martes, 17 de mayo de 2022

Alemania, ¿a dónde vas?


@Lluis_Uria

¿Tontos útiles, los alemanes? La expresión, cruda y despiadada, la utilizó a los pocos días de iniciada la guerra en Ucrania el jefe de la delegación europea de Politico, Matthew Karnitschnig, al enjuiciar a los dirigentes alemanes y su condescendencia para con la Rusia de Vladímir Putin. No es una voz aislada. Las críticas caen como dardos desde hace semanas sobre Berlín. Vienen de todas partes, incluida la propia Alemania. Y no salvan a nadie. En el punto de mira se encuentra toda una generación de políticos, sin distinción de siglas –de democristianos a socialdemócratas–, que han fomentado y apadrinado el acercamiento hacia Moscú y que han dejado al país como rehén del Kremlin. Empezando por la hasta hace poco indiscutida excanciller Angela Merkel. Y acabando por su sucesor en la cancillería, Olaf Scholz.

La guerra de Ucrania ha destrozado muchas cosas y arruinado muchas certezas. Y si hay un país en Europa que ha quedado completamente desarbolado, este es Alemania. Una pieza fundamental de su política exterior se ha venido estrepitosamente abajo. Su política energética también. Y, con ella, un modelo económico que ahora está en cuestión. Las palabras “error” y “equivocación” son hoy las más repetidas por políticos y empresarios, en un acto de contrición colectivo que no por necesario es en sí mismo suficiente.

“(Putin) cuenta con expresión seria las mentiras más burdas y, cuando se le acusa de agresión, imputa la responsabilidad a la víctima”, escribió la desaparecida Madeleine Albright, que conoció al presidente ruso cuando era secretaria de Estado con Bill Clinton, en su libro Fascismo, publicado en el 2018. Parecía una premonición. Estados Unidos llevaba tiempo advirtiendo a Alemania sobre el peligro de confiar en la palabra de Putin y depender energéticamente de Moscú, lo que consideraba un error geoestratégico mayúsculo. Washington llegó a presionar fuertemente a Berlín –Donald Trump el que más, con sanciones de por medio incluidas– para que paralizara el segundo gasoducto con Rusia a través del Báltico, el Nord Stream 2, cuya construcción fue decidida después –y a pesar de– la anexión rusa de Crimea y la invasión del Donbass en el 2014. Inasequible, Merkel no varió su rumbo. Y su ex ministro de Finanzas, el actual canciller Scholz, aún se resistía a suspenderlo cuando ya habían empezado los bombardeos sobre Ucrania el pasado 24 de febrero. Al final, se avino.

La invasión de Ucrania por las tropas rusas derrumbó en un instante una política de décadas: conocida como Wandel durch Handel (el cambio a través del comercio), partía de la convicción –interesada o no– de que la profundización de los lazos económicos y comerciales con Rusia favorecería la evolución democrática del país y reforzaría la seguridad común en Europa. Para nada ha sido así. Y ahora Alemania se ve forzada a dar un giro de 180 grados. Zeitenwende es la expresión de moda para subrayar este punto de inflexión... Por palabras no quedará.

La primera señal fuerte de este cambio fue la decisión de Scholz de enterrar la  política pacifista adoptada por la Alemania de posguerra. El canciller alemán anunció el incremento del presupuesto de defensa hasta el 2% del PIB, con una inversión extraordinaria de 100.000 millones de euros, y el levantamiento del veto a  entregar armas a Ucrania (a la que en vez de cascos se acabarán enviando carros y obuses). Espectacular. Salvo que, en la práctica, el aumento del gasto militar era inevitable con guerra o sin guerra, habida cuenta del estado deplorable en que se encuentra el ejército –como alertó un informe del 2019– a causa de la cicatera obsesión alemana por el superávit.

Pero este giro era lo fácil. Lo difícil es desprenderse de la dependencia energética de Rusia, de la que Alemania obtiene hasta ahora el grueso de sus importaciones de carbón, petróleo y, sobre todo, gas (su gran apuesta cuando decidió abandonar la energía nuclear). El Gobierno alemán es consciente de la gravedad de la situación y ha empezado a tomar medidas. Así, ha reducido las importaciones de gas ruso –que de representar el 55% ha pasado al 35%– y ha aprobado un plan de urgencia para conseguir que en el 2030 el 80% de la electricidad provenga de energías renovables. Pero rechaza de plano cortar de golpe la espita del gas.

