domingo, 17 de abril de 2022

Suicidio socialista (y asfixia de la derecha)



@Lluis_Uria

Hay decisiones que equivalen a dispararse un tiro en el pie. La dirección del Partido Socialista francés lo hizo el 18 de junio del 2016. Ese día, el consejo nacional del partido decidió por unanimidad que su candidato al Elíseo en las elecciones del 2017 sería elegido en unas primarias abiertas a todo el electorado de izquierdas y no exclusivamente por sus militantes. No se sabía aún, pero el partido se acababa de suicidar.

François Hollande era en aquel momento presidente de la República, tras haber batido en el 2012 al gran peso pesado de la derecha, Nicolas Sarkozy. El dirigente socialista era, en consecuencia, el candidato natural a la reelección. Sin embargo, las malas perspectivas electorales y la traición de los suyos le llevaron, en diciembre del 2016, a renunciar. Dos figuras iban a disputarse su legado.

El primero en lanzarse a la arena fue su ministro de Economía, Emmanuel Macron, que en agosto había abandonado el Gobierno con el fin de presentarse candidato –contra su propio mentor– al frente de un nuevo movimiento político. Su principal rival interno, el primer ministro Manuel Valls, se disponía a hacerlo como candidato del PS. Ambos jugaban en el mismo campo, en el área del centro y el centroizquierda.

Pero Manuel Valls fue derrotado en las primarias del PS, cuyo resultado se escoró a la izquierda. En la segunda vuelta, el entonces primer ministro cayó (por 41% a 58%) frente al candidato del ala más radical del partido, Benoît Hammon, un hombre gris y falto de carisma, cuyo perfil auguraba una debacle electoral. Antes de producirse –agravándola–, numerosos cargos socialistas abandonaron el barco en estampida para buscar abrigo junto a Macron. Entre ellos, un amigo íntimo de Hollande, Jean-Yves Le Drian, hoy ministro de Exteriores.

El resultado es conocido. Allí donde Hollande había recolectado el 28% de los votos, Hammon se quedó con el 6%, dejando al PS en estado de muerte cerebral. El hundimiento definitivo de este domingo –en el que Anne Hidalgo obtuvo el 1,7%– es la constatación de que los médicos le han desconectado el respirador artificial.

Si Valls hubiera sido el candidato del PS en el 2017 difícilmente habría ganado. Pero probablemente tampoco Macron. Ambos se habrían neutralizado mutuamente, y quizá quien estaría ahora presentándose a la reelección sería el ex lugarteniente de Sarkozy, François Fillon (que hace cinco años obtuvo el 20% de los votos y quedó tercero tras Macron y Le Pen). Pero la historia fue de otra manera.

Macron no sólo succionó a gran parte del establishment socialista, sino que entró a saco también en los cuarteles de la derecha republicana y se llevó importantes trofeos del ala moderada, como el hoy ministro de Economía, Bruno Le Maire. De hecho, sus primeros ministros (de Édouard Philippe a  Jean Castex) han venido de ahí.

No se trata sólo de nombres. Macron ha ocupado ampliamente el terreno del centro y centroderecha, lo que combinado con el ascenso de la reconstituida –y maquillada– ultraderecha de Marine Le Pen ha condenado al histórico partido de Chirac y Sarkozy a la muerte por asfixia. Con un 4,8% de los votos, la derecha  se ha quedado definitivamente sin aire.


La anomalía


@Lluis_Uria 

Emmanuel Macron nunca debería haber sido elegido presidente de Francia en el 2017. Sobre el papel, el sistema político francés de la V República, fundado por el general De Gaulle en 1958, no lo permitía. Toda la arquitectura electoral estaba –y está- pensada para reforzar a los grandes partidos y garantizarles mayorías de gobierno sólidas. En teoría, no había espacio alguno para aventuras personales y partidos bisagra. Y, sin embargo, Macron rompió el molde y llegó al Elíseo. El equilibrio de fuerzas políticas de los últimos 25 años saltó por los aires. Fue una anomalía. Cinco años después, ya no lo es. Las votaciones de este domingo en la primera vuelta de la elección presidencial francesa han consolidado el mapa político surgido en el 2017.

Lo más sustantivo de esta nueva geografía es la confirmación de la aniquilación de los dos grandes partidos tradicionales, de los que habían surgido la práctica totalidad de los presidentes de la V República. Particularmente grave es el caso del Partido Socialista (PS), literal y definitivamente borrado del mapa. Ni la figura de la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, ha conseguido salvarlo. La derecha tradicional, ahora bajo el nombre de Los Republicanos (LR), lo tendrá difícil también para eludir el camino de la extinción.

