domingo, 28 de mayo de 2023

El broncas del Kremlin


@Lluis_Uria

Hace un año, a poca gente le decía algo el nombre de Yevgueni Prigozhin, alias el chef de Putin, equívoco apodo que da muy pocas pistas de la verdadera naturaleza y alcance de los oscuros negocios y  servicios de este oligarca próximo al presidente ruso, Vladímir Putin. La guerra de Ucrania y el importante papel que tienen las tropas mercenarias del Grupo Wagner –del que es fundador– le han catapultado ahora al centro del escenario. Y no a disgusto. Después  de años de haberse ocultado discretamente bajo la  capa supuestamente respetable de sus negocios de restauración y catering, Prigozhin parece haber descubierto, a sus 61 años, la fascinación de los focos. Y no hay día en que, revestido de su condición de jefe de guerra, no reparta críticas, admoniciones y amenazas –dirigidas a los responsables del ejército ruso– a través de las redes sociales.

Prigozhin lleva semanas atacando al ministro de Defensa, Serguéi Choigú, y al jefe del Estado Mayor, Valeri Gerásimov, a quienes ha reprochado su presunta vida de lujos –“mientras nuestros soldados mueren en el frente”– y acusado de haber privado deliberadamente a sus hombres de las municiones necesarias.

La semana pasada recriminó a las tropas regulares haber abandonado sus posiciones frente al ejército ucraniano en Bajmut y disimular e incluso mentir al respecto. “El bendito abuelo (dedushka) piensa que todo va bien”, dijo de forma condescendiente en alusión aparente a Putin, pero “los flancos se están desmoronando y el frente está colapsando”, alertó, remarcando una vez más que la “cobardía” del ejército dejaba expuestos a sus soldados, que “mueren por centenares”.

El Grupo Wagner ha actuado en Ucrania como fuerza de choque de las tropas rusas y es quien combate como vanguardia en la feroz batalla de Bajmut, una ciudad que tenía 70.000 habitantes, conocida por la producción de vinos espumosos, que hoy está completamente destruida.

Prigozhin parece un bocazas y, sin duda, un broncas. Pero es mucho más que un charlatán. Se ha convertido en el principal instrumento del presidente ruso para intervenir militarmente en otros países y lanzar campañas de desinformación.

Prigozhin tiene dos importantes cosas en común con Putin: ambos nacieron en Leningrado (hoy San Petersburgo) y ambos se criaron en barrios pobres, donde las bandas callejeras campaban a sus anchas. El presidente ruso salió de ese ambiente –no sin haber aprendido que el más fuerte es quien impone su ley–, pero Prigozhin cayó de bruces. En 1981 fue condenado a 13 años de prisión por robo y atraco.

La URSS estaba a punto de derrumbarse en 1990 cuando Prigozhin salió de prisión y regresó a San Petersburgo, en cuyo gobierno municipal estaba pronto a recolocarse Putin tras su etapa de espía en la RDA. Allí montó un pequeño y próspero negocio de venta de salchichas que le llevó a abrir después un par de restaurantes, entre ellos el lujoso New Island. Todo indica que fue en sus locales donde los dos hombres se conocieron. Fruto de esa relación, Prigozhin se metió en el negocio del suministro de comidas y, con su empresa Concord Catering, fue ganando encargos oficiales –para escuelas, hospitales, cuarteles– que le hicieron de oro.

En el 2014 Prigozhin dio el salto como actor del Kremlin en la sombra con la creación del grupo paramilitar Wagner, que con la guerra de Ucrania ha llegado a acumular decenas de miles de combatientes (muchos de ellos criminales excarcelados a cambio del perdón). Su primera acción fue ese mismo año en Ucrania –Crimea y Donbass–, donde Rusia pretendía falsamente no estar interviniendo. Después vendría Siria –en apoyo de Bashar el Asad–, Libia –junto a la facción del mariscal Jalifa Haftar– y, desde el 2022, de nuevo y abiertamente Ucrania. Al mismo tiempo, el Grupo Wagner ha sido la punta de lanza de la entrada de Moscú en África, fundamentalmente en la zona del Sahel –Sudán, Mali, República Africana, Burkina Faso–, de donde está consiguiendo expulsar a Francia, antigua potencia colonial en horas bajas.

Su modus operandi es siempre el mismo: ofrece ayuda militar y protección al poder establecido –sirviendo de puente, de paso, para contratos de armamento en beneficio de Moscú– a cambio de la explotación de minas de oro y diamantes, petróleo, madera... En todos los países en los que actúan, los mercenarios de Wagner cargan sobre sus espaldas con graves acusaciones de crímenes de guerra, abusos, torturas y asesinatos (la ONU le atribuye la muerte de 500 civiles en Mali)

Paralelamente el grupo empresarial de Prigozhin se ha dedicado, principalmente a través de la sociedad Internet Research Agency –una fábrica de troles–, a lanzar campañas de desinformación y de difamación en favor de los intereses rusos y contra los adversarios de Moscú y sus aliados. Estados Unidos le acusó de intervenir en la campaña de las elecciones presidenciales del 2016 para favorecer a Donald Trump.

