macron lo es menos por el mero hecho de ser una cara todavía poco conocida? Tampoco a Zapatero lo conocía nadie cuando en el 2004 se erigió en la renovación del socialismo ibérico, pese a llevar dieciocho años calentando escaño en el Congreso de los Diputados y votando disciplinadamente lo que indicaba el jefe de grupo (ya saben: un dedo, sí; dos dedos, no; tres dedos, abstención). ¿Es Macron más nuevo que lo era Zapatero? Sí. ¿Menos casta? No tanto... Incluso lo es bastante más. Basta mirar la trayectoria personal y profesional del presidente electo –hijo de una  familia de médicos de Amiens (Somme), perteneciente a la burguesía provincial– para comprobar que siempre ha pertenecido a las élites de la República. Su carrera así lo atestigua: educado en los jesuitas, cursó estudios en los dos templos de la clase dirigente francesa –Sciences Po y la Escuela Nacional de Administración (ENA)–, antes de pasar sin apenas transición a ser inspector de finanzas y seguir como  miembro de la comisión gubernamental para el Crecimiento –la llamada Comisión Attali–, alto ejecutivo primero y luego asociado en el banco de negocios Rotschild –donde ha admitido haber ganado dos millones de euros–, consejero del presidente François Hollande y finalmente ministro de Economía dos años (2014-2016) antes de emanciparse y  lanzarse a la aventura. ¿Alguien dijo casta?

Jean-Luc Mélenchon  no forma parte de esta élite, pero tampoco ha salido de las cadenas de montaje de Renault o de los sindicatos ferroviarios de la SNCF. El líder de la Francia Insumisa –tan crecido por sus resultados electorales que se ha permitido ahora el lujo de despreciar a sus antiguos aliados del PCF–  ya estaba en los asuntos públicos en 1986, cuando Macron apenas contaba nueve años de edad... Eso sí, descendiente de españoles exiliados en Marruecos, sus orígenes son más modestos. Licenciado en filosofía, fue profesor de instituto antes de pasar a vivir de la política hace ya  más de  treinta años. Senador, consejero de departamento, europarlamentario, ministro de Enseñanza profesional (2000-2002) en el Gobierno de Lionel Jospin, Mélenchon  fue un miembro destacado del ala izquierda del Partido  Socialista hasta que empezó a distanciarse de sus compañeros a causa del referéndum de la Constitución Europea del 2005 –en el que hizo abierta campaña por el no– y del que se marchó definitivamente tras el congreso de Reims del 2008 para fundar su Partido de Izquierda, del que es presidente. Mientras preparaba su lucha por el asalto al Elíseo –y que lo dejó a un pelo de pasar a la segunda vuelta–, se sienta desde hace siete años y medio en el hemiciclo de Estrasburgo. ¿Alguien dijo casta?

En Estrasburgo, justamente, Mélenchon coincide con una  odiada colega, la líder del Frente Nacional (FN), Marine Le Pen, europarlamentaria  también desde el año 2004 (ser contraria a la Unión Europea no le pone mayores problemas a la hora de cobrar, como el británico Nigel Farage). Heredera de una dinastía de ultraderecha, Marine Le Pen se benefició desde joven de la inesperada fortuna que un empresario extremista –Hubert Lambert, fallecido a los 42 años sin descendencia– legó a su padre, Jean-Marie Le Pen (una herencia contestada por la familia del finado). La presidenta del FN, puesto en el que sucedió a su padre hace seis años, creció en una mansión de una exclusiva urbanización de la burguesa ciudad de  Saint-Cloud (suroeste de París), estudió Derecho y ejerció brevemente como abogada, antes de dedicarse plenamente a la política a partir de 1998, año en que se incorporó al aparato del FN y obtuvo su primer mandato electoral como consejera regional en Nord-Pas de Calais. Lleva casi  veinte años en la brecha. ¿Alguien dijo casta?



martes, 9 de mayo de 2017

El presidente de las metrópolis

El domingo, poco antes de la medianoche, mientras afluían los últimos datos territorializados de la victoria de Emmanuel Macron en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, la alcaldesa de París, la socialista Anne Hidalgo, escribió en su cuenta de Twitter: “En París, el 90% de los sufragios para Emmanuel Macron y sólo 10% para la extrema derecha. ¡Orgullosa de los parisinos!”. Una noticia fantástica, excelente. Los internautas no pararon de redifundirla en las horas siguientes, regocijándose sinceramente por un resultado que hacía honor a la historia de la Ville Lumière... Y, sin embargo, por paradójico que parezca, la derrota sin paliativos de la candidata del Frente Nacional, Marine Le Pen, en la capital es también profundamente inquietante. Porque pone brutalmente de manifiesto la fractura social y territorial que divide a Francia.