Los nuevos dos polos políticos asentados en la Francia del 2022 son ahora el partido de Emmanuel Macron, La República en Marcha (LREM), una fuerza liberal de centroderecha con un fuerte componente socialdemócrata en su interior, y la extrema derecha formalmente suavizada y digerible de Marine Le Pen y su Reagrupamiento Nacional (RN). Entre ambos polos se jugará la segunda vuelta el próximo 24 de abril.

Los sondeos al cierre de los colegios electorales confirman la ventaja de Macron, que con un 28% de apoyo mejora los resultados del 2017 (24%), sobre una Marine Le Pen que con el 23% también avanza respecto al apoyo recibido hace cinco años (21%) y pasa una vez más a la segunda vuelta. La sorpresa más acusada de la noche ha sido el salto del líder de la izquierda radical, Jean-Luc Mélénchon, que con un 20% de los votos ha quedado muy cerca de la segunda clasificada y se convierte en el único referente de la izquierda en Francia. Muy alejado del centro.

El extremista Éric Zemmour, abiertamente racista y xenófobo, se ha quedado finalmente bastante corto respecto a sus expectativas iniciales (7%). Su aparición en el escenario político al final no sólo no ha erosionado a Marine Le Pen sino que ha contribuido a otorgar a la candidata del RN una pátina de aparente respetabilidad. Las candidatas de la derecha republicana, Valérie Pécresse (4%), y socialista, Anne Hidalgo (2%), se han quedado completamente fuera de órbita y la continuidad de sus partidos es un misterio. Si François Mitterrand y Jacques Chirac levantaran la cabeza, no creerían lo que ven.

Dentro de dos semanas, Macron y Le Pen volverán a verse las caras. Hace cinco años, el hoy presidente se impuso con contundencia (aunque sin la distancia estratosférica con que su padre, Jean-Marie le Pen, fue batido en el 2002) por 66% a 33%. Los últimos sondeos para la segunda vuelta muestran que la distancia entre ambos es hoy más corta que nunca: apenas dos puntos de diferencia. La posibilidad de que una candidata de ultraderecha pueda alcanzar el Elíseo puede parecer una pesadilla pero ha dejado de ser una entelequia. De producirse, sería una nueva –y peligrosísima- anomalía.


‘Továrisch’ Donald... y los otros

A Vladímir Putin no le faltan camaradas en Occidente. La difícil situación actual del presidente ruso en el mundo podría  cambiar si, tras Orbán en Hungría, Le Pen llegara al poder en Francia y sobre todo si Trump volviera a la Casa Blanca.


@Lluis_Uria

"Ha llegado el momento de que nosotros, nuestro pueblo, hagamos un llamamiento al pueblo de Estados Unidos para que cambie el régimen de su país  pronto y ayude otra vez a nuestro socio, (Donald) Trump, a ser presidente”. Podría parecer el comentario de un parroquiano acodado en la barra de un bar de la calle Nikólskaya de Moscú frente a un vaso de vodka. Pero no lo es. Lo hizo el 29 de marzo en el Canal 1 de la televisión estatal rusa el presentador del programa 60 Minutos, Evgeny Popov, quien –obsérvese– no aludía a las elecciones presidenciales del 2024, sino a un calendario más apremiante y a medios más expeditivos: ¿a la manera de los asaltantes del Capitolio el 6 de enero del 2021?

Los sondeos dan hoy a Trump una ventaja sobre Biden de 47% a 41%, pero las elecciones quedan aún muy lejos. Sobre todo para los intereses del Kremlin.

La opinión de Popov, en cualquier caso, no es gratuita. Expresa fielmente cuál sería el escenario ideal para el presidente ruso, Vladímir Putin, a quien Donald Trump sigue profesando una rendida admiración (“Me llevaba muy bien con él”, “me gustaba, y yo a él”, “tiene mucho encanto y mucho orgullo”, “ama a su país”). Y, con Trump, la extrema derecha norteamericana y europea, que ven en el líder ruso al modelo de hombre fuerte, autoritario, nacionalista, conservador y defensor de la religión con que sueñan para sus propios países.

El interés de Putin en Trump es públicamente conocido. Y las interferencias rusas en la campaña electoral del 2016 para erosionar la candidatura de Hillary Clinton en beneficio del republicano están más que probadas. La investigación del fiscal especial Robert E. Mueller al respecto no consiguió evidencias suficientes para encausar –ni exonerar– a Trump, pero demostró la peligrosa connivencia del equipo de campaña del expresidente con Moscú.

La guerra de Ucrania no ha cambiado esencialmente las cosas. Dos días antes de la invasión del país por el ejército ruso, Donald Trump calificaba públicamente de “genio” a Putin por su maniobra de reconocer la independencia de las prorrusas repúblicas  de Donetsk y Luhansk (en la región oriental del Donbass),  que juzgó “maravillosa”.  Putin lo utilizó dos días más tarde como pretexto para justificar la invasión.