Occidente le ha puesto la proa desde hace tiempo y ha aprobado toda una serie de sanciones contra Prigozhin y los suyos. EE.UU. ha designado oficialmente al Grupo Wagner como organización criminal transnacional y París promueve que la UE la declare  organización terrorista.

Sus mayores problemas, sin embargo, no están ahí, sino en las trincheras de Ucrania y los despachos de Moscú. Prigozhin cuenta con algunos apoyos en los aparatos de seguridad rusos. Pero su poder e influencia le viene de Putin. Si este cae, o le deja caer, estará acabado. Enemigos no le faltan. Se los ha ganado a pulso.

domingo, 21 de mayo de 2023

El enemigo de Mickey Mouse


@Lluis_Uria

La democracia americana está llena de agujeros negros. Uno de ellos es conocido bajo el abstruso nombre de gerrymandering, una práctica por la cual los partidos redibujan los distritos electorales para maximizar sus ganancias políticas y minimizar las del rival. Una manipulación partidista que estrenó ya en los albores de la nueva república uno de sus padres fundadores, el vicepresidente Elbridge Gerry, quien siendo gobernador de Massachusetts aprobó en 1812 un nuevo mapa electoral a su medida: fusionó los distritos donde ganaban sus rivales en uno solo para que así obtuvieran menos representantes. El dibujo resultante recordaba vagamente a una salamandra (salamander) y así fue caricaturizado por la prensa, que lo llamó Gerrymander.

En EE.UU., cada diez años los estados pueden revisar sus mapas electorales para adaptarlos a la evolución de la población, ocasión que puede ser aprovechada por quien controle el poder para manipular la composición de los distritos. Los republicanos se han dedicado con fruición al gerrymandering estos últimos tiempos.

Uno de ellos ha sido el gobernador de Florida, Ron DeSantis, presentido rival de Donald Trump por la nominación republicana para las elecciones presidenciales del 2024. En el 2021, aprovechando que Florida ganaba un escaño en la Cámara de Representantes, redibujó los distritos aumentando los de mayoría blanca conservadora, cambiando la configuración de otros y suprimiendo el único de mayoría negra: gracias a esto, la ventaja de los republicanos sobre los demócratas en las elecciones del año pasado pasó de 16-11 a 20-8. Un juez suspendió la reforma, pero el Tribunal Supremo de Florida –tres de cuyos miembros fueron nombrados por DeSantis– la avaló.

Bienvenidos a Florida, The Sunshine State (el estado soleado), bautizado como DeSantislandia, un guiño que alude al parque de atracciones de Disneylandia en Orlando, con quien el político republicano mantiene un duro pulso y a quien ha copiado la grafía. Doctorado en Derecho por Harvard, miembro del servicio jurídico del ejército –donde sirvió en Guantánamo e Irak–, congresista y desde el 2019 gobernador de Florida, Ron DeSantis es a sus 44 años una de las figuras conservadoras ascendentes, a quien algunos sectores de su partido preferirían como candidato a la Casa Blanca el año que viene. Él vende la fórmula política que aplica en Florida como modelo que exportar a todo el país.

Más serio y sólido que Trump, no está claro, sin embargo, que el gobernador de Florida vaya a ser mejor. DeSantis “quizá no sea tan narcisista y sociópata como Trump, es más inteligente y sutil, pero no tiene valores morales”, comentaba el politólogo Norman Orstein, del think tank conservador American Enterprise Institute, en una información de Los Angeles Times. Y añadía que preguntarse si es mejor Trump o DeSantis “es como preguntarse si es mejor la sífilis o la gonorrea”.

La sensibilidad democrática de DeSantis, como se ha visto, es manifiestamente mejorable. Pero hay mucho más. La caracterización del gobernador de Florida, un ultraconservador de ética acomodaticia, no puede ser más sencilla. Sus actos no engañan. En política internacional no ha tenido muchas oportunidades de comprometerse, pero ya ha dejado claro qué pie calza. Los autócratas no deberían sentir mucha inquietud si llegara a la Casa Blanca, empezando por el presidente ruso Vladímir Putin –para DeSantis, la invasión de Ucrania es una “disputa territorial” que no representa un “problema nacional vital” para EE.UU.– y acabando por el premier israelí Beniamin Netanyahu –cuya reforma autoritaria de la judicatura minimiza como un “asunto interno”–.