La vertiente atlántica ha sido particularmente propicia para Emmanuel Macron, como el norte y la costa mediterránea lo han sido para Marine Le Pen. Basta observar un mapa de los resultados –allí donde cada uno de los candidatos ha sido más fuerte– para comprobar que la líder del FN ha tenido especial predicamento en las zonas industriales, sobre todo aquellas que se encuentran en declive, así como en las zonas rurales y periurbanas dejadas de la mano de Dios. Los obreros han votado preferentemente por Le Pen (56%, según un sondeo de Ipsos) mientras Macron ha triunfado abrumadoramente entre los votantes con más recursos (un 75% de apoyo entre quienes ganan más de 3.000 euros al mes).

Pero volvamos al mapa. Las grandes ciudades y aglomeraciones urbanas se han rendido al candidato centrista, abrazando su europeísmo reformista, y han rechazado las proclamas apocalípticas de la extrema derecha. No sólo París se ha volcado en Macron. También la primera corona de la capital: en Hauts-de-Seine, Val de Marne y Seine-Saint Denis el presidente electo se alzó con el 85%, 80% y 78% de los votos, respectivamente. Y en las grandes ciudades del país pasó otro tanto: Lyon (82%), Burdeos (84%), Toulouse (82%), Estrasburgo (80%), Rennes (86%), Nantes (85%), Grenoble (81%), Lille (78%) e incluso Marsella (64%), una isla en un mar azul...

Tales resultados, veinte puntos superiores a la media, indican que hay un abismo entre los habitantes de las grandes ciudades, con mayor cualificación y renta, beneficiarios de la Europa abierta al mundo, y quienes viven en las zonas desertizadas, que se sienten sobre todo víctimas de la globalización.
El cineasta francés Raphaël Glucksmann, hijo del desaparecido filósofo André Glucksmann, lo expresaba ayer de forma clarividente en las páginas de Le Monde. “Cuando la ciudad en la que vivo opta en un 90% por Emmanuel Macron y a una hora y media de carretera, en los pueblos de la Picardía socialmente en agonía, Marine Le Pen gana ampliamente, ¿cómo no darse cuenta de que dos Francias se oponen?”, se pregunta. Y después añade: “Para mí es infinitamente más fácil cantar las alabanzas del proyecto europeo desde el distrito X de París que al parado cuya fábrica ha sido deslocalizada en Rumanía”. Durante la campaña de la segunda vuelta, en la factoría de Whirlpool de Amiens, que va a ser cerrada para ser reinstalada en Polonia –dejando a cerca de 300 trabajadores en la calle–, Marine Le Pen fue recibida por los obreros con vítores, mientras Emmanuel Macron lo fue con abucheos...

Este fenómeno no es exclusivamente francés, en absoluto. En el Reino Unido, el malestar y desamparo de los habitantes de las zonas industriales del norte de Inglaterra y de Gales, seducidos por la demagogia nacionalista y xenófoba, dieron la victoria al Brexit pese a la movilización de las grandes ciudades, con Londres a la cabeza, en favor de Europa. Y otro tanto puede decirse de Estados Unidos, donde Donald Trump triunfó en el castigado cinturón de óxido, mientras las ciudades votaban masivamente por Hillary Clinton (que hubiera sido presidenta, dicho sea de paso, si EE.UU. tuviera el mismo sistema de elección directa que Francia).

El geógrafo francés Christophe Guilluy, autor de dos libros de referencia sobre este fenómeno –Fracturas francesas y El crepúsculo de la Francia de arriba–, considera que con Macron, el “candidato de las metrópolis mundializadas”, han vuelto a ganar los de arriba. Pero advierte: “Esta victoria puede acabar transformándose en pírrica si la contestación de las clases populares no es tenida en cuenta”.

lunes, 8 de mayo de 2017

Ambigua victoria

Los franceses se han despertado hoy de fiesta. Los niños no irán a la escuela y los adultos podrán hacer la grasse matinée... Nada que ver con la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de ayer y menos aún con la elección de Emmanuel Macron como nuevo inquilino del Elíseo. Muchos franceses estarán hoy aliviados, pero pocos habrá verdaderamente entusiasmados. El descontento profundo que atraviesa a amplias capas de la sociedad francesa sigue muy vivo. Si los franceses se quedan hoy hasta tarde en la cama no es por las celebraciones de anoche: hoy es 8 de Mayo y Francia conmemora, como media Europa, la rendición de la Alemania nazi en 1945. “Día de la Victoria”, lo denomina el relato oficial. Pero en este concepto hay tanta ambigüedad como en el triunfo electoral de Emmanuel Macron...