En la crisis ucraniana, Alemania ha ido arrastrando los pies. Primero, con sus dudas y cautelas iniciales sobre el alcance de las sanciones a Rusia y de la ayuda militar a Ucrania –finalmente despejadas–. Ahora, con la resistencia a aprobar un embargo total sobre las importaciones del gas ruso, la medida que  más daño puede hacer a Moscú. Alemania alega que ello tendría un grave impacto sobre la producción y la economía del país. Y, por extensión, de toda Europa.

No le falta razón. Pero también tienen la suya quienes –como el premio Nobel de Economía Paul Krugman– reprochan a Berlín la autoindulgencia que muestra a la hora de asumir sacrificios por la “innegable irresponsabilidad” de su política energética en comparación con la dureza con que los impuso a los países endeudados de Europa en la crisis del 2008: “Parece que el famoso afán alemán de tratar la política económica como un dilema moral sólo se aplica a otros países”, ha escrito.

La guerra de Ucrania ha puesto en evidencia la fragilidad de Alemania y amenaza con socavar su liderazgo en Europa.  Pero, como en los mejores tiempos de Merkel –siempre dispuesta a postergar las decisiones inevitables ante cada crisis–, en lugar de coger el volante con decisión, avanza recelosa con el pie en el freno.


lunes, 2 de mayo de 2022

Empieza el tercer asalto


@Lluis_Uria

Lo peor no es ineluctable. El riesgo de que Francia se fuera a dormir anoche con los colores de la extrema derecha finalmente no se ha producido. El presidente francés y candidato a la reelección, Emmanuel Macron, se impuso a la líder del Reagrupamiento Nacional (RN), Marine Le Pen, en la segunda vuelta por un resultado claro e indiscutible: 58,2% a 41,8%, según los datos provisionales de los sondeos dados a conocer al cierre de los colegios electorales. Es una diferencia clara, que no admite ninguna duda razonable sobre el resultado definitivo del escrutinio.

Macron ha ganado, y Francia –al menos una parte de ella– respira aliviada. También el resto de Europa. El programa político de Marine Le Pen es una amenaza directa a los fundamentos de la Unión Europea tal cual está concebida y su victoria hubiera gripado el motor francoalemán que la mueve.

Macron ha ganado. Pero el resultado arroja señales alarmantes. Nunca la extrema derecha había obtenido un respaldo electoral tan elevado en Francia. Nunca esta diferencia en una elección presidencial se había visto tan recortada (hasta ahora el margen más estrecho, también entre Macron y Le Pen, se produjo en el 2017, con una diferencia de 66,1% a 33,9%). El radicalismo avanza en Francia, y no está claro que haya alcanzado su techo electoral.

Durante la campaña electoral, Marine Le Pen había amagado con retirarse si volvía a fracasar en su intento de alcanzar el Elíseo. Pero su derrota no ha sido tan aplastante como para verla como un descalabro. De hecho, la líder de RN no ha dudado en calificar su notable resultado electoral de “brillante victoria” y ha avanzado que va a seguir dando la batalla al frente de su partido, para enardecimiento de sus seguidores.

Macron ha ganado. Pero el panorama que se le abre ahora no puede ser más difícil. Francia está fuertemente dividida y radicalizada, los problemas se le agolpan en el horizonte y su propia posición ha salido debilitada. Macron no ha suscitado una gran adhesión y la movilización del voto útil para frenar a la extrema derecha ha sido suficiente para confirmar su reelección, pero no abrumador (la abstención ha sobrepasado el 28%). El líder de la izquierda radical, Jean-Luc Mélenchon, lo ha dicho crudamente: “Es el presidente peor elegido de la V República”. Con menos apoyo.

Macron ha ganado. Pero no lo tiene todo ganado. Ahora ha de gobernar, y para hacerlo necesita conseguir una mayoría consistente en la Asamblea Nacional en las elecciones legislativas del 12 y 19 de junio. El sistema electoral de la V República, mayoritario y a dos vueltas, otorga una enorme ventaja al partido ganador y castiga fuertemente a las minorías. Pero en esta ocasión, la fragmentación del panorama político y la casi desaparición –que ahora deberá verificarse– de los dos grandes partidos históricos, Los Republicanos y el Partido Socialista, puede alumbrar un panorama electoral inédito.

En las elecciones al parlamento del 2017, el partido de Macron, La República en Marcha, acabó en primer lugar en la primera vuelta con el 28,2% de los votos, lo que tras la segunda le permitió hacerse con 308 de los 577 escaños en juego (en cada circunscripción se elige un único diputado). El entonces Frente Nacional de Le Pen, con el 13,2% se quedó con solamente 8. La Francia Insumisa de Mélenchon, con el 11%, obtuvo 17 escaños. El desequilibrio es evidente. Pero no tiene por qué ser idéntico ahora.

Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon –que en la primera vuelta de las presidenciales lograron cada uno más del 20% de los votos– lanzaron anoche mismo la campaña de las elecciones legislativas, que presentan como la “tercera vuelta” de las presidenciales. Y todo indica que lo van a ser más que nunca.

“La partida no ha terminado”, ha dicho la líder del RN, que cuenta con arrastrar los votos radicales del xenófobo Éric Zemmour (a quien le ha faltado tiempo para llamar a la unidad). El líder de la izquierda radical buscará, por su parte, hacerse con el maltrecho electorado socialista. La apuesta de ambos es ambiciosa: conseguir una victoria electoral que les permita hacerse con el Gobierno y ser designado primer ministro, imponiendo una nueva cohabitación en la cúpula del Estado. Es extremadamente difícil. Más factible es dejar a Macron con una mayoría insuficiente… El tercer asalto acaba de empezar.

Tic tac, tic tac, tic tac...

@Lluis_Uria

El 21 de abril del 2002 –el jueves pasado hizo veinte años–, Francia se asomó al vacío y sintió un vértigo fenomenal. Ese día, el histórico dirigente del ultraderechista Frente Nacional (FN), Jean-Marie Le Pen, pasó a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales desbancando a todo un primer ministro, el socialista Lionel Jospin. No había pasado jamás. Nadie lo esperaba. Pero la reacción de los franceses fue fulminante: en la segunda vuelta, su oponente, el conservador Jacques Chirac, fue elegido presidente con el 82% de los votos y una participación masiva e incontestable del 80%.

Dos décadas después, todo es mucho más ambiguo. La extrema derecha ya no da miedo. Incluso hay alguna izquierda que tiene sueños inconfesables al respecto. Marine le Pen, hija del patriarca, al frente de un remozado Reagrupamiento Nacional (RN), ya pasó a la segunda vuelta en el 2017 y lo volvió a hacer hace quince días  sin que ello suscitara una gran emoción, tan por descontado se daba. La reacción que llevó a Chirac al Elíseo en el 2002 no se produjo con la misma fuerza en la elección del presidente Emmanuel Macron hace cinco años (cuando se impuso a Le Pen por 66% a 34%). Y todo indica que hoy aquel empuje está desgastado.  Si Macron es reelegido, será por un margen más estrecho. Si gana... Porque esta tarde, a partir de las 20h, Francia puede asomarse de nuevo al abismo. Pero esta vez sin red.

La noche de la primera vuelta, el 10 de abril, confirmado el pase a la segunda ronda de Macron y Le Pen, y la eliminación por poca diferencia del candidato de la izquierda radical, Jean-Luc Mélenchon (Unidad Popular), uno de los votantes de este último colgó en las redes un vídeo que en las siguientes horas iba a dar la vuelta a toda Francia: cogió su tarjeta de votante y le prendió fuego. Era el director de cine Xavier Beauvois –premiado realizador de la película De dioses y hombres–, que daba a entender así su abstención en la votación de hoy. “Hago como Poncio Pilatos, esto ya no me interesa”, confirmaría poco después.

Beauvois no está solo, ni mucho menos. El propio Mélenchon –quien dice aspirar a primer ministro con una victoria en las legislativas de junio–, llamó en la misma noche electoral a no depositar ningún voto en favor de la ultraderecha. Pero tampoco pidió el voto para Macron. La abstención era casi una invitación... que ha seguido alimentando al asegurar que si su partido gana las elecciones legislativas y forma gobierno, quien haya en el Elíseo será “secundario”.

De hecho, en la consulta informal realizada entre los electores de la izquierda radical el pasado fin de semana –en la que participaron 215.000 personas– una gran mayoría se inclinó por el voto en blanco o la abstención y sólo un tercio por votar a Macron como mal menor. Un estudio demoscópico de Ipsos-Sopra Steria para France 24 TV sobre el posible trasvase de votos entre la primera y segunda vuelta, apuntaba algo parecido, pero añadiendo que hasta un 30% de los votantes de Jean-Luc Mélenchon estarían tentados por votar a Marine Le Pen.

Louis Alliot, alcalde de Perpiñán y portavoz electoral de la líder del RN, lo expresó días atrás de forma límpida: “Hay que contar con la desmovilización del electorado de izquierda, que ha sido amamantado en el odio a Macron durante cinco años”. Ningún presidente antes en la V República, en efecto, había concitado tanto enojo.  Que unos cientos de estudiantes universitarios ocuparan la semana pasada la Sorbona –en un breve y penoso simulacro de la revuelta de Mayo del 68– al grito de “¡Ni Macron ni Le Pen!” muestra el alcance de esta animadversión.