Pero es en Florida donde DeSantis ha dado preclara muestra de quién es: autoerigido en adalid de una guerra contra la cultura woke –movimiento que lucha contra las discriminaciones raciales y las injusticias y que está detrás de la cultura de la cancelación–, el gobernador de Florida ha prohibido las enseñanzas sobre la historia del racismo y sobre la orientación sexual o identidad de género –la llamada ley no digas gay–, reservándose la potestad de vetar determinados libros; ha recortado a seis semanas el límite para poder abortar libremente (un plazo en el que muchas mujeres ni siquiera llegan a saber que están embarazadas); ha autorizado a todo residente de Florida a llevar armas en cualquier momento y situación; ha enviado a inmigrantes irregulares en vuelos fletados por el estado hasta la isla de Martha’s Vineyard (Massachusetts) –feudo histórico de los Kennedy y referente demócrata donde los haya– para provocar a sus adversarios...

En su cruzada cultural conservadora, DeSantis ha elegido un enemigo de envergadura: nada menos que el grupo Walt Disney –el mayor empleador de Florida–, a quien puso la proa por haber osado criticar su ley no digas gay. El gobernador decidió como represalia recortar la autonomía de la que goza el parque de Orlando y amenazó con subirle tasas e impuestos, además de construir una cárcel en las proximidades de Disneylandia... “No voy a permitir que una corporación woke de California dirija nuestro estado”, tronó, antes de añadir en plan chulesco: “Hay un nuevo sheriff en la ciudad”. El problema, para DeSantis, es que Disney, lejos de amilanarse, ha interpuesto una demanda en su contra por lo que considera una venganza por haber ejercido su libertad de expresión. Los riesgos para el gobernador de Florida, en caso de perder este pulso, son muy altos. Como apuntan algunos críticos: si no puede con Mickey Mouse, ¿cómo va a poder con Putin?


domingo, 30 de abril de 2023

La ‘vieja’ y la ‘nueva’ Europa, otra vez a la greña


@Lluis_Uria

Hace dos décadas los norteamericanos rebautizaron durante un tiempo las patatas fritas al estilo francés –conocidas en inglés como french fries, para diferenciarlas de las chips– como Freedom fries. Estaban rabiosos contra Francia por su negativa a secundar a Estados Unidos en la invasión de Irak en el 2003, una guerra justificada sobre una escandalosa falsificación –la pretendida posesión de armas de destrucción masiva por el régimen de Sadam Husein– que tuvo consecuencias catastróficas. La invasión destruyó el país y causó cientos de miles de muertos. Y el balance de la apuesta geoestratégica de Washington fue calamitoso: empujó a Irak bajo la influencia de Irán y alumbró el terrorismo del Estado Islámico.

El entonces ministro francés de Asuntos Exteriores, Dominique de Villepin, advirtió contra la intervención militar en un célebre discurso pronunciado en el Consejo de Seguridad de la ONU el 14 de febrero. Poco después el presidente  Jacques Chirac confirmó la decisión de Francia de utilizar su derecho de veto para negar todo amparo legal a la invasión. El gesto francés no impidió la guerra, pero le granjeó la hostilidad de la Administración norteamericana. El vicepresidente Dick Cheney calificó  la actitud francesa de “crimen imperdonable”.

La guerra de Irak también rompió la unanimidad europea. Con Francia y Alemania a la contra, el Reino Unido y –más sorprendentemente– España decidieron sumarse a la aventura bélica de EE.UU. (José María Aznar, por cierto, es el único dirigente occidental que sigue sin admitir que se equivocó). Aunque fuera solo a título testimonial, a los dirigentes británico y español se sumaron los de Dinamarca, Italia, Portugal, así como Chequia, Hungría y Polonia, en la firma de un artículo conjunto en el Times el 30 de enero en defensa de las tesis norteamericanas. Exasperado, Chirac criticó duramente a los firmantes, en especial a los países del Este recién incorporados a la UE: “Esos países –dijo– han sido muy poco educados y un poco inconscientes de los peligros que comporta un alineamiento demasiado rápido con las posiciones americanas. Han perdido una buena ocasión de callarse”.

Ahí nació la dicotomía entre las dos Europas. El jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, la ilustró confrontando la Europa encarnada por Alemania y Francia, una “vieja Europa” supuestamente caduca, con una nueva Europa emergente “cuyo centro de gravedad bascula hacia el Este”. En vísperas del ataque a Irak, los antiguos países del bloque comunista aparecían como los aliados más fieles a EE.UU. Veinte años después, con el telón de fondo de la guerra desencadenada por Rusia contra Ucrania y las tensiones con China en torno a Taiwán, lo vuelven a ser.

En una visita a Washington la semana pasada, el primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, recuperó esta división para sacar pecho: “La vieja Europa creía en un acuerdo con Rusia y la vieja Europa fracasó. Pero hay una nueva Europa –una Europa que recuerda lo que fue el comunismo ruso–. Y Polonia es el líder de esta nueva Europa”. Lo cierto es que esa nueva Europa ya no  tiene nada de nueva. Es solo un remake de la del 2003. (Otro día habrá que hablar de cómo el régimen ultranacionalista y conservador de Varsovia, en el punto de mira de la UE por sus derivas antidemocráticas, está utilizando la guerra de Ucrania para vindicarse)

La cuestión, hoy como hace veinte años, es si Europa debe tener una voz propia en el concierto mundial o limitarse a hacer de gregario de EE.UU. Y el teatro donde se va a dirimir  esta pugna –lo está haciendo ya– es el de las relaciones con China, adonde han viajado en las últimas semanas rodeados de enormes suspicacias el canciller alemán, Olaf Scholz; el jefe del Gobierno español, Pedro Sánchez, y el presidente francés, Emmanuel Macron.