Después, Trump ha frenado las expresiones públicas de entusiasmo hacia su amigo Putin –no sin dejar de subrayar que con él en la Casa Blanca “esto no hubiera pasado”–. Pero se ha dedicado a agitar sospechosamente las mismas aguas turbias que el Kremlin. En otro programa de televisión el mismo día 29, en el canal conservador Just the News, Trump instó a Putin a revelar todo lo que sepa sobre los negocios del hijo de Joe Biden, Hunter, en Rusia y Ucrania: “Yo creo que conoce la respuesta y debería hacerlo público”.

No es la primera vez que Trump se interesa en Hunter Biden, que entre el 2014 y el 2019 formó parte del consejo de administración del grupo energético ucraniano Burisma. En el 2020, siendo presidente, Trump extorsionó a su homólogo ucraniano, Volodímir Zelenski, amenazándole con congelar toda ayuda militar si no reactivaba una investigación sobre los negocios del hijo de su rival. Esta acción le valió en el 2021 un proceso de impeachent (destitución) del que en última instancia le salvó el voto republicano en el Senado.

Volver a remover hoy el nombre de Hunter Biden podría parecer extemporáneo si no fuera porque el Kremlin también lo ha puesto sobre la mesa, acusándole de financiar –a través del fondo de inversiones Rosemont Seneca– a laboratorios supuestamente dedicados a fabricar en Ucrania armas biológicas con el patrocinio del Pentágono. Así lo dijo en una conferencia de prensa en Moscú, el 24 de marzo, el teniente general Igor Kirílov, comandante de las Fuerzas de Protección Radiológica, Química y Biológica del Ejército ruso. Días después, el portavoz del Ministerio de Defensa ruso, el mayor general Igor Konashenkov, volvió a involucrar a Hunter Biden en el tema, a la par que acusaba al gobierno ucraniano de preparar un ataque biológico con drones a la zona prorrusa del Donbass.

Estas acusaciones han tenido cierto eco en medios de la extrema derecha norteamericana, donde a pesar de la guerra Putin mantiene una elevada cotización, incluidos aquí los sectores más ultras del propio Partido Republicano. No se trata sólo de los Steve Bannon de turno, o los seguidores de la red conspiracionista Qanon. Comprensivos con el líder ruso se han mostrado también gente de la antigua administración Trump –como Mike Pompeo o Peter Navarro– y congresistas trumpistas como Marjorie Taylor Greene o Matt Rosendale, entre otros.

Los aliados ideológicos de Putin en Occidente no serán muchos, pero están en todas partes. Una de las pocas buenas noticias para el presidente ruso en las últimas semanas, muy escaso de ellas –vista la desastrosa evolución de la campaña militar en Ucrania y la dureza de las sanciones aplicadas a Rusia–, ha sido la reciente reelección con una mayoría absoluta aplastante del primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, su principal peón en el interior de la Unión Europea.

Orbán ha tratado de guardar las formas sin desmarcarse de las sanciones aprobadas por la UE, pero se ha mostrado comprensivo con Putin –al que siempre ha tratado como aliado, y con cuyas ideas iliberales y autoritarismo comulga–, mientras atacaba de forma vergonzante a Zelenski. El líder húngaro  ha vetado la entrega de armas a los ucranianos a través de su país y bloquea asimismo el embargo europeo del gas ruso (que ha aceptado pagar en rublos como exige Moscú). Muestra de su cercanía, Putin felicitó personalmente a Orbán y declaró que, “pese a la compleja situación internacional, el desarrollo de las relaciones bilaterales responde en su totalidad a los intereses de Rusia y Hungría”.

Putin, sin duda, seguirá asimismo atentamente los resultados de la primera vuelta de la elección presidencial de hoy en Francia, donde Marine le Pen (Reagrupamiento Nacional) pisa los talones del presidente Emmanuel Macron, al que podría incluso llegar a superar en número de votos. La líder de la extrema derecha francesa ha marcado distancias con Moscú desde la invasión de Ucrania, que ha condenado, pero tampoco ha sido de las más críticas con Putin y, como Orbán, se opone al embargo energético hacia Rusia.

Le Pen ha intentado pasar por alto –no sin dificultad– sus relaciones con el presidente ruso, que le recibió calurosamente en el Kremlin durante la campaña electoral del 2017, y el préstamo de 9 millones de euros que su partido recibió ese mismo año de un banco ruso (y que el diario crítico Nóvaya Gazeta vinculó a su apoyo a la anexión rusa de Crimea en el 2014). En el programa presidencial de la líder del RN para estas elecciones, elaborado antes de que estallara la guerra, proponía negociar una “alianza” con Moscú en materia  de seguridad en Europa y lucha contra el terrorismo, así como buscar una “convergencia” de intereses en otras zonas del mundo: del Mediterráneo Oriental a África, de Oriente Medio a Asia. Paralelamente, defendía la inmediata retirada de Francia del mando integrado de la OTAN, en aras de su soberanía...