En los últimos años ha arraigado un  profundo malestar –que llega hasta el  resentimiento– en una parte de Francia que se siente olvidada y maltratada. Se trata de una fractura social, pero también en gran medida territorial, como puso de manifiesto el violento movimiento de los chalecos amarillos. Hay zonas del país donde la desertificación industrial, el aumento del paro, el descenso del nivel de vida y la pérdida de servicios públicos ha provocado una cólera sorda (corregida y aumentada por las restricciones por la pandemia de covid) que los aires arrogantes y altivos de Macron no han hecho más que agravar.  Y es esta Francia, la llamada Francia del no –que según cálculos del politólogo Dominique Reynié reúne al 55% de los votantes–, la que puede traducir hoy su ira en un voto de protesta que desencadene un terremoto político. En Francia y en Europa entera.

Le Pen y Mélenchon no son lo mismo, en absoluto. Tienen diferencias abismales en asuntos como la inmigración, el islam o la seguridad. Pero guardan también algunas similitudes llamativas. Su discurso euroescéptico y antiglobalización, por ejemplo. En clave soberanista, ambos ponen en cuestión la Unión Europea –que proponen reformar y jibarizar– y abogan por una salida de Francia del mando integrado de la OTAN (Mélenchon va en esto más allá y defiende el abandono puro y simple a largo plazo de la Alianza Atlántica). En clave populista, ambos plantean también el instrumento del referéndum “de iniciativa ciudadana” como medio para que el pueblo decida directamente, eludiendo al poder legislativo. Ambos quieren, en fin, acabar cada uno a su modo con el sistema político  y el establishment actuales.

Los sondeos dan favorito a Macron frente a Le Pen. Pero las encuestas son un arma de doble filo: tanto pueden motivar como desmovilizar. Y no puede excluirse una sorpresa. El descontento, como se vio en el Brexit o el triunfo de Donald Trump en EE.UU., es una fuerza tan poderosa como impredecible. Mientras se decanta, el reloj avanza inexorablemente hacia las 8 de la tarde. Tic tac, tic tac, tic tac...


domingo, 17 de abril de 2022

Suicidio socialista (y asfixia de la derecha)



@Lluis_Uria

Hay decisiones que equivalen a dispararse un tiro en el pie. La dirección del Partido Socialista francés lo hizo el 18 de junio del 2016. Ese día, el consejo nacional del partido decidió por unanimidad que su candidato al Elíseo en las elecciones del 2017 sería elegido en unas primarias abiertas a todo el electorado de izquierdas y no exclusivamente por sus militantes. No se sabía aún, pero el partido se acababa de suicidar.

François Hollande era en aquel momento presidente de la República, tras haber batido en el 2012 al gran peso pesado de la derecha, Nicolas Sarkozy. El dirigente socialista era, en consecuencia, el candidato natural a la reelección. Sin embargo, las malas perspectivas electorales y la traición de los suyos le llevaron, en diciembre del 2016, a renunciar. Dos figuras iban a disputarse su legado.

El primero en lanzarse a la arena fue su ministro de Economía, Emmanuel Macron, que en agosto había abandonado el Gobierno con el fin de presentarse candidato –contra su propio mentor– al frente de un nuevo movimiento político. Su principal rival interno, el primer ministro Manuel Valls, se disponía a hacerlo como candidato del PS. Ambos jugaban en el mismo campo, en el área del centro y el centroizquierda.

Pero Manuel Valls fue derrotado en las primarias del PS, cuyo resultado se escoró a la izquierda. En la segunda vuelta, el entonces primer ministro cayó (por 41% a 58%) frente al candidato del ala más radical del partido, Benoît Hammon, un hombre gris y falto de carisma, cuyo perfil auguraba una debacle electoral. Antes de producirse –agravándola–, numerosos cargos socialistas abandonaron el barco en estampida para buscar abrigo junto a Macron. Entre ellos, un amigo íntimo de Hollande, Jean-Yves Le Drian, hoy ministro de Exteriores.

El resultado es conocido. Allí donde Hollande había recolectado el 28% de los votos, Hammon se quedó con el 6%, dejando al PS en estado de muerte cerebral. El hundimiento definitivo de este domingo –en el que Anne Hidalgo obtuvo el 1,7%– es la constatación de que los médicos le han desconectado el respirador artificial.

Si Valls hubiera sido el candidato del PS en el 2017 difícilmente habría ganado. Pero probablemente tampoco Macron. Ambos se habrían neutralizado mutuamente, y quizá quien estaría ahora presentándose a la reelección sería el ex lugarteniente de Sarkozy, François Fillon (que hace cinco años obtuvo el 20% de los votos y quedó tercero tras Macron y Le Pen). Pero la historia fue de otra manera.