En una entrevista publicada el día 9, al regreso de su viaje a Pekín, Macron, reivindicó una vez más la “autonomía estratégica” de Europa y llamó a “no hacer seguidismo” de EE.UU. en la cuestión de Taiwán, así como a evitar la “lógica de los bloques” en relación con China (algo que lógicamente irritó sobremanera en Washington). El primer ministro polaco no desaprovechó la ocasión de enmendarle la plana: “En lugar de construir una autonomía estratégica respecto a Estados Unidos, yo propongo una asociación estratégica con Estados Unidos”.

Francia siempre ha sido muy celosa de su soberanía en materia de política internacional y de defensa (algo que querría extender a la UE) Y siempre ha marcado distancias con su aliado norteamericano. Es una tónica constante desde que el general De Gaulle decidiera en 1966 abandonar la estructura militar integrada de la OTAN (a la que Francia regresó en el 2009, dejando al margen su fuerza de disuasión nuclear) y cerrar las bases estadounidenses en su territorio. El rechazo a la invasión de Irak en el 2003 lo confirmó ampliamente.

Mal que le pese a la nueva Europa, no parece que  esta tónica vaya a cambiar. La  estrategia de confrontación de EE.UU. hacia China no convence en París. Ni en otras capitales. Ya lo apuntó en el 2011 en sus memorias el desaparecido presidente Jacques Chirac: “Muchos se inquietan en Occidente de sus presuntos objetivos expansionistas. Pero hay menos que temer, en mi opinión, de viejas civilizaciones profundamente pacíficas y con vocación universalista, como China, que de grandes potencias desprovistas de los mismos referentes y preocupadas por imponer su punto de vista por la fuerza”.

domingo, 16 de abril de 2023

La muerte de la V República


@Lluis_Uria 

La V República ha muerto. Llevaba años gravemente enferma. Y el 16 de marzo el presidente Emmanuel Macron le dio el tiro de gracia al aprobar la controvertida reforma de las pensiones por decreto, sin pasar por el voto del Parlamento. En minoría en la Asamblea Nacional, Macron decidió exprimir hasta el límite sus generosos poderes constitucionales  para imponer su voluntad, a riesgo de poner seriamente en cuestión los fundamentos democráticos del régimen instaurado en 1958 por el general De Gaulle. Después de esto, habrá quien pretenda que la V República sigue viva.  Pero no es más que un zombi.

Los tumultuosos años de la posguerra en Francia, con los conflictos por la independencia de Indochina y Argelia, la amenaza de un golpe de Estado militar y una inestabilidad política proverbial –hubo una veintena de gobiernos en ocho años– acabaron con la fugaz IV República, instaurada tras la derrota de la Alemania nazi. Llamado al rescate por el presidente René Coty para que asumiera la dirección del gobierno, Charles de Gaulle, el héroe de la Liberación, administró una cura de caballo: una nueva Constitución –votada por el 83% de los franceses– que estableció un régimen presidencialista sin parangón.

El objetivo era garantizar la estabilidad del Gobierno por encima de todo, a costa de  arrinconar a las minorías –merced al sistema electoral mayoritario a doble vuelta– y de otorgar al jefe del Estado unas prerrogativas enormes: el presidente francés, lejos de ser una figura representativa o arbitral, concentra gran parte del poder ejecutivo y tiene la potestad de nombrar y destituir al Gobierno, así como disolver la Asamblea Nacional, a discreción. Elegido directamente por los ciudadanos, no responde ante nadie más, ni ante el Parlamento –que lo máximo que puede hacer es iniciar un proceso de destitución en caso de falta muy grave a sus obligaciones–, ni ante la Justicia –que sólo puede perseguirle tras abandonar el Elíseo y nunca por las acciones realizadas en función de su cargo–. En Francia el presidente es quien tiene la última palabra. Como un rey Sol republicano.

El sistema de la V República, basado en lo que se ha bautizado como “parlamentarismo racionalizado”, ha cumplido la misión que le encomendó De Gaulle. Pero a un alto precio: ha abierto a la vez una gran brecha entre el poder –copado durante décadas por las élites tecnocráticas parisinas o asimiladas– y los ciudadanos, que se han habituado a dirimir en la calle, mediante demostraciones de fuerza –a menudo con violencia–, la lucha política. No pocas veces se han salido con la suya: uno de los primeros proyectos de reforma del sistema de pensiones, promovido en 1995 por Alain Juppé, acabó siendo retirado. En el 2006, el proyecto de flexibilización de la contratación laboral de los jóvenes impulsado por Dominique de Villepin fue derogado ¡después de haber sido aprobado y publicado en el boletín oficial! Los chalecos amarillos lograron en el 2019 que el Gobierno de Macron diera marcha atrás en la nueva tasa de los carburantes...