Si por azar, en la segunda vuelta de la elección francesa del 24 de abril, Marine Le Pen alcanzara el Elíseo –improbable, pero no imposible–, el panorama cambiaría radicalmente para Putin. No digamos ya si además Trump acaba volviendo algún día a la Casa Blanca.


domingo, 3 de abril de 2022

Negras mueven y pierden

Rusia podrá vencer a Ucrania en el campo de batalla –por más que no le esté resultando sencillo–, pero ha perdido ya en todos los demás frentes: el internacional, el económico y hasta el sentimental. El alma ucraniana ya no será rusa.


@Lluis_Uria

La partida aún no ha terminado. Todavía durará, dejando tras de sí un terrible rastro de sufrimiento y de muerte. Pero Putin ya la ha perdido. Y con él, Rusia. De entrada, ha perdido lo que quería amarrar a toda costa: Ucrania. Moscú podrá acabar aplastando la resistencia ucraniana –su ejército no se ha mostrado muy eficaz hasta el momento, pero es muy superior–, podrá imponer una neutralidad forzosa a Kyiv y convertir el país en un ente territorialmente amputado y políticamente tutelado. Pero ha perdido irremisiblemente su alma.

Si Ucrania era un país emocionalmente dividido entre su pulsión proeuropea y sus históricos vínculos con Rusia, gracias a la criminal agresión decidida por el Kremlin se ha convertido en una nación unida contra el invasor. Rusia ha logrado en unas pocas semanas alimentar el nacionalismo ucraniano y enajenarse incluso la simpatía o la solidaridad de la población rusófona del este de Ucrania, castigada también sin piedad por la artillería rusa. “La guerra está dividiendo a ucranianos y rusos para siempre”, constataba en Le Monde el politólogo ucraniano Volodímir Kulyk. El rencor de los ucranianos, inicialmente centrado en Putin, está pasando a dirigirse indistintamente hacia todos los rusos, vistos como cómplices necesarios por su pasiva credulidad.

Lo que aparentemente se había concebido como una operación relámpago, similar a la del 2014 en Crimea y el Donbass, ha devenido una guerra ardua y cruel. Un mes después de lanzada la ofensiva, el pasado 24 de febrero, el ejército ruso sólo ha sido capaz de tomar una ciudad importante –Jersón, en el sur– mientras se le resisten ferozmente Járkiv y Mariúpol, dos urbes rusófonas de las que probablemente esperaba mayor comprensión. Y la capital, Kyiv, que parece fuera de su alcance.

La situación de estancamiento es tan patente y el número de bajas tan elevado –el diario ruso Komsomolskaya pravda publicó la cifra de casi 10.000 soldados rusos muertos y más de 16.000 heridos, antes de retractarse– que el estado mayor ruso decidió el viernes limitar su ofensiva al control del territorio administrativo del Donbass (región limítrofe que las milicias prorrusas sólo dominaban en parte). Su táctica, como se ha visto, consiste en someter a asedio a las ciudades y machacarlas con el fuego de la artillería y los bombardeos aéreos. Como en Grozni (Chechenia) en 1999 y Alepo (Siria) en el 2016.

Los hechos inducen a pensar que el presidente ruso, Vladímir Putin, no calibró bien la situación antes de lanzarse a desencadenar una nueva guerra en Europa. Subestimó la conciencia nacional y el compromiso de los ucranianos con su país, así como su capacidad de resistencia y la eficacia de su ejército. Y subestimó también gravemente la solidez del bloque occidental y el alcance y dureza de las sanciones económicas que le iban a imponer. Probablemente no disponía de una visión aquilatada de la realidad ni nadie alrededor que le sacara de sus ensoñaciones zaristas. Es lo que acaba pasando cuando cualquier voz crítica acaba en Siberia o envenenada con un té al novichok...

Es cierto que Occidente no pasaba  por su mejor momento. Estados Unidos, que se había retirado tarde y mal de Afganistán, ofrecía la imagen de una superpotencia en declive, con un liderazgo –el de Joe Biden– cuestionado y minada por importantes fracturas internas. La OTAN, en palabras del presidente francés, Emmanuel Macron, estaba en estado de “muerte cerebral”. Y las divisiones socavaban la capacidad de respuesta de la Unión Europea, con una Alemania pillada por su dependencia energética del gas ruso. Seguramente Putin pensó que no encontraría mejor momento para actuar. Mal cálculo.

Con la guerra, el presidente ruso ha logrado en cuatro semanas todo lo contrario de lo que había buscado encarnizadamente en los últimos años: ha revitalizado el liderazgo global de EE.UU., resucitado a la OTAN y reforzado la cohesión de los aliados occidentales. El compromiso norteamericano con Europa –muy debilitado con Donald Trump– ha salido vigorizado, como subraya el viaje de Biden a Bruselas y el aumento a 100.000 del número de soldados norteamericanos en el continente.