Macron no sólo succionó a gran parte del establishment socialista, sino que entró a saco también en los cuarteles de la derecha republicana y se llevó importantes trofeos del ala moderada, como el hoy ministro de Economía, Bruno Le Maire. De hecho, sus primeros ministros (de Édouard Philippe a  Jean Castex) han venido de ahí.

No se trata sólo de nombres. Macron ha ocupado ampliamente el terreno del centro y centroderecha, lo que combinado con el ascenso de la reconstituida –y maquillada– ultraderecha de Marine Le Pen ha condenado al histórico partido de Chirac y Sarkozy a la muerte por asfixia. Con un 4,8% de los votos, la derecha  se ha quedado definitivamente sin aire.


La anomalía


@Lluis_Uria 

Emmanuel Macron nunca debería haber sido elegido presidente de Francia en el 2017. Sobre el papel, el sistema político francés de la V República, fundado por el general De Gaulle en 1958, no lo permitía. Toda la arquitectura electoral estaba –y está- pensada para reforzar a los grandes partidos y garantizarles mayorías de gobierno sólidas. En teoría, no había espacio alguno para aventuras personales y partidos bisagra. Y, sin embargo, Macron rompió el molde y llegó al Elíseo. El equilibrio de fuerzas políticas de los últimos 25 años saltó por los aires. Fue una anomalía. Cinco años después, ya no lo es. Las votaciones de este domingo en la primera vuelta de la elección presidencial francesa han consolidado el mapa político surgido en el 2017.

Lo más sustantivo de esta nueva geografía es la confirmación de la aniquilación de los dos grandes partidos tradicionales, de los que habían surgido la práctica totalidad de los presidentes de la V República. Particularmente grave es el caso del Partido Socialista (PS), literal y definitivamente borrado del mapa. Ni la figura de la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, ha conseguido salvarlo. La derecha tradicional, ahora bajo el nombre de Los Republicanos (LR), lo tendrá difícil también para eludir el camino de la extinción.

Los nuevos dos polos políticos asentados en la Francia del 2022 son ahora el partido de Emmanuel Macron, La República en Marcha (LREM), una fuerza liberal de centroderecha con un fuerte componente socialdemócrata en su interior, y la extrema derecha formalmente suavizada y digerible de Marine Le Pen y su Reagrupamiento Nacional (RN). Entre ambos polos se jugará la segunda vuelta el próximo 24 de abril.

Los sondeos al cierre de los colegios electorales confirman la ventaja de Macron, que con un 28% de apoyo mejora los resultados del 2017 (24%), sobre una Marine Le Pen que con el 23% también avanza respecto al apoyo recibido hace cinco años (21%) y pasa una vez más a la segunda vuelta. La sorpresa más acusada de la noche ha sido el salto del líder de la izquierda radical, Jean-Luc Mélénchon, que con un 20% de los votos ha quedado muy cerca de la segunda clasificada y se convierte en el único referente de la izquierda en Francia. Muy alejado del centro.

El extremista Éric Zemmour, abiertamente racista y xenófobo, se ha quedado finalmente bastante corto respecto a sus expectativas iniciales (7%). Su aparición en el escenario político al final no sólo no ha erosionado a Marine Le Pen sino que ha contribuido a otorgar a la candidata del RN una pátina de aparente respetabilidad. Las candidatas de la derecha republicana, Valérie Pécresse (4%), y socialista, Anne Hidalgo (2%), se han quedado completamente fuera de órbita y la continuidad de sus partidos es un misterio. Si François Mitterrand y Jacques Chirac levantaran la cabeza, no creerían lo que ven.

Dentro de dos semanas, Macron y Le Pen volverán a verse las caras. Hace cinco años, el hoy presidente se impuso con contundencia (aunque sin la distancia estratosférica con que su padre, Jean-Marie le Pen, fue batido en el 2002) por 66% a 33%. Los últimos sondeos para la segunda vuelta muestran que la distancia entre ambos es hoy más corta que nunca: apenas dos puntos de diferencia. La posibilidad de que una candidata de ultraderecha pueda alcanzar el Elíseo puede parecer una pesadilla pero ha dejado de ser una entelequia. De producirse, sería una nueva –y peligrosísima- anomalía.


‘Továrisch’ Donald... y los otros

A Vladímir Putin no le faltan camaradas en Occidente. La difícil situación actual del presidente ruso en el mundo podría  cambiar si, tras Orbán en Hungría, Le Pen llegara al poder en Francia y sobre todo si Trump volviera a la Casa Blanca.