Podría parecer que la actual crisis por la reforma de las pensiones –un tema políticamente muy delicado, dada la sensibilidad de los franceses ante todo recorte social– es un nuevo capítulo en esta dinámica de la confrontación, de la que quedan excluidos la negociación y el compromiso. Pero hoy es algo más. Los franceses no sólo protestan por el aumento de la edad de jubilación de 62 a 64 años, sino por el método autoritario para su aprobación.

Todo el proceso ha estado viciado. De entrada, la reforma fue tramitada como un proyecto de ley rectificativo de financiación de la Seguridad Social –es decir, un pretendido texto presupuestario–, con el fin de aplicar un procedimiento acelerado en el Parlamento. Un asunto en apariencia menor  pero que podría llevar a la invalidación de la ley por el Consejo Constitucional, que debe pronunciarse el próximo día 14.

Más grave fue la decisión de recurrir al ya célebre artículo 49.3 de la Constitución, que permite al Gobierno aprobar por decreto una ley sin pasar por el voto del Parlamento, que sólo puede frenarla –con escasas posibilidades– presentando una moción de censura contra el Ejecutivo. El controvertido artículo, equivalente a un trágala, se ha utilizado otras veces. El propio Gobierno de Macron, que en el 2022 perdió la mayoría en la Asamblea –una primicia en Francia, después de décadas de mayorías absolutísimas–, lo ha activado ya 11 veces en menos de un año. Pero nunca, hasta ahora, para sacar adelante una ley de este calado.

Desde su distante atalaya del Elíseo, Macron  decidió pasar el rodillo sin calibrar el impacto de su decisión. Porque no se trata ya de las pensiones, sino de la falta de sensibilidad democrática del poder. El presidente francés se defiende de todo autoritarismo alegando que fue elegido con un programa que incluía la reforma de las pensiones. Ciertamente, así fue. Pero en esta argumentación hay olvidos flagrantes: En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del año pasado Macron obtuvo cerca del 60% de los votos,; sin embargo, muchos fueron prestados para frenar a su rival, la ultraderechista Marine le Pen. Y su partido, en las legislativas posteriores, se quedó con el 27,5% en la primera vuelta (y el 38,6% en la segunda). Poca legitimación democrática parece.

La maniobra desesperada de Macron con las pensiones, su gesto de autoridad, ha demostrado el agotamiento definitivo del sistema. La V República tardará más o menos tiempo en ceder el paso a una eventual VI República. Pero la actual ha entonado ya su canto del cisne.


domingo, 2 de abril de 2023

Justicia, mía o de nadie


@Lluis_Uria

Israel figura todavía como un país libre en el último informe anual sobre el estado de la democracia en el mundo publicado días atrás por la organización Freedom House. El único en toda la región de Oriente Medio. Pero esta condición –que recibe a pesar de la privación de derechos que sufren los palestinos en los territorios ocupados– va camino de perderla si culmina la operación de toma del poder judicial impulsada por la coalición gubernamental de extrema derecha liderada por el primer ministro Beniamin Netanyahu. El panorama, según el propio informe, no puede ser más “sombrío”. Podría decirse algo parecido de países de la Unión Europea, como Hungría o Polonia, donde la independencia judicial está gravemente comprometida.

La independencia de la justicia, piedra angular del Estado de derecho y de la democracia liberal, basada en la división de poderes, suele presentarse como un concepto absoluto. Pero en realidad es sólo un fin, un propósito. Hay quien dirá que una quimera. En todo caso, no es un principio que esté garantizado. Más bien al contrario. Gobiernos y fuerzas políticas de todos los colores y en todas partes intentan, de un modo u otro, influir en la Justicia, a veces con la complicidad militante de sectores de la propia judicatura, en beneficio de sus intereses o su agenda. Las maniobras torticeras en torno a los nombramientos de jueces en el Tribunal Supremo de Estados Unidos o la renovación del Consejo General del Poder Judicial en España ilustran este tipo de prácticas.

El procedimiento de designación de los jueces  y del gobierno de la judicatura está abocado a ser objeto de tensión. Hay quien defiende interesadamente excluir al poder político del proceso y dejarlo exclusivamente en manos de los mismos jueces –los únicos que no son elegidos por los ciudadanos–, como si eso alejara todo riesgo de sectarismo político. Algo totalmente incierto, como es obvio y patente. Hay países incluso, como Francia, donde los jueces son minoritarios en el Consejo Superior de la Magistratura para evitar derivas corporativistas. Pero el extremo opuesto, la toma de control absoluto de la Justicia por parte del poder político, sin trabas ni contrapesos, es el principio del fin de la democracia.