La capitulación de Alemania en la Segunda Guerra Mundial se firmó dos veces, la primera en Reims, en la madrugada del 7 de mayo, y la segunda –y definitiva– en Berlín, como quería Stalin, la noche del 8 de mayo. Cuando el general alemán encargado de rubricar la rendición en la capital del III Reich, Wilhelm Keitel, vio en la sala al general francés Jean Lattre de Tassigny entre los representantes de las potencias vencedoras exclamó: “¿Qué? ¡¡Los franceses también!!”. Hasta tal punto no estaba prevista su participación que la bandera tricolor tuvo que improvisarse para añadirla en el último momento.

La realidad siempre es ambigua. Y el papel de Francia en la Segunda Guerra Mundial también lo fue, y mucho. Derrotada en unas pocas semanas por el poderoso ejército alemán, Francia capituló ante Hitler y su Parlamento entregó el poder a un régimen colaboracionista. El mito de la Francia resistente, de la Francia victoriosa, debe mucho a la rebeldía, la entrega, la tenacidad y la habilidad diplomática del general Charles de Gaulle. Hoy todo el mundo ha asumido la épica imagen de los clientes del café de Rick en Casablanca cantando La Marsellesa. Pero la realidad fue mucho más contrastada. Bajo el dominio alemán, el Estado francés dirigido desde Vichy no sólo colaboró activamente con los nazis –también en la deportación de los judíos–, sino que instauró un régimen autoritario que se propuso “regenerar” el país desde una visión anclada en la extrema derecha. Mucha gente se acomodó. Tras la derrota alemana, cerca de 100.000 personas fueron juzgadas y condenadas en Francia por colaboracionismo y entre 10.000 y 15.000 fueron ejecutadas –la mayoría extrajudicialmente– en la llamada “depuración”, lo que demuestra el alto grado de compromiso con el régimen del general Pétain, que cristalizó las ideas de las activas ligas de extrema derecha de los años treinta y los principios de la Acción Francesa dirigida a principios del siglo XX por Charles Maurras: nacionalismo, antisemitismo y antiparlamentarismo.

Ayer, el partido heredero de todos estos movimientos, el Frente Nacional (FN) –con un corpus ideológico actualizado y formalmente suavizado, aunque no por ello menos extremista y xenófobo–, fue derrotado en las urnas en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Pero su candidata, Marine Le Pen, obtuvo el mejor resultado de su historia: 11,5 millones de votos, más de un tercio de los sufragios. ¿Su techo? La mayoría de los analistas así querían verlo anoche. Pero si algo ha demostrado el nuevo FN de Marine Le Pen es que ha ido rompiendo su techo elección tras elección. Y, sobre todo, ha normalizado su presencia. A diferencia de lo que sucedió en el 2002 con su padre, Jean-Marie Le Pen –quien también pasó a la segunda vuelta, en detrimento entonces del candidato socialista, Lionel Jospin–, esta vez casi nadie se ha rasgado las vestiduras, hasta tal punto se daba por descontado. E incluso una parte de la izquierda se ha permitido el lujo de alentar, por acción u omisión, la deserción electoral. Pese al riesgo que representaba el FN, la abstención de ayer fue la más alta en la segunda vuelta de unas presidenciales desde 1969 –una cuarta parte de los electores no acudió a las urnas– y se registraron hasta cuatro millones de votos nulos o en blanco, el doble que en el 2012.

El Frente Nacional ha conseguido en estos años no sólo instalar en el debate político sus ideas –sobre la inmigración, sobre el islam, sobre la nación, sobre las fronteras...–, retomadas en gran medida por la derecha republicana, sino que aspira a erigirse además, como anunció anoche Marine Le Pen, en “la primera fuerza de la oposición”.

Emmanuel Macron batió ayer de forma contundente y nítida a la candidata del FN, su triunfo es incontestable. Pero la amenaza del Frente Nacional no ha desaparecido, como no ha desaparecido tampoco el descontento profundo –instalado sobre todo en las zonas periurbanas y rurales– que ha alimentado al partido de extrema derecha y también a la izquierda radical. Un descontento que puede crecer aún más en la medida en que Macron se limite a aplicar una política continuista respecto a la de François Hollande, de quien fue ministro de Economía.

El nuevo presidente de Francia, el octavo de la V República, ha ganado también con una elevada proporción de voto prestado. Una mayoría de franceses se han movilizado más contra Le Pen que a favor suyo, algunos a regañadientes. Y esta ambigüedad, esta fragilidad de su victoria, tendrá muy pronto su primera confrontación con la realidad: el 11 y 18 de junio, el movimiento de Macron afronta el reto de conseguir la mayoría en el Parlamento. No le será nada fácil. Todos los demás le están esperando.