@Lluis_Uria

"Ha llegado el momento de que nosotros, nuestro pueblo, hagamos un llamamiento al pueblo de Estados Unidos para que cambie el régimen de su país  pronto y ayude otra vez a nuestro socio, (Donald) Trump, a ser presidente”. Podría parecer el comentario de un parroquiano acodado en la barra de un bar de la calle Nikólskaya de Moscú frente a un vaso de vodka. Pero no lo es. Lo hizo el 29 de marzo en el Canal 1 de la televisión estatal rusa el presentador del programa 60 Minutos, Evgeny Popov, quien –obsérvese– no aludía a las elecciones presidenciales del 2024, sino a un calendario más apremiante y a medios más expeditivos: ¿a la manera de los asaltantes del Capitolio el 6 de enero del 2021?

Los sondeos dan hoy a Trump una ventaja sobre Biden de 47% a 41%, pero las elecciones quedan aún muy lejos. Sobre todo para los intereses del Kremlin.

La opinión de Popov, en cualquier caso, no es gratuita. Expresa fielmente cuál sería el escenario ideal para el presidente ruso, Vladímir Putin, a quien Donald Trump sigue profesando una rendida admiración (“Me llevaba muy bien con él”, “me gustaba, y yo a él”, “tiene mucho encanto y mucho orgullo”, “ama a su país”). Y, con Trump, la extrema derecha norteamericana y europea, que ven en el líder ruso al modelo de hombre fuerte, autoritario, nacionalista, conservador y defensor de la religión con que sueñan para sus propios países.

El interés de Putin en Trump es públicamente conocido. Y las interferencias rusas en la campaña electoral del 2016 para erosionar la candidatura de Hillary Clinton en beneficio del republicano están más que probadas. La investigación del fiscal especial Robert E. Mueller al respecto no consiguió evidencias suficientes para encausar –ni exonerar– a Trump, pero demostró la peligrosa connivencia del equipo de campaña del expresidente con Moscú.

La guerra de Ucrania no ha cambiado esencialmente las cosas. Dos días antes de la invasión del país por el ejército ruso, Donald Trump calificaba públicamente de “genio” a Putin por su maniobra de reconocer la independencia de las prorrusas repúblicas  de Donetsk y Luhansk (en la región oriental del Donbass),  que juzgó “maravillosa”.  Putin lo utilizó dos días más tarde como pretexto para justificar la invasión.

Después, Trump ha frenado las expresiones públicas de entusiasmo hacia su amigo Putin –no sin dejar de subrayar que con él en la Casa Blanca “esto no hubiera pasado”–. Pero se ha dedicado a agitar sospechosamente las mismas aguas turbias que el Kremlin. En otro programa de televisión el mismo día 29, en el canal conservador Just the News, Trump instó a Putin a revelar todo lo que sepa sobre los negocios del hijo de Joe Biden, Hunter, en Rusia y Ucrania: “Yo creo que conoce la respuesta y debería hacerlo público”.

No es la primera vez que Trump se interesa en Hunter Biden, que entre el 2014 y el 2019 formó parte del consejo de administración del grupo energético ucraniano Burisma. En el 2020, siendo presidente, Trump extorsionó a su homólogo ucraniano, Volodímir Zelenski, amenazándole con congelar toda ayuda militar si no reactivaba una investigación sobre los negocios del hijo de su rival. Esta acción le valió en el 2021 un proceso de impeachent (destitución) del que en última instancia le salvó el voto republicano en el Senado.

Volver a remover hoy el nombre de Hunter Biden podría parecer extemporáneo si no fuera porque el Kremlin también lo ha puesto sobre la mesa, acusándole de financiar –a través del fondo de inversiones Rosemont Seneca– a laboratorios supuestamente dedicados a fabricar en Ucrania armas biológicas con el patrocinio del Pentágono. Así lo dijo en una conferencia de prensa en Moscú, el 24 de marzo, el teniente general Igor Kirílov, comandante de las Fuerzas de Protección Radiológica, Química y Biológica del Ejército ruso. Días después, el portavoz del Ministerio de Defensa ruso, el mayor general Igor Konashenkov, volvió a involucrar a Hunter Biden en el tema, a la par que acusaba al gobierno ucraniano de preparar un ataque biológico con drones a la zona prorrusa del Donbass.