Es lo que ya pasa en Hungría, donde el primer ministro, el ultranacionalista Viktor Orbán, ha utilizado su aplastante mayoría absoluta para instalar un régimen iliberal, donde el único rastro que queda de democracia –totalmente sesgada, por otra parte– es el voto cada cuatro años (una modalidad que el Parlamento Europeo ha calificado de “autocracia electoral”). El informe de Freedom House, que considera a Hungría un país sólo “parcialmente libre”, sostiene que la victoria electoral de Orbán en el 2022 “fue facilitada por la campaña de su gobierno desde 2010 para socavar sistemáticamente la independencia del poder judicial, los grupos de oposición, los medios de comunicación y las organizaciones no gubernamentales”.

La Unión Europea ha congelado la entrega de 6.300 millones de euros de fondos europeos a Budapest mientras no rectifique y restablezca los principios del Estado de derecho. Las  principales medidas exigidas por Bruselas atañen a la independencia judicial –refuerzo de la protección del Tribunal Supremo frente a las injerencias, limitación del papel del politizado Tribunal Constitucional– y la lucha contra la corrupción.

El otrora aliado de Hungría en el grupo de Visegrado, Polonia –quienes se han distanciado por sus divergentes políticas hacia Rusia–, no está mucho mejor. El régimen del ultracatólico Ley y Justicia tiene bloqueados también 34.600 millones del plan europeo de recuperación mientras no corrija sus desafueros judiciales y aplique las medidas que se le reclaman –supresión del régimen disciplinario del Tribunal Supremo, garantía de independencia de los jueces, acatamiento de la jurisdicción europea–, algo en lo que finalmente parece dispuesto a ceder.

Esta misma deriva autoritaria, corregida y aumentada, es la que está imprimiendo en Israel el Gobierno de Netanyahu –dominado por los grupos religiosos ultraortodoxos y de extrema derecha–, hasta el punto de abrir una gravísima fractura en la sociedad israelí y provocar una crisis mayúscula. En esencia, el proyecto del primer ministro israelí –que tiene además un claro interés personal en sortear los casos judiciales por corrupción que penden sobre él– busca incrementar el control gubernamental sobre la selección de los jueces y saltarse el control judicial sobre el poder político, al otorgar a la cámara legislativa la potestad de revocar las decisiones del Tribunal Supremo. La reforma, aprobada en primer lectura por el Parlamento (Kneset), no es otra cosa, en palabras  del exministro de Exteriores israelí y exembajador en España Shlomo Ben Ami,  que un “golpe de Estado judicial”.

La presión de la calle –los israelíes llevan manifestándose por decenas de miles desde hace semanas en contra del Gobierno– y especialmente la ejercida por Estados Unidos han llevado a Netanyahu a suavizar el tono y abogar por una solución más consensuada que evite la división de la sociedad israelí. Pero en ese mismo discurso, pronunciado el jueves, avanzó también que la tramitación de la reforma seguirá adelante (mientras el Parlamento aprobaba una ley para blindarle en el cargo frente a la justicia). Si acaba ejecutando sus planes, la democracia israelí habrá empezado a morir.

 

domingo, 19 de marzo de 2023

Berlín y París, camas separadas


@Lluis_Uria

Una explosión controlada derribó el pasado 23 de febrero la última de las dos grandes torres de refrigeración de la central nuclear alemana de Biblis, a orillas del Rhin, no lejos de  Frankfurt. La primera había caído el día 2. Se trata de una las plantas atómicas en proceso de desmantelamiento en Alemania después de que el Gobierno de Angela Merkel decidiera en el 2011 abandonar completamente la energía nuclear tras el gravísimo accidente en la planta japonesa de Fukushima. La guerra de Ucrania y la crisis energética subsiguiente han llevado a Berlín a prorrogar unos meses la vida de dos de sus últimos reactores en funcionamiento (que deberían haber sido definitivamente desconectados el 31 de diciembre). Pero es una moratoria temporal. El átomo en Alemania está kaput.

Casi a la vez, el 2 de marzo, la comisión de asuntos económicos de la Asamblea Nacional francesa votaba dar marcha atrás a la decisión tomada por el presidente François Hollande en el 2015 de reducir progresivamente el peso de la energía nuclear en la producción de electricidad en Francia y anular el tope del 50% que se había impuesto como objetivo (actualmente está en el 70%) No sólo no se va a reducir nada, sino que Emmanuel Macron ha decidido volver a pisar el acelerador y construir seis reactores nucleares de nueva generación EPR2 de aquí al año 2035 y llegar más adelante hasta 14. La invasión de Ucrania por Rusia está detrás de este giro de guion. Para París, la necesidad de asegurar la soberanía energética y cumplir con los compromisos en materia de reducción de las emisiones de carbono justifican la renovada apuesta atómica.

Alemania y Francia avanzan en este terreno, como en el de la defensa, por caminos totalmente diferentes. Cada uno por su lado. Lo cual no sería más problemático si no fuera porque son asuntos esenciales y donde pueden entrar en colisión.