domingo, 7 de mayo de 2017

Voto desde el ángulo muerto

En el otoño del 2005, en plena revuelta de las banlieues a causa de la muerte accidental de dos adolescentes cuando eran perseguidos por la policía en Clichy-sous-Bois (al nordeste de París), Hassan Ben M’Barek impulsó la creación del colectivo Banlieues Respect. Su objetivo era tratar de  restaurar las tensas relaciones entre la policía y los jóvenes de los barrios populares de la periferia de las ciudades. Lo primero que reclamaba era que unos y otros se trataran de usted, en lugar de tutearse (una práctica generalizada en España pero muy restrictiva en Francia). Que poco o nada ha cambiado desde entonces lo demuestran los disturbios que encendieron de nuevo a los suburbios de París el pasado mes de febrero a raíz de la violenta detención de un joven –Théo Lukaka, herido por un policía con una porra en el ano– en Aulnay-sous-Bois, a dos pasos de Clichy. Fue un suceso más en una larga retahíla de episodios violentos entre jóvenes de las barriadas y agentes del orden, cuyas relaciones están enormemente degradadas desde hace años y años.

Tras varios días de manifestaciones y disturbios, denunciando la brutalidad policial, los barrios regresaron a la calma. Y al olvido. Si hay un polvorín en Francia está ahí, en esos barrios suburbiales –1.500 oficialmente censados, con 4,8 millones de habitantes– que reúnen las más elevadas tasas de pobreza, fracaso escolar, paro e inseguridad de Francia. Barrios donde se concentra la población extranjera y de origen inmigrante, y donde anida un fuerte sentimiento de exclusión. Foco de delincuencia, es aquí también donde  fermentan los candidatos a yihadistas.  Pero las banlieues han estado, una vez más, ausentes del debate de las elecciones presidenciales.

“De los problemas y la gente de las banlieues no se llega ni a hablar, es como si no existieran. Es un ángulo muerto completo”, constata Dolores Bakèla, una joven periodista parisina de origen congoleño, comparándolo con el espacio que queda fuera del campo visual del conductor de un vehículo. Junto con Adiaratou Diarrassouba, Dolores Bakèla es la fundadora del blog L’Afro, cuyo objetivo es dar visibilidad mediática a los jóvenes de las minorías.

Como en cada elección presidencial en Francia, la asociación Ville & Banlieue –integrada por un centenar de alcaldes de todas las orientaciones políticas– hizo público un manifiesto, dirigido a todos los candidatos, con un total de 31 propuestas concretas para tratar de sacar a estos barrios del agujero negro donde se encuentran y “reintegrarlos en la República”. “Las personas de estos barrios quieren ser ciudadanos de pleno derecho y rechazan ser relegados a un segundo plano”, declaró a la emisora RTL el secretario general de la asociación, Gilles Leproust, alcalde de Allonnes (departamento del Sarthe, el mismo de François Fillon). No es que no se haya hecho nada en las banlieues. Al menos desde la época de Mitterrand –esto es, los años ochenta, cuando se creó el primer Ministerio de la Ciudad–, los sucesivos gobiernos han invertido miles de millones esencialmente en planes de renovación urbana y arquitectónica. Pero el sustrato del problema no se ha arreglado.

Los programas de los candidatos presidenciales no han estado a la altura. Tampoco esta vez. O menos aún que otras veces. Sólo Jean-Luc Mélenchon, del movimiento de izquierdas Francia Insumisa, eliminado en la primera vuelta, ha tenido en cuenta el problema global, lo que incluye la lucha contra la discriminación, la segregación y el racismo. Los demás prácticamente se han limitado al problema de la seguridad, bien sea para suavizar la conflictividad entre población y agentes del orden –como el socialista Benoît Hamon–, bien para reforzar los efectivos policiales –como casi todos los demás, con Marine Le Pen naturalmente a la cabeza–.

Los habitantes de las banlieues se sienten olvidados y muchos de ellos ya no esperan nada del poder. “La gente no confía en los políticos y desde hace tiempo intenta organizarse por sí misma. Yo particularmente no espero cambios”, afirma Dolores Bakèla. ¿Hasta el punto de no ir a votar hoy? La cofundadora de L’Afro constata que hay una profunda discusión en su entorno sobre si acudir o no a la cita con las urnas. “Entiendo perfectamente a quienes piensan abstenerse”, dice. Pero ella no lo hará, aunque sea a regañadientes: “Hay muchas personas que no tienen derecho a votar y que serían las primeras víctimas de la política de Marine Le Pen... Y me digo que iré a votar, aunque sea por ellos”.

Quien no tiene dudas es Hassan Ben M’Barek. El fundador de Banlieues Respect organizó el pasado jueves un encuentro republicano  con otras organizaciones cívicas para llamar a frenar al Frente Nacional. “Rechazamos en bloque el proyecto de Marine Le Pen, está basado en el repliegue, la exclusión, la mentira y la xenofobia”, declara. Y añade: “Nuestra movilización representa un rechazo absoluto de la perspectiva de semejante desastre”.