Estas acusaciones han tenido cierto eco en medios de la extrema derecha norteamericana, donde a pesar de la guerra Putin mantiene una elevada cotización, incluidos aquí los sectores más ultras del propio Partido Republicano. No se trata sólo de los Steve Bannon de turno, o los seguidores de la red conspiracionista Qanon. Comprensivos con el líder ruso se han mostrado también gente de la antigua administración Trump –como Mike Pompeo o Peter Navarro– y congresistas trumpistas como Marjorie Taylor Greene o Matt Rosendale, entre otros.

Los aliados ideológicos de Putin en Occidente no serán muchos, pero están en todas partes. Una de las pocas buenas noticias para el presidente ruso en las últimas semanas, muy escaso de ellas –vista la desastrosa evolución de la campaña militar en Ucrania y la dureza de las sanciones aplicadas a Rusia–, ha sido la reciente reelección con una mayoría absoluta aplastante del primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, su principal peón en el interior de la Unión Europea.

Orbán ha tratado de guardar las formas sin desmarcarse de las sanciones aprobadas por la UE, pero se ha mostrado comprensivo con Putin –al que siempre ha tratado como aliado, y con cuyas ideas iliberales y autoritarismo comulga–, mientras atacaba de forma vergonzante a Zelenski. El líder húngaro  ha vetado la entrega de armas a los ucranianos a través de su país y bloquea asimismo el embargo europeo del gas ruso (que ha aceptado pagar en rublos como exige Moscú). Muestra de su cercanía, Putin felicitó personalmente a Orbán y declaró que, “pese a la compleja situación internacional, el desarrollo de las relaciones bilaterales responde en su totalidad a los intereses de Rusia y Hungría”.

Putin, sin duda, seguirá asimismo atentamente los resultados de la primera vuelta de la elección presidencial de hoy en Francia, donde Marine le Pen (Reagrupamiento Nacional) pisa los talones del presidente Emmanuel Macron, al que podría incluso llegar a superar en número de votos. La líder de la extrema derecha francesa ha marcado distancias con Moscú desde la invasión de Ucrania, que ha condenado, pero tampoco ha sido de las más críticas con Putin y, como Orbán, se opone al embargo energético hacia Rusia.

Le Pen ha intentado pasar por alto –no sin dificultad– sus relaciones con el presidente ruso, que le recibió calurosamente en el Kremlin durante la campaña electoral del 2017, y el préstamo de 9 millones de euros que su partido recibió ese mismo año de un banco ruso (y que el diario crítico Nóvaya Gazeta vinculó a su apoyo a la anexión rusa de Crimea en el 2014). En el programa presidencial de la líder del RN para estas elecciones, elaborado antes de que estallara la guerra, proponía negociar una “alianza” con Moscú en materia  de seguridad en Europa y lucha contra el terrorismo, así como buscar una “convergencia” de intereses en otras zonas del mundo: del Mediterráneo Oriental a África, de Oriente Medio a Asia. Paralelamente, defendía la inmediata retirada de Francia del mando integrado de la OTAN, en aras de su soberanía...

Si por azar, en la segunda vuelta de la elección francesa del 24 de abril, Marine Le Pen alcanzara el Elíseo –improbable, pero no imposible–, el panorama cambiaría radicalmente para Putin. No digamos ya si además Trump acaba volviendo algún día a la Casa Blanca.


domingo, 3 de abril de 2022

Negras mueven y pierden

Rusia podrá vencer a Ucrania en el campo de batalla –por más que no le esté resultando sencillo–, pero ha perdido ya en todos los demás frentes: el internacional, el económico y hasta el sentimental. El alma ucraniana ya no será rusa.


@Lluis_Uria

La partida aún no ha terminado. Todavía durará, dejando tras de sí un terrible rastro de sufrimiento y de muerte. Pero Putin ya la ha perdido. Y con él, Rusia. De entrada, ha perdido lo que quería amarrar a toda costa: Ucrania. Moscú podrá acabar aplastando la resistencia ucraniana –su ejército no se ha mostrado muy eficaz hasta el momento, pero es muy superior–, podrá imponer una neutralidad forzosa a Kyiv y convertir el país en un ente territorialmente amputado y políticamente tutelado. Pero ha perdido irremisiblemente su alma.

Si Ucrania era un país emocionalmente dividido entre su pulsión proeuropea y sus históricos vínculos con Rusia, gracias a la criminal agresión decidida por el Kremlin se ha convertido en una nación unida contra el invasor. Rusia ha logrado en unas pocas semanas alimentar el nacionalismo ucraniano y enajenarse incluso la simpatía o la solidaridad de la población rusófona del este de Ucrania, castigada también sin piedad por la artillería rusa. “La guerra está dividiendo a ucranianos y rusos para siempre”, constataba en Le Monde el politólogo ucraniano Volodímir Kulyk. El rencor de los ucranianos, inicialmente centrado en Putin, está pasando a dirigirse indistintamente hacia todos los rusos, vistos como cómplices necesarios por su pasiva credulidad.