Las tensiones entre Berlín y París por la política energética vienen de lejos y hunden su raíz en los modelos contrapuestos de ambos países. Los alemanes lo apostaron todo al gas natural –comprando a Rusia a precios baratos–, lo que a la postre se ha revelado catastrófico. Los franceses, en cambio, priorizaron la energía nuclear, hasta el punto de erigirse en el segundo país del mundo –tras Estados Unidos– con más reactores nucleares: 56.

En el otoño del 2011, antes de que la guerra de Ucrania fuera ni siquiera imaginable, Alemania y Francia mantuvieron un primer pulso por ver qué fuentes de energía podían considerarse aceptables –y, por tanto, beneficiarias de fondos europeos– en el periodo de transición hacia una economía verde. Cada cual barría para su casa y, al final, se alcanzó el compromiso de incluir en la llamada “taxonomía europea” tanto el gas como la energía nuclear. Pero la guerra de Ucrania hizo saltar todo este esquema por los aires.

Desaparecido el gas natural de la ecuación, ahora el enfrentamiento es a cuenta del hidrógeno, que empieza a configurarse –en tanto que combustible no contaminante– como una alternativa viable a los combustibles fósiles. Ahora bien, para fabricar hidrógeno hace falta emplear gran cantidad de energía. Alemania, junto con España, ha defendido hasta ahora que la UE sólo financie proyectos para generar hidrógeno verde, esto es, mediante energías renovables. Francia aboga, en cambio, por incluir también un hidrógeno rosa, producido con energía nuclear. En principio, París parecía haber logrado su objetivo: consiguió el apoyo de la Comisión Europea y coló el asunto en l cumbre hispano-francesa de Barcelona el 19 de enero y en el consejo de ministros franco-alemán de París tres días después. Pero Berlín y Madrid mantienen su oposición.

Para presionar en favor de sus tesis, París organizó el 28 de febrero una reunión en Estocolmo para lanzar una suerte de alianza atómica con el objetivo de promover la energía nuclear en el continente. El nuevo club está integrado básica –aunque no únicamente– por países del Este: Bulgaria, Chequia, Croacia, Eslovaquia, Eslovenia, Finlandia, Hungría, Países Bajos, Polonia y Rumanía. Suecia no se sumó –para salvaguardar el papel neutral de su presidencia europea–, pero podría hacerlo después. En paralelo, París amenazó con abandonar el proyecto del H2Med, el tubo que debería conducir hidrógeno desde Barcelona a Marsella y de allí a Alemania.

Al final, ha logrado que Berlín ceda. El jueves pasado, el secretario de Estado de política de mercados financieros y política europea, Jörg Kukies, declaró que Alemania  se acomodará a las tesis francesas: “No levantaremos barreras ni crearemos reglas que prohíban o discriminen el hidrógeno producido con energía nuclear”, dijo. Pero estos choques dejan huella.

El de la energía no es el único frente de discordia. El otro atañe a la defensa. Y pone de nuevo sobre el tapete el juego alternativo de alianzas que tejen Berlín y París en Europa. El pasado octubre Alemania lanzó un proyecto propio de escudo antimisiles europeo –European Sky Shield Initiative (ESSI)– en asociación con otros 14 países de la OTAN –o candidatos– entre los que no estaba Francia (y sí el grueso de los aliados nucleares de París): Bélgica, Bulgaria, Chequia, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Finlandia, Hungría, Letonia, Lituania, Noruega, Países Bajos, el Reino Unido y Rumanía. A los que posteriormente se han unido Dinamarca y Suecia.

El plan no es tanto desarrollar un sistema nuevo de escudo antimisiles como comprar conjuntamente sistemas ya existentes de corto, medio y largo alcance: básicamente el alemán Iris-T y el norteamericano Patriot (y adicionalmente el israelí Arrow 3). La iniciativa no ha sentado nada bien al Gobierno francés, que ha desarrollado en colaboración con Italia su propio sistema, el SAMP-T Mamba –cuyo último modelo fue anunciado el 10 de febrero–, y que ve cómo su  más fiel aliado en Europa le deja fuera. Al menos, por el momento.


domingo, 5 de marzo de 2023

Nada nuevo en el frente


@Lluis_Uria

¿Qué vale la vida de un soldado? ¿A quién le importa? ¿Quién llora su muerte?  En la guerra, el dolor es privado. Todo lo demás es cálculo. El de los políticos que la deciden, el de los generales que la dirigen. Armado y de uniforme, un hombre no es más que una pieza minúscula de un engranaje implacable. Un peón sacrificable en aras de cualquier concepto grandilocuente (y en general vacuo). En la Primera Guerra Mundial, el desprecio por la vida de los combatientes llegó a cotas difícilmente superables. La guerra de Ucrania sigue la estela.