La aventura bélica de Rusia ha dado asimismo un nuevo y potente impulso a la UE. La reacción occidental, con la aprobación de unas sanciones económicas inéditas por su severidad –que abocan a Rusia a una grave crisis económica–, ha demostrado que Europa, en contra de los cálculos del Kremlin, era capaz de responder unida, con rapidez y sin medias tintas.

Y lo más extraordinario: Alemania, de la mano del canciller Olaf Scholz, ha dado un giro histórico, poniendo fin a décadas de una política de inhibición internacional y militar –herencia del trauma de la Segunda Guerra Mundial– y enfriando la cooperación histórica con Rusia (un legado de la Ostpolitik de Willy Brandt). Sin Berlín, Moscú pierde pie en Europa.

Le queda China, claro. Es su único salvavidas. Pero en esta nueva alianza de circunstancias contra la hegemonía de EE.UU. en el mundo, por muy enmascarada que esté bajo expresiones tan altisonantes como “amistad sin límites”, quien tiene la sartén por el mango –pues dispone de la verdadera potencia económica y demográfica– es Pekín. De modo que el intento del presidente ruso de recuperar para Rusia el estatus de gran potencia perdido con la desaparición de la URSS en 1991 bien podría acabar convirtiéndole en socio subalterno del gigante asiático.

Putin ha dado en Ucrania una patada al tablero porque le disgustaba desde hace tiempo el desarrollo del juego. No está claro, sin embargo, que la futura disposición de las fichas vaya a gustarle mucho más.


domingo, 20 de marzo de 2022

El futuro ya no es el que era

@Lluis_Uria

Una nueva era de glaciación se abate sobre el mundo. La guerra de Ucrania ha puesto fin al paréntesis de distensión abierto con el hundimiento de la URSS y el fin de la guerra fría. La Rusia de Putin ha decidido romper con Occidente.


Yaroslav y Olga, una pareja de recién casados de la ciudad ucraniana de Sloviansk, celebraban despreocupadamente su banquete nupcial dos días antes de que el ejército ruso invadiera Ucrania. Lo explicaba nuestro enviado especial Félix Flores en una de sus excelentes crónicas desde la república exsoviética. La guerra era inminente, pero nadie lo quería  creer. Porque era inconcebible. “¿La guerra? ¡Qué importa! Debemos pensar en nuestro futuro”, respondían ingenuamente. Y de repente, el futuro que imaginaban se esfumó. En un instante, el futuro dejó de ser el que era. Para  Olga y Yaroslav, por supuesto, y para su país. Pero también para Europa y para el mundo.

Hace justo treinta años, en una cumbre con su homólogo estadounidense George Bush (padre) en febrero de 1992 en Camp David, el entonces presidente de Rusia, Borís Yeltsin, proclamó el fin de la guerra fría. El muro de Berlín había caído en 1989 y la Unión Soviética se había desplomado en 1991. El mundo dividido en dos bloques parecía ya ser cosa del pasado. En el siglo XXI, una nueva guerra fría iba a esbozarse en el horizonte del Pacífico entre Estados Unidos y China, la nueva superpotencia asiática, mientras Rusia pasaría a ser –eso se creyó– un actor secundario. Hasta que la invasión de Ucrania ordenada por el presidente ruso, Vladímir Putin, ha vuelto a hundir al mundo en la vieja guerra fría y Moscú –con un arsenal de más de 6.000 ojivas atómicas– esgrime sin ambages la amenaza de una hecatombe nuclear.

Vladímir Putin vivió en carne propia el hundimiento de la URSS. Joven admirador del espía Stirlitz, el James Bond soviético (personaje de una popular serie de televisión rusa de los años setenta, Diecisiete instantes de primavera), el presidente ruso era agente del KGB en Dresde, en la antigua RDA, cuando se derrumbó el telón de acero y con él todas sus certitudes.

Su salto a la política en la nueva Rusia poscomunista lo hizo de la mano del alcalde de San Petersburgo, Anatoli Sobchak, un aliado de Yeltsin, que en 1996 le llevaría al Kremlin. Putin ascendió rápidamente a jefe del Servicio Federal de Seguridad (FSB), el antiguo KGB remozado. Y sus servicios fueron agradecidos por  Yeltsin –salvado de una investigación por corrupción gracias a la oportuna difusión de un vídeo del fiscal general, Yuri Skurátov, con dos prostitutas (el método del kompromat)– nombrándole primer ministro y, después, su sucesor como candidato a la presidencia. En el 2000,  Putin alcanzó el poder máximo. Y desde entonces no ha hecho más que reforzarlo y endurecerlo.