Lo que aparentemente se había concebido como una operación relámpago, similar a la del 2014 en Crimea y el Donbass, ha devenido una guerra ardua y cruel. Un mes después de lanzada la ofensiva, el pasado 24 de febrero, el ejército ruso sólo ha sido capaz de tomar una ciudad importante –Jersón, en el sur– mientras se le resisten ferozmente Járkiv y Mariúpol, dos urbes rusófonas de las que probablemente esperaba mayor comprensión. Y la capital, Kyiv, que parece fuera de su alcance.

La situación de estancamiento es tan patente y el número de bajas tan elevado –el diario ruso Komsomolskaya pravda publicó la cifra de casi 10.000 soldados rusos muertos y más de 16.000 heridos, antes de retractarse– que el estado mayor ruso decidió el viernes limitar su ofensiva al control del territorio administrativo del Donbass (región limítrofe que las milicias prorrusas sólo dominaban en parte). Su táctica, como se ha visto, consiste en someter a asedio a las ciudades y machacarlas con el fuego de la artillería y los bombardeos aéreos. Como en Grozni (Chechenia) en 1999 y Alepo (Siria) en el 2016.

Los hechos inducen a pensar que el presidente ruso, Vladímir Putin, no calibró bien la situación antes de lanzarse a desencadenar una nueva guerra en Europa. Subestimó la conciencia nacional y el compromiso de los ucranianos con su país, así como su capacidad de resistencia y la eficacia de su ejército. Y subestimó también gravemente la solidez del bloque occidental y el alcance y dureza de las sanciones económicas que le iban a imponer. Probablemente no disponía de una visión aquilatada de la realidad ni nadie alrededor que le sacara de sus ensoñaciones zaristas. Es lo que acaba pasando cuando cualquier voz crítica acaba en Siberia o envenenada con un té al novichok...

Es cierto que Occidente no pasaba  por su mejor momento. Estados Unidos, que se había retirado tarde y mal de Afganistán, ofrecía la imagen de una superpotencia en declive, con un liderazgo –el de Joe Biden– cuestionado y minada por importantes fracturas internas. La OTAN, en palabras del presidente francés, Emmanuel Macron, estaba en estado de “muerte cerebral”. Y las divisiones socavaban la capacidad de respuesta de la Unión Europea, con una Alemania pillada por su dependencia energética del gas ruso. Seguramente Putin pensó que no encontraría mejor momento para actuar. Mal cálculo.

Con la guerra, el presidente ruso ha logrado en cuatro semanas todo lo contrario de lo que había buscado encarnizadamente en los últimos años: ha revitalizado el liderazgo global de EE.UU., resucitado a la OTAN y reforzado la cohesión de los aliados occidentales. El compromiso norteamericano con Europa –muy debilitado con Donald Trump– ha salido vigorizado, como subraya el viaje de Biden a Bruselas y el aumento a 100.000 del número de soldados norteamericanos en el continente.

La aventura bélica de Rusia ha dado asimismo un nuevo y potente impulso a la UE. La reacción occidental, con la aprobación de unas sanciones económicas inéditas por su severidad –que abocan a Rusia a una grave crisis económica–, ha demostrado que Europa, en contra de los cálculos del Kremlin, era capaz de responder unida, con rapidez y sin medias tintas.

Y lo más extraordinario: Alemania, de la mano del canciller Olaf Scholz, ha dado un giro histórico, poniendo fin a décadas de una política de inhibición internacional y militar –herencia del trauma de la Segunda Guerra Mundial– y enfriando la cooperación histórica con Rusia (un legado de la Ostpolitik de Willy Brandt). Sin Berlín, Moscú pierde pie en Europa.

Le queda China, claro. Es su único salvavidas. Pero en esta nueva alianza de circunstancias contra la hegemonía de EE.UU. en el mundo, por muy enmascarada que esté bajo expresiones tan altisonantes como “amistad sin límites”, quien tiene la sartén por el mango –pues dispone de la verdadera potencia económica y demográfica– es Pekín. De modo que el intento del presidente ruso de recuperar para Rusia el estatus de gran potencia perdido con la desaparición de la URSS en 1991 bien podría acabar convirtiéndole en socio subalterno del gigante asiático.

Putin ha dado en Ucrania una patada al tablero porque le disgustaba desde hace tiempo el desarrollo del juego. No está claro, sin embargo, que la futura disposición de las fichas vaya a gustarle mucho más.