Mientras se lucha ferozmente en la ciudad de Bajmut, en el Donbass, con un nivel de bajas enorme –una tragedia invisible, oculta en los ángulos muertos de la guerra–, el cine nos acerca al horror de las trincheras y nos echa encima las imágenes que normalmente se hurtan a nuestra vista. El estreno de la película alemana Sin novedad en el frente, inspirada en la novela antibelicista de Erich Maria Remarque Im Westen nichts Neues (Nada nuevo en el oeste), escrita en 1929, y versión moderna de un primer filme de 1930, ha venido a coincidir con el aniversario de la invasión de Ucrania ordenada por el presidente ruso, Vladímir Putin. Y es inevitable trazar un paralelismo entre la realidad del frente occidental de Alemania en 1914-1918, en territorio francés, y la del frente occidental de Rusia en 2022-2023, en territorio ucraniano. De un siglo a otro, el guion es el mismo: miles de soldados muriendo en el campo de batalla para tratar de ganar o de conservar un palmo de tierra. Nada nuevo. Sin novedad en el frente, en efecto.

El impactante filme del realizador Edward Berger –que ha arrasado en los premios Bafta británicos y tiene muchos números para triunfar en los Oscar– retrata con crudeza el sacrificio absurdo y gratuito de los soldados por mandos militares incompetentes y ególatras, que en algún caso llegan al punto –como el general Friedrichs– de enviar a sus hombres a un ataque suicida poco antes de la entrada en vigor del armisticio por un prurito de orgullo. El infame Friedrichs es un personaje de ficción. Pero no la realidad que explica. El general norteamericano John Pershing, por ejemplo, jefe de la fuerza expedicionaria del ejército de Estados Unidos, conocedor del inminente alto el fuego, se guardó la información y dejó que algunos de sus comandantes siguieran atacando. No fue el único. Los historiadores calculan que el último día de la Gran Guerra perdieron la vida 11.000 soldados. Muertes inútiles.  La mayoría, por decisiones criminales.

La cultura militar de aquella época daba escaso valor a la vida de los soldados. Para los militares prusianos, que ostentaban orgullosamente en su uniforme el símbolo de una calavera con dos tibias (Totenkopf), la muerte era toda una seña de identidad. Es célebre la foto del mariscal August von Mackensen, el general alemán más celebrado de la Primera Guerra Mundial (en la imagen), con el uniforme de húsar y una enorme calavera en su gorro de la caballería (colbac)

Von Mackensen no pudo dar una orden semejante a la del general Friedrichs, básicamente porque antes del final de la guerra había sido hecho prisionero en Hungría. Pero tampoco le tembló la mano a la hora de sacrificar a sus soldados en acciones aventuradas. De hecho, la batalla de Marasesti en 1917, frente a los ejércitos rumano y ruso, en la que Mackensen salió por primera vez derrotado, se saldó con una carnicería. Convertida en una lucha de trincheras, como en el frente occidental, los soldados eran enviados en oleadas contra el enemigo a hacerse masacrar. Los alemanes sufrieron 65.000 bajas, por 52.000 sus oponentes. Para nada.

También los franceses hacían lo mismo. Los mortíferos ataques frontales a pecho descubierto contra las trincheras enemigas eran moneda corriente. Otra película lo puso en evidencia para el gran público en 1957: Senderos de gloria, dirigida por Stanley Kubrick y producida y protagonizada por Kirk Douglas a partir de la novela homónima de Humphrey Cobb (1935). Rechazada airadamente por las autoridades, Francia hubo de esperar al año 1975 para poder verla (y España, donde el franquismo la prohibió, hasta 1986)

En Ucrania, el ejército ruso practica las mismas tácticas de hace un siglo: enviar oleadas y oleadas de soldados contra el enemigo para tratar de desbordarle y vencerle por acumulación, así sea a costa de un número de bajas espeluznante. Carne de cañón. En Bajmut, donde las tropas de choque rusas están integradas por los mercenarios del grupo privado Wagner, muchos de ellos presidiarios reclutados en las cárceles, las bajas son numerosísimas. El fundador de la milicia, Yevgueni Prigozhin, ha admitido que cada día pierde “cientos de combatientes” –de lo que culpa a la cúpula militar rusa– y difundió por Telegram una imagen brutal, con decenas de cadáveres amontonados. Según cálculos de los servicios de información occidentales, en un año los rusos habrían tenido alrededor de 200.000 bajas (de 40.000 a 60.000 muertos) y los ucranianos, unas 100.000.

La esencia de la guerra no ha cambiado. Y hoy, como ayer, valdrían las mismas palabras que Vasili Grossman escribió en 1959 en su formidable novela Vida y destino, con la batalla de Stalingrado (1942-1943), símbolo de la resistencia soviética frente a la Alemania nazi, como eje. Aludiendo al ejército ruso, decía:  “También había visto cómo se mandaba a los hombres bajo el fuego letal no por una cautela excesiva o el cumplimiento formal de una orden, sino por temeridad, por tozudez. El misterio de los misterios de la guerra, su carácter trágico, consistía en el derecho que  tenía un hombre de enviar a la muerte a otro hombre”.