El hoy presidente ruso había visto de cerca cómo Bill Clinton, en 1997, acordaba abrir la OTAN a los antiguos países del Pacto de Varsovia, algo que George Bush se había comprometido a no hacer: “Ni una pulgada hacia el Este”, habría prometido verbalmente a través del entonces secretario de Estado, James Baker, en 1990 a Mijaíl Gorbachov a cambio de que éste aceptara la reunificación de Alemania. Los primeros en adherirse serían en 1999 Polonia, Hungría y la República Checa...

Gorbachov, padre de la perestroika –el conjunto de reformas con el que pretendía liberalizar el régimen comunista y que acabaría con el derrumbe de la URSS– aspiraba a superar el mundo de la guerra fría y proponía establecer un nuevo sistema de seguridad y cooperación integrado por los antiguos enemigos, construyendo lo que él llamó “el hogar común europeo”.

La Historia, como es sabido, no fue por aquí. Hundido el adversario, la única cesión que Occidente hizo a Moscú, a través del Acta Fundacional Rusia-OTAN de 1997, fue comprometerse a no desplegar armas nucleares ni tropas de combate permanentes en los nuevos países miembros de la Alianza, así como a crear un consejo conjunto con Rusia. Para Andrés Ortega, investigador del Real Instituto Elcano, la decisión de dejar a Rusia en la periferia de la seguridad europea “probablemente fue un error estratégico” (¿Qué le prometió la OTAN a Gorbachov?, 2014).

Un hombre como Putin no podía vivir esto sin rencor. Con todo, en el 2001 coqueteó –por convicción o conveniencia– con la posibilidad de solicitar la adhesión a la OTAN, una organización que según declaró no juzgaba hostil. El acercamiento, sin embargo, duró poco. Y, entre otros factores, la incorporación a la Alianza en el 2004 de siete países más –incluidos los tres bálticos– instaló definitivamente en Rusia la idea de estar sometida a asedio.

La invasión de Georgia en el 2008, la primera ofensiva contra Ucrania en el 2014 –con la anexión de Crimea y la ocupación del Donbass–, las operaciones militares de apoyo a los regímenes aliados de Bielorrusia y Kazajistán, y la guerra desencadenada contra Ucrania el  pasado 24 de febrero han sido la respuesta –despiadada, cínica, brutal– de Putin a esa situación. Y una ruptura definitiva con la aspiración de consolidar un marco de paz y cooperación entre los antiguos bloques.

En un artículo publicado al día siguiente del ataque a Ucrania, Fyodor Lukianov, director de la revista Russia in Global Affairs y presidente del Presidium del Consejo de Política Exterior y de Defensa de Rusia, argumentaba que durante mucho tiempo Rusia había tratado de “encontrar un lugar digno” en el nuevo orden mundial liberal impuesto por EE.UU. y sus aliados tras la caída de la URSS, pero que “el sistema demostró ser inflexible”. Ahora –proseguía–, Rusia había decidido “girar la página de la cooperación con Occidente” y afrontar en Ucrania la defensa de   “una línea de frente decisiva”. “La guerra fría ha llegado para quedarse”, concluía.

Una nueva era de glaciación se abate sobre el mundo. Y, como en la vieja guerra fría, lo cubre con la permanente amenaza de una confrontación nuclear. El futuro ya no es el mismo desde el 24 de febrero.


domingo, 6 de marzo de 2022

Envalentonado por el perejil


@Lluis_Uria

En el verano del año 2002, Marruecos envió a un puñado de soldados a invadir el islote del Perejil, un peñasco situado frente a sus costas, habitado nada más que por un pastor y sus cabras, cuya soberanía se disputaba con España. La maniobra, militarmente insustancial, pretendía únicamente testar la reacción de su vecino. Y la respuesta del Gobierno español de aquel momento, presidido por José María Aznar, fue inequívoca: envió a las fuerzas especiales del Ejército a desalojar la roca. El episodio disparó la tensión entre Madrid y Rabat, y obligó a Estados Unidos a poner paz entre sus dos aliados. El incidente también provocó muchas bromas y chascarrillos, dada la insignificancia del islote, y el halo épico con que algunos pretendieron rodear la operación –“Al alba, con viento fuerte de levante...”– rozó el ridículo. Pero las cosas quedaron claras.

Vladímir Putin tuvo su Perejil en Georgia en el 2008. En agosto de ese año Rusia intervino militarmente en el país vecino, cuyo acercamiento a Occidente irritaba al Kremlin, con el pretexto de defender a dos provincias de mayoría rusa –Abjasia y Osetia del Sur–, que reconoció como independientes (después de que el entonces presidente georgiano, el imprudente Mijaíl Saakashvili, cayera en la trampa que le tendió Moscú e intentara arrebatar por la fuerza el control del territorio a las milicias prorrusas)

El ejército ruso aplastó a las tropas georgianas en cuestión de días y detuvo su ofensiva a las puertas de la capital, Tiflis, tras pactar un alto el fuego con la mediación del entonces presidente francés, Nicolas Sarkozy. La guerra de Georgia consolidó la ocupación rusa de parte del país y dejó en el aire la amenaza permanente de una nueva intervención. Sin que nadie pestañeara.

El presidente ruso comprendió el mensaje. Y en el 2014 recibió la confirmación. Ese año, tras la caída del gobierno prorruso de Viktor Yanukóvich, Moscú lanzó una primera intervención en otra ex república soviética, Ucrania, cuya aproximación al bloque occidental quería cortar por lo sano. Dio apoyo militar a las provincias separatistas de mayoría rusa de Donetsk y Luhansk, en la región oriental del Donbass, e invadió y se anexionó la península de Crimea, en el Mar Negro, sede de la histórica base naval rusa de Sebastopol. Hubo airadas protestas internacionales y los países occidentales aprobaron un paquete de sanciones, todavía vigentes, que dañaron temporalmente la economía rusa (sin cambiar esencialmente las cosas). Pero Putin comprobó hasta dónde estaban dispuestos a llegar sus adversarios. Y hasta dónde no.

El jefe del Kremlin sabía, pues, perfectamente, que tampoco en el 2022 ni  EE.UU. ni Europa moverían un solo tanque, un solo soldado, para defender a Ucrania –un país ajeno a la OTAN– en caso de ataque. Lo habían declarado públicamente. Y lo habían demostrado con sus acciones. Incluso las amenazas sobre represalias devastadoras en el plano económico y financiero podía el presidente ruso acogerlas con reserva.

Si le cabía alguna duda, la sugerencia de Joe Biden de que una “incursión menor” de Rusia en Ucrania comportaría un nivel de sanciones también limitado debió acabar de convencerle. EE.UU. y sus aliados le castigarían, sin duda. Pero la ambigüedad del presidente norteamericano y las divisiones explícitas de los países europeos –con Alemania e Italia encabezando el grupo de los tibios– mostraban que sus adversarios tampoco querían hacerse mucho daño y que, llegado el caso, administrarían el castigo con mucho tiento.

Envalentonado, Putin decidió poner en práctica el mismo guion que en Georgia. Antes de lanzar el ataque, el presidente ruso reconoció la independencia de las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Luhansk, y anunció el envío de tropas para “protegerlas” de fantasmagóricas amenazas. Su objetivo, como parece indicar la ofensiva militar iniciada el jueves, no es sólo tomar el control directo de las dos provincias rebeldes –que ya estaban tuteladas de hecho por Rusia desde el 2014–, sino derribar al gobierno del presidente Volodímir Zelenski e imponer un régimen títere.

Las primeras baterías de sanciones anunciadas por Washington y Bruselas tras la invasión aprietan considerablemente las tuercas a Moscú y por primera vez alcanzan al propio presidente ruso. Pero no parecen tan duras como se había anunciado (la desconexión de los bancos rusos del sistema de pagos internacional Swift, por ejemplo, no ha sido adoptada a causa de las reticencias europeas). Y en todo caso, como también apuntaba la investigadora Julia Friedlander, ex consejera de la Casa Blanca, en The Washington Post, “no tendrán un impacto disuasivo inmediato”. Rusia, por otra parte, se ha preparado para ello y, además de reforzar la relación económica y comercial con China, ha constituido una reserva de divisas extranjeras y de oro por valor de 630.000 millones de dólares. Así que puede aguantar el primer tirón.

Putin probablemente gane su apuesta inmediata en Ucrania y consiga imponer el desmembramiento o neutralización del país. Pero esa victoria, a costa de dolor, sangre y destrucción, no hará más fuerte a Rusia –convertida en un paria mundial– sino a sus enemigos de la OTAN, más cohesionados que nunca. Y a la larga puede significar su ruina.

El “derecho a elegir” de Putin

@Lluis_Uria


En el inicio de toda guerra hay un momento en que ya no cabe la marcha atrás. En el caso de la invasión de Ucrania por Rusia, ese momento se produjo a la vista de todo el mundo, cuando el presidente uso, Vladímir Putin, humilló como a un escolar, ante las cámaras de televisión, al director de su Servicio de Inteligencia Exterior, Serguéi Naryshkin, al que obligó a plegarse a sus designios.

Rusia llevaba semanas preparando la guerra, tanto en el terreno militar como en el político, pero hasta ese momento Serguéi Naryshkin aún creía en la posibilidad de llegar a un acuerdo con los países occidentales para evitarla. Así intentó plantearlo en la reunión del Consejo de Seguridad del lunes pasado en el Kremlin, antes de retroceder, balbuceando, ante la presión de Putin. La discusión se había acabado. Había hablado el guía supremo. Punto final. A partir de entonces, solo cabía esperar el día en que los tanques empezarían a rodar.

En la Primera Guerra Mundial, las grandes potencias europeas fueron al choque creyendo que era inevitable y que, ya puestos, era mejor lanzarse a ello antes de que el rival fuera demasiado fuerte. Putin ha creído también que su intervención militar en Ucrania era factible ahora y quizá más tarde le sería del todo imposible. Su objetivo es claro desde el principio: neutralizar cualquier posibilidad de que la vecina exrepública soviética se sume al bloque occidental y se integre en la OTAN, y mantener al país bajo su tutela directa o indirecta. Si las preocupaciones de seguridad de Rusia son comprensibles –y la Alianza Atlántica  haría bien en reflexionar sobre su responsabilidad al no haberlas escuchado en los últimos años–, el comportamiento mafioso de Putin es injustificable.

El presidente ruso ha atacado ahora a Ucrania porque ha visto –o creído ver– a Estados Unidos en un momento de gran debilidad, con un cierto repliegue exterior (catastrófica retirada de Afganistán, inhibición en Oriente Medio, conflicto con China…) e internamente dividido e inestable, con un Donald Trump –¡que le aplaude!– que podría regresar a la Casa Blanca en el 2024.

Y porque sabe que Occidente no intervendrá militarmente en defensa de Ucrania. Lo han dicho públicamente sus dirigentes. Y lo demostraron ya en el 2014, cuando Rusia se anexionó Crimea. A  diferencia de hace seis años, sin embargo, Moscú podría enfrentarse a unas sanciones económicas y financieras –esta vez sí–  realmente severas (no como entonces). Pero Putin ya se ha preparado para poder resistir un tiempo (acumulando divisas, reforzando el eje con Pekín). Y aún está por ver hasta dónde llegarán realmente, dadas las divisiones que este asunto suscita en la UE.

Norteamericanos y europeos habían previsto un aumento progresivo de las represalias económicas en función de los pasos que diera Rusia. Formalmente, el objetivo de la intervención de Moscú era la “protección” de las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Luhansk, las dos provincias separatistas prorrusas de la región oriental ucraniana del Donbass. Pero los movimientos de las tropas rusas indican que la intervención va mucho más allá: la ofensiva no solo pretende consolidar el control del Donbass –ocupando el resto del territorio que aún permanecía bajo control ucraniano–, sino que el avance sobre Kíev parece confirmar la intención d derribar el Gobierno e instalar un régimen títere.

Putin, a la vista está, nunca ha buscado de verdad un arreglo diplomático en la crisis de Ucrania. En las últimas semanas solo ha realizado una puesta en escena y –como se dice ahora– construido un relato. Las exigencias presentadas por el presidente ruso a EE.UU. y la UE eran tan maximalistas que no había posibilidad alguna de que fueran aceptadas. Entre otras cosas, porque implicaban dejar desprotegidos los países de Europa del Este.

Pero Putin no pretendía que fueran atendidas. Solo buscaba poner en evidencia el rechazo occidental. Un argumento más que exhibir para justificar la guerra. Lo mismo que la serie de incidentes fabricados en la línea de contacto –rupturas del alto el fuego, evacuación de civiles…– para aumentar la tensión en el Donbass. El presidente ruso ha añadido alusiones históricas totalmente falseadas sobre la propia existencia de Ucrania y argumentos insostenibles sobre la situación en el este del país, acusando con una desfachatez descomunal al Gobierno de Kíev de perpetrar un “genocidio” contra la población rusa del Donbass, cuando Rusia mantiene el control sobre buena parte de esos territorios desde el 2014. Al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski –de familia judía rusófona– solo le faltaba tener que verse acusado de “nazi”.

Putin, en fin, se ha presentado a sí mismo como el liberador de unos pueblos presuntamente sometidos a los que pretendería restituir su “derecho a elegir”. Como si aquí existiera otro derecho a elegir que el del autócrata del Kremlin a hacer su voluntad.

En el 2003, Estados Unidos fabricó también una gran mentira –la producción de armas de destrucción masiva por el régimen de Sadam Husein– para justificar una invasión de Irak que en realidad solo respondía a sus –mal calculados– intereses geoestratégicos. Con el catastrófico resultado de todos conocido. Pero Washington intentó convencer a la ONU y al resto del mundo, tratando de acomodarse –ni que fuera formalmente– a la legalidad  internacional.

Putin sabe que sus falsedades son tan obvias, tan groseras, que ni lo intenta. Solo busca justificar la guerra ante la domesticada y reprimida opinión pública rusa. Si fuera de Rusia alguien le compra sus argumentos, solo puede ser un incauto.